viernes, 19 de junio de 2015

¿POR QUÉ SOMOS TAN COBARDES? - José Antonio Pagola


¿POR QUÉ SOMOS TAN COBARDES? - José Antonio Pagola

«¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?». Estas dos preguntas que Jesús dirige a sus discípulos no son, para el evangelista Marcos, una anécdota del pasado. Son las preguntas que han de escuchar los seguidores de Jesús en medio de sus crisis. Las preguntas que nos hemos de hacer también hoy: ¿Dónde está la raíz de nuestra cobardía? ¿Por qué tenemos miedo ante el futuro? ¿Es porque nos falta fe en Jesucristo?

El relato es breve. Todo comienza con una orden de Jesús: «Vamos a la otra orilla». Los discípulos saben que en la otra orilla del lago Tiberíades está el territorio pagano de la Decápolis. Un país diferente y extraño. Una cultura hostil a su religión y creencias.

De pronto se levanta una fuerte tempestad, metáfora gráfica de lo que sucede en el grupo de discípulos. El viento huracanado, las olas que rompen contra la barca, el agua que comienza a invadirlo todo, expresan bien la situación: ¿Qué podrán los seguidores de Jesús ante la hostilidad del mundo pagano? No solo está en peligro su misión, sino incluso la supervivencia misma del grupo.

Despertado por sus discípulos, Jesús interviene, el viento cesa y sobre el lago viene una gran calma. Lo sorprendente es que los discípulos «se quedan espantados». Antes tenían miedo a la tempestad. Ahora parecen temer a Jesús. Sin embargo, algo decisivo se ha producido en ellos: han recurrido a Jesús; han podido experimentar en él una fuerza salvadora que no conocían; comienzan a preguntarse por su identidad. Comienzan a intuir que con él todo es posible.

El cristianismo se encuentra hoy en medio de una «fuerte tempestad» y el miedo comienza a apoderarse de nosotros. No nos atrevemos a pasar a la «otra orilla». La cultura moderna nos resulta un país extraño y hostil. El futuro nos da miedo. La creatividad parece prohibida. Algunos creen más seguro mirar hacia atrás para mejor ir adelante.

Jesús nos puede sorprender a todos. El Resucitado tiene fuerza para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo. Solo se nos pide fe. Una fe que nos libere de tanto miedo y cobardía, y nos comprometa a caminar tras las huellas de Jesús.
12 Tiempo Ordinario - B
(Marcos 4,35-40)
21 de junio 2015

IR A LA OTRA ORILLA
Escrito por  Florentino Ulibarri

Ir a la otra orilla,
a la orilla marginada y olvidada,
a la orilla expoliada y sin historia,
a la orilla que sufre y llora la miseria.

Ir a la otra orilla,
a la orillan en la que se hacinan tantas personas,
a la orilla de la que salen las pateras,
a  la orilla que reclama justicia y vida digna.

Ir a la otra orilla
con el corazón y las manos limpias,
con la mente despejada
y entrañas compasivas.

Ir a la otra orilla
siguiendo tu propuesta y tus huellas,
sin mirar de soslayo
y sin añorar lo dejado en las riberas.

Ir a la otra orilla
sin corazas ni barreras,
con la humildad dentro y fuera
y la esperanza florecida.

Ir a la otra orilla
aunque se levanten huracanes y tormentas,
las olas zarandeen la barca
y Tú sigas dormido en popa.

Ir a la otra orilla
y dejarse empapar por sus personas,
por sus historias y vidas
de dolor, alegría y lucha.

Ir a la otra orilla
a sentir y vivir la buena nueva,
a compartir nuestra riqueza
y a recuperar tu presencia.





¿QUIÉN ES ÉSTE?
Escrito por  Fray Marcos
Mc 4, 35-40

Leemos hoy el final del c. 4. Si no explicamos un poco de que va, da la sensación de tomar un tren en marcha sin saber de donde viene ni a donde va.  Después de enseñar en Cafarnaum y sus alrededores, dejando bien clara la reacción de los jefes religiosos, de los que le siguen e incluso de sus familiares, narra Mc en el C. 4 varias parábolas y termina con el relato de la tempestad calmada, que acabamos de leer. Se trata de un milagro muy complicado. Los milagros, llamados de naturaleza, son los que menos visos tienen de responder a hechos reales. Están tan cargados de simbolismos que no es preciso que partan de un suceso concreto para justificar la narración.

La Biblia utiliza varias palabras griegas para expresar lo que nosotros denominamos milagro: "thauma" = maravilla, "dynameis" = portento, "teras" = prodigio, "semeion" = signo. El concepto de milagro que manejamos hoy, es relativamente reciente. No tiene ningún sentido preguntarnos hoy si los evangelios nos hablan de milagros (tal como los entendemos hoy), Pero tampoco tiene sentido poner en duda que Jesús hizo milagros, (tal como lo entendían entonces). Lo que nos importa hoy, es descubrir el verdadero sentido de esa manera de hablar. El milagro era un modo de expresarse, comprensible para todos los que vivían en tiempos de Jesús. Decía Evely: "Nuestros mayores creyeron a causa de los milagros, nosotros creemos a pesar de ellos".

El significado general del relato está en la apertura del mensaje de Jesús a todas las gentes. Jesús pide a los discípulos que vayan a la otra orilla. Ya tenemos el primer simbolismo. Está haciendo referencia al paso del mar Rojo y la travesía del desierto. Aquellos pasos, a pesar de los peligros que supusieron, les llevaron a la tierra prometida. Están en el mar de Galilea y la otra orilla era tierra de gentiles. Es una invitación a la universalidad del mensaje, más allá del ámbito Judío, que se opone a la apertura. La primera "tormenta" que se desató en el seno de la primera comunidad cristiana, que nos narra el NT, fue precisamente por el intento de apertura a los paganos.

Al hablar de la tempestad, está haciendo referencia a Jonás. (También Jonás se echó a dormir cuando empezó la tormenta, y también fue increpado por el capitán por estar durmiendo mientras ellos estaban muertos de miedo). El mar es en la Biblia, símbolo del caos, lugar tenebroso de constantes peligros. Dominar el mar era exclusivo de Dios. Con estos elementos, podemos sacar la enseñanza simbólica. El mensaje de Jesús tiene que llegar a todos los hombres, pero no se conseguirá si no se abandona la falsa seguridad de pertenecer a un pueblo elegido; y a través de constantes luchas con las fuerzas del mal.

El mensaje del relato es la tranquilidad de Jesús en medio de la tormenta. Mientras todos estaban muertos de miedo, él dormía tranquilamente... Hay que tener en cuenta que se llamaba también "cabezal" a la especie de almohada, donde se colocaba la cabeza de un muerto. "Dormir" y "cabezal" están haciendo clara referencia a una situación pos pascual. La primera comunidad tiene claro que Jesús está con ellos pero de una manera muy distinta a cuando vivía. Aunque no lo vean, tienen que seguir confiando en él.

¿No te importa que nos hundamos? La necesidad extrema les obliga a pedir ayuda a Jesús como último recurso. Las palabras que le dirigen nos indican su estado de ánimo. No dudan que Jesús pueda salvarlos, dudan de que esté interesado en hacerlo, lo cual es el colmo de la desconfianza. Es dudar de su amor. Esta actitud es la que Jesús reprocha a los discípulos. Siguen necesitando de la acción externa para encontrar la seguridad.

Increpó al viento y dijo al mar: ¡Cállate! Son las mismas palabras que Jesús dirige a los espíritus inmundos cuando los expulsa. Además en singular, como queriendo personalizar al viento. Recordad que la palabra "ruah" (viento) es la misma que significa espíritu. Viento que perjudica, equivale a mal espíritu. El "poder" de Jesús se dirige contra la fuerza del mal, no contra los elementos, que aunque sean hostiles, nunca son malos.

¿Por qué sois cobardes? ¿Aún no tenéis fe? No son preguntas, sino constataciones de una evidencia palpable. Ni confiaban en sí mismos ni confiaban en él. Aquí tenemos otra clave para la reflexión. Confiar en un Dios que está fuera y actuará desde allí, nos ha llevado siempre al callejón sin salida del infantilismo religioso. Una vez más queda manifiesto que, en la Biblia, la fe no es la aceptación de unas verdades teóricas, sino la adhesión confiada a una persona. Jesús les acusa de no confiar, ni en Dios ni en él.

¿Quién es este? El miedo y la pregunta final, deja bien a las claras que no habían entendido quién era Jesús. El relato no tiene en cuenta, que Mc ya había adelantado varios títulos divinos aplicados a Jesús desde la primera línea de su evangelio: "Orígenes de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios". Queda demostrado que no vale una respuesta intelectual. Lo que es Jesús, no hay manera de mostrarlo ni demostrarlo. El descubri­miento tiene que ser experiencia personal de la cercanía de Jesús.

A todos nosotros nos invita hoy el evangelio a cruzar a la otra orilla. Estamos tan seguros en nuestra orilla que no será fácil que nos arriesguemos a cruzar el mar. Ni siquiera estamos convencidos de que exista otra Orilla, más allá de las comodidades y las seguridades que ambicionamos. Sin embargo, nuestra meta está al otro lado del riesgo y del peligro. La falta de confianza sigue siendo la causa de que no nos atrevamos a dar el paso. No terminamos de creer que Él va en nuestra propia barca.

El verdadero mensaje de Jesús es que debemos confiar siempre, aunque nos parezca que Dios se ha ausentado y no se preocupa de nosotros. Para Jesús, el enemigo del ser humano no es la naturaleza, sino una falsa visión de la misma. La naturaleza y todas sus leyes son siempre buenas. No tiene sentido que Dios tenga que rectificar su propia obra para hacer que los hombres confíen en Él. Flaco favor haría Jesús a sus discípulos si accediera a entrar en la dinámica del Dios, que pone su poder al servicio de los buenos. Jesús les habla de un Dios que se identifica con ellos en todas las circunstancias.

El libro de Job plantea una cuestión muy seria, pero la solución que le da, está muy lejas de ser la adecuada. Dios tiene que devolver a Job todo lo que le había quitado para que su fidelidad sea creíble. Ese Dios materialmente útil, sigue siendo el poderoso que tratamos de poner a nuestro servicio. El Dios en quien Jesús confió, no fue el que se manifiesta en acciones espectaculares a favor de los buenos, sino el Dios escondido, en quien hay que confiar aunque no lo veamos. Dios está siempre dormido. Su silencio será siempre absoluto. Ni tiene palabras ni tiene instrumentos para hacer ruido. Mientras no busquemos a Dios en el silencio, nos encontraremos con un ídolo fabricado por nosotros.

No son las acciones espectaculares de Dios, las que nos tienen que llevar a confiar en Él. Cuando una persona dice: Yo amo mucho en Dios porque me ha concedido todo lo que le he pedido, estamos ante un autoengaño nefasto para la vida espiritual. El maestro Eckhart decía que tomamos a Dios por una vaca de la que podemos sacar leche y queso. Pero también decía: utilizamos a Dios como una vela para buscar algo; y cuando lo encontramos, la tiramos. La idea de un Dios que pone su poder a mi servicio, es nefasta para la vida espiritual. No se trata de confiar en otro, si no de confiar en que Él está más cerca de mí que yo mismo. Solo si siento a Dios en mí, me  sentiré seguro.

Meditación-contemplación

¿Quién es éste? Nunca podrás saberlo
Si en tu vida no reflejas la suya
Lo importante no es encontrar respuestas
Sino vivir la Vida verdadera.
...............

Lo que es Jesús, es lo que tú también eres.
Jesús ha desplegados todas sus posibilidades.
Tú tienes esa tarea aún por hacer.
Sin ningún miedo tienes que remar en esa dirección.
...............

Desde la orilla de tu falso yo, debes atravesar el mar.
Sin apegarte a la comodidad de lo ya adquirido.
Debes lanzarte al despliegue total de lo que eres,
Integrando lo humano en lo divino que hay en ti.
........................

Fray Marcos





JESÚS SALVA A SU FAMILIA

Si en la liturgia se leyera el evangelio de Marcos tal como él lo escribió, no a saltos, trompicones y omisiones, habríamos advertido que la popularidad creciente de Jesús suscita tres reacciones muy distintas: desconfianza por parte de su familia, rechazo por parte de los escribas, aceptación por parte de su nueva familia ("estos son mis hermanos, mis hermanas y mi madre"). A esa nueva familia, Jesús la instruye en el capítulo de las parábolas (de las que sólo leímos dos el domingo pasado) e, inmediatamente después, la salva. Con este episodio de la tempestad calmada Marcos pretende también que el lector se pregunte una vez más quien es Jesús.

El mar como símbolo de las fuerzas caóticas (Job 38,1.8-11)
En el mito mesopotámico de la creación (Enuma elish) el dios Marduk debe luchar contra la diosa Tiamat, que representa el mar, para poder crear el universo. El mar simboliza el peligro, la amenaza a la vida. (En términos modernos, el tsunami que devora y destruye la tierra firme.)

La primera lectura, del libro de Job, recoge este tema, pero despojándolo de sus connotaciones politeístas. El mar no es una diosa, es una fuerza caótica que amenaza con cubrirlo todo. El Señor no le machaca el cráneo ni la descuartiza, como hace Marduk con Tiamat; se limita a encerrarlo con doble puerta, a fijarle un confín en el que «se romperá el orgullo de tus olas».

El peligro del mar (Salmo 107)
El mar no es sólo una amenaza para la tierra firme, lo es también cuando se intenta cruzarlo en una pequeña nave como las antiguas. En el momento más inesperado se oscurece el cielo, estalla la tormenta, la nave sube y baja al ritmo frenético del oleaje. Sólo cabe la posibilidad de encomendarse a Dios. Esta es la experiencia que recoge el fragmento del Salmo 107, al que quizá mucha gente no preste atención, pero esencial para entender el evangelio de hoy.

Jesús, los discípulos y el mar (Marcos 4,35-41)
El pasaje del evangelio podemos dividirlo en cinco partes: 1) introducción: Jesús y los discípulos se embarcan a la otra orilla; 2) la tormenta: reacción opuesta de Jesús, que duerme, y de los discípulos, que lo despiertan asustados; 3) Jesús calma la tormenta; 4) Palabras de Jesús a los discípulos; 5) reacción final de éstos.

Tres de estas partes tienen especial relación con los textos de Job y el Salmo.
La segunda (la tormenta) recuerda la situación de grave peligro descrita en el Salmo. Pero, en este caso, los discípulos no se encomiendan a Dios, acuden a Jesús; no creen que pueda resolver el problema, simplemente les asombra que duerma tan tranquilo mientras están a punto de hundirse.

La tercera, en cambio, recuerda la lectura de Job, no por el tono poético, sino por el poder y la autoridad suprema que Jesús manifiesta sobre el mar, semejante a la de Dios en el Antiguo Testamento.

La quinta, que habla de la reacción de los discípulos, recuerda la reacción de los navegantes en el Salmo, pero con un cambio fundamental: los marineros del salmo se llenan de alegría y dan gracias a Dios, los discípulos sienten gran miedo y se preguntan quién es Jesús. Curiosamente, Marcos no ha dicho que los discípulos tuvieran miedo durante la tormenta, pero ahora sí lo tienen; es el miedo que provoca el contacto con el misterio.

Prescindiendo de la introducción, la parte que queda sin paralelo es la cuarta, las palabras de Jesús a los discípulos, que les interroga sobre su miedo y su fe. La ausencia de paralelo sugiere que estas dos preguntas son esenciales en el relato. De hecho, el pasaje dice al lector dos cosas: 1) el poder de Jesús es semejante al que se atribuye a Dios en el Antiguo Testamento; poder para dominar el mar y poder para salvar. 2) Al escuchar la lectura, el cristiano debe reconocer que sus miedos son muchos y su fe poca. Conocer a Jesús no es saberse de memoria unas fórmulas de antiguos concilios. El evangelio debe sorprendernos día a día y hacer que nos preguntemos quién es Jesús.

Desde antiguo se valoró el aspecto simbólico del relato: la nave de la iglesia, sometida a todo tipo de tormentas, es salvada por Jesús. Un aspecto que también podemos valorar a nivel individual.

José Luis Sicre





Por alusiones
Dolores Aleixandre

En el ALANDAR de Abril mi amigo Mariano Fresnillo me dedicó su artículo “Dioscapacidad” y se lo agradezco: además del cariño con que lo ha escrito, me ha descubierto mi pertenencia al colectivo “discapacitados” por el que siento admiración y simpatía. De todas maneras quiero añadir algunas precisiones a lo que él decía.

La primera es que la pérdida de la voz no me ha provocado rebeldía contra Dios (sí fastidio, sí impaciencia muchas veces…), y no se me ha ocurrido nunca “echarle la culpa”, quizá porque estoy absolutamente convencida de que, a través de todo lo que nos va ocurriendo a lo largo de la vida, Él “trabaja” algo con nosotros y eso, sea lo que sea, siempre termina por estar bien. Dios “no tenía la culpa” de que el Mar de las Cañas estuviera ahí, ni de que los israelitas no supieran nadar, ni de que los egipcios se empeñaran en perseguirlos, ni de que tuvieran unos carros alucinantes; pero estaba con ellos y les abrió un camino para cruzar el mar.

De ahí mi terca seguridad en que no existe mar, por amenazador que resulte, que no pueda atravesar con tan buen Compañero. Se lo repito muchas veces: aken avi (el hebreo le da un punto…), como un eco de aquel “Sí, Padre” de Jesús y que viene a ser también: OK, vale, de acuerdo, así está bien…

Junto a eso, además de huir del dramatismo, hay también un par de cosas que trato de cultivar: el sentido del humor y la decisión de descubrir lo positivo que esconde cada situación: por ej. nunca me había gustado hablar por teléfono y ahora, como la gente que me conoce sabe que se me entiende fatal, se abstienen de llamarme y me ponen correos o mensajes.

Otra ventaja: he conseguido llevar una vida más pausada que era uno de mis objetivos cuando me jubilé: ha disminuido notablemente la demanda de charlas, conferencias, ponencias y mesas redondas que antes me agobiaba un poco. Hace un par de meses me llamó un cura para que fuera a dar una charla en su parroquia y, después de explicarle: “no voy a poder, ando regular de la voz”, me dijo: -“Regular no, ¡fatal!”. Qué alivio no tener que alargar mucho las explicaciones.

Es verdad que una consecuencia cansina de esta limitación es su evidencia: si tuviera por ejemplo, un granuloma en el escafoides (me lo acabo de inventar), se lo contaría solo a quien quisiera pero, en esto de la voz, en cuanto abres la boca, das el cante y todo el mundo pregunta y opina: “¿cómo estás?”, “te veo mejor”, ”estás peor”, “bebe más agua”, “conozco un foniatra”… Suelo salir del paso con una frase insípida y absolutamente neutra: “Ahí vamos”, que me sirve de pértiga para intentar saltar a otra conversación.

En lo que ya me he dado por vencida es en desmentir el bulo que circula en varias versiones sobre mi estado comatoso: “tiene cáncer de laringe”, “le ha dado un ictus”, “es parkinson”, “es alzhimer” o, la más curiosa: “ha tenido una caída de carácter irreversible” (¿no habré podido levantarme del suelo?). Tiene la ventaja de que, cuando me encuentro con gente que me creía próxima a expirar, me reciben con muestras de cariñosa efusión y eso es siempre muy de agradecer. A otros les noto que no acaban de creerse que, de momento, solo tengo averiada la voz y piensan que no quiero confesar mi estado terminal. En esos casos pongo cara de santa y digo con un tono de virtuosa resignación: “Ya voy mejorcita, muchas gracias” y eso les deja más tranquilos.

Hablarlo con dos amigos del alma me ha ayudado mucho: uno de ellos, muy averiado físicamente, me dijo que a él le daba fuerza esta convicción: “Tal como estoy, soy enviado”. Así quiero saberme también yo: faltaría más que para querer a la gente y prestar servicio en lo que pueda, fuera imprescindible la elocuencia. El otro me dijo: -“Trata de vivirlo como algo que te vuelve más pobre”. Es verdad: la voz te concede “presencia” y carecer de ella te sitúa como por debajo, en una situación de no-poder; pero ahí te esperan otras compañías y aprendes a respirar el Evangelio de otra manera.

Y en eso estamos todos: disfónicos y afónicos, tenores y sopranos, locutores y cartujos, ruiseñores y peces, Luciano Pavarotti y Harpo, el mudito de los hermanos Marx.
Y, por supuesto, los lectores de ALANDAR. ¿O no?

Dolores Aleixandre



NACER ES MIGRAR, MORIR TAMBIÉN

¡Retrocedamos hasta el origen, al instante inicial! Algo va a nacer, se mueve, avanza... ¡aquí está! El nuevo ser migra hacia el exterior de su habitáculo vital. Sale, y un escalofrío recorre su piel; anhela volver pero no hay camino de retorno a la etapa anterior. Acaba de dar el primer paso en el recorrido de una nueva vida en territorio extraño.

¡Avancemos ahora, avancemos pausadamente hacia el final! Es el instante del A-Dios.

Migrar es analogía de vientres; del amor del "principio" (Gen 1,1) al útero maternal finito; del vientre de tierra al cobijo permanente del regazo infinito.

Nacer es migrar a otra tierra, como también lo es morir. ¿Para qué tantos afanes y estupideces, tanta violencia en el permanente movimiento migratorio de una humanidad que siempre ha estado en marcha y que, a pesar de cualquier resistencia, así seguirá en busca de mejores condiciones de vida?

Migró el pueblo de Israel desde la esclavitud de Egipto hacia la tierra prometida. Migración larga y penosa que los llevó a extrañar el tiempo donde "se sentaban frente a las ollas de carne y comían pan hasta saciarse" (Ex 16,3). ¡Cuántas veces nos pesa tanto la libertad que preferimos una cierta dosis de esclavitud con tal de sentir seguridad!

El éxodo al desierto, paso de la esclavitud a la libertad, acontece una y otra vez en nuestras vidas. Este paso implica siempre un riesgo y muchas veces cuando estamos en el camino añoramos las seguridades perdidas. Vivir a la intemperie conlleva sus riesgos, pero permite ver las estrellas.

"A orillas de los ríos de Babilonia estábamos sentados  y llorábamos, acordándonos de Sión...", este lamento que da inicio al Salmo 137, es un grito milenario de dolor al desarraigo, grito que se hace eco en la actualidad.

Cuando se migra se abandona la residencia habitual, se camina, se avanza, se cruzan fronteras de diferentes dimensiones: geográficas, culturales, económicas,  religiosas, existenciales... Cruzando fronteras se muere de algún modo.

Cada vez más personas en todos los continentes lo viven en carne propia. Cada vez son más las personas expulsadas de sus países por el hambre, la falta de trabajo, la violencia, la guerra  y la inseguridad. Cruzan mares, montañas y desiertos para golpear la puerta de los países desarrollados donde se enfrentan al rostro cruel de la falta de solidaridad; al sentimiento permanente  de ser inadecuados, de no pertenecer a nada ni a nadie. Se  anuda la garganta, se entristece el corazón, evocando los atardeceres alumbrados de luciérnagas en los arroyos de nuestros pueblos... "Nos sentamos y lloramos, acordándonos..." de la tierra que quedó atrás.

El fenómeno de la migración nos pone delante de desafíos tanto a los migrantes como a quienes los reciben. En un mundo globalizado este desafío se ha convertido en algo para tomar muy en serio si queremos vivir en paz. Saltar barreras culturales, raciales y religiosas puede no ser fácil, pero es la única manera de convivir. Y no hablamos aquí sólo de tolerancia, sino de aceptación. El desafío es ver al migrante que vive y trabaja en mi comunidad como un ciudadano de derecho pleno y luchar junto a ellos para que estos derechos se respeten.

"Soy migrante. Salí de un país empobrecido que está muriendo en los brazos de una sociedad enferma. Decidí migrar una noche mientras hablaba con Dios, pidiéndole señales que me indicaran el camino que debía tomar después del asesinato de mi padre. Sentía que tenía que luchar por conservar mi vida. Esa noche, una fuerza más allá de mis propias fuerzas, movió mis manos y mis pies. Me lleno de esperanza el corazón; me atreví a cruzar un desierto que guarda miles de cadáveres en su vientre arenoso. La fuerza de Dios es descomunal; brota desde las entrañas y llena al espíritu de iniciativas, de certezas. Pero también es misteriosa, nos llena de fragilidad, desencaja el rostro de dolor y agota las lágrimas cuando mueren en el camino los compañeros migrantes y se siente su propia muerte. Cuando crucé la frontera Dios la cruzó conmigo, pero también se quedó con los que murieron".

"¿Cómo se sobrevive con el alma dividida por fronteras? ¿Cómo se sobrevive sin poder mirar todos los días a tus hijos?... ¿Por qué no se puede vivir cuando tus hijos lloran de hambre? ¿Cómo se vive en un país donde nunca se puede encontrar empleo? ¿Cómo, demonios, se sobrevive en países donde el secuestro, la corrupción, los asesinatos, las violaciones a los derechos humanos son el pan nuestro de cada día? ¿Cómo...?

Algún día las fronteras caerán en señal de bienvenida universal pero aún falta mucho para eso, la evolución humana ha de abrirse a otra forma de entender y acoger. Falta sobre todo que nos abramos a una forma más humana de mirar al otro que nos lleve, no solamente a recibirlo, sino a acogerlo como uno más de la familia. La familia humana.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (Art. 2) confirma que estos Derechos se aplican a todas las personas, "sin distinción de ningún tipo, tales como raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política u otra, origen social o nacional, propiedad, nacimiento y otro status".

"La migración es un derecho. Los que persiguen, acorralan o provocan la muerte de los inmigrantes, lo están haciendo con Dios. Desde nuestras circunstancias nos descubrimos hijas e hijos de Dios. Somos "el prójimo"; no somos ni amenaza ni competencia. Por instinto natural buscamos la justicia y la paz. Un impulso nos mueve a hacer efectiva nuestra misión profética: darle sentido al Evangelio buscando caminos justos, dignos, compasivos, solidarios..."

Pero la hipocresía campea a sus anchas mirando hacia otro lado y manipulando a través de los medios de comunicación. Los países que se ufanan de ser paladines de los derechos democráticos y de haber llegado a logros legislativos como la Declaración Universal de Derechos Humanos, o la creación de la ONU y otros organismos cuya razón de ser es que el ser humano sea respetado por su propia dignidad innegociable... mientras, se construyen barreras económicas, vallas metálicas, se esquilman recursos humanos de países empobrecidos y se provocan guerras que exilian de sus propias vidas a miles de personas.

Desde la vieja Europa, los países que tienen sus costas bañadas por el bello Mar Mediterráneo, asisten al espectáculo lamentable y doloroso de verlo convertido en cementerio acuático: miles de personas vienen de Siria, Libia, de los países de África subsahariana y tantos otros; huyen de guerras, de la desestabilización de sus países, de la falta de trabajo, de la corrupción política que mina el desarrollo. Mientras la Unión Europea va poniendo parches sin llegar al meollo de la injusticia que causa todo esto.

Habrá que sentarse desde una plataforma mundial, sin vetos, para ahondar en las causas de la injusticia que provoca los movimientos migratorios y la pérdida de derechos como seres humanos de tantos hermanos en movimiento.

Tras haber visto, al principio, lo que se trasluce en Génesis, Éxodo y Salmo 137,  movimientos migratorios de un pueblo de camino, una humanidad que quiere echar raíces pero una y otra vez vuelve a ponerse en marcha: con dolor, por amor, a causa de la violencia, siempre buscando y sin acabar de encontrar; finalizaremos con otro movimiento migratorio, ya que "en el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (...) Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Prólogo Jn 1.1, 1.2, 1.14)

He aquí el mayor movimiento migratorio: Dios se hace carne adentrándose en la historia de la humanidad para indicarnos el Camino, la Verdad y la Vida verdadera.

Yolanda Chaves, yolachavez66@gmail.com
Mari Paz López Santos, pazsantos@pazsantos.com
Patricia Paz, ppaz1954@gmail.com

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