jueves, 1 de febrero de 2018

José Antonio Pagola - A LA PUERTA DE NUESTRA CASA



José Antonio Pagola - A LA PUERTA DE NUESTRA CASA

En la sinagoga de Cafarnaún, Jesús ha liberado por la mañana a un hombre poseído por un espíritu maligno. Ahora se nos dice que sale de la «sinagoga» y marcha a la «casa» de Simón y Andrés. La indicación es importante, pues en el evangelio de Marcos lo que sucede en esa casa encierra siempre alguna enseñanza para las comunidades cristianas.

Jesús pasa de la sinagoga, lugar oficial de la religión judía, a la casa, lugar donde se vive la vida cotidiana junto a los seres más queridos. En esa casa se va a ir gestando la nueva familia de Jesús. En las comunidades cristianas hemos de saber que no son un lugar religioso donde se vive de la Ley, sino un hogar donde se aprende a vivir de manera nueva en torno a Jesús.

Al entrar en la casa, los discípulos le hablan de la suegra de Simón. No puede salir a acogerlos, pues está postrada en cama con fiebre. Jesús no necesita de más. De nuevo va a romper el sábado por segunda vez el mismo día. Para él, lo importante es la vida sana de las personas, no las observancias religiosas. El relato describe con todo detalle los gestos de Jesús con la mujer enferma.

«Se acercó». Es lo primero que hace siempre: acercarse a los que sufren, mirar de cerca su rostro y compartir su sufrimiento. Luego «la cogió de la mano»: toca a la enferma, no teme las reglas de pureza que lo prohíben; quiere que la mujer sienta su fuerza curadora. Por fin «la levantó», la puso de pie, le devolvió la dignidad.

Así está siempre Jesús en medio de los suyos: como una mano tendida que nos levanta, como un amigo cercano que nos infunde vida. Jesús solo sabe de servir, no de ser servido. Por eso la mujer curada por él se pone a «servir» a todos. Lo ha aprendido de Jesús. Sus seguidores hemos de vivir acogiéndonos y cuidándonos unos a otros.

Pero sería un error pensar que la comunidad cristiana es una familia que piensa solo en sus propios miembros y vive de espaldas al sufrimiento de los demás. El relato dice que ese mismo día, «al ponerse el sol», cuando ha terminado el sábado, le llevan a Jesús toda clase de enfermos y poseídos por algún mal.

Los seguidores de Jesús hemos de grabar bien esta escena. Al llegar la oscuridad de la noche, la población entera, con sus enfermos, «se agolpa a la puerta». Los ojos y las esperanzas de los que sufren buscan la puerta de esa casa donde está Jesús. La Iglesia solo atrae de verdad cuando la gente que sufre puede descubrir dentro de ella a Jesús curando la vida y aliviando el sufrimiento. A la puerta de nuestras comunidades hay mucha gente sufriendo. No lo olvidemos.

Domingo 5 Tiempo ordinario - B 
(Marcos 1,29-39)
4 de febrero 2018

José Antonio Pagola 




¡VÁMONOS A OTRA PARTE!
Florentino Ulibarri

No es bueno dormirse en los laureles
ni asentarse allí donde nos reconocen.
No es bueno mantener nuestro puesto y estatus
mientras otros son marginados y expulsados.

Y sucede cada día, Señor,
aquí y en otros lugares de nuestra tierra.

No es bueno ser el centro del encuentro
mientras hay quienes se quedan fuera, al margen.
No es bueno vivir con abundancia y confort
mientras otros carecen de lo básico y necesario.

Y sucede cada día, Señor,
aquí y en otros lugares de nuestra tierra.

No es bueno que a uno le atienda y sirvan
mientras a otros se les esconde y olvida.
No es bueno tener tanta calidad de vida
mientras hay quienes luchan por ella cada día.

Y sucede cada día, Señor,
aquí y en otros lugares de nuestra tierra.

No es bueno creer que estamos en lo cierto
mientras hay tantos hermanos perdidos.
No es bueno quedarse donde hemos llegado
habiendo tantos caminos que no hemos recorrido.

Y sucede cada día, Señor,
aquí y en otros lugares de nuestra tierra.

¡Vámonos a otra parte!




LIBERARTE Y LIBERAR, CLAVES DE LA VIDA ESPIRITUAL
Fray Marcos
Mc 1, 29-39

Recuerda que los evangelios no son crónicas de sucesos. Son teología narrativa. No tiene ninguna importancia que las palabras de Jesús sean exactamente las que él pronunció; ni que los hechos narrados hayan acontecido así. Lo importante es el mensaje que quieren trasmitirnos y que seamos capaces de traducirlo a nuestro lenguaje, siempre relativo, de manera que lo podamos entender hoy. Para ello es imprescindible que nos coloquemos en el ambiente de aquella época y conozcamos las características de aquella cultura.

Seguimos en el primer día de la actuación de Jesús. Mc intenta perfilar a grandes rasgos y con firmes trazos, la figura de Jesús. Se trata de un montaje programático para dejar muy clara la manera habitual que tenía Jesús de desarrollar su ministerio. No podemos desligar la perícopa que hemos leído hoy de la del domingo pasado. Ambas forman un todo teológico progresivo, que empieza en la sinagoga, y termina orando solo en descampado. Allí consigue reavivar la experiencia de Dios, que le permite hablar y actuar con autoridad.

El paso de la sinagoga a la casa, y después a la calle, nos dice que Jesús lleva la salvación a todos los lugares en donde se desarrolla la vida y a todas las personas que tienen necesidad de liberación. Con toda naturalidad se nos habla de la suegra de Pedro, aunque nunca se hable de la esposa. En aquella sociedad era impensable el estado de soltero, y Jesús nunca cuestionó las normas existentes con relación a la sexualidad, al matrimonio o a la familia. Los cambios que después se produjeron, no se pueden vender como mensaje evangélico.

La cogió de la mano y la levantó. La palabra katekeito para decir “estaba postrada”, puede significar enfermedad o muerta, en cualquier caso, falta de vida. También para decir que la levantó, Mc emplea hgeiren, que puede significar levantar o resucitar. Está claro que Mc quiere dar un doble sentido a las dos palabras, más allá del sentido material.

Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Jesús cura para que la mujer pueda servir. En el mundo griego, el servicio (diakonía) se consideraba una deshumanización. En las primeras comunidades cristianas, era el signo de seguimiento de Jesús. El verbo que se utiliza en griego es dihkonei = servía a la mesa. Los cristianos eligieron precisamente la palabra “diakonía” para expresar el nuevo fundamento de las relaciones humanas en la comunidad. El mismo Jesús dirá que no ha venido a ser servido sino a servir.

Al anochecer... Nos está indicando que los que se admiraban de las palabras y obras de Jesús, eran judíos y no habían superado la dependencia de la Ley, que era la causa de la opresión. Al ponerse el sol terminaba el sábado y la obligación de descanso. Por lo tanto, ya podían ellos llevar a los enfermos y Jesús curarlos, sin faltar al primer precepto de la Ley.

Curó a muchos y expulsó muchos demonios. Todos buscan a Jesús para ser curados. Aquí debemos hacer una profunda reflexión. En todos los evangelios se comienza con un éxito espectacular de la predicación de Jesús. Más tarde se verá que no les interesa nada más que ese beneficio material de ser atendidos en sus necesidades.

Se marcha a descampado y allí se puso a orar. En muchos lugares de los cuatro evangelios se dice lo mismo: "Se levantó de madrugada, se fue a un descampado y allí se puso a orar". "Pasó la noche en oración". "Por la mañana estaba allí sólo". Es la clave de la vida de Jesús. Realmente necesitaba orar como verdadero ser humano que era. Descubrir lo que era su Abba para él, fue la clave de su espiritualidad. Esto solo se puede hacer aparatándose del bullicio de la gente y en silencio.

El domingo pasado decía el evangelio que hablaba con autoridad, no como los letrados. La clave está en este descubrimiento continuado de la presencia de Dios en él. A pesar de la absorben­te actividad, encontraba tiempo para estar a solas consigo mismo y cargar las pilas. Los evangelios nos dicen que también iba a la sinagoga y al templo, pero el verdadero encuentro con Dios lo realizaba a solas y en medio de la naturaleza.

¡Todo el mundo te busca! En el relato encontramos tres exageraciones intencionadas: todo el mundo te busca; la población entera; todos los enfermos y poseídos. Los discípulos están en la misma dinámica que la gente. No quieren que su Maestro pierda la ocasión de afianzar su prestigio (poder). Jesús sabía muy bien lo que tenía que hacer: “Vámonos a otra parte”. En el principio del relato se habló por dos veces de su enseñanza (didach). Ahora dice predicar (khruxw, de donde viene kerigma, concepto clave de la primera comunidad).

Todos los evangelios empiezan constatando la euforia con que la gente sigue a Jesús. Pero pronto, se va apoderando de ellos, primero la decepción, después el abandono, y finalmente la oposición total. En Jn este proceso se escenifica de manera genial en el capítulo 6, después de la multiplicación de los panes, cuando quieren hacerle rey y terminan abandonándole todos diciendo: “¿quién puede hacerle caso?” El por qué de esta actitud es claro: buscan ser curados, liberados, queridos, no están interesados en curar, servir y amar.

Si tomásemos conciencia de este cambio en la gente, comprenderemos donde falla nuestro cristianismo. La respuesta está en el relato de la curación de la suegra de Pedro. Jesús cura para que seamos capaces de servir. Esto es precisamente lo que no nos gusta. Cuando Jesús va dejando claro que Dios no es un tapagujeros, que su predicación lo que persigue es cambiar las actitudes fundamentales del ser humano y convertirle en libre servidor en vez de opresor, la gente empieza a sentirse incómoda y le abandona sin contemplaciones.

El evangelio no habla de resignación ante cualquier clase de dolor, sea físico, sea psíquico, sea moral. Pero no identifica la salvación con la supresión del dolor. Todo lo contrario, afirma expresamente que la verdadera salvación puede alcanzarla todo hombre a pesar del mal que nos rodea (bienaventuranzas). Siempre que se pueda, se debe suprimir, pero la victoria contra el mal no está en suprimirlo, sino en evitar que te aniquile.

La solución al problema vital del hombre no puede venir de fuera, la tenemos que encontrar dentro. Solo un conocimiento de lo hondo del ser nos descubrirá lo que somos. El hombre tiene que aceptar sus limitaciones. Pero solo lo conseguirá descubriendo que esas limitaciones no le impiden alcanzar su plenitud. Conocerme a mí mismo es conocer a Dios como fundamento de mi propio ser. Ser fiel a mí mismo es la única manera de ser fiel a Dios.

El fallo del cristianismo fue convertir la buena noticia del evangelio en una religión. Jesús quiso liberar al ser humano de todo lo que le impide ser él mismo, incluida la religión. Jesús nos quiso enseñar cómo ser libres a pesar de los problemas y aunque no se resuelvan. Hay problemas que no tienen solución, pero una vida más humana siempre es posible. El esperar que cambien las circunstancias adversas para sentirme bien es señal de pobre hedonismo.


Meditación

No puede haber espiritualidad sin verdadera contemplación.
No se trata de “rezar”, sino de fundirse con el Abba.
Lo que te cambiará será la conexión con lo Absoluto que hay en ti.
El conseguir la conexión puede llevar hora días o años.
El quedar impregnados de Dios
es cuestión de un instante.

Fray Marcos





JESÚS LUCHANDO CONTRA EL MAL
José Enrique Galarreta
Mc 1, 29-39

Seguimos con la "lectura continua" del Evangelio de Marcos, en el principio de la predicación, por Galilea. Se nos vuelve a dar una síntesis de la teología del autor. Marcos alterna la predicación con las curaciones. Jesús predica y cura: el Salvador salva iluminando con la Palabra, dando a conocer a Dios, y peleando contra los males que aquejan a los hombres.

Recordamos que Jesús revela al Padre no solamente con lo que dice, sino con lo que hace. En él vemos a Dios, cómo se porta Dios, cómo es, porque Jesús está lleno del Espíritu, porque "Dios estaba con Él"..

En el texto de hoy encontramos varios episodios distintos:
- Sigue sucediendo todo en SÁBADO, al salir de la Sinagoga.
- Parece que aún no hay más discípulos que Simón, Andrés, Santiago y Juan.
- Simón y Andrés viven juntos, en casa de Simón, que está casado: su suegra vive también en la casa. La suegra está enferma, se lo dicen a Jesús. Jesús la toca y la cura. Y ella se pone a servirles.
- Al atardecer (cuando ya ha pasado el Sabbat) le traen todos los enfermos y endemoniados de la ciudad. Jesús cura a muchos, incluso endemoniados.
- Al amanecer, Jesús se va, él solo, al campo, a orar.
- La gente le busca, los discípulos le encuentran y le reprochan su escapada. Pero Jesús no quiere volver: no se trata de curar a todo Cafarnaún, sino de recorrer Galilea predicando el Reino. Y así lo hace: predica y cura por toda Galilea.

Todo esto es parte de un conjunto que empezó el domingo pasado con la predicación y curación en la Sinagoga. Parece como si el evangelista estuviese lanzando como mensaje:
- No sólo oficialmente en la Sinagoga, sino en todas partes.
- Curando por compasión, por "hacer el bien"
- Sin ser limitado por lo que la gente desea, sino siguiendo su misión, encontrada en la oración.

Una vez más, se nos desafía a hacer teología desde la razón o desde la contemplación de Jesús. Hay cientos de "explicaciones", mejor diríamos intentos de explicar el problema del mal. Parten de la razón, de la conveniencia o no de que Dios haga una u otra cosa... según nuestra lógica. Pero nuestra lógica termina en el antiguo aforismo de Heráclito:

O quiso y no pudo,
o pudo y no quiso.
y en cualquiera de los dos casos, no es Dios.

La presentación del evangelio nos vuelve, una vez más, al planteamiento "existencial" de la Buena Noticia. La imagen es sobrecogedora, y conviene que pongamos a trabajar nuestra imaginación: "toda la ciudad" de Cafarnaún a las puertas de la casa de Jesús, poniendo en primera fila a todos sus enfermos: y Jesús que no da abasto a curar y a echar demonios. Y la imagen se amplía: Jesús recorre Galilea predicando y curando.

Así que Jesús no nos da explicación alguna de por qué sufre el ser humano sino que parte de una noción de persona humana como "sufriente". Y tampoco explica por qué el Creador ha hecho las cosas tan mal (a nuestra manera de entender) sino que muestra qué hace Dios respecto al sufrimiento: curar.

Mirando a Jesús agotado de predicar y curar tenemos una imagen de la divinidad y de la humanidad, y de la iglesia. La humanidad sufre, Dios trabaja para curar del sufrimiento; los que hemos aceptado la Misión de Jesús nos hemos comprometido a librar del sufrimiento a todos los que podamos.

Y tenemos que renunciar a la explicación del problema. No lo sabemos, porque La Palabra no lo ha dicho. Y así, creemos en El Padre, no porque podemos explicar el mal del mundo, sino a pesar del mal del mundo.

Ese mal, oscura fuerza a la que Jesús llamaba "el poder de las tinieblas", está íntimamente sembrado en lo más profundo del ser humano, y el mismo Jesús, inocente de pecado alguno, lo sufre. Si es humano, estará sometido al mal. Jesús crucificado es para nosotros un triple mensaje:
- Ante todo, la humanidad indiscutible de Jesús. Es humano, sufre: sufre lo normal de la vida, y más que eso: la calumnia, la tortura, la muerte humillante.
- La fuerza del Espíritu: por ella es capaz de asumir el sufrimiento y aceptar al Padre a pesar de él.
- La exigencia de ese mismo Espíritu: Jesús dedica la vida entera a la lucha contra el mal, contra la ignorancia, la enfermedad, el pecado.

La fe en Jesús, por lo tanto, da la vuelta al problema, profundizándolo y llevando la solución al terreno de la praxis cristiana: el mal no es el castigo de Dios sobre el hombre: el mal es la condición humana, el pecado, el sufrimiento, la maldad, el dolor. De eso quiere salvar Dios al hombre.

Este es Jesús: Dios trabajando con los hombres, "hecho pecado", "hecho todo con todos"... para salvar.

Esto, exactamente esto, es nuestra definición de ser humano, dada desde Jesús: el crucificado en camino hacia la resurrección; el que padece el mal, pero lucha contra él, hacia la liberación.

Y ésta es la definición de los cristianos: los que quieren empeñar su vida en liberar a los hombres del mal, empezando por sí mismos, porque esa es la voluntad del Padre, salvar a sus hijos del mal.

Se libra del mal el hombre que libera su espíritu de la esclavitud del pecado ("todo el que comete pecado es esclavo del pecado"). Es la más íntima de las liberaciones.

Libra del mal todo aquél que ayuda a liberar de la ignorancia, del hambre, de la injusticia, de los pecados, de la enfermedad, de todas las esclavitudes. Esta es una magnífica manera de iluminar todos los trabajos de todos los humanos: el sentido profundo, el más profundo, de todo lo que hacemos, es ayudar a todos a liberarse de sus esclavitudes, de sus limitaciones, de sus ignorancias... y yo soy el primero que me voy liberando al ayudar.

"Creemos en el Padre incomprensible, que no por Padre deja de ser incomprensible y no por incomprensible deja de ser Padre".

Creer en Dios no es fácil: es siempre un riesgo, una apuesta, un acto de confianza. Hemos hecho un acto de fe en Jesús. Nos fiamos de él, aunque no entendamos muchas cosas. Nos gustaría que las cosas fueran de otra manera. Pensamos que, puesto que no son como a nosotros nos parece que deberían ser, Dios es injusto o no hay Dios.

Este es el momento de recordar la extraordinaria frase de Pablo: yo lo único que sé es Cristo, y Cristo crucificado. Otros buscan prodigios o sabidurías. Yo sé sólo Cristo crucificado, creo que es la Palabra, y vivo según esa Palabra.

AL AMANECER
En la segunda parte del evangelio de hoy se presenta una escena entrañable, que bien habría merecido leerse ella sola un domingo. Jesús ha dormido con sus discípulos en casa de Simón y Andrés. Cuando los primeros pájaros despiertan al alba, Jesús se levanta en silencio, pasa con cuidado entre los cuerpos tendidos en sus esteras, sale al exterior y, todavía en la penumbra del amanecer, sale al campo - ¿a la playa quizá? – a encontrarse con el Padre.

Será esta una costumbre habitual de Jesús. Aparece en varios lugares en los evangelios. Incluso a veces se pasa la noche entera en oración. Jesús necesita de la oración, necesita encontrarse a solas con el Padre.

No pierde la presencia de Dios durante el día, continuamente está levantando el corazón en breves plegarias, continuamente está viendo a Dios en todas las cosas, hablando de Dios a toda la gente, pero su espíritu necesita estarse a solas con el Padre, y lo encuentra al amanecer, mientras los demás duermen.

Jesús, ser humano como nosotros, nos muestra una de nuestras necesidades más olvidadas: quedarnos a solas con el Padre, para escuchar, para refrescar, para tranquilizar, para coger fuerzas.

José Enrique Galarreta




LA CONDUCTA ATÍPICA DE JESÚS
José Luis Sicre

El evangelio del domingo pasado contaba el asombro causado por la predicación de Jesús y por su poder sobre los espíritus inmundos. Todo eso ocurrió un sábado en la sinagoga de Cafarnaúm. El evangelio de este domingo nos cuenta cómo terminó ese sábado y qué ocurrió en los días siguientes.

Jesús cura en sábado
La doctrina de Jesús causó admiración porque enseñaba con autoridad, no como lo escribas. Y esa misma autoridad la demuestra curando en sábado a la suegra de Pedro. Quien lee este relato de Marcos no presta atención al hecho de que la curación tenga lugar en sábado. Pero cuando se conocen los otros evangelios, y se sabe que una de las acusaciones más fuertes contra Jesús fue la de curar en sábado, el detalle adquiere mayor importancia.

Un relato de milagro consta generalmente de los siguientes elementos: a) se presenta al enfermo, subrayando a veces la gravedad de la enfermedad; b) el interesado u otra persona pide su curación; d) Jesús lo cura, a veces con solo su palabra, a veces con algún tipo de acción; e) el enfermo demuestra que ha sido curado; p. ej., el paralítico carga con su camilla, el cojo da saltos. En nuestro caso, el relato es extraordinariamente breve y todo se cuenta con rapidez: «La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.»

La fiebre de la enferma no es de escasa importancia, le obliga a guardar cama. Y el hecho de que se lo cuenten a Jesús significa que le preocupa a la familia. Él no dice una palabra, se limita a tomarla de la mano y levantarla. Para demostrar que se ha curado plenamente, se pone a servirlos.

Una feminista radical estadounidense dedujo de este detalle final que ni siquiera el evangelio libera a la mujer de su situación de esclavitud a los varones. Pero es una visión demasiado estadounidense y actual del relato. Lo que quiere decir Marcos no es que la mujer cristiana deba estar al servicio del varón, sino que la suegra se curó plenamente.

Un día en la vida de Jesús: ayuda y oración
Nosotros, no sé desde cuándo ni por qué, comenzamos el nuevo día a las 0 horas, cuando cualquier persona sensata está en la cama (menos muchos españoles). En la Biblia, el día termina al ponerse el sol (a eso de las 17:30 o algo más tarde según la época del año). Al ponerse el sol termina el sábado, día de descanso, y comienza el día siguiente. La gente puede caminar, comprar, etc., y aprovecha la ocasión para llevar ante Jesús a todos los enfermos y endemoniados. En este contexto dice Marcos, casi de pasada, que Jesús “expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.” Esta idea, que ya apareció el domingo pasado en el relato del endemoniado y que se repetirá en otros momentos, la presentó Wilhelm Wrede en 1901 como “el secreto mesiánico en Marcos”. Jesús no quiere que la gente sepa desde el principio su verdadera identidad, tienen que irla descubriendo poco a poco, escuchándolo y viéndolo actuar.

Él se dedica a curar enfermos. No se dice cuánto tiempo les dedicó. Se supone que hasta tarde. En Israel, como en todo el Mediterráneo, la noche no cae de repente. Tampoco se dice dónde cenan Jesús y sus discípulos, ni dónde se quedan a dormir. Los evangelios no son biografías ni se detienen en detalles que consideran secundarios.

En cambio, Marcos indica que Jesús se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Vienen a la mente las palabras del Salmo 63: “¡Oh Dios, tu eres mi Dios, por ti madrugo.” Estamos al comienzo del evangelio, y Marcos indica algo que será una constante en la vida de Jesús: su oración, el contacto diario e intenso con el Padre, del que saca fuerzas para llevar adelante su misión.

Esta misión no se caracteriza por elegir lo cómodo y fácil. En Cafarnaúm toda la gente pregunta por él, quiere verlo y escucharlo. Sin embargo, él decide recorrer de nuevo toda Galilea. Ya lo había hecho solo, cuando metieron a Juan en la cárcel. Ahora lo hace acompañado de los cuatro discípulos. Y no sólo predica, también expulsa demonios.

Job, Jesús y nosotros
El texto de Job ha sido elegido como primera lectura pensando, probablemente, en los enfermos a los que cura Jesús. Existe una gran diferencia entre ellos. Job es el hombre destrozado por el sufrimiento, sin horizonte, que considera la vida un absurdo, convencido de que sus días se consumen sin esperanza y de que sus ojos no verán más la dicha. En cambio, los enfermos del evangelio y las personas que los rodean alientan la esperanza de encontrar la curación en Jesús, y la consiguen. De aquí no se pueden sacar conclusiones exageradas, como si cualquier enfermo actual que confía en Jesús se vaya a ver curado de su enfermedad. Pero, quien confía en él y se le acerca no terminará desilusionado y amargado como Job.

José Luis Sicre




FALLA EL MODO DE MIRAR
Pedro Miguel Lamet 

Leo en el Maestro Eckhart: “Un hombre va por el campo y reza su oración y reconoce a Dios, o está en la iglesia y reconoce a Dios: si reconoce más a Dios por estar en un lugar de silencio, es debido a su insuficiencia, no a Dios; porque Dios está en todas las cosas y lugares por igual y está dispuesto a darse del mismo modo en cuanto de él depende”.
No está en lo de fuera la dificultad sino en nuestro modo de mirar. Pocas veces la gente ha estado tan confusa ante la corrupción política, el barullo mediático, la situación de la Iglesia, la crisis económica, la violencia de género. Si somos incapaces de verle ahí también es porque somos incapaces de descubrir el silencio que hay detrás de tanto ruido, su sabor a más, su agujero de infinito.




EL ARTE DE CREER
Pedro Miguel Lamet 

Cuenta una vieja leyenda hindú que hubo un tiempo en que todos los hombres eran dio­ses, pero abusaron de su divinidad y el dios supremo Brahma decidió despojarlos de su ser y poder divinos y ocultarlos donde ningún hombre pudiera encontrarlos. Fue ardua la ta­rea de encontrar un buen escondite. Algunos dioses menores convocados a consejo para dar con el lugar adecuado para esconder la divini­dad del hombre propusieron ocultarla en lo más hondo de la tierra o arrojarla al fondo de los océanos; otros dijeron que lo más seguro sería elevarla por los aires a la más alta de las atmósferas.

Pero Brahma dijo que él sabía de qué pasta había hecho al hombre y que llegaría un día en que los seres humanos excavarían las entrañas de la tierra, descenderían al suelo de las aguas más profundas y surcarían las bóvedas celes­tes. Así que podrían reencontrar su divinidad.

Se desalentaron los dioses menores: no había lugar en el mundo donde esconder la di­vinidad de modo que nadie pudiera encon­trarla. Meditó un rato Brahma, y presentó su decisión: escondería la divinidad del hombre en lo más profundo del propio ser de los huma­nos; era el último sitio donde irían a buscarla.

Como cualquier otro aspecto de nuestra vida, cualquier tipo de fe o religación trascendente es en sí misma ambigua. Religiosos dicen ser los suicidas fedayines que matan indiscriminadamente en nombre de Dios y otros fanáticos más cercanos que confunden fe religiosa con intolerancia, culpabilidad, angustia y miedo. La religión mal entendida ha fabricado mucha infelicidad y reglamentación huera, si no terror y hasta locura.

En cambio la fe auténtica en el Dios-amor, ese que según el citado relato hindú se esconde en los profundo del corazón humano, ha liberado conciencias, ha hecho crecer al hombre, le ha reportado alegría y capacidad de superar las mayores desgracias, ha engendrado santos tan heroicos como Teresa de Jesús, el Poverello de Asís o Francisco de Javier, un quijote a la divino, o defensores de la paz y la justicia como Gandhi o Romero.

La pregunta, desde esta perspectiva, siempre es la misma: ¿Hasta qué punto la religión o cualquier suerte de fe en algo trascendente nos ayuda en nuestra realización como personas? Parece que la respuesta viene a ser siempre la misma: Todo el mundo cree en algo, aunque sea en el amor de su novia o en un ensueño de felicidad futura. Si no, viene el desmoronamiento de la persona. Y si además se trata de una fe trascendente profunda y auténtica, no en un código moral puramente legalista, castrante o impuesto desde fuera, se produce en el ser humano una enriquecedora armonía consigo mismo, los demás y el universo. Una señal de estar en el buen camino.

Decía el dubitante Unamuno que la fe es el poder creador del hombre, “nos hace vivir mostrándonos que la vida, aunque dependa de la razón, tiene en otra parte su manantial y su fuerza, en algo sobrenatural y maravilloso”. Algo que no hace falta buscar más allá de las estrellas porque puede ser encontrado en lo secreto, como decía Jesús de Nazaret: “El reino de los cielos, dentro de vosotros está” (Lc 17:20-21).

No vivimos un mundo muy propicio para la fe y las creencias, sino rendido a un culto a lo inmediato, al bienestar de la materia; y entregado a una desesperada huida de las grandes preguntas que han inquietado al hombre. Pero cualquiera ha podido experimentar en sí mismo o en su casa, en su madre o algún abuelo o pariente cercano o lejano hasta qué punto la fe puede dar fuerza en una situación límite, porque como dice el proverbio bíblico “mueve montañas”. O como escribió Teresa de Jesús: “Amor de agradar a Dios / y fe que lo intente a ciegas/ hacen posible las cosas/ que por razón no lo fueran”. Quizás la mejor respuesta esté en el silencio y la contemplación del paisaje y de la vida, dejando hablar al mar la montaña o al secreto susurro del propio corazón.
Pedro Miguel Lamet