viernes, 17 de abril de 2015

CREER POR EXPERIENCIA PROPIA - José Antonio Pagola



CREER POR EXPERIENCIA PROPIA - José Antonio Pagola

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que solo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.

Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.

Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: "Paz a vosotros"». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.

El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».

Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi solo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?

Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».

Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.



VIVIR PASCUALMENTE

Escrito por  Florentino Ulibarri

Vivir pascualmente
es vivir cada momento intensamente,
como si fuese el último,
y dar cada paso, con sorpresa y gozo,
como si fuese el primero.

Es inspirar amor y conciencia
en nuestro frágil cuerpo e historia,
y entrar con gozo y paz
en el cuerpo universal y místico
que todos somos ya ahora.

Es acoger la liberación y sanación
de nuestro ser entero
que se hacen presentes, aquí y hora
y en el reverso de la historia,
rompiendo nuestros normas y credos.

Es mirar y ver las llagas
del cuerpo y del alma
tan sangrantes en tantas personas,
y no pensar que quienes las tienen
son aprovecadas o fantasmas.

Es compartir lo que tenemos,
con generosidad y gozo,
con los hemanos necesitados
aunque no los conozcamos
y sólo sea un trozo de pez asado.

Es desprendernos del sufrimiento y miedo,
que atenazan y cierran
nuestra mente, corazón y entrañas,
y abrir todas las ventanas
a tu brisa resucitada.

Es no perder la capacidad de asombro,
abrir nuestro entendimiento,
aprender día a día en cada encuentro,
alegrarse por todo lo bueno,
y ser testigos de lo vivido.

Es ver en cada paso humano
tu paso divino de enamorado,
tan pascual y cercano,
tan rompedor y solidario,
tan al lado de nuestros pies cansados...





NO ES LA PRESENCIA FÍSICA LA QUE LES HACE CREER
Escrito por  Fray Marcos
Lc 24, 35-47


Seguimos en tiempo pascual. El tema de este domingo sigue siendo Jesús que vive y da Vida. Esa nueva Vida queda reflejada en las tres lecturas de hoy como conversión y perdón. El pecado es la única muerte a la que debíamos tener miedo, porque es la única realidad que aniquila la verdadera Vida. Pero  pecado es siempre hacer daño a los demás o hacerse daño a sí mismo. Sólo cuando hay injusticia y opresión podemos decir con propiedad que hay pecado. Si hay pecado, hay muerte y por tanto, falta de Vida.

Hoy todos estamos de acuerdo en que Jesús no volvió a la vida biológica; por lo tanto lo que pasó en Jesús después de su muerte no puede ser objeto de la ciencia ni de la historia. Una realidad no puede ser a la vez material y espiritual. Si Jesús recuperó su cuerpo, necesariamente tiene que estar en el tiempo y en un lugar. Si decimos que su cuerpo es espiritual (Pablo), estamos afirmando que no hay cuerpo. Si no es cuerpo, no se puede constatar por los sentidos y no puede caer dentro del ámbito de lo histórico, pero los efectos que produjo en sus seguidores, sí pueden ser constatados por la historia. Solo a través de esos efectos podemos enterarnos  de que Jesús sigue vivo y está dando Vida.


Recordemos que Lc y Jn son los últimos en escribir sus evangelios y nos trasmiten relatos muy elaborados teológicamente. En los textos más antiguos se habla siempre de (ôphthè) "dejarse ver". Es éste un término técnico, que normalmente se traduce por aparecerse, pero no es una traducción adecuada. Para que veáis la dificultad de traducir esa palabreja, basta tener en cuenta que Pablo la utiliza en 1 Cor, 15 para decir que Cristo se apareció a Cefas, a Santiago y a Pablo; y en 1 Tim 3,16, para decir que se apareció a los ángeles. La misma palabra es empleada para decirnos que Moisés y Elías se "aparecieron" junto a Jesús. Designar también las lenguas de fuego que "aparecieron" sobre los apóstoles.

En los relatos más tardíos, se tiende a la materialización de la presencia, tal vez para contrarrestar la duda, que se destaca cada vez más. En Mt se duda que sea el Cristo; en Lc y Jn se duda de que sea Jesús de Nazaret. La materialización y la duda están relacionadas entre sí. Cuando los testigos de la vida de Jesús van desapareciendo, se siente la necesidad de insistir en la corporeidad del Jesús resucitado. Caen en la trampa en la que nosotros seguimos aprisionados: confundir lo real con lo que se puede constatar por los sentidos.

En el evangelio de Lc todas las apariciones y la subida al cielo, tienen lugar en el mismo día. En el episodio que hemos leído, Jesús aparece a los once y a tos los demás, de improviso, como había desaparecido después de partir el pan en Emaús. Se presenta en medio, no viene de ninguna parte. El relato de Emaús, que precede, había dejado claro que Jesús se hace presente en el camino de la vida, en la Escritura y en la fracción del pan. Aquí se hace presente en medio de la comunidad reunida. Esto lo tenía ya muy claro la primitiva iglesia, cincuenta o sesenta años después de la muerte de Jesús, cuando se escribió este evangelio.

Llenos de miedo. No tiene mucha lógica el terror manifestado, si tenemos en cuenta que los discípulos ya habían recibido el anuncio de las mujeres, la confirmación del sepulcro vacío por parte de Pedro, y una aparición al mismo Pedro que el evangelio menciona, pero no relata. En ese mismo momento en que aparece Jesús, los de Emaús les estaban contando lo que les acababa de pasar. Si a pesar de todos, siguen teniendo miedo, quiere decir que no fue fácil comprender que la Vida puede vencer a la muerte. También nos advierte de que, lo que se narra, no pudo ser una invención de los discípulos, porque no estaban nada predispuestos a esperar lo sucedido. Es curioso, en Jn, los discípulos reunidos tienen miedo de los judíos; en Lc, tienen miedo del mismo Jesús que se les aparece.

"Creían ver un fantasma". El texto se empeña en que tomemos conciencia de lo difícil que fue reconocer a Jesús. Los que acaban de llegar de Emaús caminan varios kilómetros con él y cenan con él sin conocerle. Incluso Magdalena pensó que se trataba del hortelano. ¿Qué nos quieren decir estas acotaciones? Era Jesús, pero no era él. En relato de hoy se dice: Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros". ¿Es que en ese momento no estaba con ellos? Estas incongruencias nos tienen que abrir los ojos.

Mirad mis manos y mis pies, palpadme. Las manos y los pies, prueba de su muerte por amor en la cruz; y de que ese Jesús que se deja ver ahora, es el mismo que crucificaron. Una vez más se insiste en la materialidad de lo narrado. No se trata de fantasías o ilusiones de los discípulos. En absoluto estaban predispuestos a creer en la resurrección, más bien se les impuso contra el común sentir de todos ellos. Esto da plena garantía de autenticidad a lo que nos quieren trasmitir, aunque al empaquetarlo en una narración, tenemos el peligro de quedarnos en el cuento. No les importa la falta de lógica del relato.

Así estaba escrito. Lc insiste en que se tienen que cumplir las Escrituras. En todos los salmos que hablan de siervo doliente, termina con la intervención de Dios que se pone de su parte y reivindica al humillado. Los primeros cristianos eran todos judíos; no tenían otro universo religioso para interpretar a Jesús que su Escritura. A pesar de que Jesús dio un paso de gigante sobre las Escrituras a la hora de decirnos quién es Dios, ellos siguen echando mano del AT para interpretar su figura. Al insistir en que la Escrituras se tienen que cumplir, nos está diciendo que todo está bajo el control de Dios.

Mientras estaba con vosotros. Indica con toda claridad que ahora no está con ellos físicamente. Estas son las pistas que tenemos que advertir para no caer en la trampa de una interpretación literal. Jesús está presente en medio de la comunidad. Su presencia es objeto de experiencia personal, pero no caen en la tentación de creer que es la misma presencia de la que disfrutaron cuando vivía con ellos. Jesús es el mismo, pero no está con ellos como antes. Está con ellos, come con ellos se relaciona con ellos, pero no de la misma manera que lo hacía cuando andaba por los caminos de Galilea. Esta presencia de Jesús en medio de la comunidad es mucho más real que antes. Ahora es cuando descubren al verdadero Jesús.

También el encargo de predicar la buena noticia se apoya en las Escrituras. La buena nueva es la conversión y el perdón. Las otras dos lecturas de este domingo apuntan en esta dirección. Si pecado es toda opresión, el dejarse matar antes que oprimir a nadie, es la señal de que el pecado está superado. La buena noticia de Jesús es que Dios es amor. Su experiencia del Abba nos tiene que tranquilizar a todos. En la primera lectura, Pedro, y en la segunda Juan, nos recuerdan que somos nosotros los que debemos manifestar ese amor de Dios. "arrepentíos y convertíos para que se perdonen los pecados"; y Juan: "Quien dice, yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él".

Para terminar, recordar la última diferencia notable entre Lc y Jn. En Jn, sopla sobre ellos y les confiere el Espíritu. En Lc les promete que se lo enviará. La diferencia es sólo aparente, porque el Espíritu ni tiene que mandarlo ni tiene que venir de ninguna parte. Es una realidad Espiritual que está siempre en nosotros. Podemos decir que llega a nosotros, cuando lo descubrimos, y vivimos su presencia.

La epístola de Jn tiene que hacernos reflexionar. Quien dice: yo le conozco y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. Está claro que no habla de un conocimiento teórico, sino de una identificación con él. Una erudición exhaustiva sobre la figura de Jesús, no garantiza una vida cristiana. Aceptar con escrupulosidad todos los dogmas, no dará seguridad ninguna de verdadera salvación en Jesús. No se trata de conocer mejor a Jesús, sino de nacer a la Vida que él vivió y desplegarla con la mayor intensidad posible.


Meditación-contemplación


Jesús se hace presente en medio de la comunidad.

Ésta es la realidad pascual vivida por los primero seguidores.
Ésta es la realidad que tememos que vivir hoy,
si queremos ser de verdad sus discípulos.
...................


No debemos esperar que Jesús se vaya a aparecer visiblemente.

Somos nosotros los que tenemos que hacerle presente.
El objetivo de la vida humana de Jesús,
fue hacer presente a Dios en este mundo.
....................


Hacer presente a Jesús es hacer presente a Dios.

Puesto que Dios es amor, solo con amor se le puede manifestar.
Cada vez que ayudamos, de cualquier forma, a otra persona,
estamos haciendo presente a Dios.
...................


Fray Marcos






PERDÓN, RESURRECCIÓN Y MISIÓN

Escrito por  José Luís Sicre

El perdón
Las tres lecturas de hoy coinciden en el tema del perdón de los pecados a todo el mundo, gracias a la muerte de Jesús. La primera termina: "Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados." La segunda comienza: "Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el justo." En el evangelio, Jesús afirma que "en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos".



Gente con muy poco conocimiento de la cultura antigua suele decir que la conciencia del pecado es fruto de la mentalidad judeo-cristiana para amargarle la vida a la gente. Pero la angustia por el pecado se encuentra documentada milenios antes, en Babilonia y Egipto. Lo típico del NT es anunciar el perdón de los pecados gracias a la muerte de Jesús.



La resurrección y sus pruebas


Pero el evangelio de este domingo concede también especial importancia al tema de la resurrección. Imaginemos la situación de los primeros misioneros cristianos. ¿Cómo convencer a la gente para que crea en una persona condenada a la muerte más vergonzosa por las autoridades, religiosas, intelectuales y políticas? Necesitaban estar muy convencidos de que su muerte no había sido un fracaso, de que Jesús seguía realmente vivo. Y la certeza de su resurrección la expresaban con los relatos de las apariciones. En ellas se advierte una evolución muy interesante:



1. En el relato más antiguo, el de Marcos, Jesús no se aparece; es un ángel quien comunica a las mujeres que ha resucitado, y éstas huyen asustadas sin decir nada a nadie (Mc 16,1-8).



2. En el relato posterior de Mateo, a la aparición del ángel sigue la del mismo Jesús; su resurrección es tan clara que las mujeres pueden abrazarle los pies (Mt 28,9-10).



3. Lucas parece moverse entre cristianos que tienen muchas dudas a propósito de la resurrección (recuérdese que en Corinto había cristianos que la negaban), y proyecta esa situación en los apóstoles: ellos son los primeros en dudar y negarse a creer, pero Jesús les ofrece pruebas físicas irrefutables: camina con los dos de Emaús, se sienta con ellos a la mesa, bendice y parte el pan. Pero es sobre todo en el episodio siguiente, el que leemos este domingo, donde pone toda la fuerza de las pruebas físicas: Jesús les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de tocarlos, y llega a comer un trozo de pescado ante ellos.



4. Finalmente, Juan parece matizar el enfoque de Lucas: Jesús ofrece a Tomás la posibilidad de meter el dedo en sus manos y en el costado. Pero ese tipo de prueba física no es el ideal. Lo ideal es "creer sin haber visto". En esta misma línea se mueve la aparición final junto al lago: cuando llegan a la orilla y encuentran ven las brasas preparadas y el pescado (Jesús no come) "ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor". Juan ha expresado de forma magistral la unión de incertidumbre y certeza. No hay pruebas de que sea Jesús, pero no les cabe duda de que lo es.



He querido alargarme en estas diferencias entre los evangelistas porque a menudo se utilizan los relatos de las apariciones como armas arrojadizas contra los que tienen dudas. Dudas tuvieron todos y, de acuerdo con los distintos ambientes, se contó de manera distinta esa certeza de que Jesús había resucitado y de que se podía creer en él como el Salvador al que merecía la pena entregarle toda la vida.



La sección final de Lucas


El hecho de que Jesús comiese un trozo de pescado podría ser una prueba contundente para los discípulos, pero no para los lectores del evangelio, que debían hacer un nuevo acto de fe: creer lo que cuenta Lucas.



Por eso, Lucas añade un breve discurso de Jesús que está dirigido a todos nosotros: en él no pretende probar nada, sino explicar el sentido de su pasión, muerte y resurrección. Y el único camino es abrirnos el entendimiento para comprender las Escrituras. A través de ella, de los anunciado por Moisés, los profetas y los salmos, se ilumina el misterio de su muerte, que es para nosotros causa de perdón y salvación.



La mejor prueba de la resurrección de Jesús


Las últimas palabras de Jesús anuncian el futuro: "En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto." La frase final: "vosotros sois testigos de esto" parece dirigida a nosotros, después de veinte siglos. Somos testigos de la expansión del evangelio entre personas que, como dice la primera carta de Pedro, "lo amáis sin haberlo visto". Esta es la mejor prueba de la resurrección de Jesús.



José Luis Sicre






VIDA EN PLENITUD




Enrique Martínez Lozano


INTRODUCCIÓN


"Nos consideramos como la playa que tiene sed del mar,

pero somos el mar que juega con la playa"
(Willigis Jäger, monje benedictino y maestro zen).


"Por inconcebible que resulte para nuestra razón ordinaria,

todos nosotros estamos todos en todos.
De modo que la vida que cada uno de nosotros
vive no es meramente una porción de la existencia total,
sino que en cierto modo es el todo" (Erwin Schrödinger, físico).


"Hay una tradición que comparte toda la humanidad: el despertar progresivo de la conciencia hacia el Todo, ya lo comprendamos en categorías personalistas, transpersonales o impersonales"

(Javier Melloni, jesuita y maestro espiritual).



Espiritualidad es plenitud de vida. Quiero empezar con esta afirmación tajante para disipar, de entrada, tantos malentendidos inveterados, y para situarnos en la perspectiva adecuada: espiritualidad es plenitud. Abarca a toda la persona y todas las personas –todos los seres-, en un Abrazo que es sabiduría, sentido y bondad.



Por eso, una persona espiritual es aquélla que, con todos los límites e imperfecciones de los seres humanos, se halla en un proceso en el que es llevada a descubrir la verdad sobre sí misma –su verdadera identidad, más allá del "yo individual"- y a vivirse en coherencia con ella.



Esa sabiduría o lucidez básica se manifiesta en signos que nos permiten evaluar si se trata de una espiritualidad genuina o de meros sucedáneos. Entre ellos, caben destacarse dos: una creciente unificación, integración o armonía personal –hecha de autoconocimiento, aceptación, humildad, ecuanimidad...- y una progresiva vivencia de la compasión, que nace del amor que somos, de la conciencia clara de la unidad compartida, y que se manifiesta como deseo de bien para todos, ayuda y servicio eficaz.



Me parece importante insistir en los signos porque, si siempre han podido darse sucedáneos, este riesgo se acentúa en un momento como el nuestro, en el que parece innegable que estamos asistiendo a un resurgir de lo que podemos llamar "inquietud espiritual". Se trata, a mi modo de ver, de un interés renovado y esperanzador, pero que nos exige estar atentos para evitar cualquier confusión fácil.



En ese sentido, lo que busco ofrecer en este trabajo son unos "apuntes" que permitan encuadrar adecuadamente el tema de la espiritualidad, subrayando especialmente la novedad, profundidad y plenitud, que la caracterizan, cuando es auténtica. De hecho, su descuido se manifiesta como rutina, banalidad, egocentración, vacío, soledad y sinsentido.



Para empezar a centrar el tema, me gustaría volver sobre dos palabras que ya han aparecido en las líneas precedentes: los malentendidos y los sucedáneos.



En cuanto a los primeros, no deja de ser triste que una palabra que apunta nada menos que al corazón mismo del Misterio del existir y a lo que tenemos de más humano se haya deteriorado hasta el extremo de significar, para no pocos de nuestros contemporáneos, exactamente lo contrario.



"Espiritualidad" es una palabra desafortunada. Para muchos significa algo alejado de la vida real, algo inútil que no se sabe exactamente para qué puede servir o, como mucho, un "añadido", superfluo o poco significativo, a lo que es la vida ordinaria. Frente a eso llamado "espiritual", de lo que se podría fácilmente prescindir, lo que interesa es lo concreto, lo práctico, lo tangible.



Pero "espiritualidad" es, además, una palabra gastada. Gastada y estropeada, porque ha sido víctima de una doble confusión: el pensamiento dualista que contraponía espíritu a materia, alma a cuerpo, y la reducción de la espiritualidad a la religión.



Como consecuencia, se produjo un rechazo más y más generalizado hacia ella en la cultura moderna. Por una parte, la modernidad, celosa de la racionalidad y de la autonomía, arremetía contra una religión (institución religiosa) poderosa, autoritaria y dogmática, que parecía desconfiar de lo humano. Por otra, cegada en su propio espejismo adolescente, la misma modernidad cayó en un reduccionismo tan estrecho que no aceptaba sino aquello que fuera materialmente mensurable.



Ambos factores –el rechazo de la religión y el encierro en un materialismo cientificista- condujeron al olvido de la dimensión más básica de lo real, promoviendo con ello una cultura chata y empobrecedora de lo humano, que todavía sigue estando mayoritariamente vigente.



La institución religiosa, por su parte, tampoco favoreció un mejor desenlace. Con valiosas excepciones individuales, la institución en cuanto tal optó por encastillarse en su propia perspectiva y en su consolidado estatus de poder [1]. Una actitud ultradefensiva, igualmente ciega para captar la transformación que se estaba operando en la sociedad, la llevó a condenar en bloque la modernidad, afirmando tajantemente –en el Syllabus, de 1894- la incompatibilidad entre la Iglesia y la civilización moderna.



¿Qué cabía esperar de un enfrentamiento en gran medida "ciego" por ambas partes? Que el diálogo se hiciera imposible y todos saliéramos perdiendo. Habría que esperar al Concilio Vaticano II, a mediados del siglo XX, para que la Iglesia se aviniera a comprender al mundo moderno nacido casi cinco siglos antes... ¡Y eso ocurría cuando se estaba ya realmente gestando lo que se ha venido en llamar postmodernidad!



Hasta el gran acontecimiento conciliar, la institución eclesial vivió prácticamente de espaldas al mundo, encerrada en su propio lenguaje, en una teología abstracta y una religiosidad espiritualista que no lograba conectar con las grandes cuestiones que se estaban planteando los seres humanos. La modernidad, por su parte, renegó de todo lo que sonara a "religioso" y, por extensión, a "espiritual".



La consecuencia no podía ser otra que la que fue: el desprestigio de lo religioso y el olvido de lo espiritual [2]. Y, con ello, la amputación de una dimensión básica de la persona y de la vida en general: aquélla que nos permite "ver" en profundidad y vivir en plenitud. Porque eso, y no otra cosa, es la espiritualidad.



¿Cómo fue posible que la institución eclesiástica alentara un concepto tan rígido y reduccionista de lo religioso? ¿Cómo fue posible, igualmente, que la modernidad se empeñara denodadamente en negar una dimensión fundamental del ser humano? ¿Cómo fue posible, en fin, tanta ceguera?



Tras siglos de malentendidos, parece claro que se impone todo un proceso de recuperación, que habrá de incluir la deconstrucción de lo que se ha presentado como "espiritualidad", para poder construir sobre bases firmes. Pero tenemos algo a nuestro favor: parece ser que nos hallamos en el umbral de un nuevo estadio de conciencia (transpersonal) y estamos asistiendo a la emergencia de un nuevo modo de conocer (el modelo no-dual). Desde esta nueva perspectiva, contamos con mayor luz para evitar cualquier reduccionismo mental.



Por otro lado, están los sucedáneos: no todo lo que se coloca la etiqueta de "espiritual" encaja en lo que es una espiritualidad auténtica. Como tendremos ocasión de ver en su momento, los riesgos de engaño o reducción vienen de dos direcciones.



Por un lado, en ciertos círculos de la Nueva Era o influidos por ella, suele presentarse la espiritualidad como la búsqueda de un bienestar que, por más que se designe como "integral", no parece superar los límites del narcisismo y de la charlatanería. Frente a la "dureza" de la situación cotidiana, es tentadora la huida a "paraísos narcisistas", refugios de un ensimismamiento adolescente, que nuestra propia cultura promueve.



Por otro lado, en los grupos religiosos más estrictos, probablemente por un instintivo mecanismo de defensa, se promueve una "espiritualidad" rígida y exclusiva, con notables tintes dogmáticos y autoritarios.



En el primer caso, parece imperar la ley del "todo vale", con tal de que favorezca el bienestar: representaría al postmodernismo extremo. En el segundo, el criterio parece ser la creencia mental de estar en posesión de la verdad: sería la voz del integrismo mítico.



Lo que ofrezco en estas páginas son unos sencillos "apuntes" que quieren aportar luz para plantear lo que es la espiritualidad, al margen de identificaciones "religiosas" y de reduccionismos postmodernos.



La espiritualidad genuina no es reductiva, porque no niega ni esconde ningún dato de lo real; mucho menos, busca el bienestar del yo, dado que en su esencia consiste nada menos que en la desapropiación del mismo. Pero, por otra parte, tampoco es religiosa: con lo cual no se niega la dimensión espiritual de la religión, pero se subraya la especificidad propia de aquélla, teniendo en cuenta las confusiones que arrastramos.



La espiritualidad es, por definición, transreligiosa. Si bien las religiones serán tanto más vivas y humanizadoras cuanto más se alimenten de ella, no cabe duda de que las trasciende. Si cada confesión religiosa constituye un "mapa" que trata de aportar indicaciones, señales y orientación, la espiritualidad es el "territorio" vivo al que los mapas querían conducir. Es claro que no tiene por qué existir enfrentamiento entre unos y otro, pero tampoco identificación. De hecho, en el inicio de cualquier tradición religiosa encontramos a personas sabias que han visto y recorrido el "territorio"; sus sucesores han tratado de trazar "mapas". Pero, en realidad, la espiritualidad no exige la adhesión a fórmulas, dogmas o credos; sencillamente, aporta "instrucciones" para que cada persona pueda experimentar y verificar la verdad de lo que es.



Lo que buscamos es conectar con la sabiduría espiritual que nos permita acceder al territorio, transitarlo y vivirlo. Ahí descubrimos que es siempre pleno y compartido: nadie queda excluido.



Y lo que nos jugamos en ello es nada menos que la posibilidad de una vida plena. La espiritualidad es la puerta que conduce a la plenitud: ¿cómo ignorarla, sin amputar gravemente lo que somos?



Enrique Martínez Lozano



[1] La doble afirmación de Bruno Barnhart me parece pertinente: por un lado, el reconocimiento de que "una de las corrientes más debilitadoras del cristianismo occidental ha sido la separación de la «espiritualidad» de la vida humana ordinaria y de la teología"; por otro, la que se refiere a la actitud ultradefensiva de la Iglesia: "Encerrada en una verdadera fortaleza de institución y doctrina desde la Reforma, la Iglesia oficial se retiraba cada vez más, bajo la presión de un ambiente político y cultural desfavorable, a un gueto sagrado... De hecho –sigue diciendo-, "cuando los antiguos Estados Pontificios y luego Roma fueron incorporados al nuevo reino de Italia (c. 1860-1870), el Papa Pío IX se hizo a sí mismo un «prisionero permanente en el Vaticano»" [Toda una metáfora de la actitud de la Iglesia ante la modernidad]: B. BARNHART, Un espíritu, un cuerpo. La revolución participativa de Jesús, en J.N. FERRER – J.H. SHERMAN (eds.), El giro participativo. Espiritualidad, misticismo y estudio de las religiones, Kairós, Barcelona 2010, pp.337.345.504.



[2] Sobre el mito de la "objetividad" de la ciencia y sus (inconscientes) presupuestos metafísicos, que habrían de sentar las bases de una actitud secularista empobrecedora de lo humano, y que en realidad son fruto de prejuicios y de un reduccionismo chato e ignorante, puede verse el estudio de A. WALLACE, La ciencia de la mente. Cuando la ciencia y la espiritualidad se encuentran, Kairós, Barcelona 2009. Lo más grave es que "el materialismo científico [que no es sino un "dogma filosófico", fulminado ahora por los descubrimientos de la física cuántica] se sigue confundiendo con la propia ciencia... [De esa manera], el materialismo científico adquiere el prestigio de la ciencia, al mismo tiempo que evita el examen en esas áreas en las que difieren" (p.144).