jueves, 22 de marzo de 2018

José Antonio Pagola - IDENTIFICADO CON LAS VÍCTIMAS


José Antonio Pagola - IDENTIFICADO CON LAS VÍCTIMAS

Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el Imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.

No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del Imperio y con los olvidados por la religión del Templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.

En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda darle culto olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.

Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.

Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Hemos de rebelarnos contra esa cultura del olvido que nos permite aislarnos de los crucificados, desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una «lejanía» donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.

No podemos encerrarnos en nuestra «sociedad del bienestar», ignorando a esa otra «sociedad del malestar» en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido sufrimiento. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.

Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si la miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.

Domingo de Ramos - B
(Marcos 14,1-72; 15,1-47)
25 de marzo 2018

José Antonio Pagola 




PREGÓN AL INICIO DE LA SEMANA SANTA
Florentino Ulibarri

Éste es el tiempo de la historia,
de la historia pura y dura
que sucede cada día a todas horas;
de la pasión de Dios desbordada
sobre nosotros y las realidades humanas
que gritan y mueren machacadas.

Éste es tiempo de muerte y vida,
de salvación a manos llenas;
del nosotros compartido,
del todos o ninguno;
de gestos que destilan esperanza
y del silencio respetuoso y contemplativo.

Tiempo de amor, tiempo de clamor;
tiempo concentrado, tiempo no adulterado;
tiempo santo, humano y divino,
para sorberlo hasta la última gota;
tiempo en el que Dios nos toma la delantera
y nos ofrece la vida a manos llenas.

Tiempo de fidelidad y Nueva Alianza
por encima de lo que sabemos,
queremos, soñamos y podemos.
Es el tiempo de todos los que han perdido,
de los que han sufrido o malvivido,
y de los que se han dado sin medida a su ejemplo.

Es el tiempo de la memoria subversiva,
de Dios haciendo justicia
en el templo y en la historia
y dándonos su espíritu y vida.
¡Es Semana Santa, humana y divina,
gratuita y portal de la Pascua florida!



EN LA MUERTE DE JESÚS DESCUBRIMOS LA VIDA
Fray Marcos
Mc 14-15

Como en el caso de la purificación del templo, no podemos pensar que la entrada en Jerusalén fue una manifestación multitudinaria. Hubiera sido la ocasión ideal, que los dirigentes judíos estaban esperando, para prender a Jesús. Probablemente se trató de un pequeño grupo de seguidores que se unieron a los discípulos en aclamaciones espontáneas. Jesús había desarrollado toda su actividad en Galilea, y la mayor parte de los peregrinos que venían a la fiesta eran galileos. Muchos de ellos reconocerían a Jesús, que también subía a Jerusalén, y se unieron a su grupo.

Lo verdaderamente importante en el relato de la pasión, está más allá de lo que se puede narrar. Lo esencial de lo que ocurrió no se puede meter en palabras. Lo que los textos nos quieren transmitir hay que buscarlo en la actitud de Jesús que refleja plenitud de humanidad. Lo importante no es la muerte física de Jesús sino descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para los discípulos. Semana Santa es la ocasión privilegiada para plantearnos la revisión de nuestros esquemas teológicos sobre el valor de la muerte en la cruz.

Estamos en el mejor momento del año para tomar conciencia de la coherencia de toda la vida de Jesús. Dándose cuenta de las consecuencias de sus actos, no da un paso a tras, y las acepta plenamente. Es una advertencia para nosotros, que estamos siempre acomodándonos para evitar consecuencias desagradables. Sabemos que nuestra plenitud está en darnos a los demás pero seguimos calculando nuestras acciones para no ir demasiado lejos, poniendo límites “razonables” a nuestra entrega; sin darnos cuenta de que un amor calculado es egoísmo camuflado.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo frontal y absoluto por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos no eran gente depravada, que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía ser fiel a la voluntad de Dios, que ellos encontraban en la Ley. También para Jesús era prioritaria la voluntad del Padre, pero no la buscaba en la Ley sino en el hombre.

¿Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo? La respuesta no era tan sencilla. Por una parte, Jesús iba claramente contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra, los signos de amor a todos eran una muestra de que Dios estaba con él, como apuntó Nicodemo. Lo mataron porque denunció a las autoridades religiosas que, con su manera de entender la religión, oprimían al pueblo. Le mataron por afirmar, con hechos y palabras, que el valor del hombre concreto está por encima de la Ley y del templo.

¿Por qué murió? No podemos saber lo que Jesús experimentó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco ni era masoquista. Tuvo que darse cuenta que los jefes religiosos querían eliminarlo. Lo que nos importa a nosotros es descubrir las poderosas razones que Jesús tenía para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro que eso le costaría la vida. Tomó conscientemente la decisión de ir a Jerusalén donde estaba el peligro. Que le importara más ser fiel a sí mismo que salvar la vida es el dato que nosotros debemos valorar. Demostró que la única manera de ser fiel a Dios es ponerse del lado del oprimido.

No se puede pensar en la muerte de Jesús desconectándola de su vida. Su muerte fue consecuencia de su vida. No fue una programación por parte de Dios para que su Hijo muriera en la cruz y de este modo nos librará de nuestros pecados. Jesús fue plenamente un ser humano que tomó sus propias decisiones. Porque esas decisiones fueron las adecuadas, de acuerdo con las exigencias de su verdadero ser, nos han marcado a nosotros el camino de la verdadera salvación. Si nos quedamos con el Hijo, que murió por obediencia al Padre, hemos malogrado su muerte y su vida.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Hay explicaciones teológicas de la muerte de Jesús que se siguen presentando a los fieles, aunque la inmensa mayoría de los exégetas y de los teólogos las han abandonado hace tiempo. No debemos seguir interpretando la muerte de Jesús como un rescate exigido por Dios para pagar la deuda por el pecado. Además de ser un mito ancestral, está en contra de la idea de Dios que el mismo Jesús desplegó en su vida. Un Dios que es amor, que es Padre, no casa muy bien con el Señor que exige el pago de una deuda hasta el último centavo.

Para los discípulos, la muerte fue el revulsivo que les llevó al descubrimiento de lo que era verdaderamente Jesús. Durante su vida lo siguieron como el amigo, el maestro, incluso el profeta; pero no pudieron conocer el verdadero significado de su persona. A ese descubrimiento llegaron por un proceso de maduración interior, al que solo se puede llegar por experiencia. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquel Jesús de Nazaret, al Señor, al Mesías al Cristo y al Hijo. En esto consistió la experiencia pascual. Ese mismo recorrido debemos hacerlo nosotros.

A nosotros hoy, la muerte de Jesús nos obliga a plantear la verdadera hondura de toda vida humana. Jesús supo encontrar, como ningún otro ser humano, el camino que debemos recorrer todos para alcanzar plenitud humana. Amando hasta el extremo, nos dio la verdadera medida de lo humano. Desde entonces, nadie tiene que romperse la cabeza para buscar el camino de mayor humanidad. El que quiera dar sentido a su vida, no tiene otro camino que el amor total, hasta desaparecer.

La interpretación de la muerte de Jesús determina la manera de ser cristiano. Ser cristiano no es subir a la cruz con Jesús, sino ayudar a bajar de la cruz a tanto crucificado que hoy podemos encontrar en nuestro camino. Jesús, muriendo de esa manera, hace presente a un Dios sin pizca de poder, pero repleto de amor, que es la fuerza suprema. En ese amor reside la verdadera salvación. El “poder” de Dios se manifiesta en la vida de quien es capaz de amar entregando todo lo que es.

Meditación

Ningún sufrimiento salva por sí mismo, tampoco el de Jesús.
Lo que salva es la fidelidad a su verdadero ser,
Vivir una verdadera humanidad, es perder el miedo a la muerte.
El miedo a la muerte es la esclavitud más difícil de superar.
Toda opresión nace de esta esclavitud.

Fray Marcos



EL TRIUNFO DE JESÚS SERÁ LA CRUZ
José Enrique Galarreta
Mc 15, 1-41

Leemos hoy el relato de la Pasión según Marcos. Debemos recordar que los relatos de la Pasión son los que, probablemente, se pusieron por escrito antes que ninguno: constituían lo fundamental de la catequesis sobre Jesús, y planteaban el primer problema para los que iban a creer en él: creer en un crucificado, creer que, a pesar de su muerte deshonrosa, rechazado por los jefes de Israel, "Dios estaba con Él".

Por otra parte, debemos recordar también que son los relatos más "históricos" de los evangelios. En muchos otros momentos, el significado es más importante que lo sucedido. Aquí, el mensaje es el suceso. Es la pasión y la muerte de Jesús, sucedidas históricamente, lo que constituye para nosotros una Palabra de Dios.

El Domingo de ramos puede celebrarse simplemente como el día del triunfo, aunque fuera efímero, de Jesús. Es como si todo Israel, por un sorprendente efecto del Espíritu, se lanzara a la calle para aclamarle como Mesías-Rey.

Esta interpretación es fuertemente deficiente. En primer lugar, el suceso fue mucho menos espectacular que lo que se ha querido interpretar. Un grupo de galileos peregrinos por Pascua en Jerusalén aclaman a Jesús y lo proclaman Mesías. Jerusalén entera se sorprende, preguntan quién es ése, les responden que es Jesús, el profeta de Nazaret... Y el triunfo es modesto, incluso en sus símbolos, el pollino, los niños aclamando.

En segundo lugar, el triunfo es muy simbólico: Jesús no entra como un monarca poderoso, ni va al templo a recibir honores. Jesús no protagoniza al Mesías Davídico, sino que se asemeja más bien al siervo de Isaías; su aspecto sufriente no aparece el Domingo más que en la oposición de los sacerdotes y de sus enemigos fariseos, pero se mostrará definitivamente el Viernes Santo. Los signos son mesiánicos, pero no davídicos.

Todo esto nos lleva a considerar el mesianismo de Jesús, y el nuestro. Jesús va a triunfar, pero en la cruz. No va a triunfar destruyendo a sus enemigos, imponiéndose a los sacerdotes ni logrando la independencia de Israel. Va a triunfar llegando hasta el final: dar su vida.

El triunfo de Jesús no es como el triunfo de Alejandro Magno ni siquiera como los triunfos del Rey David. El triunfo de Jesús va a ser la fe de los discípulos, que lo reconocerán como El Señor, por su muerte y su resurrección. No es el triunfo del rey; es el triunfo del grano de trigo, que triunfa al morir, porque será fecundo.

Así, el Domingo de Ramos introduce los parámetros correctos para acercarnos a la Semana Santa comprendiendo y celebrando el mensaje central de nuestra fe, sin dejarnos llevar por tendencias que serían muy de nuestro gusto, pero que son corregidas por el mismo Jesús.

Nos gustaría un triunfo espectacular y multitudinario, pero Jesús no va a triunfar de esta manera; es más, va a ser rechazado, humillado y aparentemente vencido por sus enemigos. Nos gustaría una resurrección igualmente espectacular; más bien nos gustaría que, cuando sus enemigos le increpan: "baja de la cruz y creeremos en ti", Jesús bajara de la cruz, milagrosamente, y todos cayeran a sus pies, adorándole.

Nuestra lógica pediría que el Mesías fuese recibido en triunfo por su pueblo, y que Jesús entronizara la Nueva Alianza sobre el pedestal de la Antigua. En resumen, también a nosotros nos gusta más el Mesías al modo Davídico, un soberano espiritual y material, un rey-pontífice entronizado de parte de Dios para poner orden en las naciones.

De hecho, ésta ha sido y es la tentación de la Iglesia. A lo largo de la historia, la iglesia ha pretendido ser el reino de Dios en la tierra de manera jurídica y exterior. Y no solamente respecto a los otros poderes del mundo, reyes y emperadores sometidos al Representante de Cristo, sino en su afán de gobernar las conciencias, en la auto-atribución de poderes presuntamente otorgados por Dios mismo a sus dirigentes.

Los dignatarios eclesiásticos han tenido la consideración y el aspecto de príncipes, y hasta la celebración de la Eucaristía se ha revestido de atributos triunfales, como una celebración del reconocimiento universal del poder de la divinidad (y de sus representantes), acatado por todos (incluso por personas en cuyo espíritu no haya nada del Espíritu de Jesús).

El Domingo de Ramos nos cura de todas esas fantasías imperiales. Jesús triunfa porque el Espíritu le lleva hasta dar la vida.

Jesús no es el Rey David que viene a construir su reino acabando con sus enemigos, sino el grano de trigo que es enterrado y muere. Los enemigos de Jesús no son algunas personas, sino los pecados, que están en todas las personas, incluidos sus mismos seguidores. El poder de Jesús no es la imposición desde fuera, desde arriba, sino la conversión desde dentro, desde abajo.

Este es el simbolismo de la purificación del Templo. En realidad, Jesús está destruyendo simbólicamente el Templo. Uno de los pasos más significativos que dieron los primeros seguidores de Jesús fue sustituir el Templo por la casa, los sacrificios por la fracción del pan.

En las primeras comunidades desaparecieron los sacerdotes y los pontífices, los ritos suntuosos y los tributos para el culto. Fueron sustituidos por la comunidad fraternal que vivía de la Palabra y ponía todo en común. No pretendieron imponerse sino convertir, se desentendieron del poder religioso y político y empezaron a cambiar la sociedad cambiando las conciencias por le fe en Jesús. Y estuvieron dispuestos a sufrir por todo ello y gozosos de poder hacerlo.

Más tarde, todo fue alterado. Pertenecer a la Iglesia se convirtió en una ventaja social, la pequeña semilla se convirtió, no en un modesto arbusto de mostaza, sino en un baobab gigantesco y aparatoso, dogmático y jurídico, anatematizador y perseguidor de cuantos se le oponían. La eucaristía doméstica cedió paso al culto en los recuperados templos, volvieron a mandar los sacerdotes sobre el pueblo obediente y silencioso, y el poder de Dios manifestado en sus Pontífices dictó sus normas a la sociedad entera.

En resumidas cuentas, volvió a triunfar el templo sobre la casa, el sacrificio sobre la fracción fraternal del pan, el espectáculo sobre la conversión.

La celebración del Domingo de Ramos puede acentuar cualquiera de estas dos tendencias, tan frontalmente opuestas. Nuestra procesión de ramos y nuestra eucaristía pueden ser un triunfo del mesías-rey o un anuncio del triunfo de Jesús en la cruz. Se nos enfrenta por tanto a una elección: el triunfo de Cristo como a nosotros nos gustaría, o la aceptación y celebración del triunfo real de Jesús, que no es otro que la muerte y la resurrección.

José Enrique Galarreta



DOMINGO DE RAMOS
José Luis Sicre

Este domingo se lee el relato de la Pasión de Jesús en el evangelio de Marcos. Dada su extensión me limito a sugerir dos puntos de atención (Jesús y sus discípulos) y a ofrecer cuatro posibles lecturas de la pasión.

Dos puntos de atención
¿Quién es Jesús?
El relato del capítulo 15 supone un gran contraste con el de los dos anteriores, 13-14. En estos, Jesús se enfrenta a toda clase de adversarios en diversas disputas y los vence con facilidad. Ahora, los adversarios, derrotados a nivel intelectual, deciden vencerlo a nivel físico, matándolo (14,1). Lo que más se destaca en Jesús es su conocimiento y conciencia plena de lo que va a ocurrir: sabe que está cercana su sepultura (14,8), que será traicionado por uno de los suyos (14,18), que morirá sin remedio (14,21), que los discípulos se dispersarán (14,27), que está cerca quien lo entrega (14,42). Las palabras que pronuncia en esta sección están marcadas por esta conciencia del final y tienen una carga de tristeza. Como cualquiera que se acerca a la muerte, Jesús sabe que hay cosas que se pierden definitivamente: la cercanía de los amigos ("a mí no siempre me tendréis con vosotros": 14,7), la copa de vino compartida (14,25). No falta un tono de esperanza: del vino volverá a gozar en el Reino de Dios (14,25), con los discípulos se reencontrará en Galilea (14,28). Pero predomina en sus palabras un tono de tristeza, incluso de amargura (14,37.48-49), con el que Marcos subraya ―una vez más― la humanidad profunda de Jesús.

Cuatro veces se debate en estos capítulos la identidad de Jesús: el sumo sacerdote le pregunta si es el Mesías (14,61), Pilato le pregunta si es el Rey de los judíos (15,2), los sumos sacerdotes y escribas ponen como condición para creer que es el Mesías que baje de la cruz (15,31-32), el centurión confiesa que es hijo de Dios (15,39). A la pregunta del sumo sacerdote responde Jesús en sentido afirmativo, pero centrando su respuesta no en el Mesías, sino en el Hijo del Hombre triunfante (14,62). A la pregunta de Pilato responde con una evasiva: "tú lo dices" (15,2). A la condición de los sumos sacerdotes y escribas no responde. Cuando el centurión lo confiesa hijo de Dios, Jesús ya ha muerto.

Los discípulos
Los datos son conocidos. Se entristecen al enterarse de que uno de ellos lo traicionará; pero, llegado el momento, todos huyen. Una vez más, Pedro desempeña un papel preponderante. Se considera superior a los otros, más fiel y firme (14,29), pero comenzará por quedarse dormido en el huerto (14,37) y terminará negando a Jesús (14,66-72). En este contexto de abandono total por parte de los discípulos adquiere gran fuerza la escena final del Calvario, cuando se habla de las mujeres que no sólo están al pie de la cruz, sino que acompañaron a Jesús durante su vida (15,40-41).

Cuatro lecturas posibles de los relatos de la pasión de Jesús.
La lectura de identificación personal y afectiva
El testimonio escrito más antiguo que poseemos en este sentido es el de san Pablo. A veces, cuando habla de la muerte de Jesús, lo hace con frialdad dogmática, recordando que murió por nuestros pecados. Pero en otra ocasión lo enfoca de manera muy personal y afectiva: "He quedado crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí. Y mientras vivo en la carne vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí" (Gal 2,19-20). En línea parecida, san Ignacio de Loyola, en la tercera semana de los Ejercicios espirituales, cuando se contempla la pasión, el ejercitante debe pedir "dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, llanto, pena interna de tanta pena como el Señor pasó por mí".

La lectura indignada
Es la que practicamos todas las mañanas al leer el periódico, cuando acompañamos la lectura de los titulares y de las noticias con toda suerte de imprecaciones, insultos y maldiciones. Los relatos de la pasión cuentan tal cantidad de atropellos, injusticias, traiciones, que se prestan a una lectura indignada. Sin embargo, los evangelios nunca invitan al lector a indignarse con la traición de Judas, a maldecir a las autoridades judías o romanas que condenan a Jesús, a insultar a quienes se burlan de él, a sentir como en el propio cuerpo los azotes, la corona de espina o los clavos, a llorar la muerte de Jesús. En ningún momento pretenden los evangelios excitar los sentimientos y, mucho menos, fomentar el sentimentalismo.

1) la división minuciosa de cada episodio, que a veces quizá parezca exagerada, como cuando distingo siete momentos en el relato de la oración del huerto; pero es la única forma de no pasar por alto detalles importantes.

2) los protagonistas, advirtiendo qué hacen o no hacen, qué dicen o no dicen, cómo reaccionan, por qué motivos se mueven, qué sienten.

3) la acción que se cuenta y sus presupuestos; a veces predominará lo informativo, ya que ciertos detalles a veces no se conocen bien, como la celebración de la Pascua en el mundo judío y en Qumrán o el proceso ante el Sanedrín.

4) el arte narrativo de Mc, que a menudo no se tiene en cuenta, pero que sirve también para captar su teología.

Este tipo de lectura, aunque aplique el mismo método a todas las escenas, pone de relieve lo típico de cada una de ellas y deja claro que el relato de la pasión está formado por episodios aparentemente cotidianos y por otros terriblemente dramáticos, como la oración del huerto. Lo importante es captar el espíritu y mensaje de cada episodio y el mensaje global de cada evangelio.

La lectura interactiva y orante
Sería la respuesta personal al comentario anterior, reflexionando cada cual sobre lo que el texto le sugiere y lo que le invita a pedir.

José Luis Sicre