miércoles, 19 de noviembre de 2014

Recordando a los Jesuitas y 2 mujeres Mártires en la UCA - 25 años


EL JARDÍN DE LA SANGRE
Pedro Miguel Lamet

Ayer celebrábamos el 25 aniversario de los mártires de El Salvador. Recordaba yo hace cinco años  en este mismo blog cómo viví el día que mataron a Ellacuría, después de que me visitara en Madrid pocas jornadas antes.  Así la iglesia  salvadoreña se pronunció ayer a favor de que haya justicia en el caso del asesinato de seis sacerdotes jesuitas y dos colaboradoras ocurrido hace exactamente 25 años y que sigue impune:  “Nosotros, como iglesia, siempre estamos a favor de la justicia en el caso de nuestros hermanos jesuitas, ojalá el derecho de la nación lo permita, que tengamos un estado de derecho tan capaz de hacer justicia y de conocer la verdad”, señaló en una rueda de prensa el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar.
He aquí mi soneto y homenaje a estos inolvidables compañeros y amigos:

EL JARDÍN DE LA SANGRE
(A los mártires de El Salvador)
Se ha quebrado la noche enamorada
en el jardín de sangre de la vida
donde nacieron rosas de una herida
y se enterraron sueños de alborada.
Se pudre en el silencio y sepultada
aquella carne noble y abatida,
mientras pierden los pobres la partida
en la guerra del dólar desatada.
Pero esa voz que calla entre los muertos
sigue gritando al mundo con más bríos
la plenitud que vuestra muerte inicia,
que es hora de cambiar nuestros desiertos
por el mar que anunciaban vuestros ríos:
¡Amor es combatir por la justicia!
Pedro Miguel Lamet

16 DE NOVIEMBRE DE 2014.
25 AÑOS DEL ASESINATO EN LA UCA DE EL SALVADOR




La sangre de los mártires...
José Mª R. Olaizola sj

El 16 de noviembre se cumplieron 25 años del asesinato, en la Universidad Centroamericana (UCA), de la comunidad de jesuitas que allí vivía, junto con la mujer que trabajaba en la casa y su hija. Una vez pasada la efeméride, la memoria y el aniversario, antes de que la actualidad envíe al olvido a esa noticia, conviene apuntar algunas lecciones que nos da la historia y la vida.

Lo primero es tratar de entender los conflictos. No se trata solo de que el ejército los matara por defender a los pobres (aunque eso ocurrió). Se trata de una historia más larga. Una historia jalonada por otros nombres: Rutilio Grande, Monseñor Romero, y tantos hombres y mujeres que, en El Salvador, se implicaron en una lucha por transformar la sociedad. Se trata de la opción de una iglesia encarnada y enraizada en un contexto herido y golpeado, por leer el evangelio en clave profética y transformativa. Se trata de la valentía de quienes, frente a la conveniencia, la comodidad o la seguridad, eligieron la justicia que nace de la fe. Se trata de la dinámica terrible del pecado que mutila, oprime y trata de imponer su lógica implacable. Pecado que genera estructuras excluyentes. Pecado que ciega a quienes se dejan envolver por su canto de egoísmo y dominio. Pecado que prefiere los golpes a las palabras, las armas a las herramientas, los profetas muertos a los profetas vivos.

Es bueno, y es necesario, conocer esas historias. Entender qué fue la teología de la liberación, y qué puertas abrió en aquel contexto americano, donde la polarización era terrible. Comprender las luces y las sombras personales, eclesiales y sociales que entraron en juego. Vibrar al constatar que la sangre de los mártires no quedó impune, sino que sirvió para remover conciencias, inercias y convenciones -aunque siga, interminable, la batalla entre egoísmo y generosidad, odio y amor, opresión y justicia-.

Si, como se viene anunciando, 2015 va a ser el año de la beatificación de Monseñor Romero, será una gran ocasión para releer su vida, su compromiso y su conversión. Para salir de estereotipos y clichés que todo lo interpretan en claves ideológicas. Y para dejar que estas vidas comprometidas nos recuerden, a los cristianos de todos los tiempos y contextos, que el que no da la vida (cada día), la pierde.

 La sangre de los mártires...
José Mª R. Olaizola sj



Mártires en la Universidad
Javier Vitoria

El 16 de noviembre se han cumplido veinticinco años del asesinato, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), de los jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín López y López; y de las dos mujeres salvadoreñas Elba y Celina Ramos que se habían refugiado en la casa de los jesuitas. Quiero con este texto contribuir a la memoria imperecedera de los mártires de la UCA

Mártires y santas
El testigo es una figura muy importante en el judaísmo y en el cristianismo, donde la verdad se transmite a través del testimonio de los hombres y de las mujeres.

La fuerza del acontecimiento que recordamos radica en que su asesinato, consecuencia del conflicto que generaron sus vidas entregadas al servicio de la fe y la justicia, convierte a todos ellos en testigos públicos de la verdad. Ellos metabolizaron su conocimiento de la verdad en sabiduría y vida. Tuvieron el íntimo convencimiento de que en el debate de las ideas no se ventilaban simples opiniones sino el destino de los pueblos empobrecidos. Y pusieron sus vidas al servicio de la liberación de esos pueblos, que Ellacuría llamó «pueblos crucificados».

14 años antes… la XXXII Congregación de la Compañía de Jesús había respondido a la pregunta «¿qué significa ser jesuita?» de la siguiente manera:

«Reconocer que uno es pecador y, sin embargo, llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue S. Ignacio: Ignacio, que suplicaba insistentemente a la Virgen Santísima que “le pusiera con su hijo” y que vio un día al Padre mismo pedir a Jesús, que llevaba su cruz, que aceptase al peregrino en su compañía.

¿Qué significa hoy ser compañero de Jesús? Comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige.

La Compañía de Jesús reunida en su congregación General XXXII, después de considerar el fin para que fue fundada, es decir, la mayor gloria de Dios y el servicio de los hombres, después de reconocer con arrepentimiento sus propios fallos en la defensa de la fe y en la promoción de la justicia, y de preguntarse a sí misma ante Cristo crucificado, lo que ha hecho por Él, lo que está haciendo por Él y lo que va a hacer por Él, elige la participación en esa lucha como el punto focal que identifica en la actualidad lo que los jesuitas hacen y son».

Aquellos seis jesuitas, como muchos otros, se creyeron la proclama de la Congregación. Ignacio Ellacuría reformuló el diálogo de los Ejercicios Espirituales, referido en el texto citado, para preguntarse qué he hecho por los pueblos crucificados, qué hago por ellos, qué debo hacer por ellos.

Los mártires de la UCA trataron de responder biográficamente a esas preguntas. Dedicaron sus recursos intelectuales a comprender más profundamente el sufrimiento de los pueblos latinoamericanos empobrecidos por estructuras injustas y a combatirlo más eficazmente. Contemplaron a esos pueblos como la «continuación histórica del Siervo de Yahvé» y los consideraron «pueblos crucificados»[1]. Los seis compañeros de Jesús, asesinados en el campus universitario de la UCA, no solamente se hicieron cargo de la realidad de esos pueblos y de su significado para la fe sino que todo su hablar y pensar sobre ellos se sustanció en la praxis de encargarse de desclavar y bajar de la cruz a los crucificados[2]. Consecuentemente terminaron cargando con el destino histórico de esos pueblos y de Jesús de Nazaret: les mataron injustamente hace veinticinco años. Es ley de nuestro mundo: «quien se mete a redentor termina crucificado».

Con razón les consideramos «mártires jesuánicos», pues en lo sustancial han seguido a Jesús, han vivido dedicados a su causa y han muerto por sus mismas razones[3]. También, con verdad, podemos reconocer y proclamar la «santidad primordial» de Elba y Celina Ramos, dos mujeres pobres del pueblo crucificado salvadoreño, y por esa sola condición privilegiadas del Dios de las bienaventuranzas y del «Magnificat». Reconocemos en ellas no una santidad de las virtudes heroicas, sino la de una vida realmente heroica, pues respondieron a la vocación primordial de la creación, a la llamada de Dios a vivir y dar vida a otros, aun en medio de la catástrofe[4].

Seducción y contagio
Una conmemoración, honrada con lo real, de unas vidas como las de los mártires de la UCA, entregadas hasta la muerte «ad maiorem Dei gloriam» («la vida del pobre», en palabras de Mons. Óscar Romero), nos impide centrarnos en ellas para hacerlo en los crucificados de la historia.

El 9 noviembre 1989, siete días antes del asesinato, cayó el muro de Berlín. Alguien dijo entonces que había comenzado el s. XXI.

Veinticinco años después es verdaderamente trágico constatar el importante número de muros (visibles e invisibles) que hemos levantado en nuestro mundo desde entonces, y que siguen perpetuando la tragedia de los pueblos crucificados. No me voy a detener en su enumeración y descripción. Pero no puedo dejar de mencionar a las víctimas de la cronificación de la pobreza en España, de “la shoah africana”, del “holocausto” que casi diariamente acontece en las aguas del Mediterráneo o en las concertinas de Ceuta y Melilla y de la debacle mundial provocada por «una economía de la exclusión y la inequidad», que «mata» y origina «una cultura del descarte», como ha denunciado el papa Francisco[5].

Un sistema económico que controla -¡no lo olvidemos!- las instituciones políticas democráticas hasta el punto de que, como denunció hace unos meses Intermon/Oxfan, ha secuestrado los procesos democráticos, consiguiendo que los gobiernos sirvan abrumadoramente a las élites económicas en detrimento de la ciudadanía de a pie. En este contexto tiene sorprendente actualidad el editorial que Ellacuría escribió en 1979 con el título «A sus órdenes, mi capital», tras la claudicación de una Junta militar que pretendía instaurar de una vez la democracia y la reforma agraria, como consecuencia de las presiones de las grandes corporaciones internacionales y la oligarquía nacional.

Tantas historias de sufrimiento debieran llevarnos necesariamente a hablar, seguramente con un lenguaje políticamente incorrecto, de víctimas de la injusticia, cuando nos percatamos que no son naturales, atemporales y moralmente neutras, sino históricas y cargadas de culpas y responsabilidades. Variados mecanismos económicos y sociales -«estructuras de pecado» los llamó Juan Pablo II (cf. SRS 16.36.40.46)- han hecho y hacen posible nuestra barbarie, la del s. XXI: la inhumanidad de un mundo donde el presente de millones de seres humanos es vivir infrahumanamente y el exterminio su futuro inmediato; y donde simultáneamente una minoría privilegiada de la misma especie vive indiferente ante «los llantos inaudibles de los que nada esperan ya de nadie» (J. Gil de Biedma), sin percatarse que ««indiferencia y crimen son lo mismo» (Marek Edelman).

La memoria de los mártires se nos ofrece como una invitación a actualizar y recrear la excelencia de su camino cristiano en el nuestro. Pretende repercutir en nosotros como seducción y contagio que nos impulsen a dar respuesta personal e institucional al diálogo ante el Crucificado, actualizado por Ellacuría: qué hemos hecho, qué hacemos y qué debemos hacer por los crucificados para que nuestras vidas e instituciones (también la universidad católica y sus business school) alcancen la excelencia cristiana. Seguramente este ejercicio nos exigirá conversión y fe en que tiene sentido luchar por un mundo más justo.

Su servicio a la fe: una posibilidad de bondad y amor en medio de la barbarie
Los datos empíricos de la injusticia se levantan en el mundo como la gran impugnación de la voluntad salvífica de Dios, como la aniquilación de su presencia saludable y liberadora entre los hombres. La negación del derecho y la justicia entre los seres humanos atenta directamente al contenido del credo cristiano, en cuanto que parece desmentir esa soberanía de Dios que, como Misericordia Fiel, se va haciendo historia de nuestra historia y carne de nuestra carne en los envíos del Hijo-Jesucristo y de su Espíritu.

Así, pues, el cristianismo es una religión del Amor por una parte generador de esperanza y cuestionado, por otra, a causa de la existencia misma de las víctimas de la injusticia. Éstas exigen que el amor tenga que hacerse histórico y transformador de la historia.

Los mártires de la UCA, en su caminar sin salirse de la historia, encarnándose y profundizando en ella, tuvieron la convicción de que el camino que iban haciendo al andar tenía un origen último en el que se da la iniciativa para todo lo bueno y un fin último plenificante. Su convencimiento fue un saber de fe, transcendente, fruto de la gracia. Para ellos los pueblos crucificados fueron la mediación de esa gracia. De las víctimas recibieron el dinamismo para la praxis del caminar bajando de la cruz a los pueblos crucificados[6].

Con su caminar fiel hasta el final testificaron en medio de la barbarie una posibilidad de la bondad, que no permite escapar del peligro, del hambre, de la tortura y de la inminencia de la muerte; una bondad que no presupone ciertamente ninguna fe en Dios, pero que lleva a pensar que si la vertiginosa profundidad del mal no ha tomado al asalto todos los corazones humanos es porque, a pesar de su tenebroso poder, el mal no puede erradicar la anterioridad inmemorial de la bondad (cf., Gn 1, 31).

Por todo ello sus vidas y sus muertes son una invitación permanentemente a interpretar el Misterio último de la historia como Amor compasivo y Bondad radical con las víctimas de la injusticia. Las vidas y prácticas de estos testigos “redimen” a Dios de su insignificancia y de su deshonor en la historia del sufrimiento y emiten noticias acerca de un Dios Amigo aún en medio del holocausto de la pobreza. En una palabra, convierten en verdad aquella afirmación que un autor de la Cábala hace decir a Dios, dirigiéndose a su fieles: «Si vosotros dais testimonio de mí, yo seré Dios; de lo contrario, no».

Seguramente no hay otro modo más elocuente de servicio a la fe cristiana que éste que ellos nos invitan a compartir.

***
[1]Cf., El pueblo crucificado en I. Ellacuría/J. Sobrino (ed.), Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación II, Trotta; Madrid 1990, pp. 189-216.
[2]La fórmula «bajar de la cruz al pueblo crucificado» la utilizó por primera vez I. Ellacuría en Las Iglesias latinoamericanas interpelan a la Iglesia de España en Sal Terrae 3 (1982), p. 230.
[3]Cf. J. Sobrino, Los mártires jesuánicos en el Tercer Mundo en RLT 48 (1999),  p. 241.
[4] Cf. Id., Terremoto, terrorismo…, Trotta, Madrid, pp. 123-168.
[5]Cf. Evangelii Gaudium n.53.
[6]Cf. J. Sobrino, La fe en Jesucristo…, pp.476-477.




Ignacio Ellacuría, veinticinco años
Xabier Pikaza Ibarrondo

Se cumplen veinticinco años de esa foto. Ignacio Ellacuría Beascoechea había nacido en Portugalete, Vizcaya (9.11.1930), y fue asesinado en San Salvador (15.11.1989). Era filósofo, analista político y teólogo, vasco SJ, naturalizado en el Salvador.

Fue discípulo y amigo de X. Zubiri, cuyo realismo filosófico e histórico quiso desarrollar. Como analista político fue el hombre que mejor comprendió la trama social de Centroamérica. Sus “lecciones” semanas de análisis socio-político, en la línea de Oscar Romero, como rector de la Universidad Centroamericana (UCA) le ganaron renombre internacional, y fueron en el fondo causa de su muerte. Como teólogo quiso ver a Dios en la trama de la vida humana, en línea de libertad.

Fue de los grandes protagonistas de la historia del Salvador, de donde tuvo que salir “desterrado” entre el 1977 y 1978, tiempo en el compartió con más intensidad los trabajos del Seminario Zubiri, en Madrid, donde nos conocimos. En noviembre del 1989 vino a Barcelona para recibir el premio de la Fundación Comín, en una situación de gran conmoción, que le hizo volver antes de tiempo al Salvador (13.XI.89). Fue asesinado el 16.XI.89. Los militares que le mataron robaron el importe del premio Comín que el tenía depositado en dólares en el estante de su habitación.

Mataron con él a otros jesuitas Ignacio Martín Baró, Segundo Montes,Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, y también a Elba Julia Ramos, que estaba al servicio de la Residencia, con su hija, Celina, de 15 años (Jon Sobrino, de la misma casa y comunidad estaba de viaje).

Les “ejecutaron” los miembros de un batallón militar del Salvador, bajo inspiración del Mayor Roberto d'Aubuisson Arrieta (1944-1992), con cobertura de espionaje, se dice, de la CIA. Quienes les mataron conocían bien sus movimientos (acababa de volver de España). Para "emborronar" su muerte mataron a sus compañeros y a las mujeres de la casa; no querían testigos

El juicio por su muerte sigue aún pendiente y actúa como acusador el Ministerio Español de justicia que, a propuesta del ministro Francisco Caamaño, pidió el año 2011 la extradición de algunos responsables de su muerte (cf. http://es.wikipedia.org/wiki/Ignacio_Ellacur%C3%ADa).

Con esta ocasión quiero ofrecer unos recuerdos personales de su vida y una valoración de su pensamiento.

1. Sobre marxismo. Tuvimos un primer contacto en los años 1977-1978, cuando él estaba “desterrado” en Madrid. Leyó mi libro Evangelio de Jesús y Crisis Marxista (Marova, Madrid 1077, edición digital: https://app.box.com/s/dm4a7zrl434fqcv0t8pn (cf. http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2014/08/02/evangelio-de-jesus-y-praxis-marxista). Ellacuría no era marxista, pero le interesaba muchísimo el análisis marxista de la economía, y así pudimos conversar, sobre la necesidad de recrear una visión y praxis social de fondo cristiano, encarnada en la realidad de América.

2. Sobre su origen vasco. No era vasco “militante” en el sentido nacionalista del término, pero era muy vasco, muy universal. Así me comentaba con humor que a finales de los años 40 les mandaron a él y a otros compañeros vascos a América… para hacer el noviciado y evitar así el peligro de nacionalismo militante vasco de sus orígenes familiares. “Nos mandaron a América ‒ me decía‒ porque en Euskadi podíamos ser “revolucionarios” en pequeño…, y en América nos hemos hecho partidarios de una revolución universal, en línea de libertad cristiana”.

3. Sobre el fanal “clásico” de griegos y latinos. Empezó a vivir en América como si América no existiera. Así me hablaba de sus sus años de formación humanista en Quito (a principios de los cincuenta), en una casa de humanidades y filosofía “donde leíamos y sabíamos de memoria los textos de Virgilio y de Homero, sin darnos cuenta de la vida y sufrimiento del pueblo, a la vuelta de la esquina de la casa. Nos tuvieron años y años protegidos, como con una venga… como si la realidad fueran los griegos clásicos (que son importantes)… y no existiera el pensamiento y vida, la historia americana”.

4. Estudios posteriores: Innsbruck, Complutense… El Salvador. Terminó su formación en Alemania y Austria (donde fue discípulo de K. Rahner) y después en la Complutense de Madrid. Conoció a X. Zubiri, fue su discípulo y amigo, el mayor de sus amigos, el mejor de sus exponentes. Escribió sobre él la tesis (1965) y volvió al Salvador, donde fue amigo de Óscar Romero, quizá su mayor inspirador, era compañero de J. Sobrino, fue Rector de la UCA, uno de los hombres más influyentes de América Latina, por lo que fue asesinado por aquellos que querían un dominio militar y político sobre el pueblo, contra el pueblo, a veces en nombre de la libertad cristiana. Pero esto ya se sabe, se conoce bien, no quiero insistir en ello.

5.Últimos encuentros. Nos vimos dos o tres veces en los años finales de su vida. Conversamos sobre todo de filosofía y teología de la historia, entre los años 1975-1979, cuando venía con cierta frecuencia a España, por razón de su cargo de rector de la UCA y para impartir cursos de pensamiento cristiano. Quedó cortada una larga conversación, el mismo 1979… Le “presté” un libro sobre teología de la historia, que quedó con él en la UCA. No pudimos seguir hablando, porque le mataron.

6. Hace veinticinco años… Me habían operado por dos veces de los ojos en Salamanca, y las cosas no habían salido bien, llevaba dos meses largos sin moverme de la cama, esperando que los ojos se ajustaran. Precisamente el 15 de noviembre mi amigo y superior entrañable Ricardo Sanlés pidió una cita en el Barraquer de Barcelona; saldríamos en avión en 17… Pues bien, el 16 cuando se dio la noticia, yo estaba un poco “flojo de ánimo” y me dio hasta envidia cuando escuché la noticia. Me pareció que era fácil morir así, de dos tiros… Pero comprendí que para morir así había que merecerlo. Ignacio estaba maduro para dar la vida. Me llevaron a Barcelona y curaron mis ojos. Durante el tiempo largo de convalecencia me ayudaron muchos amigos, entre ellos el recuerdo de Ignacio.

7. Dos veces en el Salvador, en la casa (ante la tumba) de Ignacio. Dos veces he ido después al Salvador, creo que el 1989 y el 2006, para impartir algún curso. Las dos veces he visitado la UCA, para hablar con Jon Sobrino y para visitar la residencia con la habitación de Ignacio, el pasillo donde les mataron, la huerta, la tumba… interesándome sobre todo por las dos “mujeres” que no fueron simples víctimas colaterales del asesinato sino expresión directa de la maldad de la muerte violenta de los asesinoas.

Semblanza intelectual

(texto tomado del Diccionario de Pensadores Cristianos, Estella, Madrid 1910, pag. 280-281)

ELLACURÍA, IGNACIO (1930-1989). Filósofo y teólogo católico, de origen vasco, de la Compañía de Jesús. Uno de los hombres más significativos de la Iglesia Católica del siglo XX. Estudió en Innsbruck y en la Universidad de Madrid y fue director del Seminario → Xavier Zubiri, con quien le unían lazos de amistad, comenzando la publicación sistemática de sus obras. Fue profesor y rector de la Universidad Centro Americana (UCA) "José Simeón Cañas" de El Salvador, donde realizó una labor decisiva de dirección, organización y mentalización, colaborando estrechamente con → Mons. Oscar Romero.

Asumió críticamente los movimientos de liberación de América Latina, al lado de → Jon Sobrino, convirtiéndose en la voz más significativa de la iglesia y de la sociedad civil latinoamericana. Fue asesinado con otros compañeros y miembros de la comunidad jesuítica de El Salvadores el 16 de noviembre de 1989, siendo reconocido desde entonces como uno de los mártires cristianos del siglo XX (con → Luther King, O. Romero, D. Bonhöffer y algún otro.

El pensamiento de I. Ellacuría empezó estando marcado por el realismo ontológico de X. Zubiri, vinculado a una visión de la historia como proceso de liberación. Su aportación teológica ha sido sistematizada por J. Sobrino (con otras colaboraciones) en Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la Teología de la liberación I-II, Madrid 1990. Ella puede resumirse en estos puntos:

a. Hay que volver al Jesús histórico, entendido como principio y fuente de vida para los creyentes. El cristianismo no es una teoría, sino un movimiento histórico de liberación y salvación.

b. El mensaje básico del Jesús histórico y de la Iglesia no es la existencia de un Reino trascendente de Dios en cuanto separado de los hombres, sino la llegada y construcción del Reino mesiánico que se encarna y expresa en las condiciones sociales e históricas de los hombres en el mundo, abriendo un proceso de liberación, desde los más pobres.

c. La Iglesia de Jesús debe comprometerse, de un modo intenso (aunque no violento, ni militar) en la historia de los hombres, desde un análisis concreto de la realidad, denunciando las injusticias del sistema y de los opresores y anunciando y promoviendo una paz hecha de justicia y amor, desde los más pobres. Por eso, aspecto místico e institucional de la Iglesia resulta inseparable de su compromiso histórico, que ha de expresarse en formas de trasformación social.

Algunos adversarios le han acusado, diciendo que ha empleado métodos de análisis marxista de la sociedad y que ha sido partidario de la violencia institucional. En contra de eso, podemos afirmar que su pensamiento teórico ha estado más cercano a la filosofía de X. Zubiri (no a la de Marx), poniendo de relieve un tipo de realismo crítico, abierto a la toma de conciencia de la libertad personal y social, desde la raíz cristiana. En esa línea, su pensamiento crítico y creador ha sido una expansión y aplicación del mensaje liberador de Jesús, en la nueva sociedad y cultura latinoamericana de la segunda mitad del Siglo XX, en oposición a la ideología dominante del sistema capitalista, que fue el inspirador y causando real de su muerte.

Por escribir lo que escribió y pensar lo que pensaba fue asesinado. Entre sus escritos:

La principalidad de la esencia en X. Zubiri I-III (Madrid 1965);
Teología Política (El Salvador 1973);
Carácter político de la misión de Jesús (Lima 1974);
Conversión de la Iglesia al Reino de Dios (Madrid 1984).

Su obra filosófica más significativa es la Filosofía de la realidad histórica, publicada tras su muerte (Madrid, 1991) . En esa obra dialoga con mi libro sobre Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños. Mt 25, 31-46 (Sígueme, Salamanca 1984)

Otros trabajos suyos han sido recogidos en Escritos universitarios (San Salvador 1999).




Carta de Jon Sobrino a 25 años del martirio en la UCA
(Jon Sobrino, en Reflexión y Liberación).- Comenzamos con los seis jesuitas. Después de Medellín, 1968, y tocados por el sufrimiento del pueblo se convirtieron. Aceptaron que ser jesuita es luchar, no sólo trabajar. Luchar por la fe, y más sorprendente aún, luchar por la justicia. Así lo exigía la realidad y así lo dijo la CG XXXII (D 2. 2). Su muerte confirmó lo que la misma congregación había previsto lúcidamente: "No trabajaremos en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio" (D 4. 46).
Los mártires de la UCA lo hicieron cada uno según sus talentos, y es bueno recordarlo para que todos nos podamos sentir cuestionados y animados. Permítanme detallarlo mínimamente.
Ellacuría, 59 años, filósofo y teólogo, rector. Repensó la universidad desde y para los pueblos crucificados. Puso todo su peso para combatir la opresión y represión, y para conseguir una paz negociada.
Segundo Montes, 56 años, sociólogo, fundador del Instituto de Derechos Humanos. Se concentró en el drama de los refugiados dentro del país y sobre todo de los que tenían que abandonarlo, los emigrantes, que entonces huían de la represión violenta y ahora del hambre y la falta de trabajo. Los visitaba en los campos de refugiados en Honduras.
Ignacio Martín-Baró, 44 años, psicólogo social, pionero de la psicología de la liberación, fundador del Instituto de Opinión Pública de la UCA para facilitar que se conociese la verdad y dificultar que ésta quedara oprimida por la injusticia. Cada fin de semana visitaba comunidades suburbanas y campesinas con las que celebraba la eucaristía.
Juan Ramón Moreno, 56 años, profesor de teología, maestro de novicios y maestro del espíritu, acompañante de comunidades religiosas. En Nicaragua participó en la campaña de alfabetización. Amando López, 53 años, profesor de teología, antiguo rector del seminario de San Salvador y de la UCA de Managua. En ambos países defendió a perseguidos por regímenes criminales, a veces escondiéndolos en su propia habitación.
Por último Joaquín López y López, 71 años, el único salvadoreño de nacimiento, hombre sencillo y de talante popular. Trabajó en el colegio y fue el primer secretario de la UCA en 1965. Después fundó Fe y Alegría, institución de escuelas populares para los más pobres.
Fueron muy distintos, pero todos ellos fueron seguidores de Jesús y jesuitas. Es lo que nos dejan. En ellos podemos mirarnos para saber lo que debemos ser y hacer. Digamos una palabra sobre lo que fue más suyo.
Seguidores de Jesús. Reprodujeron en forma real, no intencional o devocionalmente, la vida de Jesús Su mirada se dirigió a los pobres reales, aquellos que viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Y se movieron a compasión. "Hicieron milagros", poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y "expulsaron demonios".
Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerza armada, y de ellos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente. Murieron como Jesús, y han engrosado una nube de testigos, cristianos, religiosos, también agnósticos, que han dado su vida por la justicia. Estos son los "mártires jesuánicos", referente esencial para los cristianos y para cualquiera que quiera vivir humana y decentemente en nuestro mundo. Su bautismo fue de Espíritu de sangre y siguieron a Jesús.
Con el espíritu de san Ignacio. En este punto me voy a detener un poco más pues hoy se habla mucho de espiritualidad ignaciana. Creo que nos pueden ayudar a historizar a san Ignacio ciertamente en el tercer mundo y a hacerlo útil para comprender mejor a Jesús.
El otro Ignacio, Ellacuría, hizo una relectura de los Ejercicios desde la realidad del tercer mundo. Tres puntos me parecen fundamentales, y pueden fungir como presupuestos ignacianos de la opción por los pobres y la lucha por la justicia.
1) Mirar la realidad de nuestro mundo y captarla como "pueblos que están crucificados". Ante ellos la reacción fundamental -sin necesidad de discernimiento- es "hacer redención".
2) Ser honrados con nosotros mismos, jesuitas, y preguntarnos "qué hemos hecho para que esos pueblos estén crucificados y qué vamos a hacer para bajarlos de la cruz".
3) Tomar en serio -quizás lo más difícil y menos frecuente- que hay dos modos de caminar en la vida, de ser jesuitas, construir la sociedad y la universidad.


Son caminos opuestos y están en pugna. Uno es el camino de la pobreza, que lleva a oprobios y menosprecios; hoy diríamos humillaciones, difamaciones, amenazas; y de ahí a la humildad, a la hondura de lo humano, a la verdadera vida. El otro es el camino de la riqueza, que lleva a los honores mundanos y vanos; hoy diríamos al prestigio entre los grandes de este mundo; y de ahí a la arrogancia, a una vida falseada, personal e institucional. En resumen, uno conduce a la salvación -humanización- y el otro a la perdición -deshumanización. Se trata de ganar o perder la vida, como dice Jesús. Y de estar dispuestos a pagar el precio.
En términos de estructuras, Ellacuría insistía en que hay que elegir entre una civilización de la pobreza -afín a una civilización del trabajo- y una civilización de la riqueza -afín a una civilización del capital. Ésta, que predomina en el mundo, ha generado una civilización gravemente enferma. Aquélla, la que hay que construir, puede revertir la historia y sanar la civilización.
Estos tres puntos: pueblo crucificado, necesidad de liberación, camino de la pobreza -más la honradez con nosotros mismos- son, en mi opinión, lo que más resplandece en la ignacianidad de los mártires de la UCA y lo que mejor explica por qué que acabaron como acabaron. En la tradición de san Ignacio ciertamente hay otras muchas cosas importantes a tener en cuenta: el "magis", "a mayor gloria de Dios", "en todo amar y servir", "el bien cuanto más universal más divino" -todo lo que se menciona con frecuencia en la explosión ambiental de ignacianidad que hoy existe.
Los tres puntos que hemos mencionado en mi son más fácilmente comprensibles, también por los no iniciados en ignacianidad, y ciertamente por los pobres. Y en mi opinión tienen menos peligro de perderse en el ámbito de lo conceptual e intencional. Expresan realidades claramente históricas y verificables.
En este contexto me parece oportuno recordar un hecho singular: los mártires de la UCA nunca discernieron si era voluntad de Dios permanecer en el país, con riesgos, amenazas y persecuciones, o salir. Ni se les ocurrió. Para ver cuánto de explícitamente ignaciano había en ese proceder pienso que hay que ir al primer tiempo de hacer elección: "sin dubitar ni poder dubitar" (Ejercicios n. 175). Hay que preguntarse "que movía y atraía la voluntad". Si era "Dios nuestro Señor" comunicándose al alma, como en la formulación de san Ignacio, o si eran realidades históricas: "el sufrimiento del pueblo", que no dejaba vivir en paz; "la vergüenza que daba abandonar al pueblo"; "la fuerza cohesionante de la comunidad"; "el recuerdo enriquecedor de Monseñor Romero, de nueve sacerdotes y cuatro religiosas asesinadas"; incluso el "haberse acostumbrado a la persecución". Pienso que todo ello movía la voluntad e iluminaba las decisiones y el camino a seguir. En el lenguaje de los ejercicios, en ello y a través de ello Dios estaba realmente causando el sin dubitar ni poder dubitar. Pero Dios no actuaba a través de cualquier cosa, sino de las que hemos mencionado.
El Espíritu de Dios mueve a caminar, pero su fuerza pasaba a través del pueblo sufriente. Así ha parafraseado Pedro Casaldáliga el conocido poema de Antonio Machado: Camino que uno es,/ que uno hace al andar./ Para que los atascados/ se puedan reanimar./ Haz del canto de tu pueblo/ el ritmo de tu marchar.
Así, pienso yo, discirnieron los jesuitas de la UCA. Se dejaron atraer y llevar por la realidad. Es la sinergia de Dios y del pueblo sufriente. Y no se me ocurre otra manera de explicar por qué se quedaron.
Quisiera terminar esta reflexión sobre su ser jesuitas recordando que "murieron en comunidad". Pudo no haber sido así, y pudiera haber sido asesinado sólo Ellacuría, el enemigo principal. Pero hay una verdad importante -providencial si se quiere-, en que su muerte fuese "en comunidad". Así había sido su vida y trabajo, con alegrías y tensiones, con virtudes y pecados, pero siguiendo una sola línea bien trazada. Y así expresaron que la Compañía está hecah de "todos". Es "cuerpo", no suma de individuos, algunos de ellos geniales, otros normales.
Esta comunidad de seis jesuitas se integró en una comunidad mayor, el cuerpo de la Compañía universal. 49 son los jesuitas que han muerto en el tercer mundo, asesinados de una u otra forma, después de la CG XXXII. Entre ellos se cuentan tres estadounidenses. Francis Louis Martiseck, 66 años, nacido en Export, Pennsylvania, muerto por arma de fuego en Mokame, India, 1979; Raymond Adams, 54 años, nacido en New York, muerto por arma de fuego en Cape Coast, Ghana, 1989; Thomas Gafney, 65 años, nacido en Cleveland Ohio, asesinado en Katmandú, Nepal, 1997.
No es infrecuente recordar "las glorias de la Compañía", las reducciones del Paraguay, Mateo Ricci en China... Hoy, estos mártires, unos más famosos, otros menos, son la gloria de la Compañía. Y sobre todo son ellos los que mantienen a la Compañía con vida. Una semana después del asesinato del Padre Rutilio Grande el Padre Arrupe escribió:
"Éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario" (19 de marzo, 1977).


+ La gracia de los mártires
Hemos recordado a mártires. Su vida y su muerte son de gran dureza, y por eso mis palabras pueden sonar fuertes. Pero también es verdad que a ellos se dirigen lasbienaventuranzas de Jesús. Y que para nosotros son -pueden ser- una bendición: nos animan a entregarnos a los demás y a tener esperanza, ánimo que no se encuentra, con esa fuerza, en ninguna otra parte, ni en la liturgia ni en la actividad de la academia.
En navidad decimos que en Jesús de Nazaret "ha aparecido la benignidad de Dios". En semana santa escuchamos en boca de Pilato que ese Jesús es "el hombre verdadero", "el que cargó con la realidad por amor a los pequeños". De ahí el "ecce homo". Ambas cosas, la aparición de Dios y de lo humano en un mundo en oscuridad es una buena noticia.
Eso es lo que celebramos en este acto universitario. Los seis jesuitas de la UCA nos llevan en su fe, de la que podemos tener alguna noticia, aunque sea caminando en silencio y de puntillas. Julia Elba y Celina nos llevan en la suya, pero de manera distinta. Yo al menos, no puedo entrar hasta el fondo en su misterio. Pero Dios sí les conoce y ellos -Dios sabe cómo- nos llevan a Dios.
Y contra toda ciencia y prudencia, los mártires generan esperanza. Miles de campesinos pobres, con familiares muertos, se juntan la víspera del 16 de noviembre en la UCA para celebrar unos con otros, rezar y cantar. Jürgen Moltmann lo ha teorizado muy bien: "no toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús, quien, por amor, tomó sobre sí la cruz".
Termino. Quiero agradecer muy sinceramente a la Universidad de Santa Clara por la oportunidad que me ha dado de dirigirles estas palabras. Me han permitido hacer presente de algún modo el sufrimiento y la esperanza de un pueblo admirable y la memoria de mis hermanos y hermanas de la UCA. También quiero agradecerles el honor personal que me hacen. Me remite al cariño que me mostraron hace veinte años. Y lo interpreto como símbolo de solidaridad de esta Universidad con la UCA y con todo el pueblo salvadoreño.
+ Mis palabras finales son las que escribí aquí hace veinte años
Descansen en paz Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Matín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, compañeros de Jesús. Descansen en paz Julia Elba y Celina. hijas muy queridas de Dios. Que su paz nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz.
Jon Sobrino