miércoles, 23 de mayo de 2018

José Antonio Pagola - EL MEJOR AMIGO


José Antonio Pagola - EL MEJOR AMIGO

En el núcleo de la fe cristiana en un Dios trinitario hay una afirmación esencial. Dios no es un ser tenebroso e impenetrable, encerrado egoístamente en sí mismo. Dios es Amor y solo Amor. Los cristianos creemos que, en el Misterio último de la realidad, dando sentido y consistencia a todo, no hay sino Amor. Jesús no ha escrito ningún tratado acerca de Dios. En ningún momento lo encontramos exponiendo a los campesinos de Galilea doctrina sobre él. Para Jesús, Dios no es un concepto, una bella teoría, una definición sublime. Dios es el mejor Amigo del ser humano.

Los investigadores no dudan de un dato que recogen los evangelios. La gente que escuchaba a Jesús hablar de Dios y le veía actuar en su nombre experimentaba a Dios como una Buena Noticia. Lo que Jesús dice de Dios les resulta algo nuevo y bueno. La experiencia que comunica y contagia les parece la mejor noticia que pueden escuchar de Dios. ¿Por qué?

Tal vez lo primero que captan es que Dios es de todos, no solo de los que se sienten dignos para presentarse ante él en el Templo. Dios no está atado a un lugar sagrado. No pertenece a una religión. No es propiedad de los piadosos que peregrinan a Jerusalén. Según Jesús, «hace salir su sol sobre buenos y malos». Dios no excluye ni discrimina a nadie. Jesús invita a todos a confiar en él: «Cuando oréis, decid: “¡Padre!”».

Con Jesús van descubriendo que Dios no es solo de los que se acercan a él cargados de méritos. Antes que a ellos escucha a quienes le piden compasión, porque se sienten pecadores sin remedio. Según Jesús, Dios anda siempre buscando a los que viven perdidos. Por eso se siente tan amigo de pecadores. Por eso les dice que él «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».

También se dan cuenta de que Dios no es solo de los sabios y entendidos. Jesús le da gracias al Padre porque le gusta revelar, a los pequeños, cosas que les quedan ocultas a los ilustrados. Dios tiene menos problemas para entenderse con el pueblo sencillo que con los doctos que creen saberlo todo.

Pero fue sin duda la vida de Jesús, dedicado en nombre de Dios a aliviar el sufrimiento de los enfermos, liberar a poseídos por espíritus malignos, rescatar a leprosos de la marginación, ofrecer el perdón a pecadores y prostitutas..., lo que les convenció de que Jesús experimentaba a Dios como el mejor Amigo del ser humano, que solo busca nuestro bien y solo se opone a lo que nos hace daño. Los seguidores de Jesús nunca pusieron en duda que el Dios encarnado y revelado en Jesús es Amor y solo Amor hacia todos.

Santísima Trinidad - B 
(Mateo 28,16-20)
27 de mayo 2018


DE MANO EN MANO...
Florentino Ulibarri

De mano en mano,
a través de muchos años
y generaciones de cristianos,
me ha llegado la Buena Noticia,
cubierta de polvo,
como un regalo inesperado.

Ella me anima a vivir
y a unirme a esa brisa
que ha recorrido valles y cumbres,
desiertos y praderas
a través de generaciones de apóstoles
dando vida a tantos corazones.

Hoy, para celebrarlo,
lo cuento y comparto,
extiendo mis brazos,
me siento agarrado y agarro,
sumo mis manos, y salgo
para que esta brisa
llegue a donde todavía no ha llegado.

De mano en mano...
me ha llegado la Buena Noticia,
y no la retengo en mi regazo,
sino que dejo mi refugio
y voy a las plazas, rincones y caminos,
pues anhelo que llegue y meza
nuevos campos aunque no los conozca.

Hoy me siento agraciado
y hondamente agradecido
al sentirme enviado
para ser testigo
de lo que Tú nos has dicho
y nosotros hemos visto
del Dios abierto y compartido.



PENSAR A DIOS NO SIRVE DE NADA; VIVIRLO SÍ
Fray Marcos
Mt 28, 16-20

Es verdad que la Biblia dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero, en realidad, es el hombre el que está fabricando a cada instante un Dios a su medida. Es verdad que nunca podremos llegar a un concepto adecuado de lo que es Dios, pero no es menos cierto que muchas ideas de Dios pueden y deben ser superadas. Si ha cambiado nuestro conocimiento de la realidad, y del hombre, será lógico que cambie nuestra idea de Dios. El Dios antropomórfico tiene que dejar paso a un Dios-Espíritu, cada vez menos cosificado.

Decir que la Trinidad es un dogma, o un misterio, no hace más comprensible la formulación trinitaria. La verdad es que hoy no nos dice casi nada, y menos aún las explicaciones que se han dado a través de los siglos. Todas las teologías surgieron de una elaboración racional que siempre se hace desde una filosofía, determinada por un tiempo y una cultura. También la primitiva teología cristiana se desarrolló en el marco de una cultura y una filosofía, la griega. Pudo ser muy útil a través de la historia, pero no tenemos por qué atarnos a ella.

Cada día se nos hace más difícil la comprensión del misterio, entre otras cosas porque no sabemos qué querían decir los que elaboraron el dogma. Aplicar hoy a las tres personas de la Trinidad la clásica definición de Boecio “individua sustantia, rationalis naturae”, se antoja un poco ridículo. Aplicar a Dios la individualidad y la racionalidad propia del hombre es ridículo. Dios no es un individuo, ni es una sustancia, ni es una naturaleza racional.

La dificultad para hablar de Dios como tres personas, la encontra­mos en el mismo concepto de persona, que lejos de ser una constante a través de la historia, ha experimentado sucesivos cambios de sentido. Desde el "prosopon" griego, que era la máscara que se ponían en el teatro para que “resonara” la voz; pasando a significar el personaje que se representaba; al final terminó significando el individuo físico. El sentido moderno de persona, es el de yo individual, conciencia subjetiva, es decir, el núcleo íntimo del ser humano.

En la raíz del significado está la limitación. Existe la persona porque existe la diferencia y la separación. Esto es imposible aplicárselo a Dios. En los últimos años se está hablando del ámbito transpersonal. Creo que va a ser uno de los temas más apasionantes de los próximos decenios. Si el hombre está anhelando lo transpersonal, es ridículo seguir encasillando a Dios en un concepto personal, que siempre supone la limitación del propio ser.

Siempre que nos atrevemos a decir “Dios es…,” estamos expresando una idea, es decir, un ídolo. Ídolo no es solamente una escultura de dios. También es un ídolo cualquier concepto que le aplicamos. El ateo sincero está más cerca del verdadero Dios, que los teólogos que creen haberlo atrapado en conceptos. Dios no es nada que podamos nombrar. El “soy el que soy” del AT, tiene más miga de lo que parece. Dios es solo verbo, pero un verbo que no se conjuga, porque no tiene tiempos ni modos. Dios ES un inmenso presente que lo llena todo.

Dios no se identifica con la creación, pero tampoco es nada separado de ella. De la misma manera que no podemos imaginar la Vida como algo separado del ser que está vivo, no podemos imaginar lo divino separado de todo ser creado que, por el mero hecho de existir, está traspasado de Dios. Tampoco podemos decir que está donde actúa, porque tampoco puede actuar de una manera causal a semejanza de las causas segundas. La acción de Dios no podemos percibirla por los sentidos ni ser objeto de  ciencia.

El Dios de Jesús no es el Dios de los buenos, de los piadosos, de los religiosos ni de los sabios, es también el Dios de los excluidos y marginados, de los enfermos y tarados; incluso de los irreligiosos inmorales y ateos. El evangelio no puede ser más claro: “las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios”. El Dios de Jesús no nos interesa porque no aporta nada a los “buenos” que ya lo tienen todo. En cambio, llena de esperanza a los “malos” que se sienten perdidos. "No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores" El mensaje de Jesús escandalizó, porque hablaba de un Dios que se da a todos sin que tengamos que merecerlo.

Para nosotros, es sobre todo la experiencia que Jesús tuvo de su Abba, la que nos debe orientar en nuestra búsqueda. Jesús no se propuso inventar una nueva religión ni un nuevo Dios. Lo que intentó con todas sus fuerzas, fue purificar la idea de Dios que tenía el pueblo judío en su época. Ese esfuerzo le costó la vida. Jesús en todo momento quiere dejar claro que su Dios es el mismo del AT. Eso sí, tan purificado y limpio de adherencias idolátricas, que da la impresión de ser una realidad completamente distinta.

La forma en que Jesús habla de Dios, como amor-salvación para los hombres, se inspira directamente en su experiencia personal. Naturalmen­te esa vivencia no hubiera sido posible sin hacer suyo el bagaje religioso heredado de la tradición bíblica. En ella se encuentran ya claros chispazos de lo que iba ser la revelación de Jesús. La experiencia básica de Jesús fue la presencia de Dios en su propio ser. Descubrió que Dios lo era todo para él y decidió corresponder siendo él mismo todo para los demás. Tomó concien­cia de la fidelidad de Dios y respondió siendo fiel a sí mismo. Al llamar a Dios "Abba", Jesús abre un horizonte completamente nuevo en las relaciones con el absoluto. 

La base de toda experiencia religiosa reside en la condición de criaturas. El hombre se descubre sustentado por la permanente acción creadora de Dios. El modo finito de ser uno mismo demuestra que no se da a sí mismo la existencia, por lo tanto, es más de Dios que de sí mismo. Sin Dios no sería posible nuestra existencia. El reconoci­miento de nuestra limitación es el camino para llegar a la experiencia de Dios. Él es el único verdadero y sólido fundamento sin el cual, nada existe. Jesús descubre que el centro de su vida está en Dios. Pero eso no quiere decir que tenga que salir de sí para encontrar su centro. Descubrir a Dios como fundamento es fuente de una insospechada humanidad.

Esta idea de Dios supone un salto sobre la idea del AT. Allí Dios era el Todopoderoso que hace un pacto al modo humano, y observa desde su atalaya a los hombres para ver si cumplen o no su “Alianza”, y reacciona en consecuencia. Si la cumplen, los ama y los premia, si no la cumplen, los reprueba y castiga. En Jesús Dios actúa de modo muy diferente. Él es don absoluto e incondicional. Él es agape y se da totalmente. Es el hombre el que tiene que reaccionar al descubrir lo que Dios es para él. La fidelidad de Dios es lo primero y el verdadero fundamento de una actitud humana.

Dios no puede ser un "tú" en el mismo sentido que lo es otro ser humano. Dios sería más bien la realidad que posibilita el encuentro con un tú; es decir, sería como ese tú ilimitado que se experimenta en todo encuentro humano con el otro. Pero a Dios nunca se le puede experimentar directa­mente como tal tú, sin el rodeo del encuentro con un tú humano. No se trata pues, de evitar a toda costa el vocabulario teísta sino exponer con suficiente claridad el carácter analógico de todo lenguaje sobre Dios.

Meditación

La mejor pista nos la da Jesús: “yo y el Padre somos uno”.
Bien entendido que esto lo dijo como ser humano.
Jesús sigue siendo Jesús y Dios sigue siendo Dios,
pero toda diferencia ha desaparecido.
Solo si llego a descubrir lo que soy,
puedo llegar, no a conocer, sino a vivir lo que es Dios.

Fray Marcos




LA MISIÓN DE JESÚS QUEDA EN NUESTRAS MANOS
José Enrique Galarreta
Mt 28, 16-20

Repasemos el conjunto de los relatos y textos de la ascensión,
para poder comprenderlos mejor.

MATEO (Lo leemos hoy como evangelio del día)
La "despedida de Jesús" se produce en Galilea, en un monte. No se señala cuándo. El final es: "Se me ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Por tanto, id a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizadlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo."
Y no se hace ninguna mención de la Ascensión.

MARCOS
La despedida se hace en el Cenáculo, en Jerusalén, el mismo domingo de resurrección. Jesús les da un mensaje de misión semejante el de Mateo. El texto termina así:

"El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba el mensaje con las señales que les acompañaban."

LUCAS (Evangelio)
La despedida se hace en el camino de Betania, el domingo de Resurrección. El último párrafo es: "Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios"

HECHOS (La primera lectura de hoy)
La despedida se hace desde el Monte de los olivos, cuarenta días después de la resurrección. Hay un sermón de misión y una descripción de la subida de Jesús al cielo, por los aires, con la promesa de que volverá.

JUAN (Primera conclusión de su evangelio)
La despedida se hace en el cenáculo, ocho días después del Domingo de Resurrección. El "discurso de despedida" se ha puesto ocho días antes, en la aparición sin Tomás. Dice:

"Paz a vosotros, como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros." Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a los que se los retengáis, les quedan retenidos."

En la aparición con Tomás no hay discurso de misión. No se hace mención alguna a la "partida" de Jesús.

En el añadido del cap. 21, no hay ninguna mención de la Ascensión.

Resumiendo las semejanzas y las diferencias:
· Marcos, Lucas y Hechos sitúan la acción en Jerusalén y sus alrededores, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) recogen la tradición de Galilea.
· Marcos, Lucas y Juan (1ª conclusión) terminan el mismo domingo de la resurrección, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) suponen un tiempo intermedio indefinido, y Hechos habla expresamente de cuarenta días.
· Los cuatro evangelios y los Hechos constatan un sermón de Misión como final del mensaje de Jesús.
· HECHOS describe la partida como un despegar hacia las nubes.
· Marcos y Lucas no describen la partida.
"El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
"Y, mientras los bendecía, se separó de ellos."
· Mateo y Juan no mencionan la "partida" de Jesús.

Estas diferencias, tan notables, nos hacen reflexionar. No es creíble que un mismo autor cuente un suceso de dos formas que, aunque coinciden en lo esencial, presentan fuertes diferencias.

Ampliando esta idea, es sorprendente que los otros testigos lo cuenten de forma tan distinta, y que Juan no lo cuente.

Evidentemente, por todo ello, no nos encontramos ante la simple narración de un suceso, sino de algo más, del significado del suceso, de la fe en lo que sucede en el fondo de lo que se ve.

En este sentido, no debemos olvidar algunas conclusiones claras:
· No es posible la reconstrucción de una "cronología de la resurrección y ascensión del Señor". No lo dan los textos.
· No es posible ignorar el carácter de "relatos de los sucesos de aquel fin de semana" que tienen los primeros textos de la Resurrección (las mujeres en el sepulcro), y el carácter de "profesión de fe" que van adquiriendo los relatos siguientes.
· Los textos de la Ascensión son de género literario "Teofanía" y "profesión de fe", están escritos desde la intención de manifestar la Fe en Jesús Señor.
· En ellos encontramos elementos simbólicos frecuentes en el Antiguo Testamento, y usados por los evangelistas:
ARRIBA
SENTADO A LA DERECHA
LA NUBE
LAS VESTIDURAS BLANCAS
LA VOZ DEL CIELO.

(Relatos de este género, con símbolos semejantes son, entre otros, el Bautismo en el Jordán, la Transfiguración y algunos de los relatos de la infancia y nacimiento)
· El hecho de que Juan los omita - en paralelismo a la omisión del mismo Juan del pasaje de la institución de la Eucaristía - nos muestra a las claras que hay en los evangelistas varias maneras de proclamar la Fe en Jesús Resucitado Señor.

En conclusión. Nos encontramos en la transición del relato de historia - la muerte de Jesús en la cruz - a la proclamación de la Fe en Jesús Señor exaltado por Dios. Y todo ello, en la perspectiva de la Misión, y con la promesa del Espíritu.

Mientras que en los relatos de la Pasión lo central era el suceso, lo que vieron los ojos, en estos relatos lo central es lo que no ven los ojos, el triunfo definitivo de Jesús.

Así pues, las tres lecturas de hoy se mueven entre el simbolismo y el mensaje, y, juntos, nos ayudan a comprender la Ascensión del Señor. Demasiadas veces trivializamos la Ascensión como si fuera un episodio de la vida de Jesús, un "viaje final".

El nacimiento y la muerte en cruz son sucesos: hubo testigos, creyentes o no, que podrían atestiguarlos. La Encarnación, la Resurrección y la Ascensión no son sucesos que los ojos vieron. Son "sucesos de la fe". Y sus relatos no cuentan lo que vieron los ojos, sino lo que la fe creyó.

Nuestra mentalidad tiende inmediatamente a preguntarse ¿qué sucedió? Queremos ante todo saber dónde tuvo lugar este suceso, cuándo sucedió, y qué sucedió exactamente. Y esto es una mala postura previa para la lectura de cualquier texto. La pregunta correcta es, con este relato "¿qué nos quiere decir el autor?".

El mensaje único de todos los textos es simple: Jesús exaltado como Señor encomienda a los discípulos su misión.

Mirándolos desde este punto de vista, los textos son fuertemente coincidentes, mientras que desde nuestra curiosidad por el mero suceso parecen fuertemente divergentes.

TEMA PRIMERO: LA EXALTACIÓN.
Es el tema en que culmina el mensaje de la Resurrección. La Resurrección es presentada siempre como el triunfo sobre la muerte, la liberación del poder del mal. La Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa "despojarse de su condición divina", "hacerse pecado", "humillarse hasta la muerte y muerte de cruz".

Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su entrega total a su misión, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.

La humillación es presentada con la simbología básica del "descenso": "bajó del cielo", "descendió a los infiernos".... Paralelamente, la exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: "subió a los cielos". Pero esta exaltación no es simplemente la de un hombre. Es la manifestación definitiva del Hijo, y por tanto, es acompañada con los signos acostumbrados de las teofanías: la nube, la voz, los hombres de vestidos resplandecientes, la "situación definitiva", "sentado a la diestra de Dios".

Encontramos por lo tanto en estos relatos el último acto de fe de los testigos en Jesús, el hombre lleno del Espíritu, que ha aceptado su misión hasta la muerte y muerte de cruz, que ahora ocupa "su lugar", el que le corresponde por naturaleza.

La Ascensión es "colocar a Jesús donde debe estar", y es un acontecimiento profético, el anuncio de nuestra colocación en nuestro sitio, exaltados a la diestra de Dios, porque "aún no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara".

Es importante que nos acostumbremos a la lectura de los Evangelios superando nuestra propensión a quedarnos en los hechos físicos sensibles. Lo que importa siempre es el significado de los hechos, y eso es lo que constituye el interés fundamental del Evangelista. En los relatos de la Ascensión nos preocupa mucho desde dónde despegó Jesús hacia los cielos, pero lo que importa es que mi destino es Dios y Jesús revela la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.

TEMA SEGUNDO: LA MISIÓN.
Todos los evangelistas terminan su obra con la misión. Terminada su misión, Jesús "se va", y su misma misión queda en manos de los discípulos, de la Iglesia.

La aceptación de Jesús es la aceptación de la misión. Para eso se nos manifiesta Jesús. El sentido de la vida de los cristianos es muy preciso: han sido elegidos para la misión, para dar a conocer a todos lo que han recibido.

Se puede no aceptar la misión. Se puede no ser cristiano. El que acepta, es para convertirse en mensajero de Jesús.

CONCLUSIONES
La Ascensión no es un hecho físico. "Arriba" está la estratosfera, no la residencia de los dioses. Los astronautas no están más cerca de Dios. "Abajo", pero ¿en qué dirección? ¿A partir del polo Norte o del Polo Sur?

"Descendió a los infiernos" significa lo mismo que "subió a los cielos", es decir, que es Señor de la vida y de la muerte, del pasado y del presente. Es buena la simbología, porque nos ayuda a imaginar, cosa que nuestro conocimiento necesita. Pero no es bueno permanecer en la situación mental de los niños que confunden los símbolos con la realidad. Y es bueno recordar que el Cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona.

A nosotros no nos gusta este modo de expresarse. Pero no se trata de que nos guste. Se trata de que la Palabra está siempre encarnada, y de que ésta es la manera de expresarse de aquellos hombres que fueron los que nos expresaron la Palabra.

Los relatos de la Ascensión son profesiones de fe. Se responde a la pregunta fundamental acerca de Jesús: ¿quién este hombre? Y se responde: es el hombre lleno del Espíritu, que le hace Hijo, que fue crucificado pero está Vivo por la fuerza de ese Espíritu, y ha sido "exaltado por Dios a su derecha". Se nos invita hoy a hacer nuestra esta fe. Es el día en que debemos reafirmar, de todo corazón, nuestra fe en Jesús.

La Ascensión es una invitación no sólo a reconocerle sino a seguirle; se nos invita a la misma misión de Jesús. Es también el día en que la tenemos que aceptar. Nuestra celebración de la Ascensión no puede terminar sin más en el gozo por el triunfo de Cristo. Es el día en que decimos a Jesús: "Te puedes marchar tranquilo; tu misión queda en nuestras manos; cuenta con nosotros."

En resumen:
Creo en Jesús, el Señor,
revelación de Dios y del sentido de la vida:
acepto la vida como misión recibida de El,
para que todos los hombres le conozcan y salven su vida.
Espero mi plenitud, y la de todas las cosas, en El.

O R A C I O N
Bendito sea Dios,
el Padre de Jesús, nuestro Padre,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones,
que nos ha mostrado en Jesús, su rostro, su corazón
y nos ha elegido para la misión más bella,
que toda la humanidad conozca la Buena Noticia de Jesús.
Bendito sea Jesús, el hombre lleno del Viento de Dios,
que ha hecho de nuestra vida algo nuevo, distinto,
nos ha devuelto la dignidad y la esperanza,
nos ha dado motivos para vivir y para creer.
Bendito sea el Viento de Dios,
el que animaba y arrastraba a Jesús,
al que sentimos presente en nuestra vida.
Bendito seas, Jesús,
que pasaste haciendo el bien
y curando a todos los oprimidos por el mal,
porque el Viento de Dios estaba contigo.,
Bendito seas, Jesús, nuestro Señor.

José Enrique Galarreta




FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
José Luis Sicre

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad. Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. Cambiando el orden de las lecturas subrayo la relación especial de cada una de ellas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Dios Padre (Deuteronomio 4, 32-34. 39-40)

Como es lógico, un texto del Deuteronomio, escrito varios siglos antes de Jesús, no puede hablar de la Trinidad, se limita a hablar de Dios. Su autor pretende inculcar en los israelitas tres actitudes:
1) admiración ante lo que el Señor ha hecho por ellos, revelándose en el Sinaí y liberándolos previamente de la esclavitud egipcia;
2) reconocimiento de que Yahvé es el único Dios, no hay otro; cosa que parece normal en un mundo como el nuestro, con tres grandes religiones monoteístas, pero que suponía una gran novedad en aquel tiempo;
3) fidelidad a sus preceptos, que no son una carga insoportable, sino el único modo de conseguir la felicidad.

Dios Hijo (Mateo 28, 16-20)
El texto del evangelio, el más claro de todo el Nuevo Testamento en la formulación de la Trinidad, pero al mismo tiempo pone de especial relieve la importancia de Jesús.

A lo largo de su evangelio, Mateo ha presentado a Jesús como el nuevo Moisés, muy superior a él. El contraste más fuerte se advierte comparando el final de Moisés y el de Jesús. Moisés muere solo, en lo alto del monte, y el autor del Deuteronomio entona su elogio fúnebre: no ha habido otro profeta como Moisés, «con quien el Señor trataba cara a cara, ni semejante a él en los signos y prodigios...» Pero ha muerto, y lo único que pueden hacer los israelitas es llorarlo durante treinta días.

Jesús, en cambio, precisamente después de su muerte es cuando adquiere pleno poder en cielo y tierra, y puede garantizar a los discípulos que estará con ellos hasta el fin del mundo. A diferencia de los israelitas, los discípulos no tienen que llorar a Jesús sino lanzarse a la misión para hacer nuevos discípulos de todo el mundo. ¿Cómo se lleva a cabo esta tarea? Bautizando y enseñando. Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo equivale a consagrar a esa persona a la Trinidad. Igual que al poner nuestro nombre en un libro indicamos que es nuestro, al bautizar en el nombre de la Trinidad indicamos que esa persona le pertenece por completo.

En la primera lectura, Dios exigía a los israelitas: «guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo»; en el evangelio, Jesús subraya la importancia de «guardar todo lo que os he mandado».

Dios Espíritu Santo (Romanos 8, 14-17)

La formulación no es tan clara como en el evangelio, pero Pablo menciona expresamente al Espíritu de Dios, al Padre, y a Cristo. No lo hace de forma abstracta, como la teología posterior, sino poniendo de relieve la relación de cada una de las tres personas con nosotros.

Lo que se subraya del Padre no es que sea Padre de Jesús, sino Padre de cada uno de nosotros, porque nos adopta como hijos.

Lo que se dice del Espíritu Santo no es que «procede del Padre y del Hijo por generación intelectual», sino que nos libra del miedo a Dios, de sentirnos ante él como esclavos, y nos hace gritarle con entusiasmo: «Abba» (papá).

Y del Hijo no se exalta su relación con el Padre y el Espíritu, sino su relación con nosotros: «coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados».

Reflexión final
La fiesta de la Trinidad provoca en muchos cristianos la sensación de enfrentarse a un misterio insoluble, no es la que más atrae del calendario litúrgico. Sin embargo, cuando se escuchan estas tres lecturas la perspectiva cambia mucho.

El Deuteronomio nos invita a recordar los beneficios de Dios, empezando por el más grande de todos: su revelación como único Dios. (Esto no debemos interpretarlo como una condena o infravaloración de otras religiones).

El evangelio nos recuerda el bautismo, por el que pasamos a pertenecer a Dios.

La carta a los Romanos nos ofrece una visión mucho más personal y humana de la Trinidad.

Finalmente, las tres lecturas insisten en el compromiso personal con estas verdades. La Trinidad no es sólo un misterio que se estudia en el catecismo o la Facultad de Teología. Implica observar lo que Jesús nos ha enseñado, y unirnos a él en el sufrimiento y la gloria.

José Luis Sicre




La iglesia chilena espera tiempos mejores 
Jorge Costadoat, SJ. (Chile)

Por los años sesenta y setenta Pablo VI nombró en Chile una generación de obispos excepcionales. Juan Pablo II, a partir de los años ochenta, en Chile y el resto de América Latina, nombró obispos con poca libertad para interpretar la doctrina de la Iglesia, hombres sin las luces de la generación anterior, timoratos, estrictamente fieles al gobierno del Papa.

Los obispos chilenos de Pablo VI hicieron frente a la dictadura de Pinochet. El cardenal Raúl Silva Henríquez creó la Vicaría de la Solidaridad que acogió y defendió a las víctimas de violaciones de los derechos humanos. Bajo la inspiración de la conferencia episcopal de Medellín (1968) y luego de la de Puebla (1979), y de la Teología de la liberación, la Iglesia chilena hostigada y perseguida, especialmente en las comunidades eclesiales de base, experimentó un fervor evangélico y profético extraordinario.

Estos mismos años, sin embargo, comenzó a hacerse fuerte el catolicismo conservador, discordante de las voces oficiales. Tenía a su favor a Pinochet y al cardenal Sodano, el nuncio. También tenía el viento favorable al entrevistado de Messori en Informe sobre la fe, el cardenal Ratzinger, el principal intérprete del Concilio en los últimos cincuenta años y fiero censurador de los teólogos de la liberación.

Lo que explica en gran medida las proporciones del problema de la Iglesia chilena actual, es que este fortalecimiento del catolicismo conservador se concentró en la agrupación sacerdotal muy poderosa creada por un párroco, el sacerdote Fernando Karadima, un hombre intelectualmente limitado, pero encantador de la elite. Este generó en torno a su persona una verdadera secta de jóvenes frágiles psicológicamente de los que abusó sexual y espiritualmente. No sin el consentimiento de Sodano, quien tenía un despacho privado en la parroquia de Karadima, de este grupo fueron nombrados obispos Juan Barros, quien llegó a constituirse en la “manzana de la discordia”, Andrés Arteaga, Tomislav Koljatic y Horacio Valenzuela.

El caso estalló en 2010. El nuevo arzobispo de Santiago el cardenal Francisco Javier Errázuriz, apartó al párroco de sus funciones. Pero lo hizo después que las víctimas de Karadima, James Hamilton, Juan Carlos Cruz y Andrés Murillo, le rogaran justicia desde 2003. El año 2011, el nuevo arzobispo, Ricardo Ezzati, tras investigar la situación, sancionó al párroco, impidiéndole ejercer públicamente el sacerdocio y la dirección espiritual. Paralelamente el caso fue presentado ante los tribunales de justicia los cuales, luego de haber juzgado culpable a Karadima, lo absolvieron por prescripción de los delitos.

En los años sucesivos se destaparon numerosos casos de abusos sexuales del clero, abusos de pederastia y pedofilia. Unos terminaron con sentencias civiles (hay sacerdotes presos), otros con sentencias canónicas (restringidos en su funciones sacerdotales) y, en fin, algunos cuantos aún están siendo investigados. Los doce recién suspendidos en Rancagua completan un panorama es desolador. El clero y casi todas las agrupaciones religiosas de varones, han tenidos casos de abusos y acusaciones (incluidos nosotros los jesuitas).

El Papa Francisco, después de equivocarse más de dos veces respecto a Juan Barros, repudiado por la diócesis de Osorno, decidió informarse a fondo y tomar medidas drásticas. Envió a Chile a investigar la situación al obispo de Malta Charles Scicluna y a Jordi Bertomeu, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El resultado de esta indagación hizo concluir al Papa que había sido mal informado. ¿Quién lo informó mal? No lo sabemos. Pero, o él no le hizo caso a Francisco Javier Errázuriz, uno de la comisión de los “Nueve” (uno de sus estrechos colaboradores), ni al nuncio Ivo Scápolo, que por cercanía y cargo debieron hacerlo, o estos, o uno de estos, inclinaron la balance del lado de Barros. M. Ezzati, en cambio, tendrá otros “pecados”, pero se sabe que se opuso al nombramiento del obispo de Osorno.

Hoy, tras la renuncia de todo el episcopado chileno, parece cerrarse un capítulo y abrirse otro. ¿Será uno mejor?

La situación es inaudita. La carta que el Papa que entregó en privado a los obispos para discernir con ellos el futuro de la Iglesia chilena, es conmovedora. Este documento revela el impacto que han producido en Francisco los gravísimos abusos sexuales, psicológicos y de conciencia, de mayores y menores; y a su vez, estremece a los católicos por el tipo de inmoralidades cometidas por obispos y mandos medios en labores de encubrimiento de tales abusos y delitos. El documento, por una parte, esboza un verdadero programa de futura reforma de la Iglesia chilena y, por otra, confirma la comisión de irregularidades tan graves como destruir archivos, es decir, eliminación de pruebas. Cualquiera puede imaginar que el informe de 2,400 páginas que el investigador Charles Scicluna entregó al Pontífice, es espeluznante.

¿Qué viene? Suponemos que Francisco acogerá la renuncia de varios obispos renunciados ¿Cuántos? Es casi seguro que saldrán de la conferencia los cuatro dirigidos espirituales de Karadima. Además, todos los que ya habían renunciado por edad. Son cuatro. ¿Alguien más? No sabemos. Es decir, en el futuro inmediato tendrá que nombrarse, por lo menos, a ocho obispos y a un noveno por la sede vacante de Valdivia.

¿Qué viene? Ignoramos si los obispos que queden y los nuevos estarán a la altura de las exigencias que el Papa les ha puesto en el documento en comento. Francisco pide a todos trabajar por una Iglesia profética que sepa “poner a Cristo en el centro” de su corazón y de su acción. Un Iglesia profética, como la de los obispos de Pablo VI que se orientó por la opción por los pobres y encaró las violaciones de los derechos humanos, y no como la que vino después, la de la jerarquía que, en palabras de Francisco, “dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma”.

He aquí que surge una pregunta inquietante: ¿estarán capacitados los obispos que queden para emprender una conversión de esta magnitud? ¿Claudicarán estos a su alianza de clase con la elite de un país injusto como Chile? Hay entre estos obispos muy conservadores e incluso alguno que, antes de ser sacerdote, trabajó como abogado en dependencias de la dictadura. Si el Papa Francisco quiere realmente hacer los cambios que su giro pastoral requiere, tendrá que poner los medios para que sus palabras no queden en letra muerta. Deberá aceptar la renuncia de varios obispos más. Tendrá que desnivelar la conferencia episcopal. La Iglesia chilena ha pretendido operar con dos pastorales al mismo tiempo: una para los sectores altos, acomodados y religiosamente de tendencia pre-conciliar; y otra inspirada por las conferencias de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida que, como cuatro martillazos sobre un mismo clavo, ratificaron una opción preferencial por los pobres. Pero en los últimos veinticinco años, al menos en la diócesis de Santiago, parece no haber pastoral alguna.

Otra pregunta: ¿Hay gente que pueda ser nombrada para reemplazar a los que se van que cumpla con el giro que el Papa quiere darle a la Iglesia chilena? En su carta hay una queja contra los seminarios. Los seminarios del período del “invierno eclesial” de Juan Pablo II han “resacralizado” al clero. Este tipo de clero, concluye la Royal Comision sobre los abusos de menores en Australia (2017), genera relaciones humanas asimétricas e inapropiadas.

El Papa Francisco delinea un programa y pone los fundamentos para esperar algo mejor. Por de pronto, recuerda que Dios actúa en el santo pueblo de Dios y que en este pueblo hay una fe y una energía extraordinaria. Si los futuros obispos no se nutren y aprenden del pueblo de Dios en quien reside la fe de la Iglesia, creo yo, volveremos a lo mismo. Es imperioso, por tanto, dar participación a los fieles en la organización de su Iglesia. Lo dice Francisco con estas palabras: “Permítanme la insistencia, urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial”, dejando de lado la “psicología de las elites” (estilo y prácticas sectarias). ¿Participarán en alguna instancia los laicos en la elección de los próximos obispos?

Es la hora de los laicos. Esperamos que la nueva generación de obispos termine de “ordenar la casa” y ponga la Iglesia al servicio del mundo. Lo hagan o no lo hagan, ya ahora los católicos, curas y fieles debieran asumir un rol protagónico. Urge crear algo nuevo. Se necesita una Iglesia de comunidades. Se necesitan comunidades de todo tipo que exijan respeto y participación, capaces de representar con respeto sus diferencias a la autoridad y de rebelarse contra los atropellos. Es imperiosa más creatividad, más solidaridad con el prójimo, más participación de las mujeres, en una palabra, más Evangelio.

Jorge Costadoat, SJ. (Chile)
Fuente: http://jorgecostadoat.cl/wp/



LA LIBERTAD EMPIEZA DENTRO
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Muchas veces me pregunto: ¿Qué es libertad? ¿Poder elegir lo que quiero? ¿Poder expresarme, reunirme, votar, realizarme sin restricciones?

No voy a entrar en disquisiciones filosóficas sobre el término. Me interesa la vida.
Por ejemplo, el escalón básico para ser libre es tener acceso a la alimentación, la habitación, la salud, la cultura, la relación humana. En este sentido hay un tercio de la humanidad que no disfruta de las condiciones esenciales de la libertad.
Pero, cuando tienes un plato para comer, un lecho para descansar y un libro para leer, ¿eres libre?

Cuando el adolescente pide libertad, generalmente habla de poder “hacer lo que le de la gana”. Este tipo de libertad, si se ejerce, suele acabar con el deterioro de la persona.
Personalmente tuve experiencias muy duras respecto a la libertad de expresión que me fue coartada en varias ocasiones de mi vida. En mi caso la palabra ha sido un sacramento de liberación. Tenía razón el padre Baltasar Gracián, que sufrió los sinsabores de la persecución por sus ideas, al decir que “no hay señorío mayor que la libertad de corazón”. O cuando Shakespeare confesaba a través de uno de sus personajes que “me pueden encerrar en una nuez, pero soy dueño de los espacios infinitos”. 

En aquellos tiempos difíciles para la lírica y la libertad de expresión, especialmente en la Iglesia, felizmente superados con el papa Francisco, la creación literaria ha supuesto para mi nada más y nada menos que respirar nuevos aires de libertad, trasladarme a otros mundos abiertos, y recuperar de alguna manera los horizontes del mar de mi infancia, es decir la capacidad de ver y sentir a Dios en la vida, contemplándose en el espejo de su universo.

Pero hay un paso más. Al cabo de los años he descubierto que libertad es responder a lo más hondo de mi mismo, al horizonte que llevo inscrito en mi interior. La percepción mística (no hay que asustarse del término) es directa, no es un pensamiento, está más allá del pensamiento. A veces aparece entre dos respiraciones, al escuchar una música, al leer un poema, al contemplar un árbol. Es como si captaras el ser en e Ser. No por mucho razonar se encuentra la verdad y la libertad interior. Así sucede, por ejemplo, en los momentos claves de la vida: cuando te enamoras, te nace un hijo, el un momento de gran alegría o dolor. No depende de que seas joven o viejo, guapo o feo, sano o enfermo: siempre eres.

La verdadera religión hace hombres libres y quita los miedos. Permite leer de otra manera el universo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré”. La verdadera religión no es una moral, ni un puñado de dogmas, sino una actitud por la que te sientes parte de un Todo. ¡Cuántos oprimidos por el sentimiento de culpa, de raza, de género, de nación, de normas absurdas, de mil sectas! 

Es cierto que tenemos que vivir en el mundo de la manifestación, que es temporal y cambiante, pero basta con contemplar ese no sé qué que hay detrás, algo no tornadizo que llevo dentro para ser libre en cualquier estado o condición.

Eso no quita que haya que luchar por la libertad exterior, sobre todo contra la explotación de los más esclavizados de nuestro mundo. Pero la verdadera libertad empieza siempre dentro, y esa nada ni nadie te la puede arrebatar, es el agua de la Samaritana que quita la sed y supera incluso la muerte, que “salta a la vida eterna”.

Pedro Miguel Lamet, SJ.