jueves, 16 de junio de 2016

¿CREEMOS EN JESÚS? - José Antonio Pagola


¿CREEMOS EN JESÚS? - José Antonio Pagola

Las primeras generaciones cristianas conservaron el recuerdo de este episodio evangélico como un relato de importancia vital para los seguidores de Jesús. Su intuición era certera. Sabían que la Iglesia de Jesús debería escuchar una y otra vez la pregunta que un día hizo Jesús a sus discípulos en las cercanías de Cesárea de Filipo: «Vosotros, quién decís que soy yo?».

Si en las comunidades cristianas dejamos apagar nuestra fe en Jesús, perderemos nuestra identidad. No acertaremos a vivir con audacia creadora la misión que Jesús nos confió; no nos atreveremos a enfrentarnos al momento actual, abiertos a la novedad de su Espíritu; nos asfixiaremos en nuestra mediocridad.

No son tiempos fáciles los nuestros. Si no volvemos a Jesús con más verdad y fidelidad, la desorientación nos irá paralizando; nuestras grandes palabras seguirán perdiendo credibilidad. Jesús es la clave, el fundamento y la fuente de todo lo que somos, decimos y hacemos. ¿Quién es hoy Jesús para los cristianos?

Nosotros confesamos, como Pedro, que Jesús es el «Mesías de Dios», el Enviado del Padre. Es cierto: Dios ha amado tanto al mundo que nos ha regalado a Jesús. ¿Sabemos los cristianos acoger, cuidar, disfrutar y celebrar este gran regalo de Dios? ¿Es Jesús el centro de nuestras celebraciones, encuentros y reuniones?

Lo confesamos también «Hijo de Dios». Él nos puede enseñar a conocer mejor a Dios, a confiar más en su bondad de Padre, a escuchar con más fe su llamada a construir un mundo más fraterno y justo para todos. ¿Estamos descubriendo en nuestras comunidades el verdadero rostro de Dios encarnado en Jesús? ¿Sabemos anunciarlo y comunicarlo como una gran noticia para todos?

Llamamos a Jesús «Salvador» porque tiene fuerza para humanizar nuestras vidas, liberar nuestras personas y encaminar la historia humana hacia su verdadera y definitiva salvación. ¿Es esta la esperanza que se respira entre nosotros? ¿Es esta la paz que se contagia desde nuestras comunidades?

Confesamos a Jesús como nuestro único «Señor». No queremos tener otros señores ni someternos a ídolos falsos. Pero ¿ocupa Jesús realmente el centro de nuestras vidas? ¿Le damos primacía absoluta en nuestras comunidades? ¿Lo ponemos por encima de todo y de todos? ¿Somos de Jesús? ¿Es él quien nos anima y hace vivir?

La gran tarea de los cristianos es hoy aunar fuerzas y abrir caminos para reafirmar mucho más la centralidad de Jesús en su Iglesia. Todo lo demás viene después.

12 Tiempo ordinario - C
(Lucas 9,18-24)
19 de junio 2016

José Antonio Pagola 





DESORIENTADOS Y SIN ÁNIMO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Hay días en los que, con claridad y emoción,reconocemos y confesamos
quién eres... ¡y acertamos!
Pero en el día a día
se nos nubla el horizonte,
surgen los traspiés y vaivenes,
se desmoronan las ilusiones
y se nos hace costoso seguirte.

Y cuando nos susurras una y mil veces
que para caminar contigo
hay que negarse a sí mismo,
nos atascamos,
porque nos hicieron creer
que eso conlleva mortificarse,
castigarse,
anularse,
destruirse,
en vez de olvidarse y liberarse
del propio ego que nos oprime
para encontrar nuestra verdadera identidad
contigo.

Y cuando nos repites,
en el camino y en el descanso,
que hay que cargar con la cruz,
nos revolvemos y miramos a otra parte,
porque estamos hartos
de los sufrimientos, adversidades y fracasos
que nos inflige la naturaleza,
la vida, los hermanos y nosotros mismos...
de tal forma que cuando llegan las cruces
que surgen por seguirte
estamos ya desorientados y sin ánimo.

¡Recréanos mientras vamos contigo
y ponnos en el camino
para sentir tu aliento y no perdernos!





LO QUE ES JESÚS ESTÁ MÁS ALLÁ DE NUESTRA CAPACIDAD DE COMPRENSIÓN
Escrito por  Fray Marcos
Lc 9, 18-24

Los tres sinópticos relatan el mismo episodio, aunque con diferencias notables. Se plantea abiertamente el significado del mesianismo de Jesús. Tema que no quedó resuelto hasta después de la experiencia pascual. No se trata, pues de un relato estrictamente histórico, sino de un planteamiento teológico del tema más importante y complicado de todo el NT. Ni para ellos fue fácil aceptar al verdadero Jesús ni lo es para nosotros, pues seguimos sin aceptar que el ser cristiano lleva consigo renunciar al ego y darse a los demás.

El evangelio dice que el único que estaba orando era Jesús, aunque los discípulos estaban allí. Sin tener en cuenta esa oración de Jesús nada de lo que fue y predicó puede explicarse. La forma en que Jesús habla de Dios, se inspira en su experiencia personal. La experiencia básica de Jesús fue la presencia de Dios en él. Jesús experimentó que Dios lo era todo para él y él debía ser todo para los demás. Tomó concien­cia de la fidelidad de Dios-amor y respondió vitalmente a esta toma de conciencia. Al atreverse a llamar a Dios "Abba" (Papá), Jesús abre un horizonte completamente nuevo en las relaciones con el absoluto.

Para Jesús, como para cualquier ser humano, la base de toda experiencia religiosa reside en su condición de criatura. El hombre se descubre sustentado en Dios. El modo finito de ser uno mismo, demuestra que es más de Dios que de sí mismo. Sin Dios no sería posible nuestra existencia. Jesús descubre que el centro de su vida está en Dios. Pero eso no quiere decir que tenga que salir de sí para encontrar su centro. Descubrirse fundamentado en Dios, es fuente de inesperada plenitud. Dios será en él, revelación de la más alta humanidad.

Jesús de Nazaret nunca se presenta como el absoluto. Para él lo único absoluto era Dios. Él se consideró siempre como un ser humano más. “El Mesías de Dios” de Simón se convierte en boca de Jesús en “Hijo de hombre”, el modelo de hombre, un ser humano que vive su plenitud. No es el triunfador, el poderoso, el que está por encima de los demás, sino el que aguanta, el que sufre, el que tiene que padecer las iras y rencores de los suyos, el humillado y despreciado, precisamente por no renunciar a ser “humano”.

El Mesías de Dios. Mc dice simplemente: Tú eres el Mesías. Mt dice: tú eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito. La opinión de la gente indica ya una alta consideración de la persona de Jesús, pero está lejos de acertar. La opinión de Pedro, parece acertada; pero “el Ungido”, era la manera de designar al Mesías que el pueblo esperaba. Un Mesías nacionalista que traería la salvación política, económica y religiosa. Esa opinión no debe ser divulgada porque es también, falsa. Los primeros cristianos superaron la dificultad asociando la idea de Mesías a la de Hijo. No entendieron la filiación como nosotros sino como representante de Dios.

El que quiera salvar su vida la perderá; no es una exageración. Hacer que todo gire en torno a nuestro falso “yo”, es dar importancia en nosotros a lo que menos vale. No dejaremos de ser egoístas si mantenemos el apego al “ego”. En la medida en que ponga como objetivo último salvar mi ego, seré egoísta y por lo tanto me deshago como persona. En la medida en que me desprenda de todo apego, incluido el apego a la vida, a favor de los demás, estaré amando de verdad, y por lo tanto creciendo como ser humano. Mi Vida con mayúscula se potenciará, y la vida con minúscula, cobra entonces todo su sentido.            

La pregunta que se hicieron aquellos primeros cristianos tenemos que hacérnosla nosotros hoy. ¿Quién es Jesús? La mejor prueba de que no es fácil responder, es la falsa alternativa, que se planteó en el siglo pasado, entre el Jesús histórico o el Cristo de la fe. Los discípulos compartieron su vida con el Jesús de Nazaret y aceptaron a aquel ser humano que les proporcionó una paz, una alegría y una seguridad increíbles; pero mientras vivieron con él, no fueron capaces de ir más allá de lo que veían. Solamente a través de la experiencia pascual se adentraron en el verdadero significado de aquella persona fuera de serie.

Al morir Jesús, se preguntaron si con la muerte de su líder se había acabado todo. Solo entonces empezaron a trascender la figura aparente de Jesús y descubrieron lo que se escondía detrás de aquella realidad visible. Fueron dándose cuenta de que allí había algo más que un simple ser humano. Entonces fueron conscientes de que el verdadero UNGIDO ya se encontraba en el Jesús de Nazaret. Este Mesías, descubierto en pascua, no coincide con el que esperaban los judíos y los propios discípulos, antes de esa experiencia. Ahora se trata de Jesús el Cristo, Jesucristo, genial integración del Jesús histórico y el Cristo de la fe.

Cristo no es una idea abstracta surgida en la primera comunidad sino la realidad de Jesús visto con los rayos X de la experiencia pascual. Cristo ni se puede identificar con Jesús ni se puede separar de él. Durante tres años, sus seguidores convivieron con él sin enterarse de quien era, pero una vez que desapareció su figura sensible, fueron capaces de descubrir lo que en aquella figura humana se escondía. No se puede separar el valor de una moneda, de la cantidad y la forma del metal que la constituye. La moneda tiene tal valor, porque está acuñada y tiene tal forma. Todo lo que hay de divino en Jesús está en su humanidad.

¿Quién es Jesús para nosotros hoy? No se trata de dar una respuesta teórica ni una cristología aquilatada que responda a todas las cuestiones formales relativas a la persona de Jesús. Mucho menos, dogmas que definan su naturaleza divina. Lo tenemos crudo, porque los evangelios nos hablan de Jesucristo desde la experiencia pascual, y es muy difícil descubrir al Jesús de Nazaret que ellos conocieron y del que partieron para llegar a Cristo. Los cristianos de hoy empezamos la casa por el tejado y cuando nos damos cuenta, resulta que carecemos de muros y sobre todo de cimientos. Sin experiencia pascual no hay cristiano

Estamos lejos del encarnar en nosotros ese valor supremo, que Jesús encarnó. Echemos una ojeada a nuestras oraciones y descubriremos la idea que tenemos del Mesías. La misma que Pedro propuso y rechazó Jesús. Lo hemos colocado a la derecha de Dios; le hemos dado plenitud de poder y gloria; le hemos hecho juez de vivos y muertos para, a renglón seguido, decir que “el que cumpla con lo que dijo se sentará con él a juzgar a los infieles”. Estas cosas ya las dice el NT, en contra de la misma actitud de Jesús.

No es nada fácil salir de la dinámica del hedonismo que nos empuja a dar satisfacción a los sentidos, a buscar lo más cómodo, lo que me agrada, lo que menos me cuesta. Mantener estas actitudes hedonistas y llamarse cristiano, es una contradicción. Pero tampoco debemos caer en la trampa del masoquismo. Dios quiere para cada uno de nosotros lo mejor. Quiere que disfrutemos de todo lo que nos rodea, de las personas y de las cosas. Todo es positivo, siempre que tengamos claro que lo primero es el bien integral del hombre.

No se trata de machacar una parte de nuestro ser para salvar otra. Se trata de descubrir un fallo en nuestra percepción de nosotros mismos, es decir, que con frecuencia creemos ser los que no somos y vivimos engañados. Se trata de liberarnos de todo aquello que nos ata a lo caduco y nos impide elevarnos a la plenitud que nuestro verdadero ser exige. La liberación llega cuando hemos establecido una auténtica escala de valores y somos capaces de dar a cada faceta de nuestra compleja vida, la importancia que tiene, ni más ni menos.

Por eso Jesús se presenta como plenitud de lo humano. No es la humanidad la que tiene que convertirse en divinidad. Esta trampa nos ha metido por callejones sin salida. Toda la divinidad se hace presente en la humanidad. Ser cada día más humanos es lo que nos convierte en manifestación de lo divino. La oposición, y más aún la lucha entre lo divino y lo humano es absurda, en Jesús y en cada uno de nosotros.

Meditación-contemplación

Lo que Jesús es y significa, no se puede meter en conceptos,
porque está más allá de los sentidos y de la razón.
Si experimentas lo que hay de Dios en ti,
podrás vislumbrar lo que Jesús vivió y manifestó.
……………………

Más allá de nuestro “yo” físico, psíquico y mental,
se encuentra nuestro auténtico ser,
que es lo divino que hay en cada uno de nosotros
y que está siempre ahí como la única realidad verdadera.
……………………

Para alcanzar ese verdadero ser y verdadera Vida,
es necesario no quedar enganchado en lo terreno.
Desapegarse de lo caduco, lo contingente, lo limitado
es el único camino para alcanzar lo absoluto.
………………

Fray Marcos





JESÚS, UN MESÍAS DISTINTO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 9, 18-24

Esta "profesión de fe" de Pedro se recoge en los tres Sinópticos. El comienzo y el final son semejantes en los tres:

‒ Pregunta de Jesús
‒ Confesión de fe de Pedro, en nombre de todos.
‒ Jesús les manda que guarden el secreto.
‒ Anuncio de los sufrimientos y muerte.
‒ ...
‒ Sermón sobre "ganar - perder la vida".

A este esquema general, Mateo añade la promesa a Pedro ("Bienaventurado.... yo te daré las llaves"). Marcos y Mateo incluyen la protesta de Pedro ante el anuncio de la pasión y la violenta reprimenda de Jesús al mismo Pedro ("Apártate de mi vista, Satanás..") .

El tema básico por tanto es triple:

- la profesión de fe en Jesús-Mesías hecha por los discípulos.
- el rechazo por Jesús del Mesías triunfante (davídico), con el anuncio de la Pasión y muerte.
- la aplicación moral (salvar la vida-perder la vida)

La pregunta de Jesús, la respuesta de los discípulos y la severa matización de Jesús recogen el centro de la fe. ¿Quién es este hombre?

Contra la idea de que es un Profeta, uno más en la línea del Antiguo testamento, y más allá de la expresión "es el Mesías que esperábamos", se proclama que esto es diferente. Es más que un Profeta, el Mesías, pero no es como lo esperábamos.

Los discípulos están dispuestos a admitir que Jesús es el Mesías, pero no se han dado cuenta de que el Mesías es Jesús, es decir, que lo que esperaban debe ser corregido, porque esperaban mal.

Esperaban un rey libertador, esperaban la supremacía de Israel; se van a encontrar con el Siervo pobre y sufriente.

Esperaban la salvación triunfante, por el éxito esplendoroso; se van a encontrar con la salvación por la cruz.

Esperaban la gloria del Templo, la glorificación de su Ley; se encuentran con el conocimiento de Abbá, la conversión, la invitación al Reno de Dios.

La disyuntiva es tan fuerte que Jesús se quedará casi solo. El capítulo sexto de Juan muestra bien esta crisis. El pueblo puede admitir a Jesús como Mesías, pero no puede admitir que toda su religión anterior, su Templo, su legalismo, su veneración al pie de la letra de la Ley de Moisés... sea arrinconada. El vino nuevo de Jesús rompe los odres viejos.

Es esto lo que lleva a Jesús a la cruz; el rechazo al Reino. Este rechazo lo hizo en su momento la Antigua Ley, pero sigue existiendo, y constituye algo esencial en nuestra propia fe y en la evangelización: aceptar o rechazar a Jesús es la encrucijada de la fe.

Estremece la precisión del programa:

· negarse a sí mismo
· cargar su cruz cada día
· seguir a Jesús.

Hay en todo esto una evidencia de la verdad de Jesús, íntima y convincente, que a los creyentes nos parece superior y más profunda que cualquier otra. (Pienso que por eso precisamente creemos en Jesús).

Las religiones se estrellan ante la realidad misma, cotidiana y fea, de la vida humana, y le ofrecen compensaciones místicas, esplendores cultuales, nociones de culpa y mérito... que en el fondo no son más que proyecciones de lo humano soñado a lo divino, compensaciones sublimadas de la insatisfacción de vivir, aparatos externos para eludir el enfrentamiento con lo íntimo de la conciencia...

Lo de Jesús es asumir la condición humana tal como es y construir desde ahí algo más humano y más real. Rechazar al mesías triunfante no es un cambio conceptual, es asumir que la persona humana religiosa no se evade de la realidad. Aceptar el destino trágico de su propia vida no es ofrecerse en sacrificio redentor por los demás sino aceptar que la vida bien vivida tiene un precio.

Creer en el resucitado no quiere decir que al final tienen razón los resplandores milagrosos, sino que creemos en el crucificado, precisamente porque ha sido capaz de no eludir lo más humano de lo humano: la oscuridad ante Dios, la tentación de la falsa religiosidad, las consecuencias ásperas de una vida conforme a la Palabra.

En el itinerario hacia la fe en Jesús hay varios niveles: admirarle es el punto de partida; aceptar sus valores y su modo de vivir es ya una opción de vida; reconocer en él la imagen misma de Dios y el modelo de lo humano es ya la fe cristiana explícita.

¿Por qué damos los creyentes este tercer paso? En la escena del evangelio de hoy, versión de Mateo, está una parte de la respuesta: "Bienaventurado eres Pedro, porque no es la carne ni la sangre la que te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos". Es decir, en el proceso de la fe no hay un solo protagonista, el ser humano que llega a creer, sino dos: Dios trabaja, el Espíritu mueve a la fe.

Pero esto podría tomarse como una evasión. Ese proceso de "llamada" de Dios está, como todo, encarnado. La búsqueda sincera de un modo de vivir digno, la comprobación de la distinta satisfacción interior recibida a consecuencia de nuestras acciones y actitudes, la comprobación de los resultados que tiene para la vida y la historia humana la aplicación de los valores de Jesús o de sus contrarios... va creando en nosotros una convicción íntima: no hay palabra como Su Palabra, no hay modelo humano como Él, no hay divinidad como la que en Él se muestra. Y se nos abre la invitación a la fe, a pasar de la admiración por un hombre excepcional al reconocimiento de "el hombre lleno del Espíritu". Por todo esto dirá Pablo: "Sé de quién me he fiado".

Este Jesús de quien nos hemos fiado nos invita a "perder la vida para ganarla". Pérdida y ganancia es lo mismo que salvación y perdición. Se trata de una profunda definición del ser humano, una definición enteramente existencial: el ser humano es un proyecto, que puede realizarse o echarse a perder. Más aún, el ser humano es un proyecto arriesgado, porque le falta información sobre lo que le conviene o le perjudica, y le atraen irresistiblemente muchas cosas que no le convienen.

Además, el ser humano se cuestiona constantemente sobre los "males" que le suceden en la vida, los fracasos, las enfermedades, la vejez, la muerte... y acaba concluyendo que el único valor consistente es el placer, y el placer inmediato, puesto que no comprende el sentido de todo lo demás.

Jesús cambia el sentido entero: informa al ser humano de quién es: hijo de Dios, caminante, pecador. Informa al ser humano de para qué está aquí: para caminar, para liberarse, para ayudar a caminar y ayudar a que sus hermanos se liberen.

Informa al ser humano de quién es Dios: el pan y vino para el camino: el Espíritu, la fuerza para caminar: la Palabra, la luz para el camino: el agua, que lava los pecados y hace llevadero el camino. Informa al ser humano de que la cruz es su compañera, como lo es de todo caminante, pero ni es el final ni es insuperable: y le informa de cómo llevar la cruz para que se convierta en algo válido para siempre.

Esto es "perder la vida", superar los valores que aceptan los que no tienen más sentido de la vida que la vida misma: estos valores parecen múltiples (poder, dinero, éxito social, dignidad, estar a bien con uno mismo...) pero son uno sólo: placer, mejor cuanto más intenso y más inmediato. Indican que no se espera nada más allá de esta vida. Jesús ha puesto el punto de mira de la vida humana más lejos y más arriba, y todos los valores se re-ordenan mirando hacia allá. Para los que no miran hacia allá, esto es "tirar la vida", "perder la vida". Para los que miran hacia donde mira Jesús, tirar la vida es dedicarla sólo a vivirla a gusto aquí y ahora.

Jesús "tiró su vida". Podía haber hecho carrera política, podía haber sido un líder aclamado... lo que hubiera querido. Facultades le sobraban para ello. Esto esperaban de él incluso sus discípulos, incluso cuando decían "Tú eres el Mesías", porque pensaban que el Mesías sería el Rey restaurador del esplendor de Israel. Jesús tiró su vida porque era el Salvador, porque sabía muy bien que no vivía para disfrutar o triunfar aquí a los ojos de "el mundo", sino para sembrar la Liberación.

Pero Jesús "salvó su vida", y la de los demás, porque gracias a Él podemos salvar la nuestra. Éste es el mensaje de fondo de la resurrección y la ascensión: el triunfo definitivo, la manifestación de que el Crucificado no ha fracasado, sino que, liberado hasta de la muerte, "está a la derecha de Dios", ha llegado a la meta, y, además, como Primogénito, como el primero de nosotros, como Cabeza de puente de este cuerpo de caminantes que vamos tras Él, animados por su mismo Espíritu.

José Enrique Galarreta





¿QUIÉN ES JESÚS?
Escrito por  José Luis Sicre

Desde que comienza su vida pública, la actividad de Jesús suscita una mezcla de desconcierto y curiosidad: ¿quién es este hombre? La pregunta adquiere una fuerza especial en el evangelio de hoy, donde es el mismo Jesús quien la plantea. El relato de Lucas podemos dividirlo en introducción y cuatro partes: 1) lo que piensa la gente; 2) lo que piensa Pedro; 3) lo que piensa Jesús; 4) consecuencias para los oyentes.

Introducción
A diferencia de Marcos, que sitúa esta escena mientras Jesús y los discípulos van de camino, Lucas lo presenta orando a solas, aunque los discípulos están cerca. A Lucas le gusta presentar a Jesús rezando en los momentos importantes, para inculcar a los cristianos la importancia de la oración.

Lo que piensa la gente
Para la gente, Jesús no es un personaje real, sino un muerto que ha vuelto a la vida, se trate de Juan Bautista (asesinado poco antes), de Elías (muerto en el siglo IX a.C.) o de otro antiguo profeta. Resulta interesante que el pueblo vea a Jesús como uno de los antiguos profetas, en lo que pueden influir muchos aspectos: su poder de realizar milagros (mayor incluso que el de Moisés, Elías y Eliseo); su actuación pública, muy crítica con la institución oficial; su lenguaje claro y directo; el hecho de que recorra los pueblos y aldeas predicando, sin limitarse a hablar en el templo de Jerusalén. Pero hay otro aspecto: en tiempos de Jesús, el título de "profeta" tenía fuertes connotaciones políticas, y es muy posible que la gente, igual que los discípulos de Emáus, viesen a Jesús como un libertador.

Lo que piensa Pedro
Jesús quiere saber si sus discípulos comparten esta mentalidad o tienen una idea distinta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Es una pena que Pedro se lance inmediatamente a dar la respuesta, porque habría sido interesantísimo conocer las opiniones de los demás.

Según Marcos, la respuesta de Pedro se limita a las palabras "Tú eres el Mesías". Lucas añade: “El Mesías de Dios”. Quizá quiere dejar claro a sus lectores que Pedro no ve a Jesús como un simple líder político, sino como el salvador político mandado por Dios.

“Mesías”, que significa “ungido”, era el título de los reyes de Israel y Judá, ya que no se los coronaba sino se los “ungía” con aceite, derramándolo sobre su cabeza. La monarquía desapareció el siglo VI a.C., pero en los siglos II-I a.C., se difundió la esperanza de una restauración monárquica, y la imagen de un rey futuro ideal, de un MESÍAS con mayúscula, fue adquiriendo unas características cada vez más sorprendentes. Los Salmos de Salomón, oraciones de origen fariseo, lo describen liberando a Jerusalén de los romanos, purificándola de pecadores, instaurando un gobierno justo y extendiendo su dominio a todas las naciones. Es un rey ideal, que no confía en caballos, jinetes ni arcos, no atesora oro y plata para la guerra, está limpio de pecado para gobernar a un gran pueblo, no se debilitará durante toda su vida, apacentará el rebaño del Señor con justicia y fidelidad. En este contexto, la confesión de Pedro reviste una importancia y una novedad enormes.

Lo que piensa Jesús
Jesús no comparte el entusiasmo político, nacionalista y triunfalista que se puede intuir en las palabras de Pedro. No quiere que se use el título de Mesías, para evitar equívocos (aunque después de su muerte se convertirá en el título más habitual para designarlo, porque Cristo es la traducción griega de “mesías”). Él prefiere hablar de sí mismo como “el Hijo del Hombre”, título muy discutido, porque unos dicen que significa simplemente “este hombre”, “yo”, y otros le dan un sentido mucho más profundo, como el de un salvador definitivo.

Lo importante para Jesús no es el título que se le aplique, sino su destino. Tiene que padecer, ser rechazado y asesinado. El rechazo se da por parte de ancianos, sumos sacerdotes y escribas. Los “ancianos” detentan el poder político; los sacerdotes, el poder religioso; los escribas, el intelectual. Es probablemente el único caso en la historia en que los tres poderes se han puesto de acuerdo para rechazar y condenar a muerte a una persona. Pero Jesús sabe que la última palabra no la tienen ellos, sino Dios, que lo resucitará.

Consecuencias para los oyentes.
La pregunta sobre quién es Jesús y cuál es su destino no es una pregunta de examen ni de concurso, que no modifica la vida. Debe provocar el deseo de seguirlo. Pero Jesús no es un político que intenta ganarse a la gente con falsas promesas. Deja muy claro que ir con él significa negarse a sí mismo, cargar con la cruz cada día, como añade Lucas. Estas palabras se entienden mejor en el contexto del siglo I, cuando los cristianos están siendo perseguidos y condenados a veces a muerte. Y en bastantes países actuales de África y Asia, donde no resulta extraño que estalle una bomba en la iglesia. Entonces adquiere pleno sentido lo que dice Jesús: “El que pierda su vida por mi causa la salvará”.

¿Habrá alguien dispuesto a seguir a Jesús, a cargar con la cruz cada día? Veinte siglos demuestran que sí. Y esto no se explica solo por decisión personal. Según la primera lectura (tomada del profeta Zacarías) es fruto de un cambio que Dios opera en nosotros al contemplar a Cristo crucificado. Frente a los tres grupos de poder que rechazan y condenan a Jesús, son muchos más los que se convierten, hacen duelo, y encuentran un manantial que los limpia de pecados e impurezas.

José Luis Sicre





UN TÚ OCULTO EN LA AUSENCIA
Pedro Miguel Lamet, SJ.

La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla.
Y el aliento de Dios se cernía sobre  la faz de las aguas.(Gn 1,2)

Era el mundo un bostezo desahuciado
y el  miedo permanente de la ausencia,
el envés asustado de la esencia,
que busca ser y anhela lo creado. 

Era el hueco que nunca fuera amado
en la noche sin luna ni presencia,
el vacío del beso, y la querencia
de ese abrazo que nunca habíase dado.

Era mi ser perdido en la penumbra,
la tarde sin amor ni despedida,
la mesa sin brasero, la ternura

que pide el yo de pan y risa hambriento.
Era el Tú que  se oculta en la espesura
y  brotará si estalla el  sentimiento.

Pedro Miguel Lamet






CEMENTERIO DE NAÍM: QUIEN RESUCITÓ FUE LA MADRE
Juan Masiá

Al escuchar el domingo pasado (Junio, 5, 2016) la Homilía del Papa Francisco, redescubrimos el vínculo que enlaza misericordia y resurrección. La misericordia resucita y la resurrección es clave del consuelo misericorde. Jesús no es un mago, decía Papa Francisco. Es la ternura de Dios encarnada, en Él obra la inmensa compasión del Padre”

En efecto, creer en la Resurrección y practicar la misericordia como Jesús es un milagro mayor que resucitar a un muerto. Como comentaba Francisco, “Jesús se acerca, toca el ataúd, detiene el cortejo fúnebre, y seguramente habrá acariciado el rostro bañado de lágrimas de esa pobre madre. No llores, le dice, como si le pidiera: Dame a tu hijo. Jesús pide para sí nuestra muerte para librarnos de ella y darnos la vida...”

Esta reflexión invita a meditar de nuevo el pasaje del cementerio de Naím, releyéndolo y reinterpretándolo en forma y estilo de “midrásh”.

Cuando se acercaba a las puertas de la ciudad resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; una considerable multitud de la ciudad la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió entrañablemente y, mientras la consolaba, tocó el ataúd, sin miedo a contaminarse. Luego, dirigiéndose al cadáver, dijo: -Joven, a ti te hablo, despierta y ponte en pie, camina entre las nubes hacia lo alto, al encuentro de Abba. Todos callaban sobrecogidos de espanto. La madre se emocionó: -Señor, me has devuelto a mi hijo... (Cf. Lc 7, 11-17)

En la duodécima milla desde el monte Tabor está el pueblo de Naím. A la salida del pueblo hacia el oeste, donde se cruza el camino de la costa con la senda que baja de los montes, un cortejo fúnebre se dirige al camposanto. Van a enterrar a un adolescente, hijo de madre viuda, ella desconsolada quiere acompañarlo hasta el final agarrada a las parihuelas donde el hijo de sus entrañas hace el último viaje. Sus primos tratan de separarla: “No toques mujer, no toques, que te haces impura”. Sus hermanos la persuaden para que regrese a casa: -Vuélvete, Sara, quédate con tus hermanas y las vecinas plañideras. Esto es cosa de hombres. Tú quédate en casa, de duelo.”

Venía en ese momento Jesús con sus discípulos por el sendero del Este. Se dio cuenta de la situación y se interpuso entre la viuda y sus parientes. – Cuánto lo siento mujer. ¡Cuánto le querías!, dice, y tomándola del brazo la lleva hasta la cabeza del cortejo y hace parar a los portadores. La mujer se abraza a los pies del cadáver. Jesús pasa su mano izquierda sobre el sudario, como si acariciara el cuerpo difunto, mientras su mano derecha sostenía el brazo de la madre.

Los parientes de la viuda murmuraban en voz baja. “¿Quién es éste que hasta se atreve a tocar un cadáver? Otros, fariseizantes, se escandalizaban: ¿Qué clase de maestro religioso es este que estrecha el brazo de una mujer y acaricia su mejilla?”

-Gracias, Rabí, dice la viuda. Diles que me dejen ir hasta la tumba.

-Sí, mujer, y nosotros iremos contigo y rezaremos a Abba que ya está abrazando a tu hijo en su seno.

La viuda se enjugó las lagrimas con el manto y levantó lo ojos al cielo.

“No moriré, viviré” dijo entonando el salmo del atardecer. Y Jesús se unió al rezo del salmo completando la frase: “Viviré en la Vida de la vida”.

El cortejo fúnebre se impacientaba. “Sara, no molestes más al maestro”.

Jesús, ignorándolos, siguió hablando con la mujer.

-Dime, Sara, ¿Cuántos años tenía tu hijo?

-35 años, Rabí.

-¿Te acuerdas? Hace 35 años y 6 meses, cuando lo llevabas dentro de ti, empezaba a moverse en tu interior, con las primeras pataditas...

-¡Vaya si me acuerdo!

-Por eso le llamas, con razón, “hijo de mis entrañas”. Pues mira, Sara, lo que te digo. Ahora, en este momento, este hijo tuyo está mucho más dentro de ti que hace 35 años. Tu hijo ha muerto hacia la vida. Ha entrado ya en la Vida de Abba, que lo llena todo. Ahora está más dentro de ti que en el más fuerte de los abrazos. Abba no es un dios de muertos, sino de vivos. La vida de tu hijo no está en el cadáver. Está dentro de ti, porque está dentro de Dios y Dios está dentro de ti y tú dentro de Él.

-Gracias Rabí, dijo la mujer abrazándose a Jesús. Nadie de los que han venido a llorar en el duelo me ha dicho algo tan consolador. Gracias, gracias... Esto que me has dicho es como si me hubieras devuelto vivo a mi hijo. Gracias, Rabí, y bendita la madre que te engendró a ti, ¡Como me gustaría conocerla!

-Ahora mi madre está en Nazaret y ya es viuda como tú.

Cuando se despidieron, Jesús y los suyos siguieron camino de Jerusalén. Los discípulos le seguían, Jesús caminaba más aprisa delante de ellos. De vez en cuando se le nublaba la vista y, mirando los nubarrones de levante, musitaba:

-Abba, Abba... ¿Quién te entiende? Tus caminos no son nuestros caminos. Me temo que tendré que apurar el cáliz, pero... alíviaselo a mi madre, va a ser muy duro para ella...

Nota exegética: Hasta aquí el “midrash”, que no es ficción de realidad, sino realidad por medio de ficción. Para el público lector familiarizado con los Evangelios, son muy significativas las alusiones al crecimiento y al renacer. Jesús da la mano para ayudar a crecer. En Naím (Lc 7, 11-17), Jesús toca (hépsato), compadeciéndose, el féretro del hijo de una viuda, y dice: “Muchacho, que te lo digo yo, despierta y ponte en pie sin miedo” (eguérceti). En casa de Jairo (Lc 8, 40-56), Jesús estrecha fuertemente la mano de la muchacha acostada y grita: “Chica, espabila y ponte en pie sin miedo” (egueire). Esta invitación a caminar hacia la Vida a través de la muerte nos recuerda la palabra dirigida a Lázaro: Sal fuera de la tumba, y la palabra dirigida a los que habrían querido retener a Lázaro en este mundo, como Magdalena quería retener al Resucitado. La Palabra fue: Dejado ir, dejadlo que marche entre las nubes hacia lo alto en el seno de Abba para desde allí llenarlo todo...

Todas estas narraciones simbólicas están relacionadas. La clave para entenderlas es la palabra enigmática que Lucas pone en labios de Jesús: “No te apures, Jairo, que la niña no está muerta, sino dormida”. Ni la hija de Jairo, ni el hijo de la viuda se reducen a ser meramente objetos de un milagro que los haga revivir. Estos dos pasajes evangélicos son emblemáticos del misterio de la resurrección. Jesús toca y da la mano para animar a levantarse, ponerse en pie de nuevo, con la novedad de la Nueva Vida. Ambos pasajes juegan con la simbólica de la muerte como resurrección de entrada en la Vida de la vida. Las palabras clave son: resucitar, despertarse, ponerse en pie, morir saliendo hacia la vida verdadera... Porque Jesús habla y vive desde la Resurrección puede consolar de veras a la madre viuda. Consolada, es ella quien resucita. Y lo agradece con estas palabras: Me has devuelto la vida, me has resucitado.

Juan Masiá
Periodista Digital