viernes, 12 de enero de 2018


José Antonio Pagola - ¿QUÉ BUSCAMOS?

Las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio de Juan nos dejan desconcertados, porque van al fondo y tocan las raíces mismas de nuestra vida. A dos discípulos del Bautista que comienzan a seguirlo Jesús les dice: «¿Qué buscáis?».

No es fácil responder a esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura «cerrada» como la nuestra, que parece preocuparse solo de los medios, olvidando siempre el fin último de todo. ¿Qué es lo que buscamos exactamente?

Para algunos, la vida es «un gran supermercado» (D. Sölle), y lo único que les interesa es adquirir objetos con los que poder consolar un poco su existencia. Otros lo que buscan es escapar de la enfermedad, la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Pero escapar, ¿hacia dónde?, ¿hacia quién?

Otros ya no pueden más. Lo que quieren es que se les deje solos. Olvidar a los demás y ser olvidados por todos. No preocuparse por nadie y que nadie se preocupe de ellos.

La mayoría buscamos sencillamente cubrir nuestras necesidades diarias y seguir luchando por ver cumplidos nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho? ¿Se habría apaciguado nuestra sed de consuelo, liberación y felicidad plena?

En el fondo, ¿no andamos los seres humanos buscando algo más que una simple mejora de nuestra situación? ¿No anhelamos algo que, ciertamente, no podemos esperar de ningún proyecto político o social?

Se dice que los hombres y mujeres de hoy han olvidado a Dios. Pero la verdad es que, cuando un ser humano se interroga con un poco de honradez, no le es fácil borrar de su corazón «la nostalgia de infinito».

¿Quién soy yo? ¿Un ser minúsculo, surgido por azar en una parcela ínfima de espacio y de tiempo, arrojado a la vida para desaparecer enseguida en la nada, de donde se me ha sacado sin razón alguna y solo para sufrir? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más?

Lo más honrado que puede hacer el ser humano es «buscar». No cerrar ninguna puerta. No desechar ninguna llamada. Buscar a Dios, tal vez con el último resto de sus fuerzas y de su fe. Tal vez desde la mediocridad, la angustia o el desaliento.

Dios no juega al escondite ni se esconde de quien lo busca con sinceridad. Dios está ya en el interior mismo de esa búsqueda. Más aún. Dios se deja encontrar incluso por quienes apenas le buscamos. Así dice el Señor en el libro de Isaías: «Yo me he dejado encontrar por quienes no preguntaban por mí. Me he dejado hallar por quienes no me buscaban. Dije: "Aquí estoy, aquí estoy"» (Isaías 65,1-2).


Domingo 2 Tiempo 
ordinario - B
(Juan 1,35-42)
14 de enero 2018
LOS PRIMEROS DISCÍPULOS
Florentino Ulibarri

Todo comenzó con un encuentro fortuito
un día cualquiera
a eso de las cuatro de la tarde,
una hora sin programaciones.

Tú pasaste cerca
y alguien les dijo quién eras;
ellos te siguieron sin decir nada,
e, intrigado, les preguntaste:
¿Qué buscáis?;
y te respondieron al estilo gallego:
¿Dónde vives, Rabbí?
Tú seguiste el diálogo diciéndoles:
Venid y lo veréis.
Y en un solo día se enamoraron de ti.

Así comenzó a tejerse el tapiz de tus sueños,
y el de ellos,
y el nuestro,
y el de otros que no sabemos...

Los primeros hilos fueron dos amigos y vecinos
que compartían inquietudes y maestro,
Andrés y Juan Zebedeo;
después, el hermano de uno de ellos, Simón Pedro;
y a continuación, Felipe,
un vecino de todos conocido e inquieto,
que se lo contó a su amigo de siempre,
Natanael, que era recto y bueno
y un poco escéptico,
al cual tú ya le habías echado el ojo
viéndolo ocioso.

Así, con muchos hilos finos y gruesos,
y de colores muy diversos...
hasta llegar a nosotros.

Y gracias a este tejer, en red y gratis,
tu nombre y buena noticia resuenan todavía
en nuestro mundo e historia
como algo que merece la pena y da alegría.

Y nosotros
vamos aprendiendo a ser discípulos tuyos
en esta tierra, día a día, Señor.




SOLO SERÁ CRISTIANO EL QUE SIGUE A JESÚS EL CRISTO
Fray Marcos
Jn 1, 35-42

En este 2º domingo del tiempo ordinario nos sigue hablando del comienzo. Juan acaba de presentar a Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo e Hijo de Dios. En lo que hemos leído, sigue poniendo en boca de los distintos personajes otros títulos de Jesús: Rabí, Mesías. En los que siguen y no vamos a leer, se refiriere a aquel de quien han hablado la Ley y los Profetas, para terminar diciendo Natanael: Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Por fin, el mismo Jesús habla del Hijo de Hombre. Jn hace un despliegue de títulos cristológicos al principio de su evangelio, para dejar clara la idea que tiene de Jesús. Naturalmente es una reflexión de una comunidad de finales del s. I. El próximo domingo leeremos la llamada de los primeros discípulos en Mc y no tiene nada que ver.

Este es el cordero de Dios. El cordero pascual no tenía valor sacrificial ni expiatorio. Era símbolo de la liberación de la esclavitud, al recordar la liberación de Egipto. El que quita el pecado del mundo no es el que carga con nuestros crímenes, sino el que viene a eliminar la injusticia. No viene a impedir que se cometa, sino a evitar que el que la sufra, sea anulado como persona. En el evangelio de Jn, el único pecado es la opresión. No solo condena al que oprime, sino que denuncia también la postura del que se deja oprimir. Esto no lo hemos tenido claro los cristianos, que incluso hemos predicado el conformismo y la sumisión. Nadie te puede oprimir si no te dejas.

La frase del Bautista no es suficiente para justificar la decisión de los dos discípulos. Para entenderlo tenemos que pensar en un conocimiento más profundo de lo que Jesús es. Antes había dicho que Jesús venía hacia Juan. Ahora nos dice que Jesús pasaba. Nos esta indicando que le adelanta, que pasa por delante de él. “El que viene detrás de mí...”

Siguieron a Jesús, indica mucho más que ir detrás de él, como hace un perro siguiendo a su dueño. “Seguirle” es un término técnico en el evangelio de Jn. Significa el seguimiento de un discípulo, que va tras las huellas de su maestro, es decir, que quiere vivir como él vive. “Quiero que también ellos estén conmigo donde estoy yo” (17,24). Es la manera de vivir de Jesús lo que les interesa. Es eso lo que él les invita a descubrir.

¿Qué buscáis? La verdadera relación no puede comenzar hasta que Jesús se da la vuelta y les interpela. La pregunta tiene mucha miga. Jn quiere dejar claro que hay maneras de seguir a Jesús que no son las adecuadas. La pregunta: ¿Dónde vives?, aclara la situación; porque no significa el lugar o la casa donde habita Jesús, sino la actitud vital de éste. ¿En qué marco vital te desenvuelves? Porque nosotros queremos entrar en ese ámbito. Jesús está en la zona de la vida, en la esfera de lo divino.

No le preguntan por su doctrina sino por su vida. No responde con un discurso, sino con una invitación a la experiencia. A esa pregunta no se puede responder con una dirección de correos. Hay que experimentar lo que Jesús es. ¿Dónde moras? Es la pregunta fundamental. ¿Qué puede significar Jesús para mí? Nunca será suficiente la respuesta que otro haya dado. Jesús es algo único e irrepetible para mí, porque le tengo que ver desde una perspectiva única e irrepetible, la mía. La respuesta dependerá de lo que yo busque en Jesús.

Venid y lo veréis. Así podemos entender la frase siguiente: “Vieron donde (como) vivía y aquel mismo día se quedaron a vivir con él” (como él). No tiene mucho sentido la traducción oficial, (y se quedaron con él aquel día), porque el día estaba terminando, (cuatro de la tarde). Los dos primeros discípulos todavía no tienen nombre; representan a todos los que intentan pasar al ámbito de lo divino, a la esfera donde está Jesús.

Serían las cuatro de la tarde, no es una referencia cronológica, no tendría la menor importancia. Se trata de la hora en que terminaba un día y comenzaba otro. Es la hora en que se mataba el cordero pascual y la hora de la muerte de Jesús. Nos está diciendo que algo está a punto de terminar y algo muy importante está a punto de comenzar. Se pone en marcha la nueva comunidad, el nuevo pueblo de Dios que permite la realización cabal de hombre. Son modelo del itinerario que debe seguir todo discípulo de Jesús.

Lo que vieron es tan importante, que les obliga a comunicarlo a los demás. Andrés llama a su hermano Simón para que descubra lo mismo. Hablándole del Mesías (Ungido) hace referencia a la bajada y permanencia del Espíritu sobre Jesús en el bautismo. Unos versículos después, Felipe encuentra a Natanael y le dice: hemos encontrado a Jesús. Estas anotaciones nos están diciendo como se fue formando la nueva comunidad. 

Fijando la vista en él. Lo mismo que Juan había fijado la vista en Jesús. Indica una visión penetrante de la persona. Manifiesta mucho más que una simple visión. Se trata de un conocimiento profundo e interior. Pedro no dice nada. No ve clara esa opción que han tomado los otros dos, pero muy pronto va a hacer honor al apodo que le pone Jesús: Cefas, piedra, testarudo; que se convertirá en fortaleza, una vez que se convenza.

En la Biblia se describen distintas vocaciones llamativas de personajes famosos. Eso nos puede llevar a pensar que, si Dios no actúa de esa manera, no hay vocación. En los relatos bíblicos se nos intenta enseñar, no como actúa Dios sino como respondieron ellos a la llamada de Dios. El joven Samuel no tiene idea de cómo se manifiesta Dios, ni siquiera sabe que es Él quien le llama, pero cuando lo descubre se abre totalmente a su discurso. Los dos discípulos buscan en Jesús la manifestación de Dios y la encuentran.

Dios no llama nunca desde fuera. La vocación de Dios no es nada distinto de mi propio ser; desde el instante mismo en que empiezo a existir, soy llamado por Dios para ser lo que mi verdadero ser exige. En lo hondo de mi ser, tengo que buscar los planos para la construcción de mi existencia. Dios no nos llama en primer lugar a desempeñar una tarea determinada, sino a una plenitud de ser. No somos más por hacer esto o aquello sino por cómo lo hacemos.

El haber restringido la “vocación” a la vida religiosa es un reduccionismo inaceptable. Cuando definimos ese camino como “camino de perfección” estamos distorsionando el evangelio. La perfección es un mito que ha engañado a muchos y desilusionado a todos. Esa perfección, gracias a Dios, no ha existido nunca y nunca existirá. Mientras seamos humanos, seremos imperfectos, a Dios gracias. Los “consagrados” constituyen un tanto por ciento mínimo de la Iglesia, pero son el noventa y nueve por ciento de los declarados “santos”. Algo no funciona.

El único baremo para calibrar lo humano es el grado de humanidad. Hemos colocado en los altares a personas que fueron completamente inhumanas. Eso sí, llegaron al séptimo cielo y fueron capaces de hacer milagros. La verdadera humanidad solo se potencia por las relaciones humanas. El marco privilegiado de las relaciones humanas es la familia. Si seguimos pensando que unos padres que tienen que preocuparse de la familia están en peores condiciones que un clérigo para desplegar su humanidad, algo fundamental está fallando. 

Meditación

El primer paso en la vida espiritual será saber lo que busco.
Aunque no puedes saber lo que vas a encontrar,
tienes que tener bien clara la dirección en la que debes ir.
Debes conocer cómo se desplegó en Jesús lo humano y lo divino;
cómo se identificó plenamente con Dios y con el hombre.

Fray Marcos



LLAMADOS POR JESÚS
José Enrique Galarreta
Jn 1, 35-42

El "Tiempo Ordinario" comprende dos grupos de domingos: desde El Bautismo del Señor a Cuaresma, y desde Pentecostés a Adviento. No se celebra nada en concreto. Se ofrece una lectura semicontinua de los Sinópticos. Este año (ciclo B), se lee el Evangelio de Marcos, con alguna inclusión de fragmentos de Juan. Las Lecturas del A.T. están relacionadas temáticamente con los evangelios. Las segundas lecturas se toman de las Cartas, básicamente de Pablo y Santiago, y tienen poca relación con los otros textos.

El pasaje del evangelio se toma del capítulo primero de Juan y recoge "el llamamiento", la vocación de los primeros discípulos de Jesús.

El camino hacia la fe en Jesús sería aún largo. Vendría después el llamamiento a la orilla del lago, el comienzo de la fe en Caná de Galilea, la amistad profunda, la crisis de la cruz, la fe definitiva en el resucitado. Pero éste fue el principio: aquí "se encontraron con Jesús".

Hoy se nos presenta un bello tema de meditación. Una reflexión sobre nuestro propio encuentro con Dios y sobre nuestra vocación. Se plantean dos líneas profundas: un encuentro personal y un llamamiento.

La conversión a Dios, y el seguimiento de Jesús, se producen en el fondo íntimo de la persona: son un encuentro personal profundo. Interviene la persona entera: razón, sentimiento, plan de vida... todo se encuentra con Dios. Hoy se nos presenta por tanto este tema de reflexión. Una reflexión sobre nuestro propio encuentro con Dios y sobre nuestra vocación.

A veces entendemos "vocación" en términos demasiado específicos, como si "vocación" significara una llamada especial de Dios. Todo cristiano (todo ser humano) tiene una vocación. Ser cristiano significa que Dios me ha llamado, me ha propuesto un trabajo, cuenta conmigo para algo. Está en la misma esencia del ser cristiano.

Este llamamiento consiste en que hemos conocido a Jesús y esto nos llama a trabajar en lo de Jesús, en el Reino. Es absolutamente incomprensible separar el conocimiento de Jesús con la invitación a trabajar en el Reino.

Esto puede entenderse como un privilegio. No lo es; es más bien un compromiso. Puedo decir que me siento muy honrado, me siento feliz de que Dios cuente conmigo. Pero sé que si Dios cuenta conmigo asumo una gran responsabilidad y cambio mi vida, me dedico a cosas que serán posiblemente duras y menos agradables.

Cambio el modo de ver la vida: no estoy aquí para disfrutar sino para trabajar: no estoy aquí ni siquiera para "salvarme", sino para "salvar".

Este es el contenido, explícito y claro del llamamiento fracasado del joven rico: no entró en el Reino, fue invitado y declinó la invitación.

Juan y Andrés y Simón y Santiago aceptaron. Es también el contenido de la parábola del Tesoro. Encontrar el tesoro significa venderlo todo para comprar lo de más valor.

Los dos componentes están presentes en la vocación cristiana. Venderlo todo nos duele, pero es para comprar algo mucho mejor: es un tesoro barato. Por esta razón todo esto se llama "La Gran Noticia", la revelación del sentido y el valor de la vida entera.

Ningún modo de vida es tan satisfactorio ni tan válido como aceptar la llamada, entregar la vida a la construcción del Reino.

Sobre esta vocación básica de todo cristiano, cada cristiano tiene su propio modo de realizarlo. Cada "vocación" particular no es más que el modo de llevar a cabo esa vocación fundamental de dedicarse al reino.

El Reino es el fin global, el modo de vida, la jerarquía de valores, el sentido de la vida. Luego vendrá el tipo de vida, el género de trabajo, la profesión, el estado civil, la posición social... Son maneras de trabajar por el Reino. Y en ellas hay que contar con las aptitudes personales, las circunstancias, las necesidades...

Y es ésta una dimensión fundamental de nuestra religiosidad, que ya subrayábamos en el Adviento: el encuentro, salid al encuentro del Señor que viene.

Pero, además, el Señor viene, busca, llama. Nuestra vida religiosa se entiende por tanto como "escuchar al que me llama y seguirle".

No en vano ha tenido tanto éxito la definición de Rahner acerca del cristiano: "Oyente de la Palabra". Oyente activo, mejor diríamos "escuchante de la Palabra".

Y la Palabra es siempre "vocación", traducida en su aceptación más original, "llamamiento". Dios cuenta conmigo, tiene cosas que encomendarme, "me necesita" en su trabajo de salvación.

El llamamiento, parafraseando el texto de Juan, tiene tres niveles:

§ El primero: "¿qué buscáis?", porque la vida del ser humano es inquietud, búsqueda de sentido, necesidad de jerarquizar valores. Es el primer llamamiento, sembrado en nuestra propia condición humana: necesidad de buscar. En su más íntima esencia, el ser humano es el animal insatisfecho, que se hace preguntas sobre sí mismo, sobre su naturaleza y destino, sobre el bien y el mal. Así fue creado, como necesidad de Dios, y Dios se presenta como respuesta a esa necesidad.

§ El segundo, llamamiento a "estar con Él". Los dos primeros discípulos encontraron a Jesús un viernes por la tarde (según deducen los especialistas del análisis de los textos). Los dos discípulos se habrían quedado con Jesús durante el sábado (desde las seis de la tarde del viernes hasta las seis de la tarde del sábado). Dado el alto sentido simbólico de todos estos datos en el cuarto evangelio, se desprende muy bien una intención del evangelista, de hacer entrar a los discípulos en la intimidad con Dios, en el Día del Señor.

El llamamiento a "estar con Él" es para nosotros un llamamiento a la intimidad con Dios, a su conocimiento, a la relación personal en que se ha de basar toda la vida cristiana. Y no precisa que le hablemos constantemente, sino que constantemente le escuchemos y le sintamos. Muchas veces hemos señalado la vocación contemplativa como fundamental en la espiritualidad cristiana.

§ El tercero: llamamiento como misión. Nos van a encargar algo, es decir, el contacto con Jesús va a suponer que descubramos el valor de nuestra vida, el sentido de nuestra vida como misión encargada por Él. Y será esta una dimensión que hará cambiar todos nuestros parámetros morales, todo el sentido del bien y del mal. La misión, manera de comprenderme, de relacionarme con Dios, de plantear mi relación con los demás. Es el cambio total de mis planteamientos de vida.

San Ignacio lo decía con la frase: "En todo amar y servir". Este era su "Principio y Fundamento", que expresa nuestra disposición a aceptar el llamamiento. Una llamada a comprometer la vida... que es lo que "salvará nuestra vida".



José Enrique Galarreta




PRIMER PROFETA Y PRIMEROS DISCÍPULOS
José Luis Sicre

El domingo pasado leímos el relato del bautismo. Si hubiéramos seguido con el evangelio de Marcos, lo siguiente serían las tentaciones de Jesús. Pero, en un prodigio de zapping litúrgico, cambiamos de evangelio y leemos el próximo domingo un texto de Juan. El cuarto evangelio no cuenta el bautismo de Jesús. Pero sí dice que fue a donde estaba Juan bautizando, y allí entró en contacto con quienes más tarde serían sus discípulos. Para ambientar este episodio, y con fuerte contraste, la primera lectura cuenta la vocación de Samuel.

La vocación de un profeta
Samuel no es el primer profeta. Antes de él se atribuye el título a Abrahán, y a dos mujeres: María, la hermana de Moisés, y Débora. Pero el primer gran profeta, con fuerte influjo en la vida religiosa y política del pueblo, es Samuel. Por eso, se ha concedido especial interés a contar su vocación, para darnos a conocer qué es un profeta y cómo se comporta Dios con él.

Quien sólo lea este episodio conocerá muy poco de Samuel: que es un niño, está al servicio del sumo sacerdote Elí, y duerme en la habitación de al lado. No sabe que su madre lo consagró al templo de Siló desde pequeño, y que, más tarde, en virtud de su vocación profética, jugará un papel capital en la introducción de la monarquía en Israel y en la elección de los primeros reyes, Saúl y David.

Curiosamente, el relato nos ofrece más datos a propósito de Dios. Se revela como un Dios que elige a un tipo de hombre concreto, el profeta, para transmitir su voluntad. Al mismo tiempo, se revela como un ser extraño, desconcertante, que parece jugar al ratón y al gato, haciendo que el niño se levante tres veces de la cama antes de hablarle con claridad. 

Finalmente, ese Dios que se muestra cercano al profeta, que lo acompaña de por vida, se revela también como un ser exigente, casi cruel, que le encarga al niño una misión durísima para su edad: condenar al sacerdote con el que ha vivido desde pequeño y que ha sido para él como un padre. Esto no se advierte en la lectura de hoy porque la liturgia ha omitido esa sección para dejarnos con buen sabor de boca.

En resumen, la vocación de un profeta no sólo le cambia la vida, también nos ayuda a conocer a Dios.

La vocación de los discípulos
La liturgia vuelve a usar la tijera para mutilar el texto del cuarto evangelio. En él se cuenta cómo entran en contacto con Jesús cinco discípulos: Andrés y otro no mencionado (generalmente se piensa en Juan), Simón Pedro, Felipe y Natanael, Por desgracia, se ha suprimido lo referente a Felipe y Natanael.

El contraste con la vocación de Samuel es enorme. Aquella ocurre en el santuario, de noche, con una voz misteriosa que se repite y un mensaje que sobrecoge. Aquí todo ocurre de forma muy humana, muy normal: un “boca a boca” que va centrando la atención en Jesús, cuando no es él mismo quien llama, como en el caso de Felipe. Y las reacciones abarcan desde la simple curiosidad de los dos primeros hasta el escepticismo irónico de Natanael, pasando por el entusiasmo de Andrés y Felipe.

Dos datos comunes
1. En ambos relatos, la vocación cambia la vida. En adelante, “el Señor estaba con Samuel”, y los discípulos estarán con Jesús. Este cambio se subraya especialmente en el caso de Pedro, al que Jesús cambia el nombre en Cefas. Lo que significará este cambio no lo descubre el lector hasta que termina de leer el cuarto evangelio. Igual que Samuel quedaba plenamente al servicio de Dios, Pedro y los otros quedan al servicio de Jesús.

2. La vocación revela a Dios en el caso de Samuel, y a Jesús en el caso de los discípulos. Cada vocación aporta un dato nuevo sobre la persona de Jesús, como distintas teselas que terminan formando un mosaico: Juan Bautista lo llama “Cordero de Dios”; los dos primeros se dirigen a él como Rabí, “maestro”; Andrés le habla a Pedro del Mesías; Felipe a Natanael de aquel al que describen Moisés y los profetas, Jesús, hijo de José, natural de Nazaret; y el escéptico Natanael terminará llamándolo “Hijo de Dios, rey de Israel”.

Un compromiso para nosotros
La liturgia nos sitúa al comienzo de la actividad de Jesús. Lo iremos conociendo cada vez más a través de las lecturas de cada domingo. Pero no podemos limitarnos a un puro conocimiento intelectual. Como Samuel, como los discípulos, tenemos que comprometernos con Dios, con Jesús.

José Luis Sicre