jueves, 20 de agosto de 2015

¿POR QUÉ NOS QUEDAMOS? - Escrito por José Antonio Pagola


¿POR QUÉ NOS QUEDAMOS? - Escrito por  José Antonio Pagola

Durante estos años se han multiplicado los análisis y estudios sobre la crisis de las Iglesias cristianas en la sociedad moderna. Esta lectura es necesaria para conocer mejor algunos datos, pero resulta insuficiente para discernir cuál ha de ser nuestra reacción. El episodio narrado por Juan nos puede ayudar a interpretar y vivir la crisis con hondura más evangélica.

Según el evangelista, Jesús resume así la crisis que se está creando en su grupo: «Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, algunos de ustedes no creen». Es cierto. Jesús introduce en quienes le siguen un espíritu nuevo; sus palabras comunican vida; el programa que propone puede generar un movimiento capaz de orientar el mundo hacia una vida más digna y plena.

Pero, no por el hecho de estar en su grupo, está garantizada la fe. Hay quienes se resisten a aceptar su espíritu y su vida. Su presencia en el entorno de Jesús es ficticia; su fe en él no es real. La verdadera crisis en el interior del cristianismo siempre es esta: ¿creemos o no creemos en Jesús?

El narrador dice que «muchos se echaron atrás y no volvieron a ir con él». En la crisis se revela quiénes son los verdaderos seguidores de Jesús. La opción decisiva siempre es esa: ¿Quiénes se echan atrás y quiénes permanecen con él, identificados con su espíritu y su vida? ¿Quién está a favor y quién está en contra de su proyecto?

El grupo comienza a disminuir. Jesús no se irrita, no pronuncia ningún juicio contra nadie. Solo hace una pregunta a los que se han quedado junto a él: «¿También ustedes quieren marcharse?». Es la pregunta que se nos hace hoy a quienes seguimos en la Iglesia: ¿Qué queremos nosotros? ¿Por qué nos hemos quedado? ¿Es para seguir a Jesús, acogiendo su espíritu y viviendo a su estilo? ¿Es para trabajar en su proyecto?

La respuesta de Pedro es ejemplar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». Los que se quedan, lo han de hacer por Jesús. Solo por Jesús. Por nada más. Se comprometen con él. El único motivo para permanecer en su grupo es él. Nadie más.

Por muy dolorosa que nos parezca, la crisis actual será positiva si los que nos quedamos en la Iglesia, muchos o pocos, nos vamos convirtiendo en discípulos de Jesús, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida.

21 Tiempo Ordinario - B
23 de agosto 2015

¿A QUIÉN IREMOS, SEÑOR?
Escrito por  Florentino Ulibarri

Las palabras de los políticos
están llenas de promesas vanas
y, aunque elocuentes
y con amplia acogida,
pasado el tiempo de campaña
se las lleva el viento de cada día,
pues son palabras ensayadas, vacías,
que ocultan ambiciones personales rastreras.
¡Tú sí tienes palabras de vida!

Las palabras de la publicidad
rara vez nos dicen la verdad;
pensadas para seducirnos
y llevarnos por los caminos del consumo
martillean nuestros sentidos
con astucia y persistencia;
son palabras capciosas y engañosas,
vestidas para triunfar en el campo de batalla.
¡Tú sí tienes palabras de vida!

Las palabras de los predicadores
-curas, obispos y clérigos de toda índole-
ya no sorprenden a nadie,
pues nos llegan domesticadas
con explicaciones e interpretaciones;
sus teológicas palabras sagradas
no liberan ni alegran nuestra vida;
más bien nos enredan y confunden.
¡Tú sí tienes palabras de vida!

Las palabras de los mcs
-prensa, radio, televisión, internet-
saturan cada día más
nuestro horizonte, tiempo y mente;
son tantas y tan diversas para satisfacer
curiosidad, morbo y polémica,
que en vez de informar nos desinforman
y no calman nuestra sed de verdad.

¡Tú sí tienes palabras de vida!
Hay quien usa la palabra
para halagar nuestros oídos,
para disfrazar sus intereses,
para mantenernos en la ignorancia,
para asentar su autoridad,
para descarnar la historia,
para camuflar mentiras,
para crear barreras y reservas...
Tú sí tienes palabras de vida!
Y nos interesas, Señor.



LA VIDA EN PLENITUD QUE OFRECE JESÚS ES LA META HUMANA
Escrito por  Fray Marcos
Jn 6, 61-71

Estamos en el final del cap. 6 del evangelio de Jn. Llega la hora del desenlace. La disyuntiva es clara: o acceder a la verdadera Vida, o permanecer enredados en la pura materialidad. Recordar lo que decíamos el primer día: no tomar ninguna decisión es mantener el camino fácil del hedonismo, en el que estamos. ¿Qué resultado tuvo la oferta de Jesús?

Este modo de hablar es inaceptable. ¿Quién puede hacerle caso? Son inaceptables estas palabras, para ellos y para nosotros. Van en contra de toda lógica, pues contradicen nuestras apetencias más íntimas. Quieren llevarnos más allá de lo razonable. Todo aquel que se deje guiar por el sentido común, se “escandalizará”. Lo que nos pide Jesús es salir del egoísmo y entregarse a los demás. ¡Qué disparate! Desde el punto de vista religioso, se trata de sustituir a Dios por el hombre. ¿Cómo podemos dejar de servir a Dios para dedicarnos a los demás?  ¿No es el primer deber de todo ser humano dar “gloria” a Dios?

La incapacidad de comprender es consecuencia del afán de entender desde la carne. Y ojo, que no se trata de despreciar y machacar la carne. Entendido de esa manera maniquea, tampoco tiene ninguna salida el mensaje de Jesús. Se trata de descubrir que el verdadero sentido de la vida fisiológica y terrena, para un ser humano, el verdadero sentido de la carne, está en la trascen­dencia; es decir, desplegar las posibilidades más sublimes que el ser humano tiene de crecer y ser más que simple biología. La vida terrena, caduca, transitoria no puede ser meta para el hombre. La meta es deshacerse en la entrega total.

El espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada. Este versículo es clave para entender todo el capítulo. Aquí, carne y espíritu no se refieren a dos realidades concretas y opuestas, sino a dos maneras de afrontar la existencia humana. Solo una actitud espiritual puede dar pleno sentido a una vida humana. Vivir desde las exigencias de la carne sola, lleva consigo una limitación radical, y por lo tanto cercena la verdadera meta del ser humano. En teoría se entiende muy bien y es aceptable, pero en la práctica, ¿quién de nosotros se cree, de verdad, que la carne no vale para nada? ¿Por qué luchamos? ¿Cuál es nuestra mayor preocupación? ¿Cuánto tiempo dedicamos al cuerpo y cuánto al Espíritu?

Después de remachar por activa y por pasiva que había que comer su carne, ahora nos dice que la carne no vale para nada; que lo único que vale es el espíritu. Estas palabras nos obligan a hacer un esfuerzo sobrehumano para poder comprender lo que nos quiere decir. No es ninguna contradicción. Se trata de descubrir que el valor de la “carne” le viene de estar informada por el espíritu. Con el espíritu, la carne lo es todo. Sien el espíritu, la carne no es nada. De nuevo queda claro el profundo sentido que da Jn al la encarnación.

Las palabras (propuestas) que os he dicho son espíritu y son vida. Las palabras no tienen valor por sí mismas. Debemos ir más allá de las palabras y descubrir el espíritu al que ellas hacen referencia. Como en el discurso de Nicodemo y el de la Samaritana, la referencia al espíritu es clave para entender el mensaje de Jesús. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es espíritu”. “Dios es espíritu, y hay que acercarse a Él en espíritu y en verdad”. Todo el capítulo viene diciendo que él es el pan… Ahora nos dice que son sus palabras las que dan la Vida. Para un ser humano la única propuesta que le puede llevar a la plenitud es la que hace Jesús, con su Vida y con sus palabras.

Por eso os he estado diciendo quenadie puede llegar hasta mí si el Padre no se lo concede. El proyecto creador del Padre es ofrecer al hombre la plenitud de Vida.

Jesús no hace más que ejecutarlo. Quién rechaza al Dios que está en su centro, no aceptará nunca a Jesús. El espíritu es indispensable para entrar en la dinámica de la entrega/amor. Sin una experiencia de Dios, las palabras más sublimes se quedan en palabrería vacía. Ya decía Plotino: “Hablar de Dios sin una auténtica virtud, es pura palabrería”.

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. En este proceso de alejamiento entre Jesús y los que le siguen, se da el último paso, el abandono. Fijaros bien que hasta ahora los que le criticaban y murmuraban eran "los judíos", ahora son "los discípulos" los que deciden abandonar a Jesús. Tal vez la mayoría de los oyentes ya le habían abandonado antes. Recordemos que todo el capítulo se ha planteado como un proceso de iniciación. Terminado el proceso, hay que tomar una decisión.

¿También vosotros queréis marcharos? Qué lejos esta Jesús de la búsqueda, por todos los medios, de la aprobación general. Tanto los políticos como los medios lo condicionan todo a la audiencia. Lo importante es vender, a cualquier precio. Jesús acepta el reto que su doctrina provoca. Está dispuesto a quedarse completamente solo, antes que ceder un ápice en la radicalidad de su mensaje. La pregunta manifiesta un deje de profunda amargura. Pero también deja muy clara la convicción que tiene en lo que está proponiendo.

¿Con quién nos vamos a ir? Tus exigencias comunican Vida definitiva. Pedro, da la única respuesta adecuada: “Nosotros creemos”. La mayoría de los que escuchan a Jesús, se sienten más seguros con el cumplimiento de la Ley que con la oferta de Jesús. En la comida eran cinco mil. Quedan doce. Más tarde, demostrarían que ellos tampoco lo entendieron. Para entenderlo tuvieron que pasar por la experiencia pascual. Antes de esa experiencia ni la gente, ni los discípulos, ni los doce entendieron nada. Juan deja claro que el fundamento de la Iglesia que se empieza a organizar, son los doce, y que Pedro es la cabeza que la dirige.

También en los sinópticos, Jesús empieza siendo aclamado con entusiasmo por la multitud, pero termina siendo abandonado por todos, incluido sus discípulos. “Todos le abandonaron y huyeron”. Si hoy en día nos declaramos cristianos dos mil millones de personas, se debe a que no se exige la radicalidad de su mensaje y estamos en el engaño de lo que nos puede dar, no en la conciencia de lo que nos exige. Si descubriéramos que la médula del mensaje de Jesús es que tenemos que dejarnos comer, ¿Cuántos quedarían? Eso es precisamente lo que nos pide Jesús. Antes que morder a otro hay que dejarse comer.

En este discurso, Jn intenta aclarar las condiciones de pertenencia a la comunidad de Jesús: La adhesión a Jesús y la asimilación de su propuesta de amor. Su ‘exigencia’ es una dedicación al bien del hombre a través de la entrega personal. El mesianismo triunfal queda definitivamente excluido. En contra de lo que se nos sigue diciendo, Jesús ni busca gloria humana o divina ni la promete a los que le sigan. Seguirlo significa renunciar a toda ambición, y aceptar la entrega total de sí mismo en beneficio de los demás.

Hoy seguimos ignorando la propuesta de Jesús. En nombre del evangelio seguimos ofreciendo unas seguridades derivadas del cumplimiento de unas normas. No se invita a los fieles a hacer una elección de la oferta de Jesús, porque no se les presenta dicha oferta. Hemos manipulado el evangelio para salirnos con la nuestra. No nos interesa el mensaje de Jesús, sino nuestros propios anhelos de salvación que no van más allá de la sola carne.

Hasta la eucaristía, que es el símbolo (sacramento) de la entrega, la hemos convertido en objeto de adoración o de devoción, para evitar el compromiso de dejarnos comer. No queremos ni oír hablar de la realidad significada: el don de sí mismo. Es descorazonador, seguir pensando que Dios está más presente en un trozo de pan, que en el ser humano que sufre y espera nuestra comprensión y ayuda. Es decepcionante que la celebración de la eucaristía no tenga ninguna repercusión en nuestra vida real ni me exija cambiar nada.

Meditación-contemplación

“Tú tienes palabras de Vida eterna”.
Tú manifiestas en tu vida, esa Vida plena y definitiva.
La experiencia pascual les llevó a hacer suya esa Vida.
No fue fácil superar el apego a las seguridades de su religión.
………………

Nosotros, con una religión tan anclada en la Ley como la judía,
no lo vamos a Tener más fácil que ellos.
También tenemos que arriesgarnos
y perder el miedo a lo desconocido que nos desborda.
………………

La oferta es absoluta: Vida definitiva.
No me debe extrañar que la exigencia sea también absoluta.
Conozco bien la oferta. Solo falta elegir…
Si no tomo una decisión, seguiré el camino de la nada.

Fray Marcos






EL MANÁ Y EL PAN DE VIDA
Escrito por  José Luis Sicre

Ante la imposibilidad de ofrecer el comentario en los próximos domingos, mando este relato que sirve para todos ellos. Está tomado de José L. Sicre, El cuadrante. Vol. III: El encuentro, Cap. 14: “El pan de vida”. Se trata de una trilogía editada por Verbo Divino, que recurre al género novelado para presentar los evangelios sinópticos (vol. I: La búsqueda), el mundo de Jesús (vol. II: La apuesta) y el cuarto evangelio (vol. III: El encuentro).

PERSONAJES EN ORDEN DE APARICIÓN
Felipe: Esposo de Dina. Ambos son misioneros formados en la comunidad del evangelista Juan y propagan su evangelio.
Lucas: nieto de Andrónico y Lucila.
Lucila: esposa de Andrónico.
Andrónico: protagonista de la historia. Catequizado con el evangelio de Marcos, conoció posteriormente los de Mateo y Lucas. A través de Felipe entra en contacto con el de Juan.
Dina: esposa de Felipe, amiga de Andrónico desde niña.
Livia: cristiana de origen judío; es como una hermana mayor de Andrónico.

CONTEXTO DEL RELATO
En la última asamblea litúrgica de la comunidad cristiana de Tróade se ha leído el relato de la multiplicación de los panes según el evangelio de Mateo. Felipe y Dina conocen una versión algo distinta y mucho más completa, sobre todo por el discurso posterior de Jesús en Cafarnaúm. Ese largo y difícil discurso es el que Felipe intenta explicar recurriendo a un cuento inventado por él.

UN CUENTO PARA EXPLICAR UN DISCURSO
Felipe sacó la conversación al día siguiente, aunque su comienzo fue inesperado.
– Esta mañana estuve jugando un rato con Lucas. Cuando se fue, me puse a preparar el tema de esta noche, un discurso muy largo y difícil de Jesús en Cafarnaúm. De repente, me quedé pensando: ¿cómo podría explicárselo a Lucas? Llegué a la conclusión de que es imposible. Pero se me ocurrió una historia que puede ayudaros a los mayores. Os la voy a contar.

Hizo la pausa obligada para despertar nuestra atención.
– En un pueblecito muy pobre apareció un día un peregrino, que se puso a pedir un trozo de pan. En la primera casa le dijo la mujer: “No tengo; este año no ha llovido y el trigo se ha secado”. Fue a la siguiente, y el dueño le respondió: “Estoy viejo, soy jornalero y nadie me contrata; no puedo ayudarte”. Siguió casa por casa y encontró siempre respuestas parecidas. Entonces comenzó a pegar voces preguntando: “¿Nadie tiene un pan en este pueblo? ¿Ni uno siquiera?” Y la gente, que lo miraba asombrada, contestó: “Hesipo tiene pan, solo él”. “¿Cuantos sois en el pueblo?”, preguntó el peregrino. “Doscientas personas”. Se dirigió a la casa de Hesipo y le dijo: “Por favor, dame dos panes, dentro de un rato te los devuelvo”. Hesipo lo miró de arriba a abajo, sospechando que se trataba de un truco. “Te devuelvo cuatro”, insistió el peregrino. “Seis”. “De acuerdo, te devuelvo seis”. “Y, ¿de dónde vas a sacarlos?” “Eso no es cosa tuya; si no te los devuelvo, trabajaré para ti una semana”. “Dos”. “De acuerdo, dos semanas”. El peregrino cogió los panes, reunió a los vecinos y les dijo: “Si alguno tiene hambre, que se acerque y coma”. Todos se amontonaron a su alrededor y contemplaron admirados cómo el pan se multiplicaba entre sus manos. Al final, cuando estaban hartos, el peregrino preguntó: “¿Cuántos panes han sobrado?”. “Seis”, respondieron. “Dádmelos, voy a devolvérselos a Hesipo”.

Mientras se alejaba, Patroclo, el más anciano del pueblo, propuso a sus paisanos: “Este hombre puede solucionar nuestros problemas. Vamos a hacerle una casa y le pedimos que se quede con nosotros”. Todos aplaudieron la idea. Pero, cuando fueron a comunicársela al peregrino, éste había desaparecido. La gente se quedó muy triste y aquella noche todos comentaron su mala suerte.

Sin embargo, a la mañana siguiente los despertaron unos gritos: “¡He visto al peregrino!, ¡he visto al peregrino! ¡Está en la era!”. Salieron todos corriendo hacia allá y lo encontraron sentado, como si estuviera esperándolos. “¿Por qué me buscáis”, preguntó. Y Patroclo habló en nombre del pueblo: “Tenemos hambre, y el pan que nos diste ayer era muy bueno”. “Era un pan normal y corriente. Hoy sí que traigo un pan maravilloso”. Y señaló un zurrón pequeñito donde parecía ocultar su precioso tesoro. “El que coma de este pan nunca más tendrá hambre”. “¿De veras?”, preguntaron incrédulos; “¿tan maravilloso es?”. “Este pan ha bajado del cielo, el que lo come vive para siempre”. Y todos se abalanzaron sobre él pidiéndole: “Danos un poquito de ese pan”.

Entonces el peregrino se echó atrás, apretó muy fuerte el zurrón contra su pecho y dijo: “No. Este pan es muy caro. ¿Cuánto me dais por él?”. “Somos pobres”, se quejó una anciana, “no podemos darte nada”. “Yo sí puedo”, intervino un hombre muy fuerte, “te doy una cabra”. “No quiero tu cabra, puedes quedarte con ella”. “Te doy cuatro olivos a cambio”, propuso otro. “No quiero olivos”. “Te haremos una casa entre todos, ya lo hemos hablado”, lo tentó Patroclo. “No quiero una casa”. “¿Qué quieres entonces?”, preguntaron. El peregrino sonrió y les dijo: “Una cosa muy rara: el que quiera su parte, tiene que creer que yo he bajado del cielo”. La gente lo miró asombrada y pronto empezaron los comentarios: “¿De qué cielo? –bromeó uno–. ¿Te has caído de un águila?”. “Es verdad –dijo una anciana–; viene del cielo, lo han mandado los dioses”. “No digas tonterías -intervino un tercero-; a éste lo conozco yo, su padre y su madre viven en el pueblo de al lado”. “Te equivocas –respondió Patroclo–; si hubiese nacido en el pueblo de al lado no habría podido multiplicar los panes”. “Lo hizo, pero no ha bajado del cielo; es un mago”. “Ni siquiera un mago puede realizar el prodigio que pretende” –sentenció un muchacho–.

Entre gritos de protesta, casi todos los vecinos volvieron desilusionados a su casa. Sólo quedaron unas veinte personas, esperando que el peregrino sacase del zurrón su pan prodigioso. “Venga, empieza ya”, lo animó uno, ansioso de recibir su parte. “¿Tú crees que yo he bajado del cielo?”, le preguntó. “Sí, sé que te han enviado los dioses”; y los otros proclamaron lo mismo. Entonces se descolgó el zurrón, lo abrió despacio, muy despacio, y enseñó su interior. ¡Estaba vacío! Pero no tuvieron tiempo de expresar su desencanto. El peregrino les dijo: “No os preocupéis. El pan que voy a daros es mi propia carne, para que nunca tengáis hambre y viváis eternamente”.

“¡Estás loco!”, se indignó el hombre fuerte; “¿quieres que comamos tu carne?”. “Y a mí, ¿qué me toca?”, bromeó otro, “¿un brazo o una oreja?”. Casi todos se marcharon escandalizados y momentos después sólo quedaban tres viejecitas, un muchacho y el anciano Patroclo. El peregrino los miró extrañado: “¿Vosotros no queréis iros?”. Entonces Patroclo tomó la palabra y dijo: “¿Adónde voy a ir, Señor? No tengo nada que comer. Además, cuando te oigo hablar me ocurre una cosa muy rara: se me quita el hambre, es como si ya hubiese comido”. “¿Y vosotros?”, preguntó a los restantes. “A nosotras nos pasa lo mismo”, dijeron las viejecitas. “Y a mí”, aseguró el muchacho. El peregrino sonrió. “Entonces, si ya no tenéis hambre, no hace falta que comáis. ¿Os apetece veniros conmigo a otro pueblo?”

* * *

Felipe nos miró, valorando el efecto de su relato.
– El peregrino es Jesús –dijo Lucila–. Eso está claro. Pero al resto de la historia no le encuentro relación con los evangelios.

– No se la encuentras con los evangelios que conoces. Está calcada del nuestro. Para que lo entendáis mejor, vamos a analizar la historia que os he contado. Lo primero que hacía el peregrino era multiplicar los panes. Al día siguiente ofrece un pan maravilloso, mejor que el anterior. Pero pide un precio muy alto. ¿Cuál era?

– Creer que él ha bajado del cielo.

– Y, ¿qué ocurre?

– La mayoría se ríe de él y se va.

– Queda un grupo pequeño. ¿Les da el pan?

– No. El zurrón está vacío.

– Entonces, ¿qué les ofrece?

– Comer su carne. Muchos se escandalizan y lo dejan. Sólo quedan cinco.

– ¿Por qué se quedan esos cinco?

– Porque dicen que escuchándolo se les quita el hambre.

Felipe sonrió tan satisfecho como el peregrino.

– Muy bien. Ahora vamos a comentar el texto de nuestro evangelio. Veréis que se parece mucho. Todo empieza con la multiplicación de los panes. La gente queda entusiasmada; dice que Jesús es el profeta que tenía que venir al mundo y piensa hacerlo rey, pero él se escapa al monte y se queda allí toda la noche. ¿A qué os recuerda eso de la historia del peregrino?

Lucila siguió hablando en nombre de todos:

– Cuando quieren hacerle una casa y él desaparece.

– Exacto. Al día siguiente, Jesús llega a Cafarnaúm, la gente se pone a buscarlo y lo encuentra a la orilla del lago. Él les reprocha que sean tan interesados: lo buscan porque se hartaron de comer pan. Y les aconseja que se esfuercen por conseguir otro alimento, el que dura eternamente. Al oír hablar de un alimento maravilloso, se acordaron del maná que comieron los israelitas en el desierto, el pan del cielo. ¿Sería capaz Jesús de superar ese milagro? Y él les respondió: “El pan que dio Moisés no valía demasiado; la gente lo comía y seguía sintiendo hambre; además, el maná no daba la inmortalidad. Quien da el verdadero pan del cielo no es Moisés, es mi Padre, y ese pan da la vida al mundo”. Entonces ocurrió lo mismo que en la historia del peregrino, la gente le dijo: “Señor, danos siempre pan de ése”.

Felipe miró a Lucila.

– ¿Qué pasó luego? Tienes que imaginártelo.

– Jesús les puso una condición para comer ese pan: creer que él ha bajado del cielo.

– Más que poner una condición, les dijo: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no tendrá nunca sed”. Si Jesús es el pan de vida, y el pan de vida baja del cielo, ¿qué significa eso?

– Que Jesús ha bajado del cielo.

– Y, ¿cómo reaccionaría la gente?

– Burlándose de él, igual que se burlaron del peregrino.

– La reacción fue más dura: se escandalizaron, y comentaban: “¿No es este Jesús, el hijo de José? Conocemos a su padre y a su madre, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?”

Livia estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo.

– Habla –la animó Felipe–.

– Ahora, no. Cuando termines.

– Está bien. Sigo. Jesús, en vez de dar marcha atrás, repitió lo dicho: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo: el que coma de esta pan vivirá para siempre”. Y añadió algo todavía más duro: “El pan que yo voy a dar es mi carne, para que el mundo viva”. Los judíos se pusieron a discutir cómo podía Jesús darles a comer su carne. Y él insistió de forma tajante: “Os aseguro que si no coméis la carne y no bebéis la sangre del Hijo del hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.

Estaba recitando de memoria. Luego, su tono cambió, volviéndose más coloquial.

– ¿Qué sentido tiene para vosotros la fracción del pan?

– Es el recuerdo de lo que hizo Jesús antes de morir. Un recuerdo de su generosidad, de su entrega hasta la muerte, de que volverá un día.

– ¿Sólo eso, Andrónico? ¿Un recuerdo?

– No es un recuerdo como otro cualquiera. Nos obliga a ser como Jesús, anima, da esperanza.

– Lo que celebramos es mucho más que eso. Es algo misterioso: el don de la vida. La única comparación que se me ocurre es la del niño en el vientre de su madre, que vive gracias a ella. Jesús dice algo parecido: quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Y como él tiene vida eterna, la que recibe del Padre, termina diciendo: “Quien coma de este pan vivirá para siempre”. Celebrar la acción de gracias es mucho más que un recuerdo de lo que Jesús hizo y de que Jesús volverá. Significa alimentarnos de la vida eterna que él tiene.

– Es una interpretación bonita –reconoció mi padre–.

– No se trata de una interpretación. Es la verdad.

– Entonces, vosotros pensáis que el pan es el cuerpo de Jesús, realmente.

– Desde luego, como él lo dijo. Y el vino es su sangre.

– Eso es muy duro de aceptar, Felipe.

– Claro que es muy duro. Por eso muchos discípulos abandonaron a Jesús en ese momento. Estaban escandalizados.

– Y sólo quedaron cinco.

Felipe se echó a reír.

– No toméis al pie de la letra la historia que os conté. Quedaban los Doce. Y Jesús les preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” Simón Pedro tomó la palabra en nombre de todos y le dijo: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

– Y se fueron a otro pueblo –completó Lucila–.

– Bueno, eso no lo dice el evangelio. Me lo inventé yo. Antes de seguir, quiero aclarar una cosa, sobre todo para Andrónico: esta parte es más complicada de lo que parece. Yo la he contado de forma sencilla, resumiendo mucho, para que os quedéis con las ideas claras.

– Más vale tener cuatro ideas claras que mil confusas –opinó Lucila–.

– Ciertamente.

Felipe se volvió a Livia.

– ¿Qué querías decir antes?

Ella miró al suelo, luego al techo. “Mala cosa”, pensé, “veremos por dónde sale”. Al fin, se decidió.

– Quería decir que los de Cafarnaúm llevan razón.

– Explícate. No sé a qué te refieres.

– Son judíos. A un judío no le cabe en la cabeza que un ser divino se encarne en un hombre cualquiera. Nosotros creemos en los enviados de Dios, las Escrituras hablan mucho de ellos: vienen al mundo, cumplen su misión y vuelven al cielo. Pero nadie puede imaginar a un ángel naciendo de un hombre y una mujer. Esas cosas sólo se les ocurren a los griegos.

La respuesta de mi padre fue inmediata:

– A vosotros se os ocurrió una cosa más extraña todavía: los ángeles se unieron con las mujeres, y de ahí nacieron los gigantes.

– ¿Quién ha dicho eso?

– El primer libro de la Torá.

– Será por influjo de los griegos o de otros pueblos paganos.   

– Es posible. Pero lo dice. Por consiguiente, un judío también podría aceptar que un ser divino se haga hombre.

– ¿Como los dioses griegos?

– Los dioses griegos no se hacen hombres. A veces se manifiestan con apariencia humana, pero sólo un rato, para ayudar a alguien... Lo de Jesús es distinto. Es igual que nosotros desde que nace hasta que muere.

La expresión de Livia se volvió más dura al dirigirse a Felipe y Dina.

– Hace unos días, cuando hablasteis de la historia de la Palabra de Dios, me callé. Pero lo que dijisteis me pareció una barbaridad. Leéis unos poemas sobre la sabiduría, los interpretáis al pie de la letra, y salís hablando de una palabra que se hace carne. Pase que esas cosas se les ocurran a los griegos, pero que unos judíos, como vosotros, digáis eso...

– Hoy la has tomado con los griegos –le dije irritado–.

– No es nada personal, ya lo sabes. Es cuestión de educación religiosa. Vosotros estáis acostumbrado a meter a los dioses por todas partes. Para nosotros, Dios es demasiado grande, ni siquiera nos atrevemos a pronunciar su nombre.

– No estamos hablando de Dios, Livia. Estamos hablando de un ser divino, la Palabra de Dios.

– Cállate, Andrónico, no te has enterado de nada. Lo que defienden Felipe y Dina es que Jesús es Dios. ¿Sí o no?

La pregunta no podía ser más directa. La respuesta de Felipe también fue tajante.

– Sí. Jesús es Dios.

– ¿Lo ves? Y tú quieres que los judíos acepten que Dios es hijo de José y de María.

– No, Livia –la atajó Felipe–. Dios no es hijo de José y María. No somos tan estúpidos. Lo que dice Jesús es que él ha bajado del cielo.

– Un poco de calma –intervino mi padre–. La postura de Livia está clara, comparte el punto de vista de los judíos que escuchan a Jesús en Cafarnaúm.

– Yo no he dicho que comparta su punto de vista. He dicho que los entiendo.

– De acuerdo, los entiendes.

Felipe volvió a tomar la palabra, saliendo por donde menos lo esperábamos.

– ¿Lo ves, Dina? No se puede suprimir nada. Por ser claro, he omitido una parte importante de lo ocurrido en Cafarnaúm. Ahora se echa de menos.

– Pues déjate de enigmas y cuéntalo.

– Como veis, el gran problema que plantea el discurso es el de la fe. Jesús nos pide dos cosas muy duras: la primera, creer que él ha bajado del cielo; la segunda, creer que podemos comer su cuerpo y beber su sangre. La reacción normal, humanamente hablando, es rechazar las dos cosas. Lo asombroso es que alguien acepte lo que dice. Ahí está el misterio: ¿por qué hay gente que cree en Jesús, como nosotros?

Dejó la pregunta en el aire, invitándonos a intervenir, pero nadie quiso interrumpirlo.

– La respuesta de Jesús tiene dos partes. En la primera, quien actúa es Dios: “Nadie puede acercarse a mí si el Padre que me envió no tira de él”. En la segunda, el hombre colabora un poco: “Todo el que escucha al Padre y aprende se acerca a mí”. O sea, que para tener fe hacen falta las dos cosas: que Dios tire de nosotros y que nosotros escuchemos a Dios. Livia, ¿te acuerdas de lo que dicen los profetas de la conversión?

– No sé. Dicen muchas cosas.

– Lo que dice Jeremías: “Conviérteme, Señor, y me convertiré a ti”. El primer paso siempre es de Dios, incluso cuando una persona se convierte. Con la fe en Jesús ocurre lo mismo.

Livia se había calmado, pero no daba su brazo a torcer.

– Todo eso está muy bien, Felipe. Si yo soy cristiana es porque Dios me ha llevado a creer en Jesús y porque he puesto un poquito de mi parte. De acuerdo. Pero tú me pides ahora que cambie mi idea de Jesús, que lo acepte como la Palabra hecha carne, como Dios.

– ¿Tú estarías dispuesta a aceptar que Jesús es el Santo de Dios, consagrado por él y enviado a salvarnos?

– Eso lo he aceptado hace muchos años.

– Pues quédate tranquila. Es lo mismo que dice Pedro al final: “Nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

– Pero tú quieres que dé un paso más.

– Olvídate de eso por ahora. Si Jesús te preguntase: “¿Quieres irte, dejarme solo?”, ¿qué le responderías?

– Que soy incapaz de hacerlo.

– ¿Por qué eres incapaz?

Livia dudó un instante.

– No lo sé. Es un misterio.

– Yo sí lo sé. Porque el Padre te ha llevado a Jesús y él ya no te deja. Ahí está el misterio.

Pensé que la reunión terminaría en ese momento, pero mi querida esposa tomó la palabra.

– Después de lo de Livia, lo mío os parecerá una tontería. Pero tengo una duda muy grande: todo lo que has comentado esta noche, ¿lo dijo realmente Jesús? Me extraña que un discurso tan importante, que le costó muchos discípulos, no lo cuenten los otros evangelios. Llevo años oyendo hablar de ellos. De niña me enseñaron el de Marcos. Luego vino Andrónico con el de Mateo. Y Teófilo con el de Lucas. Cada cual contaba las cosas a su estilo. A mí me costaba aceptar tres versiones, a veces tan distintas. Pero terminé pensando que eran necesarias, que cada evangelista debía presentar a Jesús de la forma más adecuada para su comunidad. Sin embargo, lo vuestro es distinto. No se parece nada a lo que nos han enseñado siempre. Si seguimos así, cada cual se inventará el evangelio que le dé la gana. Perdonadme que sea tan sincera.

Con gran sorpresa mía, quien intervino fue Dina.

– Yo te comprendo perfectamente, Lucila. Te voy a explicar por qué.

Afortunadamente, mi padre se rebulló en su asiento.

– Ese tema me parece demasiado importante para tratarlo a esta hora. ¿No sería mejor dejarlo para mañana? Yo estoy un poco cansado.

Hubo acuerdo general en levantar la sesión.

José Luis Sicre






TUVIERON QUE OPTAR POR JESÚS, HEREJE, PECADOR Y PELIGROSO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 06, 60-69

Llegamos al final del suceso y del capítulo. El auditorio de Jesús se ve enfrentado a una opción drástica: aceptar a Jesús o prescindir de él. Parece como si Jesús mismo les hubiera puesto en la alternativa, sin medias tintas. No es demasiado probable que en vida de Jesús se produjera una situación tan explícita, pero sí es verosímil lo siguiente:

· que en vida de Jesús se produjo una recesión del entusiasmo popular hacia él, y que su mesianismo fue rechazado: esperaban a otro. Lo hemos comentado ya en domingos anteriores.

· que las comunidades de seguidores de Jesús tuvieron que optar por seguir dentro del judaísmo o segregarse de él, y que esta situación fue iluminada con los sucesos de la vida misma de Jesús.

Por otra parte, es bastante evidente que el redactor ha arreglado el suceso, incorporando expresiones que corresponden a la fe pascual, tanto en las palabras de Jesús como en las de los discípulos.

En este sentido, Pedro aparece como portavoz (es su rol para los evangelistas) y la frase que se pone en sus labios expresa muy bien la esencia del relato: es Jesús el que tiene palabras de vida eterna, Jesús es La Palabra hecha carne, mentalidad tan típica del cuarto evangelio.

Nos asomamos al gran drama de los contemporáneos de Jesús. A los fariseos, devotísimos observantes de todos y cada uno de los preceptos de la Ley, Jesús no les gustó: comía con pecadores, no observaba estrictamente los preceptos: para ellos Jesús es un pecador.

A los escribas, teólogos expertos en la Escritura, Jesús les escandalizó muchas veces: no era eso lo que ellos interpretaban: para ellos, Jesús fue un hereje.

A los sacerdotes, Jesús les gustó mucho menos: vieron en él un peligro público: su status, la importancia del Templo, la connivencia con el poder romano... todo podía venirse abajo. Para ellos Jesús era peligroso.

Todos estos rechazaron a Jesús. Y muchos otros, especialmente del mundo de los ricos, los políticos, los reyes... a los que Jesús no les interesó lo más mínimo.

A aquel puñado de gente sencilla que le habían seguido desde el Jordán, desde el lago, Jesús les gustó. Le vieron curar por compasión, le escucharon hablar de un Dios "distinto" como nadie había hablado jamás. Pusieron en él sus esperanzas. Tuvieron que atravesar el desierto, renunciar a sus aspiraciones mesiánicas, convertirse al Reino... y algunos lo hicieron.

Cuando Jesús ya no estaba en medio de ellos, tuvieron que aceptar ser expulsados de su Pueblo, ser tenidos por herejes, sufrir toda clase de persecuciones, incluso tuvieron que dar la vida, en el mismo Jerusalén, como Esteban, como Santiago el Zebedeo, como muchos otros. Y lo hicieron. Habían creído en él hasta el punto de que todo eso fue menos fuerte que su fe en Jesús.

Éste es el dramático argumento de Los Hechos de los Apóstoles, la lucha interior de Pedro, de Santiago el hermano del Señor, del mismo Pablo. Y es también una línea temática que recorre todo el cuarto evangelio y las cartas de Juan.

Eran muchas las atracciones que se ofrecían a aquellas primeras comunidades: el mundo judío, con su tradicional seguridad, su fidelidad a la Alianza, las leyes y costumbres que venían desde Moisés, la atracción fascinante del Templo: por otro lado, el mundo griego, resplandeciente de sabiduría, de filosofía, de autores famosos, de elevadísima cultura...

Y en medio, como barquichuelas diminutas agitadas por tan poderoso vientos, atraídas por señuelos tan brillantes, las comunidades de seguidores de Jesús, que no ofrecen nada de lo esplendoroso de los demás, sino su fe en el carpintero crucificado.

La profesión de fe de Pedro, que leemos en las últimas líneas del evangelio de hoy, es emocionante. "Nosotros creemos en ti". Y se acabó. Todos los demás tienen sabiduría, argumentos, sistemas filosóficos, razones históricas, poder... nosotros creemos en ti.

No podemos menos que reconocer aquí la fuerza del Espíritu. La reconocemos en Jesús, pero también, ¿me atreveré a decir que más aún?, en la fe de las primeras comunidades. Por encima del Templo, de Moisés, de Platón, por encima de todos... el hijo de José y María, el carpintero crucificado.

PARA NUESTRA ORACIÓN
No pocas veces envidiamos a los que vieron a Jesús con sus ojos, los que pudieron oír en directo sus mismas palabras. Pensamos que lo tuvieron más fácil que nosotros. Me parece que esto es muy dudoso. Nosotros, de alguna manera "hemos heredado" la fe, y me atrevería a decir que una fe "domesticada". Creer en Jesús no nos ha disonado nunca, más bien nos ha resultado "lo normal", mientras que ellos tuvieron que hacer una desgarradora renuncia.

Sin embargo, esto mismo nos ofrece una buena vara de medir la intensidad y la sinceridad de nuestra fe, porque, si es fe en Jesús, nos estará pidiendo siempre abandonar lo viejo, aceptar su Buena Noticia. Lo de Jesús es Novedad, noticia, no sólo porque lo fue históricamente, sino porque cada creyente recorre un camino en el que siempre se está haciendo descubrimientos que llevan a abandonar pasadas seguridades.

Más aún cuando en la iglesia entera y en cada uno de nosotros, una de nuestras tentaciones es regresar al mesianismo ortodoxo fácil, externo, satisfactorio, que produce seguridad. Seguir a Jesús es siempre caminar, dejar atrás instalaciones, aunque esas instalaciones sean el ambiente general de la misma Iglesia.

Finalmente, es necesario meditar hoy en nuestra propia fe en Jesús, como un regalo recibido. Entre tantas personas inteligentes, entre tanta sabiduría, entre tanto poder... ¿quiénes somos nosotros para anunciar nada, qué tenemos más otros y por qué y para qué lo tenemos?

Finalmente, ¿por qué creemos precisamente en el crucificado, porqué sentimos desde lo más profundo de nosotros mismos esa fe que es más poderosa que todo lo demás? Quizá encontremos la respuesta en las palabras del cuarto evangelio: "No me elegisteis vosotros a mí: Yo soy el que os elijo a vosotros".

Y volveremos a entender el Reino como un Tesoro regalado, como una invitación, como un gozoso compromiso a estar en las cosas del Padre.

José Enrique Galarreta






ENTREVISTA: El teólogo jesuita Pedro Miguel Lamet acaba de publicar 'El resplandor de Damasco'. “Sin Pablo, el cristianismo habría sido una secta judía”

A Pedro Miguel Lamet, jesuita, teólogo, escritor, periodista, poeta, filósofo y profesor de cine, la figura de Pablo de Tarso le sobrepasaba. Ha escrito medio centenar de libros, entre otros las mejores biografías sobre Juan Pablo II, el prepósito Pedro Arrupe y los jesuitas del Pozo del Tío Raimundo José María de Llanos y José María Díez-Alegría, y también decenas de ensayos y hasta diez novelas históricas. Sin embargo, dudó durante años ante el reto de abordar la ajetreada vida del llamado apóstol de los gentiles, primer responsable de organización del cristianismo, hasta entonces una acobardada secta del judaísmo después de la crucifixión de su fundador, el nazareno Jesús. Por fin, Lamet (Cádiz, 1941), lo hace en 370 páginas en El resplandor de Damasco. Pablo de Tarso, el apóstol de las naciones (La Esfera de los Libros).

Pregunta. ¿Por qué esas dudas en alguien como usted, acostumbrado a historias más complejas, como las tribulaciones de la Compañía de Jesús en España, que relata en El último jesuita?

Respuesta. Pablo provoca un contraste de amor y rechazo, una mezcla de subida teología inasequible y excesiva seguridad en sí mismo, la convergencia de un carácter fuerte y una debilidad de vaso de barro. Buscaba responderme a mí mismo en un libro sobre sus paradojas y hacerlo vivo y asequible a través de una novela a la vez divertida y rigurosa. Pablo sigue siendo un desconocido para muchos creyentes, incluidos no pocos sacerdotes.

Sigue siendo un desconocido para muchos creyentes, incluso sacerdotes"
P. ¿Qué encontró al final de la búsqueda?

R. He encontrado un Pablo más tierno de lo que parece, apasionado, gigantesco, y a un verso suelto, que actúa por libre gracias a una iluminación interior muy potente, articulada desde una base cultural e intelectual judeo-helénica-romana. Algunos han dicho que estaba loco. ¿Qué loco es capaz de llevar adelante tan eficaz estrategia de difusión? Físicamente era poca cosa, tirando a feo, pero tenía magnetismo.

P. ¿Tiene sentido calificarlo como el primer secretario de Organización del cristianismo?

R. Sin Pablo no habría cristianismo. Se habría reducido a una secta judía. Jesús es un predicador rural que solo se dirige “a las ovejas de Israel”. El nombre de cristianos es acuñado por los romanos en Antioquía. Gracias a cómo Pablo contesta a la Iglesia de Jerusalén se rompe el gueto judío, y gracias a su independencia creativa se produce la expansión universal. Pablo es el creador de un marketing muy eficaz. Frente a las aburridas y complicadas religiones mistéricas de Grecia y Roma, ofrece un par de sencillas ideas: el hombre se salva mediante el asentimiento de la fe y la praxis del amor, y el único rito requerido es bien humano: una comida entre hermanos.

P. ¿Con qué mimbres elaboró Pablo su manual de campaña?

R. Con una red de iglesias domésticas en las grandes ciudades de la época, Roma, Éfeso, Antioquia y Corinto, que mantienen sobre todo mujeres. Su comunicación es el boca a boca y correos navales que transportan los rollos de papiro que contienen sus cartas. ¿La economía? Compartir bienes y ayuda mutua. Pablo es autónomo, vive de su trabajo, lleva en su morral las herramientas de curtidor de tiendas.

P. Es soberbia la historia de la caída del caballo cuando iba a Damasco a apedrear cristianos. No resulta creíble.

R. Pablo es el fanático fariseo que guarda impasible las ropas del apedreado Esteban. De pronto, la luz le cambia la vida y de perseguidor se transforma en perseguido por el Mesías, que le ha derribado. Surge entonces, por su formación y conocimiento de la Biblia, el primer teólogo de la historia. Después de peregrinar por Arabia se pasa solo quince días en Jerusalén para contactar con los apósteles. Sale por piernas casi siempre por donde pasa. Su conexión con los apóstoles-testigos es mínima. Actúa por libre.

P. Según su relato, para la historia de la Iglesia romana parece más decisivo Pablo que Pedro, presentado como el primer Papa.

R. Hay tres figuras clave en la primitiva Iglesia: a la derecha, Santiago, el “hermano de Jesús” —casi desconocido, del que apenas se habla—, que no se convierte hasta después de la muerte de Cristo, pegado a la ley mosaica, que quiere llevarse bien con el poder judío y llega a enviar espías a Pablo; a la izquierda, Pablo, aperturista e independiente, que se siente apóstol y directamente enviado, supera la circuncisión y prescripciones judías y abre el cristianismo a los paganos “hasta los confines de la tierra”; y en medio, en el centro, Pedro, que contemporiza con los dos y recibe bofetadas de ambos.






El Bergoglio desconocido
texto del jesuita José Luis Caravias 

(Nello Scavo, Tierras de América).- Durante la visita pastoral del Papa al Paraguay, en medio de la multitud que acudió a escucharlo estaba un jesuita especial. Alguien que vio cumplirse en las palabras de Francisco el sueño de toda una vida. Aunque en una época aquellos sueños le estaban costando muy caro y el que lo ayudó en ese momento fue precisamente el joven Jorge Mario Bergoglio.

El padre José Luis Caravias es el misionero perfecto para hacer una película: un héroe romántico con una idea radical de misión, sumada a una pizca de inconsciencia que lo convierte en candidato ideal para el martirio. El padre Caravias tenía también un defecto propio de las novelas, uno de esos rasgos que no agradan a los militares. Fundaba cooperativas, organizaba sindicatos, reivindicaba salarios dignos para las clases explotadas, apuntaba el dedo contra los latifundistas y los hombres de la ley, suponiendo que en aquel tiempo hubiera diferencias entre unos y otros.

Nacido en España en 1935, cuando terminó los estudios de jesuita fue enviado al Paraguay, donde comenzó a organizar a los campesinos en cooperativas. Hasta el 5 de mayo de 1972. "Un día me alzaron en una camioneta de la policía y me arrojaron en Clorinda (Argentina)". De la boca del padre Caravias salían palabras extrañas. "Democracia" era una de ellas. En el Paraguay, el general Alfredo Stroessner tomó el poder aboliendo la Constitución. Fue el más longevo de los dictadores latinoamericanos, que permaneció en el poder desde el 15 de agosto de 1954 hasta el 3 de febrero de 1989, cuando lo derrocó el general Andrés Rodríguez. Dos generaciones de ciudadanos habían crecido sin saber siquiera qué significa libertad de opinión.

Contó su historia en uno de los dos blogs que escribe desde la parroquia Cristo Rey, en Asunción. La iglesia recuerda vagamente las reducciones, las misiones jesuíticas donde los hijos de san Ignacio de Loyola restituían derechos y dignidad a los indios amenazados por los conquistadores. "Conozco bien a Bergoglio. Me encontré con él, repetidas veces, durante 1975. Fue mi superior provincial. Me escuchó y atendió siempre con cariño. Pero yo era un problema para él".

Todo comenzó tres años antes en Asunción. "Fui secuestrado por un comando policial y tirado sin papeles en la frontera argentina. La dictadura de Stroessner no escatimó calumnias con las que ensuciar mi compromiso con las Ligas Agrarias Cristianas, de las que era su asesor nacional". Durante dos años permaneció en el Chaco argentino, en el extremo norte del país. Allí volvió a empezar de cero. "Logré formar un sindicato de hacheros, cruelmente explotados por los obrajeros de la zona".

Tampoco se lo perdonaron esa vez. Una mañana la policía que cumplía órdenes de la Junta encabezada por Videla se presentó en la parroquia donde vivía Caravias. Lo acusaron de entregar armas a los hacheros. Dieron vuelta toda la sacristía pero no encontraron nada. Entonces, antes de irse destrozaron todo. "El Superior de la Compañía nos ordenó dejar de inmediato la zona. Pues la próxima vez la misma policía podría dejar un arma metida por ellos mismos...". La única alternativa era irse a Buenos Aires. "Me fui a Buenos Aires, al Teologado de San Miguel, donde pasé seis meses estudiando Cristología". "Allá empecé a incursionar en las Villas Miseria atendiendo a los paraguayos".

Era previsible que tampoco pudiera trabajar tranquilo. "A los pocos meses Bergoglio me comunicó que había sabido que la Triple A (paramilitares que prepararon el camino de la dictadura) había decretado mi muerte".

Antes de abandonar Argentina, Caravias decidió despedirse de sus amigos del Chaco. No resultó una buena idea. Fue arrestado junto con la religiosa que lo llevaba en el auto. "La verdad es que estaban muy bien informados de mis actividades. Parecía "bien fichado". Hasta sabían a qué hora y con quiénes había tomado un helado esa misma tarde". Lo encerraron en un calabozo. "¡Qué duro me resonó el ruido seco del cerrojo! No sabía qué iba a ser de mí. ¡Es terrible esa inseguridad!"

El olor de la celda, la almohada inmunda, la mugre. "¡Cuántas personas habían apoyado en esa almohada su cara como para poder acumular tanta suciedad!" Fue una noche insomne, no solo por el calor y la humedad. Antes del amanecer lo sacaron a la rastra. Le explicaron que allí acababa todo. En medio de la oscuridad alcanzó a ver las armas que lo apuntaban. "¡Fuego!", gritó uno que debía ser el jefe. Era el rito macabro de los simulacros de fusilamiento. El primer paso para quebrar las defensas psicológicas de los detenidos.

A la mañana siguiente volvieron a sacarlo del calabozo. Pensó que seguramente iba a "desaparecer". Pero en realidad alguien había intervenido para que lo pusieran en libertad. El jesuita español fue entregado a un monseñor alertado por Bergoglio. Tres días después estaba en un avión rumbo a Madrid. "Pesimista, desanimado, con un terrible complejo de hereje en mi corazón, emprendí mi segundo destierro".

Pero cuando llegó de vuelta a España, ardía en deseos de volver a ser misionero en Sudamérica. Bergoglio le dio indicaciones precisas sobre la manera de actuar durante las conversaciones telefónicas y para la correspondencia. Eligieron la metáfora de la meteorología. Caravias preguntaba cómo estaba el clima. Bergoglio le contestaba que la humedad todavía era muy elevada, o bien que "no te conviene venir porque le haría mal a tu salud". Años después, cuando por fin volvió la democracia, el padre José Luis pudo regresar. "Los que pensaban como yo eran considerados comunistas. Pero Bergoglio fue un padre de corazón noble y me ayudó a escapar de una muerte cierta. Y por ello le estaré siempre agradecido".






Sobre el Silencio, la meditación y la atención:
Entrevista con Pablo d'Ors

Su «Biografía del silencio» lleva vendidos 20.000 ejemplares y está a punto de ser traducido al italiano. Es capellán en el Ramón y Cajal, donde asiste a los moribundos. Sopesa en silencio cada pregunta, pero una vez comprendida se lanza con claridad y precisión a responder, escandiendo las palabras de forma impecable, casi como si fueran versos de un poema que escribe en el aire, versos que tuviera muy pensados, pero que no por ello dejan de estar muy vivos.

Hablamos con Pablo d’Ors (Madrid, 1963) en su casa del madrileño barrio de Tetuán. Una casa-torre que hubiera agradado a Montaigne: santuario y biblioteca, capilla y reducto, espacio acogedor y lugar donde entregarse a la meditación. El silencio era tan extraordinario aquel primer domingo de agosto que parecía como si el mundo hubiera cristalizado en torno a nosotros. No había viento. No hacía calor. Las nubes, escasas, parecían haberse también detenido sobre el cielo de una ciudad poblada por tal vez cuatro millones de almas de las que casi no sabemos nada. Para escuchar. Un arte que practica este singular sacerdote y escritor, autor de libros que es difícil abandonar una vez que se entra en ellos: desde «El estreno» a «El amigo del desierto», desde «Andanzas del impresor Zollinger» a «El olvido de sí». No es raro por lo tanto que confiese mirando a los ojos que para él «la atención es la virtud por excelencia».

—¿Cuál es el estado general de su ánimo en este momento?
—Yo soy un entusiasta melancólico, y ese es en general mi estado de ánimo: el entusiasmo y la melancolía.

—Al inicio de su «Biografía del silencio» estampa un poema de Simone Weil, uno de cuyos versos reza: «Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención», y en los primeros compases, en la página 13: «como diría Simone Weil, no hay arma más eficaz que la atención». ¿Por qué? ¿Cómo de eficaz es ese arma?
—Es la virtud por excelencia, para mí la atención es la virtud por excelencia. Creo que igual que cuando somos niños nos enseñan a ejercitar la memoria, deberían también ayudarnos a ejercitar la atención. Porque la atención es la manera de estar presentes al presente, a lo que sucede. Cuando estamos atentos, sabemos que vivimos; cuando estamos despistados o sin atención, no sabemos dónde estamos, ni lo que hacemos, ni lo que hemos hecho. Mi fascinación por la virtud de la atención ha ido creciendo estos últimos años. En este momento de mi vida se ha convertido en algo primordial. La atención es tanto como ser consciente, y yo lo pondría en la jerarquía de virtudes como la número uno.

—¿Cuándo descubrió a Simone Weil?
—La leí hace muchísimos años, cuando estudiaba filosofía, pero realmente ha sido en esta última década cuando la he leído más a fondo, porque es ahora cuando he tenido un interés más fuerte por la dimensión mística de la vida. Ella, a mi modo de ver, es una de las figuras emblemáticas no solamente del feminismo, que eso es obvio, sino de la espiritualidad en el siglo XX. Es un icono extraordinario, porque no solamente tiene un pensamiento originalísimo, inclasificable, inédito en la historia del pensamiento y de la literatura, sino que su propia vida es paradigmática. Es una mujer que no se parece a nadie. La gente que me interesa más es la gente que no se parece a nadie, porque ¿con quién puedes comparar a Simone Weil? ¿Con quién puedes comparar a Charles de Foucauld o a Gandhi? Y ¿por qué me interesa la gente que no se puede comparar con nadie? Porque han hecho la aventura de ser ellos mismos. No se ajustan a ningún patrón, sino que hacen una cosa muy rara, que es escucharse a sí mismos. Y una cosa todavía más rara, que es obedecerse a sí mismos. Y una cosa que es el colmo: convertir esa obediencia y esa escucha en estilo de vida. Eso es, precisamente, lo que hace que la biografía de Simone Weil sea maravillosa.

—¿Por qué es tan difícil quedarse en silencio, quedarse a solas con uno mismo?
—Porque el silencio es un espejo de lo que somos, y lo que somos no nos gusta. Por eso huimos de ello. Esta es la principal dificultad del silencio, o de la práctica del silenciamiento, podríamos decir. Estamos en una sociedad, en un mundo, en el que cada vez hay más ruido, más dispersión, más incapacidad de concentración o de atención, como decíamos antes. Por eso el silencio se ha convertido en el principal desafío. Cuando uno empieza a practicar la meditación, lo primero con que se encuentra son las inquietudes corporales, lo segundo son las distracciones mentales, y lo tercero las heridas del alma. Tanto las inquietudes, como las distracciones, como las heridas nos ponen progresivamente más y más nerviosos, y de ahí que huyamos del silencio.

—¿Qué clase de sacerdote es usted? [Ante algunas preguntas, como esta, Pablo d’Ors esboza, en completo silencio, una sonrisa, que se le dibuja primero en los labios, después en los ojos. Piensa y un instante, y habla]
—Pues soy un pontífice, es decir, un hombre que tiende puentes. Así he entendido mi sacerdocio desde que era muy joven. Yo me ordené a los 27 años, y así lo sigo entendiendo hoy, incluso diría que cada vez más. Puente entre el mundo y Dios, entre la Iglesia y la sociedad, entre el arte y la religión, el cristianismo y el budismo, y hasta entre la vida y la muerte, puesto que trabajo en un hospital como capellán de enfermos, y me toca ser partero a la vida eterna. Estar en esa frontera, en esa mediación, es lo que siento como mi vocación más profunda.

—¿Y qué clase de escritor?
—Yo era un hombre enamorado de la palabra y ahora, supongo que por la madurez, soy un hombre enamorado del silencio, la palabra y la acción. Porque creo que las tres son importante, y las tres definen a la persona. Un hombre logrado sería aquel que trabaja y da lo mejor de sí en estos ámbitos, en la palabra, el silencio y la acción. Yo me defino como un escritor cómico, místico y erótico. Pueden parecer cosas contradictorias, pero no lo son en absoluto, sino que van completamente ligadas. Mis temas son siempre el cuerpo y el alma, y si esto se puede afrontar de una manera lírica y cómica, pues tanto mejor. Lírica porque abre paisajes a la capacidad de ensoñar y de imaginar de los lectores, y cómica porque yo creo que el humor es la manera más elegante de ser humilde, y porque en un mundo tan grave como el nuestro, la ligereza es casi no solamente una virtud sino una necesidad.

—¿De qué tenemos tanto miedo?
—En parte he respondido antes cuando he dicho de nosotros mismos. Tenemos miedo de nuestras sombras, de nuestra oscuridad, que está ahí. Porque el hombre no es solamente verdad, belleza y bien, como nos gustaría ser, sino que somos también codicia, ambición y vanidad: codicia en el tener, ambición en el poder y vanidad en el aparecer. Esas sombras, que también nos constituyen, nos dan miedo. Pero la aventura humana consiste justamente en redimir esas sombras. Redimir, que es una palabra genuinamente cristiana, significa cambiarlas de signo. Sin dejar de ser negativas, pierden su veneno y sirven para construirnos. De este modo, lo que se presenta como una adversidad se convierte en una oportunidad de crecimiento. Esas sombras, y esto es lo que se trabaja en la meditación, pueden ser ocasión de de realización humana. Es más, son el camino. Amor y dolor no son cosas distintas y opuestas, sino que son las dos caras de la misma moneda.

—¿Cuánto daño ha hecho y sigue haciendo el amor romántico en nuestro mundo occidental?
—Pues mucho, mucho daño. Quizás sea el último mito restante en Occidente: pensar que la pareja va a darnos la felicidad. Creo que es un error buscar la felicidad, y ello porque la solemos identificar con el bienestar. Lo que más bien deberíamos buscar –al menos, es lo que yo busco– es la plenitud, que es distinto, y que significa vivir intensamente aquello que te toca vivir. El amor romántico significa proyectar en alguien tu realización personal. No debe uno proyectar en nadie ni en nada la realización personal, sino solamente en sí mismo. El otro, la pareja, sería alguien con quien compartir esa búsqueda o esa entrega, pero no, ciertamente, aquel que te va a colmar esa expectativa.

—Después de todo el tiempo que lleva meditando, ¿se conoce de verdad a sí mismo, conoce su conciencia mejor que la palma de su mano?
—[Suspira, antes de decir] Cuanto más medito, más misterioso me parezco. Esa es la verdad. Incluso podría decir, menos me conozco. Pero menos nervioso me pone ese desconocimiento, es decir, mejor convivo con ese misterio que soy. Yo creo que meditar es entrar en la nube del no saber, y que ese no saber no nos inquiete, sino que aprendamos a convivir en él de manera serena.

—Dice que «vivir es transformarse en lo que uno es». ¿Cuándo se sabe que uno se ha transformado en lo que es?
—¿Cuándo sabe un manzano que es un manzano? Cuando da manzanas y alimenta a la gente que está a su alrededor. ¿Cuándo sabes que tu vida está siendo lo que tiene que ser? Cuando estás cumpliendo aquello para lo que has venido. Cuando das frutos y la gente come de esos frutos y es feliz porque les has dado de comer.

—¿Qué reforma considera más urgente para la sociedad española?
—[Vuelve a suspirar, con algo que parece impaciencia, y tal vez lo sea] Pues quizá la educación. Yo creo que no está bien planteada desde la base. Seguimos pensando que la educación es fundamentalmente algo intelectual, amueblar una cabeza, pero el ser humano no es solamente mente; también es cuerpo y también es espíritu. Toda formación debería ser integral, haciéndose cargo de lo que el ser humano es. Evidentemente que yo utilizo una antropología cristiana, pero creo que otras muchas antropologías de otra índole compartirían esta visión.

—¿Qué libros han dejado una huella más honda en su formación intelectual y sentimental?
—«El peregrino ruso», que es un anónimo ruso; los «Diarios», de Kafka; «La broma», de Milan Kundera… ¿Sigo diciendo? «Tentación», de Janos Szekely, un húngaro que fue guionista de Lubitsch; «El sobrino de Wittgenstein», de Thomas Bernhard; «El libro del desasosiego», de Fernando Pessoa; «Los ojos del hermano eterno», de Stefan Zweig… ¿Sigo? «Stoner», de John Williams, lo leí hace un año y medio, y me pareció el mejor libro que he leído en muchísimo tiempo; «El canto del pájaro», de Anthony de Mello; «La montaña mágica», de Thomas Mann; las «Conversaciones con Goethe», de Eckermann… Creo que es suficiente.

—¿Qué aprendió de su etapa de misión en Honduras?
—Fue una época muy feliz, y lo que me ha dejado es la conciencia del privilegio que supone haber nacido en un país como el nuestro, y la importancia de no olvidar nunca que hay tres cuartas partes de la humanidad que no tienen lo necesario para vivir. Yo creo que uno puede optar por vivir entre los pobres o decidir no vivir entre los pobres, pero nunca debe olvidar que hay pobres en el mundo.

—¿Qué le dice la teología de la liberación?
—En el seminario en el que yo estudié se respetaba mucho la teología de la liberación y estudiábamos a los teólogos de la liberación. Me produce un enorme respeto. Yo no me defino como un teólogo de la liberación, pero los he leído, los he estudiado, y creo que han hecho una aportación extraordinaria a la Iglesia.

—¿Quiénes son y qué buscan los Amigos del desierto?
—A raíz de la recepción extraordinaria que ha tenido el libro «Biografía del silencio», he ido recibiendo en este último año y medio muchos correos de personas de todo tipo, buscadores, pidiéndome que acompañara o les enseñara a meditar. Llegó un momento en que me sentí tan desbordado con todas esas demandas –porque prácticamente todos los días recibo correos de este tipo– que entonces, junto con un grupo de seis o siete amigos con los que comparto esta sensibilidad acerca de la importancia de la meditación y de la contemplación (yo los utilizo como sinónimos, puesto que meditación viene del latín, «meditatio», que significa «peregrinar hacia el centro»; y contemplación también viene del latín, «contemplatio», que significa «estar en el templo», así que para los creyentes nuestro centro es un templo), decidimos acompañar a cuantas personas quisieran en su peregrinaje hacia su propio centro. Fue así como nació la idea de crear una asociación, que ya está formalizada y que se llama Amigos del Desierto. Lo que hacemos es ofrecer retiros de iniciación, fundamentalmente en la práctica del silencio; también un día de práctica semanal aquí, en Madrid. Amigos del Desierto es una asociación que nace con la voluntad de profundizar y difundir la práctica del silencio y de la meditación.

—¿Hasta qué punto el dibujo que va conformando su vida se parece al que soñó cuando empezó a tomar conciencia de que la vida iba en serio?
—La verdad es que la vida es mucho mejor que nuestros sueños. Esa es la verdad. Yo he sido muy soñador, pero ahora creo que soy una persona profundamente realista, aunque seguramente habrá más de uno que se carcajee si escucha esto. Creo que la verdadera espiritualidad te conduce a la realidad, te mete de lleno en este mundo. Si te saca de este mundo no es verdadera espiritualidad, es ideología, o es idealismo, o es otra cosa. Yo creo que mi vida me está conduciendo a puertos mucho más hermosos de los que yo había soñado, francamente.

—Parece que su entendimiento, por decirlo amablemente, con el cardenal Rouco Varela no era muy fluido. ¿Qué sintió ante la llegada del Papa Francisco?
—Sentí una gran alegría. En el instante en que fue elegido Papa Francisco I, yo estaba llegando a la ciudad de Piacenza, donde iba a dar una conferencia. Justo cuando llamé a la puerta de la casa de mi anfitrión, el Papa estaba saliendo al balcón del Vaticano. Cuando se me abrió la puerta, se me dio la bienvenida como si yo fuese el propio Papa. Fue una manera muy bonita de vivir esto. A medida que ha ido pasando el tiempo, esta ilusión inicial se ha ido confirmando en que había fundamento para ello.

—¿Qué reformas de la Iglesia le parecen más necesarias y urgentes?
—El papel de la mujer en la Iglesia, el diálogo interreligioso, la presencia en el mundo de la pobreza, entre los más desfavorecidos, y luego yo diría –aunque esto es difícil de formular– algo así como un recuperar lo más genuino del cristianismo, que es Cristo mismo: una recuperación del Jesús histórico y de los Evangelios. Para España, en concreto, yo soñaría con una normalización de los cristianos en la vida pública, que no sea políticamente incorrecto definirse como cristiano, y que ser sacerdote no suponga tener una existencia marginal.

—¿En qué consiste el encargo que le ha hecho el Papa?
—El cargo es consejero del Consejo Pontificio de Cultura, y por tanto estaré a las órdenes del cardenal Ravasi, que es el presidente de ese consejo. La misión en concreto consiste en escribir una serie de informes cuando me los vayan pidiendo –ya me han pedido alguno­– sobre problemas que tienen que ver con la relación Iglesia-mundo. Ellos quieren opiniones de personas que de alguna manera tenemos nuestra identidad cristiana muy clara pero que al mismo tiempo estamos muy insertos en la realidad de este mundo.

—¿Es posible vivir una vida buena sin ningún Dios, una vida que termina radicalmente con la muerte?
—Por supuesto que hay que gente que no es creyente y que vive una vida muy buena. Yo no creo que sea necesario formalizar religiosamente tu cosmovisión para ser una buena persona. No creo que la fe en Dios te ahorre dificultades, aunque sí que te las redimensiona. En el hospital en que trabajo como capellán veo morir a muchas personas, por ejemplo. La mayoría, por mi condición sacerdotal, son creyentes que me han llamado para que les atienda en sus últimos momentos, o para que rece el responso una vez que han fallecido. No veo morir a los cristianos, en principio, con mayor serenidad que a los no cristianos.

—Juan Carlos Onetti se sirve del chivo expiatorio «que tiene toda sociedad convencional que desprecia al artista y al creador de ficción». ¿Para qué sirven los artistas? ¿Para qué sirve la literatura?
—El arte, igual que el amor, o igual que la religión, no son actividades útiles, sino actividades gratuitas; no se rigen desde la utilidad o lo pragmático, sino desde la gratuidad. Sirven, entre comillas, para recordarnos que nuestra vida no se reduce a lo útil o lo pragmático, sino que tiene una dimensión más profunda o más esencial, una dimensión que solamente el amor, el arte y la religión son capaces de recoger.

—¿Comparte el dictum presocrático de que «carácter es destino»?
—Lo comparto mucho. Creo que llevamos escrito lo que podemos ser en nuestro temperamento y carácter, pero también es verdad que hay auténtica posibilidad de transformación y de cambio, aunque siempre dentro de unas coordenadas. Me han preguntado, sobre todo en relación con la escritura, hasta qué punto uno nace o se hace. Creo que no hay alternativa. Que nacemos y nos hacemos.

—¿Qué han hecho, han dejado de hacer y deberían hacer los periódicos para elevar el tono intelectual y moral de España?
—[Suspira de nuevo] Es una pregunta muy difícil, ¿no? Yo creo que sí tenemos en este momento en España personas con capacidad intelectual para abrir horizontes nuevos, por lo que sería fundamental contar con estas personas. Eso sería lo primero que se debería hacer. Quizás también tener siempre un ojo atento para no caer en la frivolidad, que suele ser una pendiente por la que nos deslizamos con facilidad.

—En el primer cuento de «El estreno», el dedicado a Thomas Bernhard, escribe que tanto el narrador como el novelista adoptan al final el silencio como «la única de las éticas». ¿Es un anticipo de la «Biografía del silencio»?
Hay momentos para hablar y para callar. Cuanto más sabio, más callas
—Nunca lo había visto así, pero es bonito verlo así. Creo que hay momentos para hablar y momentos para callar, y generalmente cuanto más sabio eres, más callas. Veo mi obra mucho más coherente y armónica de lo que a un lector despistado le pudiera parecer. Aunque haya en mi producción libros más sarcásticos o más maliciosos, libros más benévolos o más tiernos, o libros más profundos, no deja de existir una coherencia interna muy grande. Si ahora relaciona el primero con el penúltimo, me gusta.

—En el segundo, el dedicado a Kundera y a Grass, se lee que lo más hermoso y nefasto del siglo XX ha venido de Alemania. ¿Cómo le influyeron sus años de formación en Viena y Praga?
—Ha sido muy determinante todo lo centroeuropeo y lo germánico para mí. Primero porque vengo de una familia con antepasados alemanes por parte de madre, luego porque estudié en el Colegio Alemán siendo niño, y luego porque efectivamente durante dos años viví en Praga y en Viena. Como hay escritores que para su experiencia iniciática se van a París, yo me fui a Viena y a Praga. Esos años –yo tenía 31, 32– fueron para mí mi bautismo de fuego en la literatura.

—En el cuento dedicado a Fernando Pessoa, titulado de forma reveladora «El monje secular», dice de él que «piensa mientras escribe, escribe para pensar». ¿Es su caso?
—Sí, yo a veces he afirmado que no pienso con la cabeza sino con la mano. No escribo lo que pienso, sino que escribo para saber qué es lo que he pensado, lo que estoy pensando. Creo que eso es lo propio del escritor, que la escritura se convierte para él en un arte de revelación, no simplemente de comunicación. Y por eso es una aventura y es estimulante. Si uno ya sabe lo que va a escribir es muy aburrido transcribirlo, uno escribe para descubrirlo y para, descubriéndolo, darte cuenta de que eres mucho más sabio de lo que creías.

—En ese mismo relato escribe: «Ya tenía ganas Fernando de que el pasado concluyese para poder recordarlo, porque sabía, como todo escritor sabe, que la memoria del gozo es infinitamente superior a la vulgaridad del gozo mismo. Porque recordar el gozo era revivirlo sin sus límites». ¿Le pasaba eso al autor? ¿Le sigue pasando después de haber aprendido a meditar?
—A veces, cuando me leen cosas mías, me digo «¡qué buenas son!» [y se echa a reír con ganas]. Es muy bonito, y sobre todo haberlo escrito tan joven. A veces me da la impresión de que ya todo es decadencia, de que todo está dicho al principio. ¿Me sigue pasando esto? [Se toma su tiempo para pensarlo] Bueno, en alguna medida. Yo creo que no vivo con el desasosiego con el que vivía cuando escribí ese libro, «El estreno», que tenía 35 o 34 años, y tampoco vivo ahora con la avidez de quien quería beberse la historia de la literatura. Ahora, la verdad, es que no tengo esa pretensión en absoluto, y la verdad es que así se vive más a gusto. No diría yo que soy lo mismo que entonces, pero sí el mismo.

—La siguiente pregunta va en esa misma línea. En ese mismo cuento, hacia el final, dice que «lo malo de ser escritor es que es más importante la escritura que la vida». ¿Lo pensó alguna vez el autor, y no que era malo, sino que era más importante? ¿Y ahora?
—Ahora no lo pienso. Ahora pienso que la obra más importante es nuestra propia vida, nuestra biografía. Y dentro de esa biografía están los libros que escribimos, claro. Es verdad que lo que un escritor quiere dejar para el futuro son sus libros, eso es cierto; pero además de mis libros, yo quisiera dejar el bien que haya podido hacer a algunas personas, a cuantas más mejor. Últimamente me siento como Schindler, el de la película. Había empezado a salvar a los judíos del exterminio, y al final se daba cuenta de que podía haber salvado a muchos más, y hasta se precipitaba para ayudar a cuantos más mejor. Yo me siento un poco así, con esa urgencia por ayudar a tantas personas a las que siento perdidas, o que confiesan abiertamente que lo están.

—Dice que Pessoa es con toda probabilidad el hombre que menos ha dormido de la historia de la humanidad. ¿Y Cioran?
—Supongo que también él muy poco, la verdad. Yo he leído a Cioran, pero tampoco he sido un fanático de sus libros, porque me resultaban muy duros, y muy desgarradores. Me llama la atención que en muchas contraportadas de novelas se dice: «Una visión lúcida y despiadada del ser humano». Parece como si se asociara la lucidez a la falta de piedad, pero nunca leeremos: «Una visión lúcida y pía del ser humano». Parece como si la piedad fuera una visión torpe de la realidad, y eso a mí me parece un error muy grave. No creo que lo impío sea necesariamente más lúcido que lo pío, antes bien lo contrario.

—Aurelio Arteta habla mucho de la compasión, como si fuera una virtud desprestigiada.
—Para mí esta visión compasiva, o piadosa en el mejor sentido de la palabra, me parece de una gran sabiduría. Y esto lo saco a colación porque casi todos los escritores son escritores de la oscuridad. Cioran o Bernhard, que hemos citado, o el propio Pessoa, aunque Pessoa tiene alguna cosa un poco más luminosa. Pero poquísimos escritores son escritores de la luz. Los puedes contar con los dedos de la mano. Y en cambio yo me siento llamado a ser un escritor luminoso, y eso no significa ser un escritor ignorante de la oscuridad. Pienso que la luz es más difícil de ver que la oscuridad, pero no porque no exista, sino porque exige entrenar más los ojos y entrenar más el corazón. Los escritores luminosos para mí han pasado ya por la oscuridad y han hecho el camino más largo. Muchos autores son muy implacables con sus personajes, muy crueles; yo me siento inclinado a ser tierno y benévolo con ellos.

—¿En qué medida influyó su abuelo en su forma de enfrentarse a la lectura y a la escritura?
—Yo a mi abuelo no le conocí personalmente porque murió en el 54 y yo soy del 63, pero ha sido una figura muy presente en mi familia. Decidir ser escritor teniendo a Eugenio d’Ors como abuelo no ha sido fácil para mí. Porque el d’Ors por excelencia, siempre va a ser él. Aunque nunca se sabe… [y se ríe]. Pero sí, para mí era una persona de una categoría humana e intelectual de primerísimo orden. Muchas veces he respondido diciendo que mi abuelo ha sido una bendición y un estigma para mí, ambas cosas. Bendición porque me ha posibilitado moverme en una tradición familiar donde la cultura y la literatura tenían mucho predicamento; pero también estigma porque recuerdo que en el colegio, cuando hacia algo mal, solían reprochármelo con un: «Parece mentira que seas un d’Ors». Te cae entonces como una losa la responsabilidad.

—¿Cuándo decidió prescindir de la «J» a la hora de firmar sus libros y por qué?
—Lo primero que yo publiqué fue un anecdotario misionero, que no forma parte de mi biografía literaria porque no lo considero literatura; también una adaptación al teatro del «Cuento de Navidad», de Dickens. Esos textos los firmé como Pablo Juan d’Ors, que es como me llamo. Yo me llamo Pablo Juan porque mi padre se llamaba Juan Pablo, y él quería que yo fuese como él, pero al revés. Firmé Pablo J. ya en «El estreno», que fue realmente mi primer. La «J» desapareció con «Las ideas puras», mi segundo libro, no sé si por consejo del propio Herralde o de alguno de mis hermanos.

—En «Andanzas del impresor Zollinger» cuenta que August no hubiera encontrado una choza en el bosque de St. Heiden si no hubiera construido la suya. ¿Dónde aprendió mejores parábolas, en Kafka o en los Evangelios?
—Pues son precisamente para mí las dos fuentes parabólicas por excelencia: los Evangelios y Kafka. Pero me quedo con los Evangelios.

—Más adelante, en el mismo libro, escribe: «era un experto en hacerse sordo a los ruidos externos». ¿Ya había aprendido a meditar cuando escribió esas palabras?
—¡Que va, que va! Si lo extraordinario de la escritura es que no es un testimonio de lo vivido, sino una profecía de lo que vas a vivir. Y por tanto te encuentras que luego vives lo que has escrito. Podría dar muchos ejemplos de cosas que he encontrado después que haberlas escrito. En aquella época, yo no meditaba en el sentido estricto. Claro que desde que tenía veinte años y entré en el seminario, hacíamos diariamente un tiempo de silencio. Pero no era el silenciamiento tal y como ahora lo entiendo.

—¿Qué le saca de quicio, si es que algo le desquicia?
Me saca de quicio la hipocresía, la maledicencia, el ruido
—Pues me desquicia la hipocresía, en primer lugar. También la frivolidad, por ejemplo, esos programas basura de televisión, la verdad es que no los soporto. Me ponen enfermo. Y la maledicencia, hablar mal de los demás, también me parece que es algo muy grave. La ostentación, también me saca de quicio, o por lo menos me disgusta profundamente. El ruido, el ruido me saca de quicio. Eso sí.

—¿Escuchamos demasiado poco a los árboles, a los animales y a los otros?
El problema número uno es ponernos en el lugar del otro
—Sí, el problema cuando hablamos del silencio, el problema número uno es nuestra dificultad para escuchar, para ponernos en el lugar del otro…

—Simone Weil otra vez…
—Sí. ¿Por qué escuchar es difícil? Porque escuchar, al menos mientras estás escuchando, supone el olvido de ti. Lo que es difícil es olvidarse de uno mismo, y eso es a lo que enseña la meditación. La meditación enseña a no tenerte a ti como centro, sino a descentrarte para luego encontrarte. La meditación es un proceso de empobrecimiento que luego va a derivar en una riqueza extraordinaria, pero no deja de ser una pobreza espiritual, un vacío, que dicen en el budismo.

—Dice que «un árbol no puede ser cortado impunemente sin permiso». Muchos, y estoy pensando en amigos y compañeros de trabajo, se reirían e ironizarían sobre esa frase. Y sin embargo no creo que se rieran ni se rían los niños.
—Muy bonito.

—¿Abraza literal y metafóricamente a los árboles? ¿Nos iría mejor a los hombres si abrazáramos literal y metafóricamente a los árboles, como hacía Chejov?
Nos iría mejor si abrazáramos más árboles y personas
—En general nos iría bien si abrazáramos más, árboles, personas y todo lo abrazable que exista. Creo que hay un aprendizaje también mediante el contacto corporal, y que eso es imprescindible como fuente de conocimiento. Cuando la parábola de Zollinger, yo no había abrazado a ningún árbol; fue a partir de ahí que empecé a abrazarlos de vez en cuando.

—¿Comparte los versos de Ezra Pound «dejad hablar al viento. Ese es el paraíso»?
—Sí, es bonito. Lo comparto.

—¿Cómo se acompaña a un moribundo? ¿Es acaso la expresión máxima de la ética de la atención y el cuidado?
Los moribundos son espejos de tu propia indigencia
—No sí si la expresión máxima, pero desde luego una de las expresiones más sublimes. Yo ahora mismo no cambiaría mi trabajo de acompañar a los enfermos y a los así llamados terminales por ningún otro. Porque tiene una densidad emocional, existencial, religiosa de primer orden. Empiezas a acompañar a los moribundos con decencia cuando no les ves como pobres hombres o pobres mujeres que se están muriendo, sino que empiezas a verles como espejos de tu propia indigencia, es decir, cuando te das cuenta de que ellos eres tú. Entonces ya cambia la clave, ya no eres la persona buena que estás echando una mano, sino que tú eres el que estás ahí, despidiéndote de la vida. Entonces es cuando se vive con la adecuada profundidad.

—¿Le da miedo la muerte?
—La verdad es que no. Francamente. Puede parecer una chulería, pero no me da miedo morir. A veces, cuando escucho que la gente dice cómo ha luchado tal o tal persona por la vida, y que ha pelado hasta el final, yo pienso que no es que combatir por la vida no sea una virtud, pero creo que entregarla y rendirse también lo es. Y esto no lo dice nadie. Nunca lo sabes, pero creo que cuando me llegue ese momento a mí, yo voy a entregar la vida rápido. No creo que la única virtud sea la lucha. Más que la muerte, lo que me da miedo es no saber sufrir con dignidad.

—¿Quién es Pablo d’Ors?
—Un hijo de Dios. Un hijo de Dios.