miércoles, 4 de octubre de 2017

José Antonio Pagola - CRISIS RELIGIOSA


José Antonio Pagola - CRISIS RELIGIOSA

La parábola de los «viñadores homicidas» es un relato en el que Jesús va descubriendo con acentos alegóricos la historia de Dios con su pueblo elegido. Es una historia triste. Dios lo había cuidado desde el comienzo con todo su cariño. Era su «viña preferida». Esperaba hacer de ellos un pueblo ejemplar por su justicia y su fidelidad. Sería una «gran luz» para todos los pueblos.

Sin embargo, aquel pueblo fue rechazando y matando uno tras otro a los profetas que Dios les iba enviando para recoger los frutos de una vida más justa. Por último, en un gesto increíble de amor, les envió a su propio Hijo. Pero los dirigentes de aquel pueblo terminaron con él. ¿Qué puede hacer Dios con un pueblo que defrauda de manera tan ciega y obstinada sus expectativas?

Los dirigentes religiosos que están escuchando atentamente el relato responden espontáneamente en los mismos términos de la parábola: el señor de la viña no puede hacer otra cosa que dar muerte a aquellos labradores y poner su viña en manos de otros. Jesús saca rápidamente una conclusión que no esperan: «Por eso yo os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le entregará a un pueblo que produzca frutos».

Comentaristas y predicadores han interpretado con frecuencia la parábola de Jesús como la reafirmación de la Iglesia cristiana como el «nuevo Israel» después del pueblo judío, que, con la destrucción de Jerusalén el año 70, se ha dispersado por todo el mundo.

Sin embargo, la parábola está hablando también de nosotros. Una lectura honesta del texto nos obliga a hacernos graves preguntas: ¿estamos produciendo en nuestros tiempos «los frutos» que Dios espera de su pueblo: justicia para los excluidos, solidaridad, compasión hacia los que sufren, perdón...?

Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestra mediocridad, nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. Si no respondemos a sus expectativas, Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación con otras gentes que produzcan frutos de justicia.

Nosotros hablamos de «crisis religiosa», «descristianización», «abandono de la práctica religiosa»... ¿No estará Dios preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia menos poderosa, pero más evangélica; menos numerosa, pero más entregada a hacer un mundo más humano? ¿No vendrán nuevas generaciones más fieles a Dios que nosotros?

27 Tiempo ordinario - A
(Mateo 21,33-43)
8 de octubre 2017

José Antonio Pagola 




LA VIÑA DE MI AMIGO
Florentino Ulibarri

Mi amigo tenía una viña en fértil collado.
Como hábil labrador la entrecavó, la despedró,
y plantó buenas cepas;
la rodeó con una cerca,
construyó en medio una atalaya
y un lagar para recoger el fruto de la cosecha.

Mi amigo amaba su viña
tanto como su casa solariega,
pero tuvo que ausentarse por sus múltiples tareas.
Antes de irse nos eligió e hizo de su cuadrilla
y nos dejó al frente de su viña;
nos marcó nuestro trabajo,
llenó nuestra existencia de tiempo y riqueza,
y nos regaló sus propias herramientas.

Él, que tan bien nos conoce,
creía que estando solos,
sin dioses que nos miren y controlen,
trabajaríamos mejor.

Pasaron años y cosechas,
pero mi amigo no olvidaba su viña
y quiso probar los frutos de su heredad predilecta.

Envió a sabios criados que no lograron nada;
envió a criados dialogantes que volvieron al instante;
envió a criados fuertes que volvieron con las espaldas marcadas;
envió a profetas que nadie escuchaba;
envió a su hijo, el que había sido camarada
y elegido a los labradores...

Pero éstos lo mataron con saña,
se creyeron dueños de la viña
y se dieron a la buena vida.
Olvidaron su tarea,
y la viña, en vez de olorosa uva,
empezó a dar agrazones en toda circunstancia.

¿Qué hará mi amigo ahora con su viña y los labradores?

¡Pues contarles, una y otra vez, la historia,
para ver si la entienden y se convierten,
y logra un final feliz, que es lo que él quiere!

Señor, estén mis oídos atentos
a escuchar tu palabra.

Florentino Ulibarri



EL RELATO NOS INSTA A NO APROPIARNOS DE LO QUE NO ES NUESTRO
Fray Marcos
Mt 21, 33-43

Continuación del domingo pasado: de las tres parábolas con que responde Jesús a lo jefes religiosos, la de hoy es la más provocadora. Al rechazo de los jefes responde Jesús con suma crudeza. Esta parábola se narra ya en el evangelio de Mc, del que copian Mt y Lc. Cuando se escriben estos evangelios, hacia el año 80, ya se había producido la destrucción de Jerusalén y la total separación de los cristianos de la religión judía y se había concretado la muerte de Jesús. Era muy fácil ‘anunciar’ lo que había sucedido ya.

Aunque el relato puede verse como parábola, el mismo Mt nos la presenta como una alegoría, donde, a cada elemento del relato, corresponde un elemento metafórico espiritual. El propietario es Dios. La viña es el pueblo elegido. Los labradores son los jefes religiosos. Los enviados una y otra vez, son los profetas. El hijo es el mismo Jesús. Los frutos que Dios espera son derecho y justicia. El nuevo pueblo, a quien se ha entregado la viña, que tiene que producir abundantes frutos, es la comunidad cristiana.

El relato del evangelio es copia, casi literal, del texto de Isaías. Pero si nos fijamos bien, descubriremos matices que cambian sustancialmente el mensaje. En Is el protagonista es el pueblo (viña), que no ha respondido a las expectativas de Dios; en vez de dar uvas, dio agrazones. En Mt los protagonistas son los jefes religiosos (viñadores), que quieren apropiarse de los frutos e incluso de la misma viña. No quieren reconocer los derechos del propietario. Pero, curiosamente, al final se retoma la perspectiva de Is y se dice que la viña será entregada a otro pueblo, cosa que ni a Is ni a Jesús se les podía ocurrir.

Como los domingos anteriores, se nos habla de la viña, una de las imágenes más utilizadas en el AT para referirse al pueblo elegido. Seguramente, Jesús recordó muchas veces, el canto de Isaías a la viña; sin embargo, no es probable que la relatara tal como la encontramos en los evangelios. No solo porque en él se da por supuesto la muerte de Jesús y el total rechazo del pueblo de Israel, sino también porque a ningún judío le podía pasar por la cabeza que Dios les rechazara para elegir a otro pueblo. Por lo tanto, está reflejando una reflexión de la primera comunidad cristiana muy posterior a Jesús.

Se os quitará la viña y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos. Una manera muy bíblica de justificar que los cristianos se consideraran ahora el pueblo elegido. Esto era inaceptable y un gran escándalo para los judíos que consideraban la Ley y el templo como la obra definitiva de Dios, y ellos, sus destinatarios exclusivos. El relato no sólo justifica la separación, sino que también advierte a las autoridades de la comunidad, que pueden caer en la misma trampa y ser rechazada por no reconocer los derechos de Dios.

Recordemos que, entre la Torá (Ley) y el mensaje del Jesús, existe un peldaño intermedio que a veces olvidamos, y que seguramente hizo posible que la predicación de Jesús prendiera, al menos en unos pocos. Recordad las veces que se dice en el evangelio: “para que se cumplieran las escrituras”. Ese escalón intermedio fueron los profetas, que dieron chispazos increíbles en la dirección correcta; aunque no fueron escuchados. Muchas de las enseñanzas de Jesús, y precisamente las más polémicas, ya las encontramos en ellos.

La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular, da por supuesto la apreciación cristiana de la figura de Jesús. Jesús no pudo contemplar el rechazo del pueblo judío como la causa de su propia muerte. Jesús nunca pretendió crear una nueva religión, ni inventarse un nuevo Dios. Jesús fue un judío por los cuatro costados, y nunca dejó de serlo. Si su predicación dio lugar al nacimiento del cristianismo, fue muy a su pesar. El traspaso de la viña a otros sobrepasa con mucho el pensamiento bíblico. En el AT el pueblo de Israel es castigado, pero permanece como pueblo elegido.

Tendremos verdadera dificultad en aplicarnos la parábola si partimos de la idea de que aquellos jefes religiosos eran malvados y tenían mala voluntad. Nada más lejos de la realidad. Su preocupación por el culto, por la Ley, por defender la institución, por el respeto a su Dios, era sincera. Lo que les perdió fue la falta de autocrítica y confundir los derechos de Dios con sus propios intereses. De esta manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse dueños y señores del pueblo.

No se pone en duda que la viña dé frutos. Se trata de criticar a los que se aprovechan de los frutos que corresponden al Dueño. A Jesús le mataron por criticar su propia religión. Atacó radicalmente los dos pilares sobre los que se sustentaba: el culto del templo y la Ley. Tenemos que recordar a nuestros dirigentes, que no son dueños, sino administradores de la viña. La tentación de aprovechar la viña en beneficio propio es hoy la misma que en tiempo de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que en ocasiones, nuestros jerarcas no respondan a lo que el evangelio exige.

La historia no demuestra que es muy fácil caer en la trampa de identificar los intereses propios o de grupo, con la voluntad de Dios. Esta tentación es mayor, cuanto más religiosa sea la comunidad. Esa posibilidad no ha disminuido un ápice en nuestro tiempo. El primer paso para llegar a esta actitud es separar el interés de Dios del interés del hombre. El segundo es oponerlos. Dado este paso ya tenemos todo preparado para machacar al hombre en nombre de Dios.

¿Qué espera Dios de mí? Dios no puede esperar nada de mí porque nada puedo darle. Él es el que se nos da totalmente. Lo que Dios espera de nosotros no es para Él, sino para nosotros. Lo que Dios quiere es que todas y cada una de sus criaturas alcancen el máximo de ser. Como seres humanos, tenemos que alcanzar nuestra plenitud precisamente por nuestra humanidad. Desde que nacemos tenemos que estar en constante evolución. Jesús alcanzó esa plenitud y nos marcó el camino para que todos podamos llegar a ella.

¿De qué frutos nos habla el evangelio? Los fariseos eran los cumplidores estrictos de la Ley. El relato de Isaías nos dice: “esperó de ellos derecho y hay tenéis asesinatos; espero justicia y ahí tenéis lamentos. En cualquier texto de la Torá hubiera dicho: esperó sacrificios, espero un culto digno, espero oración, esperó ayuno, esperó el cumplimiento de la Ley. Pedir derecho y justicia es la prueba de que el bien del hombre es lo más importante. Jesús da un paso más. No habla ya de “derecho y justicia”, que ya era mucho, sino de amor, que es la norma suprema.

La denuncia nos afecta a todos, porque todos tenemos algún grado de autoridad y todos la utilizamos buscando nuestro propio beneficio en lugar de buscar el bien de los demás. No sólo el superior autoritario que abusa de sus súbditos como esclavos a su servicio, sino también la abuela que dice al niño: si no haces esto, o dejas de hacer aquello, Jesús no te quiere. Siempre que utilizamos nuestra superioridad para aprovecharnos de los demás, estamos apropiándonos de los frutos que no son nuestros.

Meditación

Si en nuestro interior descubrimos alguna queja contra Dios,
no hemos entendido nada de lo que Dios es para nosotros
y nuestra relación con Dios será inadecuada.
El primer paso seguro hacia Dios
es descubrir que Él ya ha dado todos los pasos hacia mí.
Toda nuestra vida espiritual consiste en responder a ese don total.

Fray Marcos



EL CARAMELO Y EL PAPEL DEL CARAMELO
José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)
Mt 21, 33-43

Seguimos en el contexto de los últimos domingos; última semana de la vida de Jesús; polémica final y definitiva con las autoridades del pueblo.

Entre este texto de Mateo y sus paralelos de Marcos (12,1) y Lucas (20,9) nos damos cuenta de que Jesús se está enfrentando a todos los "grandes" de Israel: fariseos, sacerdotes, doctores, ancianos. En este contexto se dio la terrible frase de Jesús "los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de Dios", que leíamos el domingo pasado.

Esta postura de Jesús le lleva a las dos parábolas de la reprobación, que leeremos este domingo y el siguiente.

El mensaje es claro, en aquel contexto: el Reino se ha ofrecido a Israel, pero Israel no ha respondido a la elección. Les será arrebatado el Reino y entregado a otros. La imagen se toma directamente de Isaías, pues es un tema presente en la predicación de los profetas.

La cita de Isaías es, por supuesto, intencionada. Jesús muestra que es él, y no sus adversarios, el que mantiene la continuidad con La Palabra expresada en el Antiguo Testamento, y que sus opositores siguen siendo el Israel denostado por los mismos profetas. Por esta razón son más significativos aún los versos finales, la conclusión que el mismo Jesús saca de todo esto.

«¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.» (Salmo 118)

Texto que continúa así:
"El que tropiece con esta piedra se hará trizas; al que le caiga encima, lo aplastará"
Así, Jesús se presenta como "piedra angular" (nosotros entenderíamos mejor la expresión "primera piedra", "cimientos") y sus opositores como aquellos que desechan esa piedra, tropiezan en ella y están destinados al fracaso total.

Resuenan en estas expresiones aquella misma con que termina según Mateo el Sermón del Monte:
Quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca....
(Mateo 7,24 y su paralelo en Lucas 6,47)

Son por tanto "parábolas de la reprobación de Israel". Las autoridades del pueblo lo entienden perfectamente, y los versos siguientes de estos párrafos lo muestran bien:

"Cuando los sumos sacerdotes y los fariseos oyeron sus parábolas, comprendieron que iba por ellos. Intentaron arrestarlo, pero tuvieron miedo de la gente, que lo tenía por profeta"

Curiosamente, son casi las mismas expresiones que usa Mateo refiriéndose a Juan Bautista y Herodes:
"Herodes quería darle muerte, pero le asustaba la gente, que tenía a Juan por profeta"
Es decir que Mateo está ya preparando la presentación de la muerte de Jesús como muerte de profeta, rechazado por el pueblo por atreverse a predicar la Palabra de Dios.

Mateo insiste, además, en una progresión de notable calado teológico: Dios envía a Israel siervos, otros siervos y finalmente a su Hijo. El Hijo será matado por Israel y el Reino será entregado a "otros que den frutos", en alusión evidente a los paganos, mucho más con el contexto inmediato de la siguiente parábola, la del convite de bodas.

Es así como la comunidad de Mateo entiende la historia de la Salvación. Y tenemos en estos apuntes una pista magnífica para entender el drama de los judíos convertidos a Jesús, que no solo tienen que entender que Jesús da plenitud a la Ley, sino que tendrán que abandonarla en aspectos que pensaban fundamentales (la circuncisión, los alimentos, el Templo).

El último aspecto, y no el menos importante, de la narración es lo profundo del pecado de los viñadores: son arrendatarios, pero se quieren hacer dueños. "Matémosle y quedémonos con su herencia".

En pocos pasajes del Nuevo Testamento aparece con tal claridad la esencia del pecado de Israel: apropiarse de Dios, de la Palabra, de la Elección, es decir, traicionar a la misma esencia de la elección. Elegidos para ser instrumento de Dios, para dar frutos de santidad que mostrasen a las naciones la Palabra, se han erigido en privilegiados que aprovechan a Dios para su propia grandeza rechazando a los demás pueblos.

Son los viejos pellejos, los viejos odres en los que no se puede echar el vino nuevo, el viejo vestido que se rasga con remiendos de la nueva.

Así, la comunidad de Mateo, que proviene en su mayoría, según todos los especialistas, de medios judíos e incluso farisaicos, está proclamando en estos textos su profunda conversión a Jesús, porque sus viejos odres y sus viejos vestidos ya se han demostrado incapaces.

Cuando se escribe este texto ya ha desaparecido el Templo, y Jerusalén, y la nación judía como tal, y los cristianos han comprendido que era Pablo quien había visto claro, mucho tiempo antes, cuando, dirigiéndose a los judíos de Roma, y citando (también) a Isaías (6; 9-10), decía:

"¡Qué bien habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías!:

Ve a ese pueblo y dile:
Oír, oiréis, pero sin entender;
mirar, miraréis, pero sin ver.
Se ha embotado la mente de este pueblo,
con los oídos apenas oyen,
los ojos se los han tapado,
para no ver con los ojos ni oír con los oídos
ni entender con la mente,
para convertirse, y Yo los curaría.
Pues sabed que esta salvación de Dios se envía a los paganos, y ellos escucharán".

(Hechos 28,25)

El mensaje básico es por tanto la interpretación de la Pasión: Jesús, el enviado de Dios, rechazado por el pueblo. Con ello, el pueblo, los edificadores desechan la Piedra Angular.

Es el gran error, el que preside como tesis el Evangelio de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron"... pero " a los que le recibieron les dio poder ser Hijos de Dios".

Este planteamiento nos puede resultar extraño, poco cercano. Parece como si Dios hubiese entregado su Palabra a un pueblo en exclusiva y que sólo por la indignidad o la traición de ese pueblo se llega a extender el Mensaje a todos los pueblos. Dios ha hecho una Alianza con un pueblo, y no con los otros, ese pueblo es su preferido, más que los otros.

Si lo interpretamos así, la verdad es que no nos acaba de gustar. Incluso hay otra manera de interpretar, aún más rabínica: Dios da una serie de oportunidades para dar fruto, un número limitado de oportunidades. Después, se agota el vaso de su paciencia y castiga: destroza la viña...

Pero todo eso es el ropaje literario y cultural de la parábola. Recordamos siempre que la Palabra de Dios está envuelta en una cultura y un lenguaje. Lo hemos comparado muchas veces con el caramelo y su envoltura. El papel no se come.

Nosotros no nos tragamos ni las creencias ni los modos de pensar ni los tópicos o modos culturales de Israel. Son el envoltorio, el papel que envuelve el caramelo. No llamamos Palabra de Dios a ninguna sabiduría humana, por muy sabia que sea. En esa sabiduría y en muchas otras cosas va "envuelta" la Palabra. Uno de nuestros errores más infantiles ha sido tragarnos el papel y luego decir que, por eso, no nos ha gustado la Palabra.

La Palabra aquí es clara y sencilla: Dios es el sembrador y Jesús la Gran Semilla. Aceptarlo es sembrar bien: construir sobre él es edificar bien. Rechazarlo es construir mal, sembrar abrojos.

Y esta elección no es indiferente: hay que responder a la palabra de Dios. No en vano todas estas parábolas terminan (cap 25; 31 y ss) en una doble cumbre: la parábola de los talentos y la "parábola" del juicio final. En este conjunto parabólico se muestra por tanto uno de los ejes de la Palabra: Dios siembra, nosotros respondemos: lo que vale al final son los frutos, y los frutos son servir a los hermanos. Un hermoso resumen de lo más central del Mensaje.

Lo demás, lo que creía el pueblo de Israel sobre su propia elección, los castigos de Dios al que es infiel a la palabra... y tantas cosas, son el papel del caramelo, por más que haya muchos que deberían saber que lo es, pero dicen que hay que tragárselo.

Decir que eso no es el mensaje no es arbitrario. Se desprende de la comparación de estas ideas con el conjunto de palabra de Jesús. Si hay que perdonar setenta veces siete porque así lo hace el Padre, está claro que hay que hablar de que Dios siempre da una nueva oportunidad. Por eso no es contenido sino envoltorio que a la tercera oportunidad ya no hay nada que hacer...

No calificamos caprichosamente de "envoltorio" lo que no nos gusta, sino que reconocemos que "no va" con el mensaje básico e indiscutible de Jesús, por lo que nos damos cuenta de que no pertenece al mensaje sino a su envoltorio lingüístico o cultural.

Como siempre, independientemente de que esto fuera un mensaje para su momento o para aquellos hombres, es una Palabra de Dios para mí. Yo soy la viña y el Padre es el amo. No es el amo que posee y espera ganancias: está enamorado de la viña: la cuida con amor. Es uno de los ejes básicos de la Palabra que es Jesús. Dios no es "el Amo, el Juez", sino sobre todo es el Padre que lo daría todo por el bien de sus hijos.

Esto nos obliga a reconsiderar nuestra vida y nuestra idea de Dios. No pocas veces nos resulta imposible "ver" que todo lo de nuestra vida es un esfuerzo de Dios por nuestro bien. A Jesús le pasó lo mismo: a las puertas de la Pasión, tampoco él entendía que aquello fuese bueno, y pidió con angustia a su padre que cambiase su voluntad. Y tenía razón: aquello no era bueno, no era agradable para Jesús: era bueno y necesario para nosotros: por eso era la voluntad del Padre.

A veces, tampoco nosotros vemos el bien que Dios nos hace. Una de las razones es que no entendemos por "bien" lo mismo que entiende Dios. Nosotros queremos el bien sensible ya: la tranquilidad, el cariño, la paz, la salud.... ahora. Es decir, nosotros confundimos el camino con el destino, esta vida con La Vida. Y es éste también uno de los ejes del mensaje de Jesús: todo lo de aquí es camino, y en el camino está el esfuerzo y la provisionalidad: y no es bueno lo agradable, sino lo que conduce a casa. Sólo con este cambio de perspectiva entenderíamos de manera muy diferente la vida y lo que Dios hace por nosotros.

Pero el aspecto que hoy se destaca es sin duda la necesidad de "dar fruto". Se espera mucho de nosotros, porque hemos recibido muchísima Palabra de Dios. Porque el dinero, la salud, los amigos, el éxito, son dones dudosos de Dios; incluso pueden ser dones peligrosos, porque además de medios de servirle son también tentaciones que pueden incluso apartarnos del servicio de Dios. Pero somos ricos, millonarios en Palabra de Dios, en magníficos ejemplos que vemos día a día junto a nosotros... Dios siembra su Palabra en nuestra vida con profusión, con derroche... para que la viña dé fruto.

No será necesario recordar aquí cuáles son los frutos: sabemos que son dos: ante todo, nuestra conversión, volvernos a Él, aceptarle, salir del pecado y la mediocridad... para servir mejor, que es la otra cara del mismo mandato: "al prójimo como a ti mismo".

El resumen está en "servir". Pero hay que ser válido para servir: lo peor de nuestros pecados está en que nos impiden servir bien, que nos hace "inservibles".

Es sencillo el mensaje: exigente pero sencillo. Jesús fue un buen servidor, servía siempre, servía para todo, nada había en él inservible. Y es el Hombre, en él se muestra la plenitud de lo humano, el hombre lleno del Espíritu.

Y nosotros lo aceptamos como Verdad, Camino, Vida, es decir, queremos ser así, dejarnos llenar por el mismo Espíritu, para servir tanto como él. Eso es ser cristiano: intentar servir así. Esa es la respuesta a la Palabra.

José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)



DE CANCIÓN DE AMOR A CANCIÓN DE MUERTE
José Luis Sicre

Acto I: Explanada del templo de Jerusalén. Hacia 735 a.C.
El murmullo se apaga lentamente. Cuando se hace silencio, Isaías se dirige a la gente congregada: «Voy a cantar una canción de amor. Del amor de mi amigo a su viña». El público sonríe incrédulo. No imagina al profeta cantando una canción de amor. Lo más frecuente en él son denuncias y elegías.

La canción habla del trabajo entusiasta que dedica su amigo a una hermosa viña: entrecava el terreno, lo descanta, planta buenas cepas, construye una atalaya y, esperando una magnífica cosecha, cava un lagar. Al cabo del tiempo, la viña, en vez de dar uvas hermosas y dulces, da ácidos agrazones.

Isaías aparta la cítara y mira fijamente al público: «Ahora os toca a vosotros hacer de jueces entre mi amigo y su viña. ¿Podía hacer por ella más de lo que hizo?».

La gente guarda silencio e Isaías continúa: «Voy a deciros lo que hará mi amigo: derribará su valla para que sirva de pasto a ovejas y cabras, para que la pisoteen mulos y toros; la arrasará para que crezcan en ella zarzas y cardos, y prohibirá a las nubes que lluevan sobre ella».

El profeta se interrumpe y pregunta de nuevo: «¿Quién es mi amigo y cuál es su viña?» Pero no da tiempo a que nadie intervenga: «La viña del Señor sois vosotros, los hombres de Israel y de Judá. Dios ha hecho mucho por vosotros, y esperó a cambio que practicarais el derecho y la justicia, que os portarais bien con el prójimo. Pero sólo habéis producido asesinatos y provocado lamentos».

Acto II: Explanada del templo de Jerusalén. Hacia año 29 de nuestra era.
Jesús acaba de contar a los sacerdotes y senadores la parábola de los dos hermanos, advirtiéndoles que las prostitutas y los publicanos les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Inmediatamente, sin darles tiempo a reaccionar ni responder, les dice:

-Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar…

-Ésa ya la sabemos, comenta uno en voz alta. Ésa no es tuya, es de Isaías.

Jesús no se inmuta. Y la parábola toma de repente un rumbo imprevisible. A diferencia de la viña de Isaías, ésta sí da fruto. El problema no radica en la viña, sino en los viñadores, que se niegan a entregar los frutos a su legítimo propietario.

El drama se desarrolla en tres etapas. En las dos primeras, el dueño envía unos criados, y los viñadores los apalean, matan o apedrean. En la tercera, envía a su propio hijo. Cuando lo matan, Jesús, igual que Isaías, se encara con los oyentes, pidiéndoles su opinión: «¿Qué hará con aquellos labrado­res?»

A diferencia de lo que ocurre en Isaías, los oyentes intervienen, emitiendo una sentencia tremendamente dura: los viñadores merecen la muerte y la viña será entregada a otros más honrados.

Tres grandes enseñanzas
1. La canción de la viña de Isaías insiste en una idea que a muchos cristianos todavía les resulta extraña: el amor de Dios se paga con amor al prójimo. Dios ha hecho mucho por los israelitas, pero lo que pide de ellos no es actos de culto sino la práctica de la justicia y el derecho. Jesús dirá que el segundo mandamiento (amar al prójimo) es tan importante como el primero (amar a Dios). Y la 1ª carta de Juan afirma: «Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amar… a nuestros hermanos».

2. Para Jesús, a diferencia de Isaías, el pueblo no es una viña mala e improductiva. Al contra­rio, da frutos a su tiempo. El mal radica en las autoridades religiosas, que consideran la viña propiedad privada y no recono­cen a su auténtico propietario. Por eso Mateo termina con un comentario incomprensiblemente suprimido por la liturgia: «Al oír sus parábolas, los sumos sacerdotes y los fariseos se dieron cuenta de que iban por ellos» (v.45). Sería completamente equivocado utilizar la homilía de este domingo para atacar al público presente, que bastante hace con soportarnos. Quienes debemos sentirnos especialmente interpelados somos los que tenemos una responsabilidad dentro de la comunidad cristiana.

3. En su versión final (véase “Una cuestión discutida”), la parábola subraya la importancia y triunfo de Jesús. Después de todos los profetas (los criados), él es “el hijo”, lo más valioso que Dios puede mandar. Y aunque las autoridades religiosas lo infravaloren y desprecien, él termina convertido en la piedra angular del nuevo edificio de la Iglesia.

Una cuestión discutida
Ya que esta parábola sólo se encuentra en el evangelio de Mateo, se discute si la contó realmente Jesús o es creación del evangelista. Cabe una tercera postura: la parábola la contó Jesús, pero fue adaptada más tarde por Mateo.

En esta última hipótesis, la parábola primitiva hablaría sólo del envío de los criados, los profetas, a los que los viñadores apalean, matan o apedrean. Y terminaría con las palabras: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Cuando mataron a Jesús, los primeros cristianos pensaron que este era el mayor crimen, y Mateo habría añadido las palabras referentes al envío y la muerte del hijo. En la misma línea de subrayar la importancia de Jesús habría añadido las palabras del Salmo 118,22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente». Es un cambio fuerte de metáfora. Los viñadores se convierten en arquitectos, y el hijo en una piedra. Los constructo­res la desechan, porque no la consideran válida como piedra angular, la que soporta el peso de todo el arco. Sin embargo, Dios la coloca en un puesto de privilegio. Con este añadido, la parábola pierde en clari­dad, pero advierte a las autoridades religiosas que su crimen no ha servido de nada, y alegra a los cristianos con la certeza del triunfo de Jesús.

José Luis Sicre, SJ.



Cómo desprogramarse
Pedro Miguel Lamet, SJ.

El ordenador es un aparato útil. Pero completamente tonto. Tú metes los datos y el los baraja y luego da a luz un sorprendente listado, un cálculo arquitectónico, el plano de un nuevo automóvil. Sin embargo el ordenador nunca da el salto trascendete. Ni se enamora, ni sabe reír ni llorar, ni se va como voluntario  al Tercer Mundo, ni crea una Novena sinfonía o un soneto de Shakespeare.

En la era de la informática y la información, de la televisión e Internet, el peligro está en convertirnos en una ingentes y estúpidas bases de datos ambulantes, pero sin ensueño, sin vida, sin poesía. El gran salto cualitativo no lo da el ordenador, lo damos nosotros.

Hoy como ayer la felicidad está en ver, alcanzar nuestra verdad profunda. Es lo que los místicos orientales llaman iluminación. Una vez que sabes quién eres tú y para que  estás aquí, la angustia se esfuma como por encanto.

De aquí que el primer paso que tenemos que dar para ser felices es desprogramarnos de este ingente ordenador que manejan los magnates de la sociedad actual. Llegar a vernos sin miedo y con sinceridad tal como somos. Para ello tienes que libérate de todo perjuicio. No importa ni lo que has oído en el bar ni lo que te ofrece la tele, las redes sociales, la publicidad, ni siquiera lo que te predican las religiones. La gran computadora en que nos movemos canoniza lo que le interesa, caiga quien caiga. Esa misma sociedad biempensante es la que levanta sus ídolos y los destruye al día siguiente. Es la que mató a Jesús porque “convenía para el bien de todo el pueblo”; la que condena a un negro, a un magrebí a un refugiado al ostracismo por el hecho de serlo, o la que corona con aureola de un dios al banquero o al político que le parece y le interesa en cada momento.

De ahora en adelante eres tú el que va a saber la verdad desde tu verdad. No porque lo diga el señor presidente del gobierno, el obispo o el conductor de un programa informativo. La vas a encontrar dentro de tí. Y para ello tienes que despertar.

¿Cómo sabemos que estamos dormidos? “Si estás doliéndote de tu pasado es que estás dormido”, decía Tony de Mello. Si estás angustiado por el porvenir -”¿me quitarán el trabajo? ¿me querrá fulano? ¿me engañará zutana?”- es que estás dormido. Lo pasado está muerto, lo porvenir aún no ha venido. Despertarse es quitarse la careta, esa que nos han puesto desde niños cuando nos decían: “Mira tienes que ser como papá, que trabaja de sol a sol. O como tu hermano Manolito, que nunca se mancha cuando come. Ser bueno es ir a misa los domingos y no decir palabrotas. Ser bueno es sacar sobresaliente en matemáticas”.

Luego tú mismo, copiando modelos externos, fuiste perfilando los  rasgos de tu propio personaje, tu falso carnet de identidad: “Guapa, delgada, irresistible”; “intelectual, sutil, profesor”; “conquistador, tenorio, calavera”. Y tu verdadero ser se quedó enterrado detrás de todos esos ropajes impuestos por la sociedad, la educación, los modelos prefabricados.

El que consigue despertar deja en la cuneta los sufrimientos y corre ágil hacia cualquier parte porque la felicidad no está en ninguna. La felicidad eres tú. Entonces ¿el dolor no existe? ¿No padecen los campesinos explotados en América Latina o los catorce millones de personas que mueren de hambre cada año?

Esa perspectiva es completamente real, pero también forma parte de un proceso, un sueño, del Gran Teatro del Mundo. Estaremos obligados a aliviar todo ese dolor, que como veremos, es parte de nosotros. Pero hemos de comenzar por saber liberarnos de un dolor que nos inventamos porque procede de nuestro sueño, de nuestra incapacidad de percibir lo Real, lo que no es tiempo aunque esté en el tiempo.

No es un psicologismo vacuo decir que es la mente humana la que crea los problemas. Es ese yo pequeño, la careta, el personaje que nos hemos creado el que nos hace pasarlo mal. ¿Que crees que está pidiendo Jesús de Nazaret cuando dice “niégate a ti mismo”? ¿Que lo pases mal, como se ha predicado tantas veces? ¿Canoniza el dolor por el dolor? ¿Que hay que fastidiarse, sufrir, autodestruirse? Todo lo contrario, que tenemos que matar al yo pequeño, el de la careta,  para que amanezca el yo grande. ¿Y cuando exhorta. “Haceos como niños”? ¿Qué quiere decir? ¿Que nos convirtamos en tan dependientes, revoltosos e inconstantes como los niños? Nada de eso. Quiere decir que el niño está recién salido de fábrica y por tanto su mirada es original, todavía no se ha estropeado, no se ha  puesto la careta, no ha tenido tiempo de ser atrapado por el ordenador y ser programado. Es el morir y volver a nacer que han pedido de uno u otro modo todas las grandes religiones y corrientes filosóficas y esotéricas de desarrollo personal. A este proceso se refería Jesús cuando habla de “nacer de nuevo”: “Te aseguro que si uno no nace de nuevo no puede ver el reinado de Dios”

Pedro Miguel Lamet, SJ.