viernes, 13 de mayo de 2016

INVOCACIÓN - José Antonio Pagola


INVOCACIÓN - José Antonio Pagola

Ven, Espíritu Creador, e infunde en nosotros la fuerza y el aliento de Jesús. Sin tu impulso y tu gracia, no acertaremos a creer en él; no nos atreveremos a seguir sus pasos; la Iglesia no se renovará; nuestra esperanza se apagará. 
¡Ven y contágianos el aliento vital de Jesús!

Ven, Espíritu Santo, y recuérdanos las palabras buenas que decía Jesús. Sin tu luz y tu testimonio sobre él, iremos olvidando el rostro bueno de Dios; el Evangelio se convertirá en letra muerta; la Iglesia no podrá anunciar ninguna noticia buena. 
¡Ven y enséñanos a escuchar solo a Jesús!

Ven, Espíritu de la Verdad, y haznos caminar en la verdad de Jesús. Sin tu luz y tu guía, nunca nos liberaremos de nuestros errores y mentiras; nada nuevo y verdadero nacerá entre nosotros; seremos como ciegos que pretenden guiar a otros ciegos. 
¡Ven y conviértenos en discípulos y testigos de Jesús!

Ven, Espíritu del Padre, y enséñanos a gritar a Dios «Abba» como lo hacía Jesús. Sin tu calor y tu alegría, viviremos como huérfanos que han perdido a su Padre; invocaremos a Dios con los labios, pero no con el corazón; nuestras plegarias serán palabras vacías. 
¡Ven y enséñanos a orar con las palabras y el corazón de Jesús!

Ven, Espíritu Bueno, y conviértenos al proyecto del «reino de Dios» inaugurado por Jesús. Sin tu fuerza renovadora, nadie convertirá nuestro corazón cansado; no tendremos audacia para construir un mundo más humano, según los deseos de Dios; en tu Iglesia los últimos nunca serán los primeros; y nosotros seguiremos adormecidos en nuestra religión burguesa. 
¡Ven y haznos colaboradores del proyecto de Jesús!

Ven, Espíritu de Amor, y enséñanos a amarnos unos a otros con el amor con que Jesús amaba. Sin tu presencia viva entre nosotros, la comunión de la Iglesia se resquebrajará; la jerarquía y el pueblo se irán distanciando siempre más; crecerán las divisiones, se apagará el diálogo y aumentará la intolerancia. ¡Ven y aviva en nuestro corazón y nuestras manos el amor fraterno que nos hace parecernos a Jesús!

Ven, Espíritu Liberador, y recuérdanos que para ser libres nos liberó Cristo y no para dejarnos oprimir de nuevo por la esclavitud. Sin tu fuerza y tu verdad, nuestro seguimiento gozoso a Jesús se convertirá en moral de esclavos; no conoceremos el amor que da vida, sino nuestros egoísmos que la matan; se apagará en nosotros la libertad que hace crecer a los hijos e hijas de Dios y seremos, una y otra vez, víctimas de miedos, cobardías y fanatismos. 
¡Ven, Espíritu Santo, y contágianos la libertad de Jesús!

Pentecostés - C
(Juan 14,15-16.23b-26)
15 de mayo 2016

José Antonio Pagola 





YO ESPERO...
Escrito por  Florentino Ulibarri

Yo espero
que venga lo nuevo y novedoso
con el mismo ímpetu, por lo menos,
con que viene lo que ya conocemos
y que alguna vez nos ha tocado
en lo más íntimo
dejándonos heridos e insatisfechos
y con el espíritu en vilo.

Y espero,
cada vez con más ahínco y fe,
que no surja de nuestros estériles proyectos,
ni de nuestros evasivos sueños,
ni de nuestros recuerdos,
ni de nuestro vientre yermo,
ni de nuestros defendidos derechos...,
sino de tus entrañas y gracia,
o de las nuestras cubiertas por tu Espíritu.

Yo espero que venga,
gratuitamente, sobre todos,
sin distinción de credos,
de razas y pueblos,
de culturas y sexo...
tu Espíritu y gracia de nuevo...





DIOS ES ESPÍRITU
Escrito por  Fray Marcos
Jn 20, 19-23

La liturgia remata el tiempo pascual con tres fiestas importantes. Pentecostés, Trinidad y Corpus. Las tres hablan de la realidad trascendente que llamamos Dios. Pero no desde el punto de vista filosófico o científico sino en cuanto se relaciona con cada uno de nosotros. De la realidad de Dios en sí mismo no sabemos absolutamente nada; pero podemos experimentar su presencia como realidad que fundamenta y sostiene nuestra realidad, no desde fuera, sino desde lo hondo del ser. Pentecostés propone la relación con Dios que es Espíritu y hasta qué punto podemos descubrirlo y vivirlo.

Pentecostés, es una fiesta eminentemente pascual. Sin la presencia del Espíritu, la experiencia pascual no hubiera sido posible. La totalidad de nuestro ser está empapada de Dios ESPÍRITU. Es curioso que se presente la fiesta de Pentecostés en los Hechos, como la otra cara del episodio de la torre de Babel. Allí el pecado dividió a los hombres, aquí el Espíritu los congrega y une. Siempre es el Espíritu el que nos lleva a la unidad y por lo tanto el que nos invita a superar la diversidad que es fruto de nuestro falso yo.

El relato de los Hechos, que hemos leído es demasiado conocido, pero no es tan fácil de interpretar adecuadamente. Pensar en un espectáculo de luz y sonido nos aleja del mensaje que quiere trasmitir. Lc nos está hablando de la experiencia de la primera comunidad, no está haciendo una crónica periodística. En el relato utiliza los símbolos más llamativos que se habían utilizado ya en el AT. Fuego, ruido, viento. Los efectos de esa presencia no quedan reducidos al círculo de los reunidos, sino que sale a las calles, donde estaban hombres de todos los países.

Por lo tanto, no se trata de celebrar un acontecimiento. El Espíritu está viniendo siempre. Mejor dicho, no tiene que venir de ninguna parte. (Lc narra en los Hch, cinco venidas del Espíritu). Las lecturas que hemos leído nos dan suficientes pistas para no despistarnos. En la primera se habla de una venida espectacular (viento, ruido, fuego), haciendo referencia a la teofanía del Sinaí. Coloca el evento en la fiesta judía de Pentecostés, que se había convertido en la fiesta de la renovación de la alianza. La Ley ha sido sustituida por el Espíritu. En Jn, Jesús les comunica el Espíritu el mismo día de Pascua.

Sobre el Espíritu Santo, no es fácil superar una serie de errores que todos llevamos muy dentro. No se trata de ningún personaje distinto del Padre y del Hijo, que, por su cuenta anda por ahí haciendo de las suyas. Se trata del Dios UNO desmaterializado y más allá de toda imagen antropomórfica. No debemos pensar en él como un don que nos regala el Padre o el Hijo, sino en Dios como DON absoluto que fundamenta todo lo que nosotros podemos llegar a ser. No es una realidad que tenemos que conseguir a fuerza de oraciones y ruegos, sino el primer fundamento de mi ser, del que surge todo lo que soy.

También debemos tener mucho cuidado al interpretar la palabra “Espíritu” cuando la encontramos en la Biblia. Tanto el “ruah” hebreo como el “pneuma” griego, tienen una gama tan amplia de significados que es casi imposible precisar a qué se refieren en cada caso. El significado predominante se refiere a una fuerza invisible pero muy eficaz que se identifica con Dios y que capacita al ser humano para realizar tareas que sobrepasan sus posibilidades normales. Recordemos que el significado primero de la palabra es “viento”, o mejor, el espacio entre el cielo y la tierra de donde los animales sorben la vida. Este primigenio significado nos abre una perspectiva muy interesante para nuestra reflexión.

En los evangelios se deja muy claro que todo lo que es Jesús, se debe a la acción del Espíritu: "concebido por el Espíritu Santo”. "Nacido del Espíritu”. "Desciende sobre él el Espíritu”. "Ungido con la fuerza del Espíritu”. “Como era hombre lo mataron, como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida”.Está claro que la figura de Jesús no podría entenderse si no fuera por la acción del Espíritu. Pero no es menos cierto que no podríamos descubrir lo que es realmente el Espíritu si no fuera por lo que Jesús, desde su experiencia, nos ha revelado.

En esta fiesta se quiere resaltar que gracias al Espíritu, algo nuevo comienza. De la misma manera que al comienzo de la vida pública, Jesús fue ungido por el Espíritu en el bautismo y con ello queda capacitado para llevar a cabo su misión, ahora la tarea encomendada a los discípulos será posible gracias a la presencia del mismo Espíritu que les va a dar también energía para llevarla a cabo. De esa fuerza, nace la nueva comunidad, constituida por personas que se dejan guiar por el Espíritu para llevar a cabo la misma tarea. No se puede hablar del Espíritu sin hablar de unidad e integración y amor.

La experiencia inmediata, que nos llega a través de los sentidos, es que somos materia, por lo tanto, limitación, contingencia, inconsistencia, etc. Con esta perspectiva nos sentiremos siempre inseguros, temerosos, tristes. La Experiencia mística nos lleva a una manera distinta de ver la realidad. Descubrimos en nosotros algo absoluto, sólido, definitivo que es más que nosotros, pero es también parte de nosotros mismos. Esa vivencia nos traería la verdadera seguridad, libertad, alegría, paz, ausencia de miedo.

No se trata de entrar en un mundo diferente, acotado para un reducido número de personas privilegiadas, a los que se premia con el don del Espíritu. Es una realidad que se ofrece a todos como la más alta posibilidad de ser, de alcanzar una plenitud humana que todos teníamos que proponernos como meta. Cercenamos nuestras posibilidades de ser seres humanos cuando reducimos nuestras expectativas a los logros puramente biológicos, psicológicos e incluso intelectuales. Si nuestro verdadero ser es espiritual, y nos quedamos en la exclusiva valoración de la materia, devaluamos nuestra trayectoria humana y reducimos al mínimo el campo de nuestras posibilidades.

La experiencia del Espíritu es de la persona concreta, pero empuja siempre a la construcción de la comunidad, porque, una vez descubierta en uno mismo, en todos se descubre esa presencia. El Espíritu se otorga siempre “para el bien común”. Fijaros que, en contra de lo que se cuenta, no se da el Espíritu a los apóstoles, sino a los discípulos, es decir a todos los seguidores de Jesús. La trampa de asignar la exclusividad del Espíritu a la jerarquía se ha utilizado con demasiada frecuencia para justificar privilegios y poderes especiales. El más poseído del Espíritu es el que más dispuesto está a servir a los demás.

El Espíritu no produce personas uniformes como si fuesen fruto de una clonación. Es esta otra trampa para justificar toda clase de controles y sometimientos. El Espíritu es una fuerza vital y enriquecedora que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes. La pretendida uniformidad no es más que la consecuencia de nuestro miedo, o del afán de confiar en el control de las personas y no en la fuerza del mismo Espíritu.

En la celebración de la eucaristía debíamos poner más atención a esa presencia del Espíritu. Un dato puede hacer comprender esta devaluación del Espíritu. Durante muchos siglos el momento más importante de la celebración fue la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu que el sacerdote hacer sobre el pan y el vino. Solo mucho más tarde se confirió un poder mágico a las palabras que hoy llamamos “consagración”.

La primera lectura de hoy nos obliga a una reflexión muy simple: ¿hablamos los cristianos, un lenguaje que puedan entender todos los hombres de hoy? Mucho me temo que seguimos hablando un lenguaje que nadie entiende, porque no nos dejamos llevar por el Espíritu, sino por nuestras programaciones y caprichos. Solo hay un lenguaje que pueden entender todos los seres humanos, el lenguaje del amor.

Meditación-contemplación

Toda vida espiritual es obra del Espíritu.
Que esa obra se lleve a cabo en mí, depende de mí mismo.
Yo necesito a Dios para ser.
Él me necesita para manifestarse.
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“Todos hemos bebido de un mismo ESPÍRITU”.
Pero es que es el ESPÍRITU el que nos tiene que sorber.
Él es más que yo y me tiene que transformar en él.
No debo manipularlo, sino dejar que me cambie a su antojo.
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Dios es amor, y el ser humano puede descubrir y vivir ese amor.
Siempre que amo de verdad, hago presente a Dios,
porque el amor con que yo amo, es el mismo amor que es Dios.
No soy yo el que amo, sino Dios que ama en mí.
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Fray Marcos





EL ESPÍRITU DE JESÚS
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 14, 15-26

¿Cuál es el Espíritu de Jesús? El Espíritu le hace Hijo. Lo primero del Espíritu es reconocer a Dios, creer en Abbá de una vez y abandonar definitivamente a los dioses/jueces que necesitan sangre para perdonar.

El Espíritu de Jesús exige en nosotros la liberación. Sentimos el Espíritu de Jesús cuando aborrecemos nuestras cadenas, nuestras enfermedades, nuestro pecado, cuando sentimos el irresistible deseo de ser Hijos, cuando sentimos como un sueño irrenunciable la exigencia de "Ser perfectos como es perfecto vuestro Padre". Tenemos el Espíritu de Jesús si somos caminantes, si estamos saliendo de la agradable esclavitud del pecado a la exigente libertad de los Hijos.

El Espíritu le hace Salvador, el que entrega la vida para la liberación y la salud de todos. El Espíritu de Jesús nos compromete en la Misión de Jesús: liberar a todo ser humano del pecado y de sus consecuencias. Sentimos que nos anima el Espíritu de Jesús cuando experimentamos en nosotros la tendencia a ayudar, a salvar, a perdonar, a fijarnos en lo bueno, a comprometernos en los problemas ajenos, cuando sentimos que toda injusticia, enfermedad... todo mal de cualquiera nos afecta como nuestro.

El Espíritu hace a Jesús pobre, desinteresado, desprendido. El Espíritu de Jesús nos lleva a usar de todo lo que tenemos para el Reino, porque no queremos tirar la vida, no consentimos en desperdiciar nada, ni la salud ni el dinero, ni la inteligencia, ni la habilidad, ni el tiempo ni nada... porque todo esto puede ser precioso para siempre y no nos conformamos con que sea sólo agradable para unos años.

Reconocemos que actúa en nosotros el Espíritu de Jesús cuando sentimos cierto recelo ante la comodidad, ante el placer, ante la seguridad, ante la felicidad que producen las cosas de fuera a dentro, cuando nos sentimos inquietos si nos aprecia todo el mundo, cuando sentimos satisfacción interior en el esfuerzo, en la austeridad, en la ayuda desinteresada y anónima, cuando tenemos que sufrir por la verdad, por el perdón, por la honradez.

Y nos damos cuenta de que todo eso no nace simplemente de nosotros sino que es el Espíritu de Jesús el que lo produce, y estamos agradecidos de que se nos exija, porque así salvamos esta vida de la mediocridad, y de la muerte.

Reconocemos el Espíritu de Jesús cuando "sentimos a Dios", dentro de nosotros y en todas las cosas, cuando percibimos que está ahí, hablando constantemente, exigiendo y perdonando y alentando la vida y liberando, y experimentamos que podemos conectar con Él en lo más íntimo, y que no llamamos FE a una serie de dogmas, sino a experimentar su Presencia Liberadora que cambia la vida y la hace válida. Y sentimos que todo esto no nos lo inventamos sino que lo recibimos de Él, y sentimos que la vida es más, que hay un sentido y un plan y una presencia y un futuro.

Reconocemos que el Espíritu de Jesús está en nosotros cuando lo vemos actuar en el mundo y en la Iglesia, y vemos bondad y esfuerzo, y honradez y solidaridad y cuidado de la naturaleza, y dedicación a los débiles.

Con los ojos del Espíritu comprobamos con gozo la presencia del mismo Espíritu en tanto bien, tanta capacidad de sacrificio, tanta compasión como existen en las personas, a pesar de tantos poderes opresores, de tanta frivolidad deshumanizadora, tantas desgracias y abusos, y advertimos que sabemos "leer" su presencia en la vida de las personas para bien, y también el rechazo de muchos a esa presencia, para mal.

Pero sobre todo nos hace capaces de ver a los hombres como Hijos, y quererles (querernos) a pesar de sus (de nuestros) pecados.

Nosotros no amamos a los demás porque nos caen bien, sino porque el Espíritu que está en nosotros nos hace amar primero y mirar después. Y somos capaces de reconocer el Espíritu de Dios actuando en el mundo, en la bondad, en el sacrificio, en la imaginación, en la... en todo lo positivo que hacen los hombres. "Sabemos" que es la acción de Dios.

El Espíritu, alma de la Iglesia, hace de la Iglesia un Pueblo libre dedicado a liberar. El Espíritu no deja tranquila a la Iglesia: la compromete. Ser la Iglesia es muy comprometido; sabemos que muchas personas verán al Espíritu o no verán al Espíritu si lo ven, o no lo ven, en nosotros.

Somos la iglesia en la medida en que el Espíritu de Jesús inspira nuestra vida. Si no hay Espíritu de Jesús en nuestra vida, pertenecemos al "Cuerpo" físico, social, externo de la Iglesia, pero nada más... y el Espíritu de Jesús no será visible.

Es de la Iglesia el que tiene el Espíritu de Jesús. Por sus frutos los conoceréis. "Porque tuve hambre y me disteis de comer"

Y así sentimos que Jesús es la Vid, y el Padre el Labrador. Nos sentimos injertados en buena planta, sentimos que crecemos, que la savia de Dios corre por nosotros, que podemos cambiar nuestro mundo, que la planta de los hombres puede florecer.

Todo eso es el Espíritu, el Espíritu que se mostraba plenamente en Jesús, el Espíritu que se mostraba en aquella comunidad.

Y eso es lo que sucedió en aquella primera comunidad, y lo que sucede ahora: que el Espíritu de Dios, que hizo de Jesús el Hijo Vivo-Para-Siempre, sigue soplando en el mundo para hacernos a todos Hijos Vivos-Para-Siempre.

Podemos pedir a Dios "¡Oh Señor, envía tu Espíritu!", pero debemos buscarlo, alimentarlo. Para esto es nuestra oración, la lectura frecuente del Evangelio, la participación activa en la Eucaristía... y el compromiso en servicios concretos que mantengan vivo nuestro espíritu de servicio.

Examinar ante Dios si cultivo esa planta o espero que crezca sola, o me conformo con que no crezca...

ORACIÓN
Ven, Viento Creador,
visita el corazón de tus hijos.
Llénalos de tu fuerza,
tú que los has creado,
tú que eres el Salvador,
regalo del mismo Dios,
fuente viva, fuego, amor,
dulzura y fuerza de Dios.

Da luz a nuestros sentidos,
pon amor en los espíritus,
llena de tu fortaleza
la debilidad de nuestras vidas.

Aleja nuestros temores,
concédenos la paz,
haz que, guiados por Ti,
nos liberemos del mal.

Haz que conozcamos al Padre,
que comprendamos a Jesús,
y que siempre creamos
en Ti, Viento de la vida.

Demos gracias a Dios Padre y al Hijo, Jesús resucitado,
y al Viento vivificador, por los siglos de los siglos.

José Enrique Galarreta





DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Escrito por  José Luis Sicre

Una catequesis poco feliz ha hecho que muchos cristianos, sobre todo de mayor edad, vean al Espíritu Santo como algo raro, que no desempeña ningún papel en sus vidas. Las lecturas de este domingo podrían ayudarles a cambiar de opinión.

1. El Espíritu Santo: orador y traductor simultáneo (Hechos 2,1-11).
Los frecuentes viajes que realizamos hoy día nos han hecho conscientes de la importancia de los idiomas. Cuando solo se trata de comprar un bocadillo o un refresco no es problema. Pero hablar de la persona de Jesús y de su mensaje en las más diversas regiones del imperio romano no era nada fácil. Omitiendo otros muchos pueblos, la lectura de Hechos menciona a partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, cretenses y árabes. ¿Cómo pudieron los primeros cristianos proclamar el evangelio en idiomas tan distintos? Indudablemente, aprendiendo con enorme dificultad la lengua de cara región, como hicieron más tarde los misioneros en todas partes del mundo.

El libro de los Hechos hablará de muy diversas actuaciones del Espíritu. Pero Lucas quiere comenzar por este episodio programático: si el evangelio se ha extendido por todo el mundo ha sido gracias al Espíritu Santo. Todo ha sido obra suya: el mensaje y la capacidad de traducirlo a cada lengua. El mensaje lo resumen los protagonistas en cuatro palabras: “las maravillas de Dios”. Lo que no acaban de entender es cómo ha sido posible ese fenómeno de traducción simultánea.

Para contar este acontecimiento, Lucas se inspira en relatos del Antiguo Testamento. Cuando Dios se revela a Moisés en el Sinaí: “hubo truenos y relámpagos y una nube espesa sobre el monte... y toda la montaña temblaba” (Ex 19,16.18). Por otra parte, el profeta Joel había anunciado que la venida del Espíritu iría acompañada de “prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra: sangre, fuego, columnas de humo”. Lucas no es tan tremendista. Le basta el ruido de un “viento recio” y lenguas de fuego, que no aterrorizan a nadie, sino que se posan suavemente sobre cada uno. El viento tiene estrecha relación con el Espíritu (en hebreo y en griego se usan la misma palabra para ambas realidades). Las lenguas anticipan ese don asombroso de hablar distintos idiomas.

2. El Espíritu Santo y el sentirnos hijos de Dios (Romanos 8,8-17).
Jesús nos enseñó a llamar a Dios “Padre”. Pero muchos lo siguen viendo como juez severo, dispuesto a castigar nuestros pecados, que infunde temor; otros, como un ser lejano, desinteresado de nuestros sufrimientos y preocupaciones. Si somos cristianos, si estamos bautizados y hemos recibido el Espíritu, ¿cómo podemos pensar de esa manera?

La carta a los Romanos ilumina este contraste. Hemos recibido un espíritu de hijos, el Espíritu atestigua que somos hijos de Dios y herederos suyos. Pero no somos los hijos de un millonario que heredarán todo automáticamente mientras se dedican a derrochar la fortuna de la familia. Además de ser hijos hay que sentirse hijos, dejándose llevar por el Espíritu; para heredar con Jesús hay que compartir su pasión. En muchas ocasiones, lo difícil será conjugar estas dos experiencias: la del sufrimiento, la pasión, y la de la paternidad de Dios. Esa fe necesaria para llamar a Dios “Padre”, como hace Jesús en el huerto de los olivos, incluso cuando están cerca el sufrimiento y la muerte. Y esto lo conseguimos gracias al Espíritu.

3. El Espíritu Santo, un premio sorpresa (Juan 14,15-16.23b-26).
“Si te portas bien, tendrás un premio”, dicen muchos padres a sus hijos. “Si me amáis y guardáis mis mandamientos, tendréis dos premios”, dice Jesús a sus discípulos. El primero será un ser misterioso que les servirá de consuelo cuando Jesús esté ausente. El segundo, la visita del mismo Padre y de Jesús, no una visita rápida y de compromiso sino quedarse con nosotros de forma permanente. Y termina aclarando quién es ese ser misterioso del primer premio: el Espíritu Santo. Este regalo no es un objeto inerte que nos limitamos a contemplar. Nos recuerda todo lo que dijo Jesús y nos enseña a cómo ponerlo en práctica. Consuelo, enseñanza y recuerdo, tres efectos del Espíritu en todos nosotros.

José Luis Sicre





Y la luz exitió
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Cada mañana, al levantarnos, ¿somos conscientes del regalo de un nuevo amanecer? ¿Valoramos el pulso en nuestras venas, el milagro de los colores en la ventana, la sorpresa de ser parte de esa luz en la que existimos, de ser algo más que nada, de poder prolongar el gesto de Dios creador? Y sobre todo, ¿somos conscientes de que en cada momento disfutamos del “yo” en función de un “tú”, de que cada instante somos aurora de Dios?

LA PRIMERA AURORA
Dijo Dios: -Que exista la luz. Y la luz existió, Vio Dios
que la luz era buena; y separó Dios la luz de la tiniebla:
llamó Dios a luz día, y a la tiniebla noche.
(Gn 1,3-5)

Sin figura ni manos no aparece
el sueño de mirarse en el espejo,
ni en el caos emerge ese reflejo
donde la sombra ríe  si amanece.

Fuimos tiniebla a solas que perece
por no hallar en lo oscuro aquel cotejo
con que apreciar que somos el festejo
de un festín de color que vive y crece.

Y de pronto, ¡oh emoción!, nació la auror
para alumbrar la turbia masa oscura
y al instante  la luz se hizo presente

centelleó en un día, noche y hora
y estalló en el tiempo la ternura
de un futuro de amor resplandeciente.

Pedro Miguel Lamet





ENTRAR, SALIR, RESPIRAR
Dolores Aleixandre

"Yo soy la puerta: quien entre por mí podrá entrar y salir..." (Jn 10,9) Es una de esas afirmaciones del evangelio que llega a nosotros en Pascua como una ráfaga de libertad y de aire libre. El Papa Francisco es un pastor que ha aprendido del Gran Pastor y hace bien su oficio: saca a la Iglesia de espacios lóbregos, aunque el exceso de luz le deslumbre los ojos. La empuja fuera de sus atmósferas viciadas.

Abre sus ventanas y deja que entre el sol en sus habitaciones cerradas. Le descubre la salida de ese laberinto en el que a veces da vueltas sin fin. La invita a dejar atrás situaciones relacionales o institucionales que asfixian y angustian.

Me seduce esta imagen de Iglesia desplegada y respirando con anchura, que va tirando por el barranco estrecheces, minucias y casuísticas rancias. Que se aplica a la tarea de barrer las sabandijas que aún se agazapan en sus rincones oscuros. Y que cuelga en sus puertas abiertas un cartel con este anuncio: "Entrad y salid por aquí todos los que hacéis del amor la causa de vuestra alegría".

Dolores Aleixandre
Religión Digital