viernes, 13 de enero de 2017

José Antonio Pagola - CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU


José Antonio Pagola - CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan, que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán, y el bautismo de Jesús, que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.

Solo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.

El papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa «más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa». Pero todo será insuficiente «si no arde en los corazones el fuego del Espíritu».

Por eso busca para la Iglesia de hoy «evangelizadores con Espíritu» que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús «la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente».

Según el papa, la renovación que quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible «cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza», o cuando nos lleva a pensar que «nada puede cambiar» y, por tanto, que «es inútil esforzarse», o cuando bajamos los brazos definitivamente, «dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma».

Francisco nos advierte que «a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas». Sin embargo no es así. El papa expresa con fuerza su convicción: «No es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra [...] no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón».

Todo esto hemos de descubrirlo por experiencia personal de Jesús. De lo contrario, dice el papa, a quien no lo descubre, «pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie». ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el papa Francisco?

2 Tiempo ordinario - A
(Juan 1,29-34)
15 de enero 2017

José Antonio Pagola 




INICIO DE UN TIEMPO EVANGÉLICO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Son tantas y tantas las veces
que has pasado a mi vera
silbando tus canciones,
rozándome con tu brisa,
haciéndome guiños y risas,
deteniendo tu presencia...,
que me siento sin respuesta.

Y son tantas y tantas las veces
que he visto bajar al Espíritu
y posarse en personas anónimas
que caminan por este mundo
buscando la verdad a tientas,
a solas o en compañía fraterna...,
que me avergüenzo de mi inercia.

Por eso, al escuchar de nuevo
esa voz que anuncia tu presencia,
hago un alto en mis sendas,
abro mis entrañas yermas,
me despojo de toda pertenencia
y permanezco atento por si llegas...
y quieres hacerme de tu cuadrilla nazarena.

Florentino Ulibarri




PALABRAS DE JUAN, EL BAUTIZADOR DEL JORDÁN
Escrito por  Dolores Aleixandre

No recuerdo cuando comencé a vivir en el desierto, más bien lo que no consigo saber es cómo pude vivir fuera de él. Supe que era mi lugar desde que escuché de niño las palabras de Isaías: “Una voz grita: En el desiertopreparad un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3) Acepté la misión que se me confiaba y me fui a conocer de cerca aquel sequedal en el que tenía que intentar trazar caminos. Al principio sólo la soledad y el silencio fueron mis compañeros y, junto con ellos, la convicción oscura de estar esperando a alguien que estaba a punto de llegar: “Mirad, yo envío un mensajero a prepararme el camino. ¿Quién resistirá cuando llegue?” (Ml 3,1-2)Lo había dicho un profeta y yo sentía arder en mi voz su misma urgencia por preparar el encuentro. “–¡Llega el Ungido de Dios!” comencé un día a gritar . “Él quebrantará al opresor y salvará la vida de los pobres…” (Sal 72,8.4).

Se corrió la noticia de mis palabras y comenzó a acudir gente, movida por una búsqueda incierta en la que yo reconocía la misma tensión que me mantenía en vigilia. Algo estaba a punto de acontecer, y me sentí empujado a trasladarme más cerca del Jordán, como si presintiera que iban a ser sus aguas el origen del nuevo nacimiento que aguardábamos con impaciencia. Muchos me pedían que los bautizara y, al sumergirse en el agua terrosa del río y resurgir de ella, sentían que su antigua vida quedaba sepultaba para siempre. Les exigía ayunos y penitencia y les anunciaba que otro los bautizaría con Espíritu. Yo sólo podía hacerlo con agua: anunciaba unas bodas que no eran las mías, y yo no era digno ni de desatar la correa de las sandalias del Novio.

Antes de comenzar la temporada de lluvias, en un mediodía nubes apelmazadas y calor agobiante, se presentó un grupo de galileos y me pidieron que los bautizase. Fueron descendiendo al río, hasta que quedó en la ribera solamente uno, al que oí que llamaban Jesús. Al principio no vi en él nada que llamara particularmente mi atención y le señalé el lugar por el que podía descender más fácilmente al agua. Estábamos solos él y yo, los demás se habían marchado a recoger sus ropas junto a los álamos de la orilla. Lo miré sumergirse muy adentro del agua y, al salir, vi que se quedaba quieto, orando con un recogimiento profundo. Tenía la expresión indefinible de estar escuchando algo que le colmaba de júbilo y todo en él irradiaba una serenidad que nunca había visto en nadie.

Se había levantado un viento fuerte que arrastraba los nubarrones que cubrían el cielo y comenzaban a caer gruesas gotas de lluvia. Un relámpago iluminó el cielo anunciando una tormenta que levantaba ya remolinos de polvo. Desde la ribera seguí contemplando al hombre que seguía orando inmóvil, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor le afectara. Por fin, después de un largo rato y cuando ya diluviaba, lo vi salir lentamente del río, ponerse su túnica y alejarse en dirección al desierto.

Pasé la noche entera sin conseguir conciliar el sueño. Sin saber por qué, me vino a la memoria un texto profético que nunca había comprendido bien:

“Mirad, el Señor Dios llega con poder. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres (Is 40,10-11).Nunca había entendido por qué el Señor necesitaba desplegar su poder para realizar las tareas cotidianas de un pastor, ni por qué su venida, anunciada con rasgos tan severos por los profetas, consistiría finalmente en sanar, cuidar y llevar a hombros a su pueblo, sin reclamarle a cambio purificación y penitencia.

Y, sin embargo, aquella noche, las palabras de Isaías invadían mi memoria de manera apremiante, junto con una extraña sensación de estar cobijado y a salvo. Y textos a los que nunca había prestado atención, se agolparon en mi corazón. Era como si hasta este momento sólo hubiera hablado de Dios como de oídas, mientras que ahora Él comenzaba a mostrarme su rostro. Recordé el del galileo al que había visto orando en el río, la expresión de honda paz que irradiaba, y me pregunté si a él se le habría revelado el Dios que no es, como yo pensaba, sólo poder y exigencia, sino también ternura entrañable, amor sin condiciones como el de los padres.

Estaba amaneciendo y en los árboles de la orilla se oía el revuelo de los pájaros y el zurear de las palomas. Recordé las palabras del Cantar describiendo al novio:

“Mi amado...Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca...”(Cant 5, 10-11)

Me di cuenta sorprendido de que, al hablar del Mesías, siempre lo había hecho con imágenes poderosas como la del águila, o de fuerza avasalladora como la del león, mientras que ahora lo que me hacía pensar en él era el vuelo sosegado de las palomas.

Cuando me sobrevino el sueño, la luz se abría ya paso entre los perfiles azulados de los montes de Judea.

Dolores Aleixandre




JESÚS NOS SALVÓ ELIMINANDO DE SÍ TODA OPRESIÓN
Escrito por  Fray Marcos
Jn 1, 29-34

Este texto nos da una teología muy elaborada sobre el tema. Esta teología es lo que nos interesa a nosotros. Jn pone en labios del Bautista la cristología de su comunidad a finales del s. I, como base y fundamento de la comprensión de Jesús que va a desplegar en su evangelio. Esto no quiere decir que el Bautista tuviera una idea clara sobre quién era Jesús. Ni siquiera sus discípulos más íntimos supieron quién era, después de vivir con él tres años; menos podía saberlo el Bautista, antes de comenzar su predicación.

Jn quiere aclarar que no hay rivalidad entre Jesús y el Bautista. Para ello nos presenta un Bautista totalmente integrado en el plan de salvación de Dios. Su tarea es la de precursor, es decir, preparar el camino al verdadero Mesías. Fijaros que Jn no narra el bautismo en sí; va directamente al grano y nos habla del Espíritu, que es lo importante en todos los relatos del bautismo de Jesús. Naturalmente esto es un montaje de las segundas o terceras comunidades para resaltar la figura de Jesús que había adquirido categoría divina.

El Bautista propone a Jesús como cordero de Dios, preexistente, portador del Espíritu e Hijo de Dios.  No se puede decir más. Está claro que se está reflejando aquí setenta años de evolución cristológica en la comunidad de Juan. Es una pena que después, hayamos interpretado tan mal esa experiencia. Lo que eran títulos que trataban de ponderar la personalidad de Jesús, se convirtieron en absolutos atributos divinos. Lo que tenía de proceso dinámico y humano, se convirtió en sobrenaturalismo preexistente.

"El cordero de Dios". Es muy difícil precisar lo que este título significaba para aquella comunidad. Podían entenderlo en sentido apocalíptico: un cordero victorioso que aniquilará definitivamente el mal (la bestia). Este concepto encajaría con las ideas del Bautista; pero no con las de Jesús. Podían entenderlo como el Siervo doliente. No hay pruebas de que se hubiera identificado al Mesías con el siervo doliente de Isaías, antes del cristianis­mo. Jn sí interpretó la figura del Siervo, aplicada al Jesús, pero nunca con el sentido expiatorio de pagar un rescate por nosotros. Probablemente haría referencia al cordero pascual, que era para el judaísmo el signo de la liberación de Egipto. No tiene connotación sacrificial. Jn quiere decir que por Cristo somos liberados de la esclavitud.

“Que quita el pecado del mundo”. Es una frase que manifiesta una cristología muy elaborada. En ningún caso la pudo pronunciar Juan bautista. Para nosotros es una frase muy interesante, que nos puede llevar a un descubrimiento de lo que aquellos primeros cristianos pensaban de Jesús como salvador. Esta teología no tiene nada que ver con la idea de rescate en la que después se deformó. El concepto de pecado en el AT debe ser el punto de partida para entender su significado en el NT. Los profetas arremeten contra el pecado de los dirigentes, que olvidándose de la Alianza, se erigen en señores que oprimen impunemente al pueblo y le obligan a servirlos a ellos en vez de servir a Dios.

Ni en el AT ni en el NT se había desarrollado el concepto de pecado individual que manejamos nosotros. Hoy estamos en el otro extremo del péndulo; no tenemos conciencia de pecado colectivo, al mantener una injusticia que clama al cielo. En la frase que estamos comentando, “pecado”, tanto en griego como en latín, está en singular. No se refiere a los “pecados” individuales, tal como los entendemos hoy. En el evangelio de Jn, “pecado del mundo” tiene un significado muy preciso. Se trata de la opresión que las fuerzas del mal causan al ser humano. Es lo único que impide al hombre desarrollarse como persona. Todos los demás pecados se reducen a éste: hacer daño al hombre de cualquier forma.

El modo de “quitar” este pecado, no es una muerte expiatoria. Esta idea nos ha despistado durante siglos y nos ha impedido entrar en la verdadera dinámica de la salvación que Jesús ofrece. Esta manera de entender la salvación de Jesús es consecuencia de una idea arcaica de Dios. En ella hemos recuperado el mito ancestral del dios ofendido que exige la muerte del Hijo para satisfacer sus ansias de justicia. Estamos ante la idea de un dios externo, soberano y justiciero que se porta como un tirano. Nada que ver con la experiencia del Abba que Jesús vivió. El “pecado del mundo” no tiene que ser expiado, sino eliminado.

Jesús quitó el pecado del mundo escogiendo el camino del servicio, de la humildad, de la pobreza, de la entrega hasta la muerte. Esa actitud anula toda forma de dominio, por eso consigue la salvación total. Es el único camino para llegar a ser hombre auténtico. Jesús salvó al ser humano, suprimiendo de su propia vida toda opresión que impida el proyecto de creación definitiva del hombre. Jesús nos abrió el camino de la salvación, ayudando a todos los oprimidos a salir de su opresión, cogiéndoles por la solapa y diciéndoles: Eres libre, sé tú mismo, no dejes que nadie te destroce como ser humano; en tu verdadero ser, nadie podrá someterte si tú no te dejas. En aquel tiempo, esta opresión deshumanizadora era ejercida no solo por Roma sino por la casta sacerdotal y los letrados.

Jesús vivió esta libertad durante su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles, ni por los guardianes de las Escrituras (letrados), ni por los guardianes de la Ley (fariseos). Tampoco se dejó manipular por sus amigos, que tenían objetivos muy distintos a los suyos (los Zebedeo, Pedro). Esta perspectiva no nos interesa porque nos obliga a estar en el mundo con la misma actitud que él estuvo; a vivir con la misma tensión que él vivió.

No tenemos que oprimir a nadie de ningún modo. No tengo que dejarme oprimir. Tengo que ayudar a todos a salir de cualquier clase de opresión. Jesús quitó el pecado del mundo. Si de verdad quiero seguir a Jesús, tengo que seguir suprimiendo el pecado del mundo. Hoy Jesús no puede quitar la injusticia, somos nosotros los que tenemos que eliminarla. La religiosidad intimista, la perfección individualista, que se nos han propuesto como meta del camino espiritual, es una tergiversación del evangelio. Si no hacemos todo lo posible para que nadie sea oprimido, es que no me he enterado del mensaje de Jesús.

El presentarse como cordero no vende en nuestros días. En el mundo en que vivimos, si no explotas te explotan; si no estás por encima de los demás, los demás ten pisotearán. Este sentimiento es instintivo y mueve a la mayoría de las personas a defenderse con violencia, incluso antes de que el atraco se cometa. Pero hay que tener en cuenta que esta postura obedece al puro instinto de conservación y no te lleva a la plenitud humana.

Esa actitud es un sentimiento que está al servicio del ego. Tenemos que superar ese egoísmo si queremos entrar en la dinámica del amor, es decir, de la verdadera realización humana. Es el oprimir al otro, no que me opriman, lo que me destroza como ser humano. Jesús prefirió que le mataran antes de imponerse a los demás. Esta es la clave que no queremos descubrir, porque nos obligaría a cambiar nuestra conducta.

Meditación

El cordero que eliminó del mundo la opresión.
Ese es el mejor resumen de toda la vida de Jesús.
Solo actuando como cordero, se puede conseguir ese objetivo.
Arremetiendo contra los demás, se aumenta la violencia.
Ser cristiano significa repetir la manera de actuar de Jesús.
Por más que nos empeñemos, no existe otro camino.

Fray Marcos




EL TESTIMONIO DE JUAN BAUTISTA
Escrito por  José Luis Sicre

El domingo pasado recordamos el Bautismo de Jesús. En la versión de Marcos y de Lucas, Juan Bautista no dice nada. En la de Mateo, entabla un breve diálogo con Jesús, porque no comprende que venga a bautizarse. El cuarto evangelio sigue un camino muy distinto: Jesús va al Jordán, pero no cuenta el bautismo; en cambio, introduce un breve discurso de Juan Bautista. Es el texto que se lee este domingo (Jn 1,29-34).
Imaginando la escena

La mejor forma de entender este texto es imaginar la escena, convertirse en uno o una más de los discípulos del Bautista. Personas que han hecho a veces un largo y molesto viaje para escucharlo y hacerse bautizar por él, que han renunciado a todo para convertirse en discípulos suyos. Para ellos, Juan es lo más grande. De repente, aparece Jesús, un desconocido, y lo que Juan dice los desconcierta por completo.

Al desconocido lo presenta, en primer lugar, como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Fórmula extraña, que ninguno de los presentes entiende muy bien, pero que sugiere una estrecha relación con Dios y con el perdón de los pecados. Ellos han ido buscando un bautismo para el perdón de los pecados, y ahora encuentran a un personaje que los quita.

Sigue Juan diciendo que ese desconocido está por delante de mí, porque existía antes que yo. Y los presentes mirarían extrañados, intentando convencerse de que Jesús era más viejo, aunque Juan lo parecía mucho más, quizá por culpa de tantas penitencias y por alimentarse sólo de saltamontes y miel silvestre. Pero los presentes tienen la sensación de que Juan no se refiere sólo a la edad: está sugiriendo que ese desconocido es mucho más importante que él.

Y esto queda claro cuando añade: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Si entre los presentes hay algún conocedor de la teología judía, su asombro llegaría al máximo, porque muchos rabinos afirman que el Espíritu de Dios lleva siglos sin manifestarse. Muy grande tiene que ser ese desconocido, sobre todo teniendo en cuenta que no sólo recibe el Espíritu, sino que también lo transmite en un nuevo bautismo, distinto del de Juan.

Finalmente, termina dando testimonio de que éste es el Hijo de Dios. Los oyentes de Juan no interpretarían la fórmula como nosotros. Para ellos, «el Hijo de Dios» no equivale a «la segunda persona de la santísima Trinidad». Es una forma de referirse al rey de Israel, al que Dios adopta como hijo. Lo dejan claro las palabras que pronunciará poco más tarde Natanael, dirigiéndose a Jesús: «Tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel» (Jn 1,49).

Los oyentes de Juan se quedarían asombrados, y se preguntarían: ¿quién es este que quita el pecado del mundo, que es más importante que Juan, sobre el que se ha posado el espíritu, que da el espíritu en un nuevo bautismo, que es el rey de Israel? Sin duda, debe tratarse del Mesías, aunque no lo parezca.

Leyendo el evangelio
Contemplar la escena es un recurso magnífico para profundizar en el evangelio y entenderlo, pero la lectura «científica» ayuda también a descubrir nuevos aspectos.

El más importante es que Juan Bautista no pronunció este discurso: sus palabras son un recurso del evangelista para suscitar en nosotros, desde el primer momento, la curiosidad y el interés por el protagonista de su historia, como ocurrirá poco después a los primeros discípulos.

En otros aspectos, la lectura científica se estrella en este caso contra un cúmulo de misterios:

‒ la imagen del «cordero de Dios» no coincide exactamente ni con la del cordero pascual, ni con la del chivo expiatorio del Yom Kippur, aunque recuerda bastante al personaje misterioso de Isaías 53 que se ofrece a morir por el pueblo y marcha a la muerte «como un cordero llevado al matadero», sin protestar ni abrir la boca. Teniendo en cuenta que en ámbito cananeo el símbolo de la divinidad era el toro, por su fuerza y bravura, elegir al cordero significa un cambio radical, una opción por lo débil y suave.

‒ «el pecado del mundo». Ya que esta fórmula sólo se encuentra aquí, resulta difícil saber en qué consiste el pecado del mundo. Una pista la ofrece la primera carta de Juan: «Cuanto hay en el mundo, la codicia sensual, la codicia de lo que se ve, el jactarse de la buena vida, no procede del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2,16). Todo eso sería lo que elimina Jesús. Pero la cuestión es discutida.

La doble misión de Jesús (Is 49,3.5-6)
Juan Bautista describe la misión de Jesús como “quitar los pecados del mundo”. El texto de la primera lectura, escrito en contexto muy distinto, indica dos aspectos complementarios de esa misión. El primero se refiere al pueblo de Israel: reunir a las tribus después del destierro, convertirlas al Señor. El segundo, al mundo entero: iluminar a todas las naciones para que la salvación de Dios alcance hasta el fin del mundo.

José Luis Sicre, SJ.




CREO EN JESÚS, EL HOMBRE LLENO DEL ESPÍRITU
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 1, 29-34

Este pasaje, tomado del evangelio de Juan, es la presentación de Jesús, puesta en boca de Juan Bautista. Después del formidable "Prólogo Teológico", el cuarto evangelio recoge la figura del Bautista, deja muy claro que ése no es el Mesías, sino su pregonero, y pone en su boca las palabras que conducen a Jesús, que son las que leemos hoy en el Evangelio.

El texto estuvo históricamente justificado para recuperar para la Iglesia a algunas comunidades de discípulos del Bautista que todavía existían. Estas comunidades mantenían el rito bautismal de Juan Bautista. Se contrapone a este rito el del bautismo cristiano: los cristianos bautizan "en el nombre de Jesús", y el bautismo es una infusión del Espíritu, una incorporación a Jesús.

Jesús, cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
La imagen del cordero se toma del AT, de los sacrificios en el templo. Los israelitas inmolaban animales, vacas, corderos, palomas. Unas veces se quemaban parcialmente en el altar y se comía el resto, era un sacrificio de comunión. Otras veces se quemaban totalmente: era un holocausto, como reconocimiento de la soberanía de Dios o como víctima para expiación de los pecados. Es una víctima inocente, que paga por los pecados de los demás.

Esta imagen, de la víctima sacrificada por los pecados, se aplica a Jesús. Pero Juan se lo aplica al comienzo de su vida pública, no después de que muera en la cruz, aunque el evangelio se escribe mucho después de su muerte, por lo que las palabras pueden no ser de Juan Bautista sino de Juan Evangelista.

De todas formas, la imagen es muy desafortunada. La noción de sacrificio conlleva necesariamente la persuasión de que hay que aplacar a Dios, irritado por nuestros pecados.

Es famosa la imagen, repetida en infinidad de textos en el AT, de Dios aspirando por sus narices el "calmante aroma" del sacrificio, y desistiendo por ello de castigar al pecador.

La imagen supone por tanto toda una teología del pecado y la antecedente concepción de Dios. Dios es el Señor/Legislador/Juez; el pecado es una ofensa, que Dios ha de castigar, a menos que se pague por ella para evitar el castigo.

Pero esta concepción es odre viejo que Jesús rasgó. Dios no es así: Dios es la madre que engendra por amor, se esfuerza en sacar adelante a sus hijos y está siempre ofreciendo gratis su perdón, porque lo que más desea es la salud de sus hijos. Jesús presenta a Dios como médico, como pastor que vuelve al monte a por la oveja, como mujer feliz de encontrar su moneda, como padre del hijo pródigo.

Y el pecado no es ofensa sino oscuridad y enfermedad. Por eso Jesús cura ciegos, toca leprosos para curar, se presenta como luz, como lámpara ... Así que al Padre no hay que pagarle nada, ni suplicarle insistentemente que perdone ... Sólo hay que volverse a Él y dejarse abrazar. Toda una manera nueva y mucho mejor que la del AT.

Y sin embargo parece que para la teología de la redención, a lo largo de siglos en la historia de la Iglesia, el AT es más fuerte que el Evangelio. Parece que la Buena, Buenísima Noticia, la Estupenda Novedad de Jesús nos interesa menos que los ritos y creencias viejas.

Por eso quizá nuestra teología y nuestros rituales están llenos de expresiones y ritos del AT, que Jesús destruyó y nosotros hemos recuperado. Por eso, al principio de la eucaristía, pedimos una docena de veces perdón a Dios y suplicamos la intercesión de todos los santos para conseguirlo. Por eso hemos convertido la comida fraterna en sacrificio, que no se celebra alrededor de la mesa sino mirando a la cruz, imitando actitudes, ritos y fórmulas del AT.

Por eso la cristología ha insistido en el valor sacrificial de la muerte de Cristo, que paga al Padre (apenas cabe pensar expresión más contradictoria que "pagar al padre") lo que nosotros tendríamos que pagar pero no podríamos hacerlo.

Por eso hemos construido toda una teoría de la redención como "satisfacción vicaria", es decir, que Jesús satisface por nosotros, paga en vez de nosotros; y, en resumidas cuentas, el Padre cobra por perdonar.

Aparte de eso, ya es hora que prescindamos de símbolos que significaron algo pero hoy no significan nada. Cordero significa para los judíos "víctima sacrificial". Para nosotros no. Para nosotros no significa más que comida de fiesta. Y si tenemos que explicar los símbolos, resultan inválidos.

Un buen símbolo del sacrificio de Jesús sería, por ejemplo, la vela (el cirio si os resulta más solemne) que se consume para dar luz. Así fue Jesús, se quemó entero para dar luz; y no sólo en la cruz, sino que quemó su vida entera, desde el bautismo. Símbolo excelente, que además se puede aplicar a todos. Las madres se queman por sus hijos. Los empresarios se queman por la empresa... usamos estas expresiones. Quemarse para los demás es la esencia de seguir a Jesús.

Pero los mejores símbolos del sacrificio de Jesús son los que Él eligió al despedirse: el pan y el vino. Granos de trigo enterrados para que haya cosecha, espigas segadas, granos machacados, harina amasada, fermentada, cocida al horno para ser pan... para morir en el que se come ese pan, para que tengamos fuerzas para vivir.

Granos de uva arrancados de la vid, machacados y fermentados para ser vino, vino que morirá cuando lo bebamos y nos dará energía y ardor.

Eso fue Jesús, y así se vio Jesús encima de la mesa de la última de sus cenas con los discípulos. Y así queremos ser nosotros, y por eso comulgamos, juntos alrededor de la mesa, con Jesús/pan/vino.

Jesús quita el pecado del mundo.
Y otra vez reducimos el significado a lo puramente jurídico: como paga por nosotros, ya no debemos nada a Dios, estamos sin pecado. Otra vez el AT, otra vez el odre viejo.

No, Jesús no paga, pero Jesús sí quita el pecado, para eso ha vivido. En primer lugar porque nos desculpabiliza. La Buena Noticia sobre el pecado es que no somos culpables sino víctimas, que más que cometer pecados sufrimos nuestros pecados.

¡Qué más quisiera yo que no ser envidioso, que no ser violento, que no estar esclavizado por mi lujuria! ¡Pero vienen en mis genes, las tengo desde antes de nacer, y me estropean, me esclavizan, no puedo con ellas!

Jesús lo vio muy bien, y por eso cambió "ofensa" por "enfermedad". Jesús cambió "desobediencia" por "error". Y Jesús es luz para que no nos equivoquemos. Es alimento para que no seamos débiles, es sanador para curarnos de enfermedades. Y así es como quita nuestros pecados, sanándonos, alimentándonos, dándonos más luz.

Toda teología es una reflexión sobre la Palabra de Dios. Pero es ridículo reflexionar sobre palabras provisionales, imperfectas, raciales, prescindiendo de la palabra.

Las teologías sobre el pecado, la redención, el sacrificio se han olvidado de reflexionar sobre las parábolas de Jesús, sobre las curaciones de Jesús, y se han dedicado a reflexionar sobre otras palabras, muchas de ellas bien ajenas a la Buena Noticia.

CREO EN JESÚS
¿Hasta dónde llega mi fe, mi confianza en Jesús? ¿me quedaré con sus máximas de sabiduría vital o le seguiré también en su fe? ¿Haré mía su doctrina sobre la convivencia, el respeto, el perdón, el compromiso, la exigencia... o haré mío también su Dios?

Más aún, ¿pensaré de él que es un gran hombre, un gran cerebro, un gran corazón, o seguiré adelante y aceptaré que "Dios estaba con Él", que, en efecto, es verdad que Dios no es una difusa realidad incognoscible y arcana, o un temible Soberano que vigila desde su trono de oro, sino algo semejante a lo que nosotros llamamos "una persona", y está ahí, actuando y promoviendo, hasta el punto de que puede aceptarse que Jesús lo califique de "médico", "pastor", "padre"?

En resumidas cuentas ¿hasta dónde le creo a Jesús, hasta dónde me fío de Él?

Las respuestas pueden ser, son de hecho, variadas y todas ellas respetables. Lo que importa no es tanto si la respuesta es "la correcta" sino que sea consciente.

Hay quien se fía de Jesús como maestro de vida. Sus parábolas por ejemplo son un planteamiento definitivamente válido del ser humano y su convivencia. Si le hacemos caso en esto, crearemos una humanidad mucho más humana, con menos dolor y más sentido. Y punto, no hace falta ir más lejos. Lo demás roza con las mitologías.

Pero se quedan aquí. Afirmar cosas tales como que todo esto es "Palabra de Dios" o que Jesús mismo es una encarnación de una divinidad son formas míticas de expresar la admiración que nos produce tanta sabiduría. Adentrarnos en mundos "divinos" es una aventura excesiva, un delirio de las mentes humanas que a lo largo de la historia ha mostrado demasiadas veces su capacidad de fantasear con lo invisible, de crear mitos y símbolos y luego creérselos como revelación de los dioses.

En el extremo contrario, hay quien acepta (con una ingenuidad que produce cierta envidia) que todo lo que se cuenta de Jesús es lo más lógico y razonable del mundo. Si está lleno (diríamos que "poseído") de la divinidad, todo lo que nos cuenten es razonable: andar sobre las aguas, curar a distancia, saber el futuro, seguir vivo después de la crucifixión... todo es posible para un dios.

Una vez hecho el acto de fe inicial, todo es creíble. Jesús "bajó del cielo" tomando forma humana se hizo semejante a nosotros en casi todo, incluso pasó por el mal trago de la muerte para acercarse a nosotros lo más posible, y "volvió al cielo". Sus acciones y palabras son acciones y palabras de un dios que ha tomado vestido humano. Nada en él es increíble.

En estas dos actitudes, ciertamente extremas, se encarnan los dos polos entre los que nos movemos: el maestro de sabiduría mitificado – el dios vestido de carne. Pero son opciones un tanto inquietantes.

Aceptar al maestro de sabiduría hasta ciertos límites, concretamente hasta que empieza a hablar de Dios y de sí mismo, inquieta por su falta de lógica. Es como si nos convirtiéramos en sus jueces: le aceptamos siempre y cuando nos parezca correcto; cuando su mensaje resulta menos compatible con nuestra mentalidad, prescindimos de él: ¿qué pasa?, ¿es fiable en algunos terrenos y delira en otros? ¿Soy yo más sabio y fiable que él para poder juzgar hasta dónde tiene razón?

Aceptar al dios vestido de ser humano produce escalofríos. Se parece demasiado a tantos y tantos mitos de viejas culturas que nos sentimos trasladados a tiempos en que el ser humano ni siquiera pensaba por sí mismo: nos suena a cuentos mágicos, a inventos de sacerdotes que fantasean con los dioses. Pero además, nos suena a lectura reductiva de los evangelios. El hombre de Nazaret que presentan los evangelios no tiene una humanidad aparente: ni sus angustias son propias de un ser divino vestido de humanidad, ni su muerte es una gloriosa apariencia. Jesús de Nazaret fue un ser humano, no una apariencia ni un disfraz de un ser divino.

Los que le conocieron creyeron en él. Primero, como se cree en una persona excepcional. Después, como se cree en un maestro extraordinario. Le aplicaron sus propias esperanzas y formulaciones: el Mesías que esperamos. Mucho de esto se vino abajo cuando murió crucificado. Seguían recordándole como una gran persona, seguían admirando las enseñanzas que le oyeron.... Y la cosa no quedó ahí: llegaron al convencimiento de que "Dios estaba con Él", hasta llegaron a llamarle "Hijo de Dios". Y en esto consiste precisamente la "experiencia Pascual".

Creyeron que Jesús es un trabajo de Dios. Creyeron que a Jesús no se le puede comprender solamente "desde abajo": que ni su enseñanza ni su comportamiento son fruto de un gran cerebro y un gran corazón.

Creyeron que Jesús se explica desde Dios. Llamarle "Hijo de Dios" o "el hombre lleno del Espíritu", decir "Dios estaba con él" o "en él reside la plenitud de la divinidad", identificarlo con Dios... son hermosos intentos de expresar algo que está más allá de las posibilidades del lenguaje, incluso de las posibilidades de comprensión del cerebro. ¡La mente, y las palabras, tienen límites!

Pero todas esas palabras, tomadas del mesianismo de Israel o de la mitología de cualquier cultura, no son más que expresiones de una doble convicción:

Ø Jesús de Nazaret fue un ser humano, no una apariencia. Un ser tan humano como todo ser humano. Su carne es como mi carne, su angustia como mi angustia, su muerte como mi muerte. Toda fe en Jesús que le prive de su humanidad nada tiene que ver con la fe de los testigos.

Ø Jesús de Nazaret fue una presencia de Dios. Como en ningún otro ser humano. Nos hacíamos la pregunta. ¿quién es este hombre? y ahora damos la respuesta: ese hombre es así porque está lleno del Espíritu, es obra del Espíritu. A Jesús no lo explica un cerebro excepcional ni una educación magnífica, ni nada de lo que explica a las personas notables o a los genios. A Jesús lo explica sólo "la fuerza del Espíritu", que "Dios estaba con él"

A aquellas personas que llamamos "los testigos" les importó mucho esa fe en Jesús. Su vida quedó totalmente afectada. La de sus parientes, la de la gente con quienes vivieron, también. Este es el planteamiento que nos preocupa. Si mi fe en "Jesús Hijo de Dios" cambia o no mi vida y la de los que me rodean.

José Enrique Galarreta




El retorno de la sabiduría.
Jorge Costadoat, SJ.

Los pueblos de la antigüedad tuvieron una ciencia que mientras el ser humano no se rinda a los monstruos que está creando, seguirá siendo necesaria: la sabiduría.

La sabiduría en todos los pueblos ha consistido en un saber vivir. Es un saber fruto de una reflexión sobre la propia experiencia, un “saberse” por dentro y en el contexto en el cual se interactúa. Los sabios fueron personas conectadas consigo mismas y con el cosmos, capaces de vivir místicamente una unión con todos los seres, de admirar su belleza y de hacerse cargo de su cuidado. Judíos, chinos, incas -la lista abarca a todas las expresiones culturales civilizadas- han desarrollado un acervo sapiencial con el cual han podido transmitir, no sin hermosura, orientaciones a la felicidad a las nuevas generaciones.

¿Hoy qué? ¿Qué puede llamarse sabiduría?
El horizonte está sumamente fragmentado. Las grandes tradiciones religiosas y filosóficas han entrado en contacto, y se relativizan unas a otras; han experimentado el impacto de la cultura secularizadora científico-técnica; son socavadas por la lógica mercantilista que incluso las vende con tal de hacer crecer la economía. Los conocimientos que los sabios de Occidente y Oriente afinaron por milenios, fácilmente son olvidados o ridiculizados.

La situación mundial es apocalíptica. Las previsiones son pésimas. El cuadro medio-ambiental es el peor de todos. Si los pobres consumieran como los ricos necesitaríamos más de siete planetas para solventar los costos. La economía financiera se liberó de la economía productiva, ¡se automatizó!, nadie la controla, pero sirve a la acumulación de la riqueza del 1% de la población que ya controla el 99 % de los bienes. La competencia entre los grandes se replica en la batalla cotidiana por “ganarle el quien vive” al prójimo. Todo se acelera. El aumento descomunal de los conocimientos, y la avidez por sacarles un partido comercial, ha obligado a la vida humana a desarrollar una velocidad que la mayoría no puede sostener. El tiempo se traga al espacio. Cronos devora a sus hijos. Pareciera que mientras nos quede el cuerpo, lo ocuparemos en comprar y consumir, y exhibirnos porque, si alguna vez se trató de “ser alguien”, ahora todo se juega aparecer físicamente antes de ser definitivamente descartados. Falta poco para que los robots hagan mejor, y sin cansarse, lo que nosotros hacemos con dificultad, y mientras tanto.

Los muchos conocimientos, los controles biológicos, mecánicos y algorítimicos no nos han hecho más sabios. Solo “la experiencia es la madre de la ciencia”. Cuando la ciencia nos desconectó del universo, de la tierra, de los demás y de nuestra propia interioridad, dejó de ser ciencia propiamente tal. La sabiduría sí lo ha sido, por esto la volvemos a necesitar.

Pero hay un aspecto sapiencial de la apocalíptica que convendría recuperar. El pueblo de Israel en circunstancias especialmente catastróficas y humillantes, supo extraer de su propia historia una palabra trascendente que le hizo esperar y luchar por un futuro distinto. Los israelitas se sobrepusieron. Apostaron a que la historia tenía sentido, que habría un juicio final y que Dios rehabilitaría a los mártires. Se podía ser distintos a sus opresores. Había, sí, que mantenerse firmes y resistir.

¿Cómo ser sabios hoy? No se trata de arremeter contra la tecno-ciencia. La batalla se juega a otro nivel. La sabiduría busca la felicidad cualquiera sean las circunstancias. Estas pueden cambiar. Es sabio comprometerse políticamente, siempre que se tome partido por el bien de todos, en vez que del propio. Salomón, el rey, fue en su época el modelo de la sabiduría. Pero, en lo inmediato no se ve cómo estas circunstancias puedan ser modificadas. Talvez no lo sean nunca. Pero nada impide en plantarnos en la vida de un modo protagónico: observar, pensar, sentir el mundo que habitamos en el propio corazón, admirarse, tomarle amor a los minerales, a los vivientes, situarse en la galaxia, inspirar y expirar, oír las voces mejores y elegir un estilo de vida.

Porque a fin de cuentas de esto se trata, de una decisión. El sabio lo examina todo y “escoge”. El sabio “se” escoge. Elige “ser elegido” por la humanidad a la que tanto le debe y a la cual se debe por entero.

Jorge Costadoat, SJ.