viernes, 1 de diciembre de 2017

José Antonio Pagola - UNA IGLESIA DESPIERTA


José Antonio Pagola - UNA IGLESIA DESPIERTA

Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber

cuándo llegará el final de los tiempos. A él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no lo tengan entre ellos.

Por eso, una vez más, les descubre su inquietud: «Mirad, vivid despiertos». Después, dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi inadvertida entre los cristianos.

«Un señor se fue de viaje y dejó su casa». Pero, antes de ausentarse, «confió a cada uno de sus criados su tarea». Al despedirse solo les insistió en una cosa: «Vigilad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa». Que, cuando venga, no os encuentre dormidos.

El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será «la casa de Jesús» que sustituirá a «la casa de Israel». En ella, todos son servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús, el Cristo. No lo han de olvidar jamás.

En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos somos necesarios. Todos tenemos alguna misión confiada por él. Todos estamos llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús. Él vivió siempre dedicado a servir al reino de Dios.

Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos? ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos? ¿Le seguirán por el camino abierto por él? Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso les insiste hasta tres veces: «Vivid despiertos». No es una recomendación a los cuatro discípulos que le están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: «Lo que os digo a vosotros os lo digo a todos: velad».

El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia es seguramente la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús, solo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial.

Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre «los que mandan» y «los que obedecen». Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad en su proyecto del reino de Dios.

Domingo 1 Adviento - B 
(Marcos 13,33-37)
3 de diciembre 2017

José Antonio Pagola 



PROGRAMA PARA ADVIENTO
Florentino Ulibarri

Salir
con los ojos bien abiertos,
ligero de peso y erguido,
libre y dispuesto.
Andar por las calles sin miedo,
otear el horizonte serenamente,
saludar y tocar a la gente.
Escuchar el rumor de la vida,
dejarse empapar por ella
y regalar cántaros de esperanza todos los días.
No dormirse en los laureles,
vigilar todo lo que acontece
y esperar día y noche al que viene.

Volver
con los pies polvorientos,
el corazón enternecido
y preñadas las entrañas.
Entrar alegre en su casa,
dejarse lavar y curar las llagas
y sentarse a comer en compañía.
Contar lo que me ha sucedido,
escuchar a todos como amigo
y cantar con voz humana sus alabanzas.
Permanecer largo tiempo en silencio
contemplando el misterio
y cuidando la vida que está floreciendo.

Eso es Adviento.
Esto es Adviento.




SOLO EL DESPIERTO DESCUBRIRÁ QUE VIVE
Fray Marcos
Mc 13, 33-37

Estamos en el día de Año Nuevo de la liturgia. Comenzamos con el Adviento, que no es solamente un tiempo litúrgico, sino toda una filosofía de vida. Se trata de una actitud vital que tiene que atravesar toda nuestra existencia. No habremos entendido el mensaje de Jesús, si no nos obliga a vivir en constante Adviento. Lo importante no es recordar la primera venida de Jesús; eso es solo el pretexto para descubrir que ya está aquí. Mucho menos prepararnos para la última, que solo es una gran metáfora (mitología). Lo verdaderamente importante es descubrir que está viniendo en este instante.

Todo el AT está atravesado por la promesa y por la espera. Según el relato bíblico. Dios les va prometiendo lo que ellos, en cada momento más ansían. A Abrahán, descendencia; a los esclavos en Egipto, libertad; a los hambrientos en el desierto, una tierra que mana leche y miel; cuando han conquistado Canaán, una nación fuerte y poderosa; cuando están en el Exilio, volver a su tierra; cuando destruyen el templo, reconstruirlo; etc., etc. En el AT siempre les promete cosas terrenas porque es lo único que ellos esperan. Jesús promete algo muy distinto. "He venido para que tengan vida y la tengan abundante."

Según el AT Dios les puso la zanahoria delante de las narices o el palo en el trasero para hacerles caminar según su voluntad. Tomado al pie de la letra sería ridículo. Dios no hace promesas para el futuro, porque ni tiene nada que dar ni tiene futuro. Las promesas de Dios son hechas por los profetas, como una estratagema para ayudar al pueblo a soportar momentos de adversidad, que ellos interpretaban como castigo por sus pecados. Nada de lo que anunciaron los profetas, se cumplió en Jesús. Gracias a Dios, porque todos los textos están encaminados hacia una salvación de seguridades materiales. Hoy podemos entender aquellas imágenes como metáforas de la verdadera salvación.

La clave del relato evangélico está en la actitud de los criados. Nos quiere decir que Dios está siempre viniendo. Él es “el que viene”. La humanidad vive un constante adviento, pero no por culpa de un Dios cicatero que se complace en hacer rabiar a la gente obligándole a infinitas esperas antes de darle lo que ansía. Estamos todavía en Adviento, porque estamos dormidos o soñando con logros superficiales, y no hemos afrontado con la debida seriedad la existencia. Todo lo que espero de fuera, lo tengo ya dentro.

Vigilad. Para ver no solo se necesita tener los ojos abiertos, se necesita también luz. No se trata de contrarrestar el repentino y nefasto ataque de un ladrón. Se trata de estar despierto para afrontar la vida con una conciencia lúcida. Se trata de vivir a tope una vida que puede transcurrir sin pena ni gloria. Si consumes tu vida dormido, no pasa nada. Esto es lo que tendría que aterrarte; que pueda transcurrir tu existencia sin desplegar las posibilidades de plenitud que te han dado. La alternativa no es salvación o condenación. Nadie te va a condenar. La alternativa es: o plenitud humana o simple animalidad.

Pues no sabéis cuándo es el ‘momento’. En griego hay dos palabras que traducimos al castellano por “tiempo”: “kairos” y “chronos”. Chronos significa el tiempo astronómico, relacionado con el movimiento de los cuerpos celestes. Kairos sería el tiempo psicológico, el momento oportuno para tomar una decisión. Por no tener en cuenta esta sencilla distinción, se han hecho interpretaciones descabelladas. En el evangelio que acabamos de leer, se habla de kairos. Naturalmente que el hombre, como criatura se encuentra siempre en el chronos, pero lo verdaderamente importante para él es descubrir el kairos.

El punto clave de nuestra reflexión debe ser: ¿Esperamos nosotros esa misma salvación que esperaban los judíos? Si es así, también nosotros hemos caído en la trampa. Jesús no puede ser nuestro salvador. La mejor prueba de que los primeros cristianos, verdaderos judíos, no estaban en la auténtica dinámica para entender a Jesús, es que no respondió a sus expectativas y creyeron necesaria una nueva venida. Esta vez sí, nos salvará de verdad, porque vendrá con “poder y gloria”. ¿No os parece un poco ridículo? La médula de su mensaje es que la salvación, que Dios nos ofrece, está en la entrega y el don total.

Las primeras comunidades oraban: “Maranatha” (ven Señor). Vivieron la contradicción de una escatología realizada y otra futura. “Ya, pero todavía no”. “Ya” por parte de Dios, que nos ha dado ya la salvación. “Todavía no” porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto la verdadera salvación, que ya poseemos. Aquí radica el sentido del Adviento. Porque “todavía no” ha llegado la verdadera salvación, tenemos que tratar de adelantar el ya. Eso no lo conseguiremos si seguimos dormimos.

Luchar por un mayor consumismo, y creyendo que en él está la verdadera salvación, sería una trampa. Descubrir ese engaño sería estar despiertos. El ser humano sigue esperando una salvación que le venga de fuera, sea material, sea espiritual. Pero resulta que la verdadera salvación está dentro de cada uno. En realidad Jesús nos dijo que no teníamos nada que esperar, que el Reino de Dios estaba ya dentro de nosotros. En este mismo instante está viniendo. Si estamos dormidos, seguiremos esperando.

La falta de encuentro se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos un Dios que llegue desde fuera. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no funciona. Da lo mismo que la espere aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Dios ni lo puede hacer otro ser humano. Esta es la causa de nuestro fracaso. Seguimos esperando que otro haga lo que solo yo puedo hacer.

La religión me ofrece salvación, pero solo me salva de las ataduras que ella mismo me ha colocado. Dios es la salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mí auténtico ser, simplemente tengo que despertar y dejar de potenciar mi falso yo. Tengo que dejar de creer que soy lo que no soy. Esta vivencia me descentrará de mí mismo y me proyectará hacia los demás. Me identificaré con todo y con todos. Mi falso ser, mi individualidad, se desvanece.

El verdadero problema está en la división que encontramos en nuestro ser. En cada uno de nosotros hay dos fieras luchando a muerte: Una es mi verdadero ser, que es amor, armonía y paz; otra es mi falso yo, que es egoísmo, soberbia, odio y venganza. ¿Cuál de las dos vencerá? Muy sencillo y lógico. Vencerá aquella a quien tú mismo alimentes.

Como los judíos, seguimos esperando una tierra que mane leche y miel; es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más... Seguimos pegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. No necesitamos para nada la verdadera salvación o, a lo máximo, para un más allá. Si no sientes necesidad no habrá verdadero deseo, y sin deseo no hay esperanza. Hoy ni los creyentes ni los ateos esperamos nada más allá de los bienes materiales. También Dios sigue esperando.

Meditación

Para ver se necesita tener los ojos abiertos,
Pero también se necesita la luz.
Para nosotros la luz es Jesús.
Despertar solo depende de mí.
Puedo pasarme la vida entera dormido,
pero entonces no podrás culpar a nadie.

Fray Marcos



PALABRA DE DIOS: ¡DESPIERTA!
José Enrique Galarreta
Mc 13, 33-37

Se trata de las últimas palabras de Jesús en su predicación en Jerusalén, dentro de la última semana de su vida. Es un texto paralelo a los de Mateo que leíamos los domingos anteriores.

Jesús está ya urgido por el final inminente. Sus mensajes se dirigen a los discípulos y a Israel: es el gran momento, que no os coja desprevenidos. Recuerda a la parábola de los talentos, a la del mayordomo que espera a su amo. Estad atentos, con los ojos bien abiertos.

El Adviento, principio del año litúrgico, no rompe con lo anterior sino que lo continúa: las mismas imágenes, las mismas parábolas, textos semejantes, casi idéntico mensaje. No hay final ni principio, porque todo es "venida del Señor". Todos los tiempos son los últimos tiempos, porque constantemente viene el Señor.

Esto es una de las líneas profundas de la religiosidad cristiana: caminar al encuentro del Señor que viene, preparar el camino del Señor, velar constantemente; esta es nuestra manera de entender la vida.

Cada día es un final y un principio, un encuentro con Dios y una necesidad mayor de buscarle. Una característica íntima de la vida cristiana es caminar, encontrar al Señor cada día, y sentir que aún está más allá y hay que caminar más. Y esto supone una actitud de atención permanente: estar con los ojos bien abiertos.

Pero es muy necesario no separar este mensaje del centro de la revelación de Jesús: ¿quién es el que viene? ¿con quién nos encontramos?

Dios es "el que viene". No está lejos esperando impasible. Viene, se acerca, desciende. La imagen perfecta del Dios que viene es Jesús, la tienda de Dios acampado entre nosotros. Jesús siempre va al encuentro del que le llama, se detiene cuando oye que le gritan, se aparta del camino y se acerca, a curar, siempre a curar. Ese es el Dios que viene, a Ese es a quien salimos al encuentro.

La vida cristiana se mueve en una doble dinámica: de urgencia y de confianza. Ni dormidos ni angustiados, ni despreocupación ni temor. La vida es una seria tarea, una urgencia de caminar, un talento confiado. La vida se puede echar a perder, no hay tiempo ni cualidad que perder.

Nuestro pecado original, el más original y radical de nuestros pecados, es dormirnos, sentarnos, desaprovechar la vida. Paralelamente, equivocar el camino, afanarnos por lo que es sólo tierra, hacernos tesoros que no duran, y echar a perder la vida. También ahí interviene Dios-Luz, Dios-Camino.

Esta es la doble palabra de Jesús: una palabra de urgencia, que nos despierta constantemente con palabras de apremio para que no tiremos la vida; y una palabra de confianza: si quieres caminar, cuenta con Dios, tu mejor aliado.

Es así como podemos entender el Nombre de Dios, manifestado en el nombre de Jesús: el Libertador. Nuestra primera y gran tentación es tomarles gusto a nuestras cadenas, considerar que estamos en la patria, negarnos a caminar, acomodados en una confortable posada, en un delicioso oasis del desierto, olvidar la Patria, no necesitar de Dios. De eso es de lo que ante todo tiene que liberarnos El Libertador.

Es bueno mirar la vida con esta luz. Pensar en los tiempos de sueño y de vigilia en mi vida. Cuándo estoy dormido, cuándo estoy despierto. Cuándo pasa cerca el Señor y no me entero.

Aquí, en nuestro entorno cultural-económico-religioso, la tentación es estar dormido, adormilado incluso por nuestra fe. Creo en el Padre bueno, y me duermo, y voy tirando mi vida en una larga sucesión de superficialidades interrumpidas por hechos más o menos puntuales que hacen referencia a Dios.

Pero se trata de salvar la vida entera; salvar el trabajo y el ocio, las vacaciones y la enfermedad, el fin de semana y la mañana del lunes, la juventud y la vejez; salvarlo todo, hacer rentable todo. Y Dios-Salvador ha de ser para nosotros Dios-Despertador, cuando demasiadas veces se convierte en Dios-tranquilizador de nuestra mediocridad.

Y en el momento actual de la humanidad, el mensaje es especialmente urgente, porque no sólo estamos dormidos respecto a nuestra vida sino ante el dolor del mundo. Quizá nunca en la historia cada persona ha podido ser tan consciente de todos los demás, quizá nunca como ahora seamos tan parecidos al rico banqueteador de la parábola, que seguía con sus comilonas mientras el mendigo Lázaro se moría de hambre a su misma puerta.

Pero la presencia constante, en la TV, en los medios en general, del dolor del mundo es una "venida" de Dios, es una Palabra. Estar dormidos ante esa llamada es nuestro gran problema. Nuestro Adviento tiene que ser respuesta a esa venida de Dios.

No pocas veces nos sentimos desanimados al vernos tan lejos del Reino, tan necesitados de despertar, de responder a la Palabra. Pero eso no es un buen espíritu. Necesitamos avivar nuestra confianza, sentir la presencia de Dios que siempre nos alienta.

José Enrique Galarreta



SÚPLICA, REALIDAD, VIGILANCIA
José Luis Sicre

¿Cuatro semanas para prepararnos a recordar el nacimiento de Jesús? No. El Adviento es más que eso. No se trata de recordar románticamente un hecho pasado, se trata de comprender a fondo lo ocurrido y prepararnos para el encuentro definitivo con el Señor.

Suplica (Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7)
La primera lectura nos sitúa siglos antes de la venida de Jesús. El pueblo de Israel se ve como un trapo sucio, como árbol de ramas secas y hojas marchitas. La situación no sería muy distinta de la nuestra. Pero el pueblo, en vez de culpar a los políticos, a los banqueros, al FMI y a la Sra. Merkel, piensa que todo se debe a que Dios le oculta su rostro por culpa de sus pecados, porque nadie invoca su nombre ni se aferra a Él. Lo lógico sería que el pueblo prometiese cambiar de conducta, interesarse por Dios. Sin embargo, en vez de prometer un cambio le pide a Dios que sea él quien cambie: que recuerde que es nuestro Padre (la idea aparece al comienzo y al final de la lectura), que vuelva, rasgue el cielo y baje. ¿Cómo responderá Dios a esta petición?

Realidad (1 Corintios 1,3-9)
La respuesta de Dios supera con creces lo que pedía el pueblo en la lectura de Isaías, aunque de modo distinto. Dios Padre no rasga el cielo, no sale a nuestro encuentro personalmente. Envía a Jesús, y mediante él nos ha enriquecido en todo y nos llama a participar en la vida de su Hijo. Por consiguiente, añade Pablo, “No carecéis de ningún don”. En una época de crisis, en la que tanta gente se lamenta, a veces con razón, de las muchas cosas de que carece, estas palabras pueden resultar casi hirientes: “No carecéis de ningún don”. Buen momento el Adviento para pensar en qué cosas valoramos: las materiales, que a menudo faltan, o las que proporciona Jesús: la certeza de que Dios es fiel, está de nuestra parte y nos mantendrá firmes hasta el encuentro final con Él.

Vigilancia (Marcos 13, 33-37)

No deja de ser irónico que precisamente el evangelio no hable de Dios Padre ni de Jesús. Se centra por completo en nosotros, en la actitud que debemos tener: “vigilad”, “velad”, “velad”. Tres veces la misma orden en pocas líneas. Porque el Adviento no es solo recordar la venida del Señor, es también prepararse para el encuentro final con Él.

José Luis Sicre



EL ÉXITO DEL PAPA FRANCISCO
José María Castillo

Es un hecho que el papa Francisco está dando mucho que hablar. Unos, a favor. Y otros, en contra, como es bien sabido. Pero el hecho es indiscutible. Basta meterse en las redes sociales. Y enseguida, antes o después, aparece el papa. Este papa, no los anteriores. ¿En qué está la explicación de esta inagotable actualidad del papa Bergoglio?

Cada cual tendrá, sin duda alguna, su propia explicación. Y no faltarán, por supuesto, los que digan que todo este asunto les importa un rábano. Pero, diga cada cual lo que diga, el hecho está ahí. ¿Por qué?

No sé con seguridad si estoy en lo cierto. En todo caso, a mí se me antoja que quizá pueda ofrecer alguna luz, en este asunto, la propuesta que, hace algunos años, viene haciendo el conocido filósofo italiano Gianni Vattimo. Me refiero al tema del “pensamiento débil”, del que se ha dicho con razón que esa forma de pensamiento es lógicamente el “pensamiento de los débiles”.

No pretendo ahora (ni de eso se trata aquí) ponerme a explicar en qué consiste le aportación de Vattimo cuando ha explicado en qué consiste el llamado “pensamiento débil”. Tendríamos que hablar de la crisis de la metafísica, de la aportación que a este respecto hicieron Nietzsche, Heidegger o Derrida, por ejemplo. No. No se trata de nada de eso.

Lo que quiero destacar es que el papa Francisco llama tanto la atención por la sencilla razón de que le habla a la gente sencilla y débil de forma que a todo el mundo le interesa y todo el mundo lo entiende. Un hecho éste, que se acentúa y se nota sobre todo cuando este papa deja los papeles, que sus teólogos seguramente le redactan, y se pone él mismo, espontáneamente, a decirle a sus oyentes lo que se le ocurre y tal como se le ocurre.

Por otra parte, insisto en que Bergoglio tiene tanto más éxito, cuanto más simple y sencilla es la gente que le escucha. Entonces es cuando queda patente que, afectivamente, el “pensamiento débil” es justamente el “pensamiento de los débiles”. Y es con ellos, con quienes más y mejor coincide este papa.

¿Dónde está el secreto de esta coincidencia? El profesor Julio Moreno-Dávila ha explicado atinadamente la conexión que obviamente existe entre el “pensamiento débil” y la “debilidad” del Dios “kenótico” (vaciado), tal como el apóstol Pablo presenta al Dios del cristianismo, que “se despojó de su rango” y se presentó en nuestra tierra “como uno de tantos”. O más exactamente “en forma de esclavo”” (Fil 2, 6-8). Es el Dios sin grandeza, humanizado en la debilidad de un modesto galileo, tal como fue, vivió y habló Jesús de Nazaret.

El éxito del papa Francisco –y su fracaso también– se explican y se entienden desde el momento en que, con el Evangelio en las manos, caemos en la cuenta de que estamos asistiendo a una reproducción (todo lo tímida y pálida que se quiera) del éxito y el fracaso de Jesús. Y si es que efectivamente el papa Francisco está reproduciendo lo que acabo de apuntar, ¿no es para eso para lo que está en papa en la Iglesia y en el mundo?

José Mª Castillo
Atrio