jueves, 31 de agosto de 2017

José Antonio Pagola - APRENDER A PERDER


José Antonio Pagola - APRENDER A PERDER

El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: «El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará». Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.

El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación; la otra, a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.

El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio «yo» la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.

El segundo camino consiste en saber perder viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien, sino también el de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.

Jesús está hablando desde su fe en un Dios salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una humanidad dividida y fragmentada donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países su propio bienestar; los individuos su propio interés?

La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del «tener siempre más». Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.

Buscamos insaciablemente bienestar, pero, ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos «progresar» cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humanos en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar cerrando nuestras fronteras a los hambrientos y a quienes buscan entre nosotros refugio de tantas guerras?

Si los países privilegiados solo buscamos «salvar» nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo hemos de aprender a perder.

22 Tiempo ordinario - A
(Mateo 16,21-27)
03 de septiembre 2017

José Antonio Pagola 




RECONFIGURAR LA VIDA
Florentino Ulibarri

Reconfigurar la vida:
irse contigo siguiendo tus huellas,
no dar importancia a nuestros proyectos y cosas,
cargar con la cruz que nos venga
sin perder la dignidad y la sonrisa.

Reconfigurar la vida:
ponernos en tus manos humanas y divinas,
por esos lugares de la historia
tan poco frecuentados y llenos de sorpresas.

Reconfigurar la vida:
aceptar los golpes, marcas y heridas,
pero no arrugarse ni detener el paso;
vibrar menos sin perder la música
y mantener fresca la memoria.

Reconfigurar la vida:
admirar tus surcos y huellas
en nuestra carne vieja y correosa;
abrirse a tus sugerencias
aunque no lleguemos a entenderlas.

Reconfigurar la vida:
jugar al juego que tú jugaste,
partiéndonos en tiras, esquejes o estrellas,
y compartirse con dignidad
dándose en fraternidad.

Reconfigurar la vida:
aceptar como centro, eje y motor
tu Espíritu en nuestra vida;
poner todas las cruces bajo su presencia
y exponernos con esperanza a su brisa.

Reconfigurar la vida:
descubrirnos como flor florecida
-hermosa, perfumada y distinta-;
acercarnos a los otros dignamente
y hacer un jardín para los caminantes.

Reconfigurar la vida:
vivir siendo plenamente en la tierra
aunque la situación sea pasajera;
admirar a las personas
y agradecer la vida.

Reconfigurar la vida:
no malograrla en tonterías,
no conservarla escondida
sino compartirla, sin medida,
gratis y con alegría.

Florentino Ulibarri



NI EL PLACER NI EL DOLOR DEBEN CONDICIONAR MI PLENITUD
Fray Marcos
Mt 16, 21-27

El texto es continuación del leído el domingo pasado. Hoy en Cesarea de Filipo, también fuera del territorio de Palestina. Lo que Mt pone hoy en boca de Jesús, ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal, solo a unas líneas de distancia en el mismo evangelio. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Ninguno hubiera elegido para Jesús ese camino. ¿Dónde queda la imagen de Mesías victorioso, Señor o Hijo de Dios?

A pesar de las palabras de Pedro, la actitud ante el anuncio de la muerte demuestra que, ni él ni los demás, habían entendido lo que significaba Jesús. El mayor escollo para poder aceptar lo nuevo, fue su religión. Para entender a Jesús, hay que dejar de pensar como los hombres y empezar a pensar como Dios. Pensar como Dios, es dejar de ajustarse a este mundo; es transfor­marse por la renovación de la mente (Pablo). Para aceptar el mensaje de Jesús, tenemos que cambiar radicalmente nuestra imagen de Dios.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mt. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial, y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro saca la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible para un judío, que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos que la idea falsa de Dios, que manejan, hacía a Jesús inaceptable como representante de Dios. La crítica de Jesús va dirigida a los de dentro, no a los de fuera.

La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos, ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabra tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo, el egoísmo, quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas -sean amigas o enemigas- por ser fieles al evangelio.

En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz aceptada voluntariamente, sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar más lejos hacia mayor humanidad. La propuesta de Jesús es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso a ser como Dios. Pero debe encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor, por el camino del servicio a los demás, aunque ese camino nos cueste esfuerzo. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor para mí. Interpretarlo como renuncia es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo; entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.

La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.

Una perfecta vida biológica, no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico, pero se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá en tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.

Para ser cristiano, hay que trasformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto no es malo. Sin embargo la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.

Meditación

Nacer de nuevo, nacer del Espíritu, es la propuesta de Jesús.
En lo biológico estamos siempre; es el punto de partida.
Lo espiritual hay que descubrirlo y vivirlo.
Si no entro en la dinámica del Espíritu,
permaneceré en el ámbito de lo sensible
y quedará frustrado lo humano en mí.

Fray Marcos



SUPERANDO INCOMPRENSIONES
José Enrique Galarreta
Mt 16, 21-27

En este fragmento de Mateo propuesto para la lectura de hoy, se muestran dos de las dificultades que solemos tener para leer bien el evangelio.

La primera es que el texto litúrgico es continuación inseparable de la lectura del domingo anterior.

En efecto, este fragmento completa el reconocimiento mesiánico que se dio en versículos anteriores. Los discípulos, con Pedro como portavoz, reconocen a Jesús como Mesías, pero Jesús -en el evangelio de hoy- matiza su afirmación hacia el verdadero mesianismo: no es el Mesías triunfal-político sino el que ha de sufrir la cruz.

La interesada lectura el domingo pasado de la primera mitad del texto ha prestado más atención al "primado de Pedro", mientras que el tema básico del evangelista es la correcta comprensión de Jesús.

Y una segunda dificultad es que en este mismo fragmento se funden dos enseñanzas diferentes, agrupadas aquí por Mateo.

Dentro del mismo texto evangélico, se deriva del Mesías sufriente a la concepción de la vida como negación de sí mismo. La cruz del Mesías da pie a consideraciones de tipo más existencial para el cristiano.

Los temas están relacionados, pero hay una clara modificación del género, que quizá debería haber aconsejado que estos textos disfrutasen de la categoría de mensaje separado del anterior.

Estos pasajes son centrales en el evangelio de Mateo, muestra su plan. Mateo hace un evangelio para mostrar que Jesús es el Mesías esperado, se esfuerza en mostrarlo como cumplimiento de las Escrituras, y tiene que matizar que la interpretación oficial de Israel no es correcta, que la vida del Mesías tendrá que pasar por el rechazo y la muerte, y que el Reino no será de rosas en este mundo para sus discípulos.

La incomprensión de Pedro y la áspera reprensión de Jesús muestran sin duda una realidad a dos niveles: lo lejos que están aún los discípulos de entender el mesianismo de Jesús, y lo lejos que podemos estar las personas religiosas de lo esencial del mensaje de Jesús. Pero esto lo desarrollaremos más adelante.

En el final del fragmento, el evangelista ha colocado tres sentencias de Jesús, probablemente pronunciadas en ocasiones diversas, unidas no tanto porque fueran pronunciadas en la misma ocasión, ni por su conexión lógica, sino porque las tres completan bien la idea de llevar la cruz", como aplicación a los discípulos del destino mismo de Jesús.

EL DESTINO DE JESÚS
Hay dos maneras de enfocar estas "predicciones" de Jesús.

La primera, desde la normalidad de nuestras maneras de entender (desde una Cristología baja, ascendente).

Jesús "empieza a adivinar" que las cosas van a ir de mal en peor y que hasta es posible que todo acabe en rechazo y en tener que afrontar la muerte por ello. Esta convicción progresiva le hace dar sentido al mensaje del Reino, interiorizado, como superación del mal profundo, del pecado, como negación de todo triunfalismo externo o cultual.

El segundo enfoque vendría dado por una Cristología alta, descendente, la propia de Juan, por la que Jesús "lo sabe todo" desde el principio y va preparando a sus discípulos para una revelación que Él posee desde siempre. Esto nos llevaría al tema de la "conciencia mesiánica" o "conciencia divina" de Jesús, que está fuera de nuestra intención en este domingo.

Según cuál sea nuestra posición en estos temas, entenderemos la cruz como "la voluntad del Padre", que tiene planeado el Sacrificio Redentor de su Hijo, o como el resultado inevitable de la atrevida predicación de Jesús y la consiguiente reacción de los poderes oficiales.

EL MESÍAS SUFRIENTE EN TODA SU MAGNITUD
El Mesías Triunfante es sólo la cabeza de un iceberg que invade todo el Antiguo Testamento. La Tierra Prometida es la tierra que mana leche y miel. La Alianza hará que nunca prevalezcan contra Israel los enemigos. Las buenas obras serán premiadas por Dios con bienes materiales y larga vida...

Todo un estadio primitivo de la religión, una etapa de Israel en su comprensión de Dios y de la vida.

Y una etapa, un estado quizá, de nuestra propia religiosidad. En el fondo, es Dios para nosotros, para nuestra vida aquí: Dios para mi comodidad, para mi prestigio. Dios anti-dolor, anti-enfermedad, anti-pobreza, anti-enemigos....

Pero la religión profunda, la de Jesús, no altera la vida sino que le da sentido. No quita la mala suerte, la enfermedad, los terremotos, las alternativas de la fortuna: Dios no nos libra de eso. Ni las riquezas son su bendición ni la enfermedad su castigo. Ni bendecirá nuestras guerras ni lo encerraremos en nuestros templos.

Todo eso se va a acabar con Jesús. Para el Pueblo de Israel (y por eso tenían muchísima razón los jefes del pueblo al considerar a Jesús como un gravísimo peligro), y para nosotros, invitados a una religiosidad más profunda, en la que Dios no sea un parche a las dificultades de la vida, sino el sentido de todo, de lo bueno y lo malo, lo agradable y lo desagradable de la vida.

NEGACIÓN, ¿QUÉ NEGAMOS?
"Negar, negación, negativo" son nociones peligrosas, palabras de poco prestigio hoy. "Hay que ser positivo, qué persona más negativa".

Y no es raro encontrar posturas anti-religiosas por entender la religión como negación de lo humano, del disfrutar, del sexo, del triunfo...

Y tampoco podemos negar que pueden tener razones para pensar así, porque hemos presentado algunas veces la cara negativa de la religión, como una ascesis negadora que sólo mira a la vida eterna: "fastidiarse aquí para merecer la vida eterna".

Pero no es así. La Palabra informa al ser humano de qué es Bien y qué es Mal, es decir, qué le conviene y qué le estropea.

El ser humano tiende a dejarse seducir (en el sentido más sensual de la palabra) por las apariencias: tiende a buscar lo inmediatamente agradable. Disfrutar aquí y ahora, triunfar del enemigo, vengarse, comprar todo lo que apetezca...

La Palabra anuncia al ser humano que es más que un animalillo destinado a sobrevivir lo más cómodamente que pueda en esta vida. Le dice: "eres más, no te conformes, no te dejes engañar."

Desde este punto de vista, todas las negaciones se convierten en ambiciones.

La justicia es más que la venganza, y el amor es más que la justicia: más satisfactorio, más humano y más "positivo".

La austeridad es más que el consumismo, más liberadora, más solidaria, más humanizadora.

El esfuerzo es más que el ocio, construye más a la persona, despierta ambiciones, elimina esclavitudes....

La Palabra se convierte por tanto en "negación de la negación", es decir, en negación del pecado, que es, esencialmente, negación, fuerza destructiva, peligro de estropear al ser humano.

José Enrique Galarreta



PEDRO, PORTAVOZ DE SATANÁS, Y LA PARÁBOLA DEL MALETÍN Y EL JOYERO
José Luis Sicre

En el evangelio del domingo anterior, Pedro, inspirado por Dios, confiesa a Jesús como Mesías. Inmediatamente después, dejándose llevar por su propia inspiración, intenta apartarlo del plan que Dios le ha encomendado. El relato lo podemos dividir en tres escenas.

Primera escena: Jesús y los discípulos (primer anuncio de la pasión y resurrección)
Pedro acaba de confesar a Jesús como Mesías. Él piensa en un Mesías glorioso, triunfante. Por eso, Jesús considera esencial aclarar las ideas a sus discípulos. Se dirigen a Jerusalén, pero él no será bien recibido. Al contrario, todas las personas importantes, los políticos (“ancianos”), el clero alto (“sumos sacerdotes”) y los teólogos (“escribas”) se pondrán en contra suya, le harán sufrir mucho, y lo matarán. Es difícil poner de acuerdo a estas tres clases sociales. Sin embargo, aquí coinciden en el deseo de hacer sufrir y eliminar a Jesús. Pero todo esto, que parece una simple conjura humana, Jesús lo interpreta como parte del plan de Dios. Por eso, no dice a los discípulos: «Vamos a Jerusalén, y allí una panda de canallas me va a perseguir y matar», sino «tengo que ir» a Jerusalén a cumplir la misión que Dios me encomienda, que implicará el sufrimiento y la muerte, pero que terminará en la resurrección.

Para la concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto resulta inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimien­to y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. La expresó un profeta anónimo, y su mensaje ha quedado en el c.53 de Isaías sobre el Siervo de Dios.

Segunda escena: Pedro y Jesús (vuelven las tentaciones)
Jesús termina hablando de resurrección, pero lo que llama la atención a Pedro es el «padecer mucho» y el «ser ejecutado». Según Mc 8,32, Pedro se puso entonces a reprender a Jesús, pero no se recogen las palabras que dijo. Mateo describe su reacción con más crudeza: «Se lo llevó aparte y se puso a increparle: ¡No lo permita Dios, Señor! ¡Eso no puede pasarte!» Ahora no es Dios quien habla a través de Pedro, es Pedro quien se deja llevar por su propio impulso. Está dispuesto a aceptar a Jesús como Mesías victorioso, no como Siervo de Dios. Y Jesús, que un momento antes lo ha llamado «bienaventurado», le responde con enorme dureza: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar!»

Estas palabras traen a la memoria el episodio de las tentaciones a las que Satanás sometió a Jesús después del bautismo. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Y Jesús, que no vio especial peligro en las tentaciones de Satanás, ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, como ante el demonio; no aduce tranquilamente argumentos de Escritura para rechazar al tentador, sino que está llena de violencia: «Tú piensas como los hombres, no como Dios.» Los hombres tendemos a rechazar el sufrimiento y la muerte, no los vemos espontáneamente como algo de lo que se pueda sacar algún bien. Dios, en cambio, sabe que eso tan negativo puede producir gran fruto.

Esta función de tentador que desempeña Pedro en el pasaje y la reacción tan enérgica de Jesús nos recuerdan que las mayores tentaciones para nuestra vida cristiana no proceden del demonio, sino de las personas que están a nuestro lado y nos quieren. Frente a una mentalidad que mitifica y exagera el peligro del demonio en nuestra vida, es interesante recordar este episodio evangélico y unas palabras de santa Teresa que van en la misma línea. Después de contar las dudas e incerti­dumbres por las que atravesó en muchos momentos de su vida, causadas a veces por confesores que le hacían ver el demonio en todas partes, resume su experiencia final: «...tengo yo más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confe­sores, inquietan mucho, y he pasado algunos años de tan gran trabajo, que ahora me espanto cómo lo he podido sufrir» (Vida, cap. 25, nn.20-22).

Tercera escena: Jesús y los discípulos (parábola del maletín y el joyero)
No se conocían de nada, sólo les unió compartir dos asientos de primera clase. Ella colocó en el compartimento un elegante estuche con sus joyas. Él, un pesado maletín con su portátil y documentos de sumo interés. El pánico fue común al cabo de unas horas, cuando vieron arder uno de los motores y oyeron el aviso de prepararse para un aterrizaje de emergencia. Tras el terrible impacto contra el suelo, ella renunció a sus joyas y corrió hacia la salida. Él se retrasó intentando salvar sus documentos. El cadáver y el maletín los encontraron al día siguiente, cuando los bomberos consiguieron apagar el incendio. Extrañamente, ella recuperó intacto el estuche de sus joyas.

En tiempos de Jesús no había aviones, y él no pudo contar esta parábola. Pero le habría servido para explicar la enseñanza final de este evangelio. Para entender esta tercera parte conviene comenzar por el final, el momento en el que el Hijo del Hombre vendrá a pagar a cada uno según su conducta. En realidad, sólo hay dos conductas: seguir a Jesús (salvar la vida, renunciando al joyero) o seguirse a uno mismo (salvar el maletín a costa de la vida). Seguir a Jesús supone un gran sacrificio, incluso se puede tener la impresión de que uno pierde lo que más quiere. Seguirse a uno mismo resulta más importante, salvar la vida y el maletín. Pero el avión está ya ardiendo y no caben dilaciones. El que quiera salvar el maletín, perderá la vida. Paradójicamente, el que renuncia al joyero salva la vida y recupera las joyas.

José Luis Sicre



¿QUÉ HACER PARA PODER DECIR CON VERDAD TODOS SOMOS BARCELONA?
José Ignacio González Faus

Me permito plagiar un conocido título de Leonardo Boff: "Pasión de Cristo, pasión del mundo". Al día siguiente del atentado barcelonés, de mañanita, me llega un whatsapp desde México con una foto titulada: "Todos somos Barcelona". Reconozco que me emocioné, aunque no soy de Barcelona. Más tarde me surgió la pregunta: ¿qué hacer para que esa bella frase no resulte estéril, meramente retórica como aquel famoso: "Ich bin ein Berliner" de J. Kennedy?

¿Qué hacer para poder decir con verdad: todos somos Barcelona, todos somos Manchester, todos somos Lesbos, todos somos inmigrantes, todos viajamos en pateras, todos somos precarios y vivimos con un sueldo inferior incluso al vergonzoso salario mínimo de España; todos somos mujeres maltratadas por aquellos que decían amarlas…? Todos.

Entonces me pareció que no vale esa respuesta bravucona de "no tenemos miedo". Quiero tener miedo: no ya por mí, pero sí por mis seres queridos: por los hermanos, por los hijos, por los amigos. Tengo miedo por aquella madre que el jueves, a las cuatro, aún no sabía que pronto dejaría de ver para siempre a su pequeño; por los chavales que están ahora en el hospital tragándose lágrimas y esperando a saber qué pronóstico hay para su padre, herido grave.

También por los familiares y amigos que los acompañan ahora, mientras piensan que igual les podía haber pasado a ellos, y no saben si les pasará otro día. Y por los musulmanes que fueron entre los primeros a dar sangre para las víctimas, pero temen que el atentado les va a crear dificultades y ganar algunos odios, sólo por lo que son. Por todos ellos, yo sí que tengo miedo. Y quiero tenerlo.

También tengo miedo a que germine el odio: porque al día siguiente de los atentados recibo, por tres veces, otro whatsapp donde un señor se dirige a los terroristas diciendo "mahometanos, sois unos hijos de puta, mamones de mierda..." y otras -según él- "verdades del barquero". Temo que, al calentamiento climático que ya soportamos, le siga otro calentamiento afectivo: el del odio. Ojalá en algún momento nos reunamos también para gritar: "no tenemos odio".

Esos miedos me llevan a dirigirme a vosotros, hermanos míos a pesar de todo, pero insensatos, descerebrados y criminales miembros del Daesh: ¿Podemos un momento intentar hablar como hermanos? ¿Qué pretendéis con vuestras inhumanas atrocidades? Si me decís (cosa que no creo) que dar gloria a Allah, ¿no comprendéis que en vez de proclamar que Allah es el más grande, estáis diciéndole al mundo que Allah es el más criminal, y que sois vosotros los que queréis ser los más grandes?

¿No comprendéis que, aunque la justicia de Dios fuese violenta y castigadora (cosa que yo no creo), nunca será una violencia que se dirige arbitrariamente a personas inocentes, que no tenían más crimen que el de estar por allí en aquella hora? Jesús de Nazaret, a quien vosotros veneráis como profeta (y que algo sabe de muertes violentas) dijo una vez: "llega la hora en que quienes os maten creerán hacer un servicio a Dios. Y esto será porque no han conocido a Dios" (Jn 16,3).

Por favor, hermanos, pensad esto muy en serio "¿habéis conocido de veras a Dios?" Ciertamente NO. Pues no sólo matáis a quienes consideráis enemigos sin haberlos visto nunca, sino a todos esos jóvenes vuestros, sin norte y sin experiencia, a quienes engañáis y lleváis al suicidio temprano para conseguir vuestros fines; y que también tendrán una madre que quizás ahora está llorando por ellos.

Si por el contrario, como sospecho, os mueven otros afanes de venganza o de grandeza, vamos a seguir dialogando un poco más: porque me niego a creer que haya desaparecido de vosotros toda huella de humanidad. También vosotros algún día cruzaríais una sonrisa de ternura con vuestras madres, y habréis tenido hermanos y amigos con quienes jugabais. También vosotros habréis llorado alguna vez, quién sabe si por culpa nuestra. Pues entonces, vamos a ver si conseguimos que se encuentren nuestras lágrimas en vez de nuestras palabras.

Creo saber lo que puede haberos hecho llorar algunas veces. Es significativo que, en todos los atentados salvajes de los últimos tiempos, lo que menos me ha gustado han sido las palabras de los gobernantes: seguramente no por ser quienes son, sino por estar donde están. Todos daban la sensación de no decir nada propio sino sólo lo que les tocaba decir. En cualquier caso, no acabo de compartir ese tópico repetido por todos ellos, de que vuestros salvajes atentados son "un ataque a nuestros valores".

Nosotros, occidentales, debemos preguntaros si no serán más bien un ataque a la hipocresía con que ponemos nuestros grandes valores al servicio del propio enriquecimiento (igual que vosotros ponéis a Dios al servicio de vuestra maldad). Se nos llena la boca con grandes palabras como democracia e igualdad o libertad. Pero ¿qué democracia hay en la actual UE?

Las multinacionales (que son nuestros verdaderos gobernantes) han pisoteado la libertad para enriquecerse creando opresión y ahora vemos recortada nuestra libertad por razones de seguridad; ellas no serán la causa última pero sí la primera de nuestras pérdidas de libertad. En mi país presumimos de crecimiento económico, pero ocultamos que ese crecimiento se está consiguiendo a base de crear desigualdades, precariedad, salarios de hambre y "ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres".

Hablamos de globalización para que nuestros capitales circulen de Singapur a New York pero no para que un africano sin horizonte pueda venir a Europa a ganarse sencillamente la vida. Y olvidamos así lo que un conocido sociólogo llamó "África pecado de Europa", aludiendo al reparto de África que hicimos durante el siglo XIX... Invadimos Irak, o Afganistán y luego nos retiramos "respetuosamente", dejando el país convertido en un caos que ya no queremos arreglar.

Nos arrogamos el derecho a tener armas nucleares nosotros, porque somos "los buenos"; pero se lo negamos a Irán porque es "de los malos". Y somos nosotros quien determina quiénes son los buenos y quiénes los malos... Una vez más, aquellos polvos han traído estos lodos. En la historia, las atrocidades nunca nacen de golpe: se van gestando poco a poco, silenciosamente.

Creo que no puedo ser más claro. Pero hay que añadir algo: la historia muestra que todas las revoluciones violentas acabaron instalando unas violencias semejantes a las que habían querido combatir. Quizás porque, como explica el gran Paulo Freire (a quien vosotros ni habréis oído nombrar), el oprimido tiene siempre introyectado en su inconsciente la imagen del opresor como su modelo de hombre, porque no ha conocido otro.

Un inmigrante africano instalado en España hace ya años, publica un libro donde se pregunta si escribe "desde el edén", aclarando que de ningún modo quisiera para África un modelo de desarrollo como el que hemos tenido en Europa: porque "esos grandes conceptos nacidos en Occidente, que resultan particularmente atractivos para la humanidad entera y que podrían ser la verdadera medicina que esta humanidad necesita, son en la práctica falseados, suplantados y pervertidos". Así pues, amigos, vuestra tragedia está en que, en el fondo, nos tenéis envidia; pero envidiáis no lo mejor sino lo peor de nosotros. Infelices.

Creo, pues, que algo de aquellos valores sigue vivo entre nosotros (aunque no sé si tendríamos que llevarlos ya a la UCI) y que, por eso, Europa conserva, además de un atractivo económico, un atractivo moral que ojalá no acabemos enterrando, y que aún produce envidia en todos aquellos que quisieran acabar con nosotros...

Si nuestras lágrimas se encuentran así, quizá acabe encontrándose también nuestro dolor por el daño que nos hemos causado mutuamente, unos en nombre de una supuesta crueldad de Dios y otros en nombre de una real crueldad del Capital.

Entonces, en lugar de asesinatos tan absurdos, quizá acabemos encontrándonos todos en la lucha por construir una civilización de la sobriedad compartida que (no me cansaré de repetirlo) es la única salida que le queda a nuestro mundo tan amenazado.

P.D. Sé que estas reflexiones van a ser duramente rechazadas por muchos. A mí mismo, que las veo claras con la cabeza, me cuesta bajarlas al corazón. Por eso pido a todos los que las compartan, cristianos o no, que procuren darles toda la vigencia posible. Porque si no, como ya dije, temo que al cambio climático que ya soportamos, le siga otro cambio afectivo que haga subir las temperaturas del odio. 

José I. González Faus, sj.
Religión Digital