sábado, 9 de septiembre de 2017

José Antonio Pagola - ESTÁ ENTRE NOSOTROS


José Antonio Pagola - ESTÁ ENTRE NOSOTROS

Aunque las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, son de gran importancia para la vida de las comunidades cristianas, pocas veces atraen la atención de comentaristas y predicadores. Esta es la promesa de Jesús: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Jesús no está pensando en celebraciones masivas, como las de la plaza de San Pedro en Roma. Aunque solo sean dos o tres, allí está él en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía; no hace falta que sean muchos los reunidos.

Lo importante es que «estén reunidos», no dispersos ni enfrentados: que no vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan «en su nombre»; que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del reino de Dios. Que Jesús sea el centro de su pequeño grupo.

Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de sus seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el «secreto» de toda comunidad cristiana viva.

Los cristianos no podemos reunirnos hoy en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir unas obligaciones religiosas. Seremos muchos o, tal vez, pocos. Pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano.

Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidades de Jesús. Nos reunimos para escuchar su Evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su Espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su Buena Noticia.

El futuro de la fe cristiana entre nosotros dependerá en buena parte de lo que hagamos los cristianos en nuestras comunidades concretas las próximas décadas. No basta lo que pueda hacer el papa Francisco en el Vaticano. Tampoco podemos poner nuestra esperanza en el puñado de sacerdotes que puedan ordenarse los próximos años. Nuestra única esperanza es Jesucristo.

Somos nosotros los que hemos de centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como la única fuerza capaz de regenerar nuestra fe gastada y rutinaria. El único capaz de atraer a los hombres y mujeres de hoy. El único capaz de engendrar una fe nueva en estos tiempos de incredulidad. La renovación de las instancias centrales de la Iglesia es urgente. Los decretos de reformas, necesarios. Pero nada tan decisivo como volver con radicalidad a Jesucristo.

23 Tiempo ordinario – A 
(Mateo 18,15-20)
10 de septiembre 2017

José Antonio Pagola 




SI SE PIERDE UN HERMANO...
Florentino Ulibarri

Si se pierde un hermano,
si se pierde un hijo,
si se pierde el vecino, el compañero,
el amigo o el enemigo...
¿qué he de hacer, Dios mío?

Lo buscaré sin descanso, día y noche,
por senderos, charcos y bosques,
playas y desiertos, montañas y valles,
pueblos y ciudades e inhóspitos lugares,
con mis pies cansados y corazón anhelante.

Lo llamaré, con mi voz rota, por su nombre
y no cejaré hasta encontrarlo y abrazarlo;
y le diré con ternura y pasión de hermano:
Estoy preocupado y angustiado por ti
y siento que nuestras vidas necesitan dialogarse.

Y si no se detiene y me da la espalda,
o hace oídos sordos a mis palabras,
o me desafía con los hechos o su mirada,
juntaré, antes que oscurezca, la ternura de dos o más
para ahogar su resistencia con fraternidad desbordada.

Y si el fuego de tu Espíritu y de los hermanos
no hace mella en sus gélidas entrañas,
juntaré centenares de cálidos hogares
para que alumbren su noche oscura
y derritan sus hielos invernales.

Y si tal torrente de ternura, gracia y respeto
no doblega su tronco altivo y yermo,
lo cubriré con mi ropa para protegerlo
y lo lavaré sin descanso con mis lágrimas
hasta cicatrizar sus heridas y devolverle la alegría.

Y si a pesar de ello no sigue tu camino,
le perdonaré como tú nos enseñaste;
y si es preciso me convertiré en rodrigón
de su vida, historia y suerte,
renunciando a otros proyectos personales.

Y así ganaré a mi hermano
y la vida que nos prometiste.

¡Bendito seas, Señor, que nos haces fuertes
para curar y ser curados, hoy y siempre,
para amar al hermano y ser por él amados!
¡Bendito seas, Señor, por invitarnos a crear,
vivir, salvar y cultivar la fraternidad!

Florentino Ulibarri 



¿POR QUÉ NOS INTERESA TAN POCO EL BIEN ESPIRITUAL DE LOS DEMÁS?
Fray Marcos
Mt 18, 15-20

Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mt comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros de la comunidad. Hay que notar que este texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida, que termina con la frase: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. El tema de hoy no es el perdón. Los textos lo dan por supuesto y van mucho más allá al tratar de ganar al hermano que ha fallado.

Lo que nos relata el evangelio de hoy es seguramente reflejo de una costumbre de la comunidad de Mt. Se trata de prácticas que ya se llevaban a cabo en la sinagoga. En este evangelio es muy relevante la preocupación por la vida interna de la comunidad (Iglesia). El evangelio nos advierte que no se parte de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos.

En la primera frase tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado a nosotros distintas versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Lo que está claro es que ninguna de estas versiones se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al pecar contra ti, debía corresponder el perdón. El próximo domingo, Jesús dirá a Pedro que tiene que perdonar ‘setenta veces siete’.

“Si tu hermano peca”, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado, sencillamente porque no existía. La práctica penitencial de los primeros siglos se fue desarrollando en torno a los pecados contra la comunidad. No se tenía en cuenta, ni se juzgaba la actitud personal con relación a Dios, sino el daño que se hacía a la comunidad. La respuesta de la comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado, sino su relación con la comunidad, que tiene que velar por el bien de todos sus miembros.

“Atar y desatar”. Es una imagen del AT muy utilizada ya por los rabinos de la época; aquí se refiere a la capacidad de aceptar a uno en la comunidad o de excluirlo de ella. Así lo entendieron también las primeras comunidades, cuyos miembros eran todos judíos. El concepto de pecado, como ofensa a Dios que necesita también el perdón de Dios, tal como lo entendemos hoy, no fue objeto de reflexión en la primera comunidad. No se trata de un poder conferido por Dios para perdonar las ofensas contra Él.

“Todo lo que atéis en la tierra...” Hace dos domingos, el mismo Mt decía exactamente lo mismo, referido a Pedro. ¿Cuál de los dos textos estará en la verdad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mt no se encuentra un sólo dato que haga pensar en una autoridad que toma decisiones. Teniendo en cuenta el contexto, podemos concluir, que son las personas individuales las que tienen que acatar el parecer de la comunidad y no al revés, como se nos quiere hacer ver.

“Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta (está en medio) cuando hay por lo menos dos (comunidad). La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga patente. Hoy sabemos que también las relaciones con los animales e incluso con la naturaleza tienen que ser verdaderamente humanas. Se trata de estar identificados con la actitud de Jesús, es decir, buscando únicamente el bien del hombre, de todos los seres humanos, también de los que no pertenecen al grupo.

Es imposible cumplir hoy ese encargo de la corrección fraterna porque está pensado para una comunidad, donde se han desarrollado lazos de fraternidad y todos se conocen y se preocupan los unos de los otros. Lo que hoy falta es precisamente esa comunidad. No obstante, lo importante no es la norma concreta, que responde a una práctica de la comunidad de Mt, sino el espíritu que la ha inspirado y debe inspirarnos a nosotros la manera de superar los enfrentamientos a la hora de hacer comunidad.

La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios y con los demás. Insiste en que hay que agotar todos los cauces para hacer salir al otro de su error, pero una vez agotados todos los cauces, la solución no es la eliminación del otro, sino la de apartarlo, con el fin de que no siga haciendo daño a la comunidad. La solución final manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si la comunidad tiene que apartarlo es que no tiene capacidad de integrarlo.

El sentido de la comunidad es la ayuda mutua en la consecución de la plenitud del hombre. La Iglesia debe ser sacramento (signo) de salvación para todos. Hoy día no tenemos conciencia de esa responsabilidad. Pasamos olímpicamente de los demás. Seguimos enfrascados en nuestro egoísmo incluso dentro del ámbito de lo religioso. El fallo más letal de nuestro tiempo es la indiferencia. Martín Descalzo la llamó “la perfección del egoísmo”. Otra definición que me ha gustado es esta: “es un homicidio virtual”. Seguramente es hoy el pecado más extendido en nuestras comunidades.

Cualquier persona que vaya, sin saberlo, por un camino equivocado, agradecería que alguien le indicara su error y le mostrara el verdadero camino. Si una persona que camina por la carretera hacia Andalucía, te dice que se dirige a Santander, le harías ver que está equivocado. Si al hacer hoy la corrección fraterna, damos por supuesto que el otro tiene mala voluntad, (concepto moderno de pecado) será imposible que te acepte la rectificación. Desde esa perspectiva estás dando por supuesto que tú eres bueno y el otro malo.

La corrección fraterna no es tarea fácil, porque el ser humano tiende a manifestar su superioridad. En este caso puede suceder por partida doble. El que corrige puede humillar al corregido queriendo hacer ver su superioridad moral. Aquí tenemos que recordar las palabras de Jesús: ¿Cómo pretendes sacar la mota del ojo del tu hermano, teniendo una viga en el tuyo? El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez humana no fácil de alcanzar.

Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla en realidad es la capacidad de los cristianos para convencer al otro de su equivocación, y que siguiendo por ese camino se está apartando de la meta que él mismo pretende conseguir. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del corregido. No solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta. Apartado de los demás, ningún hombre conseguiría el más mínimo grado de humanidad.

Meditación

La máxima manifestación de desamor es la indiferencia.
Camuflarla, bajo el manto de respeto o tolerancia, es cobardía.
Si no me comprometo con el bien espiritual del otro,
es que su presente y su futuro me importan un comino.
Debo ir al encuentro del otro para ayudarle a ser él mismo,
sin juzgarle, sin tener en cuenta su bondad o maldad.
Si no busco sinceramente el bien del hermano.

Fray Marcos



MI PADRE ME QUIERE, MIS HERMANOS ME NECESITAN
José Enrique Galarreta
Mt 18, 15-20

Es parte de una recopilación de "dichos del Señor", que reúne tres mensajes completamente diferentes:
o La corrección fraterna
o Atar y desatar
o La oración en común

Los tres son frases más bien sacadas de sus contextos, y ninguno de los tres tiene la trascendencia teológica que a veces se les ha dado. Vamos a comentarlos muy brevemente:

La corrección fraterna
Algunas comunidades la han aplicado estrictamente así: en privado, con testigos, ante toda la comunidad. Puede ser un uso habitual de la comunidad de Mateo pero ciertamente no es un precepto funda-mental de Jesús. Su aplicación o modificación en nada afecta a los grandes mensajes del Evangelio.

Atar y desatar
Lo único que puede interesarnos de este dicho es que se dirige a todos los discípulos, no solo a Pedro ni siquiera a los Doce. Esto nos lleva a reflexionar sobre la ligereza con que puede cimentarse el Primado de Pedro en un texto sin tener en cuenta otros paralelos, pero también a recordar que para Jesús es fundamental que sus discípulos, la Iglesia, tienen el compromiso de hacer presente en el mundo el Espíritu de Dios.

La oración en común
Aplicar este texto de modo indiscriminado a la eficacia de la oración, como si se nos ofreciera un conjuro poderoso por medio del cual conseguimos que Dios haga en todo nuestra voluntad, no tiene nada que ver con la oración de Jesús ni con la aceptación de la voluntad de Dios. Es sin más una exhortación a la oración en común.

Solemos utilizar este texto en nuestras reuniones: Jesús en medio de la comunidad de creyentes. No por una presencia mítica o fantasmal, sino porque nos reunimos como creyentes, y hacemos presente el espíritu de Jesús, que es lo que nos une, lo que nos hace comunidad.

REFLEXIÓN
Los textos del evangelio ofrecen hoy escasa materia de reflexión. Nos dedicamos al comentario de la segunda lectura, que presenta un tema tan básico.

Algunos piensan hoy que, al insistir en la caridad, hemos ablandado la religión: antes todo era pecado, ahora ya nada es pecado; antes había infierno, ahora ya no lo hay; antes Dios era Juez, ahora resulta que perdona a todos ... Quien piense así no se ha enterado de nada. Lo que está proponiendo Jesús no es un ablandamiento de la Ley sino un cambio de motivación. Y resulta que los nuevos motivos son mucho más exigentes. El amor es mucho más exigente que la Ley. La Buena Noticia es, a la vez, lo más tranquilizador y lo más exigente del mundo.

La definición misma del ser humano depende de su relación con Dios y, por tanto, del conocimiento de Dios. La esencia de La Buena Noticia es la revelación de Dios. Dios = Abbá lo cambia todo. Juan lo expresa en el terreno de los conceptos: Dios es amor.

Jesús no lo dijo así, sino con una parábola: Dios es mi Abbá. Abbá indica qué clase de amor es el de Dios: el de los padres que por puro amor ponen a un ser en el mundo, lo sacan adelante y lo quieren más cuanto más les necesita. Como siempre, la parábola expresa mucho más que el concepto.

La parábola de Abbá define también al ser humano: es hijo. Le hace falta saberlo y, a partir de ahí, comportarse como tal. Hijo, no asalariado: responsable de las cosas de su padre, porque son las suyas. No trabaja por miedo, ni por deseo de premio ni por temor de castigo. La revelación "soy hijo" cambia la motivación de su vida. El padre y los hermanos definen su personalidad.

En una relación ideal padre-hijo-hermanos no hay lugar para cumplimientos ni para mínimos. El amor entre las personas hace que las obligaciones, lo mandado, sean expresión del cariño. El amor mutuo hace que lo obligatorio sea siempre mucho menos de lo que se desea hacer por los otros. No hay padres que se limiten a cumplir sus obligaciones. No hay relaciones entre hijos y hermanos que se basen en la justicia.

El resumen de la Buena Noticia es por tanto un gozoso descubrimiento: "Mi padre me quiere, mis hermanos me necesitan". Y, al contrario, yo necesito de ellos, de padre y de madre y de hermanos: y sé que puedo contar con su cariño. Eso es, precisamente eso, una comunidad cristiana, formada por su fe en Abbá, que produce amor fraternal.

Cuando decimos que todos los mandamientos se resumen en "Amar a Dios y al prójimo" lo expresamos con una fórmula torpe. Amar a Dios no es un mandamiento; amar al prójimo no es un mandamiento; amar no puede ser nunca Ley, a no ser que se entienda como una ley física o biológica, una necesidad que va con nuestra misma naturaleza. Sentirse amado por Dios, sentirse hijo, se convierte para el creyente en su ley biológico-espiritual, su manera de ser: es un motor para vivir de otra manera, que podemos especificar así:

§ Respecto a Dios: con una inmensa confianza. Desapareció el miedo. Nadie teme a su madre. Lo único que temo es disgustarle, porque le quiero. Es hora de que enterremos al dios/juez, que tan útil es para amenazar, y tan inoperante para motivar a una persona humana.

§ Respecto a mí mismo: con un inmenso sentido de la dignidad y la responsabilidad. No me conformo con menos, no hago lo que no es digno de mi padre. Y "las cosas de mi padre" son mis cosas. Ésta es la fundamentación sana de la ascesis, de mejorar día a día, de no conformarse con los propios pecados. Dar la talla, ser un hijo que colme la expectativas de mi padre.

§ Respecto a los demás: les quiero como hermanos, aunque no me caigan bien. No se trata de apreciarlos por sus cualidades. Les quiero. Por ellos, cualquier cosa. Porque mi padre no está; a él, a su cariño, no puedo responderle directamente. Pero sus hijos, mis hermanos, sí que están. Y para lo que necesiten, ahí estoy yo.

Si alguien ha pensado alguna vez que fundar la religión en el amor es menos eficaz que fundarla en el miedo, no se ha enterado de nada. Y sin embargo, algunas concepciones pastorales parecen plantearse de modos muy lejanos a éste. Ortodoxia, diez mandamientos (sin insistir en su resumen) y cumplimiento del culto. Cumplido esto, premio. No cumplido, castigo.

Otras pastorales, o al menos convicciones de gente que se dice cristiana, fundan su mediocridad en la bonachonería del Padre. Más que Padre es un juez olvidadizo y manga ancha.

Los dos extremos son caricaturas. El primero subraya la exigencia, pero la funda mal. El segundo cree entender a Dios, pero lo deforma.

Jesús es el modelo de Hijo. Conoce a Abbá, se siente hijo, se da a los hermanos. ¿Podemos pensar en Jesús trabajando por deseo de premios o temor de castigos? ¿Necesita Jesús el "no matarás", "no fornicarás", "no robarás", "no mentirás" ... ?. Realmente, en Jesús se hace visible que todos los mandamientos se resumen en amar al Padre y a sus hijos.

O R A C I Ó N
De la carta a los romanos. (8:19-26; 31-38)
La creación entera aspira a la revelación de los hijos de Dios
con la esperanza de ser liberada, ella también,
de la esclavitud de la corrupción,
para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios.

En efecto, nosotros lo sabemos:
toda la creación hasta este día gime como en trance de parto.
Y no sólo ella:
nosotros mismos que poseemos las primicias del Espíritu,
gemimos también interiormente
esperando la redención de nuestra vida.

¿Qué decir después de esto?
Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?.
El, que no ha escatimado a su propio Hijo
sino que lo ha entregado por todos nosotros
¿cómo no nos va a conceder con El todo favor?

¿Quién será el acusador de los que Dios ha elegido?
A los que Dios justifica, ¿quién los condenará?.
¿Acaso Jesús, el que ha muerto, qué digo muerto,
el que ha resucitado y está a la diestra de Dios
e intercede por nosotros?
¿Quién nos separará del amor de Jesús?
¿La tribulación, la angustia, la persecución,
el hambre, la desnudez, ,los peligros, la espada? ....
Pero en todo esto, no tenemos la menor dificultad en triunfar
por Aquel que nos ha amado.

Sí, estoy seguro, ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades,
ni presente ni futuro ni poder alguno,
podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.


José Enrique Galarreta, SJ. (QEPD)



¡QUÉ FÁCIL ES CRITICAR, QUÉ DIFÍCIL CORREGIR!
José Luis Sicre

La formación de los discípulos
A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2º, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3º, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna
Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán
Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación
1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).
2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los "grandes" sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).
4) «El que calumnia a los "grandes", que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea (...) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad... que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos
«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año...»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los "grandes" será castigado treinta días».

José Luis Sicre



Demonios

Nos rodean, nos entrampan
con fuegos de artificio,
nos muerden por dentro.
Sus nombres son envidia,
soberbia, desprecio, violencia,
prepotencia, burla, vacuidad,
abuso…
Nos ciegan,
aturullan con su discurso
incesante, con su lógica aparente.
Nos envuelven en razones.
Y, sin apenas darnos cuenta,
nos asolan y alejan a unos de otros.
Camuflan el dolor de indiferencia,
y adornan la nostalgia con risas fáciles.

Señor de la verdad desnuda,
del amor posible,
de la justicia auténtica
Dios con rostro humano, 
hombre que apunta a Dios…
Rompe las cadenas
y líbranos del mal. 
Amén.

(José María R. Olaizola, sj)
Rezando voy





Francisco, el Papa jesuita
Francisco de Roux, S.J.

La visita del Papa es para el pueblo católico de Colombia una fiesta espiritual para acrecentar la fe y ganar en fraternidad, una oportunidad de unión en la esperanza con quienes, desde otras religiones y caminos, buscan el sentido profundo de la vida y, para todas y todos, un momento único para reconciliarnos más allá de las polarizantes luchas políticas.

Para comprender mejor al Papa hay que tener en cuenta su dimensión jesuita, con lo que tiene de valor y de límite. Tuvo una seria formación espiritual y fue maestro de novicios, con disciplina universitaria fue profesor y rector del centro de estudios de teología y filosofía, y después provincial de los jesuitas de Argentina. Participó en las controversias y búsquedas de sus compañeros después del Concilio. No aceptó el método marxista para analizar problemas sociales, pero siempre estuvo con los pobres y contra el consumismo capitalista y las desigualdades.

Ser jesuita significa reconocer la presencia actuante de Dios en todos los seres humanos y en los acontecimientos del universo. Y tener conciencia de que uno no posee a Dios para llevarlo a la gente que no lo tiene, sino que la tarea es colaborar con Dios, que ya está abriéndose paso en toda mujer y todo hombre, no importan sus creencias, para ayudar a todos a ser mejores seres humanos. Por eso el respeto de Francisco por las personas.

Ser jesuita es estar en continuo discernimiento de lo que nos quiere decir Dios en esta historia, desde la perspectiva de Jesús: desprendido de intereses de riqueza, poder y prestigio; compasivo con los excluidos y las víctimas de las guerras; misericordioso con quien se equivoca, apasionado por la justicia, entregado a la paz y la reconciliación, y llevado por el amor que da la vida por los demás.

Y Francisco todos los días hace este discernimiento que le muestra al jesuita la propia fragilidad ante el desafío. Es un pecador. Necesita de la fuerza de Dios y del apoyo de los demás para ser fiel a la tarea. Por eso pide que oremos por él.

Colocado en el corazón de la Iglesia, el jesuita sabe que la Iglesia está al servicio de la comunidad humana. Por eso, Francisco busca el bien común, el de la ética política grande, lejana de rivalidades grupales, que nos exige luchar para que todos tengan las condiciones para vivir en dignidad. E invita a sus compañeros a sentir con la Iglesia en la alegría del Evangelio, no para justificar posiciones discutibles sino para abrir, en ella y con ella, el espacio para el Espíritu.

El día que entró de jesuita, Jorge Mario Bergoglio aceptó unirse para siempre a un grupo de “hombres despojados de sus propios afectos, muertos a sí mismos para vivir para la justicia...”. Y respondió afirmativamente cuando le preguntaron si tenía “el deseo de aborrecer en todo y no en parte cuanto el mundo ama y abraza, y de admitir y desear con todas sus fuerzas posibles cuanto Cristo nuestro Señor ha amado y abrazado”. Y aceptó que “en contra de honores, fama y estimación de mucho nombre en la Tierra deseaba intensamente vestirse de la misma librea de su Señor... hasta pasar injurias, falsos testimonios, afrentas y ser tenido y estimado por loco (no dando ocasión alguna de ello) por desear parecer e imitar en alguna manera a Jesucristo”.

Este es Francisco, quien invitó a sus compañeros jesuitas en noviembre pasado a llegar a las periferias a donde otros no llegan, a tener como propio el consolar al pueblo fiel y ayudar con el discernimiento a que “el enemigo de natura humana” no nos robe la alegría. A estar presentes en los lugares donde hay dolor. A llevar la misericordia a los más pobres, a los pecadores, a los “sobrantes” y crucificados; a buscar la verdad con seriedad, libertad y coraje, y a estar al lado de los que sufren la injusticia y la violencia.





ABRAZAR A UN MUSULMÁN
J. I. González Faus, SJ.

“Necesito abrazar a un musulmán”. Esas palabras del padre del pequeño Xavi (muerto en el atentado del día 17), junto a la foto del abrazo con el musulmán que llora, rebosan tesoros de humanidad que necesitamos saborear.

El bien siempre tiene más peso y más entidad que el mal: una pepita de oro  vale más que un montón de basura. Un gramo de bondad pesará siempre más que un kilo de maldad: pues la bondad es inmortal y la maldad es perecedera por autodestructiva. Y en aquel abrazo, o en la necesidad de darlo, había más de un gramo de bondad.

En teología se habla de la autonomía del mundo: en contra de lo que quisieran muchos beatos baratos, Dios no interviene en la marcha de las cosas para arreglarlas a nuestro gusto; sólo interviene en nuestro interior para ayudarnos a afrontar las cosas. Como Jesús en Getsemaní: que no salió de allí liberado de lo que se le venía encima, pero sí con fuerza para asumirlo.

Si queremos redimir el 17A hemos de procurar sacar lo mejor de cada uno. Es humanamente inevitable que haya reacciones mezquinas, y las hubo (aprovechar el atentado para culpar a quien no piensa como yo; o para ponerse medallas nacionales o hacer juicios de intenciones sobre informaciones que se han dado, -y debían darse-…): pero ésa es nuestra pasta humana. Y en esa noche de nuestra vulgaridad, brillan como estrellas bien nítidas las palabras del padre de Xavi: “necesito abrazar a un musulmán”, y el rostro lloroso del imán que le abrazaba. Pocos sabrán ya que, cuando la pasada guerra de independencia de Argelia, un militante del FLN que había sido bárbaramente torturado por la policía francesa, pidió al salir de la cárcel escuchar un rato de música occidental, “para poder reconciliarse con Europa”. En esas reacciones, y sólo en ellas, late nuestro mejor futuro. A ellas puede ayudarnos un par de aclaraciones: una más religiosa y otra más socioeconómica.

a.- Cuando se planteó el problema de la pluralidad de religiones en la tierra, se lo quiso resolver simplistamente con el eslogan: “todas las religiones coinciden en Dios”. Pero parece evidente que el dios de los asesinos del Daesh no es el Dios del imán de Rubí, ni el de los cristianos: evoquemos la frase del gran novelista peruano José Mª Arguedas: “el dios de los señores es distinto”… Sería más exacto decir que todas las religiones coinciden en la búsqueda de Dios, o de espiritualidad: pues Dios es alguien que, aun después de revelado (si es que se ha revelado), sigue siendo Aquel al que “nadie ha visto nunca” (Juan 1,18); aquel de quien decía Tomás de Aquino que el único nombre que podemos darle es el de Innombrable; y de quien enseñó un concilio medieval: “nunca diremos de Él nada con tanta verdad que no contenga más mentira”. Aquel del que sólo sabemos que nos ama y, desde su amor, nos invita a confiar en su Misterio.

En esa búsqueda, y sólo en ella, pueden coincidir las religiones. Y esa busca llevaría a preguntarnos cómo tratamos a los amados de Dios que son los seres humanos, sobre todo los condenados de la historia.

b.- El verdadero conflicto no está hoy entre cristianos y musulmanes, sino entre occidentales y árabes; y no es bueno que lo religioso sirva para enmascarar esa otra cuestión. A propósito de un escrito anterior más largo (Pasión de Barcelona, pasión del mundo) y que circuló por ahí en whatsapps y demás, me escribió alguien más metido que yo en el mundo de lo económico, que una de las causas que nos vuelven odiosos (y que yo no mencionaba) es que los occidentales necesitamos el petróleo que está en los países árabes y obligamos a éstos a plegarse a nuestras exigencias; que la distribución de los beneficios del petróleo es descaradamente desigual en favor nuestro, y que ya en un memorial del nefasto H. Kissinger, en 1974, EEUU reclamaba “las riquezas minerales del tercer Mundo para sí y sus multinacionales”. Y me remitía a la “web” de la OPEC donde hay un gráfico titulado: “who got what from a liter of oil” (qué saca cada quién de un  litro de petróleo)…

En este mundo imperialista y vengativo, el padre de Xavi necesitaba abrazar a un musulmán; como yo necesito que me abrace un musulmán, necesito abrazar a Raquel, la profesora de los chavales terroristas de Ripoll, aunque no la conozco y aunque sea sólo digitalmente: porque nuestro espíritu tiene dimensiones para las que el cuerpo resulta ya impotente. Quizá todos necesitemos abrazarnos pero precisamente ahora. No cuando el Barça gane un partido o tonterías de ésas.


Que se abracen pues un texto musulmán y otro cristiano: “Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas religiosas… porque profeso la religión del amor y voy a donde me lleva su cabalgadura. Pues el amor es mi credo y mi fe” (Ibn Arabí). “Si alguien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano al que ve, es un mentiroso” (1ª Jn, 4, 12-21).

J. I. González Faus, SJ.