jueves, 5 de julio de 2018

José Antonio Pagola - RECHAZADO ENTRE LOS SUYOS


José Antonio Pagola - RECHAZADO ENTRE LOS SUYOS

Jesús no es un sacerdote del Templo, ocupado en cuidar y promover la religión. Tampoco lo confunde nadie con un maestro de la Ley, dedicado a defender la Torá de Moisés. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos curadores y en sus palabras de fuego la actuación de un profeta movido por el Espíritu de Dios.

Jesús sabe que le espera una vida difícil y conflictiva. Los dirigentes religiosos se le enfrentarán. Es el destino de todo profeta. No sospecha todavía que será rechazado precisamente entre los suyos, los que mejor lo conocen desde niño.

Al parecer, el rechazo de Jesús en su pueblo de Nazaret era muy comentado entre los primeros cristianos. Tres evangelistas recogen el episodio con todo detalle. Según Marcos, Jesús llega a Nazaret acompañado de discípulos y con fama de profeta curador. Sus vecinos no saben qué pensar.

Al llegar el sábado, Jesús entra en la pequeña sinagoga del pueblo y «empieza a enseñar». Sus vecinos y familiares apenas le escuchan. Entre ellos nacen toda clase de preguntas. Conocen a Jesús desde niño: es un vecino más. ¿Dónde ha aprendido ese mensaje sorprendente del reino de Dios? ¿De quién ha recibido esa fuerza para curar? Marcos dice que Jesús «los tenía desconcertados». ¿Por qué?

Aquellos campesinos creen que lo saben todo de Jesús. Se han hecho una idea de él desde niño. En lugar de acogerlo tal como se presenta ante ellos quedan bloqueados por la imagen que tienen de él. Esa imagen les impide abrirse al misterio que se encierra en Jesús. Se resisten a descubrir en él la cercanía salvadora de Dios.

Pero hay algo más. Acogerlo como profeta significa estar dispuestos a escuchar el mensaje que les dirige en nombre de Dios. Y esto puede traerles problemas. Ellos tienen su sinagoga, sus libros sagrados y sus tradiciones. Viven con paz su religión. La presencia profética de Jesús puede romper la tranquilidad de la aldea.

Los cristianos tenemos imágenes bastante diferentes de Jesús. No todas coinciden con la que tenían los que lo conocieron de cerca y lo siguieron. Cada uno nos hacemos nuestra idea de él. Esta imagen condiciona nuestra forma de vivir la fe. Si nuestra imagen de Jesús es pobre, parcial o distorsionada, nuestra fe será pobre, parcial o distorsionada.

¿Por qué nos esforzamos tan poco en conocer a Jesús?

¿Por qué nos escandaliza recordar sus rasgos humanos?

¿Por qué nos resistimos a confesar que Dios se ha encarnado en un profeta?

¿Intuimos tal vez que su vida profética nos obligaría a transformar profundamente nuestras comunidades y nuestra vida?

Domingo 14 Tiempo ordinario - B 
(Marcos 6,1-6)
8 de julio 2018

José Antonio Pagola




¿POR QUE YA NO NOS SORPRENDES?
Florentino Ulibarri

Un día apareció un hombre en el horizonte
y reavivó las ascuas de nuestra tenue esperanza .
Un día apareció un hombre que tenía magia en la voz,
calor en sus palabras y embrujo en su mensaje.
Un día apareció un hombre con fe en nuestros gestos,
la fuerza de su ser y un corazón grandísimo.
Un día apareció un hombre, que hablaba cual ninguno,
invitándonos a cambiar la vida y convertirnos.
Un día vino un hombre que rompió nuestros esquemas
para hacernos soñadores, tiernos y libres.
Un día apareció un hombre tan sencillo y humilde
que nunca se consideró el centro de sus actuaciones.
Un día apareció un hombre que entabló un diálogo sincero
porque no buscaba ni pedestales ni engaños.
Un día apareció un hombre que tomó la iniciativa
y abrió una brecha en nuestra historia y vida.
Un día apareció un hombre que se acercó
a los más pobres y marginados de su tierra.
Un día apareció un hombre que nos invitó
a ser sus discípulos y a seguir sus huellas.
Un día apareció un hombre que, gratuitamente,
nos enseñó el camino para ser hijos de Dios.
Un día apareció un hombre que en su pueblo
no pudo realizar milagros porque no encontró fe.
Un día apareció un hombre tan cercano y transparente
que todo él era reflejo y presencia de Dios.
Un día apareció un hombre que era vecino nuestro
y, en vez de sorprendernos, desconfiamos de él...

Un día viniste tú, Jesús.
'Ven hoy también, Señor,
y sorpréndenos!



PORQUE LE CONOCÍAN, LO RECHAZAN
Fray Marcos
Mc 6, 1-6

Las tres lecturas de hoy nos hablan de limitaciones del ser humano. Tanto Ezequiel como Pablo como Jesús se dan cuenta de lo poca cosa que son, pero terminan descubriendo que esas limitaciones no anulan las posibilidades de humanidad plena que el don absoluto de Dios hace posible en ellos. Somos humanos, tal vez ‘demasiado humanos’ como decía Nietzsche, pero la plenitud de humanidad, que podemos alcanzar, es algo increíblemente grandioso y más que suficiente para dar sentido a una vida.

Con este texto concluye Mc una parte de su obra. Después de este relato, que manifiesta la aceptación, por el pueblo, de las tesis de los dirigentes, no vuelve a poner a Jesús en relación con los representantes oficiales de la religión. Sigue enseñando, pero al pueblo oprimido, que quiere liberarse. Jesús ve que no hay nada que hacer con la institución, y en adelante se va a dedicar al pueblo marginado. Este episodio se encuentra en los tres sinópticos, pero relatos paralelos se pueden encontrar en Jn y en otros lugares de los mismos sinópticos. 

Mc no tiene relatos de la infancia. Por eso puede narrar sin prejuicios este encuentro con los de su “pueblo”. Es un toque de alerta ante el afán de divinizar la vida humana de Jesús. Para los que mejor le conocían, era solo uno más del pueblo. Sus paisanos estaban tan seguros de que era una persona normal que no pueden aceptar otra cosa. Eran sus compañeros de niñez, habían jugado y trabajado con él, lo conocían perfectamente. Lo encuadraban en una familia, (requisito indispensable para ser alguien). Hasta ese momento no habían descubierto nada fuera de lo normal en él. Es lógico que no esperasen nada extraordinario.

El texto griego no habla de pueblo sino de “patria”. Ni hace referencia al lugar geográfico. Se refiere más bien al ambiente social en que desarrolló su vida. Llega con sus discípulos, es decir, convertido en un rabino que tiene sus seguidores. No sale nadie a recibirle. Tuvo que esperar al sábado, e ir él a la sinagoga a hablarles. No fueron a la sinagoga a escucharle, sino a cumplir con el precepto. Jesús por su cuenta, se pone a enseñarles. Mc ya había advertido de la relación de Jesús con su familia. En 3,21 dice que sus parientes vinieron a llevárselo, porque decían que estaba loco. Quedan impresionados como en Cafarnaúm.

El texto griego no dice: “desconfiaban de él” sino “se escandalizaban”, que indica una postura más radical. Ni siquiera pronuncian su nombre. Le dicen que es hijo de María; no nombran a su padre, que era la manera de considerar digna a una persona. Es curioso que Mt corrige el texto de Mc y dice: “hijo del carpintero”. Pero Lc va más lejos y dice: “el hijo de José”. Estos evangelistas, que copian de Mc, seguramente intentan quitarle al texto toda posible interpretación peyorativa. Para Mc, no era hijo de José, porque había roto con la tradición de su padre; ya no era un seguidor de las tradiciones, como era su obligación.

Ese conocimiento excesivo de Jesús, es lo que les impide creer en él. Conocen muy bien a Jesús, pero se niegan a reconocerle como lo que es. Hay que estar muy atentos al texto. En aquel tiempo, cualquiera de la asamblea podía hacer la lectura y comentarla. Si no aceptan la enseñanza de Jesús, es porque no se presentó como carpintero sino con pretensiones de maestro. Tampoco lo rechazan por enseñar como un Rabí, sino por enseñar cosas nuevas. La religión judía estaba segura de sí misma y no admitía novedad. Los jefes religiosos no permitían admitir nada distinto a lo que ellos enseñaban.

Jesús no ha estudiado con ningún rabino ni tiene títulos oficiales. Al hacer Jesús alusión al rechazo del “profeta”, está respondiendo a las cinco preguntas puramente retóricas que se habían hecho sus paisanos. Jesús no enseña nada de su cosecha, sino que habla en nombre de Dios. Esa era la primera característica de un profeta. Al no aceptarle, están rechazando a Dios mismo. La extrañeza de Jesús no es por verse rechazado, sino por verse rechazado por su pueblo. Rechazado por los sometidos a quienes intentaba liberar. El golpe psicológico que recibió Jesús fue realmente muy fuerte.

Un detalle muy interesante es que su desconfianza impide que Jesús pueda hacer milagro alguno. El domingo pasado decía Jesús a la hemorroísa: “tu fe te ha curado”; y a Jairo: “basta que tengas fe”. La fe o la falta de fe son determinantes a la hora de producirse un milagro. ¿Dónde está entonces el poder de Jesús? Tenemos que superar la idea de un Jesús que tiene la omnipotencia de Dios y que puede hace lo que quiere en cada momento. Ni Dios ni Jesús pueden hacer lo que quieren si entendemos el “hacer” como causalidad física. La idea de un Jesús con el comodín de la divinidad ha falseado el verdadero rostro de Jesús.

El relato de hoy nos habla de la humanidad de Jesús. Nos está confirmando que no tiene privilegios de ninguna clase. Por eso es tan difícil aceptarle como profeta enviado de Dios. Siempre será difícil descubrir a Dios en aquel que se muestra como muy humano. También hoy rechazamos por instinto cualquier Jesús que no esté de acuerdo con el que aprendimos de pequeños. Yo he oído más de una vez esta frase: “no nos compliques la vida. ¿Por qué no nos dices lo de siempre?” Acostumbrados a oír siempre lo mismo, si alguien se le ocurre decir algo distinto, aunque esté más de acuerdo con el evangelio, saltamos como hienas.

Todo lo que no responda a lo sabido, a lo esperado, no puede venir de Dios. Esa fue la postura de los jefes religiosos del tiempo de Jesús y esa es la postura de los jerarcas de todos los tiempos. Pero esa es también la postura de todos los que lo niegan. Como no responde a las expectativas, no existe. Aceptar a Jesús, como aceptar a Dios, implica el estar despegado de todas las imágenes que nos podemos hacer sobre él. Siempre que nos encerremos en ideas fijas sobre Jesús, estamos preparándonos para el escándalo.

Dios nunca se presenta dos veces con la misma cara. Si de verdad le buscamos lo descubriremos siempre diferente y desconcertante. Si esperamos encontrar al Dios domesticado, no engañamos a nosotros mismos aceptando al ídolo que ya nos es familiar. La consecuencia inesperada de toda religión institucionalizada, será siempre el tratar de manipular y domesticar a Dios para hacer que se acomode a nuestras expectativas.

El profeta es el que habla de un Dios desconcertante e imprevisible que puede salir en cualquier instante por peteneras. El profeta nunca estará conforme con la situación actual, ni personal ni social, porque sabe que la exigencia de Dios es la perfección a la que no podemos llegar nunca. El auténtico profeta será siempre un inconformista, un indignado. Lo más "antiprofético" y antievangélico será siempre la persona o la institución instalada.

El gran espejismo, en que hemos caído en el pasado, fue pensar que “todos” tenían la obligación de aceptar el mensaje de Jesús. Nada ha hecho más daño al cristianismo que el querer imponerlo a todos. Desde Constantino hasta hoy, hemos cometido el disparate de hacer cristianos por “decreto”. La opción por el evangelio será siempre cuestión de minorías. Nos asusta un Jesús completamente normal porque hemos puesto la grandeza en lo extraordinario. Pero resulta que lo más grande de todo ser humano no es lo que no tienen los demás, sino precisamente lo que todos tenemos por igual.

Meditación-contemplación

El demasiado conocimiento de Jesús nos impide descubrirlo.
Lo que es y significa Jesús, no se puede meter en doctrinas.
A Dios solo se llega viviendo su presencia en nosotros.
Para llegar a la vivencia tengo que superar el conocimiento.
El conocimiento de Jesús y de Dios me viene de fuera.
La experiencia de Dios y de Jesús me llegará de dentro.

Fray Marcos



CREER EN EL CARPINTERO
José Enrique Galarreta
Mc 6, 1-6

Jesús en su pueblo, en Nazaret. Sus palabras en la sinagoga producen admiración. El carpintero, el hijo de María, con el que hemos convivido treinta años, nos sale ahora como maestro de Sabiduría... ¿dónde ha aprendido? ... Y se escandalizan de él. No le llevan a los enfermos para que los cure, no se fían de él. Es el reverso del domingo pasado, cuando Jairo y la mujer enferma sí se fían, y consiguen la curación.

Como tema marginal; aparecen "hermanos y hermanas" de Jesús. Antes se tenía por cierto que "hermanos y hermanas" era el nombre genérico de "primos". Es interpretación antigua, pero no antiquísima. Parece que los medios más cercanos a la redacción de estos escritos no dan pie para ella.

Hoy los autores especializados no se ponen muy de acuerdo, y sus soluciones dependen en gran manera de otros condicionamientos (su postura acerca de la virginidad de María y otros más). El tema es interesante, aunque no significativo para nuestra fe, y desde luego, no podemos desarrollarlo aquí.



REFLEXIÓN

No pocas veces envidiamos a los que convivieron con Jesús. Pensamos que conociéndole sería mucho más fácil creer en él. Hoy se nos invita a revisar esta opinión. Pongámonos en la piel de los vecinos de Nazaret. Han convivido treinta años con José, María, Jesús; le han conocido como el carpintero, hijo de carpintero. Hace unos meses se fue al Jordán, con el Bautista; y ahora reaparece enseñando como un rabí y dicen que cura enfermos ... La sorpresa está más que justificada: y la tendencia a rechazarlo: ¿quién se ha creído que es? ¡como sino lo conociéramos de toda la vida!

Pienso que lo tenían más difícil que nosotros. Porque había que creer en aquel hombre, y la evidencia de su humanidad, de su normalidad, les resultada un obstáculo insuperable. A veces simplificamos injustificadamente la fe en Jesús de su madre. Solucionamos el problema otorgándole a María una revelación más que especial, haciéndola tan consciente de la naturaleza de su hijo como hacemos a Jesús consciente y omnipotente ya en el seno de su madre. Debemos revisar seriamente nuestros "conocimientos". También para María era Jesús objeto de fe. Jesús creció como un niño normal, necesitado de su madre para todo. Y su madre también tuvo que creer.

Esto sitúa correctamente nuestro acto de fe e invita a revisar nuestros motivos. Sus vecinos escucharon sus palabras y contemplaron sus curaciones. Y, para muchos, no fue suficiente. Nosotros leemos o escuchamos esas palabras y curaciones. ¿Cómo saltamos del conocimiento a la admiración y de la admiración a la fe? Y ¿qué significa exactamente, más allá de admirar, "creer"?

Creer en Jesús significa admitir que en él está actuando el Espíritu, que sus dotes de sanador, sus estupendas palabras, no son simplemente fruto de un hombre genial, sino la obra de Dios mismo en él. Creer en Jesús significa aceptarlo como "hombre lleno del Espíritu", significa aceptar que "Dios estaba con él". Esto es lo que no podían entender sus convecinos, esto es lo que les producía escándalo. Para ellos, Dios había hablado por medio de Moisés, el gran milagro había sido el paso del mar; ahora tienen que aceptar que Dios habla por boca de su vecino Jesús el carpintero y sana por su medio. Tendrán que aceptar más: que Dios está con Jesús de una manera muy superior a la de Moisés. Jesús es El Hijo, el Predilecto, y hay que escucharle a él, incluso cuando sus palabras corrijan a Moisés.

Nuestra fe en Jesús significa pasar de la admiración por un hombre extraordinario a la aceptación de Dios presente en él. La humanidad de Jesús, Jesús hombre, nos plantea la pregunta que se hicieron también sus contemporáneos: ¿quién es éste?. Creer significa contestar: éste es el Hombre lleno del Espíritu, el Hijo Predilecto, la Palabra hecha carne.

PARA NUESTRA ORACIÓN
Son muchos los caminos hasta la fe. Algunos de nosotros nos encontramos quizá con que, por decirlo de alguna manera, "heredamos" la fe en Jesús. Cuando fuimos conscientes, nos dimos cuenta de que la fe en Jesús estaba en nosotros, incluso aunque no le conocíamos muy bien. Fue entonces cuando nos preguntamos por qué, movidos sin duda por la necesidad de personalizar, de hacer nuestra la fe que habíamos recibido.

En cualquier caso, el itinerario para una fe adulta siempre es el mismo: conocer, admirar, creer. El conocimiento lleva a la admiración, la admiración a la pregunta, la pregunta a la respuesta: "Tú eres el Ungido de Dios, el Hijo Predilecto". Llegar a esta respuesta es también obra de Dios, y es, sobre todo, invitación. No se cree en Jesús para disfrutarlo, sino para seguirle, para trabajar con él en las cosas del Padre.

En todos los problemas de Jesús con sus contemporáneos aparece un problema que hoy también nos afecta: la mayor dificultad de aquella gente para creer en Jesús era su propia religión. Consideraban "La Ley de Moisés", incluidas las interpretaciones de los rabinos, como Palabra de Dios inmutable para siempre. Y Jesús no pensaba así: Jesús era el vino nuevo, pero la gente se negaba a romper los odres viejos.

Pienso que éste es un peligro que está hoy presente en la Iglesia. Todas las tradiciones de la iglesia, incluso las que claramente no proceden de Jesús, e incluso son contrarias a lo de Jesús, se mantienen con un vigor extremo, incluso parece que tienen más fuerza que la fe en el mismo Jesús y la aceptación de su estilo, sus criterios, sus valores.

Por eso, cuando se oye hablar de "Nueva Evangelización" hay muchos que dudan de que se pretende una evangelización y sospechan que se trata de revitalizar las tradiciones mas inmediatas, es decir, no volver a Jesús ni aceptar la novedad de su vino, sino remendar el odre viejo.

José Enrique Galarreta



EL MISTERIO DE LA INCREDULIDAD
José Luis Sicre

El domingo pasado nos recordaba el evangelio de Marcos dos ejemplos de fe: el de la mujer con flujo de sangre y el de Jairo. Hoy nos ofrece la postura opuesta de los nazarenos, que sorprenden a Jesús con su falta de fe.
Éxito en Cafarnaúm

Resulta interesante comparar lo ocurrido en Nazaret con lo ocurrido al comienzo del evangelio: también un sábado, en Cafarnaúm, Jesús actúa en la sinagoga y la gente se pregunta, llena de estupor: «¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen.» Enseñanza y milagros despiertan admiración y confianza en Jesús, que realiza esa misma tarde numerosos milagros (Mc 1,21-34).

Fracaso en Nazaret
Otro sábado, en la sinagoga de Nazaret, la gente también se asombra. Pero la enseñanza de Jesús y sus milagros no suscitan fe, sino incredulidad. La apologética cristiana ha considerado muchas veces los milagros de Jesús como prueba de su divinidad. Este episodio demuestra que los milagros no sirven de nada cuando la gente se niega a creer. Al contrario, los lleva a la incredulidad.

Los milagros de Jesús han representado un enigma para las autoridades teológicas de la época, los escribas, y ellos han concluido que: «Lleva dentro a Belcebú y expulsa los demonios por arte del jefe de los demonios» (Mc 3,22).

Los nazarenos no llegan a tanto. Adoptan una extraña postura que no sabríamos cómo calificar hoy día: no niegan la sabiduría y los milagros de Jesús, pero, dado que lo conocen desde pequeño y conocen a su familia, no les encuentran explicación y se escandalizan de él.

Jesús, motivo de escándalo
En griego, la palabra «escándalo» designa la trampa, lazo o cepo que se coloca para cazar animales. Metafóricamente, en el evangelio se refiere a veces a lo que obstaculiza el seguimiento de Jesús, algo que debe ser eliminado radicalmente («si tu mano, tu pie, tu ojo, te escandaliza… córtatelo, sácatelo»).

Lo curioso del pasaje de hoy es que quien se convierte en obstáculo para seguir a Jesús es el mismo Jesús, no por lo que hace, sino por su origen. Cuando uno pretende conocer a Jesús, saber «de dónde viene», quién es su familia; cuando lo interpreta de forma puramente humana, Jesús se convierte en un obstáculo para la fe. Desde el punto de vista de Marcos, los nazarenos son más lógicos que quienes dicen creer en Jesús, aunque lo consideran un profeta como otro cualquiera.

Asombro e impotencia de Jesús
A Marcos le gusta presentar a Jesús como Hijo de Dios, pero dejando muy clara su humanidad. Por eso no oculta su asombro ni su incapacidad de realizar en Nazaret grandes milagros a causa de la falta de fe. Adviértase la diferencia entre la formulación de Marcos: «no pudo hacer allí ningún milagro» y la de Mateo: «Por su incredulidad, no hizo allí muchos milagros».

Nazaret como símbolo

Los tres evangelios sinópticos conceden mucha importancia al episodio de Nazaret, insistiendo en el fracaso de Jesús (la versión más dura es la de Lucas, en la que los nazarenos intentan despeñarlo). Se debe a que consideran lo ocurrido allí como un símbolo de lo que ocurrirá a Jesús con la mayor parte de los israelitas: «Sólo en su tierra, entre sus parientes y en su casa desprecian al profeta».

Recorrió después las aldeas del contorno enseñando

Jesús ha fracasado en Nazaret, pero esto no le lleva al desánimo ni a interrumpir su actividad. Igual que Ezequiel (1ª lectura), le escuchen o no le escuchen, dejará claro testimonio de que en medio de Israel se encuentra un profeta.

¿Nos parecemos a los de Nazaret?
Nuestra educación cristiana ha insistido mucho en la caridad. Podríamos sintetizarla, y con razón, en las palabras: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», o «Trata a los demás como tú quieres que te traten. Esta es la síntesis de la Ley y los Profetas».

Pero los evangelios dan también una importancia enorme a la fe en Jesús. No a la fe en Dios, común a todas las religiones monoteístas, sino a la fe en Jesús. «Esto ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo en él, tengáis la vida eterna», termina el cuarto evangelio.

El pasaje de hoy nos obliga a examinar nuestra fe en Jesús. Pensar que lo sabemos todo sobre su vida, su persona, su época, puede llevarnos a infravalorarlo, considerándolo un profeta más o un maestro religioso. Pero en un profeta o un maestro no se cree, ni él puede darnos la vida eterna. El evangelio de hoy nos anima a repetir la petición del padre del niño epiléptico: «Creo, pero ayuda a mi incredulidad».

Un remedio contra la soberbia y el narcicismo (2ª lectura: 2 Cor 12,7-10).
Aunque sin relación con el evangelio, el texto de Pablo enseña algo muy útil para todos. Él es consciente de haber recibido unas revelaciones especiales de Dios. La más importante, después de la conversión, que Jesús vino a salvarnos a todos, no solo a los judíos, y que el evangelio debe proclamarse por igual a todas las personas, sin tener en cuenta su raza, género o condición social. Una revelación totalmente revolucionaria. Esto pudo provocar en él una reacción de orgullo y soberbia. Para contrarrestarla, Dios «le clava una espina en el cuerpo», que le humilla profundamente. No sabemos a qué se refiere. Se ha pensado en su enfermedad de la vista, de la que habla en la carta a los Gálatas, que coartaba su actividad misionera. Por lo que dice a continuación, le humillaban las propias flaquezas y las persecuciones, insultos y críticas procedentes de todas partes. Sin olvidar sus arrebatos de ira, que le llevaron a pelearse con Bernabé, su mejor amigo, al que tanto debía; o que le hacían escribir cosas terribles contra los judíos, e incluso contra los cristianos que no compartían sus puntos de vista, a los que llama «falsos hermanos». En cualquier caso, avergonzado de su conducta, pide a Dios que le saque esa espina. Quiere ser bueno y sentirse bueno. Sin fallo alguno. Narcisismo puro. Y Dios le responde: «Te basta mi gracia, pues mi poder triunfa en la flaqueza».

A ninguno de nosotros nos faltan espinas en el cuerpo y en el alma que nos gustaría arrancarnos; o, mejor, que Dios las arrancara para dejarnos vivir tranquilos, satisfechos de nosotros mismos. Pero nos dice como a Pablo: «Te basta mi gracia». Y nosotros debemos repetir como él: «Me alegro de mis flaquezas, de los insultos, de las dificultades, de las persecuciones, de todo lo que sufro por Cristo».

José Luis Sicre


Una iglesia de minorías
José María Rodríguez Olaizola

El otro día, conversando con un grupo de amigos, me preguntaban: «¿No te preocupa que la Iglesia pierda poder, influencia, que vayáis siendo mucha menos gente?» Debo confesar que, con bastante honestidad, sentía que no, no me preocupaba.

No me preocupan demasiado ni la influencia, ni el poder, ni los números. Me preocupa, eso sí, que encontremos un camino para que el evangelio ayude a configurar una sociedad lo más humana y digna posible. Me preocupan la cantidad de tópicos, prejuicios y desconocimiento que hay -pero a veces pienso que eso solo se puede ir desvaneciendo con una Iglesia que vuelva a ser minoritaria, y desprendida de muchas adherencias e inercias-. Me preocupa que demasiada gente no se haga en serio la pregunta por Dios, y se conforme con un ateísmo infantil (o con una fe infantil). Me preocupa una sociedad que se mueve por modas, y no reflexiona. Y me preocupa que las verdaderas víctimas de nuestro mundo, en muchos lugares, queden más huérfanas si faltan las gentes de Iglesia que en algunos contextos son los únicos que están.

Pero, ¿preocuparme por el final de un ciclo -como creo que es este-? No. Eso no me inquieta. Porque, junto a los problemas, veo oportunidades. La oportunidad de que hoy quien practique una religión lo haga por opción y ya no por inercia. La oportunidad de que, quien quiera seguir a Jesús, lo haga con pasión y compromiso, y no porque «es lo que hay». La oportunidad de vivir contracorriente. La oportunidad de repensar qué es lo que contamos, y cómo hacerlo para ser creíbles, en lugar de adormecernos en formas y modos que a muchos dejan indiferentes. Y la oportunidad de que, en una situación de mucha más pequeñez -y hacia ello vamos-, como Iglesia podamos bajarnos de algunos pedestales, escuchar más y reconocer equivocaciones que han hecho que a menudo seamos percibidos como guardianes de letra muerta, y no como portadores de una buena noticia.

Tenemos la oportunidad de volvernos pequeños. Y la cosa comenzó en Galilea, con un predicador desconocido rodeado por un grupo de personas bastante frágiles: el pescador, la prostituta, el recaudador, la adúltera… No, no me preocupa.

José María Rodríguez Olaizola