miércoles, 16 de mayo de 2018

José Antonio Pagola - RENUÉVANOS POR DENTRO


José Antonio Pagola - RENUÉVANOS POR DENTRO

Poco a poco estamos aprendiendo a vivir sin interioridad. Ya no necesitamos estar en contacto con lo mejor que hay dentro de nosotros. Nos basta con vivir entretenidos. Nos contentamos con funcionar sin alma y alimentarnos solo de bienestar. No queremos exponernos a buscar la verdad. Ven, Espíritu Santo, y libéranos del vacío interior.

Hemos aprendido a vivir sin raíces y sin metas. Nos basta con dejarnos programar desde fuera. Nos movemos y agitamos sin cesar, pero no sabemos qué queremos ni hacia dónde vamos. Estamos cada vez mejor informados, pero nos sentimos más perdidos que nunca. Ven, Espíritu Santo, y libéranos de la desorientación.

Apenas nos interesan ya las grandes cuestiones de la existencia. No nos preocupa quedarnos sin luz para enfrentarnos a la vida. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles e inseguros. Queremos ser inteligentes y lúcidos. Pero no encontramos sosiego ni paz. Ven, Espíritu Santo, y libéranos de la oscuridad y la confusión interior.

Queremos vivir más, vivir mejor, vivir más tiempo, pero ¿vivir qué? Queremos sentirnos bien, sentirnos mejor, pero ¿sentir qué? Buscamos disfrutar intensamente de la vida, sacarle el máximo jugo, pero no nos contentamos solo con pasarlo bien. Hacemos lo que nos apetece. Apenas hay prohibiciones ni terrenos vedados. ¿Por qué queremos algo diferente? Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a vivir.

Queremos ser libres e independientes y nos encontramos cada vez más solos. Necesitamos vivir y nos encerramos en nuestro pequeño mundo, a veces tan aburrido. Necesitamos sentirnos queridos y no sabemos crear contactos vivos y amistosos. Al sexo lo llamamos «amor», y al placer, «felicidad», pero ¿quién saciará nuestra sed? Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a amar.

En nuestra vida ya no hay sitio para Dios. Su presencia ha quedado reprimida o atrofiada dentro de nosotros. Llenos de ruidos por dentro, ya no podemos escuchar su voz. Volcados en mil deseos y sensaciones, no acertamos a percibir su cercanía. Sabemos hablar con todos menos con él. Hemos aprendido a vivir de espaldas al Misterio. Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a creer.

Creyentes y no creyentes, poco creyentes y malos creyentes, así peregrinamos muchas veces por la vida. En la fiesta cristiana del Espíritu Santo, a todos nos dice Jesús lo que un día dijo a sus discípulos, exhalando sobre ellos su aliento: «Recibid el Espíritu Santo». Ese Espíritu que sostiene nuestras pobres vidas y alienta nuestra débil fe puede penetrar en nosotros y reavivar nuestra existencia por caminos que solo él conoce.

Pentecostés - B 
(Juan 20,19-23)
20 de mayo 2018

NO ENTRISTEZCÁIS AL ESPÍRITU
Florentino Ulibarri

Tú, Santa Ruah, Espíritu de Dios, estás triste.
El maravilloso tapiz de la creación,
que con tanta sabiduría y amor habías tejido,
está desgarrado, hecho jirones, destrozado:
su belleza devastada por la violencia,
su armonía rota por la explotación,
sus hilos contaminados por el odio,
sus colores oscurecidos por el olvido...

Pero he aquí que tú, Espíritu creador,
te dispones a recrear tu obra con ternura:
reúnes los hilos y jirones dispersos
para tejerlos de nuevo con paciencia infinita;
acoges en tu regazo nuestras penas y tristezas,
las lágrimas, las frustraciones, el dolor,
los fracasos, los golpes, las cicatrices,
la ignorancia, las violaciones, la muerte...

Y reúnes también, en tu taller,
el trabajo de tantas personas generosas,
la compasión de muchos corazones,
las iniciativas de paz, los ríos de solidaridad,
las luchas contra la injusticia y el odio,
las flores  débiles y vivas de la diversidad,
los cantos de esperanza y utopía
y los mimbres de la fraternidad...

Y nos invitas a sentarnos a tu lado,
y a recrear el tapiz de la creación,
empezando por nuestra casa, Iglesia y sociedad,
con ternura, paciencia y sabiduría;
a tomar parte en tu tarea y afán,
a pesar de nuestra pequeñez y debilidad,
y a rehacer así tu obra , trabajando en red,
para que surja la nueva creación anhelada.





DIOS ESPÍRITU ESTÁ EN NOSOTROS Y NO TIENE QUE VENIR DE NINGUNA PARTE
Fray Marcos
Jn 20, 19-23

Para entender hoy lo que celebramos, debemos mirar a la Trinidad. Lo que digamos lo tenemos adelantado para el próximo domingo. Que yo sepa, la teología oficial nunca ha dicho que el Padre, el Hijo o el Espíritu actuaran por separado. La distinción de las personas en la Trinidad solo se manifiesta en sus relaciones “ad intra”, es decir, cuando se relacionan una con otra. En sus relaciones “ad extra”, es decir, en sus relaciones con las criaturas, se comportan siempre como uno. El pueblo y algunos manuales piadosos han atribuido a cada persona tareas diferentes, pero esto no es más que una manera inadecuada de hablar.

La fiesta de Pentecostés está encuadrada en la Pascua, más aún, es la culminación de todo el tiempo pascual. Las primeras comunidades tenían claro que todo lo que estaba pasando en ellas era obra del Espíritu. Todo lo que el Espíritu había realizado en Jesús, lo estaba realizando ahora en cada uno de ellos y queda reflejado en la idea de Pentecostés. Es el símbolo de la acción espectacular del Espíritu a través de Jesús. También para cada uno de nosotros, celebrar la Pascua significa descubrir la presencia en nosotros de Dios-Espíritu.

Según lo que acabamos de decir, siempre que hablamos del Espíritu, hablamos de Dios. Y siempre que hablamos de Dios, hablamos del Espíritu, porque Dios es Espíritu. Pentecostés era una fiesta judía que conmemoraba la alianza del Sinaí (Ley), y que se celebraba a los cincuenta días de la Pascua. Nosotros celebramos hoy la venida del Espíritu, también a los cincuenta días de la Pascua, pero sabiendo que no tiene que venir de ninguna parte. Queremos significar que el fundamento de la nueva comunidad no es la Ley sino el Espíritu. 

Tanto el “ruah” hebreo como el “pneuma” griego, significan viento. La raíz de esta palabra en las lenguas semíticas es rwh que significa el espacio existente entre el cielo y la tierra, que puede estar en calma o en movimiento. Sería el ámbito del que los seres vivos beben la vida. En estas culturas el signo de vida era la respiración. Ruah vino a significar soplo vital. Cuando Dios modela al hombre de barro, le sopla en la nariz el hálito de vida. En el evangelio que hemos leído hoy, Jesús exhala su aliento para comunicar el Espíritu. La misma tierra era concebida como un ser vivo, el viento era su respiración.

No es tan corriente como suele creerse el uso específicamente teológico del término "ruah" (espíritu). Solamente en 20 pasajes del las 389 veces que aparece en el AT, podemos encontrar este sentido. En los textos más antiguos se habla del espíritu de Dios, que capacita a alguna persona, para llevar a cabo una misión concreta que salva al pueblo de algún peligro. Con la monarquía el Espíritu se convierte en un don permanente para el monarca (ungido). De aquí se pasa a hablar del Mesías como portador del Espíritu. Solo después del exilio, se habla también del don del espíritu al pueblo en su conjunto.

En el NT, "espíritu" tiene un significado fluctuante, hasta cierto punto todavía judío. El mismo término "ruah" se presta a un significado figurado o simbólico. Solamente en algunos textos de Juan parece tener el significado de una persona distinta de Dios o de Jesús. "Os mandaré otro consolador." El NT no determina con precisión la relación de la obra salvífica de Jesús con la obra del E. S. No está claro si el Pneuma es una entidad personal o no.

Jesús nace del E. S., baja sobre él en el bautismo, es conducido por él al desierto, etc. No podemos pensar en un Jesús teledirigido por otra entidad desde fuera de él. Según el NT, Cristo y el Espíritu desempeñan evidentemente la misma función. Dios es llamado Pneuma; y el mismo Cristo en algunas ocasiones. En unos relatos lo promete, en otros lo comunica. Unas veces les dice que la fuerza del E. S. está siempre con ellos, en otros dice que no les dejará desamparados, que él mismo estará siempre con ellos.

Hoy sabemos que el Espíritu Santo es un aspecto del mismo Dios. Por lo tanto, forma parte de nosotros mismos y no tiene que venir de ninguna parte. Está en mí, antes de que yo mismo empezara a existir. Es el fundamento de mi ser y la causa de todas mis posibilidades de crecer en el orden espiritual. Nada puedo hacer sin él pero tampoco puedo  estar privado de su presencia en ningún momento. Todas las oraciones encaminadas a pedir la venida del Espíritu, nacen de una ignorancia de lo que queremos significar con ese término.

Está siempre en nosotros, pero no siempre somos conscientes de ello y como Dios no puede violentar ninguna naturaleza, porque actúa siempre conforme a ella y su acción no se nota. Un ejemplo puede ilustrar esta idea. En una semilla, hay vida, pero en estado latente. Si no coloco la bellota en unas condiciones adecuadas, nunca se convertirá en un roble. Para que la vida que hay en ella se desarrolle, necesita una tierra, una humedad y una temperatura adecuada. Pero una vez que se encuentra en las condiciones adecuadas, es ella la que germina; es ella la que, desde dentro, desarrolla el árbol que llevaba en potencia.

Dios (Espíritu) es el mismo en todos y nos empuja hacia la misma meta. Pero como cada uno está en un “lugar” diferente, el camino que nos obliga a recorrer, será siempre distinto. No es pues la meta, la que distingue a los que se dejan mover por el Espíritu, sino los caminos que llevan a ella. El labrador, el médico, el sacerdote tienen que tener el mismo objetivo vital si están movidos por el mismo Espíritu. Pero su tarea es completamente diferente. Una mayor humanidad será la manifestación de su presencia. La mayor preocupación por los demás es la mejor muestra de que uno se está dejando llevar por él.

Si Dios está en cada uno de nosotros como Absoluto, no hay manera de imaginar que pueda darse más a uno que a otro. En toda criatura se ha derramado todo el Espíritu. Esgrimir el Espíritu como garantía de autoridad es la mejor prueba de que uno no se ha enterado de lo que tiene dentro. Porque tiene la fuerza del Espíritu, el campesino será responsable y solícito en su trabajo y con su familia. En nombre del mismo Espíritu, el obispo desempeñará las tareas propias de su cargo. Siempre que queremos imponernos a los demás con cualquier clase de imposición, estamos dejándonos llevar de nuestro espíritu raquítico.

La presencia de Dios en nosotros nos mueve a parecernos a Él. Pero si tenemos una idea de Dios como poder, señorío y mando, que premia y castiga, intentaremos repetir esas cualidades en nosotros. El intento de ser como Dios, en el relato de la torre de Babel, queda contrarrestado en este relato que nos habla de reunir y unificar lo que era diverso. El único lenguaje que todo el mundo entiende es el amor. Si descubrimos el Dios de Jesús, que es amor total, intentaremos repetir en nosotros ese Dios, amando, reconciliando y sirviendo a los demás. Esta es la diferencia abismal entre seguir al Espíritu o nuestro espíritu.

Dios llega a nosotros acomodándose al ser de cada uno. El Espíritu nunca supone violencia alguna. No lleva a la uniformidad, sino que potencia la pluralidad. Pablo lo vio claro: Formamos un solo cuerpo, pero cada uno es un miembro con una función diferente pero útil para el todo. Esa uniformidad pretendida por los superiores en nombre del Espíritu, no tiene nada de evangélica, porque, lo que se intenta es que todos piensen y actúen como el superior. Si todos tocaran el mismo instrumento y la misma nota no habría nunca música.

Meditación

Como el aire que respiramos mantiene la actividad vital,
el Espíritu absorbido nos mantiene en la Vida.
No podemos separar la vida biológica del ser vivo.
Tampoco podemos separar la Vida espiritual del Espíritu.
Siempre que exista Vida se manifestará en obras.

Fray Marcos





"JESÚS HA RESUCITADO" SIGNIFICA "CREO EN EL CRUCIFICADO"
José Enrique Galarreta
Jn 20, 19-31

El Evangelio nos lleva al género histórico tan especial de los relatos de la Resurrección. Sin solución de continuidad con los relatos de la pasión, se nos siguen narrando los "acontecimientos de aquel fin de semana". Y esto nos induce creer que el género sigue siendo tan histórico como en los relatos de la Pasión, pero no es así.

En los relatos de la Resurrección se recogen dos mensajes: uno sobre sucesos comprobables, otro sobre la fe de los primeros seguidores de Jesús.

Los sucesos comprobables, incluso verificables como sucesos históricos, son:
- la increíble transformación de los seguidores de Jesús, que pasan de ser un grupo medroso en dispersión a una comunidad valerosa que da testimonio de su fe en Jesús.
- el nacimiento de una "fe" nueva, profundamente diferente de la fe judaica, aunque tenga sus raíces en ella, que en un tiempo relativamente corto será capaz de formularse con independencia de esas raíces. (Por ejemplo, la cristología de Juan, que aparece en el texto del Apocalipsis).
- la confesión de aquellos primeros creyentes, que manifestaron su fe en Jesús afirmándose como "testigos" de que el Crucificado ha sido exaltado por Dios, no ha sucumbido en la muerte.

Estos sucesos comprobables tienen un contenido de fe: la primera comunidad y los testigos lo expresan por medio de los relatos de Apariciones del Resucitado. En estos relatos, lo simbólico y lo teológico tienen tal importancia que apenas podemos descubrir en el fondo de estas narraciones los sucesos reales.

Vimos el domingo pasado la enorme diferencia de los relatos en los cuatro evangelistas y la imposibilidad de concordar los textos en un relato único (cosa tan fácil en los relatos de la Pasión). Nos encontramos ante un tipo de textos diferente. En ellos, los sucesos que pudieron ver los ojos quedan envueltos en los símbolos y las elaboraciones teológicas, de manera que el mensaje es la profesión de fe en Jesús Señor; son textos escritos para profesar la fe el crucificado, la fe a pesar de la muerte y sepultura. Sólo seremos fieles a los textos leyéndolos así, no como mera narración de sucesos físicamente comprobables.

Es conveniente recordar el esquema que sigue Juan en su narración:
- Capítulo 19: Muerte y entierro de Jesús
- Capítulo 20: Magdalena en el sepulcro. La piedra quitada. Avisa a los apóstoles.
+ Juan y Pedro en el sepulcro. Juan cree.
+ Aparición a Magdalena.
+ Aparición a los apóstoles. No está Tomás. Repetición a los ocho días. Con Tomás. Primera conclusión (Éste es el evangelio de hoy)

- Capítulo 21: Aparición en Tiberíades.
+La pesca infructuosa: Jesús en la orilla.
+El primado de Pedro. El destino de Juan.
+Segunda conclusión.

Así pues, el cuarto evangelio se ha interesado solamente por el papel de María Magdalena, la fe de los Once y la confirmación de Pedro.

Hay un tema transversal importante en todos estos relatos: la superación de la cruz.
· Magdalena (en los otros evangelios con otras mujeres) va al sepulcro a honrar el cadáver de Jesús.
· Los Once están encerrados (con las puertas atrancadas) por miedo.
· Hay síntomas de que la comunidad se está empezando a dispersar (como en el relato lucano de Emaús).
· Siete discípulos con Pedro se han ido ya a Galilea y vuelven a ser pescadores... Se acabó: la crucifixión y la sepultura han terminado con la fe en Jesús.

Pero en este contexto se produce la conversión, la recuperación de la fe en el Crucificado.
· En María Magdalena que le reconoce sólo cuando es llamada por su nombre.
· En los Once que tienen la experiencia de que "ése mismo Jesús al que vimos muerto" está vivo y encomienda su misión.
· En Pedro, que después de su traición vuelve a asumir su función de "confirmar a sus hermanos".

Se trata pues, ante todo, de la "narración" del comienzo de la fe en Jesús después del trauma de la muerte y sepultura. No podemos entrar en detalles sobre cada uno de los pormenores de los textos. Indicaremos solamente que:
- Jesús es reconocible, es el mismo, es el crucificado, es su cuerpo llagado. Se trata de creer en el crucificado.
- Jesús resucitado es el mismo, pero hay que re-conocerlo. Antes no le conocían, lo confundían con el Mesías victorioso. Ahora han reconocido en aquel Jesús que creían conocer, al verdadero enviado, el que da la vida. Han cambiado el rey victorioso por el grano de trigo enterrado, y han reconocido a Jesús en ese grano de trigo, no en el rey.

El libro se termina con la más avanzada expresión de fe en Jesús, en boca del más incrédulo: "Señor mío y Dios mío" es una expresión de la más alta cristología joanea, de tal manera que contrasta vivamente con las expresiones cristológicas de Hechos que hemos reseñado antes. ("Dios estaba con él").

Y esto nos muestra toda la intención del cuarto evangelio, como se expresa en la conclusión.

"Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Esto se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre."

La finalidad del libro, y muy especialmente del conjunto Pasión/Resurrección es "que creáis en el crucificado".

Solemos perdernos en la investigación histórica de lo que sucedió. Leemos los evangelios más que como creyentes como periodistas. Nuestra ilusión sería haber estado allí y verlo todo con nuestros propios ojos. Pero, si hubiésemos estado allí, ¿habríamos creído en el crucificado?

A veces consideramos afortunados a los que "vieron y creyeron", como si lo hubieran tenido más fácil que nosotros. Podemos dudarlo. Creer en el crucificado tuvo que ser muy difícil. La fe no nace de lo que se ve. Muchos ven y no creen. Muchos vieron y no creyeron.

La fe no procede de ver el sepulcro vacío. La fe interpreta el sepulcro vacío: en el sepulcro no hay nada, es vano ir al sepulcro. Las mujeres van al sepulcro buscando un cadáver, pero Jesús no es un cadáver: "¿por qué buscáis entre los muertos al que vive?", "no está aquí".

Al estudiar estos relatos padecemos de un miope y estéril realismo. ¿Qué vieron? ¿qué pasó? ¿cómo entró? ... Interesa sólo a la curiosidad del periodista. La pregunta es: ¿creemos en el crucificado?

Nos centramos por tanto en lo que creemos. Y seguimos algunas de las expresiones del evangelio de hoy para formular esta fe.

"Sopló sobre ellos". Lo mismo que el Creador para hacer del hombre de barro un "ser viviente". Todo esto, Jesús incluido, es la obra del Espíritu. Dios actuó en Jesús y actúa en nosotros y actúa en el mundo. Fundamento básico de nuestra fe.

"Enviados". Jesús fue enviado por el Padre y nosotros somos enviados por Jesús. La obra de la Creación continúa. El Séptimo Día, Dios no descansa, el salvador no descansa hasta que todos sean hijos. Jesús es nueva creación, obra del Espíritu. Nosotros también. Somos creadores con Dios, a su imagen y semejanza.

Para anunciar el perdón, la reconciliación. Habíamos construido imágenes falsas de Dios, basadas en el temor, en lo jurídico (la ley). Hemos visto cómo es Dios, estamos liberados de los ídolos. Una Gran Noticia, esto hay que anunciarlo. Y hemos visto los planes de Dios: un Reino de Hijos por anunciar y por construir. A eso dedicaremos la vida.

La crucifixión destruye la fe. Muchas personas, cuando escuchan estas interpretaciones de los evangelios, dicen que les están quitando la fe. Es posible que sea verdad. Es posible que para que nazca la fe en Jesús tenga que morir otra "fe". El que no siente su fe interpelada, puesta en peligro, por el crucificado y por los crucificados del mundo, no tiene la fe correcta. No se puede creer en Dios más que superando el escándalo de la cruz.

El escándalo de la cruz se supera por la fe en Jesús, sentido y percibido en el Espíritu de la comunidad, ese espíritu que trabaja contra la crucifixión, que no se deja amilanar ni por la muerte. El Espíritu que contradice a la carne y está brillantemente presente en muchas partes de la Iglesia y de fuera de la Iglesia. Creemos en el hombre crucificado, creemos en él y damos la vida por él. Todo esto lo hemos leído en Cristo crucificado, todo esto hemos creído en Cristo resucitado.

Jesús no vuelve a la vida. Está ya en la vida. Somos nosotros los que no estamos aún en la Vida. Él sí. La palabra "resurrección" se queda corta, como tantas, como todas. Resucitar es que el cadáver se levante y siga como antes, tan mortal como antes. Lo de Jesús es que ya ha sido dado a luz definitivamente, ya no es mortal, ya se ha realizado del todo.

Y esto no es un fenómeno físico, no se trata de recuperar las mismas células que tuvo antes. Se trata de la Realidad Profunda, de aquello que es más que cuerpo, de lo que nunca verán los ojos, incapaces de enterarse del significado de las cosas.

Nosotros vivimos ya resucitados: con Dios en medio, sin miedo a Dios, en paz con él, en alegría, porque tenemos misión, porque está en medio de nosotros Jesús. No su cuerpo, "la carne no vale para nada", sino su Espíritu, que da la Vida, la Vida definitiva que ya está alentando nuestra vida. Nosotros vivimos como resucitados si vivimos con los criterios y los valores de Jesús, enganchados a su mismo proyecto.

Jesús vuelve entre nubes y resplandores divinos en el Apocalipsis, no en los evangelios. Jesús resucitado es muy diferente del Jesús de la Transfiguración. Es más bien el mismo de Marcos. Pero ahora saben todos cuál es su Espíritu.

Lo que abráis quedará abierto, lo que cerréis quedará cerrado. Muy por encima de toda aplicación jurídica, hay una interpretación de Misión: si perdonáis habrá perdón, si no perdonáis no lo habrá. Fuera de todo sentido jurídico y/o fundacional. Es la misión de la iglesia, hacer presente el espíritu de Jesús. Si lo hacemos presente, estará presente. Si no, no. Si la Iglesia no vive como resucitada ¿habrá resucitado Jesús?

O R A C I Ó N
"Ha resucitado" significa "creo en el crucificado". Expresamos nuestra fe en Jesús crucificado con palabras tomadas de la 1ª carta a los Corintios.

Los judíos pedían milagros
y los griegos sabiduría.
Pero nosotros creemos en Jesús crucificado,
escándalo para los judíos,
necedad para los griegos:
para nosotros, Salvación de Dios.


Porque lo más necio de Dios
es más sabio que lo más sabio de los hombres.

Esto no es cosa de sabios ni de poderosos.
Dios ha elegido a lo necio del mundo
para confundir a los sabios,
a lo más débil del mundo
para confundir a los poderosos.

Para que nadie se gloríe de sí mismo,
sino de la gracia de Dios.
De Él nos viene que estemos en Cristo Jesús,
porque a Jesús lo hizo Dios, para nosotros,
Sabiduría, Justicia y Salvación.

Por tanto, nosotros nos gloriamos solamente
en la cruz de nuestro Señor Jesucristo,
en la cual está la Salvación, la Vida y la Resurrección.

Demos gracias a Dios Padre
por Jesucristo, nuestro Señor.

José Enrique Galarreta





DOMINGO DE PENTECOSTÉS
José Luis Sicre

Para el Greco, María Magdalena vale por ciento siete
En el famoso cuadro de Pentecostés pintado por El Greco, que ahora se conserva en el museo del Prado, hay un detalle que puede pasar desapercibido: junto a la Virgen se encuentra María Magdalena.

Por consiguiente, el Espíritu Santo no baja solo sobre los Doce (representantes de los obispos) sino también sobre la Virgen (se le permite, por ser la madre de Jesús) e incluso sobre una seglar de pasado dudoso (a finales del siglo XVI María Magdalena no gozaba de tan buena fama como entre las feministas actuales). Ya que el Greco se inspira en el relato de los Hechos, donde se habla de una comunidad de ciento veinte personas, podemos concluir que la Magdalena representa a ciento siete. ¿Cómo se compagina esto con el relato del evangelio de Juan que leemos hoy, donde Jesús aparentemente sólo otorga el Espíritu a los Once? Una vez más nos encontramos con dos relatos distintos, según el mensaje que se quiera comunicar. Pero es preferible comenzar por el texto más antiguo, el de la carta a los Corintios (escrita hacia el año 51).

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12, 3b-7.12-13)
En este pasaje Pablo habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu confesamos a Jesús como Señor (y por confesarlo se jugaban la vida, ya que los romanos consideraban que el Señor era el César). Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y funciones (antes de que el clero los monopolizase casi todos). Y, gracias al Espíritu, en la comunidad cristiana no hay diferencias motivadas por la religión (judíos ni griegos) ni las clases sociales (esclavos ni libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también desaparecen las diferencias basadas en el género (varones y mujeres). En definitiva, todo lo que somos y tenemos los cristianos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)
A nivel individual, el Espíritu se comunica en el bautismo. Pero Lucas, en los Hechos, desea inculcar que la venida del Espíritu no es sólo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Por eso viene sobre todos los presentes, que, como ha dicho poco antes, era unas ciento veinte personas (cantidad simbólica: doce por cien). Al mismo tiempo, vincula estrechamente el don del Espíritu con el apostolado. El Espíritu no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios», como reconocen al final los judíos presentes.

La versión de Juan 20, 19-23
En este breve pasaje podemos distinguir cuatro momentos: el saludo, la confirmación de que es Jesús quien se aparece, el envío y el don del Espíritu.

El saludo es el habitual entre los judíos: “La paz esté con vosotros”. Pero en este caso no se trata de pura fórmula, porque los discípulos, muertos de miedo a los judíos, están muy necesitados de paz.

Esa paz se la concede la presencia de Jesús, algo que parece imposible, porque las puertas están cerradas. Al mostrarles las manos y los pies, confirma que es realmente él. Los signos del sufrimiento y la muerte, los pies y manos atravesados por los clavos, se convierten en signo de salvación, y los discípulos se llenan de alegría.

Todo podría haber terminado aquí, con la paz y la alegría que sustituyen al miedo. Sin embargo, en los relatos de apariciones nunca falta un elemento esencial: la misión. Una misión que culmina el plan de Dios: el Padre envió a Jesús, Jesús envía a los apóstoles. [Dada la escasez actual de vocaciones sacerdotales y religiosas, no es mal momento para recordar otro pasaje de Juan, donde Jesús dice: “Rogad al Señor de la mies que  envíe operarios a su mies”].

Todo termina con una acción sorprendente: Jesús sopla sobre los discípulos. No dice el evangelistas si lo hace sobre todos en conjunto o lo hace uno a uno. Ese detalle carece de importancia. Lo importante es el simbolismo. En hebreo, la palabra ruaj puede significar “viento” y “espíritu”. Jesús, al soplar (que recuerda al viento) infunde el Espíritu Santo. Este don está estrechamente vinculado con la misión que acaban de encomendarles. A lo largo de su actividad, los apóstoles entrarán en contacto con numerosas personas; entre las que deseen hacerse cristianas habrá que distinguir entre quiénes pueden aceptadas en la comunidad (perdonándoles los pecados) y quiénes no, al menos temporalmente (reteniéndoles los pecados).

Resumen
Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla.

El don de lenguas
«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el "profeta").

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

José Luis Sicre





MI ENCUENTRO CON EL PAPA FRANCISCO
José María Castillo

El pasado 19 de abril, fue un día importante para mí. Ese día estuve con el papa Francisco. Y pude hablar con él, en una entrevista sencilla y breve, pero que ha sido uno de los acontecimientos más importantes de mi vida. Cuanto más lo pienso, más me confirmo en lo que estoy diciendo.

¿Por qué se produjo este encuentro? Y sobre todo, ¿por qué lo considero tan importante en mi vida?

Pocos días antes del mencionado día 19, una tarde, cuando ya oscurecía, sonó el teléfono de mi habitación. Que no indicaba ningún número de procedencia. Al revés, sólo decía: “Número oculto”. No me atreví a descolgar. Pero, a los pocos segundos, el mismo teléfono insistió en la llamada. Levanté el auricular y –la verdad– no sé explicar lo que ocurrió en mi intimidad. Era el papa. Directamente y sin más presentaciones. Me impresionó, sobre todo, su insistente petición, que me repitió tres veces: “Padre José María, rece por mí; necesito mucho la oración”. La tercera vez que me lo dijo, noté que la voz se entrecortaba. Me insistió entonces en que me daba un abrazo. Y nos despedimos. Eso fue todo, aquella tarde.

Pero esto fue sólo el comienzo. A los cuatro días, me llama un señor de Madrid, para decirme que me comunicaba la invitación para acompañar al papa, el 19 de abril, en la misa que celebra cada mañana en la capilla de la residencia vaticana de Santa Marta. Y así fue. Una eucaristía sencilla, en la que estábamos poco más de veinte personas: algunos obispos, varios sacerdotes y un pequeño grupo de seglares entre los que yo me encontraba. La misa apenas duró media hora, incluida la breve homilía del papa.

No es fácil unir, en la vida, la mayor sencillez imaginable con la profundidad de experiencias que le dejan a uno marcado para el resto de sus días. Esto es lo que yo experimenté en el rato que estuve con el papa. Es esto seguramente lo más genial y motivador, que lleva en sí y contagia a los demás el papa Francisco, ya sea en una conversación privada, ya sea en la plaza de San Pedro, cuando se baja del coche descubierto que le lleva, se mete entre la gente, abraza a los chiquillos, saluda cariñoso a enfermos y mendigos, gasta bromas a unos y otros, contagiando la sensación de que así es como él se encuentra “en su ambiente”.

¿Qué hay en el fondo de esta forma de comportamiento? Lo más sencillo y lo más inalcanzable de este mundo: lo que en el lenguaje del Evangelio se indica con una llamada tan sencilla como peligrosa: “sígueme”. Jesús no fundó una religión, sino que se enfrentó con los “hombres de la religión”, hasta que acabó como sabemos que acabó sus días. Porque defendió la vida. Y se puso de parte de quienes se ven peor tratados por la vida.

En esto –me parece a mí– está la clave que explica el éxito y el conflicto del papa Francisco. Por eso hay tanta gente que le admira. Como también abundan los “importantes” (y hasta los cardenales) que no lo soportan.

Y termino. No sé si estoy en lo cierto. Pero, de todo lo que me dijo el papa, lo que más me impresionó fue que, al entregarle dos libros que le llevaba, me dijo esto; “Siga Vd escribiendo y publicando, que le hace mucho bien a la gente”. Hace treinta años, en 1988, me comunicaron oralmente (o sea, sin que mediara ni un documento, ni motivos, ni razón alguna…) que la Santa Sede me quitaba la “venia docendi”, el permiso para ejercer la enseñanza en un centro eclesiástico. Ahora, es el papa mismo el que me comunica directamente que siga publicando y enseñando. ¿No tengo motivos sobrados para expresar mi gratitud y reconocimiento por la bondad, libertad y generosidad de este Papa?


José M. Castillo




La magia de la Iglesia
Jorge Costadoat | 15 mayo, 2018 

Tocamos, miramos, recogemos del camino un ramo de dedales de oro, lo depositamos a los pies de la Virgen, agachamos la cabeza…, estamos en la iglesia. Ella nos acoge. La Iglesia no se piensa, se respira. Se piensa con las manos, con la garganta, con cantos que cantamos hace 30, 50, 1500 y 2500 años: ¡Kyrie eleyson! Cuadros, esculturas, aguas, olores, luces en conflicto, colores que juegan y se fugan, revolotean en nosotros, nos recuerdan que somos y no somos, que pertenecemos al más allá, al más acá del yugo del día a día y de la diversión, que más cerca que lejos un Dios nos quiere y no nos suelta. La Iglesia nos ayuda a entrar en la oscuridad con una vela en la mano.
La Iglesia tiene magia. Tiene gracia. Nada supera su encanto. Ella unge con humanidad una existencia matematizada, pretendidamente adivinada por las estadísticas, por encuestas, por notas, puntajes y metas que enemistan y sobrecargan, que sofocan la sorpresa de vivir. El mercado también encanta. El consumo atrae irresistiblemente. Pero entre la magia de la Iglesia y la de la sociedad mercantil hay una contradicción total. La Iglesia educa a ser felices con poco. El mercado menosprecia la pobreza. Cautivados por lado y lado, los cristianos querríamos que nos bastara Jesús, la pura promesa de su reino, pero reconocemos que nos cuesta vencer tantas tentaciones.

La Iglesia también cae en la tentación de la “mala magia”. Hasta hoy, se nos critica a los católicos una devoción casi idolátrica de reliquias de santos que trasparentaron en su tiempo el misterio que los animó, pero a los que en la actualidad se les atribuye la virtud de hacer un tipo de milagros que Dios no hace. Es muy difícil que la “buena magia”, esa que depende del Dios que nos maravilla, no se mezcle con la mala magia, esta con la cual brujuleamos la suerte, los espíritus díscolos, a Dios mismo… Pero la superstición y la fe se excluyen.

También es “mala magia” la ritualización de la fe. A veces, los católicos rigidizamos los gestos y clavamos la mirada en el santísimo sacramento como si el resto de la vida tuviera menos importancia y perdemos la naturalidad del Dios con nosotros. Los mismos sacerdotes son sacralizados más de la cuenta. Bastaría con que los sacerdotes fueran hondamente humanos, como lo fue Jesús. Así sería más fácil a los cristianos concluir que Jesús, no por sacro, sino por su humanidad, fue reconocido como Dios y Señor. La buena magia proviene de la Encarnación de lo sagrado en lo profano. La mala magia comienza separando lo uno y lo otro, y termina apoderándose del mundo en nombre de Dios.

Escribo hoy con plena conciencia de vivir nuestra generación una de las crisis más graves de la institucionalidad eclesial de que tenga recuerdo y conocimiento. Los abusos de todo tipo, pero sobre todo los abusos de poder de quienes han sido investidos para anunciar a los seres humanos que con su impotencia nos reveló a Dios; los abusos espirituales, psicológicos y sexuales de sacerdotes y obispos sacados a la luz pública por los medios de comunicación, asociados a la indolencia, las faltas al derecho penal y canónico, auguran la ruina de un modo de ser Iglesia que deseamos termine lo antes mejor. Porque la Iglesia no se agota en su institucionalidad, ni en sus costumbres, ni en su doctrina. Solo se agota en el Evangelio. Por esto mismo, hablaré aquí de lo que mi Iglesia es, aunque no siempre lo sea. Pues es imperioso llamar las cosas por su nombre. Es forzoso criticar. Pero no hay que perder de vista lo fundamental. Hoy hablo de la Iglesia que amo y que espero. Y ofrezco las líneas a quienes se sienten estremecidos, confundidos y desamparados.

El encanto del Evangelio
El Evangelio de Jesús es lo primero. La Iglesia tiene exactamente la misma misión que Jesús tuvo de anunciar a la humanidad que no está huérfana en un universo de 15 mil millones de años. El Padre de Jesús, el Padre de los cristianos, el Padre de los somalíes, kurdos, taiwaneses y coreanos, es el mismo Dios, único y verdadero. En la Iglesia hay, por tanto, espacio para todos. Todos pueden, en ella, leer las estrellas al modo propio, pues la unidad depende más del amor que de las interpretaciones o, mejor dicho, depende de las interpretaciones que más favorezcan la comunión y el amor. Esto es lo único decisivo. El Evangelio es la Palabra de la hermandad que la Iglesia anticipa, practicándola.

Para niños, para adultos, para pobres, para todos
La Palabra de Dios es sabrosa, gusta a los niños como la leche. Con ella, la Iglesia amamanta a sus hijos. El cristianismo es cosa de pequeños, es religión de humildes de corazón, es credo de franciscanos más que de jesuitas. Por cierto, a algunos cristianos les toca aguantar en las trincheras del debate de las ideas. La obligación que tiene todo bautizado de pensar su vida a la luz de la fe, en algunos casos constituye una profesión. Para la transmisión de la fe, se ha vuelto imperioso contar con gente que pueda participar en el ágora de los medios de comunicación social y que se implementen pastorales que conviertan a los fieles en adultos en la fe, verdaderos iniciados en el arte de comprender las profundas transformaciones culturales con los ojos de Dios.
Pero la Iglesia sabe que la mayoría de los fieles vive su fe con sencillez, y cuida al niño que pregunta cuando no sabe, que no puede aprender las cosas de golpe, que junta las manos al acostarse para abandonarse cada noche a la Divina Providencia. En virtud de la Palabra, ella acoge a los fieles como madre, los acurruca, les garantiza un espacio a su ignorancia. Pero, por lo mismo, los puede infantilizar y abobar. En ella no falta el bobo que, de flojo, no quiere oír ni entender la Palabra. Tampoco el cura modoso que enriela a los fieles con tareas de kindergarten.
La Iglesia, en su más alta expresión, convoca a adultos capaces de conversar, de discutir y de indagar con otros una verdad que, por tratarse de Dios mismo, solo se revela a los que no la tienen y que la conquistarán cuando termine la historia, porque ya ahora son poseídos por ella. Una Iglesia de adultos quiso el Vaticano II (años 1962-1965), uno de los tres o cuatro concilios más importantes en la historia del cristianismo. En esta oportunidad, a diferencia de los concilios anteriores, la Iglesia no condenó a nadie. El buen Papa Juan quiso conversar con todos, reconoció que se podía aprender del mundo, de otras culturas y tradiciones religiosas. La Palabra de Dios no se entiende si no sirve para dialogar con los otros. Si solo pudieran comprenderla “los nuestros”, no sería Palabra de Dios. La Iglesia tiene la obligación de anunciar el Evangelio de la hermandad a los pueblos sin exclusión, promover una fraternidad universal, porque sabe que Jesús murió por todos. El Concilio nos hizo bajar la guardia, exponernos a la crítica, fomentar lo que nos une, no desesperar con lo que nos separa…
La Iglesia latinoamericana llevó el Concilio aún más lejos. En América Latina comprendimos que si el Evangelio no es para los pobres, no es para nadie. Los cristianos latinoamericanos, tras 500 años de fe, descubrimos el cristianismo en la opción preferencial por los pobres. Lo vio Hurtado: “el pobre es Cristo”. Si san Pablo enloqueció cuando cayó en la cuenta del misterio de la cruz, los cristianos latinoamericanos nos estremecimos con la violencia sufrida por pueblos crucificados y mártires con Mons. Romero a la cabeza. En América Latina, hemos concluido que la cruz y el pobre son el anverso y el reverso del misterio del Dios que lucha por liberar a la humanidad de toda esclavitud. De aquí que la Iglesia dejaría de ser tal si no proclamara que en la historia hay inocentes, que el Mal hace mal, que construye rascacielos y civilizaciones con radieres de harapo humano. Su tarea parece imposible: este es un mundo de poderosos, la ética es aristocrática, las cárceles hacinan a excluidos… ¿Pudiera un gobierno decir que la pobreza es un “pecado”? ¿Pudiera la ONU declarar la existencia del mysterium iniquitatis? Tal vez, pero sería muy extraño que lo hiciera. La Iglesia, en cambio, debe hacerlo, porque la resurrección que anuncia a los pobres es un triunfo sobre la injusticia.

Para “mí”
Aún más: la Palabra de Dios no es para los pobres, si no es una buena noticia “para mí”. La Iglesia es madre que cuida uno a uno a sus hijos. Talvez la Iglesia no se ha ocupado personalmente de “mí”, de “ti”. Ha estado distraída, quizás, en asuntos generales. Pero Jesús murió “por mí”. Por “todos” y “por mí”. Si la Iglesia no te ha oído a “ti”, tendrá que hacerlo. Porque la Palabra es para todos, cierto, nos juzga a todos, cierto también, pero ella, más que nada, comienza una conversación: “qué quieres que haga por ti”, dice el Señor. Para el Señor, el primer pobre “soy yo”. La pobreza tiene muchos rostros, Dios tiene delante la mirada sufriente de toda la humanidad, pero se fija en “mí”. Él conoce mi misterio. El Misterio de Dios se replica en el misterio de este ser singular, tú, yo, él, ella. La Palabra de Dios, ¡la Palabra de la Iglesia!, nos recuerda que los ojos del Señor están clavados en mi pena, me consuelan, me repiten que sin “mí” este mundo no sería bastante hermoso y me llenan de coraje.
El Espíritu hace que esta Palabra sea íntima. Nuestra fe es personal. La persona de Jesús viene a mi encuentro, gracias al Espíritu converso con él como un amigo habla con otro. La Palabra del Señor me dice: “mira dentro de ti, eres hermosa, Dios te ama”. El mismo Espíritu nos saca del intimismo. Jesús nos mueve a encontrarnos con otras personas: “levántate, tu patrón es tu hermano, no le permitas que te explote, se puede condenar, sálvalo, tócale el corazón, él también puede oír la Palabra”. El Espíritu reúne a la Iglesia como una comunidad de personas de todo tipo. Ningún movimiento laical u obra de beneficencia la agota. No faltará quien la mida con una ONG, con un ministerio…, malas comparaciones. En la Iglesia, el amor de Jesús por los suyos amiga, reconcilia y se extiende a la humanidad entera. Mi Iglesia me habla a mí, me educa, me urge a amar a los demás como ella me ama.
El Concilio Vaticano II devolvió a la Iglesia su lugar en el mundo. La ubicó en él de acuerdo a las coordenadas de la Encarnación: la Iglesia es sacramento de Cristo para la unión de los seres humanos con Dios y entre ellos mismos. Esto porque Cristo, a la vez, es sacramento de Dios que se toca y nos toca, misterio de un amor que no tiene límites. Si con la Encarnación quedó proscrita la costumbre tan compresible de separar lo sagrado y lo profano, si el Hijo hecho carne divinizó a la humanidad y humanizó a Dios de una vez para siempre, la Iglesia no ha podido separarse de un mundo que, en virtud del Creador, le es tan suyo que no podría existir sin él y que no podría condenar sin dispararse a los propios pies.

El misterio del amor
Pero ha sido muy difícil creer en la Encarnación. La fe en el Hijo hecho uno de nosotros ha tenido que superar la tendencia casi instintiva a separar ambas dimensiones de la realidad, la divina y la humana. Los seres humanos, amenazados por la violencia desde sus comienzos, han procurado conjurarla por medio de mitos y ritos. En lo ritos sacrificiales la violencia que se descarga sobre una víctima, libera al clan de la agresión que se incuba entre sus miembros. Paradójicamente, la víctima es vista como mala y como buena. Mala, porque representa un peligro. Pero, en la medida que reconcilia al clan, se la considera sagrada. El chivo expiatorio es un cabrito, o un ser humano, que se lo separa y se lo sacraliza (sacrum facere), matándolo. Su sacrificio purifica, reconcilia y merece celebrárselo.
En la Encarnación, en cambio, Dios, a través de Jesús, actúa en la dirección exactamente contraria: Él no necesita ritos sacrificiales. El rito eucarístico celebra que Dios salva gratuitamente, pues salvó a una persona que jamás debió tratársela como a un chivo expiatorio. Caifás sentenció: “que muera uno por toda la nación”. Los que vieron a Jesús crucificado, pensaron que se trataba de un culpable o se dijeron qué mal habrá hecho o lo dieron por perdido (políticamente hablando) para evitar la escalada de las agresiones. La primera Iglesia, en cambio, creyó en su inocencia y al experimentarlo resucitado, supo que, para Dios, era efectivamente inocente. No fue Dios que sacrificó a su Hijo, sino los sacerdotes y la gente del Templo, y otros ejecutores y cómplices. Dios no necesitó de este sacrificio macabro para salvar a la humanidad. Pero no lo pasó por alto. No lo validó en cuanto asesinato, ¡qué Dios podría hacer algo así! ¡Cómo podría decirse que tal Dios es amor! Sino que, en vez de vengar tal crimen, lo aprovechó para reivindicar a las víctimas y perdonar la venalidad de los victimarios. Dios no hace ni necesita sacrificios: ama, perdona y reconcilia, interponiéndose a la violencia con la mansedumbre de Jesús, con su inocencia que desenmascara los ritos sacrificiales. La Iglesia del Concilio, abierta a la realidad, empática, nos devolvió la recta fe en el Cordero que quita el pecado del mundo porque carga con las tristezas y angustias de las víctimas de nuestro tiempo… (cf. Gaudium et Spes, 1).

Mundanidad y eternidad de la iglesia
La misión de la Iglesia se extiende a la creación entera. Los cristianos, conducidos por el Espíritu, llevan la Iglesia siempre más lejos, a todas partes. La Iglesia es Iglesia en el Metro o en un basural. Los templos serán más cómodos, pero no más santos que una casa particular. El cristianismo es callejero. La Iglesia tiene por misión recordar a los difuntos: viven en Cristo, viven en nosotros. Para ella no hay muerto insignificante. Los dolores más hondos que nuestros deudos se llevaron a la tumba, ella los oye, los medita. Da vocería a quienes murieron amordazados. La Iglesia es memoria passionis, nos hace recordar la pasión. Recordando a las víctimas, protesta contra la injusticia y anuncia a las actuales víctimas que un día dejarán de sufrir, que la injusticia no es normal, que hay un juicio final, que la historia sí tiene sentido, que la vida no es una pasión inútil ni moneda de cambio. Su deber es pregonar que nunca más puede ocurrir que se crucifique a un ser humano. Por esto, la Iglesia es también spes aeternitatis, esperanza de vida eterna. Ya en el presente, hoy mismo, ella da un toque de eternidad a las batallas cotidianas.

Los sacramentos del amor
En estos tiempos de individualismo en que las personas quisieran hacer su vida sin coerciones, que creen elegir entre una marca y otra, pero que son presas de una propaganda que planifica sus compras, y de una sociedad que exalta la autonomía a costa de soledades, el bautismo nos ofrece un nombre y una pertenencia. Se dice que los niños debieran bautizarse de mayores, cuando sepan lo que hacen. Mejor lo contrario. El reconocimiento de la impronta eterna de un infante señala la gratuidad de su elección. Para ser persona no se necesita leche ni dinero. Basta el reconocimiento de su dignidad. Las personas requieren de trabajos y sueldos justos para vivir como Dios quiere, pero el bautismo garantiza el honor a cada una aunque no tenga dónde caerse muerta. Las personas con capacidades diferentes recuerdan a la Iglesia su vocación.
El bautismo, cumplido lo antes posible, incardina la libertad: antes de elegir eres elegido. Tú no escoges tu nombre. Te lo es dado. Hay un día para ti, el día que anticipa tu muerte y resurrección, en el que en una ceremonia que no sería digna de Dios si no lo fuera de ti, te dan un nombre para ser tratado con honor. Desde entonces, para amar a Dios, te amarás a ti mismo. Para amarte a ti mismo, amarás a tu prójimo, respetarás y cuidarás su fama.
En estos tiempos en los que involuciona el sentido del prójimo, la Iglesia se hace aún más necesaria. Las nuevas generaciones vivimos en redes, multiplicamos las relaciones, pero carecemos de comunidades duraderas. La Iglesia es comunidad milenaria de comunidades en las que se te respeta, se te oye, donde no faltará quien esté a tu lado cuando ya no haya nada que hacer. Por esto mismo, la Iglesia resbala cuando te excluye. Su vocación es materna. Te acoge como a un huérfano, te elige, puede incluso elegir por ti, mandarte, pero sabe que no debiera marginarte. Cuando te margina, debiera llorar su ineptitud.
Gracias al bautismo perteneces a la Iglesia. Al venir al mundo, te recordará que no tienes que ganarte el mundo y, menos aún, ganárselo a los demás. Ya temprano, la Virgen, los santos, te ganan y reclaman para ti un pedazo de tierra. Nada hay más triste que no pertenecer a nadie, no tener a alguien que absorba tu libertad hasta la última gota. En realidad, no tendrías autonomía si no fueras elegido. La comunidad de Jesús te da una pertenencia que no tendrás que negociar. Tu pertenencia es tu titularidad; tu comunidad, tu libertad; tus decisiones, tu propia elección autónoma de esta pertenencia te será respetada infinitamente. Si las sectas atormentan a sus detractores, los calumnian y tratan como a traidores, la Iglesia, si la dejas, te espera como el padre del hijo pródigo, te llora y envejece mientras no vuelvas.
La eucaristía cumple el bautismo: sella la pertenencia a Cristo. En la misa los cristianos urgen la fraternidad, partiendo el Pan y compartiéndolo entre los hijos de Dios. El bautismo radicaliza en cada persona al Hijo, mientras la eucaristía realiza en ella al Hermano Jesús. El sacerdote encarna el misterio de los misterios como ministro de un Pueblo sacerdotal y fraterno. El Pueblo de Dios, entre los pueblos de la tierra, agradece al Padre un mundo que fue creado para ser gozado en común: los cristianos comparten lo que tienen y lo que les falta, nada les es más ajeno que el egoísmo. Por lo mismo, cuesta tanto entender que haya católicos ricos.
Es demasiado grande la eucaristía como para que el sacerdote entorpezca su celebración con su miseria. Los cristianos se lo perdonan casi todo, tal vez todo, con tal que haga la misa. Solo con una misa, la humanidad puede abarcar los 30.000 millones de años luz que median entre los extremos del universo.
La misa es mágica en ambos sentidos del término: el bueno y el malo, ya que comparte la ambivalencia de la vida de ser vivida así o asá. La memoria del Cordero, lo sabemos, puede usarse para promover la mansedumbre o los sacrificios humanos. ¡Gran diferencia!, pero casi invisible. La Iglesia marca la diferencia, debiera hacerlo. Dios nos encanta, como el dinero, como el incienso, pero ninguno podría comprarlo ni embriagarlo. Los católicos, sin embargo, preferimos a veces a un mago que a un sacerdote laico como Jesús lo fue.
La misa es un riesgo. La vida es un riesgo. La Iglesia pone magia a la vida, avivándonos a vivirla como un don inmerecido, con alegría y sin temor a equivocarnos.

Jorge Costadoat, SJ.