viernes, 3 de noviembre de 2017

José Antonio Pagola - NO HACEN LO QUE DICEN


José Antonio Pagola - NO HACEN LO QUE DICEN

Jesús habla con indignación profética. Su discurso, dirigido a la gente y a sus discípulos, es una dura crítica a los dirigentes religiosos de Israel. Mateo lo recoge hacia los años ochenta para que los dirigentes de la Iglesia cristiana no caigan en conductas parecidas.

¿Podremos recordar hoy las recriminaciones de Jesús con paz, en actitud de conversión, sin ánimo alguno de polémicas estériles? Sus palabras son una invitación para que obispos, presbíteros y cuantos tenemos alguna responsabilidad eclesial hagamos una revisión de nuestra actuación.

«No hacen lo que dicen». Nuestro mayor pecado es la incoherencia. No vivimos lo que predicamos. Tenemos poder, pero nos falta autoridad. Nuestra conducta nos desacredita. Un ejemplo de vida más evangélica de los dirigentes cambiaría el clima en muchas comunidades cristianas.

«Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobres las espaldas de los hombres; pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas». Es cierto. Con frecuencia somos exigentes y severos con los demás, comprensivos e indulgentes con nosotros. Agobiamos a la gente sencilla con nuestras exigencias, pero no les facilitamos la acogida del Evangelio. No somos como Jesús, que se preocupa de hacer ligera su carga, pues es humilde y de corazón sencillo.

«Todo lo hacen para que los vea la gente». No podemos negar que es muy fácil vivir pendientes de nuestra imagen, buscando casi siempre «quedar bien» ante los demás. No vivimos ante ese Dios que ve en lo secreto. Estamos más atentos a nuestro prestigio personal.

«Les gusta el primer puesto y los primeros asientos [...] y que les saluden por la calle y los llamen maestros». Nos da vergüenza confesarlo, pero nos gusta. Buscamos ser tratados de manera especial, no como un hermano más. ¿Hay algo más ridículo que un testigo de Jesús buscando ser distinguido y reverenciado por la comunidad cristiana?

«No os dejéis llamar maestro [...] ni preceptor [...] porque uno solo es vuestro Maestro y vuestro Preceptor: Cristo». El mandato evangélico no puede ser más claro: renunciad a los títulos para no hacer sombra a Cristo; orientad la atención de los creyentes solo hacia él. ¿Por qué la Iglesia no hace nada por suprimir tantos títulos, prerrogativas, honores y dignidades para mostrar mejor el rostro humilde y cercano de Jesús?

«No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo». Para Jesús, el título de Padre es tan único, profundo y entrañable que no ha de ser utilizado por nadie en la comunidad cristiana. ¿Por qué lo permitimos?
31 Tiempo ordinario - A
(Mateo 23,1-12)
5 de noviembre 2017

José Antonio Pagola 




SOÑANDO LA IGLESIA
Florentino Ulibarri

Abrir las puertas y ventanas
de esta Iglesia, tuya y nuestra,
es tan importante y necesario
como abrir los rincones de mis entrañas.

Yo sé que si no los oreo con frecuencia
pronto se convierten en estercolero
y en estancia poco apetecida para la presencia
aunque sean lugar sagrado y de sueños.

Pero se ha convertido en tarea arriesgada
en estos tiempos locos y efímeros en la tierra,
pues hay quienes defienden sus puertas y ventanas
para que sigan cerradas contra viento y marea.

Hemos tergiversado tu mensaje;
cargamos fardos pesados a la gente,
nos gustan los premios y distinciones
y ocupar tribunas y lugares preferentes.

Y nos olvidamos que no somos jefes,
que Tú rompiste todas las murallas levantadas
al encarnarte en nuestra historia y plaza
sin miedo a perderte entre la pobre gente.

Nos dejamos llamar "señor" y "maestro",
pensamos que somos algo más que hermanos
y consideramos un insulto, a ti y a nosotros,
que nos llamen sepulcros blanqueados...

Por eso seguimos soñando
una Iglesia diferente.

Florentino Ulibarri





NADIE ES MÁS QUE NADIE
Fray Marcos
Mt 23, 1-12

Sigue el mismo discurso. Después de las controversias, Mt sigue hablando para su comunidad y poniendo en boca de Jesús lo que quiere decir él a aquellos cristianos. Su intención es hacer ver la diferencia entre el antiguo Israel y la nueva comunidad. En el relato de hoy, Jesús no habla a los fariseos, sino a la gente y a sus discípulos. Mt pide a su comunidad que no caiga en los mismos errores que critica. Su preocupación está justificada, porque el cristianismo cayó muy pronto en un fariseísmo peor que el judío.

Nos llevaría demasiado tiempo el explicar cada una de las frases que hemos leído. Vamos a revisar solo algunas. La verdad es que hoy no se necesita ninguna exégesis especializada. Se entiende todo perfectamente. Otra cosa es, que nos interese, de verdad, seguir las directrices del evangelio. De muchos, que se encuentran hoy sentados en cátedras, se podía decir lo mismo que el evangelio dice a los fariseos. ¡Qué poco han cambiado las cosas! El texto sigue teniendo hoy una rabiosa actualidad.

El ambiente reflejado en este texto, no es el del tiempo de Jesús, sino el de la comunidad de Mt. Los furibundos ataques contra los fariseos que aparecen en los evangelios, seguramente no corresponden a Jesús, sino a una situación que comienza a partir de la destrucción del Templo en el año 70. Fue entonces cuando, desaparecido el sacerdocio y el culto, los fariseos se hicieron con el absoluto control del judaísmo e impusieron a todos su manera de pensar. Solo entonces decidieron expulsar del judaísmo a los cristianos y declararles formalmente herejes.

Lo que reflejan los evangelios es la reacción de los cristianos contra esos fariseos, que se mantuvo a través de los siglos. En el texto de hoy encontramos dos pistas para descubrir que esas palabras no las dijo Jesús: a) Nunca pudo decir que el único Señor era él mismo. b) La denominación de “hermanos”, que el evangelista pone en boca de Jesús, fue un distintivo de la primera comunidad cristiana. El saber que no lo dijo Jesús no resta un ápice la importancia de la advertencia a aquellas primeras comunidades.

Ellos no hacen lo que dicen. No es exacto que los fariseos fueran por definición “fariseos”. Eran cumplidores, pero su rigorismo en la interpretación de la Ley les obligó a disimular que eran incapaces de cumplirla, para poder seguir exigiendo a los demás lo que ellos no hacían. Pero el engaño mayor consistía en exigirles, en nombre de Dios, unas prácticas que no les podían traer salvación, porque solo eran preceptos humanos.

Cargan a la gente con fardos pesados e insoportables. Eran 613 los preceptos que tenía que cumplir todo israelita para ser fiel a la Ley, según algunos, todos tenían la misma importancia. En ese fárrago de prescripciones, la vida humana quedaba aprisionada y las personas sumidas en una frustración alienante. Recordemos que Jesús había dicho: “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

Todo lo que hacen es para que los vea la gente. Cuando se pone la perfección en el cumplimiento de normas externas, solo caben dos salidas: En la medida que la alcances, la soberbia. Soy más que los demás y puedo mirarlos por encima del hombro. En la medida que no la alcanzas, la simulación. Lo que los demás piensen de mí es más importante que lo que soy realmente. De ahí el afán por exagerar todos los signos externos de religiosidad. Muchos cristianos de hoy estamos en esa misma dinámica.

Vosotros, en cambio... Aquí tenemos la clave del texto. La nueva comunidad no debe comportarse como los fariseos, sino desde la autenticidad. Esto es lo que quiere dejar claro Mt. El mensaje central del evangelio consiste en abandonar todo intento de superioridad y entrar en una dinámica de servicio incondicional a los demás. Cuando Jn habla del pecado del mundo, se refiere siempre al oprimir o al dejarse oprimir.

“No os dejéis llamar maestros, no llaméis a nadie padre, no os dejéis llamar jefes”. ¡Qué poco dura lo auténtico! Seguramente ya se empezaba a estructurar la comunidad y ya había, en aquella época, quien quería ser más que los demás. Los seres humanos somos capaces de remover el cielo y la tierra, con tal de justificar el estar pon encima de los demás y de alguna manera utilizarlos en beneficio propio.

El primero entre vosotros será vuestro servidor. Jesús exige lo que él vivió. El mismo Jesús comenta en otro lugar: “lo mismo que el Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Recordad que cuando Jn dice “dar su vida”, no emplea “zoe” ni “bios”, sino “psiques”. No está hablando de la vida biológica, que entregó en la cruz, sino de la vida psicológica (propiamente humana) que pone al servicio de los demás durante toda su andadura.

Ciertamente, a primera vista el principal reproche se hace a los superiores. A ello nos empuja también la primera lectura. Sin duda ninguna la jerarquía debía hacer un serio examen de conciencia partiendo de estas palabras del evangelio y de otras que van en la misma dirección, pero los títulos se los damos nosotros. Una vez más debemos recordar que Jesús no lanza sus diatribas contra la autoridad, sino contra la autoridad que se ejerce como poder. El que quiera ser primero que sea el último y el servidor de todos.

La Iglesia empezó muy pronto a organizarse copiando en su estructura el organigrama del imperio. Poco a poco, le fue dando más importancia al poder, y terminó sacralizándolo, en contra del evangelio. Una vez que entró por esa dinámica, no ha visto la manera de salir de ella. Desde la Edad Media, se han alzado en todas las épocas voces en contra de la estructura de poder (jerarquía) de la Iglesia Romana. Nadie ha sido capaz de emprender con éxito esa renovación. Juan Pablo I lo anunció, pero no vivió para realizarla.

No toda la culpa la tienen los superiores. Un examen cuidadoso de la psicología humana, nos llevará a descubrir, que somos los inferiores los que tendemos a buscar el refugio de otras personas en las que depositamos la confianza para encontrar seguridad, a cambio de que nos liberen de las responsa­bilidades, aunque eso suponga un cierto grado de sumisión. La carga de que me libero parece mayor de la que supone la sumisión. Esta es la trampa, porque actuando de esta manera renunciamos a la libertad responsable.

Obedecer órdenes no garantiza el cumplimiento de la voluntad de Dios. Ser fiel a Dios es ser fiel a ti mismo, a tu auténtico ser. Lo que Dios quiere de ti, te lo está diciendo Él desde dentro de ti mismo. Entre Dios y tú no puede haber intermediarios. Todo el que quiera doblegar tu voluntad en nombre de Dios, te está engañando. Es verdad que nunca podremos alcanzar la plenitud en soledad, pero los demás, todos los demás, tienen que ayudarme a descubrir el camino de esa plenitud, mostrándome el camino para alcanzarla o indicándome los errores que me lo puedan impedir.

Meditación

En el orden espiritual, nadie es más que nadie.
Todo lo que somos se lo debemos a Dios.
Y Dios da a todos lo mismo porque se da Él mismo.
La energía para caminar ya la tengo.
Falta saber en qué dirección tengo que orientar mis pasos.
El que ya ha subido a la cumbre, puede mostrarme las dificultades.

Fray Marcos




¡DESPIERTA, QUE ESTÁS DORMIDO!
José Enrique Galarreta
Mt 25, 1-13

Quedan - según el evangelio de Mateo - tres parábolas para terminar la predicación de Jesús: las diez doncellas, los talentos, el juicio final. Serán las lecturas de los tres domingos que quedan para terminar este año litúrgico.

Se sigue enmarcando todo esto en el contexto de la última predicación de Jesús en Jerusalén. A estas parábolas les ha precedido el gran discurso escatológico en el que se funden la predicción de la ruina de Jerusalén y las advertencias sobre los últimos tiempos.

Toda esta predicación lleva a una consecuencia: estad alerta, aprovechad el tiempo, haced rendir a vuestros talentos, obrad mirando al final. En este contexto se sitúa la parábola nupcial de las diez doncellas.

El asunto se toma como casi siempre de las costumbres y sucesos cotidianos. Y, como casi siempre, Jesús introduce modificaciones para llamar la atención y sacar sus conclusiones:

· Era la novia la que solía ser conducida, pero aquí es al novio a quien se espera.
· Se contraponen dos grupos de doncellas, y esto sugiere cierto ambiente de juicio.
· El banquete es a media noche y se demora, para introducir el tema de "velad".
· Se entra a la fiesta o se queda uno fuera, como en la parábola del banquete.
· Los candiles que se apagan sugieren la necesidad de una atención personal vigilante: no es noche para dormir, porque viene el novio y hay que entrar en la fiesta.
· El ambiente se ha transformado en algo irreal, muy lleno de símbolos sugerentes.
Los destinatarios de la parábola, tal como la hemos recibido, son los discípulos y todo Israel. Jesús es el novio, ahora es la noche, ésta es la oportunidad, no la dejéis pasar que se cierran las puertas. Es clara la conciencia de Jesús de que ésta es la oportunidad de Israel, y que habrá quien la deje pasar.

Sin embargo, en la situación vital en que se pronunció, la parábola iría destinada primariamente a las autoridades de Israel, a los responsables, escribas, fariseos y sacerdotes. Jesús se presenta a ellos como "el novio", al que hay que esperar, a riesgo de "quedarse fuera"; esto es lo que les está pasando a esos responsables de Israel: llega el Reino, figurado en las imágenes del novio y del banquete, pero ellos se van a quedar fuera. Tiene fuerte relación con la frase con que Jesús acompañaba a sus parábolas: "Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no entienden".

No es, sin embargo, una parábola de condenación, ni se deben sacar de ella consecuencias moralizantes basadas en el temor de ser sorprendido por Dios. No se afirma que "alguien se quedará fuera". Esta extensión del significado no está en la intención de la parábola. El mensaje es, simplemente "estad alerta". No se trata de presentar a Dios como dispuesto a cazarnos al menor descuido. ¡Ya conocemos a Dios!

También es útil recordar que, en una parábola, lo que importa es la enseñanza que Jesús pretendía: los ropajes literarios no son más que ropajes. En esta parábola no se alaba el proceder egoísta de las doncellas prudentes, ni se dice que Dios es como el novio intransigente que no concede más que una oportunidad. El ropaje no es más que ropaje: aquí se hace una advertencia a la vigilancia: la vida es ese momento de espera y de elección, estad atentos, optad por Jesús.

Reflexión
Las parábolas de la vigilancia, tema en que tantas veces insiste Jesús, plantean una alternativa seria a nuestro modo habitual de vivir la fe en Jesús. Nosotros, frecuentemente, añadimos el seguimiento de Jesús a una vida ya hecha, a costumbres, valores... La fe es un adjetivo, un matiz, una manera de vivir mejor lo de siempre.

En el tema concreto que hoy se plantea, la radicalidad de Jesús, nos interpela. Nosotros vivimos bien, disfrutamos de una más que aceptable instalación en la sociedad, y además nos proponemos los ideales del Reino, los valores de Jesús. La fe en Jesús nos lleva a moderar nuestro modo de vivir, compartir algo más, ser un poco menos consumistas... Lo nuestro es servir a dos señores: un moderado y lúcido disfrute de esta vida y un moderado y razonable seguimiento de Jesús.

Parábolas como la de las diez doncellas nos despiertan del sueño. Las diez doncellas adormiladas son una buena imagen de nuestra propia vida. Se nos ha olvidado quizá que esto es la noche, que esto es la espera, que esto es camino. Nos resulta extraño oír que ésta no es nuestra patria, que ésta no es la vida, que las cosas no son buenas por ser agradables, que nuestra tarea aquí no es disfrutar. Pero es la Palabra de Jesús.

Nos han adormilado además los mensajes acerca de la bondad de Dios. Dios Padre ha constituido a veces un motivo para tomarnos la mediocridad con calma. Pero Dios-Padre no es únicamente ni preferentemente un mensaje tranquilizador. Es una motivación más fuerte para el deseo de liberación plena del pecado y para la urgencia de servir a los hermanos. Es motivo más poderoso que el temor para llevar una vida más radical.

Y Jesús es muy radical, tanto en la proclamación de Dios-Abbá como en la urgencia de liberarse de todas las cadenas, en la urgencia de tomarse la vida muy en serio, en la urgencia de ponerse a trabajar por los hijos de Dios que sufren en el mundo.

Nuestra cultura, nuestra sociedad, son blandas. Vivimos un seguimiento de Cristo bastante "light", descafeinado, compatible con comodidades, consumos, prestigio social, aceptación por parte de una sociedad no-cristiana...

No estamos velando en la noche, esperando la oportunidad de servir, esperando la Palabra que nos exija liberarnos más... Más bien tememos todo eso, todo lo que nos vaya a arrancar de la dorada mediocridad de nuestro seguimiento condicionado y medido.

Las consecuencias de todo esto son, para la Iglesia, patentes. No atrae. Nosotros la Iglesia, que deberíamos ser un fermento revolucionario poderoso, un dinamizador de la transformación de la sociedad, nos hemos convertido en un justificador de mediocridades, un mantenedor de status convencional, un monstruoso maridaje entre el evangelio y el consumo.

Las parábolas de la vigilancia nos asoman a una imagen de Jesús que olvidamos con gusto: el radical, el que vive solamente para el reino, solamente para servir, solamente para salvar. El que hace de "El Reino" la esencia, no un añadido de su vida.

La urgencia y el final de los tiempos
Es muy fácil, y muy frecuente, desviar las palabras de Jesús hacia especulaciones falsamente teológicas, y así evitar su exigencia concreta. Estas parábolas de la urgencia a menudo se aplican al ámbito escatológico, es decir, al "final de los tiempos". Pero es un truco maligno, una trampa. A nadie nos interesa cómo ni cuándo será el fin de los tiempos. La urgencia es otra, mucho menos espectacular y mucho más apremiante.

La urgencia es que millones de hermanos míos se mueren hoy de hambre. La urgencia es que millones de niños son prostituidos. La urgencia es que millones personas no pueden creer en Abbá porque no ven nada de hermandad, ni han tenido nunca cariño.

La urgencia es que nosotros la iglesia nos preocupamos mucho más de nuestros ritos y nuestra ortodoxia que de la angustia de millones de hermanos. La urgencia es que en nosotros no ven el amor y la solidaridad, que no damos soluciones a los problemas del mundo, que nos preocupamos más de la integridad de la liturgia que de dar soluciones a los separados, nos preocupamos más de asegurar nuestras inversiones que de dar de comer al hambriento, dedicamos más tiempo a la especulación ortodoxa que a la explotación de los miserables.

La urgencia es que, por todo eso y mucho más, no creen en nosotros la iglesia, y no pueden creer en el mensaje de Jesús: que Dios les quiere. La urgencia es que va para nosotros la frase terrible de Jesús a los escribas y fariseos "ay de vosotros que ni entráis ni dejáis entrar".

Hay muchas personas, seguidores de Jesús, que por todo el mundo hacen presente el amor del Padre trabajando heroicamente por sus hijos. Pero entre nosotros, la magnífica Iglesia del primer mundo, somos más los que dormimos, con las lámparas apagadas. Y ésa es nuestra propia y personal urgencia. Nosotros nos estamos perdiendo la Fiesta, nosotros no esperamos al Novio, nosotros tenemos poco que ver con el Reino. Esa es nuestra urgencia personal. Como buscamos ante todo nuestra vida, la estamos echando a perder.

José Enrique Galarreta




DOS EJEMPLOS MALOS Y UNO BUENO
José Luis Sicre

Los protagonistas de las tres lecturas (hoy tendré también en cuenta la segunda) son las personas que deberían estar al servicio de la comunidad. Unos se portan mal con Dios y con el prójimo; Pablo se entrega por completo a sus cristianos.

El mal ejemplo de los sacerdotes (1ª lectura)
La primera lectura nos traslada a Judá en el siglo IV a.C. Por entonces, los judíos están sometidos al imperio persa. No tienen rey, sólo un gobernador, y los sacerdotes gozan cada vez de mayor poder y autoridad. Pero no lo ejercen como correspondería. Contra ellos se alza este profeta anónimo (Malaquías no es nombre propio sino título; significa “mi mensajero”). Las acusaciones que hace a los sacerdotes son muy duras, pero parecen muy genéricas: no dar gloria a Dios, no obedecerle, no guardar sus caminos, hacer tropezar a muchos. Si la liturgia no hubiese mutilado el texto, quedarían claras algunas de las cosas con las que los sacerdotes desprecian a Dios: ofreciendo sobre el altar pan manchado, animales ciegos, cojos, enfermos o incluso robados. En definitiva, no dan importancia al altar ni a lo que se ofrece a Dios.

El mal ejemplo de los escribas y fariseos (evangelio)
En los domingos anteriores leíamos diversos enfrentamientos de grupos religiosos judíos con Jesús. Ahora le toca a él contraatacar. Y lo hace con un discurso muy extenso, del que hoy sólo se lee la primera parte, dirigido contra los escribas y fariseos, los principales representantes religiosos de los judíos después del año 70 (cuando los romanos incendiaron el templo de Jerusalén, los sacerdotes pasaron a segundo plano porque no podían ejercer su función cultual). Los escribas eran los especialistas en la Ley de Moisés, algo así como nuestros canonistas y moralistas. Los fariseos eran los seglares piadosos, que se esforzaban sobre todo por cumplir las normas de pureza y por pagar el diezmo incluso de lo más pequeño.

Ni buen ejemplo ni buena enseñanza
El discurso comienza con una afirmación llena de ironía. Aparentemente distingue entre lo que dicen y lo que hacen. Lo que dicen es bueno, lo que hacen... es que no hacen nada. Sin embargo, esta afirmación hay que matizarla teniendo en cuenta el resto del evangelio. Entonces se advierte que Jesús no está de acuerdo con la enseñanza de escribas y fariseos, porque en otras ocasiones ha mostrado su desacuerdo con ellos, e incluso ha puesto en guardia a los discípulos contra su doctrina («la levadura de los escribas y fariseos»). Así lo demuestra la referencia a su enseñanza: toda ella se resume en agobiar a la gente con cargas pesadas, que ellos no se molestan en empujar ni con el dedo. Por consiguiente, la única forma adecuada de interpretar las palabras iniciales es la ironía. Jesús está en desacuerdo con la conducta de escribas y fariseos, y también con su enseñanza.

Filacterias y alzacuellos, borlas y colorines
El discurso sigue con el mismo enfoque irónico. Después de afirmar que «no hacen», dice que hacen muchas cosas, pero todas para llamar la atención. Y se detiene en algo a lo que Jesús daba mucha importancia: la forma de vestir.

Las filacterias eran pequeñas cajas forradas de pergamino o de piel negra de vaca que contienen tiras de pergamino en las que están escritos cuatro textos bíblicos (Dt 11,13-22; 6,4-9; Ex 13,11-16; Ex 13,2-10). Desde los trece años, durante la oración de la mañana en los días laborables, el israelita varón se ponía una sobre la cabeza y otra en el brazo izquierdo, pronunciando estas palabras: «Bendito seas, Yahvé, Dios, Rey del Universo, que nos has santificado por tus mandamientos y que nos has ordenado llevar tus filacterias». Mateo alude a una costumbre de los judíos beatos, que llevaban las filacterias todo el día y agrandaban las borlas para hacerlas más visibles.

El origen de las borlas se remonta a Nm 15,38s: «Di a los israelitas: Haceos borlas y cosedlas con hilo violeta a la franja de vuestros vestidos. Cuando las veáis, os recordarán los mandamientos del Señor y os ayudarán a cumplirlos sin ceder a los caprichos del corazón y de los ojos, que os suelen seducir». Los judíos beatos agrandaban esas borlas que llamar la atención. Escribas y fariseos caen en estos defectos, a los que se añaden otros detalles de presunción.

Ni rabí, ni monseñor, ni padre
Mateo, que no quiere limitarse a ironizar, sino que desea evitar los mismos peligros en la comunidad cristiana, termina esta parte introductoria exhortando a evitar todo título honorí­fico: maes­tro, padre, consejero. En su opinión, no se trata de una cuestión secundaria: el uso de estos títulos equivale a introducir dife­rencias dentro de la comunidad, olvidando que todos somos igua­les: todos herma­nos, todos hijos del mismo Padre. Más aún, esos títulos signifi­can desposeer a Dios y al Mesías de la dignidad exclusiva que les pertenece, para atribuírsela a simples hombres. Por eso, frente al deseo de aparentar de escri­bas y fariseos, el principio que debe regir entre los cristianos es que «el más grande de vosotros será servidor vuestro». Y el que no esté dispuesto a aceptarlo, que se atenga a las consecuen­cias: «A quien se eleva, lo abajarán, y a quien se abaja, lo elevarán».

Una anécdota que viene a cuento
Me contaban hace poco que un compañero fue a visitar a un cardenal. Cometió el tremendo error de llamarle “Excelencia” (título de un obispo) en vez de “Eminencia”. Al interesado se le mudó la cara ante tamaña ofensa. Y mi compañero no consiguió lo que pedía.

El buen ejemplo de Pablo (2ª lectura)
Por pura casualidad, y sin que sirva de precedente, la segunda lectura de hoy se puede relacionar con las otras dos. Frente al mal ejemplo de desinterés, autoritarismo, vanidad y presunción, Pablo ofrece un ejemplo de entrega absoluta a los cristianos de Tesalónica, como una madre, trabajando día y noche para no resultarles gravoso.

José Luis Sicre




TODOS SANTOS Y TODOS PECADORES
Fray Marcos
Mt 5, 1-12

Los matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es siempre infinita. Para Dios todos somos iguales, no hay posible distinción. ¿Qué sentido tiene entonces el marcar las diferencias entre unos y otros? La fiesta de “Todos los Santos”, entendida como diferencia de perfección entre los seres humanos no tiene mucho sentido. Por eso le he cambiado el título y he puesto: “Todos santos”; aunque también podía haber puesto “Todos pecadores” y sería exactamente igual de cierto. Para Dios no hay diferencia ninguna, porque nos ama a todos por lo que Él es.

Si por santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya ha llegado a su plenitud y por lo tanto se habrían acabado sus posibilidades de crecer. Pero su verdadero ser, y por lo tanto su perfección, nada tiene que ver con su biología o con su moralidad. A esa parte de nuestro ser no afectan las limitaciones, sean del orden que sean. Es una realidad que permanece siempre intacta. Descubrir, vivir y manifestar ese verdadero ser, es lo que podíamos llamar santidad.

Cuando creemos que para ser santo tenemos que anular los sentidos, reprimir los sentimientos, machacar la inteligencia y someter la voluntad, nos estamos exigiendo la más torpe inhumanidad. La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, que ya está en nosotros. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo, a ser cada día más humanos, desplegando el amor que es Dios y está en vosotros.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del ideal de perfección griega, que durante siglos se nos ha vendido como cristiana. Cuando un joven le dice a Jesús: "Maestro bueno”. Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno más que Dios. ¿Qué hubiera contestado si le hubiera llamado santo?

Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros; aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía, y de ese modo, tampoco podemos manifestar lo que somos. Somos santos por lo que Dios es en nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia generalizada de que la santidad consiste en desplegar las virtudes morales, no tiene nada que ver con el evangelio. Recordemos: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. Para Jesús, es santo el que descubre el amor que llega a él sin mérito ninguno por su parte. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa.

Debemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de los santos como “intercesores”. Si lo entendemos pensando en un Dios, que solo atiende las peticiones de sus amigos o de aquellos que son “recomendados”, estamos ridiculizando a Dios. En (Jn 16,26-27) dice Jesús: “no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama”. Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos o por recomendación de uno que los es, sino porque Él es amor.

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. Si descubrimos que esas personas que han tomando conciencia de su verdadero ser, son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, pueden ayudarnos a descubrirlo, y por lo tanto pueden acercarnos a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios a pesar de sus defectos, nos tiene que animar a confiar más nosotros. No solo valdría para los que conviven con ellos, sino para todos los que después de su muerte, tuvieran noticia de ‘su vida y milagros’. Sería el camino más fácil para que creciera el número de los “conscientes”.

Debemos tener cuidado con la “comunión de los santos”. No se trata de unos “dones” o unas “gracias” que ellos han merecido y que nos ceden a nosotros. Es ridículo cuantificar y almacenar los bienes espirituales. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito y nunca se puede merecer. “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Ahora bien, en el momento que se tiene conciencia de la unidad, se comprende que todo lo que hace uno repercute en el todo. La doctrina de Pablo es esclarecedora: “Todos formamos un solo cuerpo”.

En esta fiesta celebramos la bondad, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien. Hoy es el día de la alegría. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. La vida merece siempre la pena. Esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como hay en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son, y se conforman con vegetar.

Las bienaventuranzas nos descubren el verdadero rostro del “santo”. ¿Quién es dichoso? ¿Quién es bienaventurado? Felicitar a uno porque es pobre, porque llora, porque pasa hambre, porque es perseguido, sería un sarcasmo para el común de los mortales. Sobre todo si le engañamos con la promesa de que lo serán más allá. Haber reservado la palabra “bienaventurado” para los que han muerto, es una manipulación del evangelio inaceptable. Aquí abajo, el dichoso es el rico, el poderoso, el que puede consumir de todo sin dar un palo al agua. Esa escala de valores queda trastocada por el evangelio.

Las bienaventuranzas no se pueden entender racionalmente, ni se pueden explicar con argumentos. Cuando Pedro se puso a increpar a Jesús, porque no entendía su muerte, Jesús le contestó: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”. Solo entrando en la dinámica de la trascendencia, podemos descubrir el sentido de las bienaventuranzas. Solo descubriendo lo que hay de Dios en mí, podré darme cuenta del verdadero valor. Para que una persona sea dichosa le tenemos que dar aquello que considera el valor supremo para ella. Tenga lo que tenga, si no lo percibe como valor absoluto, no le hará feliz.

Las bienaventuranzas no son un “sí” de Dios a la pobreza y al sufrimiento, sino un rotundo “no” de Dios a las situaciones de injusticia, asegurando a los pobres lo más grande que pudieran esperar, el amor que es Dios. En Él los pobres pueden esperar, tener confianza. No para un futuro lejano, sino ya, aquí y ahora. Puede ser bienaventurado el que llora, pero nunca el que hace llorar. Puede ser feliz el que pasa hambre, pero no el que tiene la culpa del hambre de los demás. Buscar la salvación en las seguridades terrenas, es la mejor prueba de que no se ha descubierto el amor de Dios. Aún en las peores circunstancias imaginables, las posibilidades de ser, nadie puede quitártelas.

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los “santos” canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubren la marca de lo divino en ellos, y ese descubrimiento les empuja a mayor humanidad. No se trata de celebrar los méritos de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El merito será siempre de Dios.

Fray Marcos