jueves, 16 de noviembre de 2017

José Antonio Pagola - BÚSQUEDA CREATIVA



José Antonio Pagola - BÚSQUEDA CREATIVA

A pesar de su aparente inocencia, la parábola de los talentos encierra una carga explosiva. Es sorprendente ver que el tercer criado es condenado sin haber cometido ninguna acción mala. Su único error consiste en no hacer nada: no arriesga su talento, no lo hace fructificar, lo conserva intacto en un lugar seguro.

El mensaje de Jesús es claro. No al conservadurismo, sí a la creatividad. No a una vida estéril, sí a la respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir caminos al reino de Dios.

El gran pecado de los seguidores de Jesús puede ser siempre el no arriesgarnos a seguirlo de manera creativa. Es significativo observar el lenguaje que se ha empleado entre los cristianos a lo largo de los años para ver en qué hemos centrado con frecuencia la atención: conservar el depósito de la fe; conservar la tradición; conservar las buenas costumbres; conservar la gracia; conservar la vocación...

Esta tentación de conservadurismo es más fuerte en tiempos de crisis religiosa. Es fácil entonces invocar la necesidad de controlar la ortodoxia, reforzar la disciplina y la normativa, asegurar la pertenencia a la Iglesia... Todo puede ser explicable, pero, ¿no es con frecuencia una manera de desvirtuar el Evangelio y congelar la creatividad del Espíritu?

Para los dirigentes religiosos y los responsables de las comunidades cristianas puede ser más cómodo «repetir» de manera monótona los caminos heredados del pasado, ignorando los interrogantes, las contradicciones y los planteamientos del hombre moderno, pero ¿de qué sirve todo ello si no somos capaces de transmitir luz y esperanza a los problemas y sufrimientos que sacuden a los hombres y mujeres de nuestros días?

Las actitudes que hemos de cuidar hoy en el interior de la Iglesia no se llaman «prudencia», «fidelidad al pasado», «resignación»... Llevan más bien otro nombre: «búsqueda creativa», «audacia», «capacidad de riesgo», «escucha del Espíritu», que todo lo hace nuevo.

Lo más grave puede ser que, lo mismo que el tercer criado de la parábola, también nosotros creamos que estamos respondiendo fielmente a Dios con nuestra actitud conservadora, cuando en realidad estamos defraudando sus expectativas. El principal quehacer de la Iglesia hoy no puede ser conservar el pasado, sino aprender a comunicar la Buena Noticia de Jesús en una sociedad sacudida por cambios socioculturales sin precedentes.

33 Tiempo ordinario - A
(Mateo 25,14-30)
19 de noviembre 2017

José Antonio Pagola 




ORACIÓN DEL PAYASO
Florentino Ulibarri

Señor:Soy un trasto, pero te quiero;
te quiero terriblemente, locamente,
que es la única manera que tengo yo de amar,
porque ¡sólo soy un payaso!

Ya hace años que salí de tus manos
lleno de talentos y dones,
equipado con todo lo necesario
para vivir y ser feliz
–tu amor, tu caja de caudales,
tus proyectos,
tus sorpresas y regalos de Padre–.
Pronto, quizá, llegue el día
en que vuelva a ti...

Aquí estoy, Señor.

Mi alforja está vacía,
mis pies sucios y heridos,
mis entrañas yermas,
mis ojos tristes,
mis flores mustias y descoloridas.
Sólo mi corazón está intacto...

Me espanta mi pobreza
pero me consuela tu ternura.
Estoy ante ti como un cantarillo roto;
pero, con mi mismo barro,
puedes hacer otro a tu gusto...

Aquí estoy, Señor.

Señor:
¿Qué te diré cuando me pidas cuentas?
Te diré que mi vida, humanamente, ha sido un fallo;
que he perdido todo lo tuyo y lo mío,
y me he quedado sin blanca;
que no he tenido grandes proyectos,
que he vivido a ras de tierra,
que he volado muy bajo,
que estoy por dentro como mi traje,
cosido a trozos, arlequinado.

Señor:
Acepta la ofrenda de este atardecer...
Mi vida, como una flauta, está llena de agujeros...,
pero tómala en tus manos divinas.
Que tu música pase a través de mí
y llegue hasta mis hermanos los hombres;
que sea para ellos ritmo y melodía
que acompañe su caminar,
alegría sencilla de sus pasos cansados...

Aquí estoy, Señor.


Florentino Ulibarri



EL VERDADERO VALOR ESTÁ EN LO ESENCIAL
Fray Marcos
Mt 25, 14-30

Mateo sigue con sus amonestaciones. Estamos en el tiempo de la comunidad, antes de que llegue el tiempo escatológico, que creían inminente. Cada miembro de la comunidad debe tomar la parte de responsabilidad que le corresponde y no defraudar ni a Dios ni a los demás. En tiempo de Mt, ya muchos se hacían cristianos, no por convicción, sino para vivir del cuento, sin dar golpe. Es curioso que las tres parábolas de este c. 25 hagan referencia a omisiones, a la hora de ponderar las consecuencias de nuestras acciones.

El talento no era una moneda real. En griego “tálanton” significa el contenido de un platillo de la balanza (pesada). Era una cantidad desorbitada, que equivalía a 26-41 kilos de plata = 6.000 denarios; el salario de 16 años de un jornalero. Para entender lo de enterrar el talento, hay que tener en cuenta, que había una norma jurídica, según la cual, el que enterraba el dinero, que tenía en custodia, envuelto en un pañuelo, no tenía responsabilidad civil, si se perdía. Enterrar el dinero se consideraba una buena práctica.

Durante mucho tiempo se ha interpretado la parábola materialmente, creyendo que nos invitaba a producir y acaparar bienes materiales. De esta mala interpretación nace el capitalismo salvaje en Occidente, que nos ha llevado a desigualdades sangrantes que no hacen más que crecer, incluso en plena crisis. Una vez más, hemos utilizado el evangelio en contra del mensaje de Jesús. Me gusta más la versión de Lc, en la que todos los empleados reciben lo mismo; la diferencia está en la manera de responder.

También sería insuficiente interpretar “talentos” como cualidades de la persona. Esta interpretación es la más común y ha quedado sancionada por nuestro lenguaje. ¿Qué significa tener talento? Tampoco es éste el verdadero planteamiento de la parábola. En el orden de las cualidades, estamos obligados a desplegar todas las posibilidades, pero siempre pensando en el bien de todos y no para acaparar más y desplumar a los menos capacitados. Para mayor “inri”, dando gracias a Dios por ser más listos que los demás.

Si nos quedamos en el orden de las cualidades, podíamos concluir que Dios es injusto. La parábola no juzga las cualidades, sino el uso que hago de ellas. Tenga más o menos, lo que se me pide es que las ponga al servicio de mi auténtico ser, al servicio de todos. En el orden del ser, todos somos idénticos. Si percibimos diferencias es que estamos valorando lo accidental. En lo esencial, todos tenemos el mismo talento. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro: por más carencias que sientas puedes alcanzar la plenitud humana.

En todos los órdenes tenemos que poner los talentos a fructificar, pero no todos los órdenes tienen la misma importancia. Como seres humanos tenemos algo esencial, y mucho que es accidental. Lo importante es la esencia que constituye al hombre como tal. Ese es el verdadero talento. Todo lo que puede tener o no tener (lo accidental) no debe ser la principal preocupación. Los talentos de que habla el evangelio, no pueden hacer referencia a realidades secundarias sino a las realidades que hacen al hombre más humano. Y ya sabemos que ser más humano significa ser capaz de amar más.

Los talentos son lo bienes esenciales que debemos descubrir. La parábola del tesoro escondido es la mejor pista. Somos un tesoro de valor incalculable. La primera obligación de un ser humano es descubrir esa realidad. La “buena noticia” sería que todos pusiéramos ese tesoro al servicio de todos. En eso consistiría el Reino predicado por Jesús. El relato del domingo pasado, el de hoy y el del próximo, terminan prácticamente igual: “Entraron al banquete de boda...” “Pasa al banquete de tu señor”. “Heredad el Reino...” Banquete, boda y Reino son símbolos de plenitud.

Algunos puntos necesitan aclaración. En primer lugar, el que no arriesga el dinero, no lo hace por holgazanería o comodidad, sino por miedo. El siervo inútil no derrocha la fortuna; simplemente la guarda. Debía hacernos pensar que se condene uno por no hacer nada. Creo que en nuestras comunidades, lo que hoy predomina es el miedo. No nos deja poner en marcha iniciativas que supongan riesgo de perder seguridades, pero con esa actitud, se está cercenando la posibilidad de llevar esperanza a muchos desesperados.

En segundo lugar, la actitud del Señor tampoco puede ser ejemplo de lo que hace Dios. Pensemos en la parábola del hijo pródigo, que es tratado por el Padre de una manera muy diferente. Quitarle al que tiene menos lo poco que tiene para dárselo al que tiene más, tomando al pie de la letra, sería impropio del Dios de Jesús. Dios no tiene ninguna necesidad de castigar. El que escondió el talento ya se ha privado de él haciéndolo inútil para él mismo y para los demás. Es algo que teníamos que aprender también nosotros.

Finalmente es también muy interesante constatar que, tanto el que negocia con cinco, como el que negocia con dos, reciben exactamente el mismo premio. Esto indica que en ningún caso se trata de valorar los resultados del trabajo, sino la actitud de los empleados. En una cultura en la que todo se valora por los resultados, es muy difícil comprender esto. En un ambiente social donde nadie se mueve si no es por una paga; donde todo lo que hace tiene que reportar algún beneficio, es casi imposible comprender la gratuidad que nos pide el evangelio. Si necesito premio es que no entendí nada.

La parábola nos habla de progreso, de evolución constante hacia lo no descubierto. El único pecado es negarse a caminar. El ser humano tiene que estar volcado hacia su interior para poder desplegar todas sus posibilidades. Todo el pasado del hombre (y de la vida) no es más que el punto de partida, la rampa de lanzamiento hacia mayor plenitud. La tentación está en querer asegurar lo que ya tengo, enterrar el talento. Tal actitud no demuestra más que falta de confianza en uno mismo y en la vida, y por lo tanto, en Dios.

Lo que tenemos que hacer es tomar conciencia de la riqueza que ya tenemos. Unos no llegamos a descubrirla y otros la escondemos. El resultado es el mismo. No es nada fácil, porque nos han repetido hasta la saciedad, que estamos en pecado desde antes de nacer, que no valemos para nada, que la única salvación posible tiene que venirnos de fuera. Lo malo es que nos lo seguimos creyendo. El relato del camello que se negaba a moverse porque se creía atado a la estaca, aunque no lo estaba. O el león que vivía con las ovejas como un borrego más, sin enterarse de lo que era, es el mejor ejemplo de nuestra postura.

Todo afán de seguridades, nos aleja del mensaje de Jesús. Todo intento de alcanzar verdades absolutas y normas de conducta inmutables, que nos dejen tranquilos, carece de sentido cristiano. Ninguna conceptualización de Dios puede ser definitiva; hace siempre referencia a algo mayor. Estamos aquí para evolucio­nar, para que la vida nos atraviese y salga de nosotros enriquecida. El miedo no tiene sentido, porque la fuerza y la energía no la tenemos que poner nosotros. Nuestro objetivo debía ser que al abandonar este mundo, lo dejáramos un poquito mejor que cuando llegamos a él, haciéndolo más humano.

Meditación

No hay un “yo” que posea un tesoro.
Soy, realmente, un tesoro de valor incalculable.
Solo hay un camino para poder disfrutar de lo que soy.
Poner toda esa riqueza a disposición de los demás
es la gran paradoja del ser humano.
Solo alcanza su plenitud cuando se da plenamente.

Fray Marcos



COMPARTIR LOS TALENTOS RECIBIDOS
José Enrique Galarreta
Mt 25, 14-30

La parábola en sí misma es típica de Jesús: una escena verosímil, un propietario que encomienda su hacienda a sus siervos durante su ausencia; la rendición de cuentas, y una conclusión por una parte lógica y por otra sorprendente.

Pero es sin duda una de las grandes parábolas, tan conocida por el pueblo cristiano que hasta ha introducido en el lenguaje la palabra "talento", como sinónima de "capacidad, inteligencia". Desde aquí, "rendir cuentas de los talentos recibidos" es una de las líneas morales más típicas del cristiano.

"Rendir cuentas al Amo". Es la forma antigua de representar que el ser humano es responsable. Responsable ante Dios. "El Amo"; todo es de Dios, yo soy un puro don de Dios, y lo que tengo es don también. Soy responsable ante Dios de lo que soy y de lo que tengo.

Este planteamiento de Jesús tiene raíces y consecuencias no muy aprovechadas por la teología y la espiritualidad. Representa ni más ni menos que una de las más profundas revoluciones de Jesús, que, como tantas veces, suele ser ignorada por nuestra tendencia a domesticar la Buena Noticia.

No pocas veces, diríamos que habitualmente, nuestra relación con Dios suele ser definida desde los parámetros de culpas y méritos, que acarrean castigos o premios. Desde este punto de vista, el pecado es culpa y el pecador culpable: la virtud es mérito y el virtuoso se considera santo.

Pero Jesús no piensa así: no habla de culpas y méritos sino de enfermedades y talentos. El pecador no es culpable sino enfermo; el virtuoso no tiene méritos sino que ha recibido talentos. Esto significa que el pecador no es malvado sino necesitado, y el santo no está lleno de méritos sino que es el más obligado, porque ha recibido más.

Así, los publicanos, las pecadoras públicas, la impura gente normal, asedia a Jesús porque, por primera vez, ven en él una esperanza. Jesús les desculpabiliza y les ofrece curación. De manera inversa, los santos fariseos se apartan de Jesús porque les niega todo mérito y les echa en cara que se quedan para sí lo que les ha sido dado para otros.

Jesús libera del pecado: y no, como se ha desarrollado tanto y tan mal, por una cuestión jurídica, como si hubiera pagado lo que nosotros no podemos pagar a un Juez que lleva cuentas implacables, sino porque nos declara inocentes.

Se ha aprovechado poco la imagen de Jesús liberador de endemoniados, pero es el mensaje más importante de las curaciones que narran –tan abundantemente- los evangelios. Nuestros pecados son nuestros demonios, eso que llevamos dentro, que no somos nosotros mismos sino nuestros opresores interiores, aquello que nos quita la libertad y nos hace comportarnos de forma inhumana.

El pecado-culpa nos hace temerosos ante Dios. El pecado-enfermedad nos hace deseosos del médico. El pecado-demonio nos hace suspirar por la liberación.

Inversamente, la virtud-mérito nos lleva a considerarnos mejores que otros y seguros ante Dios. Es la esencia del fariseo. Esto nos lleva a complementar esta parábola con la del fariseo y el publicano, tan íntimamente relacionada.

El error fundamental del fariseo, el que provoca el rechazo de Dios, es no entender sus cualidades y virtudes como talentos recibidos de Dios. Se limita a dar gracias y está satisfecho de "no ser como los demás hombres". Siente agradecimiento, más bien satisfacción, pero no se pregunta por qué ni para qué ha recibido esos dones de Dios.

Y es la pregunta que nos afecta directamente a muchos de nosotros que, como el fariseo, podríamos decir "no soy como los demás, conozco a Jesús, cumplo su Ley, he recibido la Palabra...te doy gracias, Señor".

La simpatía de Jesús por el publicano radica en que está atrapado por sus demonios. No tiene salida, no puede hacer otra cosa que suspirar ante Dios, anhelar una liberación que es humanamente imposible. Por eso el publicano de la parábola hace lo que debe, lo único que puede hacer, y por eso su oración es bien recibida.

Por eso hace una gran fiesta Leví al ser elegido, de manera inconcebible, por el Maestro. Reivindicado ante todos, desatado de sus cadenas, liberado de sus demonios por la sorprendente oferta de Jesús.

Pero la pregunta fundamental sigue aún en pie: todos los talentos que el fariseo ha recibido, ¿por qué y para qué los ha recibido? ¿Cómo los hará rendir para cuando vuelva el amo? La respuesta no está en esta parábola, sino en la del Buen Samaritano y en la del Juicio final (que leeremos el próximo domingo).

El corazón de la Ley es que los dos Mandamientos "Amarás a Dios" y "Amarás a tu prójimo" son un sólo mandamiento. Esto fue el genio de Jesús. Los dos mandamientos existían: juntarlos en uno solo es la muestra perfecta de la Encarnación. Amar a Dios es amar al prójimo, que se expresa en la frase perfecta, la síntesis definitiva de la "moral" de Jesús: "A mí me lo hicisteis".

Partiendo de aquí, nuestro agradecimiento a Dios por los talentos recibidos se convierte en necesidad de servir a los hermanos. Yo no puedo hacer nada por Dios, nada necesita de mí el Señor. Pero sus hijos sí que necesitan. Dios "no está", es como el amo que se ha ido a lejanas tierras, pero sus hijos sí están. Dios no tiene necesidades, pero sus hijos sí las tienen. Sus hijos no tienen "talentos", pero yo, su hermano, sí.

Y empezamos a entender por qué yo tanto y otros tan poco. El Padre espera de mí que sea hermano, que comparta. Lo que se me ha dado, se me ha dado para todos. Yo tengo talentos para que haya talentos en el mundo. Y esto se aplica al dinero, a la inteligencia, a la cultura, a las cualidades, a la capacidad de aconsejar, a la capacidad de consolar, a la habilidad, al tiempo de que disponemos... "Todo es vuestro, a vos, Señor, lo torno".

¿Cómo "lo tornamos" a Dios? Ofreciéndolo a sus hijos. Y no como generosidad, sino como algo debido. No es mío, es don, recibido para que todos lo tengan.

En este momento histórico en que miles de personas salen de su tierra porque en ella no pueden vivir y quieren entrar en "la nuestra", debemos pensar si acogerlos es un acto de caridad o de justicia.

La pregunta del letrado: "¿quién es mi prójimo?", era académica. Quería "justificarse", que le precisaran a quién tenía que amar y a quién no. La respuesta de Jesús es típica de Jesús: no responde a lo que le preguntan, sino a lo que deberían haber preguntado: "No se trata de quiénes son los demás, sino de quién eres tú". Tú eres el obligado, obligado con Dios. Tú eres el hermano, aunque los demás no se lo merezcan.

No me comporto con los demás como los demás se comportan conmigo, sino como el Padre se comporta conmigo. No servimos para que nos sirvan, no damos para que nos den sino porque nos han dado.

No se trata de que "el prójimo lo merezca", no se trata de saber "quién es mi prójimo". Yo soy el prójimo, yo soy el que amo, porque así es mi Padre.

Amar no es un afecto. Es estar dispuesto a servir a todos siempre. Amar es dar de comer, vestir, visitar, consolar, trabajar bien, respetar, perdonar, exigir... todo puede ser amar si lo que importa es el bien del otro.

Y así, es grande en el Reino de los cielos no el que tiene, sino el que sirve con lo que tiene. "Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros". Para el mundo, el primero es el que más tiene; para el Reino, el primero es el que más sirve. Para el mundo, el primero es el más dotado; para el Reino, el primero es el más necesitado.

Este es el pecado del fariseo: creerse primero, cuando lo único que le pasa es que se espera mucho de lo que le han dado. Esta es la grandeza del publicano: que se sabe último. Esta es la grandeza de la humildad de los santos: que ven muy claro cuánto han recibido y saben -y es verdad- que responden de menos.

Nosotros pensamos en "primeros y últimos" como en quienes tienen muchos o pocos talentos. Pues bien, "primeros" son el Reino los que más usan sus Talentos en favor de los "últimos".

Y el ejemplo cumbre es Jesús: un primero en todo, un fuera de serie en inteligencia, en voluntad, en elocuencia, en compasión, en valentía... Pero es el primero del Reino porque sirvió con todo eso hasta darlo del todo, hasta dar la vida.

José Enrique Galarreta, SJ (qepd)



Si estás perdido
Pedro Miguel Lamet, SJ

Hay mucha gente hoy día con desazón y angustia. A las noticias negativas se suman problemas personales de soledad, fracasos amorosos, precariedad económica, depresión, o simplemente una vaga sensación de sin sentido.

¿Dónde está la solución de fondo? ¿En los partidos, las elecciones,  el dinero, el consumo, el progreso? Al final nos encontramos con nosotros mismos. La respuesta está dentro. Es lo que intento evocar en este soneto:

     SI ESTÁS PERDIDO

Si estás perdido en ese desconcierto
de no saber a dónde va el camino
y esta vida te lleva al desatino
de andar sin rumbo solo en un desierto;

si a veces añoras retornar al huerto
y sentarte a la sombra de aquel  pino
para mirar al sol dormirse en el divino
regazo de la mar igual que un muerto,

cierra los ojos, respira en este instante
lo que detrás de tu ser te configura,
piérdete del todo en ese encuentro

que habita tras la forma y la figura,
y descansa tu alma como amante
en el beso de amor que eres por dentro.

Pedro Miguel Lamet, SJ.