jueves, 28 de septiembre de 2017

José Antonio Pagola - POR DELANTE DE NOSOTROS


José Antonio Pagola - POR DELANTE DE NOSOTROS

Un día, Jesús pronunció estas duras palabras contra los dirigentes religiosos de su pueblo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios». Hace unos años pude comprobar que la afirmación de Jesús no es una exageración.

Un grupo de prostitutas de diferentes países, acompañadas por algunas Hermanas Oblatas, reflexionaron sobre Jesús con la ayuda de mi libro Jesús. Aproximación histórica. Todavía me conmueve la fuerza y el atractivo que tiene Jesús para estas mujeres de alma sencilla y corazón bueno. Rescato algunos de sus testimonios.

«Me sentía sucia, vacía y poca cosa, todo el mundo me usaba. Ahora me siento con ganas de seguir viviendo, porque Dios sabe mucho de mi sufrimiento [...] Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. ¡Este Jesús me entiende...!».

«Ahora, cuando llego a casa después del trabajo, me lavo con agua muy caliente para arrancar de mi piel la suciedad y después le rezo a este Jesús porque él sí me entiende y sabe mucho de mi sufrimiento [...] Jesús, quiero cambiar de vida, guíame, porque tú solo conoces mi futuro».

«Yo pido a Jesús todo el día que me aparte de este modo de vida. Siempre que me ocurre algo yo le llamo y él me ayuda. Él está cerca de mí, es maravilloso [...] Él me lleva en sus manos, él carga conmigo, siento su presencia».

«En la madrugada es cuando más hablo con él. Él me escucha mejor, porque en este horario la gente duerme. Él está aquí, no duerme. Él siempre está aquí. A puerta cerrada me arrodillo y le pido que merezca su ayuda, que me perdone, que yo lucharé por él».

«Un día, yo estaba sentada en la plaza y dije: “Oh, Dios mío, ¿será que yo solo sirvo para esto? ¿Solo para la prostitución?” [...] Entonces es el momento en que más sentí a Dios cargando conmigo, ¿entendiste?, transformándome. Fue en aquel momento. Tanto que yo no me olvido. ¿Entendiste?».

«Yo ahora hablo con Jesús y le digo: aquí estoy, acompáñame. Tú viste lo que le sucedió a mi compañera [se refiere a una compañera asesinada en un hotel]. Te ruego por ella y pido que nada malo les suceda a mis compañeras. Yo no hablo, pero pido por ellas, pues ellas son personas como yo».

«Estoy furiosa, triste, dolida, rechazada, nadie me quiere, no sé a quién culpar, o sería mejor odiar a la gente y a mí, o al mundo. Fíjate, desde que era niña yo creí en ti y has permitido que esto me pasara. Te doy otra oportunidad para protegerme ahora. Bien, yo te perdono, pero, por favor, no me dejes de nuevo».

¿Qué misterio se encierra en Jesús para tener ese poder en el corazón de las personas? Cómo cambiaría la vida de muchos si le conocieran mejor.

26 Tiempo ordinario – A
(Mateo 21,28-32)
1 de octubre 2017

José Antonio Pagola 




LO QUE VA DE HIJO A HIJO
Florentino Ulibarri

Todas tus parábolas, una vez iniciadas,
tienen un final
que nos alcanza como lanza afilada.

Recogen, en síntesis, lo que es historia cotidiana
de pugna y respuesta
a tu respetuosa invitación y llamada.

Y expresan en pocas palabras humanas
nuestra rebeldía
que algo tendrá que ver con tu espíritu y semejanza.

Los hay que saben expresar muy dignamente
respeto y obediencia:
es lo que se espera de gente religiosa y prudente.

Pero se quedan en la caravana en la que estaban;
no les da la gana
de interpretar tus gestos, hechos y palabras.

Dicen sí, porque es la respuesta correcta,
pero no hacen nada
aunque la brisa sople con fuerza y en dirección buena.

Y los hay que, desde el principio, se rebelan
y no quieren ser
ni siervos, ni beatos ni hijos deudores.

Saben recapacitar para encontrar en camino,
respuesta adecuada,
para trabajar la viña y vivir como hijos.

Quizá, Señor, te agrade más la frescura y rebeldía,
nuestra libertad,
que las palabras adecuadas de una respuesta perfecta.

Quizá temas más nuestro ser e historia vacíos
de amor y vida
que todos nuestros cuestionamientos e impertinencias.

No sé lo que dije,
hace un instante...
pero he venido,
me has acogido
y estoy contento...
y muy satisfecho.

Florentino Ulibarri



RECTIFICAR ES MÁS HUMANO QUE HACER ALARDE DE BONDAD
Fray Marcos
Mt 21, 28-32

Jesús acaba de realizar la “purificación del templo”. En el episodio inmediatamente anterior, los sumos sacerdotes y los senadores, preguntan a Jesús con qué autoridad actúa así. Él les responde con otra pregunta: ¿El bautismo de Juan era cosa de Dios o cosa humana? No se atreven a contestar, y Jesús les cuenta esta parábola. Mateo trata de justificar que la comunidad cristiana se apartara del organigrama religioso judío, pero quiere advertir también a la nueva comunidad, que no debe caer en el mismo error.

En este capítulo, siguen las advertencias a la comunidad. Es muy peligroso creerse perfecto. Lo importante es descubrir los fallos y rectificar lo que has hecho mal. La pura teoría no sirve para nada, solo la vida salva. Lo que digamos o lo que proclamemos son palabras vacías, mientras no vayan acompañadas por una actitud vital, que inevitablemente se manifestará en las obras. En el evangelio de Juan, Jesús pone como instancia definitiva sus obras. “Si no me creéis a mí, creed a las obras”.

El domingo pasado nos hablaba de jornaleros. Hoy nos habla de hijos. En el AT, el pueblo en su conjunto, se consideraba hijo de Dios. Jesús distingue ahora dos hijos: los que se consideran verdaderos israelitas y los que los jefes religiosos consideran pecadores. Recordemos que ser hijo significaba hacer en todo la voluntad del padre. Un buen hijo era el que salía al padre. El que dejaba de hacer la voluntad del padre, dejaba de ser hijo. “¿Quién hizo la voluntad del padre?” quiere decir “¿quién es verdadero Hijo?”

Jesús se enfrenta a los jefes religiosos, como respuesta a la radical oposición que ellos le han manifestado. Todos los evangelios dejan clara esa lucha a muerte de las instancias religiosas contra Jesús. Sin embargo, no podemos sacar de estas parábolas argumentos antisemitas. Las prostitutas y los recaudadores de impuestos, que Jesús pone por delante de los jefes religiosos, eran también judíos; y los primeros cristianos eran todos judíos.

Los fariseos no tenían nada de qué arrepentirse, eran perfectos, porque decían “sí” a todos los mandamientos. Consideraban que tenían derecho al favor de Dios, por eso rechazan de plano, el cambio que les propone Jesús. Como los de primera hora del domingo pasado exigen la paga justa por su trabajo. Para ellos es intolerable que Dios pague lo mismo al que no ha trabajado. No se dan cuenta de que su respuesta es solamente formal, sin compromiso vital alguno. El espíritu de la Ley les importaba un pito.

El escándalo está servido: Para Jesús no hay duda, los que se consideran buenos son los malos, y los malos son los buenos. Los primeros eran lo estrictos cumplidores de la Ley, los segundos ni la conocían, ni podían cumplirla. Los primeros ponían su empeño en el cumplimiento externo de las normas. Los otros buscaban una posibilidad de hacerse más humanos, porque se sabían pecadores. Jesús deja claro cual es la voluntad de Dios, y quién la cumple. Pero Jesús da a entender que tanto los unos como los otros, son hijos.

Los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino. Es una de las frases más hirientes que pudo decir Jesús a los jerifaltes religiosos. Eran las dos clases de personas más denigradas y odiadas por las instancias religiosas. Pero Jesús sabía muy bien lo que decía. El organigrama religioso-social de su tiempo era represivo e injusto. Que esa situación se mantuviera en nombre de Dios no podía aguantarlo quien había descubierto un Dios, que lo único que quiere es el bien del hombre.

No se alude en el relato a las otras dos situaciones que se pueden dar: El hijo que dice sí y va a trabajar a la viña; y el hijo que dice no, y no va. En estos dos casos no hay posibilidad de equivocarse ni cabe la pregunta de quién cumple la voluntad del padre. Lo que pretende el relato es advertir sobre el engaño en que puede caer el que interprete superficialmente la situación del que dice “sí” y no va; y del que dice “no” pero va.

No debemos engañarnos. La simplicidad del relato esconde una enseñanza fundamental. Como conclusión general, tenemos que decir que los hechos son lo importante, y que las palabras sirven de muy poco. La praxis prevalece siempre sobre la teoría. El evangelio no nos invita a decir primero no y después sí. El ideal sería decir sí y hacer; pero lo maravilloso del mensaje está precisamente ahí: Dios comprende nuestra limitación y admite la posibilidad de rectificación, después de “recapacitar”, dice el texto.

Nuestras actitudes religiosas son incoherentes. Llevamos muchos siglos haciendo una religión de ritos, doctrinas y preceptos. Desde el bautismo decimos “sí voy”, pero nos quedamos siempre en donde estamos. No hay más que ver lo que se entiende por “practicante” para darse cuenta de que no tiene nada que ver con la vida real. Nos estamos yendo cada vez más por las ramas y alejándonos de la raíz del evangelio.

Se nos llena la boca proclamando pomposamente que somos cristianos, pero hay muchos que sin serlo, cumplen el evangelio mucho mejor que nosotros. El fariseísmo se ha convertido en moneda corriente entre nosotros, y damos por hecho que basta hablar del evangelio u oír hablar de él para tranquilizar nuestra conciencia. Hay un refrán que lo expresa muy bien: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”.

En la primera lectura ya se nos dice que ni siquiera los mayores fallos son definitivos. Podemos en cualquier momento rectificar la trayecto­ria equivocada. Los errores cometidos pueden ayudarnos a encontrar el camino verdadero. Somos limitados y tenemos que aceptar esta condición porque es parte de nuestra naturaleza. No podemos pretender, ni para nosotros ni para los demás, la perfección. Cuando exigimos a un ser humano ser pluscuamperfecto estamos exigiéndole que deje de ser humano.

Solo la experiencia me dice qué es lo que me deteriora como ser humano y qué es lo que me enriquece. Cuando damos por absoluta una norma nos anclamos en el pasado y nos negamos a progresar. El gran peligro para esta fijación es creer que Dios nos ha dado directamente esa norma. Desde esa perspectiva se siguen cometiendo verdaderas barbaridades en contra del ser humano. El Dios de Jesús nunca puede ir en contra del hombre; las normas que hemos promulgado en su nombre, sí. Entender la religión como verdades, normas y ritos absolutos, es fundamentalismo puro.

También hoy podemos ir un poco más allá de la parábola. Ni siquiera las obras tienen valor absoluto. Las obras pueden ser la manifestación de una actitud vital, pero pueden ser reacciones automáticas desconectadas de nuestro verdadero ser, y conectadas solo al interés egoísta. Los fariseos cumplían escrupulosamente todas las normas, pero lo hacían mecánicamente, sin ninguna sinceridad de corazón. No pierdas el tiempo tratando de situarte en una de las partes. Todos estamos diciendo “no” cada tres por cuatro, y todos estamos diciendo “sí” con una pasmosa ligereza. La vida es una constante rectificación.

Meditación-contemplación

Si a la primera no somos capaces de decir sí,
Dios acepta siempre nuestra rectificación.
Casi siempre acertamos a costa de rectificaciones.
No estamos capacitados para descubrir la meta a la primera.
No deben preocuparnos las equivocaciones.
Pero me debe preocupar que sea incapaz de rectificar.

Fray Marcos



DE PUBLICANOS Y PROSTITUTAS
José Enrique Galarreta, SJ.
Mt 21, 33-43

A partir del cap.21, el Evangelio de Mateo entra en su último ciclo, cuando la vida de Jesús se desarrolla en Jerusalén, entre fuertes enfrentamientos con las autoridades, que acabarán en la ruptura definitiva y finalmente en la crucifixión. El texto de hoy se sitúa entre la entrada mesiánica - purificación de Templo, y las parábolas de la reprobación (los viñadores homicidas, los invitados que rehusan ir al banquete...)

Esta localización de los textos de hoy importa para darles su valor correcto. Se trata del momento cumbre del enfrentamiento de Jesús con las autoridades de Israel: los sacerdotes, los fariseos, los saduceos, los doctores.

La purificación del Templo, aparte de su valor real, es un acto simbólico, una destrucción en símbolo. Esta tradición de Jesús será recogida por Esteban (ver Hechos 6,8 ) y le costará muerte por lapidación, como blasfemo.

Las parábolas de la reprobación siguen la misma línea argumental de Hechos: el Reino se ofreció a Israel à Israel lo rechaza, à el Reino se abre a los gentiles.

Las polémicas con los tres estamentos más significativos de Israel (los puros, los sagrados, los sabios), marcan la ruptura final, insistiendo en la absoluta superioridad de Jesús. (En este mismo contexto se enmarcaría el episodio de la mujer adúltera de Juan 8). Esta ruptura culmina en la asombrosa invectiva de Jesús, (Mt. 23) la condena más dura y "despiadada", tanto que nos cuesta imaginarla en labios de Jesús.

El rechazo oficial se manifiesta en la lamentación sobre Jerusalén y el gran discurso escatológico, que desembocan en el complot para matarlo, y la Pasión. La narración sigue por tanto un orden lógico preciso.

No sabemos si éste fue el orden histórico exacto (Juan pone la purificación del templo al principio y no al final de la vida pública), pero su orden lógico y simbólico es perfecto. Parece reflejar la misma esencia del evangelio de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron". "La luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas no la han recibido".

Y es exactamente esto lo que exaspera a Jesús: la obcecación de las tinieblas contra la luz. El desprecio de Jesús por los "sepulcros blanqueados" lo es mayor aún por ser "ciegos y guías de ciegos", porque cumplen a pies juntillas la letra pequeña de la Ley y olvidan su esencia: la justicia, la misericordia y la fidelidad...

Es éste uno de los aspectos más estremecedores del pecado de la "gente religiosa": se creen justos y son incapaces de escuchar la Palabra de Dios.

Lo esencial de la parábola de los hijos y de su conclusión (una especie de exabrupto sorprendente), es claro: lo que importa es hacer o no hacer la voluntad de Dios. Vosotros decís que hacéis, pero no lo hacéis. Los que vosotros llamáis pecadores escucharon al Bautista y se arrepintieron; vosotros que os llamáis justos, no le hicisteis caso: ellos van delante de vosotros.

Pero difícilmente podemos captar lo terrible del insulto que Jesús profiere. No necesitamos explicar lo que son las prostitutas, pero sí debemos saber que los publicanos son aún más odiados y despreciados: recaudadores de impuestos al servicio de Roma, estrujan al pueblo para sacar más ganancias. Están aislados en Israel, nadie les dirige la palabra, son una casta despreciada, aunque rica.

Y no podemos olvidar que Jesús elige entre los Doce un publicano, Leví, y come en su casa, con el consiguiente escándalo. Y repite la hazaña en Jericó nada menos que con el jefe de los publicanos, Zaqueo. Quizá no haya más que una clase de personas más despreciada: los samaritanos. Y Jesús habla con ellos (¡con una mujer samaritana!), y redondea su desafío en las dos bellas parábolas de Lucas: el Fariseo y el Publicano, y el Buen Samaritano...

Y lo mataron, naturalmente: contra el Templo, contra la Ley, contra los respetables, a favor de los pecadores... No podía resultar de otra manera. Pero bajo esta consecuencia superficial, "lo matan por provocador contra el orden religioso y social", debemos descubrir la razón más profunda: lo matan porque es consecuente hasta la muerte con la Verdad: la verdad es que todos son pecadores, los sabios y "justos" también; la verdad es que Dios no rechaza a nadie que se vuelva a Él, sino sólo, precisamente, a esos "justos" que no creen tener necesidad de perdón. Esa es la Verdad, y por ella morirá Jesús.

Estremece contemplar en los evangelios cómo los más cercanos a la Ley, al Templo, son los peores enemigos de Jesús: impenetrables a la Palabra, se convierten en enemigos hasta llevar a Jesús a la muerte.

Estremece esta "capacidad" aterradora de las personas "religiosas" para cerrarse a la Palabra, quedarse conformes con sus creencias y modos de proceder "de toda la vida", y creerse mejores que otros. Y estremece, por encima de todo, comprobar que esos son los enemigos más declarados de Jesús, los "responsables" de su muerte.

Es preocupante asimismo sorprender en nosotros, personas religiosas "de toda la vida", esta misma tendencia. Tendencia a "instalarnos" en nuestras maneras "religiosas" de creer y de vivir. Creo que esta tendencia es parte del "pecado original" específico de las personas religiosas, y - quizá - de las instituciones religiosas, órdenes religiosas, religiones, la Iglesia...

No deja de ser sorprendente la fortísima oposición "oficial" que han encontrado tantas veces los santos, los reformadores, incluso simplemente los teólogos que han meditado más y han avanzado en el entendimiento de La Palabra. Y esta oposición ha venido sobre todo de los mismos estamentos que se oponían a Jesús: los "puros", los sacerdotes, los doctores, es decir, la gente piadosa de toda la vida, los estamentos oficiales, la ortodoxia.

Me parece que esto es síntoma de ese último reducto de "el mal" que queda en el corazón humano aunque parezca vivir de manera religiosa.

Se trata de una inversión, una inversión profunda de lo religioso: es tratar con Dios en el plano de la justicia (soy justo, Dios me premia - son pecadores, que Dios les castigue); se trata de encontrar seguridad en las creencias, más que riesgo de la fe; se trata de "sabérselo ya todo", más que estar atento a la Palabra, La Palabra que siempre dice - y pide - cosas nuevas.

Pero la única espiritualidad sana, la única religiosidad verdadera es la que empieza por la convicción de ser pecador, es decir, radicalmente necesitado de Dios; y, a la vez, la experiencia de ser querido por Dios, cuyo cariño es muy superior a nuestros pecados.

De aquí nace el amar a Dios, de aquí nace la necesidad de vivir en clima de perdón con todos, de portarse como hermano porque conocemos al Padre. Si no hay una profunda experiencia de ser pecador, de mi necesidad de Dios, no hay religión, y la religión se convierte en una inversión monstruosa.

Israel fue un especialista en inversiones. Se apoderó de Dios para su preeminencia sobre los demás pueblos, encerró a Dios en un templo - sólo un templo para el mundo entero, nuestro templo - vinculó la salvación al cumplimiento minucioso de preceptos externos, se sintió orgulloso de conocer a Dios, de poseerlo, de ser el Elegido....

Y cuando vino La Palabra hecha carne, no pudieron reconocerla. Hemos leído la Biblia muchas veces como una crónica del descubrimiento de Dios, como una Revelación progresiva. Hay otra lectura: la crónica del pecado, del apoderamiento de Dios por parte de Israel, la crónica de la inversión de los valores más hondos de lo religioso.

Y parece como si Jesús tuviese siempre compasión del enfermo y del pecador, y sintiera irritación frente a estos "justos". La verdad es que no parece el mismo, y esto no deja nunca de sorprendernos profundamente.

Y parece también que no hay tanta diferencia entre aquellos Sacerdotes, Fariseos y Doctores, y nosotros, los creyentes normales de Misa Dominical y aun diaria, los sacerdotes, los teólogos, los ortodoxos.... la Iglesia Occidental de toda la vida.

A veces subrayamos la hipocresía de los fariseos, la corrupción de los sacerdotes, el legalismo de los doctores... Me parece que lo hacemos interesadamente, para poder explicar la irritación de Jesús y para no vernos identificados en ellos.

S A L M O 24
(Salmo de la eucaristía de hoy)

Enséñame, Señor, tus caminos,
instrúyeme en tus sendas;
haz que camine con lealtad, enséñame,
porque tú eres mi Dios, mi Salvador,
y todo el día te estoy esperando.

Recuerda, Señor,
que tu ternura y tu misericordia son eternas,
no te acuerdes de los pecados
ni de los errores de mi vida entera,
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno, el Señor es justo.
Él enseña el camino a los pecadores,
Él hace caminar a los humildes con rectitud,
Él enseña su camino a los humildes.

José Enrique Galarreta


En la hora más difícil, la grandeza
José María Rodriguez Olaizola, SJ.

A veces en la hora más difícil aparecen destellos de lo más valioso del ser humano. El pasado 19 de septiembre un terremoto sacudió México. En Ciudad de México se derrumbaron bastantes edificios dejando sepultada a una gran cantidad de personas. La movilización comenzó. Miles de voluntarios se echaron a las calles para ayudar. Jóvenes y mayores haciendo cadenas de rescate, profesionales tratando de poner sus talentos al servicio de las víctimas… Gente peleando, sin descanso, contra el reloj, para intentar sacar con vida a quien aún resistiese bajo esas toneladas de vigas y cemento.

Si habéis seguido las noticias o ecos sobre lo ocurrido, sabréis que a los pocos días había en las redes bastantes artículos donde muchos mexicanos expresaban una mezcla de orgullo, admiración y reconocimiento de algo nuevo. Se habían visto empeñados en una causa común. Se habían reconocido en una generosidad que iba mucho más allá de conveniencias o cálculos, unidos en la tarea de salvar vidas. Se descubrieron sociedad (civil), más familia que bandos, se miraron con más compasión que desconfianza, se sintieron unidos en la necesidad, compartiendo un proyecto, un objetivo, una urgencia que dejaba de lado todos los otros horizontes. Y, aunque también había las tropelías, y las denuncias de costumbre (mala gestión, desvío de fondos, políticos haciéndose la foto, etc), más fuerte que esto era la sensación de comunidad.

Un país que, normalmente, en las noticias, está demasiado asociado a la violencia de los narcos, a la tragedia de esa inmigración incesante hacia el norte, o a la visceralidad en el debate público sobre casi cualquier tema, se reconocía ahora en otra dinámica: la gente normal, los que nunca copan titulares, protagonistas sin nombre conocido, afrontaban la tormenta. El fotógrafo del diario Reforma Alejandro Velázquez capturó en una imagen que se ha vuelto viral la fuerza de esa cadena humana capaz de plantar cara a la adversidad. La foto, de la gente, transportando alimentos para las víctimas bajo un aguacero, es poderosa. La comunidad resiste, se mantiene firme bajo la lluvia, sigue adelante. Porque el fin lo merece.

Es casi paradójico que, en este mundo egoísta, de muros y barreras, de exclusiones construidas por decreto, y de identidades levantadas sobre falsas tormentas, a veces tenga que ser un terremoto, con toda la tragedia que conlleva, lo que ayude a poner algunas cosas en su sitio.

José María Rodriguez Olaizola, SJ.


El impacto de Lutero en la Iglesia Católica
Jorge Costadoat, SJ. (Chile)

Martín Lutero debe ser el personaje más impresionante e influyente en los últimos 500 años en el Occidente cristiano. El año 1517 clavó 95 tesis reformistas en las puertas de la catedral de Wittenberg, comenzando así un distanciamiento progresivo de la Iglesia Católica romana. La ruptura final fue apurada por los conflictos políticos entre Carlos V, los príncipes alemanes y el papado.

Hoy las iglesias de la Reforma luterana y católica han avanzado notablemente en el camino de la reconciliación, tras años de discordias e incluso guerras religiosas. Ecumenismo se ha llamado el movimiento en búsqueda de la unidad perdida, movimiento que recibió un impulso formidable en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Es así que en distintas partes del mundo se conmemora todo lo que Lutero ha significado.

Hablo de lo que conozco más de cerca: el impacto positivo de la Reforma en la Iglesia latinoamericana. Este se deja ver en la importancia dada a partir del Concilio a la Palabra de Dios, al bautismo como el común denominador de la única Iglesia de Cristo, al carácter de servicio de los ministerios y cargos, a la libertad de los cristianos para pensar y expresarse y, por ende, a la posibilidad de exigir reformas religiosas. Los católicos agradecen a los luteranos todos estos valores, recuperados de la más antigua tradición de la Iglesia (cf. declaración conjunta: Del Conflicto a la comunión, 2013). Los protestantes, por su parte, tendrán que reconocer de los católicos que se es fiel a la Escritura cuando se la conserva en una tradición interpretativa que, para ser verdaderamente plural, requiere de una autoridad que cuide la comunión.

En particular conozco de cerca el influjo benigno de los protestantes en algunos movimientos ecuménicos y en las comunidades eclesiales de base de la Iglesia popular en América Latina. En nuestro medio hemos conocido al Movimiento carismático en el que mucha gente ha podido experimentar a un Dios cercano y amoroso, un Dios que sana, al que se le ora en el Espíritu Santo, Espíritu que une a la comunidad y le hace alabar con alegría. Algo parecido puede decirse de Fondacio, que además de estas características tiene una apertura enorme a todos tipo de personas y espiritualidades, y una gran aspiración de solidaridad social.

Siempre de un modo indirecto, el protestantismo ha inspirado a las comunidades eclesiales de base promovidas por la Iglesia latinoamericana y la Teología de la liberación. En ellas el ícono ha sido el pueblo sencillo con la Biblia en las manos. La Iglesia liberadora en América Latina puso la Escritura a disposición de los campesinos y obreros, de gente ignorada y explotada para que descubrieran que ella había sido escrita preferencialmente para ellos, para que creyeran en el Dios de la vida y de los pobres, el Dios que rechaza todo tipo de opresiones. Muchas de esas personas, de hecho, aprendieron a leer con la Biblia. Esta, probablemente en varios casos, fue único libro que hubo en sus casas. En la Iglesia popular latinoamericana la Palabra de Dios ha ayudado a los pobres a comprender sus vidas, a caer en la cuenta que la pobreza no es una fatalidad sino la consecuencia exacta de un tipo de capitalismo despiadado y a reconocer su igual valer con todos los seres humanos. Estos católicos han llegado a ser adultos gracias a su fe, adultez que algún día tendrían que adquirir el resto de los católicos, laicos, sacerdotes y obispos, víctimas del clericalismo que el Papa Francisco no se cansa de atacar.

Se cumplen 500 años de la Reforma. Bien haríamos los chilenos en levantar la mirada, dejar de lado por un rato las discordias por los episodios del último Te Deum, y agradecer a los hermanos y hermanas evangélicos todo lo que Chile les debe. Hagamos memoria de las personas que ellos han rescatado de las adicciones, de los enfermos y encarcelados que recibieron una palabra de esperanza, de los profetas que guitarra en mano, parados en las esquinas predicando en el desierto, nos han hecho creer que es posible un mundo mejor. Los que han podido participar en sus comunidades han conocido a un Dios que justifica gratuitamente, en concreto, que valida a las personas no por sus apellidos o su capacidad de consumo, sino porque Cristo las ama. A la tradición luterana se le debe en gran medida que los seres humanos nos validemos unos a otros por una dignidad trascendente.

Jorge Costadoat, SJ. (Chile)