jueves, 8 de marzo de 2018

José Antonio Pagola - ACERCARNOS A LA LUZ


José Antonio Pagola - ACERCARNOS A LA LUZ

Puede parecer una observación excesivamente pesimista, pero lo cierto es que las personas somos capaces de vivir largos años sin tener apenas idea de lo que está sucediendo en nosotros. Podemos seguir viviendo día tras día sin querer ver qué es lo que en verdad mueve nuestra vida y quién es el que dentro de nosotros toma realmente las decisiones.

No es torpeza o falta de inteligencia. Lo que sucede es que, de manera más o menos consciente, intuimos que vernos con más luz nos obligaría a cambiar. Una y otra vez parecen cumplirse en nosotros aquellas palabras de Jesús: «El que obra el mal detesta la luz y la rehúye, porque tiene miedo a que su conducta quede al descubierto». Nos asusta vernos tal como somos. Nos sentimos mal cuando la luz penetra en nuestra vida. Preferimos seguir ciegos, alimentando día a día nuevos engaños e ilusiones.

Lo más grave es que puede llegar un momento en el que, estando ciegos, creamos verlo todo con claridad y realismo. Qué fácil es entonces vivir sin conocerse a sí mismo ni preguntarse nunca: «¿Quién soy yo?». Creer ingenuamente que yo soy esa imagen superficial que tengo de mí mismo, fabricada de recuerdos, experiencias, miedos y deseos.

Qué fácil también creer que la realidad es justamente tal como yo la veo, sin ser consciente de que el mundo exterior que yo veo es, en buena parte, reflejo del mundo interior que vivo y de los deseos e intereses que alimento. Qué fácil también acostumbrarnos a tratar no con personas reales, sino con la imagen o etiqueta que de ellas me he fabricado yo mismo.

Aquel gran escritor que fue Hermann Hesse, en su pequeño libro Mi credo, lleno de sabiduría, escribía: «El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es solo un turbio reflejo de mi voluntad».

Probablemente, a la hora de querer transformar nuestra vida orientando nuestros pasos por caminos más nobles, lo más decisivo no es el esfuerzo por cambiar. Lo primero es abrir los ojos. Preguntarme qué ando buscando en la vida. Ser más consciente de los intereses que mueven mi existencia. Descubrir el motivo último de mi vivir diario.

Podemos tomarnos un tiempo para responder a esta pregunta: ¿por qué huyo tanto de mí mismo y de Dios? ¿Por qué, en definitiva, prefiero vivir engañado sin buscar la luz? Hemos de escuchar las palabras de Jesús: «Aquel que actúa conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que todo lo que hace está inspirado por Dios».

Domingo 4 Cuaresma - B
(Juan 3,14-21)
11 de marzo 2018

José Antonio Pagola 




¡TANTO AMA DIOS AL MUNDO...!
Florentino Ulibarri

Más de lo que podemos soñar y desear,
más de lo que podemos anhelar y esperar,
nos amas Tú.
Más de lo que nadie nos ha amado y amará,
más de lo que somos capaces de amar,
nos amas Tú.

Nuestra vida, desde el vientre materno,
es una historia de amor
que penetra y fecunda
todos los rincones de nuestro ser
haciéndonos vivir, crecer y madurar
a ritmo de más humanidad.

Y, día a día, el manantial de tu amor
se desborda y riega nuestro espíritu,
nuestros sueños y proyectos,
nuestros sentidos y tiempo,
manteniéndonos lúcidos
en la travesía del desierto.

La creación entera siente tu amor
y, a veces, gime y, otras, canta agradecida
porque en sus dolores de parto
se siente acompañada y realizada,
con luz en su horizonte
y esperanza renovada en tus brazos.

Las cruces que encontramos en el camino,
a lo largo de las estaciones y años,
nos ofrecen luz y vida,
nos liberan de cárceles y condenas,
de desengaños y tinieblas,
porque Tú estás en ellas.

Tanto nos amas Tú
que, a pesar de las noches y oasis,
somos personas que alzamos la vista
y miramos con esperanza,
fijos los ojos en Jesús,
iniciador y meta de nuestra aventura.

Y nuestro caminar, hasta llegar a tu regazo,
será una historia de amor
llena de sorpresas y encuentros,
de lágrimas, dudas y gozos
que nos harán madurar
como hij@s con espíritu
para vivir liberad@s la fraternidad.

¡Cómo brilla tu luz en nuestra oscuridad
al amarnos como nadie sabe amar!



ESTOY SALVADO. NADIE TIENE QUE VENIR A SALVARME DESDE FUERA
Fray Marcos
Jn 3, 14-21

Estamos en el cap. III. Este evangelio es un esquema teológico. Cada capítulo tiene identidad por sí mismo, aunque éste es el que menos unidad interna muestra. El punto de partida es el diálogo con Nicodemo: “te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo le responde: eso es imposible. Jesús insiste: “El que no nazca del agua y del espíritu no puede entrar en el Reino de Dios; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es espíritu”. ¿Cómo puede ser eso? Comienza el discurso que hemos leído.

El domingo pasado, Jesús arremetió contra el culto que se desarrollaba en el templo. Hoy arremete contra la manera de interpretar la Ley que tienen los fariseos. En ambos casos se trata de instituciones antiguas, vacías de contenido, que hay que sustituir. No se trata de una nueva interpretación, (es lo que busca Nicodemo) sino de algo completamente distinto: hay que nacer de nuevo. No debemos pensar en discursos pronunciados por Jesús. Jn pone en boca de Jesús una cristología propia de finales del s. I.

Lo mismo que Moisés levantó la serpiente. Lo que hizo Moisés es recordar al dios egipcio Ranenutet (representado por una serpiente). Su Dios le manda construir la imagen de otro dios. Es imprescindible saber que el dios egipcio era a la vez veneno y antídoto; muerte y vida; opresión y salvación. Al ser  crucificado, Jesús representa a la vez, muerte y vida, humillación y exaltación. Al decir “levantado”, va más allá de una alusión a la serpiente. La cruz es manifestación de la lealtad de Dios. Es la exaltación de Jesús.

Para que todo el que lo haga objeto de su adhesión (crea) tenga Vida definitiva. "Vida definitiva" Denota la calidad de vida propia del estadio definitivo. Traducir por "eterna", empobrece el significado, por insistir solo en la duración y no en la calidad. La consecuencia de “ser levantado en alto”, es alcanzar plenitud de Vida. El Espíritu que nos comunicará será la fuente de verdadera Vida para todos los que le acepten.

Demostró Dios su amor al mundo. El amor se hizo visible en un acto. No se dirige solo a los cristianos, sino al mundo. Jesús es el don de Dios a la humanidad. "Dar a su Hijo" no se refiere, aquí, sólo a la encarnación, sino a la crucifixión. Para Juan, Jesús es enviado al mundo. Para los sinópticos, a Israel. La salvación está destinada a todos. No solo al pueblo elegido, sino a todas las naciones. Se acabaron los privilegios. La Vida del Espíritu se ofrece a todos. Este evangelio se escribió a finales del s. I.

El que le presta adhesión no tendrá sentencia; el que se la niega, ya tiene la sentencia. No hay lugar para la indiferen­cia. La sentencia negativa o positiva, no es consecuencia de un acto de Dios. Es el resultado de una actitud por parte del hombre. Si comprendiéramos bien este versículo, cambiaría todo el modo de entender la moral. Desde la visión farisaica (y la nuestra), Dios juzgaba a los hombres después de ver sus acciones. Si eran conforme a la Ley, los salvaba, si eran contrarias a la Ley, los condenaba. Dios es justicia. Todo está siempre en equilibrio. Cada acto del hombre, le coloca en su sitio.

Los hombres han preferido las tinieblas a la luz. "Su modo de obrar" denota el proceder habitual, no un acto puntual.   En el prólogo se nos había dicho: "y la Vida era la luz de los hombres". No es la luz la que da Vida (como maestro), sino al revés: es la Vida la que te iluminará. Sin Vida no se puede aceptar la luz. La falta de Vida lleva consigo el rechazo de la luz. Mantener una relación con Dios desde la Ley, desde lo externo, sin Vida, es mantener la relación de injusticia en que están los dirigentes religiosos. El que oprime al hombre no puede aceptar la luz. La adhesión a Jesús exige salir de la situación de opresión.

El que obra con bajeza...  El que practica la lealtad. "Obra con bajeza (practicar lo malo), se opone a “practicar la lealtad”. "Hacer la verdad" es un semitismo que utiliza Juan, y lo opuesto es "hacer la falsedad". El que es cómplice de la muerte no aguanta la Vida. La considera como una agresión. No se eligen las tinieblas por el valor que puedan tener en sí, sino por odio a la luz. No son las doctrinas (luz) las que separan de Dios, sino la conduc­ta (Vida). Quién con su modo de obrar daña al hombre, se opone al amor-vida. Rechazando la luz, cree poder continuar haciendo el mal sin ser descubierto.

Practicar la lealtad es lo contrario de obrar con bajeza. Equivale a hacer lo que es bueno para el hombre. Al emplear "lealtad" nos está diciendo que el amor no es algo teórico, sino práctico. La Vida es anterior a la luz. El acercamiento a la luz, se hace por amor a la luz, no para que se vean las obras. Las que son "realizadas en unión con Dios" no son obras hechas según Dios, sino algo más: Obras en las que, con la actividad del hombre, se ve la de Dios revelando su gloria-amor. Creer va unido a las obras buenas. La incredulidad acompaña a las malas.

En el trozo del discurso que acabamos de analizar nos encontramos con los aspectos más originales de la salvación ofrecida por Jesús según este evangelio: 1) La salvación es Vida. 2) Viene de Dios que es VIDA. 3) Es don gratuito e incondicional. 4) Es absoluto, no una alternativa a la condenación. 5) Exige la adhesión a Jesús. 6) Se manifiestas en las obras. Cada uno de estos puntos nos tendría que advertir de los errores en que caemos a la hora de hablar de esa salvación. Tendemos a esperar de Dios una salvación raquítica.

Hablar de salvación, es plantearse el sentido último de la vida. Sería desplegar las más elevadas posibilidades humanas. El término “salvación” tiene connotación negativa y eso es muy peligroso a la hora de entender el evangelio. El pensar en la salvación en términos negativos ha paralizado nuestro desarrollo. Hemos creído que, si elimino el pecado, estoy salvado. Salvarse no es evitar la condenación. La salvación es siempre positiva; sería llevarnos a una plenitud de ser, llevando al límite las posibilidades de nuestro verdadero ser.

La salvación no me viene de fuera. La salvación surge de lo hondo de mi ser. Desde ahí, Dios presencia y posibilita mi plenitud. Hay que tener muy claro que me salva totalmente Dios y me salvo totalmente yo. La acción de Dios y la del hombre, ni se suman, ni se restan, ni se interfieren, porque son de naturaleza distinta. "Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti" (Agustín). Todo lo que depende de Dios ya está hecho. Mi salvación depende solo de mí.

La conciencia que tenemos de que Dios puede no salvarme, es prueba de que esperamos una salvación equivocada. Queremos que Dios nos libere del sufrimiento, la enfermedad, la muerte… Todo eso forma parte de nuestra condición de criaturas y es inherente a nuestro ser. Ni siquiera Dios puede hacer que sigamos siendo criaturas sin limitacio­nes. Buscar la salvación por ahí es un error garrafal. La salvación tiene que realizarse a pesar de mis limitaciones.

La salvación no es cambiar lo que soy ni añadir nada a lo que ya soy. Es una toma de conciencia de lo que en realidad soy, y vivir en esa conciencia. Es descubrir el tesoro que está escondido dentro de mí y disfrutar de él. “La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo”. Se trata de “conocer”.

Meditación

Hay que nacer de nuevo.
Somos fruto de la evolución de la carne.
Yo no he nacido como ser espiritual.
Tengo la capacidad de llegar a serlo,
pero debo desplegar esa capacidad que se me ha dado.
Si no la despliego, me quedaré en la carne.

Fray Marcos



EL PADRE ES EL SALVADOR
José Enrique Galarreta
Jn 03, 14-21

Es un fragmento de la conversación nocturna de Jesús con Nicodemo. En ella, Juan presenta por primera vez un discurso de Jesús. Es, pues la primera presentación que hace Juan de la "doctrina" de Jesús. Merece la pena que nos detengamos a leer el texto completo de este capítulo tercero del evangelio de Juan.

El resumen es: la Vida Nueva, la Novedad del Reino, como nacer de Nuevo. El Hijo es quien trae todo esto. El Hijo es la Salvación, que está en el mundo para dar vida. Todo esto es la obra del amor de Dios al hombre. Y el hombre puede rechazar la Salvación, en lo que consiste "el juicio".

Se trata, pues, de una profunda síntesis de Juan, que viene a resumir casi toda su "teología", y se encuentra en completo paralelo con el Prólogo de su Evangelio: La Palabra hecha carne; el mundo que no la recibe; los que la reciben, llamados a ser hijos.

Vemos aquí, una vez más, que Jesús "lleva plenitud" al A.T. Vemos también cómo ha de ser leído el A.T. desde Jesús, como líneas de progresiva revelación-conocimiento de Dios, que encuentran en Jesús la plenitud.

Hemos de reconocer que los textos de este domingo son difíciles, tanto por su contenido como porque usan fórmulas y comparaciones muy alejadas de nuestra mentalidad. Todos ellos son buena muestra de una elaboración teológica, bastante alejada de la luminosa simplicidad del mensaje directo de Jesús. Pablo y Juan empiezan ya a hacer elaboraciones sistemáticas del mensaje, y no pocas veces sentimos que sus expresiones nos resultan mucho más oscuras que las palabras originales de Jesús.

De todo lo que hemos leído se desprenden sin embargo algunas ideas claras e importantes. Ante todo, cómo hemos de leer el Antiguo Testamento, y concretamente los libros llamados "históricos". Son en realidad libros de teología. No interesa tanto contar los hechos, sino sacar de ellos una enseñanza: mostrar cómo en los sucesos de la historia aparece el pecado como origen de desgracias, y Dios que intenta salvar a su pueblo.

Esta Teología es aún primitiva. Jesús irá mucho más lejos, pero en ella encontramos ya como un amanecer de lo que más adelante será luz espléndida en Jesús.

Tanto Pablo como Juan están expresando una clave fundamental de la fe: Dios Salvador. Dios es el que tiene la iniciativa de la salvación: lo nuestro es volvernos a Él, aceptar la salvación que Dios ofrece. Estamos haciendo una lectura religiosa de la historia entera, y un resumen teológico de la misma, que constituye el argumento de la Biblia, de principio a fin: el sueño de Dios es una humanidad de Hijos, semejantes a Él.

El pecado es el estropea el sueño, pero no puede acabar con Él; Dios creador se hace Dios salvador, el que lucha con el ser humano para librarlo del mal; éste es el que se muestra en Jesús; aceptar a Jesús es aceptar a ese Dios, el que busca la salvación.

En el texto de Juan se habla del juicio, y nosotros lo hemos entendido como algo meramente judicial, como si al final Dios se cansara de ser Salvador y se limitara a ser juez. El concepto es más sencillo y más profundo. Dios juzga acertadamente, sus juicios son correctos.

Nuestros juicios son equivocados, por eso estropeamos nuestra vida.
Dios no es el que castiga nuestros errores, sino el que intenta salvarnos de ellos. Son nuestros errores los que estropean nuestra vida, y es Dios el que intenta recuperarla.

Así se asienta una postura básica en nuestra espiritualidad: religión no es buscar a Dios lejano, invocarle a ver si nos escucha, hacer penitencia a ver si nos perdona. Religión es aceptar a Dios cercano, responder a la Palabra que nos dirige, aceptar el perdón que ofrece. Religión es responder a la invitación de Dios.

Todo esto implica también una concepción nueva y más profunda del pecado. Nosotros pensamos, y el Antiguo Testamento lo creía así, que nosotros cometemos pecados y esto nos aparta de Dios. Pero Jesús piensa de otra manera: nosotros nos encontramos con que somos pecadores, el pecado es más fuerte que nosotros, nos impide ser hijos.

Necesitamos un libertador, no un juez. Y eso ofrece Jesús: sacarnos de
nuestros pecados, recuperar la condición de hijos. Al cobrar conciencia de nuestra condición de pecadores nos sentimos lejos de Dios, pero nuestra sorpresa es que no tenemos que caminar trabajosamente hacia Dios, sino que es Él quien se acerca, como el médico al enfermo, como el pastor que busca la oveja perdida en el monte. Esto da sentido diferente a la palabra "conversión". La hemos identificado con "penitencia", pero sería mejor entenderla como "aceptar a Dios, mi médico, mi pastor".

Por tanto, a través de estos textos un tanto complicados y llenos de expresiones que nos resultan difíciles, se nos conduce a un mensaje luminoso y determinante: cómo es Dios, tal como lo hemos conocido en Jesús. Y el Dios que revela Jesús es una Estupenda Noticia, responde a lo que más necesitamos: luz y salud.

Pero, por encima y antes que todo lo anterior, los textos de hoy tienen el poder de curarnos de una falsa concepción de "redención". La Iglesia ha explicado, durante diez siglos nada menos, la muerte de Jesús en la cruz desde la idea de sacrificio, es decir, la inmolación de una víctima para aplacar la ira de Dios. Esto significaría que Dios, airado por nuestros pecados, debe ser aplacado con la sangre de una víctima, es decir, con la muerte sangrienta de Jesús. Esto supone por tanto que Dios no perdona porque ama, sino que cobra por perdonar, y cobra un precio tan horrendo como la muerte sangrienta de su hijo. Semejante interpretación teológica contradice lo más esencial del mensaje de Jesús = Dios Abbá, y es destruida por los textos que hoy leemos:

"Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna".

Y Dios es "El que no escatimó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros" (R 8,31) (2º Domingo de Cuaresma)

Así pues, es completamente necesario abandonar la interpretación sacrificial de la muerte de Jesús, resto de insuficiencias paganas del Antiguo Testamento, y aceptar de una vez al Dios de Jesús, Abbá, la fuente del amor, el que lo da todo, hasta su mismo Hijo, por salvar.

José Enrique Galarreta



AMOR DE DIOS Y RESPUESTA HUMANA
José Luis Sicre

Una lectura rápida de las tres lecturas descubre una relación clara entre ellas: el amor de Dios. En la primera, provoca la liberación de los judíos desterrados en Babilonia. En la segunda afirma Pablo: "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó". En el evangelio, Juan escribe la famosa frase: "De tal manera amó Dios al mundo que le entregó a su hijo único". Si leemos los textos más tranquilamente, advertimos algo más profundo: ese amor se manifiesta perdonando en distintas circunstancias y por diversos motivos. Al mismo tiempo, requiere una respuesta de parte nuestra. Es preferible leer los textos en el orden cronológico en que fueron escritos. Por eso dejo para el final la carta a los Efesios.

Perdón para los judíos basado en la fidelidad a la palabra dada. 
¿Encontrará respuesta? (1ª lectura)
La primera lectura nos traslada a Babilonia, en el año 539 a.C., donde los judíos llevan medio siglo deportados. La ciudad cae en manos de Ciro, rey de Persia, y Dios lo mueve a liberarlos. Para justificar el medio siglo de esclavitud, la lectura comienza hablando del pecado de los israelitas, que no se limita a un hecho concreto, se prolonga en una larga historia. A la idolatría e infidelidades del comienzo respondió Dios con paciencia, enviando a sus mensajeros para invitarlos a la conversión. Pero los judíos los despreciaron y se burlaron de ellos. Entonces, la compasión de Dios dio paso a la ira, y los babilonios incendiaron el templo, arrasaron las murallas de Jerusalén, deportaron a la población. Años más tarde, la actitud de Dios cambia de nuevo y mueve a Ciro de Persia a liberar a los judíos. ¿A qué se debe este cambio? De acuerdo con la mentalidad más difundida en el Antiguo Testamento, el pueblo, tras sufrir el castigo, se convierte y Dios lo perdona. Igual que el niño que hace algo malo: su madre le riñe, pide perdón, la madre lo perdona. Sin embargo, en esta primera lectura no aparece la idea del arrepentimiento del pueblo. El único motivo por el que Dios perdona y mueve a Ciro a liberar al pueblo es por ser fiel a lo que había prometido. Volviendo al ejemplo de la madre, como si ella le hubiera dicho al niño: "Hagas lo que hagas, terminaré perdonándote". Y lo perdona, sin que el niño se arrepienta, para cumplir su palabra. ¿Cómo reaccionan los judíos ante la noticia? El texto no lo dice, pero lo sabemos: unos pocos volvieron a Judá, arriesgándolo todo, sin saber lo que iban a encontrar; otros prefirieron quedarse en Babilonia. (¿Cuántos afro-americanos estarían dispuestos a volver de Estados Unidos a los países de origen de sus antepasados?)

Perdón universal basado en el amor, que puede ser aceptado o rechazado (evangelio)
El evangelio enfoca el tema del amor y perdón de Dios de forma universal. No habla del amor de Dios al pueblo de Israel, sino de su amor a todo el mundo. Pero un amor que no le resulta fácil ni cómodo, en contra de lo que cabría imaginar: le cuesta la muerte de su propio hijo. Además, el evangelio subraya mucho la respuesta humana: ese perdón hay que aceptarlo mediante la fe, reconociendo a Jesús como Hijo de Dios y salvador. Esto lo hemos dicho y oído infinidad de veces, pero quizá no hemos captado que implica un gran acto de humildad, porque obliga a reconocer tres cosas:
a) que soy pecador, algo que nunca resulta agradable
b) que no puedo salvarme a mí mismo, cosa que choca con nuestro orgullo
c) que es otro, Jesús, quien me salva; alguien que vivió hace veinte siglos, condenado a muerte por las autoridades políticas y religiosas de su tiempo y del que muchos piensan hoy día que sólo fue una buena persona o un gran profeta.

Usando la metáfora del evangelio, es como si un potente foco de luz cayese sobre nosotros poniendo al descubierto nuestra debilidad e impotencia. No todos están dispuestos a este triple acto de humildad. Prefieren escapar del foco, mantenerse a oscuras, engañándose a sí mismos como el avestruz que esconde la cabeza en tierra. Pero otros prefieren acudir a la luz, buscando en ella la salvación y un sentido a su vida.

Perdón para los paganos basado en la compasión. 
Respuesta: fe y buenas obras (2ª lectura)
La salvación universal de la que habla el evangelio la concreta la carta a los Efesios en una comunidad concreta de origen pagano: la de la ciudad de Éfeso (situada en la actual Turquía). Antes de convertirse, estaban muertos por los pecados, con un agravante: Dios no les había hecho ninguna promesa de salvación, como a los judíos deportados en Babilonia. Sin embargo, los perdona. ¿Por qué motivo? Porque es "rico en misericordia", "por el gran amor con que nos amó", "por pura gracia". Esto es lo que san Pablo llama en otro contexto "el misterio que Dios tuvo escondido durante siglos": que también los paganos son hijos suyos, tan hijos como los israelitas. Esta prueba del amor de Dios espera una respuesta, que se concreta en la fe y en la práctica de las buenas obras.

Reflexión final
En el contexto de la cuaresma, que se presta a subrayar el aspecto del pecado y del castigo, la liturgia nos recuerda una vez más que nuestra fe se basa en una "buena noticia" (evangelio), la buena noticia del amor de Dios. Nosotros, que somos los herederos de los efesios, de los corintios, de los tesalonicenses, debemos reconocer, como ellos, que todo es don de Dios y no mérito nuestro, y que debemos responder con fe y dedicándonos "a las buenas obras" que él nos ha asignado.

José Luis Sicre



EL ROSTRO DE LA DIOSA
Pedro Miguel Lamet

Cuentan que un adepto quería ver el rostro a una diosa. Pero en el templo el rostro de la diosa estaba cubierto por un velo. Se decía que quien quitara el velo a la diosa y le viera el rostro al instante moriría. El adepto no pudo aguantar más. Se dijo: prefiero morir que vivir atormentado toda la vida con este anhelo. Fue al templo y destapó el velo. ¿Y qué vio? Se vio a si mismo.

Nuestra más profunda identidad es divina. Somos centellas, chispas de esa luz, aunque no nos demos cuenta. Dios quiere pasar por este mundo en esta forma humana, con estos ojos, estas manos, estos pies.

Consideramos una blasfemia si tú o yo decimos “soy Dios”. Pero si un místico dice “soy Dios”, no hay problema, porque no habla su ego, habla Dios.

Lo que hacemos en el bautismo es reconocer mi unidad intemporal con Dios, señalar mi pertenencia a él.

Dios dice de cada niño o niña: “Este es mi hijo, mi hija muy amada”. Jesús sólo vino a redescubrirnos como hermanos suyos, hijos del Hombre, hijos de Dios.

El día que nos despertamos quitamos el velo a “la diosa” que somos.

Pedro Miguel Lamet



¡QUÍTATE LA CARETA!
Pedro Miguel Lamet

Recuerdo haber leído una frase deI famoso novelista japonés Susako Endo: “Las personas nunca conocen su verdadero aspecto. Todo el mundo cree que esa máscara social falsa y afectada que luce es su auténtico rostro”. Desde niños, de forma inconsciente, cuando vamos alcanzando el uso de razón comienza en nosotros una difusa sensación de miedo a no ser valorados, a no ser queridos. Entonces nos comparamos con aquellos de nuestro entorno que reciben alabanzas, protección y cariño. “Mira tu hermano, qué bien se porta”. “Fíjate en fulanita, qué niña tan mona”. Y nos muestran un arquetipo, una figura ideal que debe ser imitada: el estudiante aplicado, la adolescente ordenada, el hijo obediente que nuestros padres y familiares han proyectado desde su “superego” para nosotros. O bien, para escapar de eso, elegimos personajes rebeldes o alternativos que nos atraen en el cole, el cine, la religión,  la calle como identidad apetecida.

Así arranca en mí la necesidad de ponerme una máscara, adoptar un determinado disfraz. A medida que crecemos el truco se hace habitual y se multiplica. Ya no adopto una sola careta, sino varias, según las circunstancias: una en casa y en familia, otra con los amigos, la tercera en la oficina, que también cambia ante el jefe, los compañeros de trabajo o los clientes. Solo cuando cerramos la puerta de nuestro cuarto emerge algo de lo que somos en verdad, y esa incoherencia nos pone tristes.

Tal fenómeno se ha acrecentado sobremanera en la sociedad de modelos publicitarios que se nos presentan como ideales de triunfo: la seductora irresistible, el ejecutivo agresivo, el propietario de un coche o una vestimenta cuya asociación nos lanza al “estrellato”. El proceso llega a extremos de hacernos un lifting, cirugía estética e incluso inventarnos títulos universitarios, aventuras increíbles que jamás hemos vivido, o corrompernos y hasta robar si hace falta.

De esta manera, como actores o actrices consumados, (del teatro viene la palabra máscara=”persona”), llegamos a creernos que esa careta es nuestro auténtico rostro. Es verdad que no hay que exagerar, y que lo mismo que no podemos ir desnudos por la calle tenemos que protegernos muchas veces con cierto disfraz. No le puedes decir al patrón que te va a contratar, antes de intentar aprender y demostrar capacidad para un trabajo, que estás “pez” en la materia.

Este proceso es tan antiguo que ya Séneca advierte que nuestra verdadera identidad acaba saliendo a flote: “Nadie puede llevar mucho tiempo el disfraz. Todo lo que está disfrazado acaba por volver a su naturaleza”.

¿Sabéis cuales son las máscaras peores? Las máscaras espirituales que nos apartan de nuestro centro. Muchos pretendidos maestros y gurús nos vampirizan para alimentar su propio ego y hacerlo más fuerte y poderoso con nuestro borreguismo. No hemos salido de fábrica como fotocopias, somos únicos, originales y llevamos dentro nuestra mejor identidad, solo que ahogada  por mucha hojarasca.

Es verdad que bajo la careta nos sentimos más cómodos exhibiendo nuestra “normalidad”, nuestro “status”. Pero no somos nosotros, vivimos desconectados de nuestra auténtica esencia y al cabo eso se paga. Decía Anthony de Mello que “La verdad que nos libera suele ser la que menos queremos escuchar”. Como el leoncito que creció entre ovejas y creía ser una de ellas hasta que vino otro león y tuvo miedo de ser devorado. El congénere le llevó hasta un lago y cuando vio su auténtico rostro finalmente rugió y recuperó su identidad de león.

Es el miedo el que nos impide ser nosotros mismos, sin darnos cuenta que con careta o sin ella siempre vamos a tener amigos y enemigos, partidarios y detractores. ¿No es mejor escuchar nuestra voz interior y seguirla? Vuelvo a citar al gran Tony de Mello: “El yo no está bien ni mal, no es bello ni feo, inteligente ni estúpido. El yo es, simplemente. Indescriptible, como el espíritu. Todas las cosas —como tus sentimientos, pensamientos y células— vienen y van. No te identifiques con ninguna de ellas. El yo no es ninguna de ellas”. En una palabra, dejarse ser es quitarse la careta.