viernes, 9 de febrero de 2018

José Antonio Pagola - AMIGO DE LOS EXCLUIDOS



José Antonio Pagola - AMIGO DE LOS EXCLUIDOS

Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, olvidados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.

Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: «Dios hace salir su sol sobre buenos y malos». Así es él.

Por eso a veces reclama con fuerza que cesen todas las condenas: «No juzguéis y no seréis juzgados». Otras, narra una pequeña parábola para pedir que nadie se dedique a «separar el trigo y la cizaña», como si fuera el juez supremo de todos.

Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de «hombre de Dios» comiendo y bebiendo animadamente con pecadores.

Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: «Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores». Jesús no se defendió. Era cierto, pues en lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.

Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.

De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies a aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados. Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero, queda limpio».

Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, psicóticos, inmigrantes, homosexuales...) y los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida nos estamos alejando gravemente de Jesús.

Domingo 6 Tiempo ordinario - B 
(Marcos 1,40-45)
11 de febrero 2018

José Antonio Pagola 




LOS LÁZAROS
Florentino Ulibarri

Los lázaros,
los hijos de la calle,
los parias de siempre,
los sin techo,
los sin trabajo,
los desarraigados,
los apátridas,
los sin papeles,
los mendigos,
los pelagatos,
los andrajosos,
los pobres de solemnidad,
los llenos de llagas,
los sin derechos,
los espaldas mojadas,
los estómagos vacíos,
los que no cuentan,
los marginados,
los fracasados,
los santos inocentes,
los dueños de nada,
los perdedores,
los que no tienen nombre,
los nadie...

Los lázaros,
que no son aunque sean,
que no leen sino deletrean,
que no hablan idiomas sino dialectos,
que no cantan sino que desentonan,
que no profesan religiones sino supersticiones,
que no tienen lírica sino tragedia,
que no acumulan capital sino deudas,
que no hacen arte sino artesanía,
que no practican cultura sino costumbrismo,
que no llegan a ser jugadores sino espectadores,
que no son reconocidos ciudadanos sino extranjeros,
que no llegan a protagonistas sino a figurantes,
que no pisan alfombras sino tierra,
que no logran créditos sino desahucios,
que no innovan sino que reciclan,
que no suben a yates sino a pateras,
que no son profesionales sino peones,
que no llegan a la universidad sino a la enseñanza elemental,
que no se sientan a la mesa sino en el suelo,
que no reciben medicinas sino lamidas de perros,
que no se quejan sino que se resignan,
que no tienen nombre sino número,
que no son seres humanos sino recursos humanos...

Los lázaros,
los que se avergüenzan y nos avergüenzan,
pueblan nuestra historia,
fueron tus predilectos
y están muy presentes en tu evangelio.

Los lázaros
pertenecen a nuestra familia
aunque no aparezcan en la fotografía,
y serán ellos quienes nos devuelvan la identidad
y la dignidad perdidas.

Florentino Ulibarri




LIBERAR A LOS DEMÁS ES SIEMPRE ARRIESGARSE
Fray Marcos
Mc 1, 40-45

Seguimos en el primer capítulo de Mc. Después de un enunciado general, que resume su habitual manera de actuar, (fue predicando por las sinagogas y expulsando demonios), nos narra la curación de un leproso. El leproso no tiene nombre. Tampoco se habla de tiempo y lugar determinados. Se advierte una falta total de lógica narrativa. Apenas ha pasado un día de la predicación de Jesús y ya le conocen hasta los leprosos que vivían en total aislamiento.

La primera lectura es suficientemente expresiva. La lepra era el motivo más radical de marginación. Lo que se entendía por lepra, en la antigüedad, no coincide con lo que es hoy esa enfermedad concreta. Más bien se llamaba lepra a toda enfermedad de la piel que se presentara con un aspecto más o menos repugnante. Tanto la lepra como las normas sobre la enfermedad, no son originales del judaísmo. Esas normas nos parecen hoy inhumanas, pero debían defenderse de una enfermedad que podía causar estragos en una población.

Se trataba de salvaguardar la vida de la comunidad ante una enfermedad contagiosa y mortal. Sin la garantía de que era Dios el que lo mandaba, no hubiera tenido ningún efecto la prohibición. Por eso todas las normas se presentaban como recibidas de Dios, aunque fueran simplemente profilácticas. En una de las losas donde se encontró escrito el Código de Hammurabi, lo primero que aparece es la figura del rey recibiendo de Dios el escrito.

Se acercó, suplicándole de rodillas: Si quieres puedes limpiarme. Esta actitud indica a la vez valentía, porque se atreve a trasgredir la Ley, pero también el temor a ser rechazado, precisamente por eso. Se puede descubrir una complicidad entre el leproso y Jesús. Los dos van más allá de la Ley. Uno por necesidad imperiosa, el otro por convicción profunda.

Sintiendo lástima. La devaluación del significado de la palabra “amor” nos obliga a buscar un concepto más adecuado para expresar esa realidad. En el NT, ‘compasivo’ se dice solo de Dios y de Jesús. La acción de Dios manifestada a través de los sentimientos humanos. La compasión era ya una de las cualidades de Dios en el AT. Jesús la hace suya en toda su trayectoria. Es una demostración de que para llegar a lo divino no hay que destruir lo humano. La compasión es la forma más humana de manifestar el amor.

Le tocó. El significado del verbo griego aptw, no es en primer lugar tocar, sino sujetar, atar, enlazar. Este significado nos acerca más a la manera de actuar de Jesús. Quiere decir que no solo le tocó un instante, sino que mantuvo esa postura durante un tiempo. Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir de la lepra, podemos comprender el profundo significado del gesto, suficiente por sí mismo para hacer patente la actitud vital de Jesús. No solo está por encima de la Ley sino que asume el riesgo de contraer la lepra.

Quiero... La simplicidad del diálogo esconde una riqueza de significados: Confianza total del leproso, y respuesta que no defrauda. No le pide que le cure, sino que le limpie. Por tres veces se repite el verbo kadarizw limpiar, verbo que significa también, liberar. Nos está lanzando más allá de una simple curación. No solo desaparece la enfermedad, sino que le restituye en su plena condición humana: Le devuelve su condición social, y su integración religiosa. Vuelve a sentir la amistad de Dios, que era el valor supremo para todo buen judío.

Lo echó fuera… y cuando salió… La segunda parte del relato es de una gran importancia. Se supone que estaban en un lugar apartado del pueblo, sin embargo el texto griego dice literalmente: lo expulsó fuera, y del leproso dice: cuando salió. Una vez más nos está empujando a una comprensión espiritual. Jesús no quiere que continúe junto a él y lo despide inmediatamente; eso sí, con el encargo de no contarlo y de presentarse ante el sacerdote. Una vez más, manifiesta Mc el peligro de que las acciones de Jesús en favor del marginado fueran mal interpretadas.

¡Qué curioso! Jesús acaba de saltarse la Ley a la torera, pero exige al leproso que cumpla lo mandado por Moisés. Hay que estar muy atento para descubrir el significado. Jesús no está nunca contra la Ley, sino contra las injusticias y tropelías que se cometían en nombre de la Ley. Él mismo tuvo que defenderse: “no he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”. Jesús se salta la Ley cuando le impide estar a favor del hombre. Presentarse al sacerdote era el único modo que tenía el leproso de recuperar su estatus social.

El evangelio nos dice que las consecuencias de la proclamación del hecho fueron nefastas para Jesús. Si había tocado a un leproso, él mismo se había convertido en apestado. Y no podía ya entrar abiertamente en ningún pueblo. Las consecuencias de la divulgación del hecho podían también ser nefastas para el leproso. Era el sacerdote el único que podía declarar puro al contagiado. Los sacerdotes podían ponerle dificultades si tenían conocimiento de cómo se había producido la curación.  

La lepra producía exclusión porque la sociedad era incapaz de protegerse de ella por otros medios. Hoy la sociedad sigue creando marginación por la misma razón, no encuentra los cauces adecuados para superar los peligros que algunas conductas sociales suponen para los instalados. No somos todavía capaces de hacer frente a esos peligros con actitudes humanas. A veces se toman medidas para aliviar la situación de los marginados pero teniendo mucho cuidado de no cambiar la situación que supondría perder privilegios.

Jesús se pone al servicio del hombre sin condiciones. Lo que tenemos que hacer es servir a los demás como hace Jesús. Dios no tiene nada que ver con la injusticia, ni siquiera cuando está amparada por la ley humana o divina. Jesús se salta a la torera la Ley, tocando al leproso. Ninguna ley humana, sea religiosa, sea civil, puede tener valor absoluto. Lo único absoluto es el bien del hombre. Pero para la mayoría de los cristianos sigue siendo más importante el cumplimiento de la ley que el acercamiento al marginado.

No creo que haya uno solo de nosotros que no se haya sentido leproso y excluido por Dios. El pecado es la lepra del espíritu, que es mucho más dañina que la del cuerpo. Es un contrasentido que, en nombre de Dios, nos hayan separado de Dios. El evangelio de Jesús, es sobre todo buena noticia. El Dios de Jesús es Padre porque es Ágape. De Él, nadie se tiene que sentir apartado. La experiencia de ser aceptado por Dios es el primer paso para no excluir a los demás. Pero si partimos de la idea de un Dios que excluye, encontraremos mil razones para excluir en su nombre. Es lo que hoy seguimos haciendo.

Seguimos aferrados a la idea de que la impureza se contagia, pero el evangelio nos está diciendo que la pureza, el amor la libertad la salud, la alegría de vivir, también pueden contagiarse. Este paso tendríamos que dar si de verdad somos cristianos. Seguimos justificando demasiados casos de marginación bajo pretexto de permanecer puros. ¡Cuántas leyes deberíamos saltarnos hoy para ayudar a todos los marginados a reintegrarse en la sociedad y permitirles volver a sentirse seres humanos!

Meditación

El nuevo nombre del amor podría ser hoy compasión.
Todos los que encontramos en nuestro camino
esperan que sepamos hacer nuestros sus padecimientos.
Si fuésemos capaces de compadecernos, vendría el Reino.
Como seres limitados, necesitamos que los demás nos completen.
Como humanos, debemos volcarnos en los demás.

Fray Marcos




JESÚS, IMPURO
José Enrique Galarreta
Mc 1, 40-45

Imaginar la escena es sencillo, pero debemos enfatizar lo dramático de la misma. A la entrada de un poblado, un leproso incumple la ley y se acerca a Jesús. La reacción de todos sería el escándalo, la alarma, el miedo. El leproso hace un precioso acto de fe: "Si quieres, puedes limpiarme".

La reacción de Jesús no tiene nada que ver con la ley, sino con la profunda humanidad: El mismo texto nos da la clave: "Compadecido". Inmediatamente, el horror de todos sube al máximo cuando Jesús no sólo no se aparta, sino que se acerca más y le toca. Los tres sinópticos usan la misma frase: Extendió la mano y le tocó. Absolutamente inconcebible, escandaloso, contra la ley, contra la prudencia...

La segunda parte del relato tiene otro contenido. El leproso curado debe presentarse a los sacerdotes para que certifiquen la curación, pero Jesús, además, le prohibe que lo cuente. Se trata del famoso "secreto mesiánico", del evangelio de Marcos. Aparece frecuentemente esta idea del secreto. Jesús prohibe que se cuenten sus milagros.

Hay muchas interpretaciones sobre el tema, pero la más común es que Jesús no quiere que las multitudes le sigan como curandero eficaz, que le identifiquen con un Mesías portador de soluciones materiales.

En la tercera parte, se muestra a Jesús acosado por las multitudes, que ya ni entra en las ciudades sino que se queda fuera, en lugares solitarios, acosado por las multitudes que le traen sus enfermos (que es precisamente lo que, al parecer, Él no quería).

REFLEXIÓN
Impuro, y por tanto rechazado.

"Impuro" es un término ampliamente utilizado en el AT., y con significados, aunque similares, bastante diversos. Hay impurezas que son de aspecto más bien higiénico, e incluso que parecen "tabúes" populares. Otras veces se refiere a prescripciones de tipo legal - no tocar cadáveres - o ritual.

El libro de Levítico señala infinidad de causas de impureza. Aparecen también "impurezas" más profundas. Se llega en algún momento a identificar "impuro" con "profanado", oponiendo "impuro y santo". Más aún: Israel considera lo extranjero, la tierra y los hombres como "impuros", ajenos al Pueblo Elegido.

En todos los casos, sin embargo, hay dos características claras: el impuro no puede acercarse a las cosas sagradas, ni al culto; y la purificación consiste siempre en algo puramente ritual. Nunca, en ningún texto, se acompaña la purificación de la impureza con el arrepentimiento o la conversión.

Este concepto planteará graves problemas en el principio de la comunidad cristiana. Son buena muestra de ello los problemas de Pedro, que ha tratado con gentiles y comido alimentos prohibidos, en su visita al centurión en Cesarea, donde se expresa muy claramente que Pedro ha entendido ya la superación que Jesús supone sobre el concepto de "impuro", desde luego respecto a los alimentos, pero mucho respecto a los gentiles. El punto final del tema nos lo da el mismo Pablo en el cap. 14 de la carta a los romanos, indicando el comportamiento que recomienda a los cristianos sobre estos temas.

Jesús ha mostrado respecto a esto dos posturas definitivas.

La primera, respecto a las "impurezas" de tipo legal. Mateo 15 y Marcos 7 recogen la enseñanza del Maestro: " No es lo que entra en el hombre lo que le hace impuro, sino lo que sale del corazón del hombre". Es decir, no se trata de "impurezas legales", de tabúes o mandamientos extraños: se trata de salir del pecado. El pecado no es algo ritual, es la postura del hombre ante Dios.

La segunda, la más importante, la que aparece en este evangelio de hoy: el comportamiento hacia el "impuro", hacia el rechazado. Israel aparta al impuro y al pecador, porque contaminan. Parece que la mayor preocupación del justo es conservarse limpio, se "irreprochable ante Dios". Mezclarse con pecadores, mezclarse con leprosos, mezclarse con extranjeros... es lo mismo: un peligro para la pureza personal.

Pero Jesús, que ha superado la noción de impureza exterior, reacciona ante el pecador sencillamente como médico. Es perfecto el texto de Mateo 8, Marcos 2, y Lucas 5. Le reprochan "comer con los publicanos y los pecadores" y Jesús contesta: "No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos".

"Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes."

¿Estará insinuando Marcos que Jesús fue considerado "impuro" y que no podía entrar en las ciudades, a pesar de lo cual la gente acudía a Él? No está totalmente claro, pero desde luego estaría plenamente justificado en la mentalidad del momento, y sería la máxima expresión de "se hizo todo a todos, para salvarlos".

Es decir, que la actitud de "ante todo salvar", produce escándalo y rechazo de aquellos cuya actitud es "ante todo mantenerse limpio". Y aquí se inscribe el tema del escándalo. Escandalizar por querer ante todo salvar es la consecuencia de seguir a Jesús: seremos rechazados como Él lo fue.

Y es tan rara la postura del hombre que, ante todo, busca el bien del otro, que la existencia de este escándalo puede ser la piedra de toque de que somos o no de Jesús. Pablo habla de otro tema: si alguna acción mía intrascendente (comer o no comer tal o cual cosa) va a producir escándalo, se evita, para no dañar. (Pablo hizo que su discípulo Timoteo -no judío- se circuncidase, para no herir la susceptibilidad de los grupos judeo-cristianos)

Nosotros, la iglesia estamos llamados a escandalizar, como Jesús. No podemos pretender ser más que el Maestro; si a él le rechazaron, sería lógico que a nosotros se nos rechazara. Pero por lo mismo que rechazaron a Jesús, y sólo por eso. Por nuestra vida semejante a la de él, austera, solidaria, comprometida.

Pero nuestro escándalo suele ser otro. El mundo se escandaliza de que no somos pobres, de que somos poderosos, de que decimos más de lo que hacemos... Ese escándalo es la voz de Dios, que nos exige seguir a Jesús mejor. El mundo no se escandaliza de que ante todo salvamos, de que somos diferentes... El mundo no nos rechaza por eso.

Esta falta de escándalo es preocupante. Cada uno debe mirar su propia vida. Si se escandalizan de mí diciendo: Éste dice que sigue a Jesús pero... Éste va a Misa todos los domingos pero.... O si, por el contrario, se escandalizan de mí diciendo "Éste está loco, éste perdona, éste no pone su interés en el dinero o en el prestigio o en...." Debemos analizar seriamente: ¿Qué escándalo produce mi vida?

José Enrique Galarreta




PODER Y COMPASIÓN
José Luis Sicre

Tras la curación de la suegra de Pedro y a otros muchos enfermos, Marcos cuenta el primer gran milagro de Jesús: la curación de un leproso. El texto sólo se comprende a fondo teniendo en cuenta los casos parecidos, y muy distintos, de Moisés y Eliseo.

La lepra en el antiguo Israel: diagnóstico y curación

"La lepra, en el sentido moderno, no fue definida hasta el año 1872 por el médico noruego A. Hansen. En tiempos antiguos se aplicaba la palabra "lepra" a otras enfermedades; por ejemplo, a enferme­dades psicógenas de la piel" (J. Jeremias, Teologia del AT, 115, nota 36).

En Levítico 13 se tratan las diversas enfermedades de la piel: inflama­ciones, erupciones, manchas, afección cutánea, úlcera, quemadu­ras, afecciones en la cabeza o la barba (sarna), leucodermia, alopecia. Se examinan los diversos casos, y el sacerdote decidirá si la persona es pura o impura (caso curable o incurable). De ese capítulo está tomado el breve fragmento de la primera lectura de este domingo.

Dos casos de lepra: impotencia de Moisés, poder sin compasión de Eliseo
El milagro de curar a un leproso sólo se cuenta en el AT de Moisés (Números 12,10ss) y de Eliseo (2 Reyes 5). Es interesante recordar estos relatos para compararlos con el de Marcos.

María y Aarón murmuran de Moisés, no se sabe exactamente por qué motivo. En cualquier hipótesis, Dios castiga a María (no a Aarón, cosa que indigna a las feministas, con razón). "Al apartarse la nube de la tienda, María tenía toda la piel descolorida como nieve". Aarón se da cuenta e intercede por ella ante Moisés. Pero Moisés no puede curarla. Sólo puede pedirle a Dios: "Por favor, cúrala". El Señor accede, con la condición de que permanezca siete días fuera del campamento (Números 12).

El caso de Eliseo es más entretenido y dramático (2 Reyes 5). Naamán, un alto dignatario sirio, contrae la lepra, y una esclava israelita le aconseja que vaya a visitar al profeta Eliseo. Naamán realiza el viaje, esperando que Eliseo salga a su encuentro, toque la parte enferma y lo cure. Pero Eliseo no se molesta en salir a saludarlo. Le envía un criado con la orden de lavarse siete veces en el Jordán. Naamán se indigna, pero sus criados lo convencen: obedece al profeta y se cura. A diferencia de Moisés, Eliseo puede curar, aunque sea con una receta mágica, pero no siente la menor compasión por el enfermo.

Jesús: poder y compasión
El relato de Marcos consta de seis elementos: petición del leproso; reacción de Jesús; resultado; advertencia; reacción del curado; consecuencias.

Petición del leproso. Tres detalles son importantes en la actitud del leproso: 1) no se atiene a la ley que le prohíbe acercarse a otras personas; 2) se arrodilla ante Jesús, en señal de profundo respeto; 3) confía plenamente en su poder; todo depende de que quiera, no de que pueda.

Reacción de Jesús. Podía haber respondido a la petición del leproso con las simples palabras: “Quiero, queda limpio”. Con ello, a diferencia de Moisés y de Eliseo, habría demostrado su poder: no necesita pedir la inter­vención de Dios, ni recurrir a remedios cuasi-mágicos. Sin embargo, antes de demostrar su poder muestra su compasión. Marcos habla de lo que siente (“lástima”) y de lo que hace (“extendió la mano y lo tocó”). Es lo que esperaba el sirio Naamán que hiciera Eliseo: tocar su parte enferma. Por otra parte, quien tocaba a un leproso quedaba impuro; pero a Jesús no le preocupa este tipo de impureza.

Advertencia. Aparentemente, Jesús da dos órdenes al recién curado: 1) que no se lo diga a nadie; 2) que se presente al sacerdote. La primera (no decirlo a nadie) resulta extraña, porque Jesús no pretende pasar desapercibido. Es probable que las dos órdenes estén relacionadas entre sí, formando una sola: «no te entre­tengas en decírselo a nadie, sino ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». ¿Qué había ordenado Moisés? Según el Levítico, el curado debe ofrecer: dos aves puras (se suponen tórtolas o pichones), dos corderos sin defecto, una cordera añal sin defecto, doce litros de flor de harina amasada con aceite y un cuarto de litro de aceite. Con todo ello el sacerdote realiza un complejo ritual que dura ocho días. Además, el curado deberá afeitarse completamente el primer día y raparse de nuevo el octavo.

Las palabras finales de Jesús parecen tener un tinte polémico: «para que les conste». Se pasa del singular (el sacerdote) al plural (les conste), como si Jesús pensase en todos sus adversa­rios que no lo aceptan.

Reacción del curado. No obedece a ninguna de las dos órdenes de Jesús. Ni se calla ni acude al sacerdote. Según la traducción litúrgica, «empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones». Una traducción más literal sería: «empezó a predicar mucho y a divulgar la palabra». Como si el leproso curado, en vez de atenerse a lo mandado por Moisés prefiriese convertirse en un misionero cristiano.

Consecuencias. Jesús no puede entrar abiertamente en ningún pueblo. Debe permanecer en descampado, y aun así acuden a él. ¿Por qué esta reacción suya? Sabiendo lo que cuenta Marcos más tarde, la respuesta sería: para no verse agobiado por la multitud de gente que acude a él.

Una lectura simbólica: el leproso es cada uno de nosotros

Los relatos evangélicos tienen siempre una gran carga simbólica. Quieren que nos identifiquemos con la situación que narran. En este caso, con el leproso. Todos llevamos dentro algo, mucho o poco, de lo que nos sentimos culpables. Podemos negarnos a admitirlo, escondiendo la cabeza bajo tierra, como el avestruz. O podemos reconocerlo, y acudir humildemente a Jesús, con la certeza de que “si quieres puedes limpiarme”. Él tiene el poder y la compasión necesarios para cambiar nuestra vida.

José Luis Sicre




EL SACRAMENTO DE LA MACETA
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Barro , piedra y un humilde tiesto. 
Es todo lo que necesita el decorador rural para alegrar la calle del pueblo.
“Esparcirán sus olores 
/ las pudibundas violetas 
/ y habrá sobre tus macetas 
/ las mismas humildes flores: 
/ la misma charla de amores 
/ que su diálogo desgrana 
/ en la discreta ventana, 
/ y siempre llamando a misa 
/ el bronce, loco de risa, 
/ de la traviesa campana”.

¿Hace falta más para evocar el regreso al lugar de la adolescencia que esta estrofa de “Viaje al terruño” de Ramón López Velarde? 

Olor, sonido e imagen despiertan el recuerdo dormido hasta recuperar la vivencia. 
Las pequeñas cosas pueden llegar a convertirse en sacramentos. Porque es cierto que todo fluye, y sin embargo también todo queda. El tiempo se para en el álbum de fotos que llevamos dentro; y eso, aunque no lo creamos, nos conecta directamente con lo indecible.




Pedro Arrupe
por Pedro Miguel Lamet, SJ.

El 5 de febrero, se cumplieron 27 años de la muerte de Pedro Arrupe después de nueve años de martirio incruento enfermo de un ictus cerebral en al curia de los jesuitas de Roma. Fui varias veces a verlo y a entrevistarle para mi biografía. He aquí uno de los poemas que escribi entonces.

A LA MANTA DE ENFERMO DE PEDRO ARRUPE
Agazapada y quieta, con la dócil blandura
de un animal querido, ¿qué secretos escondes?
¿Nueve años de enfermo o la gloria perfecta?
Sobre la lana a cuadros dos manos de un amigo,
aquellos dedos largos con palidez de muerte,
dos palomas torcidas por un rayo de sangre
que arrullaban al mundo en su regazo abierto.
Con el cuello quebrado y la mirada ardiente
y la gracia asomada a un rostro en la parálisis,
¿quién dijo que la cruz no puede ser sonrisa?
Tu piel transparentaba, perdida en el vacío,
la blancura sin fin de otras blancas paredes.
Tu corazón latía con el pulso del cosmos.
Oriente y Occidente añoraban tu abrazo,
tu palmada en el hombro, tu voz de compañero.
¡Qué huérfanas las sombras de tu fuerte palabra!
¡Qué habitado silencio se abría en tus pupilas!
Te arrancaron pedazos del alma peregrina,
te dejaron sin nada para llorar a solas...
Y la antorcha de Dios, bajo tanto abandono,
como un ardiente cirio de ti se traslucía.
Poderes de este mundo y púrpuras de Iglesia
ya son sólo cenizas en sombras de Hiróshima.
En Japón te ha añorado, atónito, un nenúfar,
cuando en San Pedro tañen a muerte las campanas.
¡Ay, Pedro, quién pudiera tenderse como un perro
a tu pie de caudillo vaciado del presente
y ser como tu manta, un dócil instrumento,
la “ignaciana librea” de amor a Jesucristo!

Pedro Miguel Lamet