viernes, 2 de marzo de 2018

José Antonio Pagola - EL CULTO AL DINERO


José Antonio Pagola - EL CULTO AL DINERO

Hay algo alarmante en nuestra sociedad que nunca denunciaremos bastante. Vivimos en una civilización que tiene como eje de pensamiento y criterio de actuación la secreta convicción de que lo importante y decisivo no es lo que uno es, sino lo que uno tiene. Se ha dicho que el dinero es «el símbolo e ídolo de nuestra civilización» (Miguel Delibes). Y de hecho son mayoría los que le rinden su ser y le sacrifican toda su vida.

John K. Galbraith, el gran teórico del capitalismo moderno, describe así el poder del dinero en su obra La sociedad opulenta: el dinero «trae consigo tres ventajas fundamentales: primero, el goce del poder que presta al hombre; segundo, la posesión real de todas las cosas que pueden comprarse con dinero; tercero, el prestigio o respeto de que goza el rico gracias a su riqueza».

Cuántas personas, sin atreverse a confesarlo, saben que en su vida, en un grado u otro, lo decisivo, lo importante y definitivo, es ganar dinero, adquirir un bienestar material, lograr un prestigio económico.

Aquí está sin duda una de las quiebras más graves de nuestra civilización. El hombre occidental se ha hecho en buena parte materialista y, a pesar de sus grandes proclamas sobre la libertad, la justicia o la solidaridad, apenas cree en otra cosa que no sea el dinero.

Y, sin embargo, hay poca gente feliz. Con dinero se puede montar un piso agradable, pero no crear un hogar cálido. Con dinero se puede comprar una cama cómoda, pero no un sueño tranquilo. Con dinero se pueden adquirir nuevas relaciones, pero no despertar una verdadera amistad. Con dinero se puede comprar placer, pero no felicidad. Pero los creyentes hemos de recordar algo más. El dinero abre todas las puertas, pero nunca abre la puerta de nuestro corazón a Dios.

No estamos acostumbrados los cristianos a la imagen violenta de un Mesías fustigando a las gentes. Y, sin embargo, esa es la reacción de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no saben buscar otra cosa que no sea su propio negocio.

El templo deja de ser lugar de encuentro con el Padre cuando nuestra vida es un mercado donde solo se rinde culto al dinero. Y no puede haber una relación filial con Dios Padre cuando nuestras relaciones con los demás están mediatizadas solo por intereses de dinero. Imposible entender algo del amor, la ternura y la acogida de Dios cuando uno solo vive buscando bienestar. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Domingo 3 Cuaresma - B 
(Juan 2,13-25)
4 de marzo 2018

José Antonio Pagola 




Y AL ENTRAR EN EL TEMPLO...
Florentino Ulibarri

Demasiados monseñores y excelentísimas,
demasiados vicarios y reverendísimas
para ser espacio de igualdad y libertad;
¡ y cuántos padres para vivir en fraternidad,
cuando Tú nos dijiste que sólo aceptáramos
y llamáramos así a quien hace salir para todos el sol
y nos da gratuitamente su ternura y amor !

Demasiados títulos, honores y poderes,
demasiadas intrigas, prebendas e intereses
para ser casa solariega familiar;
¡ y cuántos códigos, normas y leyes,
burocracia, papeles e imposiciones
para ser posada de abrazos y acogida
para quienes andan necesitados !

Un espacio abierto que se amuralla,
un oasis que ya no atrae ni serena,
un refugio que cierra sus puertas y ventanas,
una barca para náufragos que anda a la deriva,
una casa solariega que exige reserva,
una viña con lagar que no alegra...
¡ ya no es lugar de Dios ni de oración !

Yo quiero una Iglesia en la que se pueda respirar,
que tenga pastores que huelan a oveja,
que acoja y defienda a emigrantes y sin papeles,
que se embarre con los que no pueden limpiarse,
que tenga un aire festivo y alegre,
que sus puertas permanezcan abiertas
aunque no haya dueños ni porteros vigilantes...

Quiero una Iglesia que sea templo de Dios,
lugar de encarnación,
punto de encuentro,
casa de fraternidad,
fábrica de sueños y proyectos,
experta en humanidad...
¡ no cueva de ladrones ni refugio de vividores !




EL TEMPLO CONVERTIDO EN REFUGIO DE LADRONES Y ASESINOS
Fray Marcos
Jn 2, 13-25

En las tres primeras lecturas de los domingos que llevamos de cuaresma, se nos ha hablado de pacto. Después de la alianza con Noe (Dom. 1) y con Abraham (Dom. 2), se nos narra hoy la tercera alianza, la del Sinaí. La alianza con Noe, fue la alianza cósmica del miedo. La de Abrahán fue la familiar de la promesa. La de Moisés fue la nacional de la Ley. ¿Cómo debemos entender hoy estos relatos? Noe, Abrahán y Moisés, son personajes legendarios.

La historia “sagrada” que narra la vida y milagros de estos personajes empezó a escribirse hacia el s. VII antes de Cristo. Son míticas leyendas que no debemos entender al pie de la letra. Se trata de experiencias vitales que responden a las categorías religiosas de cada época. Hoy nadie, en su sano juicio, puede pensar que Dios le dio a Moisés unas tablas de piedra con los diez mandamientos. No fue Dios quien utilizó a Moisés para comunicar su Ley, sino Moisés el que utilizó a Dios para hacer cumplir unas normas que él elaboró sabiamente.

Dios no hace pactos porque no puede ser “parte”. Una cosa es la experiencia de Dios que los hombres tienen según su nivel y otra muy distinta lo que Dios es. Jesús no habló del Dios de la “alianza eterna”. Dios actúa de una manera unilateral y desde el amor, no desde un "toma y da acá" con los hombres. Dios se da totalmente sin condiciones ni requisitos, porque el darse (el amor) es su esencia. En el Dios de Jesús no tienen cabida pactos ni alianzas. Lo único que espera de nosotros es que descubramos el don total de sí mismo.

No se trata de purificar el templo sino de sustituir. El relato del Templo lo hemos entendido de una manera demasiado simplista. Una vez más la exégesis viene en nuestra ayuda para descubrir el significado profundo del relato. Como buen judío, Jesús desarro­lló su vida espiritual en torno al templo; pero su fidelidad a Dios le hizo comprender que lo que allí se cocía no era lo que Dios esperaba. Recordemos que cuando se escribió este evangelio, ni existía ya el templo ni la casta sacerdotal tenía ninguna influencia en el judaísmo. Pero el cristianismo se había convertido ya en una religión que imitó la manera de dar culto a Dios.

Es casi seguro que, algo parecido a lo que nos cuentan sucedió realmente, porque el relato cumple perfecta­mente los criterios de historici­dad. Por una parte lo narran los cuatro evangelios. Por otra es algo que podía interpretarse por los primeros cristianos, (todos judíos) como desdoro de la persona de Jesús, no es fácil que nadie se lo pudiera inventar si no hubiera ocurrido y no hubiera estado en las primeras fuentes.

Nos han dicho que lo que hizo Jesús en el templo fue purificarlo. Esto no tiene fundamento, puesto que, lo que estaban haciendo allí los vendedores era imprescindible para el desarrollo de la actividad del templo. Se vendían bueyes ovejas y palomas, que eran la base de los sacrifi­cios. Los animales vendidos estaban controlados por los sacerdotes; así se garantizaba que cumplían todos los requisitos de pureza legal. También eran imprescindibles los cambistas, porque al templo solo podía recibir dinero puro, es decir, acuñado por el templo. En la fiesta de Pascua, llegaban a Jerusalén israelitas de todo el mundo, a la hora de hacer la ofrenda no tenían más remedio que cambiar su dinero romano o griego por el del templo.

Jesús quiso manifestar, con un acto profético, que aquella manera de dar culto a Dios no era la correcta. En esos días de fiesta podía haber en el atrio del templo 8000 personas. Es impensable que un solo hombre con unas cuerdas pudiera arrojar del templo a tanta gente. El templo tenía su propia guardia, que se encargaba de mantener el orden. Además, en una esquina del templo se levantaba la torre Antonia, con una guarnición romana. Los levantamientos contra Roma tenían lugar siempre durante las fiestas. Eran momentos de alerta máxima. Cualquier desorden hubiera sido sofocado en unos minutos.

Las citas son la clave para interpretar el hecho. Para citar la Biblia se recordaba una frase y con ella se hacía alusión a todo el contexto. Los sinópticos citan a (Is 56,3-7) "mi casa será casa de oración para todos los pueblos; y a (Jer 7,8-11) "pero vosotros la habéis convertido en cueva de bandidos". Is hace referencia a los extranjeros y a los eunucos, excluidos del templo, y dice: “yo los traeré a mi monte santo y los alegraré en mi casa de oración. Sus sacrificios y holocaus­tos serán gratos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos." Dice que en los tiempos mesiánicos, los eunucos y los extranjeros podrán dar culto a Dios. Ahora no podían pasar del patio de los gentiles.

El texto de (Jer 7,8-11) dice así: "No podéis robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal, correr tras otros dioses y luego venir a presentaros ante mí, en este templo consagrado a mi nombre, diciendo: ‘Estamos seguros’ y seguir cometiendo los mismos crímenes. ¿Acaso tenéis este templo por una cueva de bandidos?” Los bandidos no son los que venden palomas y ovejas, sino los que hacen las ofrendas sin una actitud mínima de conversión. Son bandidos, no por ir a rezar, sino porque solo buscaban seguridad. Lo que Jesús critica es que, con los sacrificios, se intente comprar a Dios. Como los bandidos se esconden en las cuevas, seguros hasta que llegue la hora de volver a robar y matar.

Juan cita un texto de (Zac 14,20) "En aquel día se leerá en los cascabeles de los caballos: "consagrado a Yahvé", y serán las ollas de la casa del Yahvé como copas de aspersión delante de mi altar; y toda olla de Jerusalén y de Judá estará consagrada a Yahvé y los que vengan a ofrecer comerán de ellas y en ellas cocerán; y ya no habrá comerciantes en la casa de Yahvé en aquel día". Esa inscripción "consagrado a Yahvé" la llevaban los cascabeles de las sandalias de los sacerdotes y las ollas donde se cocía la carne consagrada. Quiere decir que en los tiempos mesiánicos, no habrá distinción entre cosa sagrada y cosa profana.

Los vendedores interpelados (los judíos) le exigen un prodigio que avale su misión. No reconocen a Jesús ningún derecho para actuar así. Ellos son los dueños y Jesús un rival que se ha entrometido. Ellos están acreditados por la institución misma, quieren saber quién le acredita a él. No les interesa la verdad de la denuncia, sino la legalidad de la situación, que les favorece. Pero Jesús les hace ver que sus credenciales han caducado. Las credenciales de Jesús serán: hacer presente la gloria de Dios a través de su amor.

Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré. Aquí encontramos la razón por la que leemos el texto de Jn y no el de Mc. Esta alusión a su resurrección da sentido al texto en medio de la cuaresma. Le piden una señal y contesta haciendo alusión a su muerte. Su muerte hará de él el santuario definitivo. La razón para matarlo será que se ha convertido en un peligro para el templo. El fin de los tiempos, en Jn está ligado a la muerte de Jesús.

Si dejásemos de creer en un Dios ‘que está en el cielo’, no le iríamos a buscar en la iglesia (edificio), donde nos encontramos tan a gusto. Si de verdad creyésemos en un Dios que está presente en todas y cada una de sus criaturas, trataríamos a todas con el mismo cuidado y cariño que si fuera él mismo. Nos seguimos refugiando en lo sagrado, porque pensando que hay realidades que no son sagradas. Una vez más el evangelio está sin estrenar.

Meditación

¿He salido ya de un 'toma y da acá' en mis relaciones con Dios?
¿He descubierto que Él me lo ha dado todo y que yo tengo que hacer lo mismo?
Mis relaciones con Dios tienen como base su amor total.
Nada puedo pedir ni esperar de él que no me haya dado ya.
Mi tarea consiste en tomar conciencia de ese don total.
Mi vida responderá entonces a esa realidad.

Fray Marcos



¡UN LOCO ESCANDALOSO!
José Enrique Galarreta
Jn 2, 13-25

El único texto del Evangelio en el que Jesús actúa violentamente, lo recogen los cuatro evangelistas (Mateo, 21; Marcos, 11; Lucas, 19; Juan, 2). En los tres sinópticos se narra tras la entrada mesiánica en Jerusalén antes de la Pasión. Juan lo coloca al principio (Testimonio del Bautista Elección de discípulos Bodas de Caná Templo). Está claro que Juan utiliza este suceso como introducción de toda una línea teológica importante.

En la interpretación del texto nos encontramos varios niveles. En primer lugar, es un suceso, que debemos admitir como tal. Que nos parezca bien o mal es problema nuestro. Ése es Jesús, que monta en cólera por la profanación del templo, que se ha convertido en un negocio, y los echa a todos a latigazos. Si esto no concuerda con nuestra imagen de Jesús, tendremos que cambiarla. La primera lectura es, por tanto sencilla: "el celo de tu Casa me devora" (Salmo 69). El Templo se ha convertido en un negocio, y en una baza política. Jesús no lo soporta.

Hay, sin embargo, otra lectura más profunda, que es la que introduce Juan. El Templo está acabado. El Templo - aun cuando funcione bien, dignamente y según la Ley – ya está superado. Ahora el Templo es Jesús, el templo es el ser humano. Ya pasó el Templo lugar de residencia del dios, lugar de encuentro, fuente de favores divinos...

Ni siquiera le interesan a Jesús los que creen en Él por "sus señales". El milagro no vale para la fe. ("Si no creen a Moisés y a los profetas, aunque un muerto resucite no creerán", Lucas 16,31)

La destrucción del Templo había sido para los judíos la señal de que Dios estaba enfadado y les rechazaba. Es un concepto pagano que existe en todas las religiones: los dioses se enfadan y nos abandonan.

Ahora Jesús proclama el abandono definitivo. Pero no es que Dios se vaya porque se enfada. Dios nunca se va. Lo que pasa es que lo provisional ha pasado, y los sacerdotes se empeñan en poseer a Dios, en usar a Dios para su seguridad y su preminencia sobre los demás. Con Jesús se ha acabado todo privilegio del pueblo elegido. Ya no hay más que servicio, y no a Dios en el Templo, sino al hombre hijo de Dios.

En este tercer Domingo de Cuaresma se matiza por tanto profundamente el sentido de nuestra conversión. La "Religión" de Jesús es "otra cosa", mucho más seria, más crítica, sin concesión alguna a mitologías ni proyecciones de lo sentimental... Se nos invita a dar un paso adelante: seguir a Jesús sin concesiones.

Esta es la oportunidad de analizar a fondo nuestra religiosidad. Jesús, locura para los sabios. Jesús, escándalo para la gente religiosa.

La "sabiduría" de la vida enseña a ganar dinero, buscar la salud y la seguridad, dar para que te den o porque te han dado, buscar influencias, privilegios, poder, basarse en la justicia... La Sabiduría de Jesús es: "dichosos los pobres, los que sufren, los que sirven, los que piensan bien, los que son perseguidos porque trabajan por la paz..." "Deja lo que tienes, entra por la puerta estrecha..."

Las "señales" de la gente religiosa son: no mezclarse con los pecadores, guardar los preceptos, practicar el culto, ser limpios de pecado ante Dios... Y los motivos para creer en Dios son las señales espectaculares, los milagros...

Jesús cuenta con que somos pecadores y nos pregunta si queremos trabajar por el Reino. Come con los pecadores, elige publicanos para apóstoles, confirma al renegado Pedro como jefe de los Doce...

Ni siquiera sus milagros son "señales" en el sentido que les hemos otorgado más arriba. Jesús cura y libera ante todo porque es compasivo y para que se vea presente su talante de liberador, para que se vea en qué consiste la acción de Dios.

El modo de vivir de Jesús es una estupidez para la gente sensata y es un escándalo para la gente religiosa. La filosofía antigua se rió a carcajadas de la predicación de Pablo. Pilatos se rió al oír hablar de "la verdad". Herodes lo despreció por loco. Los jefes religiosos y el pueblo de Jerusalén lo crucificaron por hereje peligroso. Locura y escándalo.

Los Mandamientos y el Templo representan sin duda lo que habitualmente llamamos "religión". A Jesús no le basta con eso. No son suficientemente salvadores. Incluso pueden ser anti-religiosos, como sucedía con los fariseos, perfectos cumplidores de todo precepto, y con los sacerdotes, escrupulosos practicadores de todo rito.

Jesús pasa del respeto y la obediencia a Dios 'porque es el Señor', al amor a Dios 'porque es mi Madre'. Jesús pasa del no matarás, no robarás... a "amarás a tu prójimo como a ti mismo". Y esto estaba ya dicho en la Ley, pero Jesús sabe y proclama que eso, no lo otro, es el corazón de la Ley.

Jesús, sobre todo, no se limita a que cada uno cumpla preceptos para ser justo ante Dios sino que invita a trabajar para construir El Reino, es decir, una humanidad en que todos sean, se comporten y se sientan hijos.

Y va más allá. Los sagrados ritos del Templo no le atraen: en ninguna parte de los evangelios le vemos usar el Templo más que para predicar en él. Jesús, se saltaba el descanso sabático por curar, prefería rescatar a una adúltera que cumplir lo preceptuado en la Ley. Jesús produjo un enorme escándalo. Antes la persona que la ley, antes la curación que el sábado, antes el marginal que el importante.

Sin duda lo más escandaloso de Jesús fue su propia marginalidad y su preferencia por los marginados. Su marginalidad fue escándalo para los sabios, los santos y los sacerdotes. El desconocido y teóricamente iletrado carpintero de Nazaret dando lecciones a los sabios; el que se mezclaba, el que formaba parte del pueblo impuro dando lecciones de santidad a los selectos fariseos. Y se atrevía a preferir a los marginados, a los samaritanos, a los publicanos, hasta a las prostitutas; no sólo les aceptaba a su mesa sino que se iba a comer con ellas, y se atrevía, de manera provocativa, a darles el rol de buenos en las parábolas, mientras fariseos, sacerdotes y levitas representaban a los malos, a los que no agradaban a Dios.

Jesús fue necedad para los sabios y escándalo para los justos. ¿Dónde ha quedado el escándalo de Jesús? Nosotros hoy practicamos y predicamos un cristianismo sabio, razonable. Templos, culto, sacerdotes, preceptos, perdón de los pecados.... Pero Jesús va más lejos.

No creo que las "comunidades oficialmente católicas y ortodoxas" de nuestra sociedad tengan el menor poder de convertir a nadie. No hay más que una manera de convertir: servir por amor hasta la muerte. Eso hizo él. Y eso hacen algunas comunidades cristianas hoy. Y producen escándalo, y son perseguidas.

SALMO 63
Oh Dios, Dios mío, a Ti te busco
mi alma tiene sed de Ti,
por ti suspira mi cuerpo,
tierra seca, sedienta, sin agua.
Mejor es tu amor que la vida.
Mis labios cantarán tu alabanza.
Yo quiero bendecirte en mi vida
y levantar mis manos en tu nombre.
Tendido en mi lecho pienso en Ti,
en Ti medito al caer de la tarde,
en Ti que fuiste mi socorro
y me alegro a la sombra de tus alas.
Mi alma se refugia junto a Ti
y tu diestra es mi fortaleza.
Mi alma tiene sed de Ti,
A Ti te busco, ¡oh Dios, Dios mío!

José Enrique Galarreta



JESÚS, NUEVO TEMPLO DE DIOS
José Luis Sicre

La expulsión de los mercaderes del templo la cuentan los cuatro evangelios. Pero, como ocurre a menudo, hay algunas diferencias entre ellos.

Preguntas para un concurso
1. ¿Cuándo tuvo lugar dicha escena? ¿Al comienzo de la vida de Jesús o al final?
2. Esta escena ha sido pintada por numerosos artistas, entre ellos el Greco. En todas las representaciones aparece Jesús empuñando un azote de cordeles. Pero, de los cuatro evangelios, sólo uno menciona dicho azote; en los otros tres Jesús no recurre a ese tipo de violencia. ¿De qué evangelio se trata?
3. Sólo un evangelio dice que Jesús prohibió transportar objetos por la explanada del templo. ¿Cuál?
4. ¿Qué evangelista cuenta la escena de la forma más breve?
5. ¿Quién la cuenta con más detalle, incluyendo una discusión con las autoridades judías?

Respuestas
1. Juan la sitúa al comienzo de la vida de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas al final, pocos días antes de morir.
2. El único que menciona el azote es Juan. Y ninguno dice que Jesús echase a la gente a latigazos.
3. Esa prohibición sólo se encuentra en Marcos.
4. El más breve es Lucas.
5. Juan.

El relato de Juan (Jn 2,13-25)
El concurso anterior no se debe a un capricho. Pretende recordar que los evangelistas no cuentan el hecho histórico tal como ocurrió, sino transmitir un mensaje. Por eso alguno insiste en un detalle, mientras otros lo omiten por no considerarlo adecuado para su auditorio. Lucas, por ejemplo, reduce al mínimo la actitud violenta de Jesús, mientras que Juan la subraya al máximo. El relato de Juan se divide en dos partes: la expulsión de los mercaderes y la breve discusión con los judíos.

Un gesto revolucionario
A nuestra mentalidad moderna le resulta difícil valorar la acción de Jesús, no capta sus repercusiones. Nos ponemos de su parte, sin más, y consideramos unos viles traficantes a los mercaderes del templo, acusándolos de comerciar con lo más sagrado. Pero, desde el punto de vista de un judío piadoso, el problema es más grave. Si no hay vacas ni ovejas, tórtolas ni palomas, ¿qué sacrificios puede ofrecer al Señor? ¿Si no hay cambistas de moneda, cómo pagarán los judíos procedentes del extranjero su tributo al templo? Nuestra respuesta es muy fácil: que no ofrezcan nada, que no paguen tributo, que se limiten a rezar. Esa es la postura de Jesús. A primera vista, coincide con la de algunos de los antiguos profetas y salmistas. Pero Jesús va mucho más lejos, porque usa una violencia inusitada en él. Debemos imaginarlos trenzando el azote, golpeando a vacas y ovejas, volcando las mesas de los cambistas.

Imaginemos la escena en nuestros días. Jesús entra en una catedral o una iglesia. Comienza a ver todo lo que no tiene nada que ver con una oración puramente espiritual, lo amontona y lo va tirando a la calle: cálices, copones, candelabros, imágenes de santos, confesionarios, bancos…  ¿Cuál sería nuestra reacción? Acusaríamos a Jesús de impedirnos decir misa, de poder comulgar, confesarnos, incluso rezar.

Juan intuye la gravedad del problema y añade unas palabras que no aparecen en los otros evangelios: «Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: El celo de tu casa me devora.» El celo por la causa de Dios había impulsado a Fineés a asesinar a un judío y una moabita; a Matatías, padre de los Macabeos, lo impulsó a asesinar a un funcionario del rey de Siria. El celo no lleva a Jesús a asesinar a nadie, pero sí se manifiesta de forma potente. Algo difícil de comprender en una época como la nuestra, en la que todo está democráticamente permitido. El comentario de Juan no resuelve el problema del judío piadoso, que podría responder: «A mí también me devora el celo de la casa de Dios, pero lo entiendo de forma distinta, ofreciendo en ella sacrificios». Quienes no tendrían respuesta válida serían los comerciantes, a los que no mueve el celo de la casa de Dios sino el afán de ganar dinero.

La reacción de las autoridades
En contra de lo que cabría esperar, las autoridades no envían la policía a detener a Jesús (como le ocurrió siglos antes al profeta Jeremías, que terminó en la cárcel por mucho menos). Se limitan a pedir un signo, un portento, que justifique su conducta. Porque en ciertos ambientes judíos se esperaba del Mesías que, cuando llegase, llevaría a cabo una purificación del templo. Si Jesús es el Mesías, que lo demuestre primero y luego actúe como tal.

La respuesta de Jesús es aparentemente la de un loco: “Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré”. El templo de Jerusalén no era como nuestras enormes catedrales, porque no estaba pensado para acoger a los fieles, que se mantenían en la explanada exterior. De todas formas, era un edificio impresionante. Según el tratado Middot medía 50 ms de largo, por 35 de ancho y 50 de alto; para construirlo, ya que era un edificio sagrado, hubo que instruir como albañiles a mil sacerdotes. Comenzado por Herodes el Grande el año 19 a.C., fue consagrado el 10 a.C., pero las obras de embellecimiento no terminaron hasta el 63 d.C. En el año 27 d.C., que es cuando Juan parece datar la escena, se comprende que los judíos digan que ha tardado 46 años en construirse. En tres días es imposible destruirlo y, mucho menos, reconstruirlo.

Curiosamente, Juan no cuenta cómo reaccionaron las autoridades a esta respuesta de Jesús. (Resulta más lógica la versión de Marcos: los sumos sacerdotes y los escribas no piden signos ni discuten con Jesús; se limitan a tramar su muerte, que tendrá lugar pocos días después.) Pero el evangelista sí nos dice cómo debemos interpretar esas extrañas palabras de Jesús. No se refiere al templo físico, se refiere a su cuerpo. Los judíos pueden destruirlo, pero él lo reedificará.

Cuaresma y resurrección
Esto último explica por qué se ha elegido este evangelio para el tercer domingo. En el segundo, la Transfiguración anticipaba la gloria de Jesús. Hoy, Jesús repite su certeza de resucitar de la muerte. Con ello, la liturgia orienta el sentido de la Cuaresma y de nuestra vida: no termina en el Viernes Santo sino en el Domingo de Resurrección.

Jesús, nuevo templo de Dios
Hay otro detalle importante en el relato de Juan: el templo de Dios es Jesús. Es en él donde Dios habita, no en un edificio de piedra. Situémonos a finales del siglo I. En el año 70 los romanos han destruido el templo de Jerusalén. Se ha repetido la trágica experiencia de seis siglos antes, cuando los destructores del templo fueron los babilonios (año 586 a.C.). Los judíos han aprendido a vivir su fe sin tener un templo, pero lo echan de menos. Ya no tienen un lugar donde ofrecer sus sacrificios, donde subir tres veces al año en peregrinación. Para los judíos que se han hecho cristianos, la situación es distinta. No deben añorar el templo. Jesús es el nuevo templo de Dios, y su muerte el único sacrificio, que él mismo ofreció.

Portentos y sabiduría (1 Corintios 1,22-25)
En la segunda lectura aparece también el tema de los prodigios. Pablo, judío de pura cepa, pero que predicó especialmente en regiones de gran influjo griego, debió enfrentarse a dos problemas muy distintos. A la hora de creer en Cristo, los judíos pedían portentos, milagros (como se ha contado en el evangelio), mientras los griegos querían un mensaje repleto de sabiduría humana. Poder o sabiduría, según qué ambiente. Pero lo que predica Pablo es todo lo contrario: Cristo crucificado. El colmo de la debilidad, el colmo de la estupidez. Ninguna universidad ha dado un doctorado “honoris causa” a Jesús crucificado; lo normal es que retiren el crucifijo. Pero ese Cristo crucificado es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Quien sienta la tentación de considerar el mensaje cristiano una doctrina muy sabia humanamente, digna de ser aceptada y admirada por todos, debe recordar la experiencia tan distinta de Pablo.

José Luis Sicre



Y VIO DIOS QUE ERA BUENO

Verdee la tierra de hierba verde… Bullan las aguas 
con un bullir de vivientes y vuelen pájaros sobre la tierra
frente a la bóveda del cielo…Y vio Dios que era bueno

(Gn 1, 11. 20. 25).
Para pintar el cuadro de la nada
sobre el lienzo espantado del vacío
con fuego de su Ser apagó el frío
y de su entraña feliz y enamorada

sacó el color de azul y de alborada
para pintar la noche en el estío,
la nieve pura, la gota de rocío,
la lluvia, el sol, el mar y la hondonada

del valle verde, el monte y la espesura,
del pez, el árbol, el pájaro y la rosa,
del río, la brisa, el viento y las estrellas

mirándose a sí mismo en todas ellas,
consciente de habitar en cada cosa,
vio que era bueno, y dijo:¡Qué hermosura!

Pedro Miguel Lamet, SJ.



LEVANTO MIS OJOS

(Glosa al Salmo 120)
Levanto mis ojos a los montes, Señor, por encima de los rascacielos, más allá de los satélites y las constelaciones, hacia los espacios siderales donde aún no ha llegado la mirada del hombre, al fondo inexplorado de los océanos y hasta el vacío quántico de la materia…

¿De dónde me vendrá el auxilio? ¿De las organizaciones políticas de los hombres? ¿La ONU, la UE, el FMI, las ONG, un nuevo orden internacional? ¿Del poder económico, la banca, las multinacionales y oligopolios? ¿De la asociación de vecinos, el club, mi equipo de fútbol?

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. De ti, solo de ti, que haces girar los planetas, habitas el cosmos, el fondo del mar, la sonrisa del  niño y la lágrima de la madre. Que alientas mi respirar y mantienes vivos desde un insecto y una flor a todo el Universo, que eres el misterio recóndito de cada cosa…

No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. Me habitas, me acompañas, me sostienes. Siento tu mano en mi hombro al cruzar el abismo de la soledad, el dolor, la incomprensión. Todos se van. Tú nunca me fallas.

El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche, y enciendes de ilusión cada mañana, me arropas con tu embozo cada noche, me despiertas al ahora eterno del que ya formo parte, sin angustia por el pasado mi miedo al futuro.

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma, porque eres parte de su Ser, beso de Dios, vibración de su amor, luz de su mirada. El Señor guarda tus entradas y salidas, cuando sales de casa, subes al autobús, lloras y ríes, naces y mueres a la apariencia de mundo, ahora y por siempre, en el ahora y en la eternidad.

Por eso solo descanso, confío y en lo profundo de mi entraña ya soy feliz.

Pedro Miguel Lamet, SJ.