sábado, 19 de septiembre de 2015

DOS ACTITUDES MUY DE JESÚS - José Antonio Pagola


DOS ACTITUDES MUY DE JESÚS - José Antonio Pagola

El grupo de Jesús atraviesa Galilea, camino de Jerusalén. Lo hacen de manera reservada, sin que nadie se entere. Jesús quiere dedicarse enteramente a instruir a sus discípulos. Es muy importante lo que quiere grabar en sus corazones: su camino no es un camino de gloria, éxito y poder. Es lo contrario: conduce a la crucifixión y al rechazo, aunque terminará en resurrección.

A los discípulos no les entra en la cabeza lo que les dice Jesús. Les da miedo hasta preguntarle. No quieren pensar en la crucifixión. No entra en sus planes ni expectativas. Mientras Jesús les habla de entrega y de cruz, ellos hablan de sus ambiciones: ¿Quién será el más importante en el grupo? ¿Quién ocupará el puesto más elevado? ¿Quién recibirá más honores?

Jesús «se sienta». Quiere enseñarles algo que nunca han de olvidar. Llama a los Doce, los que están más estrechamente asociados a su misión y los invita a que se acerquen, pues los ve muy distanciados de él. Para seguir sus pasos y parecerse a él han de aprender dos actitudes fundamentales.

· Primera actitud: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos». El discípulo de Jesús ha de renunciar a ambiciones, rangos, honores y vanidades. En su grupo nadie ha de pretender estar sobre los demás. Al contrario, ha de ocupar el último lugar, ponerse al nivel de quienes no tienen poder ni ostentan rango alguno. Y, desde ahí, ser como Jesús: «servidor de todos».

· La segunda actitud es tan importante que Jesús la ilustra con un gesto simbólico entrañable. Pone a un niño en medio de los Doce, en el centro del grupo, para que aquellos hombres ambiciosos se olviden de honores y grandezas, y pongan sus ojos en los pequeños, los débiles, los más necesitados de defensa y cuidado. Luego, lo abraza y les dice: «El que apoya y asiste a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí». Quien acoge a un «pequeño» está acogiendo al más «grande», a Jesús. Y quien acoge a Jesús está acogiendo al Padre que lo ha enviado.

Una Iglesia que acoge a los pequeños e indefensos está enseñando a acoger a Dios. Una Iglesia que mira hacia los grandes y se asocia con los poderosos de la tierra está pervirtiendo la Buena Noticia de Dios anunciada por Jesús.

SER NIÑO ANTE TI
Escrito por  Florentino Ulibarri

Señor, concédenos el don de ser niños
y poder descansar en tu regazo
sin vergüenza y sin miedo,
pues a medida que crecemos
otros intereses nos hacen olvidar
que la confianza y la ternura
son imprescindibles para madurar
y recorrer tus caminos.

Concédenos el don de ser niños
para saber mirar a los demás
con cariño y transparencia,
pues el paso de los años
va cargando nuestra vida
de suspicacias, temores y envidias
que doblan nuestras espaldas
y tensionan nuestras entrañas

Concédenos el don de ser niños
para confiar en los demás
y compartir gratuitamente,
con generosidad lo que de Ti recibimos,
cada día, para ser felices;
pues el egoísmo, la avaricia y las comparaciones
apagan todas las estrellas
y encienden nuestras más oscuras vanidades.

Concédenos el don de ser niños;
quítanos todo lo que nos impide llegar a Ti
y nos aleja de quienes son niños
y van llenos de carencias y necesidad;
quítanos la desconfianza, la doblez y el orgullo
que no acepta perderse entre los más pobres.
¡Que recuperemos, en el cuerpo y en el espíritu,
la maleabilidad  de la niñez para servir!
¡Vuélvenos niños otra vez!

Y si así no logramos alcanzarte
o no logras retenernos,
o no nos dejamos querer,
o no aprendemos o servir,
o creemos que somos más y mejor,
o no nos damos a los que Tú quieres,
vuélvete, Señor, y míranos,
y háblanos como una madre habla a su bebé.



SOLO EL SERVICIO POR AMOR ME LLEVA A LA PLENITUD
Escrito por  Fray Marcos

También hoy hemos saltado dos episodios en la lectura del evangelio: la transfiguración y la curación de un muchacho que los discípulos no pudieron curar. Pasamos al segundo anuncio de la Pasión. Tiene su lógica, porque el tema principal que leemos hoy es el mismo que leímos al final del domingo pasado y que no comentamos. Jesús atraviesa Galilea camino de Jerusalén, donde le espera la Cruz. El evangelio nos dice expresamente que quería pasar desapercibido, porque ahora está dedicado a la instrucción de sus discípulos. Esa nueva enseñanza tiene como centro la cruz. Trata de convencerles de que no ha venido a desplegar un mesianismo de poder sino de servicio a los demás, pero no lo consigue.

Este segundo anuncio de la pasión es prácticamente repetición del primero. No deja lugar a dudas sobre lo que Jesús quiere transmitir. Los discípulos siguen sin comprender, a pesar de que ya el domingo pasado nos decía que se lo explicaba “con toda claridad”. Si les daba miedo preguntar es porque algo intuían que no les gustaba. Esa indicación nos muestra que más que no comprender, es que no querían entender, porque la muerte ignominiosa de Jesús significaba el fin de sus pretensiones mesiánicas. Hasta que no llegue la experiencia pascual, seguirán sin entender la parte más original del mensaje.

¿De qué discutíais por el camino? Jesús quiere que saquen a la luz sus íntimos sentimientos, pero guardan silencio porque saben que no están de acuerdo con lo que Jesús viene enseñándoles. Entre ellos siguen en la dinámica de la búsqueda del dominio y del poder. Tenemos que recordar que en aquella cultura el rango de las personas se tomaba muy a pecho, y era la clave de todas las relaciones sociales.

Quien quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”. Exactamente el mismo mensaje del domingo pasado. Y lo encontraremos una vez más en el episodio de la madre de los Zebedeos, pidiendo a Jesús los primeros puestos para sus hijos. No nos pide Jesús que no pretendamos ser más, al contrario, nos anima a ser el primero, pero por un camino muy distinto al que nosotros nos apuntamos. Debemos aspirar a ser todos, no sólo “primeros”, sino “únicos”. En esa posibilidad estriba la grandeza del ser humano. Pero esa grandeza está en nuestro verdadero ser, no en añadidos que nos distingan de los demás.

Dios no quiere que renunciemos a nada. A veces los cristianos hemos dado a los de fuera la impresión de que para ser Él grande, Dios nos quería empequeñecidos. Jesús dice: ¿Quieres ser el primero? Muy bien. ¡Ojalá todos estuvieran en esa dinámica! Pero no lo conseguirás machacando a los demás, sino poniéndote a su servicio. Cuanto más sirvas, más señor serás. Cuanto menos domines, mayor humanidad. La sabiduría me hará ver que el bien espiritual (el mío y el del otro) está por encima del material. Si me pongo en esta perspectiva nunca haré daño al otro buscando un interés egoísta a costa de los demás.

Acercando a un niño lo puso en medio... El chiquillo abrazado por Jesús, está muy lejos de ser una estampa bucólica. No es fácil descubrir su sentido y la conexión con lo que antecede. Para ello es precisa alguna aclaración. En tiempos de Jesús, los niños no gozaban de ninguna consideración; eran simples instrumentos de los mayores que lo utilizaban como pequeños esclavos. Por otra parte, la palabra griega “paidion” que emplea el texto es un diminutivo de “país”, que ya significa niño y también criado y esclavo. En algún códice lo pone con artículo determinado, que indicaría “el chiquillo”, no uno cualquiera. Sería, el pequeño esclavo, el botones o chico de los recados. El último en la escala de mandados.

Tampoco se trata de un niño pequeño digno de lástima sino de un muchacho que ya puede desenvolverse en la vida. En el contexto de la narración, sería el chico de los recados de la casa donde estaban o que el grupo tenía a su disposición. Aquí descubrimos la relación con el texto anterior. El niño estaría en la escala más baja de los que se dedican a servir.

El que acoge a un niño como éste, me acoge a mí. No se trata de manifestar cariño o protección al débil sino de identificarse con él.Al abrazarle, Jesús está manifestando que él y el muchacho forman una unidad, y que si quieren estar cerca de él, tienen que identificarse con el insignificante muchacho de los recados, es decir hacerse servidor de todos. Uno de los significados del verbo griego es preferir. Sería: el que prefiere ser como este niño me prefiere a mí. El que no cuenta, el utilizado por todos, pero sirve a los demás, ese es el que ha entendido el mensaje de Jesús y le sigue de verdad.

Y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Este paso es muy importante: acoger a Jesús es acoger al Padre. Identificarse con Jesús es identificarse con Dios. La esencia del mensaje de Jesús consiste en esta identificación. Repito, el mensaje no consiste en que debemos acoger y proteger a los débiles. Se trata de identificarnos con el más pequeño de los esclavos que sirven sin que se lo reconozcan ni le paguen por ello. Esa actitud es la que mantiene Jesús, reflejando la actitud de Dios para con todos.

Después de dos mil años seguimos sin enterarnos. Y además, como los discípulos, preferimos que no nos aclaren las cosas; porque intuimos que no iban a responder a nuestras expectativas. Ni como individuos ni como grupo (comunidad o Iglesia) hemos aceptado el mensaje del evangelio. La mayoría de nosotros seguimos luchando por el poder que nos permita utilizar a los demás en beneficio propio. Siguen siendo inmensa minoría los que ponen su vida al servicio de los demás y les ayudan a vivir sin esperar nada a cambio.      

Hay dos maneras de servir: una es la del que voluntariamente se somete al poderoso para conseguir su favor y aprovechar de alguna manera su poderío. Esto no es servicio sino servidumbre, y lejos de hacer más humana a una persona la envilece. Esta actitud es muy criticada por Jesús. En torno a todo poder despótico pulula siempre una banda de aduladores que hacen posible el despotismo. La diaconía que se desarrolló en la primitiva Iglesia, significaba, en su acepción civil, “servir a la mesa”. En cristiano indicaba el servicio a los más necesitados, por lo que no tenían obligación de hacerlo. Este servicio es el que humaniza. 

Si es la esencia del mensaje. ¿Por qué ha fracasado estrepitosamente? El domingo dijimos que no podía conocer a Jesús si no me conocía a mí mismo. Dando un paso más, decimos hoy que sin ese conocimiento, es imposible llegar a ser auténtico cristiano. Ahora bien, como llegar a conocerse a sí mismo es muy difícil, la iglesia trató de racionalizar el mensaje con razones externas. Resumiendo mucho, tal vez demasiado, podíamos resumirlo en dos: 1ª Es la voluntad de Dios. 2º Si lo cumples, Dios te premiará, si no lo cumples, te castigará.

A la 1ª hay que decir: esa pretensión es tan etérea y difusa que con la mayor facilidad se puede tergiversar y deteriorar sin que tengamos posibilidad de advertirlo. Por otra parte, ¿Quién me asegura que esas exigencias son la voluntad de Dios? La 2ª es aún más burda. Bastaría caer en la cuenta de que es la misma técnica que utilizamos los seres humanos para domesticar a los animales: palo y zanahoria. ¿Cómo hemos podido llegar a pensar que Dios nos tiene que tratar como animales para que alcancemos nuestra meta?

Hoy hemos superado la idea de un Dios antropomórfico con cualidades humanas y motivaciones exactamente iguales a las nuestras. Como no nos han conducido por el camino del conocimiento de nosotros mismos y el Dios que nos habían propuesto es absurdo, los cristianos nos hemos quedado con el “culo al aire”. Ni somos capaces de descubrir las exigencias del evangelio en lo hondo de nuestro propio ser, ni encontramos razones externas suficientes para que nos motiven. Hemos quedado en la inopia.

El que quiera ser primero que sea el último.
Debemos estar muy atentos a esta lección.
En la medida que sirva a los demás sin esperar nada a cambio,
en esa medida me estaré acercando al ideal cristiano.
................

Aunque sea muy frecuente entre nosotros,
el confiar en las obras para esperar una gloria mayor,
no deja de ser una visión raquítica de Dios
y una visión raquítica del ser humano.
............

Si me doy a los demás hasta consumirme,
¿Dónde colocaré los adornos (la gloria) que pretendo alcanzar?
Si estoy pensando en mí mismo, cuando me doy al otro,
¿Qué clase de entrega estoy llevando a cabo?
............

Fray Marcos






RECHAZAR A LOS GRANDES Y ACOGER A LOS PEQUEÑOS
Escrito por  José Luis Sicre

Marcos (imitado más tarde por Mateo y Lucas) estructura la segunda parte de su evangelio a partir de un triple anuncio de Jesús de su muerte y resurrección; y a los tres anuncios siguen tres relatos que ponen de relieve la incomprensión de los discípulos. El domingo pasado leímos el primer anuncio y la reacción de Pedro, que rechaza la idea del sufrimiento y la muerte. Hoy leemos el segundo anuncio, seguido de la incomprensión de todos.

Segundo anuncio de la pasión y resurrección
Mientras recorren Galilea, como una enseñanza que no se da en un momento preciso ni está motivada por especiales circunstancias, Jesús repite el núcleo de lo dicho anteriormente. En comparación con el primer anuncio, esta vez no concreta quiénes serán los adversarios; en vez de sumos sacerdotes, escribas y senadores habla simplemente de “los hombres”. Todo se centra en el binomio muerte-resurrec­ción.

Segunda muestra de incomprensión
Al primer anuncio, Pedro reaccionó reprendiendo a Jesús, y se ganó una dura reprimenda. No es raro que ahora todo callen, aunque siguen sin entender a Jesús: «ellos no entendían lo que les decían y temían preguntarle» (Mc 9,32).

La prueba más clara de que no han entendido nada es que en el camino hacia Cafarnaúm se dedican a discutir quién es el más importante. Mejor dicho, han entendido algo. Porque, cuando Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino, se callan por vergüenza a reconocer que el tema de su conversación está en contra de lo que Jesús acaba de decirles sobre su muerte y resurrección.

¿Discípulos de Jesús o discípulos de Qumrán?
Para comprender la discusión de los discípulos y el carácter revolucionario de la postura de Jesús es interesante recordar la práctica de Qumrán. En aquella comunidad se prescribe lo siguien­te: «Los sacerdotes marcharán los primeros conforme al orden de su llamada. Después de ellos seguirán los levitas y el pueblo entero marchará en tercer lugar (...) Que todo israelita conozca su puesto de servicio en la comunidad de Dios, conforme al plan eterno. Que nadie baje del lugar que ocupa, ni tampoco se eleve sobre el puesto que le corresponde» (Regla de la Congrega­ción II, 19-23). Este carácter jerarquizado de Qumrán se advierte en otro pasaje a propósito de las reuniones: «Estando ya todos en su sitio, que se sienten primero los sacerdotes, en segundo lugar los ancianos, en tercer lugar el resto del pueblo. Cada uno en su sitio» (VI, 8-9).

La enseñanza de Jesús, revolucionaria con respecto a Qumrán, dice: El que quiera ser primero debe ponerse el último y servir a todos. El evangelio de Juan visualiza esta idea poniendo a Jesús como modelo al lavar los pies a los discípulos.

Una acción simbólica nada romántica
La discusión sobre el más importante supone, en el fondo, un desprecio al menos importante. Jesús va a dar una nueva lección a sus discípulos, pero no solo con palabras, sino con un gesto simbólico, al estilo de los antiguos profetas: toma a un niño, y lo estrecha entre sus brazos. Alguno podría interpretar esto como un gesto romántico, pero las palabras que pronuncia Jesús van en una línea muy distinta: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado”. Jesús no anima a ser cariñosos con los niños, sino a recibirlos en su nombre, a acogerlos en la comunidad cristiana. Y esto es tan revolucionario como lo anterior sobre grandeza y servicio.

El grupo religioso más estimado en Israel, que curiosamente no aparece en los evangelios, era el de los esenios. Pero no admitían a los niños. Filón de Alejandría, en su Apología de los hebreos, dice que «entre los esenios no hay niños, ni adolescentes, ni jóvenes, porque el carácter de esta edad es inconsistente e inclinado a las novedades a causa de su falta de madurez. Hay, por el contrario, hombres maduros, cercanos ya a la vejez, no dominados ya por los cambios del cuerpo ni arrastrados por las pasiones, más bien en plena posesión de la verdadera y única libertad». El rabí Dosa ben Arkinos tampoco mostraba gran estima de los niños: «El sueño de la mañana, el vino del mediodía, la charla con los niños y el demorarse en los lugares donde se reúne el vulgo sacan al hombre del mundo» (Abot, 3,14).

En cambio, Jesús dice que quien los acoge en su nombre lo acoge a él, y, a través de él, al Padre. No se puede decir algo más grande de los niños. En ningún otro sitio del evangelio dice Jesús que quien acoge a una persona importante lo acoge a él. Es posible que este episodio, además de servir de ejemplo a los discípulos, intentase justificar la presencia de los niños en las asambleas cristianas.

[El tema de Jesús y los niños vuelve a salir más adelante en el evangelio de Marcos, cuando los bendice y los propone como modelos para entrar en el reino de Dios. Ese pasaje, por desgracia, no se lee en la liturgia dominical.]

Nota sobre la primera lectura
El libro de la Sabiduría es casi contemporáneo del Nuevo Testamento (entre el siglo I a.C. y el I d.C.). Al estar escrito en griego, los judíos no lo consideraron inspirado, y tampoco Lutero y las iglesias que sólo admiten el canon breve. El capítulo segundo refleja la lucha de los judíos apóstatas contra los que desean ser fieles a Dios. De ese magnífico texto se han elegido unos pocos versículos para relacionarlos con el anuncio que hace Jesús de su pasión y resurrección.

José Luis Sicre






TAN POCO IMPORTANTES COMO UN NIÑO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Mc 9, 30-37

Estamos en el contexto de la "enseñanza especial" de Jesús a los discípulos más íntimos, cuando Jesús parece predicar menos a las muchedumbres y más al grupo de sus seguidores más cercanos. El contexto inmediato es el segundo anuncio de la pasión y muerte, que se va convirtiendo en núcleo fundamental de la instrucción de Jesús, destinado a cambiar la mentalidad de los discípulos, de un mesianismo davídico a la aceptación del Mesías-Siervo sufriente que da la vida, rechazado por su pueblo, para la salvación de todos.

La primera parte del texto es el nuevo anuncio de la Pasión y muerte. Los discípulos no entienden, pero no preguntan. Esta reacción va siendo habitual, y se repite en 10,32. (Marcos 10, 32-45 es una perícopa casi paralela a la que hoy leemos).

La segunda parte del texto muestra la incomprensión de los discípulos, tema tan presente en Marcos. En Israel, el rango, la preeminencia, el "quién es el primero", es algo que se cuida muchísimo para cualquier ocasión pública (liturgia, banquetes...). Los discípulos participan de esa vanidad, y Jesús aprovecha esa circunstancia para una enseñanza fundamental.

La tercera parte es magisterio de Jesús, como se muestra en el hecho de que Jesús se sienta para enseñar, al modo rabínico; está constituida por un dicho (de aspecto kerigmático) un gesto de confirmación y una profundización doctrinal.

El dicho es "si alguien quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Es, con toda probabilidad, palabra directa de Jesús conservada cuidadosamente como centro de la enseñanza del Maestro. Se repite en esencia en los tres sinópticos (Mt.18,1. Lc.9,46) y se desarrolla en plenitud, como enseñanza y como gesto, en Juan 13,1, el lavatorio de los pies.

El gesto es el niño puesto en medio y abrazado por Jesús. El niño no es en Israel sujeto de derechos, no es "importante" ni mucho menos "primero". Al ponerlo en el centro y abrazarlo, Jesús invierte los papeles en cuanto a rango o importancia.

La profundización doctrinal muestra una línea semejante al "a mí me lo hicisteis" de la parábola del juicio final. Se sirve a Dios cuando se sirve al que más lo necesita. Hay aquí un doble aspecto: por un lado, dónde está el servicio de Dios; por otro lado, la revelación de Dios mismo: Dios es el que cuida de los más pequeños.

Una vez más, resulta que una cuestión que nos parece tan alejada de nosotros como el mesianismo, el tipo de mesías, resulta de completa actualidad, de aplicación inmediata a nuestra religiosidad y a nuestra fe en Jesús.

Los judíos pensaban en el Mesías como el primero, digno de que todos le sirvieran: Jesús se pone a servir a todos, como si fuera el último.

La Iglesia tiene la tentación de considerarse la primera, la detentadora infalible de toda verdad, la administradora de la salvación para todos, la intermediaria única entre la humanidad y Dios. Pero todo eso, aunque fuera verdad, interesa poco. Su vocación es servir, sin pretender ser la más importante.

Y cada uno de nosotros, los que seguimos a Jesús, pretendemos en nuestro espíritu ser más que otros y pensamos que nuestra condición de cristianos, conocedores del Evangelio, nos hace más que otros. Pero solamente seremos primeros si somos los primeros en servir.

En este pasaje, la palabra "importante", aplicada a las personas, adquiere una doble dimensión. No es importante el que tiene más "talentos", sino el que más sirve con los talentos que tiene. Y para los demás, no es importante el más dotado, de cualidades, bienes, posición o lo que sea, sino el que más necesita.

Esta inversión de valores parece revolucionaria pero es la lógica en un mundo no regido por el vano interés por uno mismo, sino en el mundo regido por la misión de construir el Reino. Se entiende muy bien en una familia: el mejor hijo no es el más dotado, sino el se porta mejor con sus hermanos y con sus padres; y el más importante (el que más nos importa) no es el que más triunfos obtiene, sino el que más necesita del cariño y la ayuda de los demás.

Y es que estamos en el mundo de la lógica de Dios, de la lógica del Padre, lógica que obedece a la esencia de Dios, que no es el poder sino el amor.

Haciendo un símil poético diríamos que la alta montaña rocosa es impresionante, pero es estéril; la vega sencilla y vulgar no es espectacular, pero es fecunda. Sin embargo, la cumbre es importante porque de ella viene el agua que fecunda la vega. Y la vega no puede gloriarse de su fecundidad, porque sería estéril sin el agua que recibe.

Y es que en el mensaje de Jesús nada puede entenderse fuera de la fraternidad de un cuerpo único, que es la humanidad, en que todo es de todos y para todos, porque todos son hijos queridos por Dios, y todos y cada uno están pensados por Dios para los demás, para que todos lleguen a ser hijos.

Fuera de la lógica del amor, que construye comunidad, humanidad, no se entiende nada. Pero dentro de ella, lo de Jesús es pura lógica.

Finalmente, una palabra sobre los niños. Para nosotros, los niños son el ojito derecho de la familia y de la sociedad, queridos, cuidados, mimados, y símbolo de inocencia. En el mundo de Jesús, el niño es el último, sin derechos, un don nadie, como los mendigos o los impuros. Jesús no acoge a los niños porque son agradables o inocentes, sino porque son los últimos. Y hacerse como niños no es ser simples e ingenuos sino considerarse último, no darse importancia, no actuar desde el poder.

José Enrique Galarreta






HOY PUEDO DECIR QUE TENGO UN CORAZÓN SACERDOTAL, ME PREOCUPA EL DESTINO DE MIS SEMEJANTES. Escrito por  Pablo D'Ors

Todo comenzó cuando sentí que mi vida quedaba en suspenso y que, de dar un paso, me precipitaría en el abismo. Pero di ese paso adelante convencido de que aquel abismo, aunque oscuro y peligroso, era Dios. Y caí en él sintiendo, mientras me desplomaba, una felicidad inaudita, casi insoportable.

- Sí, sí, sí -alcancé a decir mientras era absorbido por aquel abismo, hasta que de pronto, sin saber cómo ni por qué, volví a encontrarme arriba, como si nunca hubiera empezado a caer en sus manos divinas y como si todo aquello fuera un sueño del que ahora me despertaba para volver a la normalidad.

La opción por Dios pasa necesariamente por la perdición humana: no podemos llegar a Él sin vaciarnos o renunciar a lo que somos. Ese momento de renuncia, olvido o vaciamiento es muy raro en la vida de los hombres, pero cuando se produce, aunque sea por pocos segundos, se experimenta algo que a falta de otro nombre habrá que llamar milagro.

Mi acceso a Dios no fue un ascenso, como otros lo describen, sino más bien una caída en el abismo de sus manos. Él puso ese abismo ante mí y yo, evitando el pensamiento, di en un segundo el paso decisivo: "Sí, sí, sí". Aún resuenan en mí aquellas tres palabras que dije; y dije "sí", porque aquello que me estaba sucediendo lo deseaba ardientemente.

Desde entonces, aunque luego volviera a la superficie, entre Dios y yo quedó sellada una unión aún superior. Y supe entonces que ningún otro ideal del mundo, por sublime que fuera, satisfaría mi corazón.

Yo he sido llamado por Dios y solo en Él quiero descansar; este es mi deseo más profundo. Me pregunto cómo llegar a esta meta lo mejor y lo antes posible y, mientras tanto, visito a los enfermos y escribo mis libros, predico sobre el silencio y hago meditación. Mi corazón está en ese abismo por el que un día empecé a caer y por el que, según presumo, caeré también en el instante de mi muerte. Meditar es acercarse a ese abismo, convocarlo. Pero el abismo aparece cuando quiere y a nosotros compete tan solo, llegado el momento, dar un solo paso. Uno solo. Es así de sencillo. Toda la vida caminando para poder dar, en el instante cumbre, un solo paso.

Hoy puedo decir que tengo un corazón sacerdotal, pues percibo cómo me preocupa el destino de mis semejantes y cómo les miro y hablo como si fueran hijos que necesitan del cariño, protección y consejo de un padre. Nunca me he sentido padre hasta ahora; me entristece y enfada ver cómo se pierde la gente tomando derroteros equivocados e insensatos. "No lo hagas, por favor", les digo.

Me alegro cuando les va bien y me sonrío con indulgencia cuando veo cómo ponen su esperanza en cosas hermosas, sí, pero que pronto les decepcionarán. Lloro cuando lloran porque se han perdido y no les puedo ayudar. Tengo, por primera vez en casi 25 años de sacerdocio, un corazón auténticamente paternal. Será que me he hecho viejo, me digo, burlándome de mí. Pero no es eso. Es solo que hacen falta décadas para empezar a ser aquello a lo que habíamos sido llamados.

Hoy veo a mis semejantes sentados en los bancos de la Iglesia, o en los asientos del metro, o incluso en la calle, corriendo quién sabe adónde, y tengo ganas de decirles: "Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré". Así lo pienso, tal cual, como si yo fuera Cristo, sin ningún pudor. ¿Y qué haría si vinieran? ¿Qué hago, de hecho, cuando vienen? Les doy el único nombre que nos puede salvar, el de Cristo. Les digo que repitan esa palabra, solo "Jesucristo", y que esa palabra, sin nada más, les purificará.

Hoy soy un apóstol de la oración del corazón, en eso me he convertido. Y reparto estampas de la Virgen a los enfermos. ¡Yo, que nunca imaginé que repartiría estampas! Y rezo el rosario por las noches, caminando de un lado al otro en la iglesia de la que soy capellán. Me he convertido en un cura de los de antes, pienso. Y sonrío al comprender que hay que vivir tanto para volver al punto en el que fuimos engendrados en el Espíritu.

Un corazón sacerdotal. Solo con escribirlo me emociono como si fuera un niño. Ese corazón mío ha dejado por fin de ser duro y frío y es ahora, por fin, ¡qué tarde, Dios mío!, sencillamente el corazón de un hombre sencillo.

Pablo D'Ors, en Vida Nueva
Religión Digital



La Paciencia
J. Costadoat, SJ. (Chile)

No estamos bien. No hay para dónde mirar: los políticos, los empresarios, los sacerdotes…  ¿Por cuánto tiempo seguiremos así? Ojalá que el malestar dure lo justo y necesario. No más. El disgusto por Chile, la indignación contra la institucionalidades que contienen y encausan la convivencia crece y, a la vez, ella misma las perfora. Así, por un tiempo indefinido, no se puede seguir. Ojalá, digo, la duración de este mal tiempo acabe y se levante nuevamente en el poniente el arcoíris que presagia la recuperación que necesitamos. Ojalá que dure, empero, porque a veces es bueno “estar mal”. Como las parras que requieren de un chicotazo de hielo en invierno para dar buena uva después , es bueno darnos un tiempo para “estar mal”. Necesitamos sufrir, morder el polvo, identificar la idiotez ajena y propia, hasta ir dando con las razones de la crisis que vivimos. Pero siempre es posible que la tuerca se ruede, quedarnos lloriqueando en contra de los demás, amargados, sin descubrir realmente cuáles son los problemas, sin reconocer sobre todo que somos nosotros mismos el gran problema, y hundirnos. Nos ha ocurrido.

¿Qué hacer? Se me ocurren algunas cosas:
– Tratar de ver exactamente qué pasa. Exagerar con la vista y moderar con la boca. Es decir, hacer un trabajo de indagación de las causas. Sirve una lupa, un telescopio, una cámara de fotos o video… Y, a la hora de poner nombre a las cosas y comunicarlas a los demás, ser precisos, cuidadosos, justos. Los problemas son para arreglarlos. Las palabras a tontas y a locas, sobre todo los insultos, no sirven absolutamente de nada.

– Hacer un mea culpa. Algo hay en aquella institución o persona que critico que yo también tengo. Normalmente el fresco dice “todos son corruptos”. Lo que suele ocurrir es que él y otros más son corruptos, y muchos otros no los son. Tan importante es criticar como criticarse y, en períodos de desolación como este en que vivimos, identificar claramente a los inocentes y, en especial, a aquellas personas e instituciones sanas. Normalmente las hay. La toxicidad ambiental impide a veces verlas. Ellas son rocas de qué agarrarse.

– Paciencia. Esta es uno de los nombres de la fe y uno de los rasgos de la esperanza. Paciencia proviene de “padecer”. En lo que nos toca, sería algo así como sufrir juntos los que nos pasa como país. Sin desesperar, precisamente. Sin perder la fe, pues ya saldremos del túnel. Todavía no vemos la salida. Hay que aguantar. “El que afloja pierde”, diría el roto chileno. Las posibilidades de reaccionar con rabia son muchas. Cuando Gary Medel era adolescente lo echaban partido por medio. Recuerdo una expulsión “maravillosa”. Después de morder a medio mundo, le pegó una patada a una silla y la reventó. Linda la escena, pero inconducente. Medel aprendió a dominarse, combatió contra él mismo, no desesperó de sus humores, obtuvo un doctorado en paciencia, y llegó a ser el que estaba llamado a ser.

J. Costadoat, SJ. (Chile)



Resistencia en la tierra
Juan Villoro

El 19 de septiembre de 1985 un empellón me sacó del sueño. Vivía en la punta sur de Ciudad de México, donde el suelo de piedra volcánica es más sólido y los temblores provocan menor alarma. Nací en 1956, 10 meses antes de un célebre sismo. En 1957 mi madre enfrentaba severos desafíos (el principal de ellos: un bebé que berreaba en una época anterior a los pañales desechables); de pronto, la tierra entró en sintonía con sus angustias y ella temió haber parido a un hijo de los terremotos. Años después, esa leyenda me parecería magnífica: no pensé que el subsuelo protestaba por mi llegada al mundo; juzgué que me daba la bienvenida “a la mexicana”, retumbando de emoción.

El 19 de septiembre de 1985 no me preocupó que la tierra se moviera hasta que sucedió algo insólito. La casa donde vivía tenía una campana. A las 7.18, la campana tocó sola.

“Las campanadas caen como centavos”, escribió López Velarde. En este caso, caían como metralla. Me ubiqué bajo el quicio de una puerta. Cuando la campana dejó de sonar, la quietud adquirió curiosa irrealidad. Descolgué el teléfono: no había línea. Tampoco había luz.

¿Aún existía la ciudad? La posibilidad de un borramiento decisivo, una aniquilación mayúscula y demencial, se volvió factible.

Fui al coche a oír la radio. Jacobo Zabludowsky narraba los hechos por teléfono satelital. El periodista que después de la matanza de Tlatelolco se limitó a hablar del clima, recuperó su vocación primera y contó cabalmente lo ocurrido. Alcancé su relato cuando la voz se le quebraba al contemplar los escombros de los estudios de televisión donde había pasado la mayor parte de su vida.

Muchos edificios se derrumbaron por estar mal construidos. El terremoto de 8,1 en la escala Richter hizo la auditoría que jamás haría el Gobierno.

Seguí escuchando la radio hasta enterarme de que los montañistas de la UNAM solicitaban voluntarios para ir a puestos de socorro. En el estadio de Ciudad Universitaria conocí el nuevo talismán de la ciudadanía. Los brigadistas se ataban un trozo de tela amarilla en el brazo. Eso bastaba para luchar por la ciudad. ¿Quién tuvo esa idea? El amarillo no es un color muy popular. Si se hubiera elegido el verde, habrían sobrado banderas para cortar jirones. Pero las contingencias históricas se deciden en forma caprichosa. México, Distrito Federal, se convirtió en el sitio sorprendente donde trapos de un color absurdo aparecían por todas partes, como si las abuelas los hubieran guardado junto a los calcetines impares por si algún día sus descendientes necesitaban demostrar el peculiar heroísmo de estar vivos. Si podíamos encontrar tantos paños amarillos, podíamos ser suficientemente raros para salvar nuestra ciudad.

Mientras tanto, el presidente Miguel de la Madrid juzgaba que un desastre natural podía darle “mala imagen” a México. Decidió que la mejor manera de combatir una tragedia era negarla y rechazó la cooperación internacional: “Estamos preparados para atender esta situación y no necesitamos recurrir a la ayuda externa. México tiene suficientes recursos y unidos, pueblo y Gobierno, saldremos adelante. Agradecemos las buenas intenciones, pero somos autosuficientes”.

¿A qué recursos se refería? El mandatario que tres años después orquestaría el fraude electoral más flagrante de nuestra historia, no tenía idea de lo que hablaba.

Mientras tanto, en los pasillos de Ciudad Universitaria, una cosa quedaba clara: había que rescatar la ciudad con las uñas. Por radio llegaban informes de los sitios más dañados. Se organizaron brigadas para ir a la Colonia Roma. Los montañistas escalarían los edificios con sogas y la infantería, armada de palas, trabajaría a nivel de la calle.

Con esta estrategia subimos a una camioneta. No nos conocíamos. Ignorábamos de qué éramos capaces. Estábamos ahí, horas después del terremoto, en una ciudad que la urgencia volvía nuestra.

En la Colonia Roma encontramos edificios que seguían en pie pero habían perdido las paredes: era posible ver las cocinas y los muebles, como si se tratara de casas de muñecas. Entre las casas había súbitos baldíos, huecos amorfos, cráteres, oquedades. Nuestro vehículo trituraba vidrios. El aire olía a gas.

En su poema Tierra roja, Francisco Segovia imagina las zozobras de una expedición a Marte. Ante la indescifrable extrañeza del paisaje, exclama: “No son nativas / las piedras de esta tierra”.

Descendimos en la calle del Oro. ¿Qué riqueza podíamos hallar ahí? Nuestra misión consistía en convertir desechos en trozos ordenados, restos inverosímiles en restos comprensibles.

Encontramos papeles, el brazo de una silla, el aspa de un ventilador, formas sueltas, partes de algo, y los apilamos en la calle. Construíamos ruinas para salvarnos de la ruina.

¿Sirvió de algo esa fatiga? No rescatamos a nadie y acaso sólo nos rescatamos a nosotros mismos, convenciéndonos de que podíamos hacer algo útil.

Al final de la batalla, alguien debe recoger los restos. La paz comienza con los pordioseros de la gloria, los que se hacen cargo de los escombros, recogen los zapatos, los botones, los peines rotos, lo que antes tuvo un sentido y un destino. Eso éramos nosotros, la gente de la basura, los que llevan algo de un lado a otro en una letanía de los objetos.

El terremoto obligó a un examen de conciencia. Nadie se salva sin explicaciones. Podías morir y no lo hiciste. ¿Tiene sentido vivir como vives si el techo se puede venir abajo?, ¿vale la pena estar con esa persona, en ese trabajo, en esa ciudad? Ciertas réplicas llevaron los nombres de “divorcio”, “crisis vocacional”, “mudanza”.

Tuvimos miedo, miedo de morir, miedo de que otros hubieran muerto, miedo de expresar el miedo. Ser débil exige valentía. Si el presidente quiso ocultar que era vulnerable, nosotros debíamos aprender a serlo.

El terremoto desnudó tramas de corrupción y confirmó la inoperancia del Gobierno. Muchas cosas podían ser criticadas. Más allá de eso, nos dio una lección elemental, tan antigua como el primer asentamiento humano: no somos dueños de la ciudad; en todo caso, podemos lidiar con los desechos para que la ciudad exista. Perteneces al sitio donde estás dispuesto a limpiar la mierda.

Como el poeta Francisco Segovia en su imaginario viaje a Marte, el 19 de septiembre de 1985 supimos que las piedras no eran nativas de esta tierra, pero nosotros sí lo éramos.

Juan Villoro es escritor.






El Papa inicia en Cuba una visita imprevisible
Pablo Ordaz (El País, España)

La noche del jueves, el papa Francisco envió un mensaje en vídeo a los cubanos. Cuando todos los analistas —incluyendo su portavoz, Federico Lombardi— coinciden en pronosticar que el viaje a Cuba y Estados Unidos será el de más contenido político, Jorge Mario Bergoglio optó por dirigirse al pueblo de Cuba con un mensaje muy simple: “Jesús los quiere muchísimo, nunca los abandona. Voy a visitarlos como misionero de la misericordia de Dios”. Aunque con el telón de fondo del acercamiento entre los dos países, el viaje que inicia hoy Francisco será como su pontificado: imprevisible.

Desde la tarde de hoy, en que será recibido por Raúl Castro en el aeropuerto de La Habana, hasta el 28 de septiembre, que cerrará en Filadelfia su gira por Estados Unidos, el Papa pronunciará 26 discursos, cuatro en inglés y el resto en español, algunos tan solemnes como el que ha preparado —de su puño y letra— para comparecer ante el Congreso de Estados Unidos y la Asamblea General de Naciones Unidas. Serán esas las alocuciones más medidas, posiblemente cargadas de todas las cuestiones (inmigración, desigualdad, cambio climático) que forman parte del debate global y sobre las que Bergoglio mantiene un discurso vehemente, en algunos casos rompedor.

Francisco, según sostiene su secretario de Estado, Pietro Parolin, hablará en Nueva York en nombre de los millones de personas que vagan por el mundo huyendo de la guerra o del hambre.“Sin duda será la inmigración uno de las cuestiones más importantes del viaje”, explica Parolin, “es una preocupación constante del Papa, pero que estos días se ve aumentado por la emergencia que nos ha tocado vivir. Sabemos cuántas han sido sus intervenciones, casi diarias, sobre este tema. Y no hay que perder de vista que se dirige a un país, Estados Unidos, que tiene una larga historia de inmigración y también una larga historia de apertura, de acogida y de integración de las diversas oleadas de emigrantes que hasta ahí llegaron”.

Antes, Bergoglio se referirá casi con toda seguridad en La Habana a la necesidad de que Estados Unidos siga dando pasos para aliviar el embargo que aún soporta Cuba. Así lo hicieron ya Juan Pablo II y Benedicto XVI —Francisco es el tercer pontífice que visita la isla en 17 años—, pero ahora además sus palabras no están destinadas a caer en saco roto. El deshielo ya está en marcha, y en su momento tanto Barack Obama como Raúl Castro quisieron resaltar de forma pública el papel de Francisco y de la maquinaria diplomática del Vaticano en pos del entendimiento. Un éxito diplomático que ha venido a reforzar el liderazgo del Papa más allá de su papel como jefe de la Iglesia católica y que Bergoglio está dispuesto a utilizar. “Hay que escuchar al Papa”, dijo Obama cuando visitó el Vaticano.

Aunque no está en la agenda, se da por seguro que Francisco visite a Fidel Castro la misma tarde de su llegada a Cuba. Según el secretario de Estado del Vaticano, “es de esperar” que el fin del embargo “pueda conducir a una mayor apertura desde el punto de la libertad y de los derechos humanos”. Esta es una de las principales incógnitas del viaje. Por el momento, no está previsto ningún encuentro del Papa con la oposición al régimen.