miércoles, 20 de junio de 2018

José Antonio Pagola - POR QUÉ TANTO MIEDO



José Antonio Pagola - POR QUÉ TANTO MIEDO

La barca en la que van Jesús y sus discípulos se ve atrapada por una de aquellas tormentas imprevistas y furiosas que se levantan en el lago de Galilea al atardecer de algunos días de calor. Marcos describe el episodio para despertar la fe de las comunidades cristianas, que viven momentos difíciles.

El relato no es una historia tranquilizadora para consolarnos a los cristianos de hoy con la promesa de una protección divina que permita a la Iglesia pasear tranquila a través de la historia. Es la llamada decisiva de Jesús para hacer con él la travesía en tiempos difíciles: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

Marcos prepara la escena desde el principio. Nos dice que era «al caer la tarde». Pronto caerán las tinieblas de la noche sobre el lago. Es Jesús quien toma la iniciativa de aquella extraña travesía: «Vamos a la otra orilla». La expresión no es nada inocente. Les invita a pasar juntos, en la misma barca, hacia otro mundo, más allá de lo conocido: la región pagana de la Decápolis.

De pronto se levanta un fuerte huracán, y las olas rompen contra la frágil embarcación, inundándola. La escena es patética: en la parte delantera, los discípulos luchando impotentes contra la tempestad; a popa, en un lugar algo más elevado, Jesús durmiendo tranquilamente sobre un cabezal.

Aterrorizados, los discípulos despiertan a Jesús. No captan la confianza de Jesús en el Padre. Lo único que ven en él es una increíble falta de interés por ellos. Se les ve llenos de miedo y nerviosismo: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Jesús no se justifica. Se pone de pie y pronuncia una especie de exorcismo: el viento cesa de rugir y se hace una gran calma. Jesús aprovecha esa paz y silencio grandes para hacerles dos preguntas que hoy llegan hasta nosotros: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

¿Qué nos está sucediendo a los cristianos? ¿Por qué son tantos nuestros miedos para afrontar estos tiempos cruciales y tan poca nuestra confianza en Jesús? ¿No es el miedo a hundirnos el que nos está bloqueando? ¿No es la búsqueda ciega de seguridad la que nos impide hacer una lectura más lúcida, responsable y confiada de estos tiempos? ¿Por qué nos resistimos a ver que Dios está conduciendo a la Iglesia hacia un futuro más fiel a Jesús y a su Evangelio? ¿Por qué buscamos seguridad en lo conocido y establecido en el pasado, y no escuchamos la llamada de Jesús a «pasar a la otra orilla» para sembrar humildemente su Buena Noticia en un mundo indiferente a Dios, pero tan necesitado de esperanza?

Domingo 12 Tiempo ordinario - B
(Marcos 4,35-41)
24 de junio 2018



IR A LA OTRA ORILLA
Florentino Ulibarri

Ir a la otra orilla,
a la orilla marginada y olvidada,
a la orilla expoliada y sin historia,
a la orilla que sufre y llora la miseria.

Ir a la otra orilla,
a la orillan en la que se hacinan tantas personas,
a la orilla de la que salen las pateras,
a  la orilla que reclama justicia y vida digna.

Ir a la otra orilla
con el corazón y las manos limpias,
con la mente despejada
y entrañas compasivas.

Ir a la otra orilla
siguiendo tu propuesta y tus huellas,
sin mirar de soslayo
y sin añorar lo dejado en las riberas.

Ir a la otra orilla
sin corazas ni barreras,
con la humildad dentro y fuera
y la esperanza florecida.

Ir a la otra orilla
aunque se levanten huracanes y tormentas,
las olas zarandeen la barca
y Tú sigas dormido en popa.

Ir a la otra orilla
y dejarse empapar por sus personas,
por sus historias y vidas
de dolor, alegría y lucha.

Ir a la otra orilla
a sentir y vivir la buena nueva,
a compartir nuestra riqueza
y a recuperar tu presencia.





JUAN BAUTISTA: ENTRE LA ENTOMOFAGIA Y LA DANZA
Dolores Aleixandre

Qué ajeno estaba Juan Bautista cuando vivía en el desierto de Judea y bautizaba junto al Jordán después, de que con su dieta de langostas y miel silvestre (¿saltamontes aromatizados a la jalea real?), se estaba adelantando a la creciente moda de entomofagia (comer insectos), eso que ha sido por mucho tiempo algo “típico de otras culturas” y que algunos miraban con curiosidad y otros con cierto asco.

Pero no es la sobriedad alimenticia de Juan lo que hace atrayente su figura sino sus brincos de alegría en el vientre de su madre, dato de su etapa fetal que dice tanto de su personalidad como el de su actividad de bautizador.

Hay una frase del Maestro Eckart con la que presiento hubiera estado muy de acuerdo Juan de haberla conocido: "Hablando en hipérbole, cuando el Padre le ríe al Hijo, y el Hijo le responde riendo al Padre, esa risa causa placer, ese placer causa gozo, ese gozo engendra amor y ese amor da origen a las personas de la Trinidad de las cuales una es el Espíritu Santo". Asociamos con total naturalidad al comportamiento eclesial lo serio, lo grave, lo solemne y lo circunspecto y se nos llena la boca (bueno, a quien se le llene) con los términos "sacrosanto", "sagrado", "digno" y "venerable" como si se diera por descontado que todo eso le es más agradable a Dios que la alegría, la jovialidad, la frescura, la risa y el humor. Y sin embargo, de alguien tan respetable en la tradición cristiana como Juan, lo primero que sabemos es que hacía algo tan gozoso, libre y espontáneo como bailar en el poco espacio que tenía disponible en aquel momento.

¿No podríamos deducir que era "Precursor" de Jesús también en esto? ¿No estaba abriendo el espacio para que irrumpiera por los caminos de Galilea la ráfaga de su libertad, su alegría de vivir en la presencia de su Padre, su capacidad de demostrar ternura, de hacerse amigos, de disfrutar comiendo y bebiendo en compañía?

Su llegada divide en dos la historia de la humanidad y, dentro de ella, la de Israel. Juan Bautista pertenece a la primera etapa, simbolizada en el tiempo anterior a la entrada en la tierra prometida. Ahora, la presencia de Jesús y el anuncio de su Reino se han convertido en la verdadera tierra prometida y todo aquel que lo acoja, es más grande que el Bautista porque se le ha concedido (se nos ha concedido...) vivir ya el tiempo del cumplimiento de las promesas.

La vida de Juan solo tuvo un sentido: ir delante de él preparándole el camino. ¿No somos también nosotros un pequeño “Juan Bautista”, encargado de allanar caminos para que otros puedan conocer a Jesús?

Dolores Aleixandre





EL MAYOR DE LOS NACIDOS DE MUJER
Fray Marcos
Lc 1, 57-80

Simplemente la fecha escogida para celebrar el nacimiento de Juan Bautista es toda una manifestación de grandeza. Para Jesús se eligió el solsticio de invierno el 25 de Diciembre, (“conviene que él crezca...”) Para Juan el solsticio de verano el 24 de Junio (“...Y que yo disminuya”). Son las dos fechas más significativas del año astronómico. Con ello se garantiza la importancia de ambas figuras. En ambos casos, se pretendió sustituir fiestas paganas por cristianas. En las iglesias de toda España podremos comprobar que la figura de Juan es la más repetida, después de la de Jesús y María.

No es fácil hacerse una idea de lo que pudo significar la figura de Juan para Jesús, y tampoco tenemos elementos suficientes para valorar lo que significó para las primeras comunidades cristianas. Todo es confuso en lo referente a este personaje, porque a la vez que se hacen elogios increíbles, se pone mucho cuidado en no ponerlo por delante de Jesús. Naturalmente no podemos considerar históricos los relatos del nacimiento que nos proponen los evangelios. De todas formas, son muy interesantes las diferencias con los relatos sobre Jesús. Ahí podemos descubrir que se trata de relatos teológicos.

Hacía por lo menos trescientos años que no aparecía un profeta en Israel, por eso todos los evangelistas resaltan su importancia. Para los primeros cristianos no tuvo que ser fácil aceptar la influencia de Juan en la trayectoria de Jesús, sobre todo desde que se aceptó el carácter divino de su mesianismo. El hecho de que Jesús acudiese a Juan para ser bautizado manifiesta que Jesús se sintió atraído e impresionado por su figura y su mensaje. Juan tuvo una influencia muy grande en la religiosidad de su época. Relatos extrabíblicos lo confirman. En el momento del bautismo de Jesús, él era ya muy famoso.

La importancia de Juan no disminuye por el hecho de que el mensaje de Jesús se aparta en gran medida del suyo. Juan predica un bautismo de conversión, de metanoya, de penitencia. Habla del juicio inminente de Dios, y de la única manera de escapar de ese juicio: su bautismo. No predica un evangelio -buena noticia- sino la ira de Dios, de la que hay que escapar. No es probable que tuviera conciencia de ser el precursor, tal como lo entendieron los cristianos. Habla de "el que ha de venir", pero, con toda seguridad, se refiere al juez escatológico, en la línea de los antiguos profetas.

Jesús por el contrario, predica una “buena noticia”. Dios es Abba, es decir Padre-Madre, que ni amenaza ni condena ni castiga, simplemente hace una oferta de salvación total. Nada negativo debemos temer de Dios. Todo lo que nos viene de Él es positivo. No es el temor, sino el amor, lo que tiene que llevarnos hacia Él. Muchas veces me he preguntado, y me sigo preguntando, por qué, después de veinte siglos, nos encontramos más a gusto con la  predicación de Juan que con la de Jesús. ¿Será que el Dios de Jesús no lo podemos utilizar para meter miedo y tener así a la gente sometida?

Hay un aspecto de sus doctrinas en la que sí coinciden. Ambos critican duramente una esperanza basada en la pertenencia a un pueblo o en las promesas hechas a Abrahán sin compromiso personal alguno. Es curioso que los cristianos hayamos mantenido esa manera de pensar, después de las críticas de Juan y de Jesús. Tanto Juan como Jesús dejan muy claro que el comporta­miento personal es el único medio para alcanzar la verdadera salvación. Por eso coinciden también los dos en la crítica del ritualismo cultual.

Juan era hijo de sacerdote, pero no se presentó como tal ante el pueblo. Por el contrario se alejó del ámbito del templo y bautizaba lejos de la influencia de las instituciones religiosas de su tiempo. Arremetió contra todo lo que oliera a privilegios de castas o poderes establecidos y predicó y vivió la libertad de ser él mismo. Jesús pudo aprender de él que lo que se cocía en el templo no podía estar de acuerdo con la voluntad de Dios, por más que se cumpliera la Ley meticulosamente.

La figura del profeta fue clave en el AT. De hecho a los escritos bíblicos se les llamó “la Ley y los profetas”. Claro que el concepto de profeta del AT, nada tiene que ver con lo que entendemos hoy por profeta, aunque se está recuperando su verdadera imagen. Su primera tarea era de denuncia. Y no de falta de piedad o religiosidad, sino de falta de justicia. Esto es muy importante porque sin esta perspectiva la figura del profeta queda descafeinada. Pero resulta que la injusticia, la opresión, el sometimiento del otro, vienen siempre de parte de los poderosos, que tienen también capacidad para tomar represalias contra el que les incomoda.

Para mí, la principal característica de la figura del profeta, de antes y de ahora, es que no actúa en nombre propio. Tiene la conciencia clara de ser un enviado, que tiene la obligación de ser fiel a quien le envía. Es el caso de Juan, enviado y precursor al mismo tiempo. Esto le coloca en un plano inmejorable para hablar con humildad pero también con total libertad ante cualquier clase de coacción. En última instancia, esa valentía a la hora de denunciar la injusticia le costó la vida, como a todos los verdaderos profetas.

Hoy más que nunca, necesitamos profetas que sean capaces de criticar los abusos de los poderosos de todo pelaje, y nos aclaren el camino por el que tenemos que transitar para alcanzar plenitud humana. Al ser humano se le ofrecen hoy infinidad de caminos por los que puede desarrollar su existencia. ¿Cuál será el que le lleve a la verdadera salvación? Precisamente porque las ofertas engañosas son más variadas y mucho más atrayentes que nunca, es más difícil acertar con el camino adecuado. La orientación de una persona libre e independiente de intereses bastados es más necesaria que nunca. Todos tenemos la obligación de ser un poco profetas, sobre todo viviendo.

Ni hoy ni nunca, puede el ser humano planificar, de una vez por todas, su salvación trazando un camino claro y directo que le lleve a su plenitud. Su capacidad de conocer es limitada, por eso solo tanteando puede descubrir lo que es bueno para él. También en el orden espiritual tenemos que aumentar el conocimiento. La idea de que la revelación está ya terminada, va en contra de la misma naturaleza del ser humano. Jesús dijo: “hay muchas cosas que no podéis cargar con ellas por ahora, el Espíritu os irá llevando hasta la plenitud de la verdad”. Nadie puede dispensarse de la obligación de seguir buscando.

Más que nunca, nos hace falta una crítica sincera de la escala de valores en la que desarrollamos nuestra vida. Digo sincera, porque no sirve de nada afirmar teóricamente una determinada escala de valores y después desplegar en nuestra vida la opuesta. Tal vez sea esto el mal de nuestra religión, que se queda en la pura teoría. Hace ya algún tiempo, un ministro del gobierno, hablando de los problemas del norte de África, decía muy serio: Es que para los musulmanes, la religión es una forma de vida. Qué pena que se dé por supuesto que para los cristianos no es así.

Fray Marcos





¿QUIÉN ES ESTE? ¿QUIÉNES SOMOS NOSOTROS?
José Luis Sicre

Domingo 12. Ciclo B.
Si en la liturgia se leyera el evangelio de Marcos tal como lo escribió su autor, no a saltos, trompicones y omisiones, habríamos advertido que la popularidad creciente de Jesús suscita tres reacciones muy distintas: desconfianza por parte de su familia, rechazo por parte de los escribas, aceptación por parte de su nueva familia (“estos son mis hermanos, mis hermanas y mi madre”). A esa nueva familia, Jesús la instruye en el capítulo de las parábolas (de las que sólo leímos dos el domingo pasado) e, inmediatamente después, la salva.

Pero el episodio de hoy supone también un gran paso adelante en la revelación de Jesús. Al principio, cuando la gente lo oye hablar y actuar en la sinagoga de Cafarnaúm, se pregunta asombrada: «¿Qué es esto?» (Mc 1,27). Más tarde, cuando cura al paralítico, exclama: «Nunca hemos visto nada igual» (Mc 2,12). Ahora, tras manifestar su poder sobre la naturaleza, calmando la tempestad, los discípulos se preguntan: «¿Quién es este?»

El mar como símbolo de las fuerzas caóticas (Job 38,1.8-11)
En el mito mesopotámico de la creación (Enuma elish) el dios Marduk debe luchar contra la diosa Tiamat, que representa el mar, para poder crear el universo. El mar simboliza el peligro, la amenaza a la vida. (En términos modernos, el tsunami que devora y destruye la tierra firme.)

La primera lectura, del libro de Job, recoge este tema, pero despojándolo de sus connotaciones politeístas. El mar no es una diosa, es una fuerza caótica que amenaza con cubrirlo todo. El Señor no le machaca el cráneo ni la descuartiza, como hace Marduk con Tiamat; se limita a encerrarlo con doble puerta, a fijarle un confín en el que «se romperá el orgullo de tus olas».

El peligro del mar (Salmo 107)
El mar no es sólo una amenaza para la tierra firme, lo es también cuando se intenta cruzarlo en una pequeña nave como las antiguas. En el momento más inesperado se oscurece el cielo, estalla la tormenta, la nave sube y baja al ritmo frenético del oleaje. Sólo cabe la posibilidad de encomendarse a Dios. Esta es la experiencia que recoge el fragmento del Salmo 107, al que quizá mucha gente no preste atención, pero esencial para entender el evangelio de hoy.

Jesús, los discípulos y el mar (Marcos 4,35-41)
El pasaje del evangelio podemos dividirlo en cinco partes: 1) introducción: Jesús y los discípulos se embarcan a la otra orilla; 2) la tormenta: reacción opuesta de Jesús, que duerme, y de los discípulos, que lo despiertan asustados; 3) Jesús calma la tormenta; 4) Palabras de Jesús a los discípulos; 5) reacción final de éstos.

Tres de estas partes tienen especial relación con los textos de Job y el Salmo.
La segunda (la tormenta) recuerda la situación de grave peligro descrita en el Salmo. Pero, en este caso, los discípulos no se encomiendan a Dios, acuden a Jesús; no creen que pueda resolver el problema, simplemente les asombra que duerma tan tranquilo mientras están a punto de hundirse.

La tercera, en cambio, recuerda la lectura de Job, no por el tono poético, sino por el poder y la autoridad suprema que Jesús manifiesta sobre el mar, semejante a la de Dios en el Antiguo Testamento.

La quinta, que habla de la reacción de los discípulos, recuerda la reacción de los navegantes en el Salmo, pero con un cambio fundamental: los marineros del salmo se llenan de alegría y dan gracias a Dios, los discípulos sienten gran miedo y se preguntan quién es Jesús. Curiosamente, Marcos no ha dicho que los discípulos tuvieran miedo durante la tormenta, pero ahora sí lo tienen; es el miedo que provoca el contacto con el misterio.

Prescindiendo de la introducción, la parte que queda sin paralelo es la cuarta, las palabras de Jesús a los discípulos, que les interroga sobre su miedo y su fe. La ausencia de paralelo sugiere que estas dos preguntas son esenciales en el relato. De hecho, el pasaje dice al lector dos cosas: 1) el poder de Jesús es semejante al que se atribuye a Dios en el Antiguo Testamento; poder para dominar el mar y poder para salvar. 2) Al escuchar la lectura, el cristiano debe reconocer que sus miedos son muchos y su fe poca. Conocer a Jesús no es saberse de memoria unas fórmulas de antiguos concilios. El evangelio debe sorprendernos día a día y hacer que nos preguntemos quién es Jesús.

Desde antiguo se valoró el aspecto simbólico del relato: la nave de la iglesia, sometida a todo tipo de tormentas, es salvada por Jesús. Un aspecto que también podemos valorar a nivel individual.

¿Quiénes somos nosotros? (2 Cor 5,14-17)
En el Tiempo Ordinario, la segunda lectura corre al margen de la primera y del evangelio. Se basa en la ingenua idea de que, leyendo cada domingo un trocito de san Pablo, se terminará conociendo su pensamiento. Nada más lejos de la realidad. Pero el fragmento de hoy podemos verlo como un complemento al evangelio de Marcos.

«¿Quién es este?», se preguntan los discípulos, sorprendidos por su poder sobre el viento y el mar. La respuesta de Pablo sobre quién es Jesús no se basa en el poder sino en la debilidad: «el que murió por nosotros». Pero esta aparente debilidad tiene un enorme poder transformador: convierte a los cristianos en criaturas nuevas. Ya no deben vivir para ellos mismos, «sino para quien murió y resucitó por ellos.»

Vivir para Cristo es la mejor síntesis de lo que fue la vida de Pablo después de su conversión. Viajes continuos, peligros de muerte, fundación de comunidades, persecuciones de todo tipo, prisiones, redacción de cartas… todo estaba motivado por el deseo de servir a Cristo y vivir para él. Un buen espejo en el que mirarnos.

José Luis Sicre





Mirando hacia el futuro en la Vida Religiosa
José María Rodriguez Olaizola, SJ.

Hace unos días me plantearon, para un periódico, una serie de preguntas sobre la situación de la Compañía de Jesús, enmarcadas en un posible artículo sobre la Vida Religiosa. La verdad es que el cuestionario era interesante. Mis respuestas fueron subjetivas, claro. Sin embargo al final el artículo resultó ser una reflexión sobre «el final de la Vida Religiosa», con un tono sombrío y casi depresivo. A mí en realidad me parece que el estado de la Vida Religiosa, con los problemas que tenga, es mucho más lleno de matices y oportunidades. Comparto, con muchos religiosos y religiosas, incertidumbres, preocupación, pero también entusiasmo, pasión y la conciencia de que nuestra vida hoy tiene sentido. No dudo que es bueno el hacer una reflexión profunda, sosegada y realista sobre hacia dónde estamos yendo. Porque, si es verdad que hay muchas cosas que están cambiando, también lo es que hay muchas que pueden emerger.

Creo que la vida religiosa no está acabada. Está cambiando, como toda una época. Algo de eso está recogido en la entrevista. Así que creo que merece la pena compartirla entera.

1 ¿Cuál es el estado general de la Compañía de Jesús en España, a nivel de próximos retos y proyectos?

Yo diría que la Compañía de Jesús está atravesando una etapa de transformación, que afecta a otras muchas instituciones, en la sociedad y en la Iglesia, y ajustándose a una nueva época. Los grandes retos, en lo interno son: (1) la adaptación a una realidad demográfica muy diferente a la que hubo, sobre todo, en la segunda mitad del siglo XX. (2) También diría que hay que mirar a la vida religiosa con libertad y con lucidez para imaginar cómo va a ser dentro de unos años. En lo externo, (3) creo que tenemos un reto enorme en la transmisión de la fe en un contexto y una cultura que en muchos casos ya no la entiende. (4) Un último reto es el de seguir colaborando con otros en la búsqueda de soluciones para la situación de las personas más vulnerables de nuestra sociedad y nuestro mundo.

2. ¿Qué actuaciones de la Compañía destacaría en los últimos años que ponen de relevancia su importancia a nivel social en España?

Lo primero que diría es que hay que matizar dicha importancia. No somos importantes. Desde luego, no con el peso de otras épocas o de otra sociedad. Y en ese sentido no lo digo con pena ni con nostalgia.

Lo deseable, en todo caso, es poder influir, con otros, a la hora de contribuir a que la sociedad sea más libre, más humana, más justa, y a que la fe pueda tener su espacio en ella. Y dicho eso, para concretar, diría que seguimos teniendo un peso grande en el mundo de la educación, por la cantidad de instituciones educativas (en todos los niveles), y el equilibrio entre una tradición pedagógica muy reconocida y la adaptación a un escenario muy nuevo. También creo que es muy significativo el compromiso social, y especialmente el trabajo en red nos permite hacer visibles muchas realidades (por ejemplo el compromiso con los temas de migraciones, la denuncia de los CIES –ahora mismo se está presentando en distintas ciudades el informe Anual sobre dichos centros, tras presentarse el pasado 7 de junio en el Senado–).

3. El número de jesuitas en España disminuye con el paso de los años debido al envejecimiento de la congregación y la falta de nuevas vocaciones. ¿Qué está ocurriendo para no enganchar a los más jóvenes? ¿Qué se puede hacer para revertir esta situación?

Esta pregunta daría de sí para largos análisis. Probablemente son muchos factores distintos –y muchos de ellos no dependen de nosotros–. Para empezar, la disminución es imparable porque los números de las décadas centrales del siglo XX fueron también excepcionales en todo el mundo eclesial, y eso es impensable en la actualidad. Además, hoy estamos en una sociedad de hijos únicos (una dificultad), donde la secularización ha avanzado a marchas forzadas (otra), y donde los compromisos «para siempre» –y una vocación religiosa lo es– asustan (otra). Probablemente por nuestra parte también hay cosas que tendríamos que hacer mejor, ser más visibles, transmitir más claramente nuestro carisma, y encontrar lenguajes para hablar de Dios hoy de una forma más asequible a muchas personas que ya no tienen el trasfondo de una sociedad sociológicamente cristiana. Pero, dicho todo eso, creo que no debemos pensar en «revertir» la situación a un estado anterior, sino en encontrar el camino hacia un futuro donde podamos seguir teniendo una misión, un lugar y una palabra que decir.

4. ¿Es el envejecimiento el mayor peligro para la continuidad de la Compañía en España?

Creo que no. El envejecimiento supone un cambio que, como decía antes, es, por una parte, imparable, y por otra, necesario. A mí me parece que el mayor peligro para nuestra continuidad sería el de perder nuestra identidad. La Compañía de Jesús tiene su base en la espiritualidad ignaciana, en una radicalidad (en el sentido de echar raíz) evangélica que se convierte en compromiso con la realidad de cada lugar en el que estamos, y en una consagración religiosa que le da sentido a todo eso que hacemos. Hoy en día, desde mi punto de vista, nuestro mayor peligro sería acomodarnos tanto que dejemos de ser creíbles.

5. Ante esta realidad, ¿cómo se plantean llevar a cabo todos los proyectos con menos efectivos en los próximos años?

Desde hace décadas se viene tomando conciencia de un cambio radical. Estamos comprendiendo que los proyectos no son solo «nuestros» proyectos, algo que tengamos que llevar a cabo nosotros solos.

Tenemos una misión, que tiene que ver con la fe y la justicia que nace de la fe. Pero no es «nuestra». Es compartida con otros muchos. La colaboración con los laicos es una realidad que avanza, a base de ir aprendiendo y comprendiendo los retos que implica. También en el horizonte está la colaboración con otros religiosos, dentro de la Iglesia, y con otros actores sociales.

Lo que es evidente es que no pretendemos ser autosuficientes. Por otra parte, también es cierto que necesitamos repensar nuestras presencias. Es posible que no tengamos que seguir en los mismos lugares. Es más, hay nuevos lugares donde vemos que tenemos que estar –en los últimos años hemos dedicado gente y recursos notables a la presencia en internet–.

Dicho eso, también es realista reconocer que no podremos seguir en todos los lugares en los que hemos estado. Estos días, por ejemplo, nos despedimos de Palencia. Ahí tenemos que ser muy lúcidos a la hora de discernir dónde debemos, podemos y tenemos que estar, y dónde hemos cumplido ya nuestro ciclo.

6. Ante los retos de la pobreza, los refugiados y la educación, no sé si considera que es ahora precisamente cuando más se necesita la acción de la Compañía, que siempre ha estado volcada en estos problemas.

Sin duda es necesaria esa acción. Junto con la de muchos otros. Creo que problemas estructurales ya no se solucionan con buenas intenciones ni con francotiradores. Hoy en día hace falta un trabajo en red en muchas áreas. En concreto, las tres que menciona son clarísimas. La pobreza, la situación de las personas refugiadas (y la complejidad de las migraciones hoy) y los retos de la educación en esta nueva cultura digital, requieren reflexión, compromisos y una búsqueda en la que sí creo que tenemos una palabra (no la única, sino una, entre otras) que decir.

7. Buena parte de la Iglesia española nunca ha terminado de encajar bien con el pensamiento jesuita. ¿Qué motivos lo explican?

Creo que la Iglesia es plural. Eso yo no lo veo como un problema, sino como un valor. Es una institución tan enorme que hay en ella sensibilidades, acentos y hasta espiritualidades muy diferentes. Es evidente que los pilares de la fe son los mismos, pero luego hay muchas diferencias en cómo vemos las urgencias pastorales, las cuestiones sociales, etc. Si eso se procesa bien es un valor para la Iglesia, pues vive en tensión entre la búsqueda de nuevos caminos y la fidelidad a su tradición, sin perder ninguno de los dos polos. En realidad la propia Compañía de Jesús es muy plural, por lo que hablar de «el pensamiento jesuita» es, de algún modo, reduccionista, ya que hay muchos jesuitas pensando de maneras muy diferentes.

8. ¿Sienten el apoyo de la comunidad católica española y de la curia o echarían en falta una mayor sensibilidad o apoyo?

Creo que esto se responde con la cuestión anterior. Hay mucha gente que, por experiencia propia, por educación o por sensibilidad, valora mucho a los jesuitas –a veces hasta idealizándonos más de lo que merecemos– Hay también otra gente que nos achaca todos los males que aquejan a la Iglesia (no hay más que ver algunos foros digitales). Pero creo que los extremismos –que no se dan solo en lo eclesial, sino en prácticamente todos los ámbitos de la vida pública– son siempre caricaturas. Yo creo que la Compañía de Jesús está bien encajada en la Iglesia española.

9. En qué modo tener a un Papa de la Compañía ayuda, si es que lo hace, a la fortaleza de la orden en España?

Creo que lo que supuso el nombramiento de un jesuita como papa fue un interés por la Compañía de Jesús, un interés por conocer su espiritualidad, su misión, por tratar de comprender a Francisco tratando de descubrir qué era eso jesuita que había en él… La realidad es que creo que el papa procura ser un pastor universal –y es lo que tiene que hacer–. Pero yo no diría que nos afecte más su estilo, su pontificado o los acentos que pone, de lo que afecta a otras gentes de Iglesia.

José María Rodriguez Olaizola, SJ.