viernes, 27 de octubre de 2017

José Antonio Pagola - CREER EN EL AMOR


José Antonio Pagola - CREER EN EL AMOR

La religión cristiana les resulta a no pocos un sistema religioso difícil de entender y, sobre todo, un entramado de leyes demasiado complicado para vivir correctamente ante Dios. ¿No necesitamos los cristianos concentrar mucho más nuestra atención en cuidar antes que nada lo esencial de la experiencia cristiana?

Los evangelios han recogido la respuesta de Jesús a un sector de fariseos que le preguntan cuál es el mandamiento principal de la Ley. Así resume Jesús lo esencial: lo primero es «amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser»; lo segundo es «amarás a tu prójimo como a ti mismo».

La afirmación de Jesús es clara. El amor es todo. Lo decisivo en la vida es amar. Ahí está el fundamento de todo. Por eso, lo primero es vivir ante Dios y ante los demás en una actitud de amor. No hemos de perdernos en cosas accidentales y secundarias, olvidando lo esencial. Del amor arranca todo lo demás. Sin amor, todo queda desvirtuado.

Al hablar del amor a Dios, Jesús no está pensando en los sentimientos o emociones que pueden brotar de nuestro corazón; tampoco está invitando a multiplicar nuestros rezos y oraciones. Amar al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón es reconocer a Dios como Fuente última de nuestra existencia, despertar en nosotros una adhesión total a su voluntad y responder con fe incondicional a su amor universal de Padre de todos.

Por eso añade Jesús un segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir de espaldas a sus hijos e hijas. Una religión que predica el amor a Dios y se olvida de los que sufren es una gran mentira. La única postura realmente humana ante cualquier persona que encontramos en nuestro camino es amarla y buscar su bien como quisiéramos para nosotros mismos.

Todo este lenguaje puede parecer demasiado viejo, demasiado gastado y poco eficaz. Sin embargo, también hoy el primer problema en el mundo es la falta de amor, que va deshumanizando una y otra vez los esfuerzos y las luchas por construir una convivencia más humana.

Hace unos años, el pensador francés Jean Onimus escribía así: «El cristianismo está todavía en sus comienzos: nos lleva trabajando solo dos mil años. La masa es pesada y se necesitarán siglos de maduración antes de que la caridad la haga fermentar». Los seguidores de Jesús no hemos de olvidar nuestra responsabilidad. El mundo necesita testigos vivos que ayuden a las futuras generaciones a creer en el amor, pues no hay un futuro esperanzador para el ser humano si termina por perder la fe en el amor.

30 Tiempo ordinario – A
(Mateo 22,34-40)
29 de octubre 2017

José Antonio Pagola 




EL TAPIZ DE SUS SUEÑOS
Florentino Ulibarri

Tú nos revelaste, Jesús,
que para hacer el tapiz del querer del Padre
hemos de entretejer los hilos presentes en la creación
con los que surgen en la vida cotidiana
aunque parezcan toscos y sin gracia;
que en el proyecto hemos de mezclar
hilos de todos los colores
poniendo en la tarea todo nuestro ser
-alma, mente y corazón-.
Sólo así quererle será gozo y bien.

Y si el alma se nos vuelve yerma,
o si nuestra mente pierde su agudeza,
o si el corazón se nos tuerce o desvaría,
porque en el camino hay otras cosas
que le hacen competencia
-otros señores en guerra viva,
aún plazas de su pertenencia-
tú nos dijiste, muchas veces a lo largo de la vida,
que Él solo quiere personas libres y enteras.
Sólo así quererle será gozo y bien.

Amar a Dios es lo primero y principal;
pero para que esto florezca y sea
-a la intemperie y en las cuatro estaciones-
necesita expresarse en el amor al prójimo,
al que hemos de querer, sea como sea,
como nos queremos a nosotros mismos.
Por eso, quien no sabe amarse
no puede amar a sus semejantes
ni hacer el querer de Dios Padre.
Sólo así quererle será gozo y bien.

Amar a Dios y amar a los demás:
no hay más, con religión o sin ella.
Aquí queda dicha toda la buena noticia
para quienes preguntan o callan
-fariseos, sacerdotes y sabios
o pertenecientes al pueblo llano-;
aquí se condensa y resplandece
toda la Biblia –la Ley y los Profetas-
lo digan o no las iglesias.
Sólo así quererle será gozo y bien.

Pero nosotros seguimos tejiendo,
con otros hilos y modelos,
pensando que hacemos algo hermoso
-el tapiz de sus sueños-
cuando lo que hacemos son redes
que nos retienen y aprisionan
y no nos dejan ser libres.

Florentino Ulibarri





SOLO UN MANDAMIENTO, AMAR. SOLO UN PECADO, IGNORAR AL OTRO
Fray Marcos
Mt 22, 34-40

La pregunta sobre el tributo al Cesar se la hicieron los fariseos y herodianos. A continuación, narra Mt otra pregunta de los saduceos sobre la resurrección de los muertos, en la que ellos no creían. Quieren ridiculizar la creencia en otra vida con el supuesto de siete hermanos que estuvieron casados con la misma mujer. Jesús desbarata sus argumentos. Por eso, a continuación, el texto de hoy dice: “Al oír que había hecho callar a los saduceos”, los fariseos vuelven a la carga: ¿Cuál es el primer mandamiento?

La pregunta no era tan sencilla como puede parecernos hoy. La mayoría de los juristas consideraba que todos los mandamientos tenían la misma importancia. Otros defendían que guardar el sábado era la primera obligación de todo israelita. También había quien defendía el amor al prójimo como el principal. A nadie se le había ocurrido que el principal mandamiento fueran dos. En Mt y en Mc, Jesús responde recitando la “shemá” (escucha), que todo israelita piadoso recitaba dos veces cada día (Dt 6, 4-9); pero en Mt Jesús añaden una referencia al (Lev 19,18) que prescribe amar al prójimo como a ti mismo.

La originalidad de Jesús está en unir los dos mandamientos. De hecho, lo único que hace es citar dos textos del AT. No se trata solo de una yuxtaposición o de una equiparación. Se trata de una identificación en toda regla, que además, prepara el terreno a Jn para poder decir con rotundidad: “un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Es el mandamiento nuevo, que convierte la Ley en vieja. Después de 20 siglos, seguimos sin aceptar la diferencia entre AT y NT.

El valor absoluto de cada persona es una propuesta exclusiva de Jesús. Hasta entonces el individuo no contaba más que como perteneciente e integrado en el grupo. Desde esa perspectiva, lo único que interesaba eran las manifes­taciones del amor, no el amor mismo. De ese modo, el precepto recaía sobre las manifestaciones. El amor que exige Jesús, no se puede alcanzar con el cumplimiento de un precepto. Ya no se trata de una ley, sino de una actitud. “Un amor que responde a su amor”. El amor que pide Jesús no se impone.

El concepto de “prójimo” es modificado por Jesús de manera sustancial. Para un judío, prójimo era el que pertenecía al pueblo y, a lo sumo, el prosélito. Jesús desbarata esa barrera y postula que todos somos exactamente iguales para Dios. El cristianismo no siempre ha sabido trasmitir esta idea de igualdad y hemos seguido creyendo que nosotros somos los elegidos y que Dios es nuestro Dios, como los judíos de todos los tiempos

Jesús no propone un amar a Dios ni un amor a él mismo. Dios ni ama ni puede ser amado, es amor. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino con relación al hombre. Cuando seguimos proponiendo los mandamientos de la “Ley de Dios” como marco para la vida de la comunidad, es que no hemos entendido el mensaje de Jesús. S. Agustín lo entendió muy bien cuando dijo: “Ama y haz lo que quieras”. Pero Pablo lo había dicho con la misma claridad: “Quien ama ha cumplido el resto de la Ley”. No se trata de una nueva ley, sino de hacer inútil toda ley, toda norma, todo precepto.

El “como a ti mismo” (también superado por Jesús: “como yo os he amado”) necesitaría un comentario más extenso. Únicamente diré, que el amor solo se puede dar entre iguales. Si considero superior o inferior al otro, mi relación con él nunca será de amor. Desde esta perspectiva, ¿a dónde se van todas nuestras “caridades”? Lo que nos pide Jesús es que quiera para los demás todo lo que estoy deseando para mí. ¡De verdad creo hacer caridad cuando doy al mendigo la ropa vieja que ya no voy a utilizar!

Una vez más tenemos que resaltar la imposibilidad de aceptar el mensaje de Jesús sin abandonar la idea de Dios el AT. Esta es la trampa en la que cayeron los primeros cristianos que eran todos judíos. Aquí está, también, la clave para entender tantas aparentes contradicciones en los evangelios. Lo que pide Jesús es más de lo que puede enseñar cualquier institución. La excesiva fidelidad a la institución nos impide alcanzar el mandamiento nuevo. Por eso Jesús criticó tan duramente las instituciones religiosas de su tiempo (Templo, Ley, culto); se habían convertido en un obstáculo para llegar al hombre.

El amor consiste en desarrollar la capacidad que tiene un ser de salir de sí, e ir al otro para enriquecerle y enriquecerse como persona. A Dios no se le puede amar directamente ni mucho ni poco, porque no le podemos conocer. Dios no es un sujeto con el que me pueda encontrar. No es nada distinto de mí o de la creación. No está en el cielo ni en ninguna otra parte. Amar a Dios no es hacer algo por Él, sino dejar que Él, que es amor, te encuentre. Demostraré que estoy abierto al Amor, que es Dios, si amo a los demás. Si dejo de amar a una sola persona, puedo estar seguro de que lo que me mueve no es el amor, sino el egoísmo, el instinto, la pasión, el interés o la simple programación.

No responde a necesidades de algún aspecto de mi ser. Acontece en la profundidad del ser, incluyendo todos sus aspectos. Es el único camino para un crecimiento armónico del ser, impidiendo que la parte material y biológica del mismo, se imponga y arrastre a la parte más noble, malográndolo sus posibilidades de ser humano. El superar el egoísmo no significa una renuncia a nada, sino un acopio de humanidad. No suprime ninguno de los aspectos de nuestra humanidad, sino que los colma y les da su verdadero sentido.

El amor no es algo que se pueda alcanzar directamente, sino una consecuencia del conocimiento. Los escolásticos decían: “no se puede amar nada, si antes no se conoce”. Pero debemos añadir, que no basta con conocer, debo conocerlo como bueno para mí. El conocimiento racional será siempre egoísta, porque solo puede apreciar lo que es bueno para mi parte sensitiva. Solo de un conocimiento vivencial puede nacer el verdadero amor. Si necesito motivos interesados para amar, no es amor. Si amamos para hacer un favor, tampoco funciona. Tengo que descubrir que soy yo el que me enriquezco al amar. Ese enriquecimiento se produce en mi verdadero ser, y eso no nos interesa demasiado.

El mayor peligro a la hora de comprender el amor es que lo confundimos con el deseo de que el otro me quiera. El deseo de que otro me ame es instintivo y no va más allá del interés egoísta. La mayoría de las veces, cuando decimos te amo, en realidad queremos decir: “quiero que me quieras”. Esto no tiene nada que ver con el mensaje de Jesús. Cuando oímos decir a una persona: no puedo vivir sin ti; en realidad, lo que está diciendo es: no te voy a dejar vivir, porque te voy exigir que vivas solo para mí.

Es ignorancia creer que podemos amar a Dios aunque no amemos al prójimo; o peor aún, que podemos amar a uno mucho y a otro poco o nada. El amor es uno solo porque es una actitud personal. El amor queda especificado en la persona que ama, no por la persona amada. Tiene que existir antes de manifestarse. Lo que llega a los demás, lo que se percibe al exterior, son solo las manifestaciones de ese amor. La actitud vital es única en cada persona, pero el amor tengo que manifestarlo de distinta manera, a cada uno.

Meditación

La buena noticia de Jesús, es que puedo identificarme con Dios.
El amor que Jesús nos pide es fruto de un descubrimiento,
que solo puedes hacer viajando hacia tu interior.
Más allá de lo razonable, tú puedes descubrir la Vida.
La VIDA de Dios está en ti y está en todas las cosas.

Fray Marcos





DIOS NOS AMA: AMEMOS A LOS HERMANOS
José Enrique Galarreta
Mt 22, 34-40

Mateo y Marcos presentan este episodio en la última semana de la vida de Jesús, en el contexto de las polémicas con todos los poderes de Israel. Jesús ha escapado de la trampa de los fariseos acerca del tributo a César (que leíamos el domingo pasado), ha dejado clara la vida eterna, contra los saduceos que no creían en ella (recordemos que la mayor parte de los sacerdotes, al menos los sumos sacerdotes, eran saduceos ), y ahora se enfrenta a un doctor fariseo que le pregunta sobre el mayor mandamiento de la Ley. Mateo y Marcos son muy parecidos en la narración del suceso.

La pregunta es "de escuela", no religiosa sino académica. Los fariseos contaban seiscientos trece preceptos en La Ley, y había que saberlos y practicarlos todos. Jesús, una vez más, se sale de la discusión que le proponen y contesta "a lo que le debían haber preguntado".

Para ello combina dos textos del Antiguo Testamento: Deuteronomio 6,5 y Levítico 19,18, que dicen así:

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con todas tus fuerzas"
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo"
En el texto de Marcos se cita el Deuteronomio con un poco más de extensión:
"Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es uno solo: amarás...."
y el letrado responde a Jesús corroborando (al parecer con entusiasmo) lo que dice Jesús:
"El letrado respondió:
- Muy bien, maestro; es verdad lo que dices, que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él, que amarlo de todo corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y los sacrificios"

y Jesús le responde:
"No estás lejos del Reino de Dios"

El texto tiene un paralelo magnífico en Lucas 10: 21-37, porque se expone la misma doctrina, pero explicándola con la estupenda parábola del buen samaritano.

Nos encontramos ante el corazón mismo de la revelación, de la esencia de la Buena Nueva. La Revelación de Jesús es un mensaje triple y único:
- Dios es amor.
- Amarás a Dios
- Amarás al prójimo.
Y las tres afirmaciones, en el fondo, son la misma.

Dios es amor
Es el centro de la Revelación de Jesús. La revelación de "ABBÄ". Conocemos sobradamente el tema. Este "cambio de Dios", la aceptación de "Abbá" es la diferenciación íntima del que ha entrado en el Reino. Ya nada va a ser igual: ni sus motivos para actuar, ni su oración... "Abbá" lo cambia todo.

No había llegado Israel a formular plenamente la justificación del Primer Mandamiento: "Amarás a Dios". Dios, por más ternura y compasión con que se le represente, sigue siendo para Israel ante todo "El Señor, el Amo, el Poderoso, el Altísimo", y de la religiosidad de Israel se desprende más el respeto y la sumisión, por más que los profetas lo presenten como padre y como enamorado. Amar al Todopoderoso, al "Señor de los Ejércitos", es casi una osadía.

Pero la revelación de Jesús pone punto final a esta distorsión. Podríamos formularla así:

"Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser... porque Él te quiere así, más que tu Madre..."

El amor a Dios no se basa en la admiración, en el reconocimiento de su majestad... El amor a Dios es una respuesta: Amo a Dios porque me siento querido por Él. Ahí está la raíz del "mandamiento", y la esencia de la Buena Noticia. En el fondo, la Buena Noticia no es más que esto: "Dios te quiere, como te quiere tu madre, pero en infinito".

Esto es una experiencia interior, no un conocimiento intelectual. La conversión no es un arrepentimiento, un cambio de ideas, una decisión tomada por cálculo. La conversión es la consecuencia de un profundo sentimiento: sentirse querido por Dios cambia la vida, cambia el corazón. Ese cambio es la conversión.

Sentirse querido por Dios no por merecerlo sino por necesitarlo. Dios no me quiere porque soy bueno, justo, santo... Dios me quiere, sin más, como las madres quieren a sus hijos, no porque sean listos o guapos. Les quieren antes de nacer, sin conocerlos. Así me quiere Dios. Y ni siquiera mis pecados pueden cambiar a Dios. El amor de mi Madre es mucho más fuerte que mis pecados. Dios es Amor, esa es su Esencia. Este es el corazón de la Buena Noticia de Jesús. Y nuestra fe se basa en creerle.

Dios-amor es la esencia del mundo. Lo contrario del amor es la muerte total. Amar o morir. Amor o destrucción. La esencia del ser humano es la capacidad de construirse amando. El error es intentar hacer sociedad humana sobre otros cimientos: violencia, poder, justicia.

La justicia no es más que un sustituto jurídico o una consecuencia del amor. La justicia sola tampoco es humana. Nadie puede vivir de la justicia, porque en la esencia del ser humano está amasado el pecado, el error. Y la justicia no cura, no cambia al ser humano por dentro. La verdadera justicia está en dar a cada uno lo que le corresponde. Y a los hijos les corresponde amor, y a los pecadores, comprensión y posibilidad de redención... Y esto es ya más, mucho más que justicia.

La esencia del doble mandamiento es, por tanto, mucho más que un "mandamiento", con todo el sabor moralista que la palabra encierra; es la definición de la humanidad: hijos queridos de Dios que sólo queriéndose como hijos podrán realizarse.

Las lecturas de todos estos domingos terminarán en la fiesta de Cristo Rey con la "parábola" del juicio final. Y allí se nos dará otra clave importante de interpretación de todo esto:

- Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber? ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos o desnudo y te vestimos? ¿ cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

Y el rey les dirá:
- Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis"

Ese "conmigo lo hicisteis" viene a ser la más profunda definición de "religión según Jesús". Ni siquiera importa que conozcas a Dios, que te des cuenta de que se lo haces a Él. Lo que importa es que lo hagas. Por esta razón se puede predicar la Buena Noticia a los budistas, los mahometanos, los ateos... y a cualquiera. Lo de Jesús es más que una religión convencional, va más al fondo.

Amarás al prójimo como a ti mismo
Como a ti mismo. La clave está en que no hay diferencia entre el amor que me tengo a mí y el que tengo a los demás. Esto se da entre hermanos, en la familia. Entre hermanos y en la familia usamos mejor la primera persona del plural que la primera persona del singular. Esto caracteriza a un matrimonio que se quiere de veras. Que rara vez dice "yo", sino "nosotros".

Esto es lo que diferencia a los cristianos. Saber quién es Dios, saber quién es el hombre, vivir para el bien de los demás. Saber y sentir que eso es la mejor manera de vivir para el propio bien. Es el egoísmo correcto, buscar mi mayor bien y descubrirlo en servir... y olvidarme de que busco mi bien. Es decir, realizarse en el amor, no en el odio, no en el triunfo sobre alguien... Y recordemos que todas las parábolas del Evangelio van en esta dirección. El Hijo pródigo, el Buen samaritano... Eso es entrar en el Reino.

Por eso, la proclamación unitaria de nuestra fe es: "Hemos descubierto (Jesús nos ha descubierto) el secreto de todo, el secreto de Dios y del mundo: el amor es el que mueve todo para bien. Aceptar ese Dios, ese hombre, ese modo de vivir; eso es el Reino.

Este es el mensaje preciso de Juan. Creo que es suficiente leer detenidamente este fragmento de su primera carta.

Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo.

Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero.

Si alguno dice: « Amo a Dios », y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.
(1Jn 4:7‑21)

Es difícil aceptar que Dios ama. ¿Cómo lo podremos decir hoy a las víctimas de las guerras, a los que mueren de hambre en Africa, a los gamines de las ciudades de América...?

En el amor de Dios se cree, se cree mirando a Jesús. En Jesús conocemos cómo es Dios. Vemos cómo es Dios viendo a Jesús jugarse el prestigio por salvar pecadores, por curar leprosos, jugarse la vida por salvar a la adúltera, llegando hasta la misma cruz.

Más difícil aún vivir en el amor en un mundo de extraños, competidores... Para entenderlo bien, es imprescindible mirar cómo lo vivió el mismo Jesús: imperturbable servidor de todos los humildes, arriesgado sanador, recuperador de los despreciados, rompedor de tabúes a favor de extranjeros, marginados, mujeres, endemoniados ... Jesús no se siente enemigo de sus enemigos: ruega por ellos, llora porque no les puede ayudar.

Más difícil aún hablar de amor en una sociedad en que se mata, se secuestra, se amenaza en nombre de presuntos derechos conculcados de un pueblo que algunos sienten elegido, diferente, privilegiado. Arrogándose la representación exclusiva de ese pueblo, sin que ese pueblo se la haya dado, hay quienes se arrogan también el derecho sobre la vida, la libertad y las opiniones de muchos, incluso de personas que nada tienen que ver y son solamente víctimas fáciles, objetivos sin riesgo. Difícil tener corazón suficientemente fuerte para conservar el amor a los enemigos y no dejarse llevar por el deseo de la pura y seca justicia, perfectamente justificable y humano, pero inferior a las exigencias de Jesús.

Más difícil aún cuando otros, que no matan ni secuestran, prestan a los que matan y secuestran más apoyo que a los muertos, secuestrados y amenazados, y a las familias de éstos. Difícil convivir y más difícil aún amar, no sólo a los asesinos sino a sus amigos; porque como amigos de asesinos aparecen todos aquellos que no rechazan expresamente lo que hacen y se muestran más cercanos a ellos que a sus víctimas.

Más difícil aún celebrar la eucaristía con quienes están dispuestos a celebrarla con amigos y justificadores de asesinos. Y cuando quienes tienen alguna autoridad en la iglesia parecen dudar entre la defensa de los asesinados, secuestrados y amenazados y la justificación de las víctimas, más difícil todavía conservar la comunión y presumir que todo eso se hace por fidelidad a la palabra de Jesús.

Pienso que la radicalidad de Jesús fue precisamente una toma de postura radical a favor del que sufre y en contra del que hace sufrir. Y no hay mayor sufrimiento que perder la vida, no hay víctimas más víctimas que los inocentes que son privados de los más básicos derechos, hasta del derecho a vivir, sin estar algunos ni siquiera lejanamente implicados en los intereses o exigencias de sus asesinos.

Personalmente no me cabe duda alguna de que esos son los primeros que deben ser amados, defendidos y amparados, y que, si hay quienes no los consideran primeros en ese amor, defensa y amparo, esos tales padecen una profunda obcecación, que les hace confundir gravemente los criterios del evangelio, subordinándolos a otros criterios que a muchos nos parecen lejanos, ajenos, e incluso opuestos a los valores y criterios de Jesús.

José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)





APRENDA A SALVARSE EN TREINTA SEGUNDOS
José Luis Sicre

¿Cuál es el mandamiento principal? Muchos católicos responderían: «Ir a misa el domingo». Los que piensan así probablemente no irán a misa este domingo. A los que piensen de otro modo y vayan, les gustará recordar lo que pensaba Jesús.

El problema de sus contemporáneos
En los domingos anteriores, diversos grupos religiosos se han ido enfrentado a Jesús, y no han salido bien parados. Los fariseos envían ahora a un especialista, un doctor de la Ley, que le plantea la pregunta sobre el mandamiento principal. Para comprenderla, debemos recordar que la antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones), que se dividían en fáciles y difíciles: fáciles, los que exigían poco esfuer­zo o poco dinero; difíciles, los que exigían mucho dinero (como honrar padre y madre) o ponían en peligro la vida (la circuncisión). Generalmente se pensaba que los importantes eran los difíciles, y entre ellos estaban los relativos a la idolatría, la lascivia, el asesinato, la profanación del nombre divino, la santificación del sábado, la calumnia, el estudio de la Torá.

¿Se puede reducir todo a uno?
Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante. Este deseo se encuentra en una anécdota a propósito de los famosos rabinos Shammai y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús. Una vez llegó un pagano a Shammai y le dijo: «Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja». Shammai lo despidió amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. El pagano acudió entonces a Hillel, que le dijo: «Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción" (Schabat 31a). También el Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) sintetizó toda la Ley en una sola frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá». 

La novedad de Jesús
Mateo había puesto en boca de Jesús una síntesis parecida al final del Sermón del Monte: «Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas» (Mt 7,12). Pero en el evangelio de hoy Jesús responde con una cita expresa de la Escritura:
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús habla hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
̶ Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le dijo:
̶  Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Deuteronomio 6,5). Son parte de las palabras que cualquier judío piadoso recita todos los días, al levantarse y al ponerse el sol. En este sentido, la respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente.

La novedad de la respuesta de Jesús radica en que le han preguntado por el manda­miento principal, y añade un segundo, tan importante como el primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19,18). Una vez más, su respuesta entronca en la más auténtica tradición profética. Los profetas denunciaron continuamente el deseo del hombre de llegar a Dios por un camino individual e intimista, que olvida fácilmente al prójimo. Durante siglos, muchos israelitas, igual que muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos... Sin embargo, los profetas les enseñaban que, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Tampoco se puede decir que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. Ambos preceptos, en la mentalidad de los profetas y de Jesús, están al mismo nivel, deben ir siempre unidos. «De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas» (v.40).

El prójimo son los más pobres (1ª lectura)
En esta misma línea, la primera lectura es muy significativa. Podían haber elegido el texto de Deuteronomio 6,4ss donde se dice lo mismo que Jesús al principio: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...» Sin embargo, han elegido un texto del Éxodo que subraya la preocupación por los inmigrantes, viudas y huérfanos, que son los grupos más débiles de la sociedad (la traducción que se usa en España dice los «forasteros», pero en realidad son los inmigrantes, los obligados a abandonar su patria en busca de la supervivencia, marroquíes, senegaleses, rumanos, etc.). Luego habla del préstamo, indicando dos normas: si se presta dinero, no se pueden cobrar intereses; si se pide el manto como garantía, hay que devolverlo antes de ponerse el sol, para que el pobre no pase frío. Es una forma de acentuar lo que dice Jesús: sin amor al prójimo, sobre todo sin amor y preocupación por los más pobres, no se puede amar a Dios.

Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

José Luis Sicre





Me da miedo el Dios-miedo
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Estos días, con las noticias políticas y la paliza que nos da el telediario, consciente o inconscientemente vivimos con un poso de angustia que va dejando en nosotros la información de tanta negatividad. ¿Dónde está la raíz del miedo en nuestra cultura occidental? Yo creo que en Dios, sí, en una falsa imagen de Dios que nos reporta miedo en vez de confianza.

No son pocas las personas cuya experiencia religiosa ha nacido y se ha desarrollado en un
clima de auténtico miedo a Dios. Un miedo que ha marcado profundamente sus vidas.
Cuando piensan en Dios, no pueden evitar sentirlo como un ser amenazador y peligroso ante el cual lo mejor es protegerse y estar siempre en regla.
Este miedo a Dios configura toda una manera de vivir la religión. Para estas personas, lo
verdaderamente importante es «estar a buenas» con Dios. Mantenerse puros ante él, no
transgredir sus mandatos, expiar cuanto antes los pecados cometidos.
El miedo a Dios se hace todavía más angustioso cuando piensan en la muerte. Mientras uno vive en esta tierra, parece que está como «protegido» frente a él, pero lo terrible de la muerte es que se cae ya sin remedio en manos de ese Dios.
Estas personas creen en Dios, pero casi preferirían que Dios no existiera. La vida sería así
más tranquila, se podría vivir con más libertad. Y después de la muerte, tendríamos al menos la seguridad de no caer en ese riesgo terrible de la condenación eterna.

Los que han descubierto en Jesucristo el verdadero rostro de Dios viven de otra manera muy distinta. Sienten a Dios como Padre, Misterio de amor fascinante, el único que quiere y busca por todos los medios nuestro bien y felicidad total.
Lo primero que experimentan ante Dios no es miedo, sino una confianza grande, una alegría inmensa. Dios es lo mejor. Alguien que nos comprende, nos ama y perdona como ni siquiera nosotros mismos nos podemos comprender, amar y perdonar.
Esta confianza en Dios lo cambia todo. Para estas personas, lo importante es alabar a Dios, dar gracias, cantar su bondad. Dios no les trae malos recuerdos. Al contrario, les da
seguridad. Es un alivio y un consuelo saber que está ahí, siempre de nuestra parte, siempre poniendo en nosotros fuerza y alegría para vivir.
La primera conversión que necesitan muchas personas es este paso del miedo a la confianza.
No se atreven a creer del todo en la bondad infinita de Dios. No han descubierto que Dios es más grande que todas nuestras imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Más grande que todos nuestros pecados y miserias.
Necesitamos detenernos ante lo que significa un Dios que se nos ofrece como hombre,
irradiando sólo paz, gozo y ternura. Este Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos.
Más cercano, más comprensivo, más amigo, más alegre, más grande de lo que nosotros
podemos sospechar.
Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Él. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de suerte y de seguridad. Preocuparnos por tenerlo todo.
La persona despierta sabe que no vemos todo el entramado de nuestra realidad.
Se fía de Dios.
Tiene motivos para hacerlo. Intuye las manos que están detrás.
Sabe leer el mensaje del evangelio.
«Venid a mi todos los que estáis cansado y agobiados que yo os aliviaré. Tomad mi yugo, porque yo soy manso y humilde de corazón».

Pedro Miguel Lamet, SJ.