jueves, 9 de abril de 2015

VIVIR DE SU PRESENCIA - José Antonio Pagola



VIVIR DE SU PRESENCIA - José Antonio Pagola

El relato de Juan no puede ser más sugerente e interpelador. Sólo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, el grupo de discípulos se transforma. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma misión que él había recibido del Padre.

La crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen su origen a un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y predicada, que una experiencia vivida.

Cristo resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arraigada en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no nutre de ordinario nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo, Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido como lo fue por sus discípulos y discípulas.

Se nota enseguida cuando un grupo o una comunidad cristiana se siente como habitada por esa presencia invisible, pero real y activa de Cristo resucitado. No se contentan con seguir rutinariamente las directrices que regulan la vida eclesial. Poseen una sensibilidad especial para escuchar, buscar, recordar y aplicar el Evangelio de Jesús. Son los espacios más sanos y vivos de la Iglesia.

Nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesitamos para enfrentarnos a una crisis sin precedentes, como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no saldremos de nuestra pasividad casi innata, continuaremos con las puertas cerradas al mundo moderno, seguiremos haciendo «lo mandado», sin alegría ni convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza que necesitamos para recrear y reformar la Iglesia?

Hemos de reaccionar. Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia viva, recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar constantemente su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él nos puede transmitir más luz y más fuerza que nadie. Él está en medio de nosotros comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu.
TÚ ERES PASCUA
Escrito por  Florentino Ulibarri

Eres pascua,
aunque tus proyectos fracasen,
si mantienes la confianza en hombres y mujeres
y dejas a Dios ser Padre y Madre.

Eres pascua,
aunque tu vida parezca estéril,
si te sientes habitado por su presencia amiga
que misteriosamente te acompaña y salva.

Eres pascua,
aunque en nada destaques,
si bebes en sus manantiales
y te conformas con ser simplemente cauce.

Eres pascua,
aunque andes errante,
si compartes lo que eres y tienes
y despiertas alegría en otros caminantes.

Eres pascua,
aunque seas débil y torpe,
si escuchas su palabra serena y abierta
–"Soy yo, no temas"– y dejas que florezca.

Eres pascua,
aunque pidas pruebas para creer,
si besas las llagas que otros tienen
y esperas entre hermanos su presencia.

Eres pascua,
aunque tus manos estén vacías,
si te abres al otro, el que sea,
y le dejas que ponga tu corazón en ascuas.

Eres pascua,
aunque no lo creas,
aunque te rompas en mil pedazos,
aunque mueras en primavera...,
porque Él pasa y te libera.

Eres pascua,
aunque tengas las puertas y ventanas cerradas,
porque Él te ama y se hace presente
para abrirte a la vida y alegrarte.





SÓLO EN COMUNIDAD PUEDO ENCONTRAR VIDA
Escrito por  Fray Marcos
Jn 20, 19-31

La clave de todas las apariciones, que se relatan en los evangelios, es la que Jesús hace a la comunidad reunida. La experiencia pascual de los seguidores de Jesús demostró que es en la comunidad, donde se puede descubrir la presencia de Jesús vivo. La comunidad es la garantía de la fidelidad a Jesús y al Espíritu. Pero sobre todo, es la comunidad la que recibe el encargo de predicar. La misión de anunciar el evangelio no se la han sacado ellos de la manga, sino que es el principal mandato que reciben de Jesús.

Juan es el único que desdobla el relato de la aparición a los apóstoles. Con ello  personaliza en Tomás el tema de la duda, que es capital en todos los relatos de apariciones. "El primer día de la semana". Dios hizo la creación en seis días. Jesús da comienzo a la nueva creación. En Jesús, la creación del hombre llega a su plenitud. El local cerrado a cal y canto como consecuencia del miedo, delimita el espacio de la comunidad, fuera está el mundo hostil. Como el antiguo Israel, en su éxodo, están atemorizados ante el poder del enemigo.

Jesús aparece en el centro porque ahora, él es para ellos la única referencia y factor de unidad. La comunidad cristiana está centrada en Jesús. No atravesó la puerta o la pared, no recorrió ningún espacio; se hace presente en medio de la comunidad directamente. El saludo elimina el miedo. Las llagas, signo de su entrega, evidencian que es el mismo que murió en la cruz. Desaparece el miedo a la muerte. La verdadera Vida nadie pudo quitársela a Jesús ni se la quitará a ellos. La permanencia de las señales de su muerte, indica la permanencia de su amor. Garantiza además, la identificación del resucitado con el Jesús crucificado. La comunidad tiene ahora la experiencia de que Jesús vive y les comunica esa misma Vida.

El segundo saludo trata de darles fuerza para la misión. Les ofrece una paz para el presente y para el futuro. En los relatos de apariciones la misión es algo esencial, sobre todo en Jn; les había elegido para llevarla a cabo. La misión deben cumplirla, demostrando un amor total. Si toman conciencia de que poseen la verdadera Vida, el miedo a la muerte biológica no les preocupará en absoluto. La Vida que él les comunica es definitiva y permanece.

El verbo soplar, usado por Jn, es el mismo que se emplea en Gn 2,7. Con aquel soplo el hombre barro se convirtió en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da verdadera Vida. Se trata de una nueva creación del hombre. La condición de hombre-carne queda transformada en hombre-espíritu. Esa nueva Vida es la capacidad de amar como ama Jesús. Les saca de la esfera de la opresión y les hace libres (quita el pecado del mundo).

El Espíritu es el criterio para discernir las actitudes que se derivan de esa Vida. Debemos tener mucho cuidado al traducir estos textos y no hacerles decir lo que no dicen. El Espíritu, no se refiere a la tercera persona de la Trinidad. Se trata de la fuerza que les capacita para la misión. Del mismo modo, deducir de aquí la institu­ción de la penitencia, es ir mucho más lejos de lo que permite el texto. El concepto de pecado que tenemos hoy no se elaboró hasta el s. VII. Lo que entienden por pecado las primeras comunidades es algo muy distinto. Jesús no vino ni a juzgar ni a condenar; mucho menos a la comunidad.

El texto nos dice que, ante la comunidad quedará patente el pecado de los que se niegan a dar su adhesión a Jesús. Ni Jesús ni la comunidad dan sentencia, contra nadie. La sentencia se la da a sí mismo cada uno con su actitud. El Espíritu permite a la comunidad discernir la autenticidad de los que se adhieren a Jesús y salen del ámbito de la injusticia al del amor.

La referencia a "Los doce", aunque sólo eran once,designa la comunidad cristiana como heredera de las promesas de Israel. Tomás había seguido a Jesús, pero, como los demás, no le había comprendido del todo. No podían concebir una Vida definitiva que permanece después de la muerte. Separado de la comunidad, no tiene la experiencia de Jesús vivo. Una vez más se destaca la importancia de la experiencia compartida en comunidad.

Hemos visto al Señor. No es una mera afirmación de visión sensorial. Significa la experiencia de la presencia de Jesús que les ha trasformado. Les sigue comunicando la Vida, de la que tantas veces les había hablado. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que ahora brilla en la comunidad. El relato insiste en que Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. A pesar de todo, los testimonios no pueden suplir la experiencia, y Tomás es incapaz de dar el paso.

A los ocho días... Cuando se escribe este texto, la comunidad ya seguía un ritmo semanal de celebraciones. Jesús se hace presente en la celebración comunitaria, cada 8 días. La nueva creación del hombre que Jesús ha realizado durante su vida, culmina en la cruz el día sexto. Estaban reunidos dentro, en comunidad, es decir, en el lugar donde Jesús se manifiesta, en la esfera de la Vida, opuesto a "fuera", el lugar de la muerte. Tomás se ha reintegrado a la comunidad. Ahora puede experimentar lo que no fue incapaz de creer.

Jesús se dirige a Tomas, porque viene para todos, y una vez dentro de la comunidad, también Tomás encontrará a Jesús. Una vez más, las señales son inseparables de la muerte por amor. La resurrección no lo separa de la condición humana anterior. No es el paso a una condición superior sino la misma condición humana llevada a su culminación.

La respuesta de Tomás es extrema, igual que su incredulidad. Al llamarle Señor, reconoce a Jesús y lo acepta dándole su adhesión. Al decir "mío" expresa su cercanía, como la Magdalena. Después de 1,18, es la primera vez que es llamado simplemente "Dios". Los judíos lo habían acusado de hacerse igual a Dios e incluso Hijo de Dios. En (1,1) se había dicho: "un Dios era el proyecto". Jesús ha cumplido el proyecto, amando como Dios ama. (14,20) "Aquel día experimentaréis que yo estoy identificado con mi Padre". (14,9) "Quien me ve a mí, ve al Padre". Dándoles su Espíritu, Jesús quiere que ese proyecto lo realicen también todos los suyos, con la misma fuerza con que él lo realizó.

Tomás tiene ahora la misma experiencia de los demás: Ver a Jesús en persona. El reproche de Jesús se refiere a la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Pero la adhesión no se da al Jesús del pasado, sino al Jesús presente, que es a la vez, el mismo y distinto. El marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo, resucitado.

Por exigir esa presencia externa y sensorial, la experiencia de Tomás no puede ser modelo. Fijaros lo curioso del caso. El evangelista elabora una perfecta narración de apariciones y a continuación nos dice que no es esa presencia externa la que debe llevarnos a la fe. La demostración de que Jesús está vivo, tiene que ser el amor manifestado en la comunidad. La advertencia es para los del tiempo en que escribió el evangelio y para todos nosotros. En 14,19 había dicho: "Vosotros me veréis porque yo tengo Vida y también vosotros la tendréis". El mensaje queda abierto al futuro. Muchos seguirán creyendo aunque no lo vean.

El mensaje para nosotros hoy es muy claro: Sin una experiencia personal, llevada a cabo en el seno de la comunidad de los creyentes, es imposible acceder a la nueva Vida que Jesús anunció antes de morir y ahora está comunicando. Todos nosotros tenemos que pasar el mismo proceso. Se trata del paso, del Jesús aprendido, al Jesús experimentado. Ese cambio siempre será difícil, pero sin él, no hay posibilidad ninguna de entrar en la dinámica de la resurrección. Que Jesús siga vivo, no significa nada si no vivo yo mismo.

Meditación-contemplación

¡Dichosos los que crean sin haber visto!
Todos estamos en esas circunstancias,
porque la confianza hay que ponerla en lo "invisible".
Lo que se puede ver y palpar, no puede ser objeto de fe.
.....................

La fe tampoco consiste en esperar que algo venga de fuera.
Ni en confiar en que un día tendré lo que ahora no tengo.
Para confiar en lo que ya tengo,
primero hay que descubrirlo, aceptarlo y vivirlo.
.....................

Mi principal tarea es descubrir esa Vida que Dios ya me ha dado
Y poner todo mi ser al servicio de su desarrollo.
Mi objetivo debe ser desplegar la Vida al máximo
y manifestar su plenitud (amor) a través de todas mis obras.
.....................

Fray Marcos





UNA APARICIÓN MUY PECULIAR
Escrito por  José Luís Sicre

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé), y también tres en Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el del próximo domingo (Juan 20,19-31).

Las peculiaridades de este relato de Juan
1. El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.

2. El saludo de Jesús: «paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal; los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun». Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.

3. Las manos, el costado, las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber visto».

4. La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.

5. La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.

6. El don de Espíritu Santo y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este  momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

José Luis Sicre





SAN PABLO: ¿SE CAYÓ DEL CABALLO O SE VOLVIÓ LOCO?
Escrito por  Pedro M. Lamet

Pablo de Tarso, el personaje más polémico y documentado del Nuevo Testamento, fue tan conflictivo en vida como a través de la Historia, suscitando una intensa controversia hasta nuestros días: desde la herejía del dualista Marción en el siglo II, a recientes estudios que pretenden demostrar que Pablo no dejó de ser judío y nunca fue cristiano, pasando por la teoría de la justificación por la fe de Lutero en el siglo XV, que dio origen a la Reforma, y la rocambolesca tesis de que fue el culpable remoto del exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Toda la cultura del hombre de la calle suele reducirse a que es "aquel que se cayó del caballo para convertirse de perseguidor de los cristianos en su mayor apóstol entre los gentiles", junto a la enigmática impresión que dejan algunas de sus cartas. Se diría que Pablo resulta demasiado "subido" y teológico para un lector medio, o que produce la impresión de radical, orgulloso, antifeminista y hasta antipático y regañón para el que no profundiza en su personalidad.

Dado el estado actual de las investigaciones, ¿qué hay de realidad y de mito en el perfil humano y religioso de este personaje considerado como el verdadero fundador en la práctica del cristianismo?

"Circuncidado a los ocho días de nacer, israelita de nación, de la tribu de Benjamín, hebreo de pura cepa y, por lo que toca a la ley, fariseo" (Flp 3, 5). "Yo soy judío, natural de Tarso, ciudad de Cilicia que tiene su fama" (Hech 21, 39), escribe. Nacer en Tarso, (sobre el año 5 dC.) de padre judío, posiblemente tejedor, del que aprendería el oficio, era ver la luz en medio de una encrucijada de caminos y crisol de culturas. Saulo, nombre judío que viene de Saúl, vive en casa la fidelidad a la ley mosaica, pues sus padres al parecer se establecen en Tarso como consecuencia de la diáspora judía. Pero en la calle y la escuela respira ambiente helénico y romano. Con sus compañeros asiste a los juegos del estadio, estudia a los filósofos y poetas griegos y contempla el paso de procesiones en honor de los dioses Baal o Sandán.

Más tarde va a usar su otro nombre latino -en Roma se utilizaban tres-, Paulus, como ciudadano romano, privilegio de Tarso. Cives romanus sum argüirá ante los tribunales y llegará a apelar al mismo César, en concreto Nerón, para salvarse de la persecución judía. Pablo es lo que hoy diríamos un "ciudadano global", perteneciente a las tres culturas más importantes de su época, con una formación y cosmovisión que ampliará en sus viajes "hasta los confines de la tierra", es decir, Hispania (año 66).

Muy joven se fue a estudiar a Jerusalén con Gamaliel, prestigiado maestro de la moderada escuela de Hillel. Llega a saberse la Biblia de memoria y llevarla siempre en el morral junto a sus herramientas de tejedor. Asiste pasivo al martirio de Esteban y recibe el encargo de perseguir a los seguidores de Jesús. La escena del resplandor que le derriba del caballo camino de Damasco, tan explotada por la pintura, es una interpretación simbólica, pues los Hechos solo hablan de un resplandor que le hace "caer por tierra".

La verdadera caída de Saulo es que da un cambio radical en su vida y de perseguidor se transforma en apasionado seguidor del crucificado hasta decir "Mi vida es Cristo y morir ganancia". ¿Qué le sucedió? Renán dice que se volvió loco. Un loco demasiado lúcido para trazar el plan más inteligente de marketing espiritual de la Historia del cristianismo. Lo que por todas las trazas experimentó fue lo que los orientales llaman una iluminación y los occidentales "ilustración" que equivale a ver claro. Por ejemplo, que Jesús le empujaba a predicarle no solo a los judíos sino a todo el mundo conocido de entonces.

Pablo va a transformarse así en un hombre libre, lo que hoy llamaríamos un outsider instruido directamente por el Mesías. Se va solo a Arabia a reflexionar y predicar sin mucho éxito entre los nabateos, y 13 años después regresa a Damasco y contacta en Jerusalén con tres discípulos testigos de Jesús de Nazaret, durante solo 15 días: Pedro, Juan y Santiago, el hermano de Jesús. Éste, convertido tras la muerte del Maestro, será el más apegado a la letra de la Ley Mosaica y el más frontal opositor de Pablo, hasta llega a mandarle espías. Por su parte, Cefas (Pedro) evolucionará de entusiasta de Tarso a desconfiar de él en torno a algunas prescripciones de la Torá.

Iglesias domésticas
Los colosales viajes de Pablo que incluyen cárceles, persecuciones, apaleamientos, naufragios y mil penalidades le conducen primero a predicar en las sinagogas. Luego, a través de una red de casas particulares o iglesias domésticas, con ayuda sobre todo de mujeres, donde celebra el ágape y la eucaristía.

En un contexto de corrupción del Imperio, lascivia, egoísmo y esclavitud y aquejado de un vacío existencial y religioso por la multiplicidad de dioses, Pablo vende una doctrina en el fondo simple y liberadora: La salvación viene de la fe en el Mesías, y se traduce en amor e igualdad entre los hombres con un solo rito tan simple como una comida. Esto le lleva tanto al éxito como al rechazo hasta morir decapitado en Roma (año 67). Su palabra se difunde a través de correos que llevan copias de sus cartas. Los especialistas distinguen entre las siete auténticas, y las seudoepigráficas o deuteropaulinas, al parecer redactadas por una escuela posterior, eso sí fiel a Pablo, que habría reunido y sintetizado diversos textos suyos.

De un carácter entre complejo y fascinante, fuerte y débil al mismo tiempo, era un feo guapo, físicamente insignificante, pero provisto de potente magnetismo espiritual. Detrás del ilustrado y orgulloso fariseo que nunca dejaría de ser, alumbra un hombre tierno, amigo de sus amigos, consciente de sus debilidades -el famoso aguijón que aún hoy sigue siendo un enigma- y sobre todo un enamorado de Jesucristo, que le transportó en vida al "tercer cielo".

Tal pasión mística le empujaba hacia adelante con tal libertad, fidelidad y oposición a las instituciones de su época, que lo hacen tan actual como perenne objeto de estudios y controversias. Libre y místico, rompedor y fiel, consigue que la Buena Noticia atraviese las lindes de Israel y cale en el ancho mundo secular. Su peripecia vital es ya en sí misma toda una novela.

Pedro Miguel Lamet, SJ.
Periódico: El Mundo
Escritor, periodista y jesuita, Lamet es autor de Pablo de Tarso. El esplendor de Damasco (La Esfera de los Libros)





PASCUA
Escrito por  José Arregi

El laurel y el sauce han florecido, las yemas del chopo revientan, canta el zorzal en lo más alto de la rama, la primera luna llena de la primavera resplandece en la noche. Es la Pascua de la vida que renace cada año: hace miles de años la celebraban los agricultores con el pan de las primeras gavillas, y los pastores con la carne de los primeros corderos. La vida es imparable y siempre nueva, como el Espíritu o la Ruah que respira en todo  y reanima lo que parece muerto.

Es la Pascua que los judíos historizaron para celebrar la liberación de su pueblo oprimido bajo el faraón, imagen de todos los pueblos oprimidos.

Es la Pascua cristiana de la memoria de Jesús, el profeta mártir, el justo condenado, el Prójimo compasivo del leproso y del hambriento, el Buen Samaritano de todos los heridos, el amigo de publicanos y prostitutas, el alegre comensal de los impuros y despreciados, el sanador de cuerpos y de almas, el mensajero de Bienaventuranzas para los pobres y perseguidos.

Es la Pascua del Crucificado resucitado. ¿Pero qué significa resurrección? No pienses en ningún milagro "sobrenatural", piensa en el milagro de la vida que eres y que ves cada día en todo. La resurrección de Jesús no es la reanimación física de un cuerpo muerto, ni significa que sus células y átomos se habrían transportado súbitamente al cielo o a "Dios", quedando el sepulcro vacío. No se trata de un hecho único y excepcional, como si nadie hubiera resucitado hasta ese momento ni hubiera de resucitar hasta el "fin del mundo". Ciertos, los cristianos llamaron y seguimos llamando a Jesús "primicia" de la resurrección universal o "primer nacido de entre los muerto": es nuestra forma de decir que él es para nosotros el icono y el ejemplo de la vida resucitada de todos los vivientes en el Viviente, en la Vida, en Dios.

Es la Pascua de la Resurrección de Jesús, pero no tuvo lugar hace 2000 años, ni unos días después de su muerte en cruz. Cada día es el "tercer día" pascual. Desde que nació hasta que murió, Jesús vivió resucitando a la vida que no nace ni muere, como todos los vivientes que viven de verdad. Jesús resucitaba sobre todo cuando se compadecía y curaba, cuando tocaba a los intocables, cuando escuchaba historias de dolor y contaba parábolas de desafío, cuando denunciaba las mentiras de la religión y los abusos del imperio, cuando  anunciaba que otro mundo mejor es posible en estas nuestras pobre manos. Jesús resucitó en su vida y, cuando murió dándolo todo, resucitó del todo, como todos los que mueren dando la vida, pues dar la vida es vivir plenamente.

La resurrección de la Vida tiene lugar desde el comienzo del mundo, si hay un comienzo, y seguirá teniendo lugar hasta el fin del mundo, si hay un fin. Resucita la semilla en la flor del laurel, el árbol en la semilla, la flor en el árbol, el canto en la rama, la Vida en la Tierra, el Espíritu en la materia, Dios en el cosmos. La vida resucita cuando triunfa la bondad y es feliz. La vida resucita en el hijo cuyo padre fue asesinado por ETA y ha vencido el deseo de venganza hasta ser capaz de hablar con los asesinos de su padre y de perdonarlos. La vida resucita en la hermana de un joven torturado, asesinado y desaparecido por el GAL a las órdenes del Estado, y nunca ha odiado a los que lo hicieron. La vida resucita en el parado que lucha y en la persona deprimida que se levanta de la postración gracias a la serotonina y al Espíritu Paráclito que vive en todo.

Amiga, amigo, es tu Pascua. Tú también eres el Viviente, la Viviente, en la gran Comunión de todos los seres hermanos. Abre los ojos como María de Magdala y los discípulos de Emaús. No temas. Acoge y celebra tu vida, y cuídala en medio de todas tus cruces y luchas. La Vida puede más. El bien es más fuerte. El Espíritu te habita. Levántate y vive.

José Arregi
(Publicado el 05-04-2015 en DEIA y los Diarios del Grupo Noticias)





MARTIRIO: ¿MORIR POR LA FE O POR DEFENDER LA VIDA?
Escrito por  José María Castillo

No voy a repetir (ni resumir), una vez más, los muchos motivos de admiración y elogio que nos vienen a la cabeza cuando recordamos lo que fue la vida y la muerte de Mons. Romero. Creo que lo más importante y lo más práctico será preguntarnos qué nos dice ahora, a los 35 años de aquella muerte, lo que sucedió entonces, y lo que ha venido sucediendo desde entonces hasta este momento en la Iglesia y en el mundo.
Pues bien, en estos 35 años – aparte de tantas otras cosas – en relación al hecho de la muerte de Mons. Romero, se han puesto en evidencia cuatro cosas que están a la vista de todo el mundo:

1º. El arzobispo Romero murió por defender la vida de los seres humanos. En el contexto de la homilía, que pronunció Romero el 23 de marzo de 1980, sus palabras: "¡Cese la represión!" tenían ciertamente ese sentido.

2º. Otros casos, que han tenido un significado y unas consecuencias más o menos equivalentes, han sido reconocidos (en estos 35 años) como mártires. Los ejemplos son numerosos. Baste pensar en san Maximiliano Kolbe. O en los cientos de mártires de la Guerra Civil Española de 1936 a 1939.

3º. En contraste con lo que acabo de indicar, el caso de Mons. Romero ha encontrado resistencias muy serias en la Curia Vaticana. Resistencias que ya aparecieron en vida de Romero y son conocidas. Cuando, años más tarde, se introdujo la causa de beatificación y canonización, la causa fue bloqueada en Roma. Y ha estado en vía muerta durante años. La intervención del actual obispo de Roma, el papa Francisco, ha sido determinante para acelerar el proceso.

4º. El caso concreto – de cuanto ha sucedido con motivo de la muerte y el proceso ulterior de Mons. Romero – ha dejado patente, una vez más, que: así como la relación entre la Religión y la "otra vida" es algo que está fuera de duda, la relación entre la Religión y "esta vida" no está tan claro. Y no sólo no está claro, sino que se trata de algo que plantea preguntas muy inquietantes. Voy a poner dos ejemplos actuales (y católicos). Sin tener que echar mano de la Inquisición de antaño ni de los "yihadistas" de ahora, planteo dos preguntas de dolorosa actualidad: a) ¿Por qué se condena con la excomunión al que comete un "aborto" (y conste que yo soy anti-abortista) y no se excomulga al que mantiene y justifica la "pena de muerte"? b) ¿Por qué la Iglesia defiende en su predicación los Derechos Humanos y no los pone en práctica en su Derecho Canónico, en su sistema de gobierno y en la teología subyacente a todo lo que, en la Iglesia y en la sociedad, son y representan los derechos de las personas?

Además, los cuatro hechos que acabo de apuntar se deben situar, y se tienen que entender, en el contexto de la América Latina y de El Salvador de los años 70 a los 90 del siglo pasado. Sabemos que, en las décadas de los 70 y los 80, los pueblos de América Latina tuvieron que soportar, no sólo la confrontación política de incontables conflictos, sino además la creciente resistencia de los poderes políticos, económicos y religiosos a los movimientos populares y, más en concreto, a la Teología de la Liberación y a todo lo que tal teología representa y especialmente representó en aquellas décadas.

Queda, por tanto, fuera de duda que, así como la relación de las religiones con la "otra vida" es una cosa evidente, sin embargo la relación de las religiones con "esta vida" (sus derechos, su seguridad, su dignidad....) no es una cosa tan evidente, ni mucho menos.

Ahora bien, hecha esta constatación – comprobada sobradamente por la experiencia histórica de tantos siglos y de tantos casos en las más distintas religiones -, nos preguntamos: ¿por qué sucede esto así?

Sería un error, me parece a mí, buscarle a este problema (tan importante y de tan importantes consecuencias) una explicación ética (la maldad humana), social (la confrontación de ricos y pobres) o política (el poder de los que mandan y la sumisión de los que obedecen). Lo ético, lo social y lo político son, por supuesto, factores determinantes en este asunto tan complejo. Pero ni lo ético, ni lo social, ni lo político son – a mi modo de ver – la raíz de un fenómeno que es mucho más hondo en la experiencia humana, como se ha hecho patente en la experiencia histórica e incluso pre-histórica.

¿A qué me refiero? Caigamos en la cuenta de que no es lo mismo hablar de Dios que hablar de la religión. Es importante saber (y tener siempre presente) que, en la historia del hecho religioso, lo primero no fue Dios, sino que lo primero fueron los ritos (y los rituales). Los ritos religiosos existen desde el paleolítico superior. De Dios tenemos noticia, en este mundo, seguramente desde hace diez mil años o quizá menos. Por eso se ha dicho, con razón, que "Dios es un producto tardío en la historia de la religión" (G. Van der Leeuw, Walter Burkert...).

Esto supuesto, nosotros decimos ahora que la religión es un medio (mediación) para relacionarnos con Dios. Pero no caemos en la cuenta de que, con demasiada frecuencia, la religión con sus rituales (templo, ritos, lo sagrado, los sacerdotes, la normativa religiosa....) ocupan tanto espacio y alcanzan tanta importancia en la vida de los individuos y de la sociedad, que Dios, la realidad última y trascendente, que tendría que dar sentido a todo, queda desplazado y deformado, hasta verse como un ser carente de sentido o incluso contradictorio. Sobre todo, cuando intentamos armonizar a Dios con el problema del mal (La imposible teodicea, Juan A. Estrada). De donde resulta una consecuencia patética. Que consiste en que, con demasiada frecuencia y sin ser conscientes de lo que nos sucede, lo que realmente ocurre es que la religión, sus ritos, sus jerarquías y sus normas, en lugar de acercarnos a Dios y hacernos más buenas personas, lo que en realidad hacen es complicar nuestra relación con Dios y, sobre todo, dificultar nuestras relaciones sociales, políticas, culturales, religiosas o simplemente humanas. Y, además de lo dicho, tranquilizando nuestras conciencias, ya que ésa es la función principal que tiene el rito religioso. Los ritos religiosos no modifican nuestras conductas, sino que el efecto que producen es que podamos dormir con la conciencia tranquila. Con lo que nos afianzan más en nuestras pautas de comportamiento. Llegando, a veces, a producir auténticos esperpentos contradictorios, en los que uno no alcanza a armonizar tanta fidelidad religiosa con tanta infidelidad ética o sencillamente con tanta descomposición humana.

Ahora bien, aquí nos encontramos con el nudo del problema que (a mi modo de ver) nos plantea el Evangelio. Me refiero al problema que consiste en que el protagonista del Evangelio, Jesús de Nazaret, el hombre más radicalmente religioso que reconocemos, en cuanto que se identifica con Dios y en él vemos y palpamos a Dios (Jn 1, 18; 14, 9-11; Mt 25, 31-46), este Jesús de Nazaret fue perseguido por la religión, rechazado por la religión, condenado por la religión y asesinado como un subversivo por los más cualificados responsables y dirigentes de la religión (Jn 11, 47-53; 19, 7).

Es verdad que el propio Jesús advirtió que él no había venido a este mundo para "suprimir" (katalyo) la Ley y los Profetas, es decir la "religión", sino para "llevarla a la plenitud" (pleróo) la antigua religión (Mt 5, 17). Lo que, según la interpretación más razonable, viene a decir que Jesús no pretendió acabar con la religión, ni tampoco intensificar cuantitativamente la antigua religión, sino que su proyecto consistió en modificar cualitativamente el hecho religioso (Ulrich Luz). Con lo que quiero decir esto: lo que Jesús dejó patente, con su forma de vida y con sus enseñanzas, es que el centro de la religión no está ni en el templo, ni en los rituales, ni en lo sagrado, ni en la sumisión a las normas religiosas, ni en los dogmas y sus teologías, sino que está en la praxis, en una ética, en un proyecto de vida, en una forma de vivir, que se centra y se concentra en la bondad con todos y todas por igual, en el amor sin limitaciones ni condicionamientos (Mt 5, 43-48; 38-42; Lc 10, 25-37....). Lo que se tiene que traducir y realizar en el respeto a la vida humana, en la defensa de la vida, de la dignidad y los derechos de la vida humana.

Esto quiere decir que Jesús desplazó la religión, en cuanto que la sacó del templo, se la quitó a los sacerdotes y sus jerarquías, la separó de los ritos, la antepuso a lo sagrado. Y la puso en el centro de la vida. Es más la amplió y la extendió a la vida entera, no reducida a determinados momentos de la vida, a espacios separados, a gestos privilegiados, a objetos y personajes con quienes hay que mantener una relación de abajamiento y sumisión. Y así es cómo Jesús representa y expresa "la humanización de Dios". Más aún, él nos revela "la humanidad de Dios" (José M. Castillo). Por eso se puede (y se debe) afirmar que la originalidad del cristianismo consiste en que no es una religión como las demás. La fe, que es el eje y el centro del cristianismo, no es la fe en el Trascendente, sino que es la fe en Jesús de Nazaret, el "Dios encarnado". Lo que significa que el eje y el centro del cristianismo es la fe en el Dios humanizado.

Ahora bien, lo primero que todo esto nos dice es que la fe en Jesús es fe en Dios. Pero es una fe en Dios al que encontramos en "lo humano", en la realidad humana de Jesús. En su condición humana. Teniendo en cuenta que, si hablamos de la "condición humana", nos estamos refiriendo a lo que es "común a todos los humanos", sean cuales sean sus diferencias culturales, sociales, políticas y, por tanto, sus diferencias religiosas. En este sentido, hablar de "lo humano" es hablar de "lo laico". Lo que es previo a "lo religioso". Por eso – y esto es capital – la fe, tal como de ella se habla en los evangelios, no es la fe de la que se habla en las cartas de Pablo. En los escritos de Pablo, la fe está relacionada con "justificación" (Rom 4, 1-5) y con la "redención". Es, por tanto, una fe que se orienta a la "otra vida". Es decir, a la "salvación eterna". En los evangelios, la fe en Jesús se relaciona directamente con "esta vida", con los problemas humanos más apremiantes, concretamente el problema de la salud de los enfermos. Para Jesús, la expresión "tu fe te ha salvado" es lo mismo que decir, "tu fe te ha curado" (Mc 5, 34; Mt 9, 22; Lc 8, 48; Mc 10, 52; Mt 8, 10. 13; 9, 30; 15, 28; Lc 7, 9; 17, 19; 18, 42).

Dando un paso más, es determinante precisar el significado y el alcance de esta condición laica de Jesús. La condición en la que se nos revela Dios y en la que (según el Evangelio) encontramos a Dios. Lo más elocuente, en lo que acabo de decir, es caer en la cuenta y tener presente que las tres grandes preocupaciones de Jesús fueron: 1) La salud humana (curaciones de enfermos). 2) La alimentación humana (relatos de comidas siempre en relacionadas con la "comensalía", la comida compartida). 3) Las relaciones humanas (centradas en la bondad que imita la bondad sin límites del Padre del Cielo).

Pero nada de lo dicho es lo más elocuente, cuando tratamos de comprender a Jesús y lo que representa la fe en Jesús. Lo más notable de todo es que Jesús vivió y enseñó estas tres preocupaciones anteponiéndolas a la fidelidad y a la observancia de las tradiciones rituales de la religión. Prueba de ello es que este empeño de Jesús por anteponer la salud de los enfermos, la comida de los pobres y las relaciones de bondad y amor hacia todos, a la observancia de tradiciones y rituales religiosos, esto fue lo que provocó los constantes enfrentamientos de Jesús con los dirigentes de la religión. Los enfrentamientos que desembocaron en el conflicto definitivo, el juicio, la condena y la muerte que se imponía a los subversivos.

Termino respondiendo a la pregunta que propuse al comienzo de esta conferencia. ¿Qué nos dice hoy, después de 35 años, la muerte de Mons. Romero? Por supuesto, el martirio consiste en dar la vida por defender la fe cristiana. Pero la fe cristiana no se reduce a defender unas verdades y unas prácticas religiosas. La fe, tal como fue propuesta y explicada por Jesús, consiste ante todo en la convicción que nos lleva a defender la vida, dignificar la vida y hacer feliz la vida, sobre todo y antes que nada la vida de quienes se ven más limitados, amenazados e inseguros en su propia vida.

Por eso, cuando Monseñor Romero, en nombre de Dios, exigió: "cese la represión", en realidad no hizo sino un acto heroico de fe, que le dio a su muerte una sola posible explicación. La explicación de una fe que sólo se justifica si se explica como una adhesión tan fuerte al Evangelio, que, en las circunstancias en que se produjo, no podía acabar sino en el martirio. De ahí que la pregunta inicial se convierte ahora en una interpelación para todos los que, con motivo de su beatificación, vamos a recordar, agradecidos y emocionados, al hombre mundialmente más conocido que nació en este hermoso país. Y esa interpelación se reduce a esto: ¿dónde y en qué hemos puesto el centro de nuestra fe? ¿en los "rituales religiosos" que tranquilizan nuestras conciencias o en el "proyecto de vida", el Bios, que con su forma de vivir nos trazó Jesús?

José M. Castillo
Redes Cristianas





¿Son “católicas” las universidades católicas? 


Jorge Costadoat S.J. (Chile)

Difícil decirlo. En realidad, esta pregunta solo puede responderla el Padre Eterno. Si no fueran cristianas, no serían católicas. Pero solo Dios sabe qué es cristiano y qué no. Sin embargo, la pregunta nos sirve para orientarnos en lo que buscamos. Esto es, una universidad al servicio de la misión de la Iglesia.  

El marco más amplio en el que se ubica el tema, es el de la relación de la Iglesia con la sociedad. La universidad católica hace real este vínculo. La universidad depende del vínculo que la Iglesia establezca con la sociedad. Pero también la Iglesia depende del vínculo que la universidad establezca con la sociedad. En este ir y venir de la Iglesia a la universidad, en la sociedad, depende en parte el cumplimiento de la misión de la Iglesia, cual es la edificación de la “civilización del amor” (Pablo VI).

La relación de la Iglesia con la sociedad puede darse en diversos esquemas eclesiológicos. Hasta el Concilio Vaticano II ha podido prevalecer un esquema decimonónico de confrontación y de condena de la Iglesia a la modernidad. Este planteamiento ha caracterizado una discordia estéril y nociva. Muchos de nuestros contemporáneos se han alejado de la Iglesia. Pero, por otra parte, nuestras sociedades no han llegado a conocer suficientemente el Evangelio y sacar de él todas sus consecuencias humanizadoras y socializadoras.

En el Vaticano II se hicieron presentes otros dos esquemas eclesiológicos, ambos positivos. Entonces la Iglesia se planteó en términos amistosos ante la época. En uno de ellos, todavía se acentuó la diferencia entre Iglesia y mundo: se supuso que ambos eran los interlocutores de un diálogo a favor de mayores niveles de humanidad. Pero la representación ha sido la de una realidad frente a la otra; la de un diálogo de la Iglesia “con” el mundo, en el entendido de que la Iglesia enseña y, a veces, aprende del mundo.

En un segundo esquema, también conciliar, se entendió que la Iglesia es una realidad “mundana” en el mejor sentido de la palabra. En este caso la Iglesia está “en” el mundo y el mundo “en” la Iglesia. Todo lo que ella tiene que aportar como evangelización puede hacerlo solo de un modo  “mundano”. En otros términos, de un modo empático y autorreflexivo. Esto es patente en la Constitución Apostólica Gaudium et spes:
Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia (Gaudium et spes, 1).

En este esquema la Iglesia no se impone a la cultura contemporánea (esquema preconciliar) ni dialoga simplemente con ella (primer esquema conciliar), sino que discierne en ella -en su propia mundanidad- los signos de los tiempos y anuncia el Evangelio en clave verdaderamente civilizadora.

Este último esquema fue posible elucidarlo en la medida que prevaleció en el Concilio la convicción teológica de la salvación universal. Lo fundamental, absolutamente esencial, pasó a ser el amor de Dios por todos los hombres y el de estos entre sí (Lumen gentium, 1, 14). El Concilio reconoció explícitamente que Dios encuentra a cada uno y a cada pueblo el camino de su salvación, por vías que la Iglesia puede desconocer (Gaudium et spes, 22; Ad gentes, 7). La verdad de la salvación pasó a ser un dato antropológico cumplido ya en toda la humanidad gracias al acontecimiento Jesucristo. Esto no hace superflua a la Iglesia, pero la obliga a redescubrir su ubicación en la historia y a redefinir su servicio de la humanidad.

¿Qué podrá significar este modo de entender las relaciones de la Iglesia con la sociedad y la cultura, para las universidades católicas? Por lo menos dos cosas:
La universidad encuentra la verdad “en” la sociedad. Ella no tiene ninguna verdad que enseñar a nadie que haya podido ser descubierta sin los demás o por vías divinas pero no humanas (como ocurre con la Encarnación: a Dios lo encontramos completamente en el hombre Jesús).

La universidad católica constituye un lugar de arraigo de la Iglesia en un mundo en el que la verdad, incluso la verdad de Cristo, se encuentra gracias al diálogo y la discusión, a la crítica y a la autocrítica.  

La universidad católica, en realidad, no dialoga “con” la sociedad, sino “en” la sociedad, en el tejido de lo humano, social, cultural e históricamente en desarrollo. Pasándolo todo sin excepción por la criba de la razón, la universidad católica destila la verdad eterna en verdades temporales civilizadoras y, por esto mismo, preserva a la Iglesia del fideísmo, del fanatismo y de múltiples equivocaciones.

¿Son “católicas” las universidades católicas? Sí, cuando buscan la verdad que Dios nos revela humano modo, esto es, a través de todos los hombres, en la pluralidad de lo humano y en el incesante cambiar de los tiempos.

Jorge Costadoat, SJ.
Del libro: LA IGLESIA TODAVIA / Fracaso y porvenir en la transmisión de la fe (pgs. 45-48).





Carta del Profesor Jorge Costadoat, SJ
5 de abril 2015

Compartimos con Ignacio Sánchez, rector de la PUC, lo más importante: un enorme amor por la universidad.
Pero tenemos diferencias. El rector afirma que “en la Universidad Católica existe libertad de cátedra para sus profesores e investigadores”. Tengo reparos. Las reacciones ante la decisión del Cardenal Ezzati de no renovar mi “misión canónica” demuestran que los académicos perciben que se sienta un precedente de censura que hace mal a la Universidad. Confirman que en la universidad hay miedo. Me consta que hay profesores que se sienten vigilados por su vida o modo de pensar. Hay temas censurados. Hay gente que suele escribir cartas a las congregaciones romanas de la Educación y de la Fe, y entre los de aquí y los de allá atenazan a la Universidad.

La Universidad Católica, en virtud de su fe en el Cristo que nos liberó para la libertad (cf. Gál 5,1), debiera ser líder en libertad de cátedra y libertad de conciencia. Mi ideal de universidad, que extraigo del credo cristiano y de los documentos del Magisterio, me impide concebir una universidad católica con profesores y alumnos de dispar integración, dependiendo de motivos extraños a la naturaleza misma de cualquier universidad. Un agnóstico, un judío, un musulmán, un protestante, incluso un católico que no logre entender la enseñanza de la Iglesia o discrepe de ella, académico o alumno, debiera sentirse en la PUC integrante de primera categoría. En la universidad todas las diferencias, y las pruebas y errores en la búsqueda de la verdad debieran considerarse igualmente valiosos. 

Chile necesita universidades verdaderas: con libertad académica y concentradas en el servicio público. La Universidad Católica tiene esta vocación sin duda. La cumple con los numerosos académicos que nos dedicamos por entero al bien del país. Además, las iniciativas de extensión, de voluntariado y de solidaridad con la sociedad, que en la PUC son muchísimas, enriquecen este servicio. Pero las autoridades de la Universidad deben ordenar la casa. Tienen que introducir mejoras en las condiciones de libertad que requiere el trabajo universitario.

El Rector señala que el Gran Canciller ha adoptado la medida de no renovarme la “misión canónica" en razón de “algunas falencias en (mi) quehacer teológico y docente que requerirían atención”. Recuerda que Mons. Ezzati, al momento de concederme la “misión canónica” en 2012, me hizo reparos en este sentido y me dio el permiso académico bajo condiciones. Nunca se me dijo con claridad suficiente en qué consistían esos reparos. Solo se me dio por escrito una carta en la que Mons. Ezzati me solicitaba adhesión al Magisterio de la Iglesia. Pero ahora en marzo de 2015 el Gran Canciller no ha dicho en qué he yo incumplido esta adhesión. Todavía no entiendo de que se me acusa. Su objeción central tuvo que ver con enseñar con una libertad inconveniente a personas que no estaban preparadas para ello.

Por otra parte Fredy Parra, decano de Teología, en 2014 me felicitó por mi desempeño y, tras oír al consejo de calificación académica, pidió al obispo la renovación de la “misión canónica”. De un modo semejante, esta “misión canónica” había sido solicitada al Gran Canciller en 2010 por Joaquín Silva, el decano en esa época. En una carta en que el profesor Silva me avisaba de la evaluación del consejo y de la petición a Mons. Ezzati del permiso para enseñar, me decía: “Al mismo tiempo, la comisión me ha solicitado que te comunique una observación positiva y felicitaciones por tu desempeño en los diversos ámbitos de la vida académica de nuestra Facultad” (12 julio 2010).

Jorge Costadoat S.J.