viernes, 13 de julio de 2018

José Antonio Pagola - NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA


José Antonio Pagola - NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA

El papa Francisco nos está llamando a una «nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús». ¿En qué puede consistir? ¿Dónde puede estar su novedad? ¿Qué hemos de cambiar? ¿Cuál fue realmente la intención de Jesús al enviar a sus discípulos a prolongar su tarea evangelizadora?

El relato de Marcos deja claro que solo Jesús es la fuente, el inspirador y el modelo de la acción evangelizadora de sus seguidores. No harán nada en nombre propio. Son «enviados» de Jesús. No se predicarán a sí mismos: solo anunciarán su Evangelio. No tendrán otros intereses: solo se dedicarán a abrir caminos al reino de Dios.

La única manera de impulsar una «nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús» es purificar e intensificar esta vinculación con Jesús. No habrá nueva evangelización si no hay nuevos evangelizadores, y no habrá nuevos evangelizadores si no hay un contacto más vivo, lúcido y apasionado con Jesús. Sin él haremos todo menos introducir su Espíritu en el mundo.

Al enviarlos, Jesús no deja a sus discípulos abandonados a sus fuerzas. Les da su «poder», que no es un poder para controlar, gobernar o dominar a los demás, sino su fuerza para «expulsar espíritus inmundos», liberando a las personas de lo que las esclaviza, oprime y deshumaniza.

Los discípulos saben muy bien qué les encarga Jesús. Nunca lo han visto gobernando a nadie. Siempre lo han conocido curando heridas, aliviando el sufrimiento, regenerando vidas, liberando de miedos, contagiando confianza en Dios. «Curar» y «liberar» son tareas prioritarias en la actuación de Jesús. Darían un rostro radicalmente diferente a nuestra evangelización.

Jesús los envía con lo necesario para caminar. Según Marcos, solo llevarán bastón, sandalias y una túnica. No necesitan de más para ser testigos de lo esencial. Jesús los quiere ver libres y sin ataduras; siempre disponibles, sin instalarse en el bienestar; confiando en la fuerza del Evangelio.

Sin recuperar este estilo evangélico no hay «nueva etapa evangelizadora». Lo importante no es poner en marcha nuevas actividades y estrategias, sino desprendernos de costumbres, estructuras y servidumbres que nos están impidiendo ser libres para contagiar lo esencial del Evangelio con verdad y sencillez.

En la Iglesia hemos perdido ese estilo itinerante que sugiere Jesús. Su caminar es lento y pesado. No sabemos acompañar a la humanidad. No tenemos agilidad para pasar de una cultura ya pasada a la cultura actual. Nos agarramos al poder que hemos tenido. Nos enredamos en intereses que no coinciden con el reino de Dios. Necesitamos conversión.

Domingo 15 Tiempo ordinario - B 
(Marcos 6,7-13)
15 de julio 2018

José Antonio Pagola
buenasnoticias@ppc-editorial.com





FIÁNDOME DE TU PALABRA
Florentino Ulibarri

Para el camino, Señor,
no llevo oro, ni plata,
ni dinero en el bolsillo
me fío de tu palabra.

Ni tengo alforja con provisiones y repuestos,
que me basta tu compañía
y el pan de cada día.

Túnica, la puesta, sin más,
que no tengo que ocultar nada,
y el frío y el calor se atemperan
cuando se comparten, en familia.

Tampoco llevo bastón,
aunque tú dijiste que podíamos,
pues mis hermanos me sostienen y dan la mano
cuando el camino se hace duro,
y sangro, tropiezo y caigo.

Y sandalias, unas de quita y pon,
abiertas y bien ajustadas,
para evitar callos y rozaduras
en el cuerpo y en el alma,
andar ligero
y no olvidarme del suelo que piso
cuando tu Espíritu me levanta,
me mece libre, al viento,
me lleva y me arrastra.

Eso sí, voy en compañía,
desbordando ternura y paz
regalando salud y buena noticia
y caminando con alegría.

Casi ligero de equipaje,
fiándome de tu palabra,
yo te sigo y...
eso me basta.




SI NECESITAS SEGURIDADES EXTERNAS, NO CONFÍAS EN LO INTERNO
Fray Marcos
Mc 6, 7-13

El párrafo que acabamos de leer es continuación del que leíamos el domingo pasado, pero con él comienza una nueva etapa en el evangelio de Mc. Los discípulos van a tomar parte en la tarea que, hasta ahora, desarrollaba solo el Maestro. Después de la experiencia de fracaso en la sinagoga de su pueblo, Jesús no solo no deja de anunciar la “buena noticia” del Reino, sino que compromete a sus discípulos en esa tarea. El rechazo de los dirigentes y de los más cercanos, le obligan a buscar otros interlocutores que no estén maleados por la enseñanza oficial. Las tres lecturas no hablan de la elección, pero esa elección lleva implícita la misión.

Es Jesús el que toma la iniciativa. “Les llamó y les envió”. En el c. 1, ya había relatado la llamada de dos parejas de hermanos. En el c. 3, había narrado la llamada de los doce. Si hacía ya mucho tiempo que estaban con él, no necesitaba llamarlos, pero el poner los dos verbos juntos tiene una intención especial. La llamada y la misión están siempre unidas. Todo el que es llamado es para ser enviado. No se precisa ni a donde van ni cuanto va a durar la misión. Con ello nos está diciendo que está precisando las características de todas las llamadas y de todos los envíos. Todo los que vayan en nombre de Jesús deben ir en las mismas condiciones, en todos los tiempos. El evangelista está retrotrayendo al tiempo de Jesús una práctica que comenzó muy pronto en las primeras comunidades.

“De dos en dos”, apunta al sentido comunitario de toda misión. No se trata de actuar como francotiradores, sino de ir en nombre de la comunidad y con el mensaje comunitario. De esta forma, se  evita además, cualquier clase de jerarquía o superioridad de uno sobre otro. Con demasiada frecuencia olvidamos que todos somos enviados por y desde una comunidad. Tenemos que superar la tendencia a actuar por nuestra propia cuenta. Tiene también un aspecto legal. En un juicio, solo se admitía el testimonio que fuera atestiguado por dos testigos. Recordemos que no se les pide que sean maestros, sino testigos.

“Les da autoridad sobre los espíritus inmundos”. Hay que tener mucho cuidado. El texto griego no dice “dynamis” sino “exousia”. No es fácil apreciar la diferencia entre los dos conceptos, pero es claro que no se trata de un poder mágico, sino de una superioridad sobre el mal; lo cual nos indica que se trata de una fuerza para superar, no solo los demonios de los demás, sino también sus propios demonios; es decir: La superación personal de toda ideología que les impediría comunicar el verdadero mensaje. Esta lucha de los apóstoles contra sus propios prejuicios nacionalistas, está presente en todo el evangelio de Mc.

“Les encargó...” El verbo Griego significa en primer término ordenó. Se trata de una severa amonestación. Es curioso que el texto hace más hincapié en lo que no deben llevar. Ni siquiera nos habla del mensaje que deben trasmitir. Lo importante es el espíritu de los que van a desempeñar la misión. El bastón y las sandalias eran imprescindibles en los viajes; el primero ayuda a caminar y puede ser muy útil contra las alimañas que no eran raras en terrenos desérticos. Las sandalias eran el calzado de los pobres. El pan era signo de todo alimento. No van como mendigos, “no llevéis bolsa”, sólo deben aceptar lo que necesitan en cada momento. La alforja era propia de los mendigos, que metían en ella lo que les daban para asegurarse, al menos, las próximas comidas. El dinero (de poco valor) es el símbolo de las seguridades. En griego no dice “túnica de repuesto”, sino “no llevéis puestas dos túnicas, que era característica de la gente rica.

Los judíos nunca se hospedaban en casa de paganos. La comunidad ha descubierto que cualquier casa es buena para hospedarse, y cualquier alimento digno de comerse. Para quedarse basta que les acoja una “casa”. Para marcharse tiene que existir rechazo de un “lugar”. Lo importante es que les acepten y ellos acepten. En todo caso, deja clara la posibilidad de rechazo que acaba de sufrir el mismo Jesús en su tierra. El sacudir el polvo de los pies, era una costumbre de los judíos cuando salían de un lugar de paganismo. No se trata de maldición alguna, sino de dar testimonio de un hecho. En adelante, los paganos no son los “no judíos”, sino los que rechazan la oferta de salvación de Jesús.

“Predicaban la conversión, echaban demonios y curaban”. Es curioso, que ninguna de esas acciones fue descrita en el envío. La conversión de la que nos habla el evangelio, no debe entenderse desde el punto de vista moral. Se trata de “metanoia”, que es un cambio de mentalidad que llevaría consigo un cambio en la manera de vivir. Se trata un camino nuevo. Sin emprender ese nuevo camino, de nada servirán los arrepentimientos y los propósitos. Seguimos sin entenderlo hoy. El echar demonios y curar son signos de la preocupación por los demás. El signo de que ha llegado el Reino es la ayuda a los demás.

La  primera lectura nos pone ya en guardia. Los profetas de Betel quieren convertir a Amós en un profeta “al uso”: alguien que vive de un oficio siguiendo las directrices oficiales. Muy poco han cambiado las cosas. La Iglesia sigue siendo un santuario de Betel. Estar de parte de los poderosos, y no denunciar la injusticia ha sido una apostasía del cristianismo desde Constantino. A nadie entusiasma hoy nuestra predicación, mucho menos nuestra trayectoria vital. La misión no puede ser acomodación a una programación venida de fuera, sino una exigencia vital, consecuencia de la llamada interna de Dios.

La clave está en que, al depender de los demás, se elimina toda tentación de superioridad. No son normas de ascetismo sino de confianza. Se trata de aprender a confiar en los demás, esperándolo todo de ellos. Saber dar eficazmente supone haber aprendido antes a recibir con humildad. No hay nada más humillante para un ser humano que el tener que recibir de otro algo sin reciprocidad. La realidad que más une y humaniza a los hombres es el saber que tienen algo que dar y algo que recibir. En la gratuidad, se alcanza el máximo de humanidad, tanto por parte del que da, como del que recibe.

La confianza de toda misión evangélica debe centrarse en el mensaje, no en los medios desplegados para conseguir la adhesión. Para ello no hay más remedio que prescindir de lo superfluo, y ni siquiera querer asegurar lo necesario. Cuando Jesús envía a los doce, está diciendo que lleven el Reino de Dios a todos los hombres. Él no es su dueño ni ellos sus propietarios. Ese Reino es la “buena noticia” que todos deben descubrir. El Reino predicado por Jesús está más allá de la religión. Trata de purificar toda religión. Jesús no creó una nueva religión ni dejó de pertenecer a su tradición religiosa. Él haber hecho de la predicación de Jesús una religión más ha impedido que sea fermento para todas.

La misión no es tarea de unos pocos, sino la consecuencia inevitable de la adhesión a Jesús. La misión no consiste en predicar sino en hacer un mundo cada vez más humano en todos los órdenes. No se trata de salvaguardar a toda costa, doctrinas trasnochadas o normas morales que no humanizan. Menos aún en conservar unos ritos fosilizados que ya no dicen nada a nadie. El mensaje de Jesús no se puede meter en fórmulas ni en una programación. Es una manera de vivir. Ser cristiano es una manera de ser más humano.

Meditación

Si confías en Dios, confiarás también en el hombre.
Pero también potenciarás la confianza en ti mismo.
Si has superado el afán de seguridades, surgirá la gratuidad.
Precisamente hoy, que por todo hay que pagar un precio,
es más necesario que nunca el dar sin esperar nada.
Darse, sin esperar nada a cambio, es hacer presente a Dios.

Fray Marcos



SOY DISCÍPULO, ENVIADO POR JESÚS
José Enrique Galarreta
Mc 6, 7-13

Jesús envía a los Doce. Esta misión aparece en los tres sinópticos, y en los tres las instrucciones son semejantes, aunque los detalles difieren. (Mateo prohibe las sandalias, Lucas omite la expulsión de demonios...) Lucas 10,1 constata otra misión, esta vez de 72 discípulos, con parecidas características. Parece pues seguro que Jesús preparaba su llegada a las aldeas con un envío previo de sus discípulos. Pero lo importante no es el hecho en sí, sino el mensaje que llevan y el modo de anunciarlo: el mensaje es la llegada del Reino; el modo de anunciarlo, la pobreza de los enviados y la liberación de los enfermos y poseídos.

Aunque no nos hayamos dado cuenta, estamos asistiendo al nacimiento de la Iglesia. Lo señalamos ya al comentar el llamamiento de los primeros discípulos y lo volvemos a recordar hoy. Jesús necesita gente que le ayude, que la ayude a extender la Buena Noticia, que le ayude a realizar el Reino. Se perfilan las características de los discípulos, ya desde el principio; ser discípulo de Jesús equivale a ser llamado para una misión. La esencia de la misión, anunciar el Reino. Este envío de Jesús, en mitad de su vida pública, nos sirve muy bien para iluminar el envío definitivo, la misión conferida a los discípulos después de la resurrección, porque nos muestra que la misión es la esencia del seguidor de Jesús.

Ser discípulo de Jesús puede entenderse, se entiende de hecho algunas veces, como una situación estática, más bien privilegiada que comprometida. Se nos ha regalado un conocimiento, los dogmas que hay que aceptar, se nos exige el cumplimiento de unas normas morales y unos ritos ... y se nos ofrece como premio la vida eterna. Podría entenderse como un seguimiento enteramente particular, sin que las demás personas tengan otra condición que objeto de los mandamientos, que se pueden reducir a uno: no perjudicar a nadie.

Pero la revelación de Jesús es Dios Padre, que equivale a "todos hijos", y por tanto hermanos. La consecuencia es compartir y comprometerse; no hay otra forma de entender al Padre y a los hermanos que desde el compartir y el compromiso. Jesús es el primer Hijo, el primer Hermano, el que más comparte y el más comprometido: nosotros seguimos su modelo, nos dejamos llevar del mismo Espíritu. Su misión no es suya, es la misión que da el Padre a los hijos. Jesús nos hace descubrir la misión. Seguirle es aceptar la misión.

La misión de los doce y de aquellos otros setenta y dos era muy ocasional: tenían que preparar el camino a Jesús. Éste fue en ese momento su modo de misión. Nuestra misión puede tener, tiene de hecho, modos diferentes, pero en el fondo es la misma: anunciar y construir el Reino. Cuando Jesús dejó de estar físicamente entre sus discípulos, éstos continuaron su misión: unos como predicadores, viajando de un sitio a otro. Otros no; permanecieron en donde estaban; anunciaron y construyeron el Reino haciendo lo que siempre habían hecho, pero de diferente modo. Siguieron siendo labradores o comerciantes o artesanos, siguieron engendrando hijos y celebrando las fiestas, pero lo hicieron todo según los criterios y valores de Jesús; compartían lo que tenían, estaban profundamente comprometidos en los problemas de todos.

Nosotros solemos simplificar, de modo harto culpable, el seguimiento de Jesús. Pensamos que algunos (los sacerdotes, los religiosos ...) están llamados a anunciar el Reino, a predicar, y los demás no; los demás vivimos una existencia aceptadora de dogmas y cumplidora de preceptos para nuestra propia salvación. También en esto necesitamos escuchar la Buena Noticia: tu vida, lo que estás haciendo puede ser el Reino, el anuncio del Reino. Pero, más aún, tu vida es misión, para eso sirve, para eso fuimos pensados por Dios, para eso se cuenta con nosotros. Y esto es la esencia de nuestra pertenencia a la Iglesia: aceptar la misión. Y eso significa "comulgar": comulgar con la misión de Jesus.

Pero el modo de misión es probablemente lo más importante de este texto: el modo es pobreza y liberación. Sin sandalias de repuesto, sin dinero en el bolsillo ... y "¡hasta los demonios se nos sometían!" (Lc 10,17) Me parece interesante advertir una relación causa – efecto: los demonios se les sometían porque eran pobres y liberaban. Es lo de Jesús: ninguna confianza en los poderes del mundo: eso es lo que produce la eliminación de los demonios del ser humano que son precisamente confiar en los halagos del mundo y no querer liberarse de ellos.

Si son éstos, y no otros, los signos de la Iglesia, tiene garantizada la eficacia. Si son otros, y no éstos, la Iglesia no es fiel a Jesús. Si la Iglesia es capaz de producir liberación, es decir, de sacar a la gente de sus pecados, de su instalación, su mundanidad, su consumismo, su desinterés por los demás; si donde hay cristianos hay menos hambre, más justicia, más honradez ... es la Iglesia de Jesús. Si el mensaje de la Iglesia es Buena Noticia para la gente pobre (y en consecuencia mala noticia para la gente rica – como le pasó precisamente a Jesús) ésta la iglesia de Jesús.

No pocas veces se queda uno desconcertado viendo cómo naciones enteras que proclaman su adhesión a la Iglesia, su confesionalidad católica ... tienen los más altos índices de corrupción del mundo, en sus dirigentes y en el modo común de comportarse de muchos. Y se asombra uno mucho más aún ante el espectáculo de las Iglesias del primer Mundo, del Norte, en las que se declaran creyentes sobre todo gente de las capas altas de la sociedad, mientras que las "clases bajas" hace siglos que se desentendieron de la Iglesia. ¡Extraña buena noticia, que tranquiliza a los ricos y no ilusiona a los pobres! A Jesús le pasó lo contrario.

La credibilidad de nuestro anuncio del Reino dependerá directamente de nuestra propia realidad y de nuestro poder de transformación. De nuestra propia realidad porque, si seguimos a Jesús, cambiaremos día a día haciéndonos cada vez más humanos, es decir, más hijos. De nuestro poder de transformación porque nuestro compartir y nuestro compromiso cambiará el entorno, hará cambiar a otras personas.

La eficacia de la Iglesia no depende de estrategias de propaganda ni de predicaciones dogmáticas, sino de la conversión de cada discípulo.

Elegidos para una misión. Podemos decir que no. Podemos refugiarnos en un discreto cumplimiento de mandamientos, como el joven rico aquél que estuvo a punto de seguir a Jesús y al final se dio media vuelta. Nadie nos lo va a echar en cara ni está en juego nuestra salvación eterna. No se trata de eso. Se trata de aceptar o no la invitación de ser hijo y vivir como tal. Sentirse simplemente esclavo o asalariado puede resultar hasta más cómodo. Los esclavos y los asalariados cumplen obligaciones, aceptan ser castigados cuando fallan, agradecen que el amo sea juez inclinado a perdonar si hay arrepentimiento, y esperan ser premiados al final del trabajo. Sus relaciones externas con la divinidad se expresan en el culto, hacen muchas oraciones de petición y están siempre un tanto temerosos ante Su Divina Majestad.

Los que aceptan la misión no hablan de premios o castigos, ni siquiera de perdón. No ofrecen sacrificios a la divinidad –ya se han ofrecido ellos mismos-. Celebran la eucaristía para alimentar su compromiso, para volver a aceptar una vez más la misión.

José Enrique Galarreta



DE DISCÍPULOS A MISIONEROS
José Luis Sicre

El fracaso en Nazaret no desanima a Jesús. Al contrario. Además de continuar misionando, como veíamos el domingo pasado, envía también a sus discípulos a misionar. Los profetas del Antiguo Testamento tienen a veces discípulos; pero, que sepamos, nunca los envían de misión; la labor del discípulo consiste en servir de apoyo social y espiritual al profeta, memorizar sus palabras y transmitirlas a la posteridad. El enfoque que tiene Jesús de sus discípulos es distinto, más dinámico: no se limitan a aprender, deben también poner en práctica lo aprendido, y ampliar la actividad de Jesús.

Las instrucciones a los discípulos (Marcos 6,7-13)
El texto de Marcos trata brevemente cinco puntos:
1. La autoridad. Cualquier embajador o misionero debe estar investido de una autoridad. La que reciben los discípulos es sobre los espíritus inmundos. Esta idea, tan extraña a la cultura de nuestra época, debemos considerarla en el contexto del evangelio de Marcos. Jesús, desde el primer momento, en la sinagoga de Cafarnaúm, ha demostrado su autoridad sobre un espíritu inmundo. Sus discípulos reciben el mismo poder. Son embajadores plenipotenciarios.

2. Equipaje y provisiones. Es interesante advertir lo que se permite y lo que se prohíbe: sólo se permite llevar un bastón y sandalias; en cambio, se prohíbe llevar comida (ni pan, ni alforja) y túnica de repuesto. El permiso del bastón y las sandalias contrastan con el evangelio de Mateo, donde se prohíben. Es un caso interesante de cómo los evangelistas adaptan el mensaje de Jesús a las circunstancias de su comunidad: Marcos tiene en cuenta los largos viajes misioneros posteriores, por terrenos difíciles, que requieren bastón y sandalias. En cambio, la prohibición de comida y vestido de repuesto (Mateo añade la prohibición del dinero), demuestra la enorme preocupación de Jesús porque sus discípulos den ejemplo de pobreza en una época en que los predicadores religiosos eran acusados con frecuencia de charlatanes en busca de dinero.

3. Alojamiento. Para evitar tensiones y peleas entre las personas que quisieran acogerlas en sus casas, Jesús ordena que se alojen siempre en la misma.

4. Rechazo. El apostolado no tendrá siempre éxito. Igual que Jesús fue rechazado en Nazaret, ellos pueden ser rechazados en cualquier lugar.

5. La actividad. Curiosamente, lo que deben hacer los discípulos no aparece hasta el final: «Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.» Lo mismo que hacía Jesús, a excepción del uso de aceite para curar enfermos. Esta práctica parece haber entrado en la iglesia en un momento posterior y está atestiguada en la carta de Santiago: «¿Que uno de vosotros cae enfermo? Llame a los ancianos de la comunidad para que recen por él y lo unjan con aceite invocando el nombre del Señor.» (Snt 5,14).

El rechazo: dos reacciones ante él (1ª lectura: Amós 7,12-15)
En las instrucciones de Jesús, este tema es el que ocupa menos espacio. Sólo se menciona como posibilidad. En cambio, la primera lectura nos recuerda que esta posibilidad fue y sigue siendo muy real.

A mediados del siglo VIII a.C., el profeta Amós, originario del sur (Judá) fue enviado por Dios a predicar en el Reino Norte (Israel), para denunciar las injusticias terribles que se cometían, favorecidas por la corte y el clero. El enfrentamiento más fuerte tiene lugar en el santuario de Betel (= Casa de Dios), con el sumo sacerdote Amasías, que lo expulsa. En el fondo, Amós tuvo suerte. A otros les cortaron la cabeza.

Si el texto de Amós se hubiera leído completo (cosa que horroriza a los liturgistas), se habría advertido una diferencia capital entre la reacción del profeta y la que deben tener los discípulos de Jesús. Cuando el sacerdote Amasías expulsa a Amós de Betel, este le responde anunciándole que su mujer será violada, sus hijos e hijas morirán a espada, perderá sus tierras y será deportado. El discípulo de Jesús, si es rechazado, debe limitarse a sacudirse el polvo de los pies. Ni una palabra de amenaza o condena. El juicio corresponde a Dios.

Una síntesis del mensaje (2ª lectura: Efesios 1,3-14)
El evangelio no concreta lo que los discípulos deben predicar. Sólo dice que «predicaban la conversión», igual que Jesús. Al pasar los años, especialmente después de su muerte y resurrección, el mensaje de los apóstoles se fue enriqueciendo con lo que Jesús hizo y dijo, y también con una elaboración teológica de lo que él supuso para nosotros.

La introducción de la carta a los Efesios es un excelente ejemplo de esto último. Pero su estilo tan denso, barroco y recargado se presta a que los asistentes a la misa no se enteren de nada. Una pena, porque las ideas son espléndidas.

Adviértase que el texto habla generalmente de «nosotros» («nos ha bendecido», «nos eligió», «nos ha destinado», «hemos recibido», «hemos heredado», «nosotros, los que ya esperábamos en Cristo»). Pero termina hablando de «vosotros» («y también vosotros», «habéis escuchado», «habéis creído», «habéis sido marcados». Parece lógico aplicar el «nosotros» a los cristianos de origen judío; el «vosotros», a los efesios, de origen pagano.

Ante la persona y la obra de Jesús, la reacción de los primeros debe ser bendecir a Dios por todos los beneficios que nos ha concedido a través de Cristo, que se resumen en estos cinco puntos: nos eligió; nos destinó a ser hijos suyos; por su sangre, nos perdonó los pecados; nos dio a conocer su proyecto de recapitular en Cristo todas las cosas; nos convirtió en herederos.

¿Y los efesios? ¿Y nosotros? La carta toma un rumbo muy distinto. No comienza hablando de lo que Dios ha hecho por nosotros, sino de lo que nosotros hemos hecho al escuchar la extraordinaria noticia de que hemos sido salvados: «habéis creído». Y entonces, Cristo nos ha marcado con el Espíritu Santo, «prenda de nuestra herencia». Muy pocas palabras, en comparación con los párrafos dedicados al «nosotros», pero con la novedad de la acción de Cristo y el don del Espíritu.

En cualquier caso, al recapitular Dios todas las cosas en Cristo, todo lo que se dice es válido para todos. También nosotros podemos y debemos proclamar: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales».

José Luis Sicre



CONTRA EL TSUNAMI DE NEGATIVIDAD
Pedro Miguel Lamet

Trump, Putin, Maduro, Siria, terrorismo yihadista, refugiados, migraciones, hambre, corrupción, secuestros, pedofilia, secesionismos, guerras, falta de horizonte de soluciones políticas, depresiones, suicidios y un largo etcétera de noticias negativas nos ponen el corazón en un puño. Se diría que en las últimas décadas vivimos dentro de una nube negra de negatividad de la que es muy difícil sustraerse. A los informativos se ha unido la intoxicación de las redes sociales que, por si fuera poco, se inventan noticias falsas o las retroalimentan con oleadas de odio, insultos, agresividad. La consecuencia psíquica en nuestros ánimos podría ser fatal si no luchamos contra el poso destructivo que puede acumularse en nuestro subconsciente.

¿Cómo reaccionar? ¿Cómo salir de esa nube? ¿Cómo sobrevivir en medio de este tsunami que parece arrastrarnos?
Primero la liberación nace del concepto mismo de realidad. Vivimos rodeados de una caterva de imágenes que nos rodean. En el siglo pasado, por ejemplo en España, solo había periódicos, emisoras de radio y un par de cadenas de televisión, un mundo icónico controlable. Los sucesos horripilantes se reducían a un suelto en el diario o se escondían en tabloides especializados como El Caso. El cine violento y de terror era más bien escaso. Hoy incluso los crea el propio ciudadano con la cámara de su teléfono móvil. Hemos llegado a confundir la realidad con la ficción.

Es más vivimos en la superficie de nuestra conciencia, en los personajes que nos hemos creado o intentamos crearnos mediante la apariencia, mediante la moda, la publicidad, la cirugía estética, la ocultación de lo profundo de nuestro propio ser. En nuestra identidad, a modo de una cebolla o una alcachofa, nos quedamos en las hojas superficiales, sin morder la pulpa más sana y rica de la vida.

Sin embargo ejercicios como la meditación, más allá de las creencias de cada uno, han descubierto a algunos que en todos nosotros existe una zona en paz más allá de las apariencias. Que detrás de las olas encrespadas del “afuera”, el fondo del mar está en calma, está bien. Pero el vicio de la mente es quedarse en el barullo exterior de forma morbosa, retroalimentarse de negatividad. Al despertarnos cada mañana volvernos a embadurnarnos, casi sin darnos cuenta, con el barro de los pensamientos negativos de lo que llamamos “realidad”, a identificarnos con ellos.

La única salida es volver a conectarnos con lo que realmente somos, redescubrir ese yo interior como sea. Por ejemplo, los niños antes de maliciarse, viven ahí y son felices. “Es que son inconscientes de lo que les espera”, argüimos. ¿No será lo contrario? “La vida es dolor, es sufrimiento”, insistimos. La vida es limitación, finitud y contingencia, desde luego. Pero lo verdaderamente cierto es que esa limitación pasa, fluye continuamente.

Hay un camino a contracorriente, pero absolutamente necesario. Todos hemos conocido a personas que han alcanzado esa liberación. La viejecita perdida en una aldea que en medio de sus achaques ha alcanzado la sabiduría; el enfermo que crece con su enfermedad, el voluntario que abre una ventana a la Vida con mayúsculas gracias al viento de solidaridad que brota en sus entrañas, la sonrisa que lucha contra las lágrimas.

Eso es “mística” dirán algunos. Llamémoslo como queramos, pero es algo que está al alcance de todos. Recientemente con motivo del horrendo asesinato del niño Gabriel, España entera se conmovió con la respuesta de su madre, que realizó una alquimia admirable: convertir su dolor y la oleada de odio, insultos y ansias de violencia en un movimiento de positiva solidaridad. ¿De dónde nacía esa maravillosa transformación? De un alma conectada con el amor de su hijo que ha inyectado en la sociedad una energía más poderosa que la muerte.

Quizás la única salvación posible a tanta negrura obtenga su mejor medicina en una cura de silencio, el único refugio posible ante el continuo bombardeo de ruido, imágenes y pensamientos negativos. Se trata de buscar algún rato en medio del vértigo cotidiano para cerrar los ojos, respirar hondo e intentar no pensar en nada. Hay para ello mil métodos al alcance de todos, incluso en pequeñas aplicaciones de relajación del smartphone.

Los auténticos poetas, gracias a la intuición, a veces han ofrecido la clave en sus versos. Recuerdo estos de Manuel Machado: “Para mi pobre cuerpo dolorido, / para mi triste alma lacerada, / para mi yerto corazón herido, / para mi amarga vida fatigada.../ ¡el mar amado, el mar apetecido, /el mar, el mar y no pensar en nada!...” ¿Una huida, una falta de compromiso con la realidad? No, un modo de rencontrarnos con lo más hondo de nosotros mismos, un mar donde estamos bien, que no pasa, para luego retornar adecuadamente a la película de la vida.

Pedro Miguel Lamet




Desgarro al decir adiós

Llega el fin de una etapa: el erasmus, la carrera, bachillerato, el equipo… Y te vas, o simplemente te quedas, pero es otro el que se va de tu vida.

Has creado unos lazos que ahora quedan en el aire con la distancia. Te despides y una sensación extraña te embarga, sintiendo cierto vacío porque el otro ya no va a estar ahí para ti, y ya no podrás vivir esos momentos que te daban vida.

La siguiente historia no quita el dolor de la despedida, pero sí que le da un sentido.

Como jesuita me toca encarar un nuevo destino con los años. Te vuelcas totalmente con la gente creando unos vínculos especiales y cuando eres un referente para algunas personas y las quieres como un familiar, te toca despedirte. En ese momento el corazón se desgarra un poco.

Pero entonces, te vienen a la cabeza las palabras de Pedro Casaldáliga: «Al final del camino me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres».

Y recuerdas que el corazón es un músculo, que duele cuando lo usas intensamente y tiene que crecer. Te das cuenta que no es un desgarro lo que sentías, sino algo mejor. Te dolía el corazón porque está creciendo, mucho y rápido, para albergar toda la gente que te llevas y poder acoger también a los que te encontrarás en el nuevo destino. 
Te dolía el corazón porque estás amando.

Como le dijo el Zorro al Principito: «Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante. Y además, mira ! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte…»

Manu Santamaría, SJ



Dios no juega con nosotros

Creo que todos tenemos experiencia, propia o ajena, de encontrarnos en algún momento de la vida con el dolor, el sufrimiento, la culpa… el mal. La muerte de un familiar, una enfermedad que trunca la vida, una traición, un engaño, un desencuentro o, quizá, la incomprensión de los miles de muertos por hambre en el mundo, las guerras o las catástrofes naturales. Mal que nos afecta, que padecemos, o mal que hacemos. Y surge la pregunta: ¿es Dios pasivo ante nuestro dolor? ¿Por qué lo permite? ¿Me lo manda Él? ¿Acaso existe un Dios así? Preguntas que surgen de la propia fuerza del sufrimiento y la angustia. Y no es raro encontrar gente que ha dejado de creer, a veces con profunda amargura, porque no ha encontrando una respuesta coherente a estas preguntas. Y es cierto que se han dado algunas respuestas que no convencen; «Dios te ha castigado», «Dios te ha mandado tal o cual prueba» o «Dios se ha llevado a tu ser querido para que esté ya con Él» nos presentan un Dios que no es todo lo bondadoso que cabría esperar. O quizá, un Dios que es impotente ante tanto sufrimiento humano. Y de ahí, la decepción y el abandono de la fe.

Me parece, sin embargo, que hemos de partir de la propia realidad y no dejarnos engañar por los espejismos de nuestros deseos o nuestra imaginación. Esos deseos, acaso proyección de ilusiones infantiles, que nos dicen que es posible un mundo sin mal. Asumir la vida significa también asumir que el mundo tiene su imperfección y, por ello, carencia y fallo, choque y conflicto, insatisfacción y dolor. Asumir la vida significa asumir que no somos Dios, y por ello, que hay limitación en nosotros y en nuestro entorno. Así, el mundo, la vida, es buena, pero no perfecta. Y por ello, podemos decir que el sufrimiento no es un juego de Dios. 

¿Es el mal lo que tiene la última palabra en la vida? Quiero centrar ahí la pregunta. Y es ahí donde entra la fe. Cuando llega el dolor, la fe no evita la oscuridad. Hay que dejar espacio para la lamentación y el duelo. Con Job podemos quejarnos y decir «¡maldito el día en que nací!» Y abrirnos a la oración de Jesús en el huerto «que pase de mí este trago». Y es desde esa mirada a Jesús desde donde podemos descubrir un Dios que no nos abandona, aunque no siempre lo veamos. Un Dios que es el primero en comprender nuestro sufrimiento, porque pasó por él. Un Dios que se coloca a nuestro lado contra el dolor, ayudándonos a soportarlo. Fue él, quien luchó contra todo tipo de opresión, injusticia y mal. A través de él, descubrimos que Dios se identifica con el sufrimiento de todos los humillados y ofendidos. Y esto engancha con lo fundamentalmente humano; el impulso radical que llama a todos a luchar contra los destrozos del mal. Creo que desde la cruz-resurrección de Jesús se puede recuperar la confianza y la esperanza. Y con ello, no ceder ante la gran fuerza del sufrimiento. Y desde ahí, tener la certeza, a pesar de todo, de que el mal no tiene más fuerza que la vida, la bondad y el amor.

Quique Gómez-Puig, sj




La Iglesia debe reparar
Jorge Costadoat

Ha llegado la hora que la Iglesia, institucionalmente considerada, comunique qué hará para reparar a las víctimas de abusos sexuales, de denegación de justicia y de encubrimiento. Mi opinión es que debe hacerlo. Monseñor Scicluna antes de partir de Chile sostuvo que la reparación debía ser hecha por los culpables directos. No estoy de acuerdo.

Desde un punto de vista antropológico y ético la reparación debe relacionársela con la vulnerabilidad y el reconocimiento de las personas (Carolina Montero, Vulnerabilidad, reconocimiento y reparación, 2012). La vulnerabilidad es una condición humana. Somos vulnerables todos. Lo han sido, en el caso que nos ocupa, las personas abusadas y sus abusadores. La vulnerabilidad es la capacidad de abrirnos a los demás de un modo corporal y empático. Los demás, todo lo real, puede afectarnos o puede satisfacernos. Pero al abrirnos, quedamos también expuestos a ellos y a la peligrosidad de la vida. Los seres humanos, por nuestra condición relacional, nos damos y nos recibimos unos a otros; y nos herimos y podemos provocarnos daños devastadores. Con una sola mirada podemos liberar en el otro los miedos que lo cautivan; pero con otro tipo de mira podemos perturbarlo, invadirlo o saquearlo. Dificulto que una persona decente puede decir que nunca cometerá un abuso en lo que le queda de vida. La labilidad late en cualquiera.

¿Es posible una reparación a los hechos que lamentamos? Talvez no, pero para que se dé tendrían que cumplirse una serie de reconocimientos. En primer lugar, la institución eclesiástica, como representante del abusador, debiera hacer el proceso de asomarse a los vulnerados con nombres y apellidos. Tendría que ver con sus propios ojos el daño enorme, duradero y, probablemente en muchos casos, insanable que se les ha infligido. Habrá de sentir dolor y vergüenza por lo cometido. El conocimiento de la verdad de las víctimas debiera llevarle a entender su demanda de justicia, la necesidad que han tenido de ser creídas, su experiencia de haber sido culpabilizadas por exageradas o por querer generar problemas innecesarios. La autoridad tendría que pedirles perdón con humildad, es decir, acudir a ellas dispuesta a no ser perdonada. La compensación posible debiera ser objeto de una conversación, pues puede ser muy distinta según los casos. La víctima no debiera pensar que, al acercársele la autoridad eclesiástica a reparar su errores, viniera a humillarla de nuevo.

Curar, achicar la pena, rehabilitar el honor de quienes pidieron justicia y nunca se les dio una respuesta, son actos de reparación que solo pueden hacerse con dulzura. La compensación económica, muy importante en algunos casos, tendrá que ser la más delicada de hacer. Lo que nunca debiera forzarse, en todo caso, es la reconciliación. Tal vez resulte, talvez no. Pero es de esperar que, en este proceso, se hable de ella lo menos posible. Es triste cuando se la convierte en factura que terminan pagándola los inocentes. En cambio, convendría garantizar a las personas que se harán cambios estructurales que garanticen que nadie vuelva a ser abusado.

La reparación tiene que ser institucional. La satisfacción del honor de las personas abusadas, su rehabilitación psicológica y su reinserción en la comunidad cristiana como hijos e hijas de Dios, demanda a la jerarquía católica hacerse cargo de ellas como lo hizo el Buen Samaritano. Dice el evangelista Lucas que el samaritano que se encontró por el camino con un malherido recientemente asaltado, “al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘cuida de él y si gasta algo más, te lo pagaré cuando vuelva’” (Lc 10, 33-35).

La institución eclesiástica tiene que entender que, así como ella ha debido cuidar de sus curas no obstante sus crímenes y pecados, debe sobre todo responsabilizarse de sus fieles. Debe entender que, en estos casos, la condición de religiosos de ellos facilitó los abusos. La jerarquía católica tiene que comprender que nada ha podido ser más terrible que haber sido violado por un representante de Dios. Existe una responsabilidad institucional. La Royal Commission en Australia (2017) constató que en las instituciones católicas la cantidad de abusos sexuales fue mucho mayor que en otras organizaciones.

Ciertamente la institución no puede esperar que las víctimas se encuentren a solas con los victimarios para hacer entre ellos el camino que conduce a la reparación. Sería exponerlas de nuevo. ¡Cómo hacerlo con un pedófilo, un enfermo mental que no tiene noción moral de sus actos! Ella, la institución, debe reparar vicariamente en lugar de quienes no conviene que lo hagan directamente o no tienen los medios económicos con que hacerlo.

Por último, debe hacerlo porque en esto se juega la razón de ser de la Iglesia. En este momento la institucionalidad eclesiástica no tiene autoridad porque perdió la credibilidad. Ella debiera representar la fe en Dios. Por el contrario, en más de un caso, ha hecho que los frágiles y pequeños no crean más en Él. En estos momentos los únicos que tienen autoridad en la Iglesia son los bautizados y las bautizadas que han sido víctimas de los sacerdotes y de los obispos, y el resto del laicado que clama por cambios eclesiales de todo tipo.

Jorge Costadoat, SJ. ( Chile )