viernes, 1 de enero de 2016

PREGUNTAS DE AÑO NUEVO - José Antonio Pagola


PREGUNTAS DE AÑO NUEVO - José Antonio Pagola

Hoy comenzamos un «año nuevo». ¿Cómo será?, ¿qué espero yo del nuevo año?, ¿qué deseo de verdad?, ¿qué es lo que necesito?, ¿a qué dedicaré mi tiempo más precioso e importante?, ¿qué sería para mí algo realmente nuevo y bueno en este año que hoy comienza?

¿Viviré de cualquier manera, pasando de una ocupación a otra, sin saber exactamente qué quiero ni para qué vivo, o aprenderé a distinguir lo importante y esencial de lo que es secundario? ¿Viviré de forma rutinaria y aburrida, o aprenderé a vivir con espíritu más creativo?

¿Seguiré este año alejándome un poco más de Dios o empezaré a buscarlo con más confianza y sinceridad? ¿Seguiré un año más mudo ante él, sin abrir mis labios ni mi corazón, o brotará por fin de mi alma maltrecha una invocación pequeña, humilde pero sincera?

¿Viviré también este año preocupado solo por mi bienestar o sabré preocuparme alguna vez de hacer felices a los demás?, ¿a qué personas me acercaré?, ¿sembraré en ellas alegría, o contagiaré desaliento y tristeza? Por donde yo pase, ¿será la vida más amable y menos dura?

¿Será un año más, dedicado a hacer cosas y más cosas, acumulando egoísmo, tensión y nerviosismo o tendré tiempo para el silencio, el descanso, la oración y el encuentro con Dios?, ¿me encerraré solo en mis problemas o viviré tratando de hacer un mundo más humano y habitable?

¿Seguiré con indiferencia las noticias que día a día me llegarán desde los países del hambre?, ¿contemplaré impasible los cuerpos destrozados de las gentes de Irak o los ahogados de las pateras?, ¿seguiré mirando con frialdad a los que vienen hasta nosotros buscando trabajo y pan? ¿Cuándo aprenderé a mirar a los que sufren con corazón responsable y solidario?

Lo «nuevo» de este año no nos vendrá de fuera. La novedad solo puede brotar de nuestro interior. Este año será nuevo si aprendo a creer de manera nueva y más confiada, si encuentro gestos nuevos y más amables para convivir con los míos, si despierto en mi corazón una compasión nueva hacia los que sufren.

2 domingo después de Navidad
Ciclo - C
(Juan 1,1-18)
03 de enero 2016




QUE EL AÑO QUE NACE...
Escrito por  Florentino Ulibarri

Que el año que nace..., Señor,
traiga las alforjas ligeras,
pero llenas de estrellas que hagan billar,
en todos los rincones, la paz y las flores;
que a hombres y mujeres nos empape
las entrañas de vida e ilusión,
para que germinen y fructifiquen;
que nos ofrezca gratis y sin interrogantes
lo que soñamos muchas veces
cuando estamos despiertos y sin preocupaciones.

Que el año que nace..., Señor,
demos la espalda a los miedos
y abordemos de frente las dificultades;
abramos el corazón a la ternura
y despejemos la mente de problemas;
sepamos desprendernos de lo innecesario
para no cansarnos en nuestro caminar diario;
y que, a pesar de nuestras diferencias,
mantengamos el respeto y la flexibilidad,
y el cuerpo y el espíritu gráciles.

Que el año que nace..., Señor,
dispongamos de ganas y tiempo
para escuchar y dialogar con los amigos
y, también, con los que van por otros caminos;
que reciba, antes que nada, efusivamente,
nuestros piropos y besos apasionados
para que no se nos presente como extraño;
que tenga cosquillas para poder despertarlo,
le gusten las nanas para dormirlo
y no llore mucho aunque nos equivoquemos.

Que el año que nace..., Señor,
busquemos con paso firme y mucho equilibrio
el camino de la felicidad y de tu reino,
y la felicidad que hay en el camino;
que la descubramos y mantengamos,
y que nada nos haga perder tesoro tan preciado.
Que lo aceptemos con respeto y humor,
y nos relajemos un poco más de lo habitual
aunque sigamos con la perenne crisis
que se ha instalado en nuestro mundo y corazón.

Que el año que nace..., Señor,
sea, para todos sorprendente y feliz,
y el mejor regalo de tu corazón de Padre.





ARMONIZAR EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD ES NUESTRA TAREA
Escrito por  Fray Marcos
Lc 2, 16-21

En esta fecha tan universal y envolvente, es inevitable hablar, por lo menos, de tres temas: La paz, María Madre y el tiempo. Empezaremos hablando de la paz. Se nos llena la boca al pronunciar esta palabra, pero no nos interesa demasiado afrontar los verdaderos problemas que plantea. Todos pedimos a Dios que nos libre de la guerra, pero no estamos dispuestos a exigir en nuestro entorno justicia, que es “condicio sine qua non” de una auténtica paz. Luchar por la paz haciendo la guerra, garantiza el fracaso. El concepto de guerra preventiva es más perverso que la ley del talión. El ser humano se puede defender de toda agresión sin tener que luchar contra nada ni contra nadie. El secreto sería trabajar siempre por el bien de todos y cada uno de los hombres.

Juan XXIII, en su encíclica “Pacis in terris”, advirtió que la paz será la consecuencia de la Verdad, la Justicia, la Libertad y el amor. Esto lleva consigo tener claro que ningún ser humano es más que otro ser humano. Mientras no nos enteremos de esta realidad; mientras haya un solo hombre que se sienta superior, no podrá haber paz. Hoy por hoy, estamos a años luz de esta utopía, que sin embargo debe ser el primer fundamento de todas las relaciones humanas. Hay muchas personas que intentamos ser justos, ser amables, ser comprensivos, etc. etc., pero con la condición de que no se ponga en duda nuestra superioridad. Esta postura, tan común, es de auténtica hipocresía.

Unos buscamos la paz de los cementerios: ¡Que nadie se mueva! ¡Ay de aquel que se atreva a vivir! Ahí están los “vivos” de siempre, impidiendo el más ligero signo de vida a los demás. Otros nos contentamos con la paz romana: todos sometidos al servicio del imperio. Una paz que responde a la ley del más fuerte, sostenida con bombas y cañones. Que mueren personas inocentes… son inevitables “daños colaterales”. Que quedan seres humanos destrozados en el camino… da lo mismo, lo importante es que se han cumplido los objetivos. Paz conseguida gracias a que la inmensa mayoría de la humanidad no tiene capacidad de reivindicar los más elementales derechos. Carta universal de los derechos humanos, firmada por todos los países, ¿para qué? Sería de risa, si no fuera de pena.

La que debíamos buscar todos, es la paz armonía, fruto de la Justicia. Pero el mayor enemigo de la justicia es la legalidad que unos pocos privilegiados imponemos a todos, buscando siempre nuestro provecho. ¿Qué pasaría si las leyes del comercio mundial las hicieran los países más pobres, los que pasan hambre hasta la muerte? El primer objetivo de las grandes coaliciones entre las naciones es defender sus intereses económicos. ¿Contra quién? Es demencial. Y encima tenemos que estar oyendo todos los días que somos los buenos. ¡Qué iba a ser del mundo, si no fuera por nosotros!

Debemos tomar conciencia de pertenecer a una familia, donde no haya ni superior ni inferior, ni señor ni esclavo, esta es la clave de todo el mensaje evangélico. La transformación debe empezar dentro de cada ser humano. Si desterrásemos de nosotros todo egoísmo, se terminarían todas las guerras. Según Jesús, es más humano el que es capaz de amar más. Es inútil pretender una plenitud humana a costa de los demás

María Madre. Es la fiesta más antigua de María que se conoce. Pablo VI la recuperó del olvido. Es bonito empezar el año mirando a María Madre, sobre todo si aprendemos a verla sin capisayos y abalorios. La primera imagen que el hombre primitivo tuvo de Dios, fue la de Madre. María Madre viene a suplir las carencias que conllevaba la idea de un Dios exclusivamente Padre. La maternidad de María es un dogma, que fue definido en Éfeso en el 431. Es muy interesante constatar que ese dogma tuvo que ser aclarado y en cierto modo limitado veinte años después por el concilio de Calcedonia (451) afirmando que María era madre de Dios "en cuento a su humanidad". Esta aclaración la hemos olvidado por completo y seguimos interpretando mal lo que en el dogma se quiso declarar.

El dogma se definió para confirmar, que el fruto del parto de María fue una única persona, contra la tesis nestoriana que afirmaba dos personas en Jesús. Fue una definición cristología, no mariológica. María no era aún motivo de la reflexión teológica. No debemos olvidar que este concilio lo promovió Nestorio para que condenara como hereje a Cirilo, que proclamaba una sola persona en Cristo y por lo tanto que María era con pleno sentido, madre de Jesús Hijo de Dios. A Nestorio le salió el tiro por la culata, y fue condenado él; pero faltó el canto de un duro, para que se condenara como herejía lo que se definió como dogma... Sin comentario.

Este dogma de la "Theotokos", literalmente, “la que pare a Dios”, se ha entendido mal, porque no se ha tenido en cuenta el sentido que tenían las palabras en aquel contexto. Es el mejor ejemplo de cómo, conservando las palabras, estamos diciendo algo completamente distinto de lo que se quiso definir. En aquella época. Se creía que la nueva criatura procedía totalmente del padre. La madre no tenía otra misión que la de ser recipiente donde se desarrollaba la semilla del nuevo ser. De ahí que no se tenía ningún inconveniente en aceptar que alguien pudiera ser hijo de un dios naciendo de una mujer. Es ridículo seguir hablando hoy de Hijo de Dios en sentido biológico.

En la concepción de Jesús, no podemos seguir mezclando el plano biológico y el divino. Se trata de dos planos de naturaleza distinta que no tienen la menor posibilidad de interferir uno en otro. En el orden espiritual, lo biológico no tiene ninguna importancia. Hay que defender con rotundidad que lo que Jesús fue y significó como manifestación de Dios, sólo podía ser obra del Espíritu Santo. Eso nadie lo puede poner en duda. En los relatos del nacimiento y del bautismo de Jesús, se ve con toda claridad: “Concebido por el Espíritu Santo”; “Nacido del Espíritu Santo”; “Ungido por el Espíritu Santo”; “Movido por el Espíritu Santo”; “El Espíritu es el que da vida, la carne no vale para nada”.

Lo que estamos celebrando es que María hace presente a Dios encarnado (Emmanuel). S. Agustín dice que María fue madre de Dios, no por su relación biológica, sino por haber aceptado el proyecto de Dios. En eso, María puede seguir siendo modelo porque todos tenemos a Dios en el centro de nuestro ser y todos tenemos que dar a luz a Dios, como dijo el maestro Eckhart. Los primeros padres llamaban a la Iglesia partera, porque su misión era ayudar a los seres humanos a alumbrar a Dios. Dios sigue dándose de manera absoluta a todos y cada uno de los hombres. Descubrir y experimentar ese don es la tarea más importante que puede llevar a cabo un ser humano.

El tercer tema tiene que ver con el tiempo (Año Nuevo). El comienzo del año nos tiene que hacer pensar en el tiempo y en la eternidad. Como seres construidos de materia, formamos parte del tiempo, del devenir, de la evolución. Pero a la vez, la eternidad, de alguna manera, nos está atravesando. Si camináramos por el tiempo con los ojos bien abiertos, descubriríamos horizontes de eternidad en la misma temporalidad. El concepto de eternidad que manejamos, como algo que está más allá del tiempo, nos está jugando una mala pasada. No es negando la temporalidad, como alcanzaremos la eternidad, sino zambulléndonos en ella hasta encontrarnos con su médula.

En el NT se manejan dos conceptos muy distintos de tiempo. Uno es el tiempo astronómico (la medida del movimiento), que nos permite conectar con la realidad material y sentirnos inmersos en la contingencia. El otro concepto es el “Kairos”, que sería el tiempo psicológico o espiritual. Este nos permite ir más allá del tiempo y experimentar en cualquier momento lo trascendente, lo divino, la eternidad.

Contemplación-meditación

María MADRE

Pensar en los orígenes nos obliga a centrarnos.
Para saber donde estoy, debo saber de donde vengo y a donde voy.
El presente consciente incluye el pasado.
El futuro está ya en el presente de la persona despierta.
......................

La figura de María Madre es fruto del subconsciente.
Completa la idea de Dios Padre que tenemos en nuestra cultura.
Dios Padre = poder, autoridad, exigencia; seguridad externa.
Dios Madre = acogida, comprensión, cariño, seguridad interna.
.............................................

Nuestros conceptos no puede expresar la realidad de Dios.
Pero unidos los dos símbolos, se acercan un poco más a lo que Dios es.
María nos ayuda a encontrar ese Dios que es nuestro origen.
Dios es el ABSOLUTO que me envuelve y me atraviesa.
...........................................

Fray Marcos





DIOS ES ENCARNACIÓN Y AL ENCARNARSE SE HACE PALABRA, EXPRESIÓN DE SU SER
Escrito por  Fray Marcos
Jn 1, 1-18

Por dos veces en este corto tiempo de Navidad, nos propone la liturgia este evangelio. Ni en dos ni en diez homilías agotaríamos el contenido de esta página de la Escritura; sin duda la más sublime que se haya escrito nunca. Por eso mismo es tan difícil de comprender. Cualquier explicación que demos, será siempre provisional y limitada porque solo la experiencia interior nos puede aproximar y nunca llegaremos a comprender del todo.

La tercera frase podría traducirse por “un ser divino era el proyecto”, puesto que “Theos” no lleva artículo. Ese inconsciente cambio de perspectiva, demuestra la dificultad que seguimos teniendo para aceptar, en toda su dimensión, el misterio de la encarnación. No terminamos de creernos que Dios se ha hecho hombre, y hacemos decir al evangelio lo que no dice. Haciendo Dios a Jesús nos dispensamos de aceptar a un Dios fundido con lo humano. No es el hombre el que tiene que escalar las alturas del cielo, ha sido Dios el que se ha abajado y ha compartido su ser con el hombre. Eso es lo que significa la encarnación. Por medio de Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera, ni en los templos sino en el hombre en todo ser humano.

"... estaba junto a Dios": Esta frase expresa a la vez dos cosas: Proximidad y distinción. El (pros ton theon) sería: estaba "junto a", "vuelto hacia" Dios. El adverbio "pros" puede tener sentido estático o dinámico, de compañía o de movimiento. El sentido más aproximado sería: En íntima unión con Dios, Fruto de una relación, sin considerarlo absolutamente idéntico a Él. Recordemos que el mismo Jn nos dice: "El Padre es mayor que yo". Aunque también dice: "Yo y el Padre somos uno". Para un judío era imposible aceptar otro ser equiparado a Dios. Para ellos Dios era el único y totalmente otro. En cambio para los griegos, el peligro estaba en interpretar la existencia de otro ser igual a Dios como politeísmo. La primera comunidad cristiana se desarrolló entre las dos culturas. Y tuvo mucha dificultad para expresar la realidad de Jesús en relación a Dios.

“En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Otro texto que solemos entender al revés. La ilumina­ción viene precisamente porque ha llegado la Vida. Esta idea va más allá de la mentalidad judía. Para ellos la Ley era la luz que ilumina y salva. Sin luz (Ley) no podía haber vida (salvación). La idea de que la Vida es anterior a la luz, es clave para entender el evangelio de Juan. Dios por medio de la Palabra, comunica la Vida, y es esta Vida la que da luz, la que permite la comprensión de lo que es Jesús y de lo que es Dios. Se entiende mal a Jn, si se quiere ver en Jesús un maestro de verdades que dan vida. Jesús es dador de Vida, porque nos hace descubrir la que el Padre le ha dado a él.

Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron. Con frecuencia nos pasamos por alto esta seria advertencia repetida tres veces en distintos versículos. En Jesús se hizo patente esa presencia de Dios, pero a pesar de ello, muy pocos de los que estaban a su alrededor fueron capaces de descubrir esa presencia. Hasta a los más íntimos, que vivieron con él durante años, les costó Dios y ayuda descubrir la realidad de Jesús. Hoy la culpa de que el mundo siga sin reconocer a Jesús, la tenemos los que decimos seguirle. Hablamos demasiado de Jesús, pero la verdad es que a la hora de vivir como él, dejamos mucho que desear. Si todos los que nos llamamos cristianos viviéramos como él vivió, todo cambiaría.

“Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Recibir a Cristo significa creer en él, identificarse con él, repetir la actitud y la relación con Dios que él mismo tuvo. “Les dio poder para ser hijos de Dios”, no quiere decir que, desde fuera se haya añadido algo a lo que eran. Se trata de un descubrimiento y vivencia de una realidad que está en todos y cada uno de los seres humanos. No se trata de negar la originalidad de Jesús. Jn deja muy clara la diferencia entre ser Hijo referido a Jesús y ser hijos, referido a nosotros. Determinar esa diferencia es una de las claves para poder entender todo el mensaje de Juan. "Subo a mi Padre y vuestro Padre..."

En el AT, el título de hijo de Dios se aplicaba: a) A los ángeles. b) Al rey. c) Al pueblo judío en su conjunto. Ninguna de estas ideas sirve para comprender lo que Juan quiere decir. Los primeros cristianos “Hijo de Dios” lo entienden en sentido mesiánico, el enviado a cumplir una tarea de salvación. Nada que ver con la generación ni con su identidad sustancial con la divinidad. El mensaje de Jn va más allá de todo lo que podemos encontrar en el AT y en la primera comunidad sobre un Mesías Salvador. Este lenguaje es fruto de setenta años de experiencia mística cristiana y muestra una comprensión de Jesús que no podían tener los apóstoles ni sus primeros seguidores.     

A pesar de lo dicho, la raíz de la idea de Hijo que Jn quiere trasmitirnos, hay que buscarla en la Sabiduría de los libros sapienciales. Como veíamos en la primera lectura de hoy, la Sabiduría, existía antes de la creación, participaba de la vida divina y era el agente de la creación y salvación. Esta idea unida a la cristolo­gía mesiánica da origen a la genial visión de Juan: "Hijo de Dios" o simplemente "el Hijo". El ser preexistente, vuelto hacia el Padre, que se hace carne para llevar a cabo el encargo (proyecto) del Padre: hacernos hijos. Para la mentalidad semita, hijo es aquel cuya actividad corresponda a la del Padre. En el 5,19 dice Jesús: "Un hijo no puede hacer nada que no vea hacer al Padre".

Tenemos aquí una perspectiva nueva para entender lo que quiere decir el NT con los conceptos de Padre e Hijo. Para un semita, era verdadero hijo el que obedecía en todo al Padre; el que salía al padre. Cuando a una persona se le quería introducir en el ámbito de la familia se le llamaba hijo. Lo más importante de ser hijo, no es la dependencia biológica, sino actuar como el padre actúa. Que Jesús es Hijo de Dios no lo adivinamos porque comprendamos su naturaleza, sino por ver que actúa como Dios. Nacer de Dios sería actuar como Dios. El seguimiento nos capacita para actuar como Dios. Esto es lo que hizo Jesús.

“Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. Jn no da ninguna importancia a la procedencia biológica de Jesús. Después de dejar clara su preexistencia, comienza su evangelio con el verdadero nacimiento, el del Espíritu. Dice el Bautista: “Yo he visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él”. Aquí se deja claro que la generación biológica no tiene ninguna importancia. Lo que verdaderamente importa es nacer de Dios. A Nicodemo le dice Jesús: “Hay que nacer de agua y de Espíritu”; “Lo que nace de la carne es carne...”

“Y la Palabra se hizo carne...” Carne es el hombre sometido a su debilidad, pero susceptible de recibir el Espíritu. Carne no es lo contrario de espíritu, sino la posibilidad de que el espíritu se manifieste. En la antropología judía no existía el concepto de alma y cuerpo. Para ellos el ser humano era un todo indivisible; pero se podía descubrir en él distintos aspectos: hombre carne, hombre cuerpo, hombre alma, hombre espíritu. Cuando nos dice que “se hizo carne”, quiere decir que la Palabra asumió la humanidad en su totalidad hasta lo más bajo del ser humano. Quiere decir que la revelación definiti­va de Dios, no es una sombra, un sueño, una ilusión óptica, sino una realidad tangible.

La revelación de Dios no es una enseñanza, sino su misma persona. Al hacerse carne, la Palabra ni dejó de ser Palabra, ni dejó de ser Dios. Al contrario, al hacerse carne la Palabra desarrolla su función al máximo. La finalidad de la palabra es comunicar. En la encarnación Dios se comunica de modo insuperable. En la encarnación la Palabra sigue siendo Dios, pero manifestado, Dios-con-nosotros. El hombre entero es la nueva localización de la presencia de Dios. Ya no debemos buscar a Dios en la tienda del encuentro ni el templo, sino en el hombre.

Meditación-contemplación

La luz brilla más en la tiniebla.
Es la tiniebla la que necesita de la luz.
Nos pasamos la vida maldiciendo de las tinieblas que nos rodean,
pero hacemos muy poco por iluminar esa tiniebla.
………………………

Tu vida es la que tiene que ser luz que ilumina.
La Vida de Dios que te atraviesa
tiene que reflejarse en todo momento.
Mientras más oscuridad haya, más preciosa será tu luz.
……………………

La lámpara no tiene que hacer nada para iluminar,
solo dejar que la corriente le atraviesa.
No pienses que eres tú el que tienes que iluminar.
Es la Vida de Dios la que se hace luz en ti.
…………………

Fray Marcos







TRES ACTITUDES PARA EL NUEVO AÑO
Escrito por  José Luis Sicre

Un extraño cambio en 1970
Cualquier judío sabe que a un niño hay que circuncidarlo a los ocho días de nacer. Así lo ordenó Dios a Abrahán: “A los ocho días de nacer, todos vuestros varones de cada generación serán circuncidados” (Génesis 17,12). Por consiguiente, cuando la iglesia adoptó el 25 de diciembre como fecha del nacimiento, el 1 de enero pasó a celebrarse la fiesta de la circuncisión e imposición del nombre de Jesús.

Existía también una fiesta de Santa María, Madre de Dios, solemnidad que se había introducido en las iglesias orientales hacia el año 500 y que la iglesia católica romana terminó celebrando el 11 de octubre. Parecía lógico relacionar más estrechamente esta fiesta de la maternidad de María con el nacimiento de Jesús. Por eso, a partir de 1970 se trasladó la fiesta al 1 de enero.

Esto implicó unir dos celebraciones importantes el mismo día: nombre de Jesús y Maternidad divina de María. Por si fuera poco, a Pablo VI se le ocurrió celebrar también el 1 de enero la Jornada Mundial por la Paz.

Dado que incluso los cristianos más piadosos celebran el Fin de Año y no están al día siguiente con la cabeza demasiado despejada, se ha decidido aligerar un poco de celebraciones el 1 de enero.

Y lo ha pagado quien menos se podía imaginar. La fiesta del Nombre de Jesús pasa este año a celebrarse el día 3 de enero, aunque se mantiene en la misa del día 1 la referencia a la circuncisión e imposición del nombre.

El libro bíblico de los Números no lo escribió san Francisco de Asís
He conocido personas, sobre todo en Argentina, convencidas de que la bendición que se lee como primera lectura es de san Francisco de Asís. Sin embargo, la escribió muchos siglos antes un autor bíblico para que la pronunciaran los sacerdotes sobre los israelitas. Se encuentra en el libro de los Números, capítulo 6, versículos 22-27. Es tan breve, clara y profunda que cualquier comentario sólo sirve para estropearla.

Tres actitudes para el nuevo año (Lucas 2,16-21)
El texto del evangelio relaciona dos acontecimientos muy distintos, separados por ocho días de distancia. El primero, la visita de los pastores, es el mismo que leímos el 25 de diciembre en la segunda misa, la del alba. En la escena se distinguen diversos personajes: empieza y termina con los pastores, que corren a Belén y vuelven alabando y dando gloria a Dios; está también presente un grupo anónimo, que podría entenderse como referencia a la demás gente de la posada, pero que probablemente nos representa a todos los cristianos, que se admiran de lo que cuentan los pastores. Finalmente, el personaje más importante, María, que conserva lo escuchado y medita sobre ello.

Estas tres actitudes se complementan: la admiración lleva a la meditación y termina en la alabanza de Dios. Tres actitudes muy recomendables para el próximo año.

La segunda escena tiene lugar ocho días más tarde. Algo tan importante y querido para nosotros como el nombre de Jesús lo cuenta Lucas en poquísimas palabras. Su sobriedad nos invita a reflexionar y dar gracias por todo lo que ha supuesto Jesús en nuestra vida.

En vez de propósitos y buenos deseos, una buena compañía
El comienzo de año es un momento ideal para hacer promesas que casi nunca se cumplen. También se formulan deseos de felicidad, generalmente centrados en la clásica fórmula: salud, dinero y amor. La liturgia nos traslada a un mundo muy distinto. Abre el año ofreciéndonos la compañía de Dios Padre, que nos bendice y protege, de Jesús, que nos salva, de María, que medita en todo lo ocurrido.

José Luis Sicre





UNA HISTORIA EN CINCO ETAPAS
Escrito por  José Luis Sicre

Presupuesto para entender el Prólogo
Las conquistas de Alejandro Magno, a finales del siglo IV a.C., supusieron una gran difusión de la cultura griega. En Judea, como en todas partes, los griegos ejercían un influjo enorme: cada vez se hablaba más su lengua, se imitaban sus costumbres, se construían edificios siguiendo su estilo, se abrían gimnasios, se enseñaba la doctrina de sus filósofos. Los judíos, al menos la clase alta, estaban encandilados con la sabiduría de Grecia. Sin embargo, algunos autores no compartían ese entusiasmo. Para ellos, la sabiduría griega era un producto reciente, obra del ingenio humano, y tenía su templo en un lugar pagano, Atenas. La verdadera sabiduría es eterna, procede de Dios, y reside en Jerusalén. Esto puede decirse con palabras vulgares, o poéticamente, presentando a la sabiduría como una mujer y contando su historia. Basándonos en diversos textos bíblicos podemos reconstruir esa historia de la Sabiduría.

La historia de la Sabiduría de Dios
1ª etapa: la Sabiduría junto a Dios desde el comienzo (Proverbios 8,22-36).
El Señor me estableció al principio de sus tareas,
al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remotísimo fui formada,
antes de comenzar la tierra.
Antes de los océanos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Todavía no estaban encajados los montes,
antes de las montañas fui engendrada.
No había hecho aún la tierra y la hierba
ni los primeros terrones del orbe.

2ª etapa: la Sabiduría y la creación
Cuando colocaba el cielo, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del océano;
cuando sujetaba las nubes en la altura
y fijaba las fuentes abismales.
Cuando ponía un límite al mar,
y las aguas no traspasaban su mandato;
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a Él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano,
todo el tiempo jugaba en su presencia;
jugaba con la bola de la tierra
disfrutaba con los hombres.

Tercera etapa: la Sabiduría se instala en Jerusalén (Eclesiástico, 24).
Por todas partes busqué descanso
y una heredad donde habitar.
Entonces el creador del universo me ordenó,
el creador estableció mi morada:
Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.
En la santa morada, en su presencia ofrecí culto
y en Sión me establecí;
en la ciudad escogida me hizo descansar,
en Jerusalén reside mi poder.
Eché raíces entre un pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su heredad.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que algunos rechacen los consejos de la sabiduría. De hecho, muchos judíos no aceptaban este mensaje. Otro autor presenta a la Sabiduría como una mujer que se queja de no ser escuchada (Proverbios 1,22-25).

Os llamé, y rehusasteis;
extendí mi mano, y no hicisteis caso;
rechazasteis mis consejos,
no aceptasteis mi reprensión.

En resumen: la sabiduría de Dios está junto a él desde el principio, lo acompaña en el momento de la creación, disfruta con los hombres, se establece en Israel. Pero muchos no disfrutan con ella. Prefieren seguir otro camino, no le hacen caso.

La historia de la Palabra
El autor del Prólogo aplicó las ideas anteriores a Jesús, introduciendo algunos cambios. Ante todo, en vez de llamarlo sabiduría de Dios, prefirió llamarlo la Palabra.

Primera etapa: la Palabra junto a Dios
Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios;
ella estaba al principio junto a Dios.

Hay una diferencia notable con el texto sobre la Sabiduría. La sabiduría es creada por Dios. La Palabra, no; existe con él desde el principio. Además, el autor del himno es muy sobrio, no se le ocurre decir que la Palabra jugaba en presencia de Dios.

Segunda etapa: la Palabra y la creación
Todo fue hecho mediante ella,
y sin ella no se hizo nada de lo hecho.
Lo que surgió en ella fue la vida,
y la vida era la luz de los hombres;
y la luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no consiguió derrotarla.

Parece un trabalenguas, pero es muy sencillo: todo fue creado por la Palabra de Dios. El sol, la luna, las estrellas, las montañas, el mar..., el mármol, la madera, el cristal... Todo ha sido creado por la Palabra de Dios. Y ella, además de haber creado a los hombres, es también nuestra luz. La única novedad, muy importante, es que desde el principio se entabla una lucha entre la luz y la tiniebla; pero la tiniebla no logra imponerse, no puede derrotarla.

Tercera etapa: el mundo, creado por la Palabra, la ignora.
Hasta ahora todo ha ido bien. Dios y la Palabra pueden estar contentos. De pronto, advierten que la Palabra es ignorada por el mundo.

En el mundo estaba,
y aunque el mundo se hizo mediante ella,
el mundo no la conoció.

El mundo no se refiere aquí a los seres inanimados sino a las personas que ignoran a Dios, no lo adoran, o prescinden de él. En autor del Prólogo piensa en todos los pueblos paganos, que podrían haber conocido al Dios verdadero, pero que habían caído en diversas formas de idolatría.

Cuarta etapa: la Palabra decide instalarse en Israel; su pueblo la rechaza
¿Qué hará la Palabra cuando se vea ignorada por el mundo? Para un judío, la respuesta es clara: refugiarse en Israel, el pueblo elegido, igual que hacía la sabiduría: “Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad”. Eso mismo hace la Palabra, pero se encuentra con una desagradable sorpresa:
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.

Quinta etapa: la Palabra decide hacerse carne y habitar entre nosotros. 
La Palabra ha sufrido dos derrotas: el mundo la ignora, su pueblo la rechaza. ¿Qué haría cualquiera de nosotros en su lugar? Quedarse junto a Dios y olvidarse de todos. Afortunadamente, Dios no es así. La Palabra toma la decisión más asombrosa que se puede imaginar.

Y la Palabra se hizo carne
y puso su tienda entre nosotros
y contemplamos su gloria,
gloria de Hijo único del Padre,
pleno de gracia y de lealtad.
Pues de su plenitud todos hemos recibido
gracia tras gracia.
Del optimismo ingenuo al realismo mágico

La historia de la Sabiduría resulta demasiado optimista. El himno puede parecer muy pesimista. Sin embargo, no lo es. Aunque no sea todo el mundo ni todo Israel, hay un grupo, formado por judíos y paganos, dispuestos a acoger a Jesús, a creer en él. Y ésos, todos nosotros, reciben una enorme recompensa.

Pero a los que la recibieron
los hizo capaces de ser hijos de Dios.
Y este grupo contempla su gloria, y de su plenitud recibe gracia tras gracia.

José Luis Sicre





ORACIÓN DE AÑO NUEVO

Señor, al terminar este año,
Quiero darte las gracias por todo lo que recibí de Ti.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol,
por la alegría y también por el dolor,
por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice este año,
el trabajo que realicé y las cosas que pude construir.

Gracias por las personas que a lo largo de estos meses amé,
las amistades nuevas y los que están más lejos.
Gracias por los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar.
Gracias por aquellos con los que compartí la vida, 
el trabajo, la alegría y el dolor.

Pero también, Señor, quiero pedirte perdón,
Por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado,
por las palabras inútiles y el amor desperdiciado.
Por el trabajo mal hecho y por vivir sin entusiasmo.
Por la oración que poco a poco fui dejando
y por todos mis olvidos, descuidos y silencios.

Vamos a iniciar un nuevo año,
te presento mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar.
Te presento estos días que sólo TÚ sabes sí llegaré a vivir.

Hoy te pido para mi y los míos La Paz y la alegría,
la fuerza y la prudencia, la claridad, la sabiduría y la verdad.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad,
llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y de paz.

Cierra mis oídos a toda falsedad
y mis labios a palabras mentirosas, egoístas o hirientes.
Abre mi ser a todo lo que es bueno.
Que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso,
para que, cuantos conviven conmigo o se acerquen a mi,
encuentren en mi vida un poquito de TI.

Dame un año feliz y enséñame a repartir felicidad.
AMÉN





UN NIÑO EN BRAZOS
Escrito por  José Arregi

Este año pusimos un Nacimiento especial, sobre un lecho de hojas granates y amarillas, de arce y de ginkgo. Es especial como el motivo por el que una comunidad de cristianos y cristianas amigas de Pamplona nos lo regaló hace unos meses. Y es especial por la hechura: una única pieza de escayola policromada, llena de movimiento y dulzura, donde José levanta en sus brazos a Jesús, estrechándolo tiernamente contra su mejilla; María posa las manos y reclina suavemente la cabeza sobre el hombro de José, el hombre bueno. Unas ovejas recuestan su cabeza sobre otras y se hacen carantoñas, mientras otra, más grande y muy negra, acerca atentamente su cabeza hacia el centro del Misterio. Un aire de bondad lo envuelve todo.

La Navidad es esa ternura que ilumina la historia humana, el cosmos sin medida del que somos parte. Es la confesión de que la bondad engendra y sostiene la vida. Es la fe en que todo está eternamente movido por un latido profundo, creador, más grande y poderoso que el universo, más tierno y pequeño que el corazón de un recién nacido. Es la promesa de que el bien prevalecerá. Y es el compromiso por hacer que así sea. Cada villancico navideño, cada figura de nuestros nacimientos te lo anuncia, como el ángel a María y a José: “No temas. Eres lleno, llena de gracia. La gracia es más fuerte que todos los daños, que todas tus contradicciones”. ¿Exagera la Navidad? De nosotros depende.

Es el sueño más antiguo de la humanidad, y nada lo plasma mejor que la imagen de una madre con su hijo/a en brazos, una imagen presente en todas las culturas desde hace muchos milenios. La hallamos, por ejemplo, en la cultura neolítica Vincha a lo largo del Danubio de hace 5.000 años. En la misma época, conocemos sellos sumerios de la Diosa Madre Innana o Isthar con el niño en el regazo, e imágenes babilonias de Semiramis, madre virgen, con su hijo Tamuz en brazos. En el museo Vaticano se ve la escultura romana de la Diosa Madre Isis con su hijo Horus, del año 600 antes de Jesús.

No es extraño que los cristianos, desde muy pronto, representaran a María con el Niño. Uno de los primeros ejemplos lo tenemos en las Catacumbas de Pristila de Roma, del s. II: María está sentada con Jesús mamando en su pecho, mientras un tercer personaje señala una estrella. Es el icono de la Vida, del cielo en la tierra, de Dios en la carne. La ternura sostiene, nutre, cuida la vida. La bondad hace que Dios nazca y crezca en la tierra. No una bondad pasiva y sumisa, pues no es bondad; tampoco una bondad perfecta, pues no existe. La bondad concreta y siempre inacabada, activa y subversiva.

La Navidad es la fe en el poder de esa bondad. Es una invitación gozosa y amable a asentir a la vida, a dejarse llevar por este aliento vital poderoso y bueno que todo lo mueve, que palpita eternamente en todo cuanto es, desde las partículas de las partículas atómicas hasta las galaxias sin número ni medida. ¿De dónde nace ese aliento vital? No nace de la nada. ¿Acaso es fruto de un puro azar frío y ciego? ¿Existe acaso el “puro azar”, el azar absoluto? Claro que el azar interviene en el origen y en el desarrollo de la vida, de cada uno de nosotros, pobres y preciosos vivientes. Pero decir “azar” es una forma de decir que ignoramos el por qué. Por lo demás, tampoco el llamado azar se produce de la nada, sino que acontece en un universo infinitamente complejo, abierto, relacionado. También el azar, como todo cuanto es, tiene lugar “en Dios”, es decir, en el latido vital encarnado en todos los seres del mundo. El azar tiene lugar en un universo animado por el amor de la vida.

Nadie conoce todas las causas que explican su propio nacimiento, el nacimiento de la vida o del universo. Y la Navidad no explica por qué la realidad es como es, con todas sus muertes y dramas. Pero la Navidad proclama que, a pesar de todo, siempre podemos decir: “Todo está bien”. Es decir: “Todo puede llegar a estar bien”. La Navidad nos dice: “Ama la vida y acógelo todo como es, para que llegue a estar bien”. Cuando alguien abraza a su hijo, a su hija, o lo sostiene en sus brazos, sabe que la ternura, el cariño, el cuidado existen. Anhela que existan, y se siente llamado a hacer que así sea, para que la vida nacida de sus entrañas viva y crezca y sea feliz. En sus manos está, como el hijo o la hija que alza en brazos. “Hágase”.

Creo en la Navidad y quiero hacerla. Creo en la bondad. Creo en Jesús que, aun sin ser perfecto, pasó la vida haciendo el bien. Hágase también en mí. Será poca cosa lo que podemos hacer, pero hagámoslo, y crecerá sin fin.

José Arregi
(Publicado en DEIA y los Diarios del Grupo Noticias el 27 de Diciembre de 2015)





La doble huella de Enrique Maza
Bernardo Barranco V.

¿Existe el Diablo, don Enrique?, estábamos al aire en las frecuencias de Radio Red; me contestó: “el diablo es hoy la injusticia social, el diablo es el mal de la corrupción, el maligno está representado por las perversidades del sistema que aplasta a los débiles y excluye a los desamparados… ese es el rostro actual del demonio” Enrique Maza comentaba en mi programa Religiones del Mundo, su último libro El Diablo. Delgado, elegante barba blanca, con una mirada muy viva enmarcada por sus lentes y muy poco cabello los distinguían como un intelectual. Crítico de los abusos del poder con las agudas herramientas que su formación sacerdotal le habían otorgado. Manejaba con prestancia la filosofía, la ética y la teología por lo que sus comentarios eran profundos y devastadores. Ese fue don Enrique Maza, periodista, sacerdote jesuita y fundador de la revista Proceso, quien falleció la noche del miércoles 23 de diciembre de 2015 a la edad de 86 años de edad.

Enrique Maza García nació en El Paso, Texas, en 1929, en plena guerra cristera su familia emigra de los Altos. Casi niño, a los 16 años ingresa a la compañía de Jesús para ser uno de los muchos jesuitas que vive a fondo las renovaciones conciliares y después las padece con las regresiones eclesiásticas de un largo invierno eclesial.

Su legado es doble, como periodista y como religioso. Como periodista crítico de la realidad su talante se acompasa con el de Carlos Monsivais, Granados Chapa, Julio Scherer, Vicente Leñero y García Marquez. Como religioso su generación esta concertada con Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz, Camilo Macise y Luis del Valle, entre tantos otros. Desde Excélsior como en Proceso, abrió espacios públicos para mirar lo religioso y la iglesia desde una perspectiva social nueva y crítica.

En Enrique Maza llamaba la atención su sencillez, honestidad, valentía y calidad humana. Tuvo la originalidad de comprometerse en tanto cristiano en las tareas seculares del periodismo. Desde ahí sacudió a muchos jóvenes de mi generación. Un jesuita profundo y espiritual que navegaba en los territorios alejados de los clericalismos y mocherías. Un jesuita que evangelizaba con un testimonio de compromiso en la denuncia y la crítica a través del periodismo. Recuerdo memorables programas radiofónicos sobre los derechos humanos al interior de la Iglesia y la libertad de expresión coartada en la estructura eclesiástica. Pero ya en su último libro “Rostros del hombre”, su fluidez empezaba a mermarse. Don Enrique empezó con pequeños olvidos hasta que la realidad se fue nublando. Se fue sumergiendo en las profundidades de las lagunas hasta extraviarse de sí mismo. El Alzheimer, negligente e impertinente, se apoderó de él.
Los jesuitas han marcado parte de la cultura intelectual y social de nuestro país. Enrique Maza es un ejemplo recio de un cristiano patriota, íntegro y crítico de los excesos políticos; supo resistir los embates tanto de religiosos conservadores como el de los fariseos del poder. Viva Don Enrique Maza el jesuita periodista



Bernardo Barranco V.