viernes, 31 de octubre de 2014

Nuestra especie está en peligro - Sebastiao Salgado

Mañana llega a las pantallas 'La sal de la tierra', un excepcional documental sobre el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado


Dos de sus series más famosas, Éxodos y Génesis, tienen títulos con connotaciones religiosas. ¿Es usted creyente después de todo lo que ha visto?
No soy creyente. Para mí Dios no es bueno ni es malo, no tiene ningún sentido. Si consideramos la existencia del planeta, los miles de años que hace que existe, y que Dios es a imagen y semejanza del hombre, entonces Dios empezó a existir muy recientemente, ¿no? En lo que sí creo es en un orden general de las cosas. Hay una organización que sí que se hizo, que es la evolución, el perfeccionamiento de las especies. Existe una inteligencia, un racionalismo profundo que no se da únicamente en la especie humana. Está en todas las cosas: en la vida mineral, animal y vegetal. Y nosotros formamos parte de este gran orden general. Tal vez la persona más importante para mí no sea Dios, sino Darwin. Por eso cuando inicé el proyecto Génesis quise empezar por las Islas Galápagos, para intentar comprender lo que sintió él cuando llegó allí en el Beagle. Yo me siento parte de este todo. Soy un ser que pertenece a una de las especies del club de los animales.

En la película se insinúa que después de Ruanda tocó fondo. ¿La depresión le llevó a pensar que la fotografía no tenía sentido?
No exactamente. Yo sabía que lo que estaba haciendo era útil. Trabajaba con organizaciones como Unicef, Acnur, Médicos Sin Fronteras y la Organización Mundial de la Salud. Y las fotografías que tomé de las hambrunas y los campos de refugiados funcionaron como base de información y también de concienciación sobre las catástrofes. Pero lo que vi en la ex Yugoslavia y en Ruanda... esa violencia es lo que más daño me ha hecho en mi vida. La violencia practicada por nuestra especie es lo peor. Somos terribles, verdaderos predadores. Esa violencia fue la que me dejó deprimido, a punto de no querer hacer fotografías nunca más. Fue un momento muy difícil de mi vida.

¿Después de aquello fue cuando decidió fotografiar el planeta como si fuera el paraíso, antes de la llegada del hombre?
Coincidió con que mis padres se hicieron mayores y mi mujer y yo nos mudamos a la hacienda en la que me crie de niño, en Minas Gerais. En mi infancia era selva tropical y cuando volvimos, más de la mitad del terreno había quedado desértico. A Lélia se le ocurrió lo de replantar la selva. Creamos un proyecto ambiental y transformamos la tierra en parque nacional. Hemos plantado más de dos millones de árboles de más de 300 especies distintas. Eso es lo que me ha permitido reconstruirme, crear una nueva escala de valores y reposicionarme en la vida. Hoy puedo decir que tengo un gran optimismo. Cuando terminé Migraciones sentía un gran pesimismo respecto a la especie humana, pero trabajando en este proyecto descubrí que sólo somos una de las miles de especies que existen. Así me llegaron las ganas de retratar las partes más puras y prístinas del planeta. Estos ocho años han cambiado mi manera de pensar respecto al planeta y a mi propia especie. Ya no me la tomo muy en serio porque ella no se toma muy en serio a sí misma.

La película desprende un profundo ecologismo. ¿Somos un peligro para el planeta?
El planeta no está en peligro, de ninguna forma. Es nuestra especie la que está en peligro. El planeta puede sanearse sin problemas.

'La sal de la tierra' va mucho más allá del biopic al uso, ¿qué le parece el resultado?
Ha sido toda una sorpresa. Mi hijo y Wim filmaron mucho y no tenía ni idea de lo que iban a hacer con todo eso. Los fotógrafos somos muy diferentes a los cineastas: nosotros somos caballos salvajes, estamos ahí y hacemos la foto sin intervención alguna, en segundos. Somos instintivos. La gente del cine trabaja con todo muy pensado, con imágenes preconcebidas, muy intelectuales y un guion específico. Después del montaje aprendí a respetar eso. Ha salido una película sobre una filosofía de vida, sobre un comportamiento ético y estético. El hilo conductor son las fotografías, pero la película va sobre alguien que ha podido ligar su vida al momento histórico.

¿Se considera un fotógrafo político?
Todos somos animales políticos. Todo el ser humano lo es, no somos imparciales, juzgamos. Pero creo que no todo mi trabajo sea político. Mis fotografías son mi modo de vida. Muchas las disparé porque me dejaron muy feliz o muy triste al hacerlo. Otras las hice porque pensaba que en ese momento tenía que denunciar una situación concreta. Pero no me veo como alguien militante.

Pero cuando presentó su serie Trabajadores quiso titularla Proletarios en un primer momento, pero su editor se lo desaconsejó...
Yo vengo de un país, Brasil, en vías de desarrollo. Y mi formación fue la de un macroeconomista. Estudié a Marx, que basa sus teorías en el capital, el trabajo y la tecnología. Para mí el trabajo siempre fue lo más importante, porque de él sale todo lo demás, de ahí nace el capital. Por eso hice un homenaje a los trabajadores, porque vi que estábamos viviendo una segunda revolución industrial y una completa reestructuración de la familia humana, un desplazamiento del campo a la ciudad colosal. Cuando yo era niño, en mi país el 90% de la población era rural. Hoy esa cifra se ha invertido, vivimos en megalópolis como Sao Paolo. He visto ese mismo proceso en Chica, India... Yo mismo soy un inmigrante. Salí de Brasil en 1969 y hasta día de hoy lo soy. Conocía esa historia y quería contarla. Claro que existe una connotación política, humana y ecológica. Pero si miras hacia atrás ha sido uno de los fenómenos más importantes de los últimos 40 años.

¿Qué tal se lleva con el mundo digital?
La fotografía y la música son los dos lenguajes más universales. No necesitan traducción y por eso son los que primero han sufrido el impacto de la modernización y de mutación. Hasta el 11 de septiembre sólo trabajaba con analógico. Pero luego empezaron todos esos controles de rayos X en los aeropuertos, que afectan a las películas, y viajar se convirtió en un drama. Ahí es cuando empecé con lo digital. La última vez que fotografié con analógico fue en viaje en África. Volvía de Sumatra y me encontré con los típicos controles. Tenía miedo de perder el trabajo de dos meses, y por culpa de las discusiones perdí un puñado de conexiones y tardé siete días en hacer el viaje. Al llegar a Francia, mi asistente me abandonó. Hasta entonces era un antidigital convencido. Pero no sé editar en la computadora, necesito tocar el negativo para trabajar con él.

¿Y con Instagram?
Nunca he visto Instagram, pero la verdad es que estoy harto de los selfies. Antes la gente quería discutir, hablar contigo. Ahora sólo quieren una foto. Me pasa lo mismo con las redes sociales. ¡Es una invasión de la vida! Vivimos en un acelerador de partículas.

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El paraíso según Salgado
CaixaForum acoge la exposición 'Génesis', una declaración de amor al planeta que recorre los confines de la tierra inexplorados por el hombre; un canto al ecologismo lleno de optimismo

Después de completar Trabajadores y Éxodos, las célebres series sobre las grandes migraciones humanas provocadas por el capitalismo, las guerras, las hambrunas y las sequías, Sebastiao Salgado quedó destrozado. Tanto psicológicamente como físicamente. Lo que vio en la ex Yugoslavia y Ruanda le marcó de tal manera que pensó en colgar la cámara de fotos y poner punto y final a su carrera.

A finales de los 90 se mudó a la finca de sus padres en Minas Gerais, Brasil, en busca de descanso, para recomponerse. Pero del paraíso de infancia quedaba bien poco:la finca iba camino de la desertización. Su mujer, Léila Wanick, tuvo la idea de repoblar el terreno que antaño había sido selva tropical con especies autóctonas. De allí surgió el proyecto Instituto Terra, a través del cual los Salgado han plantado más de dos millones de árboles y reconstruido un ecosistema al que no sólo los pájaros han vuelto. «También el jaguar», explica orgulloso el fotógrafo brasileño.

Y de aquella reconstrucción vino la suya propia, la personal. Salgado, el fotógrafo de lo humano, se acercó a la naturaleza de un modo nuevo, que le llevó a embarcarse en otro de sus macroproyectos: Génesis. Un viaje de ocho años por los lugares vírgenes y no manchados por la mano del hombre que le llevó a los confines de la tierra. De Siberia al Congo, de Sumatra a Libia y Alaska, del desierto de Kalahari a Madagascar, en busca del pálpito del planeta. El resultado es una impactante colección de 245 fotografías en un blanco y negro épico que exudan un ecologismo edénico, poderoso y frágil al mismo tiempo y, por contradictorio que pueda parecer, optimista. Como mínimo, esperanzador.

«Creo en un orden general de las cosas», explica Salgado. «No creo en Dios, pero sí en una organización, en la evolución, en el perfeccionamiento de las especies. Hay un racionalismo profundo que existe no sólo en la especie humana. A veces se dice que somos la única especie racional, pero todas las especies lo son. Hay una profunda inteligencia en todas las cosas, en toda la vida mineral, animal y vegetal. Y los humanos formamos parte de este gran orden general».

Génesis, que podrá verse en CaixaForum Barcelona hasta el próximo ocho de febrero, viaja por los confines de la tierra a lugares inhóspitos y sobrecogedoramente bellos. El primer viaje de los 32 que Salgado realizó a lo largo de ocho años fue a las Islas Galápagos, en busca del rastro de Darwin.

También visitó la tribu de los zo'é, entre el Amazonas y la Guayana holandesa, a cinco días de caminata de todo rastro de civilización. De ruta por el norte de Etiopía recorrió a pie senderos entre montañas durante 55 días hasta llegar al Tekeyé, el afluyente del Nilo.

Las anécdotas de cada viaje, cada foto y cada encuadre son incontables y de lo más jugosas. Quien desee conocer más sobre Génesis, Salgado y su vida como un nómada comprometido con el planeta tiene cita en el cine el próximo 31 de octubre, que es cuando se estrena La sal de la tierra, la emocionante película (mitad biopic, mitad documental fotográfico) rodado a cuatro manos por su hijo Juliano y Wim Wenders.

Salgado habló ayer con cariño de Barcelona (fue la segunda ciudad que pisó en Europa, tras una escala en Lisboa, cuando abandonó la dictadura brasileña en 1969 con destino París) y con preocupación de España, donde la desertización gana terreno a pasos agigantados. «Aquí también hay mucho que hacer, el sur de España es un desierto. Hemos abandonado nuestro planeta, somos aliens viviendo en ciudades. Hace falta un retorno espiritual al planeta», afirmó, antes de dejar muy claro que lo que él hace no es arte, sino fotografía. «Somos una raza aparte, los fotógrafos. Unos privilegiados». Desde luego.