viernes, 22 de mayo de 2015

INVOCACIÓN AL ESPÍRITU - José Antonio Pagola


INVOCACIÓN AL ESPÍRITU - José Antonio Pagola
Jn 20, 19-23

Ven, Espíritu Santo. Despierta nuestra fe débil, pequeña y vacilante. Enséñanos a vivir confiando en el amor insondable de Dios, nuestro Padre, a todos sus hijos e hijas, estén dentro o fuera de tu Iglesia. Si se apaga esta fe en nuestros corazones, pronto morirá también en nuestras comunidades e iglesias.

Ven, Espíritu Santo. Haz que Jesús ocupe el centro de tu Iglesia. Que nada ni nadie lo suplante ni oscurezca. No vivas entre nosotros sin atraernos hacia su Evangelio y sin convertirnos a su seguimiento. Que no huyamos de su Palabra, ni nos desviemos de su mandato del amor. Que no se pierda en el mundo su memoria.

Ven, Espíritu Santo. Abre nuestros oídos para escuchar tus llamadas, las que nos llegan hoy, desde los interrogantes, sufrimientos, conflictos y contradicciones de los hombres y mujeres de nuestros días. Haznos vivir abiertos a tu poder para engendrar la fe nueva que necesita esta sociedad nueva. Que, en tu Iglesia, vivamos más atentos a lo que nace que a lo que muere, con el corazón sostenido por la esperanza y no minado por la nostalgia.

Ven, Espíritu Santo. Purifica el corazón de tu Iglesia. Pon verdad entre nosotros. Enséñanos a reconocer nuestros pecados y limitaciones. Recuérdanos que somos como todos: frágiles, mediocres y pecadores. Libéranos de nuestra arrogancia y falsa seguridad. Haz que aprendamos a caminar entre los hombres con más verdad y humildad.

Ven, Espíritu Santo. Enséñanos a mirar de manera nueva la vida, el mundo y, sobre todo, las personas. Que aprendamos a mirar como Jesús miraba a los que sufren, los que lloran, los que caen, los que viven solos y olvidados. Si cambia nuestra mirada, cambiará también el corazón y el rostro de tu Iglesia. Los discípulos de Jesús irradiaremos mejor su cercanía, su comprensión y solidaridad hacia los más necesitados. Nos pareceremos más a nuestro Maestro y Señor.

Ven, Espíritu Santo. Haz de nosotros una Iglesia de puertas abiertas, corazón compasivo y esperanza contagiosa. Que nada ni nadie nos distraiga o desvíe del proyecto de Jesús: hacer un mundo más justo y digno, más amable y dichoso, abriendo caminos al reino de Dios.
NO ENTRISTEZCÁIS AL ESPÍRITU
Escrito por  Florentino Ulibarri

Tú, Santa Ruah, Espíritu de Dios, estás triste.
El maravilloso tapiz de la creación,
que con tanta sabiduría y amor habías tejido,
está desgarrado, hecho jirones, destrozado:
su belleza devastada por la violencia,
su armonía rota por la explotación,
sus hilos contaminados por el odio,
sus colores oscurecidos por el olvido...

Pero he aquí que tú, Espíritu creador,
te dispones a recrear tu obra con ternura:
reúnes los hilos y jirones dispersos
para tejerlos de nuevo con paciencia infinita;
acoges en tu regazo nuestras penas y tristezas,
las lágrimas, las frustraciones, el dolor,
los fracasos, los golpes, las cicatrices,
la ignorancia, las violaciones, la muerte...

Y reúnes también, en tu taller,
el trabajo de tantas personas generosas,
la compasión de muchos corazones,
las iniciativas de paz, los ríos de solidaridad,
las luchas contra la injusticia y el odio,
las flores  débiles y vivas de la diversidad,
los cantos de esperanza y utopía
y los mimbres de la fraternidad...

Y nos invitas a sentarnos a tu lado,
y a recrear el tapiz de la creación,
empezando por nuestra casa, Iglesia y sociedad,
con ternura, paciencia y sabiduría;
a tomar parte en tu tarea y afán,
a pesar de nuestra pequeñez y debilidad,
y a rehacer así tu obra , trabajando en red,
para que surja la nueva creación anhelada.





DIOS ES ESPÍRITU Y ESTÁ EN CADA A UNO DE NOSOTROS
Escrito por  Fray Marcos

Para entender hoy lo que celebramos, debemos mirar a la Trinidad. Lo que digamos lo tenemos adelantado para el próximo domingo. Que yo sepa, la teología oficial nunca ha dicho que al Padre, el Hijo o el Espíritu, anduvieran por ahí haciendo de las suyas por separado. La distinción de las personas en la Trinidad, solo se manifiesta en sus relaciones "ad intra", es decir, cuando se relacionan una con otra. En sus relaciones "ad extra", es decir, en sus relaciones con las criaturas, se comportan siempre como uno. El pueblo y algunos manuales piadosos han atribuido a cada persona tareas diferentes, pero esto no es más que una manera inadecuada de hablar. Nuestra relación es siempre con Dios.

La fiesta de Pentecostés está encuadrada en la Pascua, más aún, es la culminación de todo el tiempo pascual. Las primeras comunidades tenían claro que todo lo que estaba pasando en ellas era obra del Espíritu. Todo lo que había realizado el Espíritu en Jesús, lo estaba realizando ahora en cada uno de ellos. Todo esto queda reflejado en la idea de Pentecostés. Es el símbolo de la acción espectacular de Espíritu a través de Jesús. También para cada uno de nosotros, celebrar la Pascua significa descubrir la presencia en nosotros del Espíritu.

Según lo que acabamos de decir, siempre que hablamos del Espíritu, hablamos de Dios. Y siempre que hablamos de Dios, hablamos del Espíritu, porque Dios es Espíritu. Pentecostés era una fiesta judía que conmemoraba la alianza del Sinaí (Ley), y que se celebraba a los cincuenta días de la Pascua. Nosotros celebramos hoy la venida del Espíritu, también a los cincuenta días de la Pascua, pero sabiendo que no tiene que venir de ninguna parte. Queremos significar que el fundamento de la nueva comunidad no es la Ley sino el  Espíritu.

Tanto el "ruah" hebreo como el "pneuma" griego, significan viento. La raíz de esta palabra en las lenguas semíticas es rwh que significa el espacio existente entre el cielo y la tierra, que puede estar en calma o en movimiento. Sería el ámbito del que los seres vivos beben la vida. En estas culturas el signo de vida era la respiración. Ruah vino a significar soplo vital. Cuando Dios modela al hombre de barro, le sopla en la nariz el hálito de vida. En el evangelio que hemos leído hoy, Jesús exhala su aliento para comunicar el Espíritu. La misma tierra era concebida como un ser vivo, el viento era su respiración. Su comparación con la vida, sigue siendo el mejor camino para intentar comprender lo que significa "Espíritu".

No es tan corriente como suele creerse el uso específicamente teológico del término "ruah" (espíritu). Solamente en 20pasajes del las 389 veces que aparece en el AT, podemos encontrar este sentido. En los textos más antiguos se habla del espíritu de Dios que capacita a alguna persona, para llevar a cabo una misión concreta que salva al pueblo de algún peligro. Con la monarquía el Espíritu se convierte en un don permanente para el monarca (ungido). De aquí se pasa a hablar del Mesías como portador del Espíritu. Solo después del exilio, se habla también del don del espíritu a todo el pueblo.

En el NT, "espíritu" tiene un significado fluctuante, hasta cierto punto, todavía judío. El mismo término "ruah" se presta a asumir un significado figurado o simbólico. Solamente en algunos textos de Juan parece tener el significado de una persona distinta de Dios o de Jesús. "Os mandaré otro consolador." El NT no determina con precisión la relación de la obra salvífica de Jesús con la obra del E. S. No está claro si el Pneuma es una entidad personal o no. Jesús nace del E. S., baja sobre él en el bautismo, es conducido por él en al desierto, etc. No podemos pensar en un Jesús teledirigido por otra entidad desde fuera de él. Según el NT, Cristo y el Espíritu desempeñan evidentemente la misma función. Dios es llamado Pneuma; y el mismo Cristo en algunas ocasiones. En unos relatos lo promete, en otros lo comunica. Unas veces les dice que la fuerza del E. S. está siempre con ellos, en otros dice que no les dejará desamparados, que él mismo estará siempre con ellos.

Hoy sabemos que el Espíritu Santo es un aspecto del mismo Dios. Por lo tanto, forma parte de nosotros mismos y no tiene que venir de ninguna parte. Está en mí, antes de que yo mismo empezara a existir. Es el fundamento de mi ser y la causa de todas mis posibilidades de crecer en el orden espiritual. Nada puedo hacer sin él y nunca estaré privado de su presencia. Todas las oraciones encaminadas a pedir la venida del Espíritu, nacen de una ignorancia de lo que queremos significar con ese término. Lo que tenemos que hacer es tomar conciencia de su presencia y dejarle actuar en nosotros.

Está siempre en nosotros, pero no siempre somos conscientes de ello y como Dios no puede violentar ninguna naturaleza, en realidad es como si no existieras. Un ejemplo puede ilustrar esta idea. En una semilla, hay vida, pero en estado latente. Si no coloco la bellota en unas condiciones adecuadas, nunca se convertirá en un roble. Para que la vida que hay en ella se desarrolle, necesita una tierra, una humedad y una temperatura adecuada. Pero una vez que se encuentra en las condiciones adecuadas, es ella la que germina; es ella la que, desde dentro, desarrolla el árbol que llevaba en potencia.

Dios (Espíritu) es el mismo en todos y nos empuja hacia la misma meta. Pero como cada uno está en un "lugar" diferente, el camino que nos obliga a recorrer, será siempre distinto. No son pues, la meta la que distinguen a los que se dejan mover por el Espíritu, sino los caminos que llevan a ella. El labrador, el médico, el sacerdote tienen que tener el mismo objetivo vital si están movidos por el mismo Espíritu. Pero su tarea es completamente diferente. ¿Cuál es la meta a la que empuja el Espíritu? Este es el nudo gordiano de la cuestión. Una mayor humanidad es la manifestación de esa presencia del Espíritu. La mayor preocupación por los demás, es la mejor muestra de que uno se está dejando llevar por él.

Si Dios está en cada uno de nosotros como lo que es, simple y a la vez, absoluto. No hay manera de imaginar que pueda darse más a uno que a otro. En toda criatura se ha derramado todo el Espíritu. Esgrimir el Espíritu como garantía de autoridad, es la mejor prueba de que uno no se ha enterado de lo que tiene dentro. Porque tiene la fuerza del Espíritu, el campesino será responsable y solícito en su trabajo y con su familia. En nombre del mismo Espíritu, el obispo desempeñará las tareas propias de su cargo. Siempre que queremos imponernos a los demás con cualquier clase de violencia o imposición, estamos dejándonos llevar, no del Espíritu, sino de nuestro espíritu raquítico.

La presencia de Dios en nosotros, nos mueve a parecernos a Él. Pero si tenemos una idea de Dios como poder, señorío y mando, que premia y castiga, intentaremos repetir esas cualidades en nosotros. El intento de ser como Dios en el relato de la torre de Babel, queda contrarrestado en este relato que nos habla de reunir y unificar lo que era diverso. El único lenguaje que todo el mundo entiende es el amor. Si descubrimos el Dios de Jesús que es amor y don total, intentaremos repetir en nosotros ese Dios, amando, reconciliando y sirviendo a los demás. Esta es la diferencia abismal entre seguir al Espíritu del que nos habla el evangelio, o seguir lo que nos dicta nuestro propio espíritu en nombre de un falso dios.

Dios llega a nuestra conciencia desde lo hondo del ser, y acomodándose totalmente a la manera de ser de cada uno. Por eso la presencia del Espíritu nunca supone violencia alguna. No lleva a la uniformidad, sino que potencia la pluralidad. Pablo lo vio claro: Formamos un solo cuerpo, pero cada uno es un miembro con una función diferente e igualmente útil para el todo. Esa uniformidad pretendida por los superiores en nombre del Espíritu, no tiene nada de evangélica, porque, lo que se intenta es que todos piensen y actúen como el superior. Si todos tocaran el mismo instrumento y la misma nota, no habría nunca sinfonía.

Meditación-contemplación

El Espíritu es la clave de la VIDA.
Mi verdadero ser es lo que hay de Dios en mí.
Dios en mí está como Espíritu que se me da.
Es el único y total Don de Dios a cada criatura.
.............

Desde nuestro ser aparente (lo que creemos ser),
debemos dar el salto a nuestra verdadera realidad.
Desde la parte reflejada del espejo,
tenemos que dar el salto al ser reflejado.
................

Mi verdadero ser y el ser de Dios no son dos realidades separadas.
Aunque yo sigo siendo yo y Dios sigue siendo Dios.
Para la razón es algo incomprensible.
Para el místico es la cosa más simple del mundo.
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Fray Marcos




DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Escrito por  José Luís Sicre

Para el Greco, María Magdalena vale por ciento siete



En el famoso cuadro de Pentecostés pintado por El Greco, que ahora se conserva en el museo del Prado, hay un detalle que puede pasar desapercibido: junto a la Virgen se encuentra María Magdalena. Por consiguiente, el Espíritu Santo no baja solo sobre los Doce (representantes de los obispos) sino también sobre la Virgen (se le permite, por ser la madre de Jesús) e incluso sobre una seglar de pasado dudoso (a finales del siglo XVI María Magdalena no gozaba de tan buena fama como entre las feministas actuales). Ya que el Greco se inspira en el relato de los Hechos, donde se habla de una comunidad de ciento veinte personas, podemos concluir que la Magdalena representa a ciento siete. ¿Cómo se compagina esto con el relato del evangelio de Juan que leemos hoy, donde Jesús aparentemente sólo otorga el Espíritu a los Once? Una vez más nos encontramos con dos relatos distintos, según el mensaje que se quiera comunicar. Pero es preferible comenzar por el texto más antiguo, el de la carta a los Corintios (escrita hacia el año 51).

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12, 3b-7.12-13)
En este pasaje Pablo habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu confesamos a Jesús como Señor (y por confesarlo se jugaban la vida, ya que los romanos consideraban que el Señor era el César). Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y funciones (antes de que el clero los monopolizase casi todos). Y, gracias al Espíritu, en la comunidad cristiana no hay diferencias motivadas por la religión (judíos ni griegos) ni las clases sociales (esclavos ni libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también desaparecen las diferencias basadas en el género (varones y mujeres). En definitiva, todo lo que somos y tenemos los cristianos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)
A nivel individual, el Espíritu se comunica en el bautismo. Pero Lucas, en los Hechos, desea inculcar que la venida del Espíritu no es sólo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Por eso viene sobre todos los presentes, que, como ha dicho poco antes, era unas ciento veinte personas (cantidad simbólica: doce por cien). Al mismo tiempo, vincula estrechamente el don del Espíritu con el apostolado. El Espíritu no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios», como reconocen al final los judíos presentes.

La versión de Juan 20, 19-23
El evangelio de Juan, en línea parecida a la de Pablo, habla del Espíritu en relación con un ministerio concreto, que originariamente sólo compete a los Doce: admitir o no admitir a alguien en la comunidad cristiana (perdonar los pecados o retenerlos).

Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla.

El don de lenguas
«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el "profeta").

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

José Luis Sicre





Beato del pueblo
Jorge Costadoat, SJ.

No hay duda de que Óscar Arnulfo Romero tenía en su corazón a las mayorías pobres de nuestro país, a las víctimas de la represión y de las múltiples violaciones a los derechos humanos que en su época ocurrían en El Salvador.

Romero, a diferencia de otros pastores, no cerró los ojos ante el sufrimiento del pueblo, lo que le llevó a asumir su papel de pastor de un modo profundamente evangélico: se convirtió en el mayor defensor de los pobres y de las víctimas cruelmente torturadas, desaparecidas y asesinadas. No tenía ningún reparo en denunciar las barbaridades que cometían las fuerzas paramilitares, los cuerpos de seguridad y la Fuerza Armada; tampoco callaba los atropellos cometidos por la guerrilla. Siempre se puso al lado de las causas justas, de cualquiera que las defendiera, y llamó insistentemente a parar la violencia.

Todos los domingos solía terminar su homilía con la lectura de los hechos de la semana. En ese espacio denunciaba con claridad todas las violaciones a los derechos humanos que se habían cometido en los días anteriores, exigía que se investigaran, se dedujeran responsabilidades y se llevara a los culpables ante la justicia. También desenmascaraba las muchas mentiras de las autoridades para esconder sus actos criminales, aclarando como habían sido las cosas en realidad. Monseñor Romero pedía constantemente y con gran fuerza que cesará la represión y la violencia que tanto sufrimiento causaban en el pueblo, y que se construyera un orden político, económico, y social justo al servicio de todos los salvadoreños.

Sus homilías dominicales están llenas de referencias y de muestras de amor al pueblo. Romero se sentía muy querido por la gente sencilla y agradecía siempre los humildes gestos de apoyo que recibía. Monseñor se identificaba principalmente con los pobres, con los perseguidos, con los obreros que clamaban mejores condiciones de trabajo, con los desaparecidos, con todos aquellos que luchaban por causas justas. Por ello, quiso asumir su defensa; creó el Socorro Jurídico del Arzobispado "para procurar en asunto de derecho favorecer a las personas y sectores más pobres del país sin importar de donde vengan". Y se alegraba del bien que hacía su trabajo en favor de ellos: "Yo soy testigo de la abnegación y generosidad con la que el Socorro Jurídico ha prestado tantos servicios a nuestra clase pobre"

La pronta persecución a su figura y a la Iglesia no le impidió seguir su misión con fidelidad al Evangelio y a su ministerio episcopal; por el contrario, se esforzó con más ahínco en ser buen pastor, cercano a su pueblo. Un pueblo al que amaba profundamente, del que se hizo amigo entrañable, del que decía: "Mi mayor satisfacción y alegría es cuando escucho al pueblo, como lo he escuchado en esta semana en diversas manifestaciones, que dicen que les transmitimos esperanzas, despertamos su fe". Sus constantes visitas a las comunidades campesinas y a las de barrios urbanos marginados eran alimento para su trabajo pastoral y a la vez signo de su cariño entrañable a los pobres.

Monseñor Romero no rehuía el conflicto; sabía que había gente que no pensaba como él, gente a la que no le agradaba su mensaje y que le adversaban. Con ellos tuvo palabras de afecto y les llamó a la conversión, pero le ocurrió como a Jesús con el joven rico que deseaba seguirle: al invitarlo a dar todo a los pobres, se marchó porque tenía muchos bienes. Ponerse al lado de las víctimas, al lado de su pueblo pobre (tal como a él le gustaba llamarlo, sin que nadie se sintiera ofendido por ello) le costó a monseñor muchas enemistades. La fuerza y contundencia de su palabra desde el púlpito, una palabra cuestionadora y exigente, que reclamaba justicia y el fin de la represión, chocaba de frente con aquellos que deseaban mantener el régimen de terror para defender sus privilegios.

La dureza de corazón de muchos ricos y de los que ostentaban el poder hizo que la enemistad se convirtiera en odio hacia su persona. Un odio que llevó a las autoridades de aquel tiempo, junto a muchas otras personas a las que les incomodaban las palabras y acciones de Romero, a pedir su destitución como obispo y su salida del país. En poco tiempo ese odio hacia monseñor fue tan ciego y violento que condujo a su asesinato. Pero el Vaticano ha declarado que todo en su vida respondía a una vivencia profunda de la fe en Jesucristo, y por ello monseñor ha sido declarado mártir por odio a la fe. Los que planificaron y ejecutaron su asesinato, y todos los que aplaudieron y celebraron ese hecho espantoso, estaban movidos por el odio a Romero y al evangelio que proclamaba.

El pueblo pobre no puede estar ausente en la beatificación de monseñor, pues él se hizo objeto de odio y recibió la gracia del martirio precisamente por estar al lado de los pobres y desamparados. Monseñor Romero es de los pobres, de las víctimas de la represión, de los que lucharon por la verdad y la justicia, de los que tienen en su corazón sus mismos ideales. Quienes no deberían ir a la beatificación son todos aquellos que todavía no han convertido su corazón, tal y como lo pedía constantemente el obispo mártir. Aquellos que prefieren la violencia, los que se lucran sin medida a costa de los trabajadores y del pueblo en general, aquellos que defienden sus privilegios e imponen sus intereses mezquinos, los que no pagan sus impuestos, los corruptos, los que no quieren que todos los salvadoreños vivan dignamente ni que se avance hacia la justicia social.


Romero de América Latina


Jorge Costadoat, SJ.

El obispo Romero ha sido llamado “San Romero de América”. La Iglesia de los pobres latinoamericana se ha adelantado a la Santa Sede, llamándolo así. La Santa Sede, sin embargo, no se ha hecho problema con esta anticipación. Se trata de un hombre grande. Gigante, porque evoca de un modo impactante a Jesús de Nazaret, el primero de los mártires cristianos.

Romero se convirtió al Dios de los pobres. El Dios de su bautismo y de su formación presbiteral se podría decir que cambió, que creció en la misma medida que el obispo se comprometió más y más con la suerte del pueblo salvadoreño. ¿Es posible que un obispo se convierta? Ocurrió. Lo trastocó el martirio de su amigo sacerdote Rutilio Grande. Lo transformó Puebla, la conferencia episcopal que formuló la “opción por los pobres”. Existía en Romero esa apertura espiritual a la realidad que solo se da en esas personas que aman la verdad y están dispuestas a dejarse afectar por los acontecimientos históricos.

Romero fue un mártir de la fe cristiana en cuanto mártir de la justicia. Representó en carne propia a un pueblo mártir: pobres, campesinos, miles de oprimidos y asesinados por una sociedad salvadoreña tremendamente desigual e injusta. Impresiona que le hayan metido un balazo en el corazón justo cuando alzaba la hostia en la consagración eucarística. Más debiera impresionar un hombre que corrió el riesgo, en tiempos de extrema violencia, de ser la “voz de los que no tienen voz” y que haya “resucitado en la lucha de su pueblo” (cómo él mismo quiso).

La Iglesia popular de América Latina ha “canonizado” a Romero antes de su beatificación oficial, porque nadie la representa mejor. Con Óscar Romero se reivindica a las comunidades de base. Esta ha sido la Iglesia de la conferencia de Medellín (1968) y de Puebla (1979), de las conferencias episcopales que acompañaron a sus pueblos en tiempos de dictadura y de persecución; ha sido la Iglesia de las monjas de población, de los curas obreros y de los catequistas que apenas sabían leer y escribir; de las misas en las que la gente con la biblia en las manos entendió la palabra de Dios a partir de su vida y viceversa; la Iglesia de las ollas comunes, de la canastas de ayuda fraterna y de los vía crucis de la solidaridad; la Iglesia de la Teología de la liberación, la única reflexión cristiana (católica y protestante) que ha tenido el coraje de hacerse cargo de la experiencia latinoamericana de Dios.

El Papa Francisco beatifica al representante latinoamericano de la “Iglesia pobre y para los pobres” que él mismo desea, y vota por el diputado de aquellos que aun sin tener fe en Dios han creído en el valor trascendente del hombre y la mujer que suelen no contar más que como mano de obra.





De monja en política a monja politizada.
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Estos días, a propósito de las dos monjas más mediáticas del momento, Lucía Caram y Teresa Forcades y sus pronunciamientos, me han pedido opinión desde diversos medios. Como estas declaraciones suelen aparecer mutiladas o incompletas voy a aclarar aquí mi pensamiento:

Cuando Aristóteles definía al hombre como zoon politikón, (del griego ζῷον, zỗion, «animal» y πoλιτικόν, politikón, «político (de la polis)», «cívico»)  hacía referencia a sus dimensiones social y política. El hombre y el animal por naturaleza son sociales, pero solo el hombre es político por naturaleza al  vivir en comunidad crear sociedades y organizar la vida en colectividades.

Por tanto todo, en cierto modo, es política, incluso no pronunciarse sobre la misma. De aquí que comprometerse en la vida política, sea con el voto, la opinión o una opción política es algo loable y para un cristiano una obligación moral. Más si se trata de la mujer, tantos años postergada en todos los ámbitos, y más aún, si es religiosa o monja, tan marginada en la vida y en las decisiones de la Iglesia.

En consecuencia yo me alegro mucho de que las religiosas tengan voz en los medios de comunicación y puedan opinar como todo el mundo. Al ser religiosas, y por tanto personas que por vocación señalan con su vida consagrada un sentido escatológico, creo que su denuncia política ha de estar, como también para los obispos, sacerdotes y los religiosos, en el ámbito de los valores evangélicos. Por ejemplo en la condena de la violencia terrorista, las desigualdades, el abuso de los pequeños y marginados, la corrupción,  la defensa de los pobres, en fin todo lo que emana de la cosmovisión de un seguidor/a de Jesús. Creo por ejemplo que Teresa Forcades, desde su doble índole de médico y religiosa, hizo una aportación inestimable en su campaña contra la famosa vacuna fraudulenta contra la gripe. O Lucía cuando defiende a los pobres o inmigrantes. Es el ámbito en que se mueve el propio Papa.

¿Dónde está el límite? En mi modesta opinión en el partidismo político militante. Cualquier cristiano puede y debe hacerlo, si está convencido de que al  militar en ese partido  concreto, se compromete mejor con el bien común. El problema está si un jerarca de la Iglesia, sacerdote, religioso o religiosa deja automáticamente de ser lo que Arrupe definió admirablemente como “un hombre o mujer para los demás”. ¿Por qué? Porque ha de ser de todos y la política partidista divide y enfrenta, y automáticamente se hace hombre o mujer de de solo un grupo de “los demás”, un sector concreto de la sociedad.

Uno, que ha rodado ya un rato por los vericuetos de la opinión pública, recuerda por ejemplo el daño que ha hecho en ciertos tiempos la Iglesia Italiana con su apoyo descarado a la Democracia Cristiana, o, más cerca de nosotros, el sistemático alineamiento de la Iglesia española de Rouco con el PP, incluso participando en sus manifestaciones. Y es que, como muy bien decía Tarancón, ningún partido se adecua totalmente con la doctrina evangélica.

Me diréis: ¿Y el padre José María de Llanos con su militancia en Comisiones y el PC? He tenido ocasión de estudiar este caso a fondo en mi biografía Azul y Rojo. Llanos era un converso del nacionalcatolicismo de Franco, se metió en el barro del Pozo hasta las cejas y después de muchos años de vivir con los últimos, exclamaba: “yo con ellos a muerte”. Eran tiempos de dictadura y exclusión y tanto él como Díez-Alegría y otros consiguieron que llegaran las libertades de la democracia y que la Iglesia no se identificara solo con la derecha. Aun así Llanos al final de su vida, desilusionado de un PC roto, confesaba que quizás no debía haberse hecho comunista, porque lo único que le importaba era Jesucristo.

Por consiguiente mi opinión es: Monjas en política (es decir en la denuncia social, la intervención y el compromiso evangélico), si. Monjas politizadas (es decir, apoyando a Artur Más, Rajoy o Pablo Iglesias o cualquier otro partido concreto, sea de izquierdas o de derechas, no). Tienen  mil posibilidades de pronunciarse contra las injusticias y denunciar los gobiernos y la oligarquía o lo que quieran con su hábito. Serán así de todos y del Evangelio. Pero si quieren vestirse con una sigla concreta que cuelguen el hábito  o al menos temporalmente, como creo que va a hacer Teresa Forcades. Creo que fue Ignacio de Loyola quien decía: “Cuanto más universal, más divino”. Y Arrupe cuando le pregunté sobre su postura a cerca del País Vasco me respondió: “Me gustaría tener un pasaporte de ciudadano del mundo”.





¿HAY ACCESO A DIOS?
Escrito por  José Ignacio González Faus

El obrar más que el Ser de Dios
En todo este proceso Dios se revela no dando clases ni enseñando cómo es, sino actuando de una determinada manera: "soy el que seré"(quizá la mejor traducción de la respuesta de Yahvé a Moisés en Éx 3, 14: ya lo iréis viendo). En su revelación Dios muestra su actitud hacia nosotros.

Ya Santo Tomás comienza su obra magna afirmando y diciendo que de Dios podemos saber "que es", pero no "qué es"(o cómo es).Lo primero puede recoger el eslogan impreciso de muchas gentes sencillas: "algo tiene que haber". Pero lo segundo desborda la imprecisión de ese eslogan: si nos fiamos de Cristo, ese "Algo que hay" es el amor inquebrantable de Dios hacia los seres humanos.

Dios de los pobres
Si ya en el Primer Testamento es clara la vinculación entre la justicia y la revelación de Dios, con la calificación de Dios como vindicador de los pobres y oprimidos, el Nuevo Testamento plenifica esa revelación: no sólo en la persona de Jesús "hecho pobre para enriquecernos con su pobreza"(2Cor 8, 9), sino en el canto de la identidad cristiana donde se contiene la definición más larga que da la Biblia sobre Dios:

"Misericordia que...derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos"(Lc 1, 50-53). Incompatible con el culto al Dios dinero(Mt 6, 24), porque los propietarios del Reino de Dios son los pobres (Lc 6, 20).

"Dios Amor"
Así se acuña la única frase bíblica que no habla del hacer de Dios sino de su ser, y que cierra los escritos del Nuevo Testamento: "Dios es Amor"(1Jn 4, 16).

El amor resulta ser el más presente y el gran ausente de nuestras vidas. Dios es un amor entrevisto pero casi desconocido en nuestras experiencias humanas, para el que el Nuevo Testamento encontró una palabra casi desconocida en la lengua griega: agapé, traducida al latín como charitas (que viene de charis -gracia- como la palabra castellana "gratuito" y que indica, a la vez, el don y el desinterés del donante. Eso debería resonar en la traducción "Dios es caridad". Pero ya no resuena: porque nuestra incapacidad para la gratuidad ha invalidado esa palabra.

Sin embargo, tanto el agapé como la caridad se contraponen a nuestra experiencia más frecuente del amor, que los griegos llamaron "eros": un tipo de amor que ama al otro por interés propio. Destacando que ese interés no tiene por qué ser mezquino (aprovecharse sexual o económicamente del otro, etc.) sino expresión de que somos "seres de necesidades" (Marx)
y de necesidades inagotables. El eros hacia la belleza o la bondad puede empujarnos a ir creciendo en su busca.

Por eso es insensato contraponer moralistamente el agape al eros, para buscar a aquel condenando a éste: tales moralismos sólo llevan a lo que se dijo de aquellas monjas jansenistas: "puras como ángeles, soberbias como demonios"...Casi todo lo que de ágape hay en nosotros los humanos suele brotar de nuestro eros al que transforma. Y eso puede verse a veces, tanto en el amor de pareja como en el maternal o paterno.

No obstante, la ambigüedad de nuestros erotismos ha llevado a afirmar muchas veces (ya desde Aristóteles) que la experiencia más completa de ese amor desinteresado la encontramos en la amistad. O en algunas formas de amistad: porque también hay supuestas amistades profundamente interesadas y aprovechadas.

Finalmente: que Dios es Amor implica una desautorización del culto. Los hombres no podemos dar a Dios algo que sea digno de Él, ni necesitamos hacérnoslo propicio, porque ya está de nuestra parte. Lo único que nos pide es un poco de confianza y el empeño por un amor igualitario entre nosotros. Es admirable la evolución de este tema ya en el Primer Testamento, hasta llegar al famoso capítulo 58 de Isaías.

José Ignacio González Faus, SJ.