miércoles, 13 de junio de 2018

José Antonio Pagola - CON HUMILDAD Y CONFIANZA


José Antonio Pagola - CON HUMILDAD Y CONFIANZA

A Jesús le preocupaba que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él.

Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les ha de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador, que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como «un grano de mostaza», que germina secretamente en el corazón de las personas.

Por eso el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.

En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente y nihilista. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

Domingo 11 Tiempo ordinario - B
(Marcos 4,26-34)
17 de junio 2018



COMO UN GRANO DE MOSTAZA
Florentino Ulibarri

A veces, Señor, cuando dudo,
cuando no siento nada,
cuando la vida no avanza
y me percibo escéptico,
cuando no veo resultados...
todavía sé pararme
y coger un grano de mostaza
en el cuenco de mi mano,
y mirarlo y mirarlo,
acordándome de tu parábola.

Y a veces, cuando todo va bien,
cuando la vida me sonríe,
cuando no tengo problemas
para creer en ti,
ni para creer en los hombres y mujeres,
ni para creer en mí...,
también me atrevo a coger un grano de mostaza
en el cuenco de mi mano,
y lo miro y miro
acordándome de tu parábola.

Y en algunas ocasiones
también me siento hortelano
en medio de un gran campo,
con el zurrón lleno de granos;
pero parecen tan pequeñas las semillas
que dudo en esparcirlas y perderlas.
Entonces, levanto los ojos,
miro tu rostro que me está mirando,
escucho nuevamente tu parábola,
y vuelvo a ser labrador y hortelano





¡DEJA CRECER LA SEMILLA QUE HAY EN TI!
Fray Marcos
Mc 4, 26-34

Todos los exégetas están de acuerdo en que el “Reino de Dios” es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en qué consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que vayamos intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión tan simple.

Podíamos decir que es un ámbito que abarca a la vez materia y espíritu. Todo el follón que se armó el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús, nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad humana, terrena, que se tiene que manifestar en nuestra existencia de cada día. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.

No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: “no está aquí ni está allí”. Tampoco está solamente dentro de cada uno de nosotros. Si está dentro, siempre se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir y ese es otro cantar.

Las parábolas no se pueden expli­car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada una. Como nuestra actitud espiritual va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que avanzo en mi camino. Tampoco las dos parábolas de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y como se desarrolla. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino.

El crecimiento de la planta no es consecuencia de una acción externa sino consecuencia de una evolución de los elementos que ya estaban en ella. Este aspecto es muy importante, por dos razones: 1ª porque nos advierte de que lo importante no viene de fuera; 2ª porque nos obliga a pensar, no en algo estático sino en un proceso que no tiene fin, porque su meta es el mismo Dios. El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.

Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar hasta la plenitud que debe alcanzar a través de su vida. Y también se puede aplicar a las comunidades y a la humanidad en su conjunto. Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar hacia una mayor humanidad.

Tampoco podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a donde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar también una Vida y como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a las condiciones del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.

En cada una de las dos parábolas se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera, su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella surge. Parece imposible que de una semilla apenas perceptible, surja en muy poco tiempo, una planta de gran porte.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si le hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia energía. Si no se ha desarrollado, la culpa no será de la semilla, sino nuestra. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita humedad, luz, temperatura y nutrientes para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno, solo espera una oportunidad.

Con frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el Reino se desarrolle en los demás olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla, o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer la desarraigamos, o damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar. El tiempo no es el mismo para todos.

Puede frustrarnos el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. La vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos del esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos apreciar el fruto, aunque no lo parezca.

El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios manifestado. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. El Reino de Dios no es nada que podamos ver. Es una realidad espiri­tual. Si está o no está en nosotros lo descubriremos, mirando las obras. Si mi relación con los demás es adecuada a mi verdadero ser, demostrará que el Reino está en mí. Si es inadecuada, demostrará que el Reino no se ha desarrollado.

Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros pero puede que no lo hayamos descubierto. Jesús hace referencia a esa Realidad. Creo que, aún hoy, nos empeñamos en identifi­car el Reino de Dios con situaciones externa. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos.

Meditación

El Reino de los cielos no se parece a nada.
Solo tú puedes descubrirlo y mantenerlo.
Dios en ti será siempre único e irrepetible.
La manera de manifestarlo será siempre origina.
El Reino nunca será el fruto de una programación.

Fray Marcos





LA NUEVA EVANGELIZACIÓN... DE JESÚS
José Enrique Galarreta
Mc 4, 26-34

Marcos relata muy pocas parábolas (7), en comparación con Mateo (26) y Lucas (21) De las siete, seis se repiten en Mateo y Lucas, y una es propia de Marcos sin paralelo en ningún otro evangelio. Se trata de la primera que leemos en el evangelio de hoy (el grano que crece de noche). La segunda, el grano de mostaza, tiene su paralelo en Mateo 13 y Lucas 13, con redacción prácticamente idéntica. Y Marcos ofrece un final (que también cita Mateo (cp.13,34):

"Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado."

De todo esto concluimos que las parábolas muestran el estilo de Jesús.
Es un estilo nuevo (las "parábolas" del Antiguo Testamento no son como las de Jesús; deberíamos llamarles mejor "alegorías", con la excepción de la que dirigió a David el profeta Natán para acusarle de su perversa conducta haciendo que muriese su general Urías para quedarse con su mujer Betsabé (II Samuel 11, 27).

Jesús no hace teología racional, ni mucho menos metafísica. Cuenta historias, cuentos, tomados de la vida real o inventados, para que todo el mundo le entienda.

Con esto encaja muy bien con la exclamación de Jesús en Lucas 10,21: "En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues así lo has querido". Las parábolas son exactamente eso, revelación "para los pequeños". Y son tan sencillas que a los sabios e inteligentes se les escapan.

Quizá sea éste uno de los problemas de nuestra soberbia teología, tan metafísica, tan al alcance solamente de sabios e inteligentes, tan olvidada de las parábolas.

Por otra parte, "a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado". Nos sentimos trasladados a la casa de Cafarnaúm, a la hora de cenar, y a Felipe o Tomás o cualquiera, que, entre bocado y bocado pedían a Jesús: "Explícanos eso de la mostaza...". Y Jesús, entre bocado y bocado, se lo explicaba. No puedo menos que ver aquí la raíz de "la Cena del Señor", algo así como su semilla: alrededor de la mesa, mientras cenaban, la presencia de Jesús y La Palabra...

Y, finalmente, cómo le gustan a Jesus las parábolas "vegetales": la siembra, el grano sembrado, la cizaña, la cosecha, la mostaza, el grano que crece solo, la mostaza, la levadura... Es una nueva imagen de Dios; desde lo pequeño, desde lo oculto, desde dentro, sin ruido.

Los ojos de Jesús sabían leer las cosas. Todo le hablaba de Dios y del Reino, y por eso Él podía hablar de Dios con cualquier cosa. Las parábolas de Jesús nacen de su contemplación y nos dan una pista excelente para nuestra propia contemplación. A veces queremos contemplar con el entendimiento, pero se contempla con los ojos, disfrutando de lo que se ve, descubriendo a Dios en todo.

De noche, en Nazaret, Jesús ha salido de casa y se ha sentado a escuchar el susurro de las mieses: Jesús las oye crecer, siente cómo la fuerza de la vida las va haciendo crecer, sin que nadie lo note, mientras el dueño duerme.

¿Con qué compararemos el Reino de Dios? Con esa vida interior, esa acción secreta, permanente y silenciosa que, desde dentro, hace crecer nuestra fe, nuestras ganas de servir al Reino. Dios como fuerza vital. Permanente, fiel, poderosa, discreta, así es la acción de Dios.

Es algo que parece pequeñito, que pasa desapercibido, como un grano de mostaza que casi no se ve en la palma de la mano. Pero crecerá, tan potente que los campesinos la temen porque puede invadir cualquier terreno. Y crece y crece hasta que es casi un árbol, y los pájaros pueden posarse en sus ramas.

¿Compararemos el Reno de Dios a un ejército poderoso que se impone al mundo? Dios no es así, y su acción tampoco. Desde dentro, en silencio, sin ruido.

Nosotros la Iglesia, al explicar cosas de Dios y del Reino, nos hemos olvidado bastante de las humildes parábolas y las hemos cambiado por solemnes y complicados conceptos. Las hemos olvidado tanto que hemos perdido la confianza en la acción inquebrantable de Dios, ciframos nuestro crecimiento interior en nuestra fuerza de voluntad, en el miedo al castigo y deseos de premio...

No es así, Jesús lo dejó totalmente claro. Volver a las parábolas de Jesus debería ser preocupación constante de eso que llamamos "nueva evangelización".


PROFESIÓN DE FE
Yo creo sólo en un Dios:
en Abbá, como creía Jesús.
Yo creo que el Todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
es como mi madre
y puedo fiarme de él.
Lo creo porque así lo he visto
en Jesús, que se sentía Hijo.
Yo creo que Abbá no está lejos
sino cerca, al lado, dentro de mí,
creo sentir su Aliento
como un Brisa suave que me anima
y me hace más fácil caminar.
Creo que Jesús, más aún que un hombre
es Enviado, Mensajero.
Creo que sus palabras son Palabras de Abbá
Creo que sus acciones son mensajes de Abbá.
Creo que puedo llamar a Jesús
La Palabra presente entre nosotros.
Yo sólo creo en un Dios,
que es Padre, Palabra y Viento
porque creo en Jesús, el Hijo
el hombre lleno del Espíritu de Abbá




EL ENIGMA, LA MOSTAZA Y EL CEDRO
José Luis Sicre

En el evangelio del domingo pasado vimos cómo se formaba una pequeña comunidad en torno a Jesús: su familia, sus hermanos, sus hermanas y su madre. Inmediatamente después introduce Marcos una serie de parábolas contadas por Jesús. Algo que el lector esperaba desde hace tiempo, porque el evangelista ha insistido en que Jesús enseñaba, pero no decía qué enseñaba. De ese largo discurso (34 versículos), la liturgia ha elegido dos parábolas (una que solo se encuentra en Marcos, y la conocida del grano de mostaza) y el final del discurso.

El campesino y la tierra (1ª parábola)
Lo que dice la primera parece una tontería: que el campesino siembra y luego se olvida de lo que ha sembrado hasta llegar el momento de la siega; la que trabaja es la tierra, es ella la que hace crecer los tallos, las espigas y el grano. Eso lo saben todos los galileos que escuchan a Jesús. ¿Dónde radica la novedad de esta parábola? En que Jesús compara la actividad del campesino con lo que ocurre en el reino de Dios. También aquí la semilla termina dando fruto sin que el campesino trabaje, mientras duerme.

Quedan preguntas difíciles de responder: ¿quién es el campesino? ¿Es Jesús? No parece lógico, porque el campesino de la parábola no sabe lo que ocurre. ¿Son los apóstoles y misioneros que anuncian el evangelio, y éste da fruto, aunque ellos no se den cuenta? ¿Quién es la tierra? ¿Es cada cristiano, en el que la semilla va dando fruto mientras el que ha sembrado duerme?

La explicación hay que buscarla en otra línea: la parábola habla del proceso misterioso por el que crece el reino de Dios, la comunidad cristiana, semejante al de la simiente que crece sin que el campesino intervenga ni se dé cuenta. Cuando uno piensa en la forma misteriosa en que la simiente plantada por Jesús y sus discípulos en una región remota y sin importancia del imperio romano ha terminado produciendo fruto en todos los países del mundo, el sentido de la parábola resulta más claro. Es una invitación a confiar en la acción misteriosa de Dios en la iglesia y en cada uno de nosotros, renunciando a considerarnos los protagonistas de la historia, y a pensar que todo depende de lo que hacemos.

Sin embargo, parece que la parábola resultó demasiado extraña y difícil de entender, y quizá por eso Mateo y Lucas (por motivos pastorales, como ahora se dice) no la copiaron.

La mostaza y el cedro (2ª parábola y lectura de Ezequiel)
La segunda comparación es más clara y de enorme actualidad, sobre todo en muchos países occidentales, donde el cristianismo parece andar de capa caída. Jesús compara a la comunidad cristiana, el reino de Dios en la tierra, con la semilla de mostaza; algo diminuto, pero que, al cabo del tiempo, se convierte en árbol y puede acoger a los pájaros del cielo. No hay que desanimarse si la iglesia es un arbolito pequeño, poco mayor que las hortalizas.

Quien conoce el Antiguo Testamento, advierte que esta parábola recoge una comparación de Ezequiel modificándola radicalmente. Este profeta se dirige a los judíos de su tiempo, desanimados por tantas desgracias políticas, económicas y religiosas. Para infundirles esperanza, compara al pueblo con un árbol. Pero no con el modesto arbolito de la mostaza, sino con un majestuoso cedro, del que Dios arranca un esqueje para plantarlo «en un monte elevado, en la montaña más alta de Israel».

Todo es grandioso en Ezequiel; en el evangelio, todo es modesto. Pero el resultado es el mismo; en ambos árboles pueden anidar los pájaros. La comparación de Ezequiel recuerda la imagen de una iglesia universal dominante, grandiosa, respetada y admirada por todos. La de Jesús, una comunidad modesta, sin grandes pretensiones, pero alegre de poder acoger a quien la necesite.

Final
Marcos ha querido cerrar su discurso con una nota sobre el modo de enseñar de Jesús, sin caer en la cuenta de que se contradice. Comienza diciendo que hablaba en parábolas para acomodarse al entender de su auditorio. Pero la gente no debía de entenderlas, porque sus discípulos tenían necesidad de que se las explicara en privado. Podemos decir, resumiendo mucho, que Jesús utilizaba dos tipos de parábolas: las muy fáciles de entender (hijo pródigo, buen samaritano…) y las que pretendían que la gente pensase; si ni siquiera los discípulos encontraban la respuesta, él se la explicaba (estas son la mayoría).

El destierro y la patria (2 Corintios 5,6-10)
El tiempo ordinario nos devuelve también a la problemática realidad de la segunda lectura, sin relación con la primera ni con el evangelio. Un inciso que dificulta más que ayuda. Eso no significa que no contenga mensajes importantes.

El breve fragmento de la segunda carta a los Corintios nos permite conocer los sentimientos más íntimos de Pablo. La conversión supuso para él un cambio radical con respecto a la persona de Jesús. De perseguirlo pasó a estar tan entusiasmado con él que, por su gusto, preferiría morir para estar con el Señor. Su situación le recuerda a la de tantos contemporáneos suyos, que por motivos políticos eran desterrados, lejos de Roma o de otra ciudad importante. Él también se siente desterrado, lejos del Señor. Y le gustaría morir, porque solo con la muerte se puede volver a la verdadera patria y estar cerca del Señor. (Siglos más tarde santa Teresa diría algo parecido: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero».) Pero Pablo acepta la realidad. En el destierro o en la patria, debemos esforzarnos por agradar a Dios.

José Luis Sicre




SOÑAR CONTIGO
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Tuve que soñar contigo a solas
y buscarte en el mar de adolescente
para encontrar esa paz evanescente
que ocultaba tu brisa entre las olas.

Te aguardé por la noche entre farolas
como un novio que espera entre la gente,
y te escribí mis versos impaciente
para encontrar el sueño que acrisolas.

Me he hecho niño, Señor, aquí sentado
frente aquel mar que a veces ya no encuentro.
Aunque tras muchos años he aprendido

que ese sol que me nace o que se ha ido
tras la rosa, el dolor, la luna, el prado,
eras tú que soñabas desde dentro.

Pedro Miguel Lamet, SJ.





LA EDAD DEL CORAZÓN
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Hoy se ha puesto de moda usar la palabra “viejo” como un insulto, y pensar que ser joven es un mérito, una cualidad. Como si el ser joven o viejo fuera evitable por la persona. En la antigüedad los viejos gobernaban la cosa pública. De ahí viene la palabra Senado, constituido por el consejo de viejos, que tenían la suficiente madurez y sabiduría para tomar las grandes decisiones de un país. La experiencia y el conocimiento adquiridos hacían de los viejos las personas más respetadas del lugar.
Hoy nadie quiere ser viejo. Es más hay algunos que rechazan la palabra “abuelo” o “abuela” aunque tengan nietos. La razón de esta actitud está a la vista. Vivimos una sociedad donde lo que se cotiza por encima de todo es la juventud, la forma física, la estética del cuerpo, el goce por encima de todo. No hay más que ver la tele, la publicidad, la escala de valores de la gente.
A los viejos se les arrincona, se les lleva al asilo, no se les tiene en cuenta. Sin embargo ¿quién no ha conocido viejos maravillosos, ancianos que transparentan una claridad interior que ya quisieran para sí muchos jóvenes? “Los cabellos blancos no hacen más viejo al hombre, cuyo corazón no tiene edad”, escribe Alfredo de Musset.
Es verdad que hay dos formas de envejecer: una en la que el corazón se deteriora porque no acepta el paso del tiempo, la proximidad de la inevitable muerte; y otra en la que el hombre parece aproximarse a otra juventud, la del despertar interior, la de la tolerancia y el conocimiento. Entonces, acercarse a un viejo es todo un privilegio, que se traduce en trasvase, crecimiento y alegría interior.
El paso del tiempo es el gran desafío para el hombre. “¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh cómo te deslizas edad mía!”, canta Quevedo en un maravilloso soneto. El río sigue su curso. No se puede parar. El arte de la vida está en saber adecuarse a la marcha del río, porque en cada momento los paisajes son nuevos, distintos. Y al final nos espera el mar, la plenitud. Cada año que pasa recuerdo aquel verso del poeta jesuita de origen navarro, maestro de poetas nicaragüenses, Ángel Martínez Baigorri:
Estoy alcazando la edad perfecta, eterno
Ojalá aprendamos un poco cada día a comprender a nuestros viejos y a saber envejecer, ya que ésta es una experiencia por la que tarde o temprano hemos de pasar absolutamente todos. Sí, también tú, jovenzuelo, que te ríes de tus mayores. Y antes de lo que te imaginas, pues como decían los viejos relojes de pared: Tempus fugit. 
El arte de envejecer es el arte de no tener miedo. Porque el miedo es incompatible con el amor, y el amor es lo que hace feliz a un hombre.
Pedro Miguel Lamet, SJ.





Coloquio de la sal y la luz.

Señor Jesús, tú me dices que yo soy sal,
que soy sal para el mundo,
que con mi vida puedo dar sabor 
a otros que necesitan de tu presencia.
Dime Señor a quiénes puedo ayudar, 
a quiénes puedo llevar tu palabra de esperanza.
Ayúdame a reconocer quiénes necesitan tu consuelo,
quiénes necesitan tu mirada de cariño,
tu abrazo de ánimo.

Gracias Señor por confiar en mí, 
por darme esta misión 
de ser testigo de tu Evangelio.

Te pido Señor, que nunca pierda mi sabor.

Señor Jesús, tú también me dices 
que yo soy luz del mundo.
Quiero que Tú ilumines mi vida,
y que yo pueda ser reflejo de tu amor.

Hay muchas personas 
que necesitan la luz de tu esperanza.
Te pido la gracia para que yo la pueda compartir 
pese a toda adversidad,
que yo nunca tenga miedo 
de ser tu luz en medio de la oscuridad.

Sólo te pido Señor, que cuando otros me vean brillar, 
puedan descubrir que mi luz es solo un reflejo 
de la vida que tú me das.

(Gabriel Roblero sj)




Meditar es sencillo, lo difícil es querer meditar
Pablo D’Ors

¿Qué nos pasa que estamos tan ansiosos y tristes?
Las enfermedades del ser humano son hoy, en mi opinión, tres: la culpa frente al pasado, el miedo frente al futuro y el apego ante el presente. La razón o causa de las tres es la misma: vivimos demasiado hacia fuera y poco hacia dentro.
Y parece más difícil lejos de la naturaleza…
Todos los que vivimos en las grandes ciudades, aunque en distinta medida, somos víctimas de este triple cáncer. La única salida es, a mi parecer, fomentar una cultura de la interioridad, lo que no parece una prioridad en nuestras instituciones. Hemos de aprender a vivir en el presente desde el ser, venciendo esas tentaciones permanentes que son el poder, el tener y el parecer. Para ello la vía del silencio es claramente el camino.
¿Tanto necesitamos el silencio?
Tanto, al menos, como la palabra, probablemente más. La respiración es un ritmo biológico doble: inspirar y espirar. Vivimos solo espirando, dando solo vertidos hacia fuera; pero también necesitamos inspirar, acoger, callar para recibir lo que se nos ofrece.
Dice el Dalai Lama que si todos los niños del mundo meditaran, erradicaríamos la violencia en dos generaciones…
No sé si en dos. Quizá en tres, que es un número más bonito. Yo lo veo sencillo, sí. Meditar es sencillo, lo difícil es querer meditar. En realidad, todo está al alcance de la mano. Es solo que no nos damos cuenta…
¿El ego y la soberbia son los males del hombre contemporáneo?
El hombre contemporáneo… Sabemos muy poco de él, sabemos muy poco de nosotros mismos. Hemos de reconciliarnos con nuestro no saber, vivir serena y alegremente nuestra ignorancia; es a eso a lo que conduce la meditación.
¿Por qué es tan difícil permanecer en silencio más de media hora?
Porque no nos gustamos. Porque no somos solo verdad, belleza y bien, como nos gustaría, sino también codicia, ambición y vanidad. El silencio nos devuelve a nuestra patria y nos asusta darnos cuenta de que hemos vivido toda la vida como extranjeros. Por otra parte, tampoco es imprescindible estar en silencio más de media hora al día. Con ese tiempo es suficiente para que la estructura de nuestra vieja personalidad se agriete y empiece a nacer una nueva.
¿Algún consejo para conseguirlo?
No se trata de ser un experto o un virtuoso, basta con ser un aficionado al silencio. Debemos erradicar el mito de la mente en blanco. El ideal no es el control absoluto de la mente, sino la absoluta aceptación de lo que la mente es, lo que es algo distinto. No se trata de alcanzar la perfección formal, sino la pureza de corazón. No amamos lo perfecto, sino lo auténtico. La vida no es perfecta y la meditación tampoco, basta que estemos vivos y despiertos. El principal “beneficio” de la meditación es que podemos acercarnos a quienes realmente somos.
Dice usted que viene una edad de misticismo…
Creo que el mundo futuro será místico, más volcado hacia el interior, o no será. Entreno mi confianza todos los días y, sin cerrarme al horror del mundo, veo mucho más bien que mal, más cosas hermosas que feas, más personas buenas que malas, muchos más motivos para la esperanza que para la desesperación. Entiendo que muchos considerarán que esta visión es pueril, pero yo siento realmente que la pueril es la suya.