viernes, 20 de octubre de 2017

José Antonio Pagola - LOS POBRES SON DE DIOS


José Antonio Pagola - LOS POBRES SON DE DIOS

A espaldas de Jesús, los fariseos llegan a un acuerdo para prepararle una trampa decisiva. No vienen ellos mismos a encontrarse con él. Le envían a unos discípulos acompañados por unos partidarios de Herodes Antipas. Tal vez no faltan entre ellos algunos poderosos recaudadores de los tributos para Roma.

La trampa está bien pensada: «¿Estamos obligados a pagar tributo al César o no?». Si responde negativamente le podrán acusar de rebelión contra Roma. Si legitima el pago de tributos quedará desprestigiado ante aquellos pobres campesinos que viven oprimidos por los impuestos, y a los que él ama y defiende con todas sus fuerzas.

La respuesta de Jesús ha sido resumida de manera lapidaria a lo largo de los siglos en estos términos: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pocas palabras de Jesús habrán sido tan citadas como estas. Y ninguna, tal vez, más distorsionada y manipulada desde intereses muy ajenos al Profeta defensor de los pobres.

Jesús no está pensando en Dios y en el César de Roma como dos poderes que pueden exigir cada uno de ellos, en su propio campo, sus derechos a sus súbditos. Como todo judío fiel, Jesús sabe que a Dios «le pertenece la tierra y todo lo que contiene, el orbe y todos sus habitantes» (Salmo 24). ¿Qué puede ser del César que no sea de Dios? ¿Acaso no son hijos de Dios los súbditos del emperador?

Jesús no se detiene en las diferentes posiciones que enfrentan en aquella sociedad a herodianos, saduceos o fariseos sobre los tributos a Roma y su significado: si llevan la «moneda del tributo» en sus bolsas que cumplan sus obligaciones. Pero él no vive al servicio del Imperio de Roma, sino abriendo caminos al reino de Dios y su justicia.

Por eso les recuerda algo que nadie le ha preguntado: «Dad a Dios lo que es de Dios». Es decir, no deis a ningún César lo que solo es de Dios: la vida de sus hijos. Como ha repetido tantas veces a sus seguidores, los pobres son de Dios, los pequeños son sus predilectos, el reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.

No se ha de sacrificar la vida, la dignidad o la felicidad de las personas a ningún poder. Y, sin duda, ningún poder sacrifica hoy más vidas y causa más sufrimiento, hambre y destrucción que esa «dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano» que, según el papa Francisco, han logrado imponer los poderosos de la tierra. No podemos permanecer pasivos e indiferentes acallando la voz de nuestra conciencia con las prácticas religiosas.

29 Tiempo ordinario - A
(Mateo 22,15-21)
22 de octubre 2017


José Antonio Pagola 




SER CRISTIANOS Y SER CIUDADANOS
Florentino Ulibarri

Hoy y siempre, nos guste o no,
preguntar por la licitud de un impuesto,
cuando tenemos dinero y patrimonio
y vivimos muy dignamente,
es querer defendernos frente a los otros
-sean el césar,
la hacienda pública,
los pobres de la acera
o la propia conciencia-.

Y querer que Tú aclares
y justifiques nuestros quereres
de servir a dos señores
-cuando nos conviene-
o de enfrentarlos sin escrúpulos
-cuando nos conviene-,
es jugar a ser hipócritas
aunque no aparezcamos en la escena
y sean otros los que abren las puertas.

Aquel día que, mirándonos a los ojos, dijiste
"al César lo que es del César
y a Dios lo que es de Dios",
abriste una brecha en el horizonte:
proclamaste la soberanía de Dios Padre,
la autonomía de la creación entera,
la libertad de conciencia de las personas,
la repulsa de toda ideología política y religiosa
y el uso de Dios para nuestros intereses.

Sabemos que no es evangélico
llegar a Dios por la presión del poder que impera
ni defender el estado apelando a su voluntad.
Con el proyecto de Dios no se juega.
No hay nadie, por grande que sea,
dentro o fuera de la iglesia,
que pueda adueñarse del mismo, o hacerse su guía,
apelando a poderes, leyes y costumbres
o a la gracia divina.

Y como lo de Dios tiene que ver,
no solo con las cosas religiosas,
también con las realidades y decisiones políticas,
toda iglesia que quiera ser evangélica
no puede quedarse encerrada
ni en los corazones ni en las sacristías;
ha de salir a las plazas públicas
para defender el proyecto de Dios
y la autonomía de la sociedad laica.

Por eso, Señor, enséñanos
a ser cristianos y ciudadanos.

Florentino Ulibarri





SI NO SIRVO AL HOMBRE CONCRETO, NO SIRVO DE NADA
Fray Marcos
Mt 22, 15-21

Los jefes religiosos comprendieron que las tres parábolas polémicas se referían a ellos; por eso contraatacan con tres preguntas capciosas que intentan tenderle una trampa para tener de qué acusarlo. La primera es la del tributo al César que acabamos de leer. La segunda es sobre la resurrección de los muertos. La tercera, cuál es el primer mandamiento, que leeremos el domingo que viene.

Merece atención el texto del segundo Isaías que hemos leído. Es muy interesante, porque es la primera vez que la Biblia habla de un único Dios. Estamos a mediados del s. VI a.C., y hasta ese momento, Israel tenía su Dios, pero no ponía en cuestión que otros pueblos tuvieran sus propios dioses. Esto no lo hemos tenido nunca claro. El creer en un Dios único es un salto cualitativo increíble en el proceso de maduración de la revelación.

El evangelio de hoy no es sencillo. Con la frasecita de marras, Jesús contesta a lo que no le habían preguntado. No se mete en política, pero apunta a una actitud vital que supera la disyuntiva que le proponen. Una nefasta interpretación de la frase de Jesús la convirtió en un argumento para apoyar el maniqueísmo en nombre del evangelio. Seguimos entendiendo la frase como una oposición entre lo religioso y lo profano; hoy entre la Iglesia y el Estado. Se trata de una falta absoluta de perspectiva histórica.

Moisés utilizó a Dios para agrupar a varias tribus en un solo pueblo. Fue siempre una teocracia en toda regla. Cuando se instauró la monarquía por influencia de las naciones próximas, al rey se le consideró como un representante de Dios (hijo de Dios), sin ningún poder al margen del conferido por la divinidad. Al proponer la pregunta, los fariseos no piensan en una confrontación entre el poder religioso y el poder civil, sino entre su Dios y el César divinizado. Fijaos que el texto dice: ¿De quién es la imagen y la inscripción?

El epígrafe decía: “Augusto Tiberio César, hijo del divino Augusto”. Y en el reverso: “Sumo Pontífice”. ¿Os suena? Lo que se cuestiona es, si un judío tiene que aceptar la soberanía del César o seguir teniendo a Dios como único soberano. Con su respuesta, Jesús no está proponiendo una separación del mundo civil y el religioso. En tiempo de Jesús tal cosa era impensable. No hay en el evangelio base alguna para convertir la religión en una especulación de salón o de sacristía sin ninguna influencia en la vida real.

Fariseos y herodianos, enemigos irreconciliables, se unen contra Jesús. Los fariseos eran contrarios a la ocupación, pero se habían acomodado. Los herodianos eran partidarios del poder de Roma. La pregunta era una trampa. Si decía que no, se ponía en contra de Roma. Los herodianos lo podían acusar de subversivo. Si decían sí, los fariseos podían acusarlo de contrario al judaísmo, porque se ponía en contra del sentir del pueblo.

El verbo que emplea Jesús, "apodídômi", no significa dar sino, devolver. El que emplean los fariseos (dídomi), sí significa “dar”. Una pista interesante para comprender la respuesta. Estaban contra el César, pero utilizaban su moneda y tiene derecho de exigir que se la devuelvan. Un verdadero judío, tenían que renunciar a utilizar el dinero de Roma. Les hace ver que ya han contestado, pues han aceptado la soberanía de Roma.

Al preguntar Jesús, está haciendo clara referencia al Génesis, donde se dice que el hombre fue creado a imagen de Dios. Si el hombre es imagen de Dios, hay que devolver a Dios lo que se le ha escamoteado: el hombre. La moneda, que representa al César, tiene un valor relativo, pero el hombre tiene un valor absoluto, porque representa a Dios. Jesús no pone al mismo nivel a Dios y al César, sino que toma partido por Dios. Esta idea es una de las claves de todo el mensaje de Jesús.

Tampoco se puede utilizar la frase para justificar el poder. Si algo está claro en el evangelio es que todo poder es nefasto, porque machaca al hombre. Se ha repetido hasta la saciedad, que todo poder viene de Dios. Pues bien, según el evangelio, ningún poder puede venir de Dios, ni el político ni le religioso. En toda organización humana, el que está más arriba está allí para servir a los demás, no para dominar.

Jesús dice que el César no es Dios, pero no hemos dudado en convertir a Dios en un César (he leído una homilía: “el único César que existe es Dios”). No es fácil asimilar que tampoco Dios es un César. No se trata de repartir dependencias, ni siquiera con ventaja para Dios. Dios no hace competencia a ningún poder terreno, sencillamente porque no tiene ningún poder. Esto, bien entendido, nos evitaría toda solución falsa del problema. El problema es una trampa. No existe una alternativa entre César y Dios.

Se ha predicado que había que estar más pendiente del César religioso que del César civil. Ningún ejercicio del poder es evangélico. No hay nada más contrario al mensaje de Jesús que el poder. Siempre que pretendemos defender los derechos de Dios, estamos defendiendo nuestros propios intereses. El que te diga que está defendiendo a Dios, en realidad lo está suplantando. Tampoco el estado tiene derecho alguno que defender. Los dirigentes civiles tienen que defender siempre los derechos de los ciudadanos.

No defendemos el anarquismo. A contrario, una sociedad, aunque sea de dos personas, tiene que estar ordenada y en relaciones mutuas de dependencia. En ella, una tiene mayor responsabilidad; pero todas las relaciones humanas deben surgir del servicio y la entrega a los demás, no del dominio. Ningún ser humano es más que otro ni está por encima del otro. “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie jefe, no llaméis a nadie señor…”

Claro que tiene que haber un orden. Es ridículo concluir que Jesús está contra la autoridad. Pero si nos atenemos al evangelio, el primero será quien mejor sirva a los demás. El evangelio, no da pie a una “jerarquía” que significa literalmente: poder sagrado. La única autoridad que admite es el servicio. Jesús nunca mandó servir al superior. Lo que sí mandó, por activa y por pasiva, es que el superior sirva al inferior.

No existe una realidad sagrada y otra profana. En la expulsión de los vendedores del templo, Jesús está apostando por la no diferencia de lo sagrado y lo profano, para Dios todo es sagrado. Es descabellado hacer creer a la gente que tiene unas obligaciones para con Dios y otras con la sociedad civil. Dios se encuentra en todo lo terreno, pero en lo más hondo del ser. Si solo lo encontramos en la iglesia, hemos caído en la idolatría.

La única manera de entender todo el alcance del mensaje de hoy es superar la idea de un Dios fuera que arrastramos desde el neolítico. La creación no es más que la manifestación de lo divino. No hay nada que sea de Dios, porque nada hay fuera de Él. Somos imagen de Dios, pero no pintada o esculpida, sino reflejada. Para que Dios se refleje, tiene que estar ahí. No hay reflejo en un espejo si la cosa reflejada no está del otro lado.

Meditación

La diferencia no está entre una autoridad u otra
sino entre el egoísmo y el amor.
La tarea fundamental del ser humano es solo una:
reflejar con nitidez la imagen de Dios.
A medida que vaya desprendiéndome de mi falso yo,
irá apareciendo el verdadero amor.

Fray Marcos





¡TODO ES DE DIOS!
José Enrique Galarreta
Mt 22, 15-21

La escena, como las de los domingos anteriores, se sitúa en los últimos días de Jesús, en Jerusalén, en el contexto de un enfrentamiento definitivo con todas las autoridades de Israel.

Tras la entrada triunfal (¿?) en Jerusalén, Jesús purifica el templo. Vienen después las parábolas de la reprobación: la higuera estéril, los dos hijos, los viñadores homicidas, el festín nupcial que leíamos el domingo pasado. Entonces todos los "poderes" de Israel, los fariseos, los saduceos, los doctores, empiezan la ofensiva para desautorizarle en una discusión pública.

El primer ataque viene de los fariseos, que se alían con sus mayores enemigos, los partidarios de Herodes. Le proponen la delicada cuestión del pago de tributos a Roma.

Como siempre, es una pregunta-callejón sin salida: Jesús no puede decir que es lícito pagar tributo, porque va contra la Ley, contra la soberanía de Israel; para eso están ahí los discípulos de los fariseos. No puede decir que no es lícito, porque inmediatamente le acusarán ante el gobernador romano; para eso están ahí los partidarios de Herodes.

Para ambientar bien la escena, conviene saber que los judíos usaban habitualmente la moneda oficial romana (la más común era el denario) pero existía moneda propiamente judía que casi se usaba solamente para pagar el impuesto al Templo: la más común era el siclo (que valía 4 denarios).

En las monedas romanas, usadas para el tributo, estaba la efigie del César. En muchas de las otras, que a veces incluso se aceptaban para pagar al templo (por ejemplo la dracma), había imágenes paganas, incluso de dioses.

Es clara la torcida intención de los fariseos, pero es magnífica la descripción que hacen de Jesús. Sin duda, aunque ellos no piensan así, es lo que piensa el pueblo: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias."

Jesús no se deja engañar, y no entra en el tema que le proponen: no da doctrina sobre el tributo, sino que se limita a desenmascarar a sus adversarios.

"Dad a César lo que es de César" es una evasiva; la siguiente pregunta debería ser: "¿qué es de César?". Jesús confunde dialécticamente a sus enemigos, les echa en cara su hipocresía, y "se sale" de la discusión, que no va con El, ni le interesa.

Jesús va más adentro, a lo esencial: les está ofreciendo La Palabra, y ellos siguen cerrados, impermeables, proponiendo mil triquiñuelas legales para cazarle y desautorizarle.

Jesús demuestra su superioridad incluso en el propio terreno de sus enemigos y parece despreciarlos. El centro de este mensaje será: "dad a Dios lo que es de Dios", que es precisamente lo que están soslayando sus interlocutores

Hasta aquí, la interpretación "directa". Las aplicaciones que históricamente hemos hecho acerca del poder civil, Iglesia-Estado... pueden ser más o menos afortunadas, pero son palabra de hombre.

Se trata por tanto de un contexto en el que se produce la definitiva ruptura con la religiosidad oficial. Lo podríamos resumir en "mi Reino no es de este mundo".

Todavía, la polémica es un tanto general: pero los fariseos han creído preparar una trampa perfecta, y han fracasado. Y ya ha sonado por primera vez la palabra "hipócritas", (la traducción más apropiada sería "comediantes") que será la protagonista del capítulo 23, en que Jesús pasa al ataque y llega a insultar gravemente a los escribas y a los fariseos.

TODO ES DE DIOS
A César lo que es de César: los negocios son los negocios. Doy el diez por ciento a Cáritas y ya no me preocupo de los problemas de nadie, ya están justificados mis otros gastos, aunque viva como un príncipe, porque ya he dado a Dios lo que es de Dios. Media hora a la semana para Dios y el resto para mí. Dios está en el Templo pero fuera ya no, hay espacios sagrados y profanos, hay tiempos sagrados y profanos... Y nada más profano que el dinero... o la política.

¡Pero todo es de Dios!, lo del César también es de Dios, a Dios hay que dárselo todo. "Todo es vuestro, disponed de todo a vuestra voluntad"... ¿En qué quedamos?

¡Qué fácil es coger el evangelio por donde nos apetece, sacarle conclusiones facilonas y decir luego: "¡Palabra de Dios!". Como los predicadores de las películas del Oeste, Biblia en mano, gritando: "Como dice el Señor, amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo; como dice el Señor, no comerás la sangre de los animales, te abstendrás del cerdo y de la liebre; como dice el Señor, exterminarás a tus enemigos...."

Y esto es lo que solemos hacer con la Biblia entera: una línea, y queda probada una idea que se nos ha ocurrido. ¿Recuperaremos algún día la seriedad y el sentido común al leer la Biblia y al proclamar "Palabra de Dios"?

Es posible que este domingo, en la Misa, algún predicador como los del Oeste explique lo del tributo al César hablando de la sumisión a los poderes civiles, o de que hay que distinguir entre lo sagrado y lo profano... Y demostrará con eso que dice solo lo que se le ocurre, sin ciencia, sin entender la Palabra.

Jesús no ha entrado a la trampa que le han tendido, pero la ha aprovechado para desenmascararles. Jesús les da la vuelta al argumento y les echa en cara su increíble hipocresía.

No van a buscar La Palabra de Dios; solamente les interesa desprestigiar al nuevo profeta, aunque sea aliándose con el mismo diablo. Jesús está harto de ellos, porque se fijan en cosas secundarias pero han abandonado el fondo de la Ley, que es la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Y Jesús pasa por encima de todas las pequeñeces, incluso por encima de la situación política concreta, porque lo que Él está predicando es mucho más interior, mucho más profundo, mucho más salvador que todos los dilemas de escuela, de política y de teología barata con que quieren cazarle sus enemigos.

Un poco más adelante, Jesús les increpará en público, les llamará víboras, corrompidos, ciegos, malos pastores que engañan al pueblo... y esto será su sentencia de muerte.

Porque Jesús tolera todo menos la mentira ante Dios; no soporta a los que se llaman a sí mismos santos y justos, pero no siguen la Palabra más que para su propio provecho. No los aguanta.

Así que Jesús no ha entrado en la trampa política, no ha dado doctrina sobre la relación de Israel con Roma, sino que ha aprovechado la ocasión para desenmascarar la mala fe de los fariseos, los escribas y los sacerdotes.

No se pueden sacar de este texto conclusiones acerca de "qué es de Dios y qué es del César", porque todo, también lo del César, es de Dios.

El dinero es de Dios, la política es de Dios, el tiempo es de Dios, el trabajo es de Dios. Y todo eso hay que darlo a Dios. No por lo que dice este texto, que no dice nada de todo eso, sino por lo que dice el Evangelio entero.

Y es que así hay que leer el Evangelio, no cogiendo una línea aislada y sacando de ella lo que me parece que dice, sino entendiendo el mensaje entero de Jesús, todo lo que dice del dinero, todo lo que dice del prójimo, todo lo que dice del templo. Y así evitaremos el peligro de hacerle decir al Evangelio lo que a mí me gusta, y nos acercaremos a lo que dice Jesús, nos guste o no.

Sí, a propósito de este evangelio se pueden sacar muchas consecuencias superficiales, fundadas en lo mal que leemos la Biblia. Un buen propósito de esta semana sería aprender a leer la Biblia un poco mejor, que da vergüenza la ignorancia que tenemos sobre la Palabra.

(Y cualquier predicadorcillo de cualquier secta, aunque no tenga ni idea de la Biblia, le pone a usted en un aprieto, de modo que usted prefiere no entrar en discusión con él, porque sabe que no podrá responderle. Una vergüenza).

REFLEXIÓN FINAL

Las religiones se basan en el poder de los dioses, y expresan y confirman las culturas de las sociedades, legitiman a los estados, justifican las costumbres, se expresan en actos cultuales... La religión de los fariseos, escribas y sacerdotes de Israel terminaba en ellos mismos: su propio saber, su propia santidad, su propia importancia.

La religión de Jesús acaba en los otros, en las necesidades de los hermanos. La religión de todos aquellos se resume en "Dios para mí"; la religión de Jesús se resume en "yo para los hijos de Dios". La religión de todos aquellos venía a significar: "Soy más importante porque conozco a Dios. La gente es insignificante, es "maldita" porque no conoce a Dios".

Pero Jesús está con la gente, con el pueblo, no con el "Pueblo de Dios" sino simplemente con el pueblo, con la gente, porque son los hijos de Dios, tanto mas queridos cuanto más necesitados. Y los importantes no le importan. Y no lo podían aguantar: su mundo se derrumbaba.

Pensemos en nosotros, en la fotografía que nos han sacado al representar a aquellos enemigos de Jesús, cerrados a su Palabra...

... si nos creemos "elegidos".

... si creemos que sólo la Iglesia es el pueblo de Dios.

... si contamos con dios para liberarnos o para tranquilizarnos.

... si pedimos respuestas a Dios o respondemos a Dios.

... si hacemos rendir nuestros talentos o estamos tranquilos.

... si, como fondo de todo, nuestra fe en Jesús nos lleva ante todo a servir al hombre.

... porque, el resumen de la ley y los profetas es: "tuve hambre y me diste de comer".

José Enrique Galarreta





A DIOS LO QUE ES DE DIOS
José Luis Sicre

Dos posturas ante el tributo al César
Seguimos en la explanada del templo de Jerusalén, en medio de los enfrentamientos de diversos grupos con Jesús. Esta vez, fariseos y herodianos lo van a poner en un serio compromiso preguntándole sobre la licitud del tributo al emperador romano. Por entonces, además de los impuestos que se pagaban a través de peajes, aduanas, tasas de sucesión y de ventas, los judíos debían pagar el tributo al César, que era la señal por excelencia de sometimiento a él.

Fariseos y herodianos no tenían dudas sobre este tema; ambos grupos eran partida­rios de pagarlo. Los fariseos, porque no querían con­flictos con los romanos mientras les permitieran observar sus prácticas religiosas. Los herodianos, porque mantenían buenas relaciones con Roma.       Como a nadie le gusta pagar, los rabinos discutían si se podía eludir el tributo. Y algunos adoptaban la postura pragmática que refleja el tratado Pesajim 112b: «... no trates de eludir el tributo, no sea que te descubran y te quiten todo lo que tienes». Sin embargo, otros judíos adoptaban una postura de oposición radical, basada en motivos religiosos. Dado que el pago del tributo era signo de sometimiento al César, algunos lo interpretaban como un pecado de idolatría, ya que se reconocía a un señor distinto de Dios. Este era el punto de vista de los sicarios, grupo que comienza con Judas el Galileo, cuando el censo de Quirino, a comienzos del siglo I de nuestra era. Al narrar los comienzos del movimiento cuenta Flavio Josefo: «Durante su mandato [de Coponio], un hombre galileo, llamado Judas, indujo a los campesinos a rebelarse, insultándolos si consentían pagar tributo a los romanos y toleraban, junto a Dios, señores morta­les» (Guerra de los Judíos II, 118). Más adelante repite afirmaciones muy pareci­das: «Judas, llamado el galileo..., en tiempos de Quirino había atacado a los judíos por someterse a los romanos al mismo tiempo que a Dios» (Guerra de los Judíos II, 433).

La trampa de la pregunta
Con este presupuesto, se advierte que la pregunta que le hacen a Jesús sobre si es lícito pagar el tributo podía compro­meterlo gravemente ante las autoridades romanas (si decía que no), o ante los sectores más progresistas y politizados del país (si decía que sí). Además, la pregunta es especialmente insidiosa, porque no se mueve a nivel de hechos, sino a nivel principios, de licitud o ilicitud.

La respuesta de Jesús
Jesús, que advierte enseguida la mala intención, ataca desde el comienzo: «¿Por qué me tentáis, hipócritas?» Pide la moneda del tributo, devuelve la pregunta y saca la conclusión. Jesús, como sus contemporáneos, acepta que el ámbito de dominio de un rey es aquel en el que vale su moneda. Si en Judá se usa el denario, con la imagen del César, significa que quien manda allí es el César, y hay que darle lo que es suyo.

Estas palabras de Jesús, tan breves, han sido de enorme trascen­dencia al elaborar la teoría de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Y se han prestado también a inter­pretaciones muy distin­tas.

Las cosas de Dios
Si analizamos el texto, las palabras: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», no constituyen una evasiva, como algunos piensan. Van al núcleo del problema. Los fariseos y herodianos han preguntado si es lícito pagar tributo desde un punto de vista religioso, si ofende a Dios el que se pague. La respuesta contundente de Jesús es que a Dios le interesan otras cosas más importantes, y ésas no se las quieren dar. Teniendo presente el conjunto del evangelio, «las cosas de Dios», lo que le interesa, es que se escuche a Jesús, su enviado, que se acepte el mensaje del Reino, que se adopte una actitud de conversión, que se ponga término al raquitismo espiritual y religioso, que se sepa acoger a los débiles, a los menesterosos, a los marginados. Eso no interesa ni preocupa a fariseos y herodianos, pero es la cuestión principal. Si el evangelio no fuese tan escueto, podría haber parafraseado la respuesta de Jesús de esta manera: ¿Es lícito poner el sábado por encima del hombre? ¿Es lícito cargar fardos pesados sobre las espaldas de los hombres y no empujar ni con un dedo? ¿Es lícito llamar la atención de la gente para que os hagan reverencias y os llamen maestros? ¿Es lícito impedir a la gente el acceso al Reino de Dios? ¿Es lícito hacer estúpidas disquisiciones sobre los votos y juramentos? ¿Es lícito dejar morir de hambre al padre o a la madre por cumplir un voto? ¿Es lícito pagar los diezmos de la menta y del comino, y olvidar la honradez, la compasión y la sinceridad? En todo esto es donde están en juego «las cosas de Dios», no en el pago del tributo al César.

Naturalmente, la comunidad cristiana pudo sacar de aquí conse­cuencias prácticas. Frente a la postura intransigente de los sicarios, defender que no era pecado pagar tributo al César. Y, con una perspectiva más amplia, fundamentar una teoría sobre la conviven­cia del cristiano en la sociedad civil, sin necesidad de buscar por todas partes enfrentamientos inútiles. Siempre, incluso en las peores circunstancias políticas, nadie podrá arrebatarle a la iglesia y al cristiano la posibilidad de dar a Dios lo que es de Dios.

El emperador no siempre es enemigo (1ª lectura)
En Israel, desde los primeros siglos, hubo gente fanática y enemiga de conceder el poder político a un hombre mortal. El único rey debía ser Dios, aunque no quedaba claro cómo ejercía en la práctica esa realeza. Otros grupos, sin negarle la autoridad suprema a Dios, aceptaban el gobierno de un rey humano. Pero siempre debía tratarse de un israelita, no de un extranjero. La novedad del texto de Isaías, una auténtica revolución teológica para la época, es que Dios, aunque afirma su suprema autoridad («Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios»), él mismo escoge al rey persa Ciro, lo lleva de la mano, le pone la insignia y le concede la victoria. Porque Ciro, al cabo de pocos años, será quien conquiste Babilonia y libere a los judíos, permitiéndoles volver a su tierra.

Este proceso de esclavitud –liberación– vuelta a la tierra recuerda al ocurrido siglos antes, cuando el pueblo salió de Egipto. La gran novedad, escandalosa para muchos judíos, es que ahora el salvador humano no es un nuevo Moisés sino un emperador pagano.

El texto ha sido elegido para confirmar con un ejemplo histórico que se puede respetar al emperador, pagar tributo, sin por ello ofender a Dios.

José Luis Sicre