viernes, 12 de junio de 2015

PEQUEÑAS SEMILLAS - José Antonio Pagola


PEQUEÑAS SEMILLAS - José Antonio Pagola
Mc 4, 26-34

Vivimos ahogados por las malas noticias. Emisoras de radio y televisión, noticiarios y reportajes descargan sobre nosotros una avalancha de noticias de odios, guerras, hambres y violencias, escándalos grandes y pequeños. Los «vendedores de sensacionalismo» no parecen encontrar otra cosa más notable en nuestro planeta.

La increíble velocidad con que se difunden las noticias nos deja aturdidos y desconcertados. ¿Qué puede hacer uno ante tanto sufrimiento? Cada vez estamos mejor informados del mal que asola a la humanidad entera, y cada vez nos sentimos más impotentes para afrontarlo.

La ciencia nos ha querido convencer de que los problemas se pueden resolver con más poder tecnológico, y nos ha lanzado a todos a una gigantesca organización y racionalización de la vida. Pero este poder organizado no está ya en manos de las personas sino en las estructuras. Se ha convertido en «un poder invisible» que se sitúa más allá del alcance de cada individuo.

Entonces, la tentación de inhibirnos es grande. ¿Qué puedo hacer yo para mejorar esta sociedad? ¿No son los dirigentes políticos y religiosos quienes han de promover los cambios que se necesitan para avanzar hacia una convivencia más digna, más humana y dichosa?

No es así. Hay en el evangelio una llamada dirigida a todos, y que consiste en sembrar pequeñas semillas de una nueva humanidad. Jesús no habla de cosas grandes. El reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como la semilla más pequeña, pero que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada.

Quizás necesitamos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos. No nos sentimos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir poniendo un poco de dignidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo.

Un gesto amistoso al que vive desconcertado, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado... no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.
COMO UN GRANO DE MOSTAZA
Escrito por  Florentino Ulibarri

A veces, Señor, cuando dudo,
cuando no siento nada,
cuando la vida no avanza
y me percibo escéptico,
cuando no veo resultados...
todavía sé pararme
y coger un grano de mostaza
en el cuenco de mi mano,
y mirarlo y mirarlo,
acordándome de tu parábola.

Y a veces, cuando todo va bien,
cuando la vida me sonríe,
cuando no tengo problemas
para creer en ti,
ni para creer en los hombres y mujeres,
ni para creer en mí...,
también me atrevo a coger un grano de mostaza
en el cuenco de mi mano,
y lo miro y miro
acordándome de tu parábola.

Y en algunas ocasiones
también me siento hortelano
en medio de un gran campo,
con el zurrón lleno de granos;
pero parecen tan pequeñas las semillas
que dudo en esparcirlas y perderlas.
Entonces, levanto los ojos,
miro tu rostro que me está mirando,
escucho nuevamente tu parábola,
y vuelvo a ser labrador y hortelano





¡DEJA CRECER LA SEMILLA QUE HAY EN TI!
Escrito por  Fray Marcos
Mc 4, 26-34

Todos los exegetas están de acuerdo en que el "Reino de Dios" es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en que consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que podamos ir intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión aparentemente simple.

Podíamos decir que es un ámbito que abarca a la vez lo humano y lo divino. Todo el follón, que se armó el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús, nos lo armamos nosotros a la hora de definir que significa ser cristiano. El Reino es a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad humana, terrena que se tiene que manifestar en nuestra existencia de cada día. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.

No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: "no está aquí ni está allí". Tampoco puede estar solamente dentro de cada uno de nosotros, porque si está dentro, se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir y ese es otro cantar.

Ya sabéis que las parábolas no se pueden expli­car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada una. Como nuestra actitud espiritual va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que avanzo en mi camino. Tampoco las dos parábolas de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y como se desarrolla. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino.

El crecimiento de la planta, no es consecuencia de una acción externa sino que es consecuencia de una evolución de los elementos que ya estaban ahí. Este aspecto es muy importante, por dos razones: 1ª porque nos advierte de que lo importante no viene de fuera; 2ª porque nos obliga a pensar, no en algo estático sino en un proceso que no puede tener fin, porque su meta es el mismo Dios. El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez, pero su manifestación tiene que ir produciéndose paulatinamente a través del tiempo y del espacio. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.

Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar hasta la plenitud que debe alcanzar a través de su vida. Y también se puede aplicar a las comunidades y a la humanidad en su conjunto. Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar en nuestro caminar hacia una vida cada vez más humana.

Otra reflexión interesante es que no podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a donde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar una Vida y como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a los condicionamientos del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.

En cada una de las dos parábolas que hemos leído, se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera, su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella surge. Parece imposible que de una semilla a penas perceptible, surja en muy poco tiempo, una planta de gran poete. En ambos casos, lo único que necesita la semilla es un ambiente adecuado para desplegar su vitalidad.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si le hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia energía. Si aún no se ha desarrollado, la culpa no será de la semilla, sino nuestra, por impedírselo de alguna manera. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita humedad, luz, temperatura y nutrientes para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno. Solo espera una oportunidad.

Con demasiada frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el Reino se desarrolle en los demás, olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla, o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer, lo que hacemos es desarraigarla, o damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar. El tiempo no es el mismo para todos.

Puede frustrarnos el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. También la vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos de nuestro esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos apreciar el fruto, aunque nos parezca que no llega nunca.

El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios mismo. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. Ella es la que tiene que desarrollarse y hacerse visible externamente. El Reino de Dios no es nada que podamos ver ni tocar. Es una realidad espiri­tual. Ahora bien, si está o no está en nosotros lo descubriremos, mirando las obras. Si mi relación con los demás es adecuada a mi verdadero ser, demostrará que el Reino está en mí. Si es inadecuada, demostrará que el Reino aún no se ha desarrollado.

Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida diaria. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros pero puede que no lo hayamos descubierto. Jesús hace referencia a esa realidad constantemente. Creo que aún hoy, nos empeñamos en identifi­car el Reino de Dios con situaciones externa. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismo. Solo cuando lo hayamos dejado crecer dentro, se manifestará al exterior a través nuestro.

Los relatos no ponen ningún énfasis en el hacer y dejar de hacer. Creo que nadie tiene derecho a decir a otro lo que tiene que hacer o dejar de hacer. Lo importante está en descubrir lo que somos y actuar o dejar de actuar según las exigencias de nuestro verdadero ser. Decía los escolásticos que el obrar sigue al ser. Debemos olvidarnos de muchas normas que hemos cumplido mecánicamente y tratar de que lo que nos hace más humano surja de lo hondo de nuestro ser y no de programaciones que vengan de fuera.

Una pista para superar la interpretación materialista de "Reino de Dios". Cuando decimos que reina la paz, no estamos pensando en una señora que impone su voluntad. Cuando decimos reina el amor, tampoco pensamos en un dominio de alguien sobre los demás. Pensamos más bien, en un ambiente que entre todos creamos y que hace posible unas relaciones más humanas, que permiten a todos desplegar su propia humanidad.

Meditación- contemplación

El Reino de los cielos no se parece a nada.
Solo tú puedes crearlo y mantenerlo.
Dios en ti será siempre único e irrepetible.
La manera de manifestarlo será siempre origina.
..........................

El Reino nunca será el fruto de una programación.
No surgirá por muchas doctrinas que atesores.
No lo encontrarás en los ritos litúrgicos.
Tampoco será producto del cumplimiento de unas normas.
........................

Surgirá de una intuición de lo que en realidad eres,
manifestada en tus relaciones con los demás;
cuando dejes de considerarte como un yo aislado
y descubras que eres uno con toda la Realidad.
...............................

Fray Marcos



EL ENIGMA, LA MOSTAZA Y EL CEDRO
Escrito por  José Luis Sicre

Terminado el tiempo de Pascua y las fiestas posteriores (Pentecostés, Trinidad, Corpus Christi) volvemos al tiempo ordinario. Es como llegar tarde al cine, en mitad de una película. Jesús está hablando a la gente y no sabemos qué ha ocurrido antes. Pero no es cuestión de contarlo ahora. Prestemos atención a lo que dice. Son dos parábolas, dos comparaciones, las dos muy breves.

El campesino y la tierra
Lo que dice la primera parece una tontería: que el campesino siembra y luego se olvida de lo que ha sembrado hasta llegar el momento de la siega; la que trabaja es la tierra, es ella la que hace crecer los tallos, las espigas y el grano. Eso lo saben todos los galileos que escuchan a Jesús. ¿Dónde radica la novedad de esta parábola? En que Jesús compara la actividad del campesino con lo que ocurre en el reino de Dios. También aquí la semilla termina dando fruto sin que el campesino trabaje, mientras duerme.

Y entonces surgen los interrogantes: ¿quién es el campesino? ¿Es Jesús? No parece lógico, porque el campesino de la parábola no sabe lo que ocurre. ¿Son los apóstoles y misioneros que anuncian el evangelio, y éste da fruto aunque ellos no se den cuenta? ¿Quién es la tierra? ¿Es cada cristiano, en el que la semilla va dando fruto mientras el que ha sembrado duerme?

La parábola es un misterio y se comprende que Mateo y Lucas (por motivos pastorales, como ahora se dice) no la copiasen. La liturgia católica, que suprime a placer infinidad de textos, no ha mostrado la misma preocupación.

La mostaza y el cedro
La segunda comparación es más clara y de enorme actualidad, sobre todo en muchos países occidentales, donde el cristianismo parece andar de capa caída. Jesús compara a la comunidad cristiana, el reino de Dios en la tierra, con la semilla de mostaza; algo diminuto, pero que, al cabo del tiempo, se convierte en árbol y puede acoger a los pájaros del cielo. No hay que desanimarse si la iglesia es un arbolito pequeño, poco mayor que las hortalizas.

Quien conoce el Antiguo Testamento, advierte que esta parábola recoge una comparación de Ezequiel modificándola radicalmente. Este profeta se dirige a los judíos de su tiempo, desanimados por tantas desgracias políticas, económicas y religiosas. Para infundirles esperanza, compara al pueblo con un árbol. Pero no con el modesto arbolito de la mostaza, sino con un majestuoso cedro, del que Dios arranca un esqueje para plantarlo «en un monte elevado, en la montaña más alta de Israel».

Todo es grandioso en Ezequiel; en el evangelio, todo es modesto. Pero el resultado es el mismo; en ambos árboles pueden anidar los pájaros. La comparación de Ezequiel recuerda la imagen de una iglesia universal dominante, grandiosa, respetada y admirada por todos. La de Jesús, una comunidad modesta, sin grandes pretensiones, pero alegre de poder acoger a quien la necesite.

El destierro y la patria
El tiempo ordinario nos devuelve también a la problemática realidad de la segunda lectura, sin relación con la primera ni con el evangelio. Un inciso que dificulta más que ayuda. Eso no significa que no contenga mensajes importantes.

El breve fragmento de la segunda carta a los Corintios nos permite conocer los sentimientos más íntimos de Pablo. La conversión supuso para él un cambio radical con respecto a la persona de Jesús. De perseguirlo pasó a estar tan entusiasmado con él que, por su gusto, preferiría morir para estar con el Señor. Su situación le recuerda a la de tantos contemporáneos suyos, que por motivos políticos eran desterrados, lejos de Roma o de otra ciudad importante. Él también se siente desterrado, lejos del Señor. Y le gustaría morir, porque sólo con la muerte se puede volver a la verdadera patria y estar cerca del Señor. (Siglos más tarde santa Teresa diría algo parecido: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero».) Pero Pablo acepta la realidad. En el destierro o en la patria, debemos esforzarnos por agradar a Dios.

José Luis Sicre





Un corazón con dos pistolas
Pedro Miguel Lamet, SJ.

La última imagen que he visto en televisión era la de un coche de policía que, para detener a un delincuente en Estados Unidos, se mete en la acera y lo atropella sin más. Poco antes difundieron grabaciones de los recientes asesinatos de negros desarmados a manos de las fuerzas del orden. Imágenes realmente aterradoras de un país donde la tenencia de armas, desde los tiempos del Far-West, se ha convertido en un cáncer incurable. Añádase a eso el furor de las bandas latinoamericanas, los jóvenes seducidos por la yihad, la violencia de género, la que surge entre padres e hijos, alumnos y maestros, en fin los secuestros y las matanzas indiscriminadas de África y Oriente Medio. Todo ello plantea la pregunta: ¿Crece la violencia en nuestro mundo? Y yendo al origen, ¿aumenta el odio en nuestros corazones?

Una vez leí en Antonio Blay, un psicólogo que después de viajar a la India hizo una extraordinaria síntesis de desarrollo personal que divulgó a través de cientos de conferencias y docenas de libros, un texto esclarecedor:

“Todos nuestros problemas, sin excepción, derivan del hecho de querer retener algo. Y este este intento de retener, es falso. El vivir es un riesgo permanente de inseguridad, de mutación, de cambio. La vida es un río, yo soy un río, y el río no se va a detener. Cuando quiero retener algo, estoy creando violencia…, y al fin el río sigue su curso. Dichosos aquellos que descubren pronto que todo es inestable, porque estos encontrarán al final la Fuente de donde mana la única Verdad, la única seguridad, el único Ser eternamente estable.”

He encontrado este pedazo de papel al cabo de los años como un relámpago en medio de la noche. Sí, claro, es lo de Heráclito, que ya decía que nadie se baña dos veces en el mismo río, lo de aprender a fluir con la corriente, sin luchar para detenerme aquí. Por eso creo que la violencia y el odio que la engendra nacen de nuestra inseguridad, en el fondo del miedo a perder lo que tenemos o la ofuscación por alcanzar lo que nunca hemos tenido. Un joven se apunta a la yihad por su desarraigo total en una sociedad que nunca lo ha recibido. El amor se transforma en odio en una pareja por miedo a perder la posesión desmedida de otro ser humano y en definitiva por no aceptar los cambios. Aversión, poder, competencia, posesión, ambición despiertan odiosidad, violencia y guerras. Queremos parar el río, retener algo o arrebatárselo a los demás y eso nos transforma en violentos.

Recuerdo que Anthony De Mello solía decir en sus charlas: “Usted se enoja solamente cuando tiene miedo. Piense en la última vez que se enojó, y busque el miedo subyacente. ¿Qué temía perder? ¿Qué temía que le quitaran? De ahí viene la ira. Piense en una persona furiosa, tal vez en alguien a quien usted teme. ¿Puede ver todo el miedo de esa persona? Tiene mucho miedo, realmente lo tiene. Está muy asustada o no estaría furiosa. En el último análisis solamente hay dos cosas, el amor y el miedo”.

La ira y el odio se entienden muy bien desde su reverso, la felicidad. Recuerdo que a mi madre no le gustaba discutir. Cuando yo era un niño todos en mi casa decían que me parecía más a mi madre que a mi padre. Salíamos de un cine y una amiga suya le dijo de mí cuando tendría nueve o diez años: “¡Hay que ver lo que se parece a su padre!”. Respuesta de mi madre: “¿Ha visto usted?”. Cuando uno no quiere, dos no discuten. La felicidad no se encuentra fuera, en las posesiones, los éxitos, el poder o el dinero, mis ideas. Está desde siempre dentro de nosotros. Lo que pasa es que no hemos despertado y nos identificamos con nuestras caretas, los rótulos que nos han puesto los demás, y perderlos nos da pavor.

Al final el odio procede de una desconexión con nuestra verdad más íntima. Y la violencia es terror a perder y huida de la realidad. No significa esto que sea malo desear cambios, si estos nacen del centro de nuestro ser, de nuestro mejor yo, oculto por una hojarasca que crea una mente desconectada y distorsionada.

El capitalismo salvaje o el pensamiento único que nos domina hoy están convirtiendo el mundo en un campo de batalla. Sin darnos cuenta tenemos “un corazón de banquero”, y para defender nuestras cuatro perras, o lo que sea, armamos el corazón con dos pistolas. Con ello acabamos por perder la paz, la armonía interior, que es la única felicidad viable.

Pedro Miguel Lamet, SJ.





Recomendación de Película: La distancia entre la cara y el alma
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Inspirada reflexión expresionista sobre la identidad humana y su reconstrucción en el oscuro Berlín de la postguerra

Con Nina Hoss y Ronald Zehrfeld, la misma pareja de actores de la galardonada Bárbara (Oso de oro en la berlinale de 2012) el realizador alemán Christian Petzold vuelve a investigar en los horrores psicológicos de la posguerra, esta vez sumergiéndose en el laberinto de la identidad perdida entre los escombros del Berlin de 1945.

Nelly, una cantante judía superviviente de Auswichtz, que regresa a la ciudad con el rostro gravemente desfigurado, es sometida a una complicada operación de cirugía estética. Con ayuda de su amiga Lene, no duda en solicitar al cirujano que reconstruya su fisonomía lo más parecida posible a su apariencia original, pues su intención es también recuperar al amor de su vida, su marido: el pianista Johannes (Johnny), que cree vivo y se empeña en encontrar entre los cascotes y la miseria de la zona americana del Berlín ocupado.

Tras una intensa búsqueda por los garitos y cabarets, donde piensa que su marido puede trabajar como músico, da finalmente con él en un local llamado Phoenix (que da título al film, desde el mítico simbolismo del Ave Fenix que resurge de las cenizas), en el que su esposo no trabaja precisamente como pianista sino como mozo de la limpieza. Éste, convencido de que está muerta, no la reconoce, pero al encontrar en ella cierto parecido con su mujer, urde la trama de utilizarla para demostrar que está viva y conseguir así la pingüe herencia de Nelly. Ella acepta seguir el juego con una doble intención: comprobar personalmente que Johnny no la traicionó, como le dicta su corazón, y al mismo tiempo recuperar el amor de antaño.

El film, escrito por el director de nuevo en colaboración con el tristemente desaparecido Harun Farocki, desarrolla un intento de reconstrucción de identidades rotas por el horror nazi a través de la inmersión en un lúgubre y deteriorado apartamento donde el antiguo pianista, ciego al descubrimiento de su esposa, comienza a instruir a la “desconocida” como un paradójico Pigmalión en la forma de andar, vestir y hasta escribir de Nelly. Con un estilo heredero de los claroscuros del viejo expresionismo alemán y la ambigüedad de un suspense psicológico de extirpe hitchkoniana, Petzold consigue adentrarnos en el abismo de matices de dos identidades separadas por la tristeza, la nostalgia, la soledad y la incomunicación de la guerra. De forma que elementos folletinescos y melodramáticos llegan a cristalizar en arte, sobre todo gracias a una interpretación cuajada de sensibilidad y expresiones preverbales de Nina Hoss, extraordinaria actriz fetiche del realizador, en esta cuarta colaboración de ambos.

La historia concreta se convierte en universal al meditar sobre el rostro como careta de la identidad humana. Se da la paradoja de que el verdaderamente irreconocible es Johnny, que no ha sido quirúrgicamente intervenido, mientras que tras la nueva faz física de Nelly aparece la auténtica identidad de la mujer enamorada, el alma que su marido es incapaz de reconocer porque siempre se movió en parámetros materialistas de egoísmo frente a la prueba del dolor.

Algunos han tachado el film de reiterativo y alargado. No es esta mi opinión, pues se mueve en una espiral contemplativa desde la interioridad, la nueva cárcel voluntaria a la que se han sometido, que viene a ser como una redoma donde dos almas se confrontan y analizan. Por eso la historia había de ser ambientada con una puesta en escena donde los seres humanos se mueven entre escombros, papeles amarillentos, espacios dominados por la muerte, la oscuridad y el miedo.

Eso sí, para paladear esta película hay que entrar en el suspense psicológico de rostros, ambigüedades de seres desestructurados que están y no están, se encuentran sin reencontrarse y sobre todo de miradas preñadas de silencios que dicen mucho más que las palabras desde los ojos de Nina Hoss. El matiz de lo femenino, en una Nelly aprendiendo a ser Nelly de manos de su marido ausente, se revela en cada detalle: los zapatos del París, la moda de peinado preferido, la copia de la lista de la compra que ella misma había escrito, en una palabra el juego sublime de interpretarse a sí misma ante la complicidad de un espectador-sabedor. Puede achacársele al film cierta falta de verosimilitud. Por ejemplo, ¿cómo a pesar del cambio de cara no puede el marido reconocer a su esposa? ¿Tan fuerte es su trauma? Son licencias fílmicas lícitas para no romper la coherencia de la parábola.

Pues más que una metáfora de la reconstrucción de la Alemania postbélica, Phoenix es una reflexión sobre la verdad y la apariencia, un tema de rabiosa actualidad también para un mundo como el nuestro donde la sociedad se ve dominada por el continuo uso de caretas y la utilización manipuladora de la imagen en función del éxito y el lucro.

Se pueden encontrar huellas estilísticas de Los ojos sin rostro (Georges Franju, 1960), o La senda tenebrosa (Delmer Daves, 1947) y hasta reflejos de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958). Pero al final sobrenada siempre el examen de conciencia de la irracionalidad brutal de una guerra que aún no ha cicatrizado en nuestras conciencias, y una constante constatación fílmica de que las situaciones límite de la vida acaban siendo laboratorio eficaz de nuestros más profundos referentes éticos, como el de la autenticidad, el vínculo entre lo que somos y parecemos.

• Titular Original Phoenix • Producción Schramm Film Koerner & Weber, Arte, WestDeutscher Rundfunk (W.D.R.), 2014• Dirección Christian Petzold  . Guión Christian Petzold, Harun Farocki sobre novela de Hubert Monteilhet • Fotografía Hans Fromm • Música Stefan Will • Distribuidora Golem • Estreno 4 Junio 2015 • Duración 98 min. • Intérpretes Nina Hoss (Nelly Lenz), Imogen Kogge (Elisabeth), Ronald Zehrfeld (Johannes “Johnny”), Kirsten Block, Nina Kunzendorf (Lene Winter), Michael Maertens (Arzt), Eva Bay (Tänzerin)

Pedro Miguel Lamet, SJ.





Ke todo arda
Jorge Costadoat, SJ.

En la muralla del supermercado de la esquina de mi casa que la turba destruyó y saqueó el jueves pasado, encontré un rayado: KE ARDA TODO. Me inquietó. Me dio rabia. ¡Qué culpa tiene el dueño del local! Pero esta frase me recordó también las palabras insolentes de Jesús contra el Templo de Jerusalén: NO QUEDARÁ PIEDRA SOBRE PIEDRA. Ira santa. En otro momento sacaría a latigazos a los mercaderes. El Templo era la gran institución religiosa y económica de entonces.

La rabia es una emoción humana positiva. La rabia es el rudimento de la venganza y de la justicia. Entre aquella y esta, nuestra civilización ha optado por la justicia. Pero esta sin la rabia, sin la indignación contra lo que no puede ser, no tendría de qué alimentarse. La rabia debe considerarse un dispositivo emocional básico que puede fundamentar relaciones personales y sociales sanas, cuando es convertida en energía de reconstrucción y de reconciliación. La rabia reciclada como indignación podemos considerarla una virtud.

Indignación contra una sociedad que lo aplasta, sintió tal vez el muchacho que rayó la muralla y también fue indignación la que sentí yo contra él y contra los demás que casi incendian el edificio que a 50 metros de allí aloja a familias y ancianos, y contra los otros que arrancaron de cuajo los semáforos de Cienfuegos con Alameda. No estoy exagerando. Se estuvo a punto de una tragedia mayor que todos los lamentables hechos de violencia juntos desde que se hizo costumbre aprovechar las movilizaciones estudiantiles para destruir la ciudad.

Este episodio es un botón de muestra de los sentimientos que predominan en Chile hoy. Rabia, molestia, desilusión, ánimo de venganza y ganas de “Ke arda todo”. Los motivos sobran. No hace mucho las farmacias se habían coludido para saquear a los enfermos. Ahora la clase política entera ha sorteado la ley. La clase empresarial se ha arreglado con los políticos y los especuladores financieros, a río revuelvo, continúan extrayendo de la economía el doble de ganancias que la actividad productiva. El neo-liberalismo ha convertido a los ciudadanos en individuos y a estos en consumidores compulsivos y necesariamente frustrados. La clase eclesiástica, en fin, no logra sacar de Osorno a un obispo nombrado por un Papa informado entre gallos y medianoche. La gente está dolida y amargada.

En la misma muralla del supermercado había otro grafiti: “A SAKEAR TODO”. ¿Saqueo por saqueo? No puedo estar de acuerdo. Comprendo que queramos “Ke arda todo”, porque hay razones para enfurecerse contra la sociedad en su conjunto. Pero el saqueo de un supermercado o de la tienda de celulares de Entel, y otras “aprovechadas” del género son deshonestas y deben ser castigadas. Uno es el indignado, otro el pillo. En las actuales circunstancias tendrían que ser reconocidos unos y otros. El lumpen, los nuevos cuescos-cabreras ignaros de los costos sociales de su frivolidad y de su ostentación, el operador, el traficante de favores y el facturador de boletas truchas, no son lo mismo que la ciudadanía cansada de ser burlada y que no sabe a quién creerle. Nadie explica. Se escamotea la verdad. Entre los universitarios hay de todo: movilizaciones y quejas legítimas, protestas contra la violencia banal, pero también falta de lealtad a la palabra del día anterior, infantilismo y paros por si acaso. Pasamos por un momento de gran malestar.

¿Qué quiso decir Jesús con su afrenta al Templo de Jerusalén? Difícil saberlo. Una interpretación que tomara en cuenta la enseñanza de la iglesia primitiva en su conjunto, excluiría la vía del: “A sakearlo todo”. El Templo fue finalmente destruido por los romanos el año ’70. La de Jesús debe entenderse más bien como una advertencia contra el establishment religioso: se convertía el Sanedrín al Dios de la misericordia o el desastre sería inevitable.

¿Qué haremos? Pienso que será muy importante tomar en serio la indignación de la ciudadanía. Esta es fuerza de cambio. Pero las emociones no bastan. “Hay que abrir”, diría un médico. Otra vez necesitamos verdad y justicia. Unos culpables tendrán que convertirse, otros recibir la pena que establece la ley. Con los saqueadores, los incendiarios y violentos habrá que ser inclementes.

Será por otra parte muy importante contar con los que son inocentes y tienen mayor capacidad para ayudar. Las generalizaciones retardan las soluciones. Por cierto, todos “los vivos” generalizan para naturalizar su conducta. Hay gente honesta, independiente y preparada que será clave para organizar la salida. Y lo que siempre ayuda mucho es no impacientarse. No perder de vista el largo plazo, ¡pero apurarse!

El problema lo tenemos todos. Todos tendremos que cooperar, cambiar en lo que corresponda y ser indulgentes con los arrepentidos, aunque sin perjuicio de la institucionalidad.

Jorge Costadoat, SJ.



Ennio Morricone estrena espectacular “Misa” para el Papa Francisco

Ver y oír la misa de Morricone al Papa Francisco, click aquí:
http://www.centroarrupevalencia.org/misa-del-papa-francisco/

Bajo los espectaculares frescos de la iglesia del Jesús en Roma, la Iglesia madre de los jesuitas, el público expectante y el coro y los músicos preparados, con este fino hilo musical comenzaba el concierto del oscarizado compositor italiano Ennio Morricone, en honor al Papa Francisco. 

Morricone compuso esta "Misa del Papa Francisco” con motivo del 200 aniversario de la restauración de la Orden de los jesuitas. La estrenó con la Orquesta Sinfónica de Roma y el coro de la Academia de Santa Cecilia y el Teatro dell'Opera de Roma.

Violonchelos, trompetas y flautas traveseras componían la orquesta acompañada por dos coros y más de 38 músicos. Cada uno de ellos tenía su historia 

ANDREA DI MARIO
Trompetista, Orquesta Sinfónica de Roma 
"Soy trompetista porque mi padre ya era músico. Entonces para mí ha sido más fácil empezar a tocar y estudiar la trompeta. Formo parte de esta orquesta desde hace varios años. También la colaboración con el maestro Ennio Morricone y la Orquesta Sinfónica de Roma es una cosa que ya viene desde hace mucho”.

Pierluiggi en cambio pertenece al coro y asegura que el poder compartir pasión y trabajo con Morricone es la suerte de su vida.

PIERLUIGI PAULUCCI
Academia de Santa Cecilia (Roma) 
"Llevo ya muchos años colaborando con el maestro Morricone pero, esta noche será un concierto más especial porque infunde mucha emoción. Es el estreno mundial de una Misa dedicada, entre otras cosas, a un pontífice que estimo mucho, el Papa Francisco”.

Tanto Andrea como Pierluigi describen así al maestro Ennio Morricone, como un genio de la música.

ANDREA DI MARIO
Trompetista, Orquesta Sinfónica de Roma 
"Un músico extraordinario, es un músico que ha sabido interpretar todos los géneros de la composición”. 

PIERLUIGI PAULUCCI
Academia de Santa Cecilia (Roma) 
"Es sobre todo un ejemplo porque es una persona que al panorama musical ha dado muchísimo”. 

Elda Bernardi pudo ir como público y estas eran las palabras que lograba decir del gran maestro. 

ELDA BERNARDI 
"Una maravillosa conmoción, una conmoción de un lirismo perfecto”. 

Durante su larga carrera, Morricone ha compuesto la banda sonora de películas como "La Misión” o "Cinema Paradiso”. Ahora ha querido hacer este regalo: una Misa para el Papa Francisco.

Ver y oír la misa de Morricone al Papa Francisco, click aquí:
http://www.centroarrupevalencia.org/misa-del-papa-francisco/