viernes, 18 de agosto de 2017

José Antonio Pagola - JESÚS ES DE TODOS


José Antonio Pagola - JESÚS ES DE TODOS

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús, aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija «maltratada por un demonio». Sale al encuentro de Jesús dando gritos: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David».

La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: «Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».

La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y, de rodillas, con un corazón humilde, pero firme, le dirige un solo grito: «Señor, socórreme».

La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad «perros» a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: «No está bien echar a los perrillos el pan de los hijos». Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: «Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los «perros» paganos. Jesús parece pensar solo en las «ovejas perdidas» de Israel, pero también ella es una «oveja perdida». El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.

Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla como deseas». Esta mujer está descubriendo a Jesús que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente, aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una «fe grande», no la fe pequeña de sus discípulos, a los que recrimina más de una vez como «hombres de poca fe». Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe, aunque viva fuera de la Iglesia. Todos podrán encontrar en él un Amigo y un Maestro de vida.

Los cristianos hemos de alegrarnos de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.

20 Tiempo ordinario - A
(Mateo 15,21-28)
20 de agosto 2017

MUJER CANANEA
Florentino Ulibarri

Era mujer, extranjera,
y madre sufriente
viendo cómo estaba lo que más quería,
la hija nacida de sus entrañas.

El evangelista nos narra,
sin eufemismos ni edulcorantes,
su encuentro contigo
cuando saliste de las fronteras patrias.

Su lectura siempre me intriga y sorprende,
y me deja con la sensación de no entender nada.
Mas no quiero que me lo expliquen,
ni que me lo maticen,
ni que me lo contextualicen
poniéndote aureola de luces, Señor.
La escena perdería su encanto,
y no rompería nuestros esquemas
respecto a lo divino y a lo humano,

Así, tal como nos la han transmitido,
suena a escándalo,
pero quizá sólo así sea manantial de gracia
y un gran regalo.

Porque, ¿qué es, sino gracia,
lo que esa madre cananea
nos enseña con su actitud y fe?
¿Qué es, sino gracia,
ver cómo podemos influirte?
¿Qué es, sino gracia,
descubrir la fuerza de nuestra oración?
¿Qué es, sino gracia
constatar cómo tú cambias
ante nuestra testaruda insistencia?
¿Qué es, sino gracia,
percibir que nunca están las puertas
de tu corazón cerradas?
¿Qué es, sino gracia,
terminar siendo tratados como hijos
aunque seamos extranjeros?
¿Qué es, sino gracia,
saber que hasta los “perrillos”
tienen alimento y derecho en casa?

¡Que no me cambien ni expliquen este evangelio!
Quiero sentir el escándalo
de tu propio proceso divino y humano.

Florentino Ulibarri



UN AUTÉNTICO DIÁLOGO QUE ENRIQUECE A AMBOS
Fray Marcos
Mt 15, 21-28

Hoy las tres lecturas y hasta el salmo van en la misma dirección: La salvación universal de Dios. El tema de la apertura a los gentiles fue de suma importancia para la primera comunidad. Muchos cristianos judíos pretendían mantener la pertenencia al judaísmo como la marca y seña de la nueva comunicad, conservando la fidelidad a la Ley. Esta postura originó no pocas discusiones entre los discípulos y no se vio nada claro hasta pasado casi un siglo de la muerte de Jesús. Por eso es tan importante este relato.

Mateo relata este episodio inmediatamente después de una violenta discusión de Jesús con los fariseos y letrados, acerca de los alimentos puros e impuros. Seguramente la retirada a territorio pagano está motivada por esa oposición. Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un tiempo de los lugares donde le estaban vigilando. El relato pretende romper con los esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener: Judío=creyente y extranjero=pagano y ateo.

El evangelista no pretende satisfacer nuestra curiosidad sobre un acontecimiento más bien anodino. Quiere dejar claro, que si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la comunidad aunque sea “pagana”. Es un relato magistral que plantea el problema desde las dos perspectivas posibles. En él se quiere insistir tanto en la actitud abierta de los cristianos como en la necesidad de que lo paganos vinieran unas disposiciones adecuadas de reconocimiento y humildad.

Los perros son considerados impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena, es lo que más se aproxima a la idea de perro inmundo. Pero hay gran diferencia entre los perros salvajes y los de compañía que son considerados como familia. A esta diferencia se aferra la mujer para salir airosa. Jesús no podía prescindir de los prejuicios que el pueblo judía arrastraba. Jesús tenía motivos para no hacer caso a la Cananea; pero nos encontramos con un Jesús dispuesto a aprender, incluso de una mujer pagana.

En el AT hay chispazos que nos indican ya la apertura total por parte de Dios a todo aquel que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: "A los extranje­ros que se han dado a Señor les traeré a mi monte santo". No cabe duda de que Jesús participa de la mentalidad general de su pueblo, que hoy podíamos calificar de racista, pero que, en tiempo de Moisés, fue la única manera de garantizar su supervivencia.

Gracias a que para Jesús la religión no era una programación, fue capaz de responder vivencialmente ante situacio­nes nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias le hicieron ver que solo puede uno estar con Dios si está con el hombre. Las enseñanzas de Jesús no son más que el intento de comunicarnos su experiencia personal de Dios. Pero para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús, como todo hombre, no tuvo más remedio que aprender de la experiencia.

Jesús toma en serio a la mujer Cananea; no como los discípulos. El texto litúrgico quiere suavizar la expresión de los discípulos y dice ‘atiéndela’. Pero el “apoluson” griego significa también despedir, rechazar; exactamente lo contrario. La respuesta de Jesús: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, no va dirigida a los apóstoles, sino a la Cananea. La dureza de la respuesta no desanima a la mujer, sino todo lo contrario. Le hace ver que el atenderla a ella no va en contra de la atención que merecen los suyos.

Por ser auténtico y sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Jesús aprende y la cananea también aprende. Se produce el milagro del cambio en ambos. Lo que este relato resalta de Jesús, es su capacidad de reacción. A pesar de su actitud inicial, sabe cambiar en un instante y descubrir lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer, aparentemente ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le siguen desde hace tiempo.

Jesús es capaz de cambiar su actitud porque la Cananea demuestra una sensibilidad mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que debía superar sus prejuicios. Aprendió que hay que proteger ante todo a los débiles; una idea femenino-maternal. Le sorprendió la confianza absoluta que en él tenía la mujer; otro valor femenino. Lo que más maravilla en el relato es la capacidad de Jesús de aceptar, es decir, hacer suyos los valores femeninos que descubre en aquella mujer. Jesús descubre su "anima" y la integra.

La mujer representa a todos los que sufren por el dolor de un ser querido. La profunda relación entre ambas impide delimitar donde empieza el problema de su hija. La madre es también parte del problema; de hecho le dice; socórreme. La enfermedad de la hija no es ajena a la actitud de la madre. Curar a la madre supone curar a la hija. La enfermedad de la hija nos hace pensar en problemas de relación materno-filial. Cuando la madre se encuentra a sí misma con la ayuda de Jesús, se soluciona el problema de la hija.

Los cristianos hemos heredado del pueblo judío el sentimiento de pueblo elegido y privilegiado. Estamos tan seguros de que Dios es nuestro, que damos por sentado que el que quiera llegar a Dios tiene que contar con nosotros. Esta postura que nos empeñamos en mantener, es tan absurda y está tan en contra del evangelio de Jesús, que me parece hasta ridículo tener que desmontarlo. Todos los seres humanos son iguales para Él.

Juzgar y condenar en nombre de Dios, a todo el que no pensaba o actuaba como nosotros, ha sido una práctica constante en nuestra religión a través de sus dos mil años de existencia. Va siendo hora de que admitamos los tremendos errores cometidos por actuar de esa manera. Debemos reconocer, que Dios nos ama a todos, no por lo que somos, sino por lo que Él es. Esta simple verdad bastaría para desmantelar todas nuestras pretensiones de superioridad y como consecuencia, todo atisbo de intolerancia y rechazo.

El texto nos enseña que ser cristiano es acercarse al otro, superando cualquier diferencia de edad, de sexo, cultura o religión. El prójimo es siempre el que me necesita. Los cristianos no hemos tenido, ni tenemos esto nada claro. Nos sigue costando demasiado aceptar a “otro”, y dejarle seguir siendo diferente; sobre todo al que es “otro” por su religión. Tenemos que aprender del relato, que el que me necesita es el débil, el que no tiene derechos, el que se ve excluido. También en este punto está la lección sin aprender.

Debemos aceptar, como la Cananea, que muchas de las carencias de los demás, se deben a nuestra falta de compromiso con ellos. Sobre todo en el ambiente familiar, una relación inadecuada entre padres e hijos es la causa de las tensiones y rechazo del otro. Muchas veces, la culpa de lo que son los hijos la tienen los padres por no ponerse en su lugar e intentar comprender sus puntos de vista. El acoger al otro con cariño y comprensión podía evitar muchísimas situaciones que pueden llegar a ser crónicas y por lo tanto enfermizas.

Meditación-contemplación

La Cananea tiene una confianza ilimitada en Jesús.
Esa confianza no se fundamenta en lo que yo soy,
sino en lo que Dios es en mí
y para todos los seres humanos sin excepción.
Mi relación con un dios abstracto será siempre ilusoria.
El verdadero Dios está en mí y está en el otro.

Fray Marcos



LOS VALORES HUMANOS ESENCIALES
José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)
Mt 15, 21-28

Parece que Jesús, en su predicación itinerante, sale algunas veces de los confines de Galilea, a tierra de paganos, quizá porque su situación en Galilea se está volviendo incómoda, incluso peligrosa por el "interés" de Herodes.

Se trata por tanto de un texto significativo: Jesús tiene conciencia de que Dios le envía a Israel, pero que se dedique solamente a Israel no es tan intocable como a veces se quiere presentar. De hecho sus contactos con la Samaritana, con el centurión, muestran bien a las claras que aunque se siente enviado prioritariamente a Israel, de ninguna manera excluye a los no-israelitas.

Es notable también el paralelo de esta curación y la del siervo del centurión por la exclamación, casi idéntica de Jesús ("grande es tu fe, no he hallado tanta fe en Israel") que se pone como desencadenante de la curación.

Nos suele extrañar la dureza de la negativa de Jesús a atender a la mujer, y nos disuena especialmente la expresión "los perros", aplicada al menos metafóricamente a los no-israelitas. La expresión sin embargo es menos dura en el original y en su contexto cultural. ("Perro" tiene para nosotros una connotación negativa, que no tenía en aquel contexto).

Jesús se siente enviado prioritariamente a Israel, y eso es lo que expresa en el texto, pero siempre que se da un acto de fe en él por parte de cualquiera, israelita o pagano, atiende la petición. Es notable la expresión referente al centurión: "Os aseguro que no he encontrado tanta fe en Israel". Esta va a ser la línea fundamental de Pablo: no importa el ser Israelita o no serlo, sino creer o no creer en Jesús.

Mateo, por otra parte, ha agudizado el rechazo a la extranjera. El suceso original parece haber sido bastante inverso: Jesús está en tierra de paganos y entra en una casa de paganos, y atiende a la solicitud de una mujer pagana. Es probablemente el escándalo de esta actitud de Jesús lo que motiva que Mateo ponga tanto énfasis en el rechazo inicial de Jesús, mucho más libre de lo que la mentalidad –fuertemente judaica– de Mateo y su comunidad son capaces de asimilar.

Varias vías de reflexión nos ofrece el evangelio de hoy. La primera, bien acompañada por la primera lectura, es la universalidad del mensaje de Jesús. Todas las personas "religiosas" sentimos la tentación de considerar el mensaje, y aun a Dios mismo, como "propiedad". Fue uno de los pecados nacionales de Israel, que les llevó a tenerse por "el pueblo elegido", entendido como "pueblo privilegiado". Jesús rompe definitivamente con esta "apropiación", y va más allá.

Nuestro único "privilegio" es, por supuesto, un compromiso mayor, haber sido llamados a una misión que a los ojos humanos no tiene nada de apetecible porque compromete la vida entera. Más a fondo, la apertura del Reino a todos, no sólo a Israel, significará una concepción diferente de la Historia. La Ley, el Templo, la Circuncisión, el Sábado... fueron buenos e incluso temporalmente necesarios, pero no son definitivos.

Jesús rompe con religiosidades de arraigo secular. El vino nuevo de Jesús no puede ser contenido en los odres viejos de la Ley Mosaica, ni siquiera en la Ley perfectamente entendida y observada. Es el drama de las primeras generaciones cristianas tan bien reflejado en los Hechos de los Apóstoles, cuya tesis será precisamente que no hay que hacerse judío ni pertenecer al "pueblo de la Alianza" para ser seguidor de Jesús.

Pero hay más aún. La cananea y al centurión provocan la alabanza de Jesús por su fe. Y está bien claro que estos dos personajes no son israelitas. Hay fe fuera de Israel, Jesús provoca y reconoce la fe fuera del marco del Pueblo de Dios. Esto nos lleva a una consideración profunda e inquietante sobre la fe, sobre quiénes son, realmente, "El Pueblo de Dios".

Es claro que no todos los que están apuntados en los libros bautismales están también incorporados al Reino. Se puede pertenecer al cuerpo legal de la Iglesia y no estar en el Reino. Y debemos saber también que se puede no estar incorporado al cuerpo legal de la Iglesia, no estar apuntado en sus libros, no estar bautizado, e incluso no conocer de hecho a Jesús, y estar en el Reino.

La más escandalosa demostración de esto nos viene dada por la parábola del Juicio final, cuando, "los de la derecha" protestan admirados ante el juez que "nunca le vieron enfermo o hambriento...", y el juez les contesta que eso no importa, que le sirvieron a Él cuando sirvieron a sus hermanos. Y puede ser significativo que aquellos dos paganos cuya fe alabó Jesús se movieron precisamente por con-pasión: no pedían para sí mismos sino para sus seres queridos.

Es muy actual la discusión sobre la universalidad de la mediación de Jesús. Pero se ha planteado, como siempre, en el terreno de lo teológico-jurídico y con cierto tinte de reivindicación de derechos por parte de la Iglesia.

El planteamiento debe ser más serio: a Jesús no lo abarca nunca nada ni nadie: ni la teología cristiana lo explica, ni la Iglesia se lo puede apropiar, ni nunca sociedad alguna ha merecido el nombre de "Cristiandad".

Jesús descubre que los valores esenciales de lo humano nacen de que los humanos son Hijos de Dios, lo sepan o no lo sepan, y que, cuando se dan esos valores, está presente el Reino, el mismo Reino que está presente, reconocido y celebrado en nuestra eucaristía.

De forma sorprendente, se ha invertido en nuestros tiempos el orden de las mediaciones que propone el evangelio. En teoría, la Iglesia es un mediador para acceder a Jesús. Cualquier persona, viendo la vida de los cristianos, se pregunta por el motor, por la motivación de esa vida tan convincente: así descubre a Jesús y tiene acceso a la fe.

Paradójicamente, no es raro que hoy encontremos creyentes en Jesús que han llegado a esa fe sin pasar por la Iglesia e incluso, lo que es mucho más grave, a pesar de nosotros la Iglesia. Creer en la Iglesia es para muchos una consecuencia, más bien difícil, de la fe en Jesús.

Resulta estremecedor reflexionar sobre el papel histórico de las religiones, al menos de lo más "oficial" de las religiones.

Creer en Yahvé a pesar de los judíos; creer en Alá a pesar de los mahometanos; creer en Abbá a pesar de la Iglesia... Son formulaciones exageradas, pero con un fondo de validez que preocupa. Yahvé, Alá y Abbá son sólo nombres, y se refieren al Mismo, a Dios. Descubrirlo a través de los pecados de apropiación, de las mezquindades y deformaciones de sus creyentes oficiales es a veces una ardua tarea.

En la historia de la Iglesia hay dos constantes contradictorias y vitales: el progreso y la vuelta a las fuentes, que se compendian en la palabra "Tradición".

Tradición significa "lo que se nos ha entregado", y se supone que se nos ha entregado la Misión, el Evangelio, vivido y personalizado por generaciones de creyentes. Pero se nos han entregado también los pecados de esas generaciones, sus traiciones a la Tradición.

Por eso, Tradición significa siempre volver a las fuentes, a Jesús mismo. Cuando lo hacemos, descubrimos con sorpresa que "está vivo", no ha podido ser deformado por los pecados y los errores de los cristianos. Jesús no es el pasado, es el futuro.

Para toda persona y para la Iglesia entera Jesús es un proyecto: todos hemos de sentirnos odres viejos ante la novedad vital siempre sorprendente de Jesús. Así, la vuelta a las fuentes nos hace progresar, mientras que la mera conservación de nuestras tradiciones no nos acerca a Jesús.

Y ahora, nuestra capacidad de eludir la Palabra nos está haciendo aplicar todo lo anterior a la Iglesia como institución, que puede ser una hermosa manera de esquivar la Palabra.

Pero la Palabra se dirige a cada uno de nosotros, tentado de creerse bueno por pertenecer a la Iglesia, tentado de creerse en paz con Dios por ir a Misa, tentado de creer que ya conoce a Jesús más que sobradamente, tentado de creerse "cristiano", tentado de pensar que no necesita ninguna conversión, tentado, de manera sutil y muy actual, de creerse más de Jesús por ser crítico con la "Iglesia oficial".

La eucaristía de cada domingo debe ser para nosotros una fuente de santa inquietud; afrontar a Jesús es siempre recibir una invitación a más. Comulgar es decir que sí a esa invitación. La Palabra nos invita a caminar, y el Pan nos da fuerzas para hacerlo. Comulguemos hoy muy conscientemente, renovando nuestra aceptación de la Palabra, diciendo "SÍ" a Jesús con el signo de comulgar con él.

José Enrique Galarreta



LA MUJER QUE CALLÓ A JESÚS
José Luis Sicre

A Jesús nadie era capaz de callarlo. Ni los sabihondos escribas, ni los piadosos fariseos, por no hablar de sacerdotes y políticos. La única persona que lo calló fue una mujer. Y encima, pagana.

El Mesías antipático y la pagana insistente
Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida. Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y negrita en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
― Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les contestó:
― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:
― Señor, socórreme.

Él le contestó:
― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

Pero ella repuso:
― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Jesús le respondió:
― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.

Los cambios que introduce Mateo
El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.
La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.
La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.
Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.
Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe
Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios
El episodio de la cananea recuerda otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirige siempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

Sin embargo, ni a María ni a la cananea le convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio
La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa, pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.

José Luis Sicre



Una oración por Barcelona.
José María Rodríguez Olaizola, SJ.

Por los fallecidos, 
en primer lugar. Por sus historias truncadas, por ser víctimas de una violencia terrorista absurda. Por todo el dolor que esas muertes repentinas dejan atrás.
Por las otras víctimas, 
heridos de distinta consideración, que habrán de lidiar con las secuelas del horror experimentado en esos minutos de pánico y muerte.
Por los familiares y amigos 
que se ven obligados a afrontar las consecuencias de este terrorismo salvaje. 
Por los fanáticos 
que creen que la violencia consigue algo, para que abran los ojos, el corazón y la entraña a una lógica que no se basa en el odio o la destrucción.
Por quienes tienen que intentar que esto no ocurra: 
autoridades, fuerzas de seguridad, y tantos otros. Que sigan haciendo su trabajo con convicción, con paciencia, con generosidad y con perseverancia, aunque a veces el agresor consiga golpear.
Por las gentes de paz 
que, ante esto, serán señaladas injustamente, por entrar en una etiqueta, una categoría, o una adscripción religiosa.
Por la paz. 
Que se convierta en clamor, en camino y en resultado.

José María Rodríguez Olaizola, SJ.