jueves, 30 de octubre de 2014

EN LAS MANOS DE DIOS - José Antonio Pagola


EN LAS MANOS DE DIOS - José Antonio Pagola

Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:

“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver”.

José Antonio Pagola



Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la confianza en Dios nuestro Salvador. Pásalo.
2 de noviembre de 2014
Conmemoración de los difuntos
Marcos 5, 33-39; 16,1-6
SOÑANDO LA IGLESIA
Escrito por  Florentino Ulibarri

Abrir las puertas y ventanas
de esta Iglesia, tuya y nuestra,
es tan importante y necesario
como abrir los rincones de mis entrañas.

Yo sé que si no los oreo con frecuencia
pronto se convierten en estercolero
y en estancia poco apetecida para la presencia
aunque sean lugar sagrado y de sueños.

Pero se ha convertido en tarea arriesgada
en estos tiempos locos y efímeros en la tierra,
pues hay quienes defienden sus puertas y ventanas
para que sigan cerradas contra viento y marea.

Hemos tergiversado tu mensaje;
cargamos fardos pesados a la gente,
nos gustan los premios y distinciones
y ocupar tribunas y lugares preferentes.

Y nos olvidamos que no somos jefes,
que Tú rompiste todas las murallas levantadas
al encarnarte en nuestra historia y plaza
sin miedo a perderte entre la pobre gente.

Nos dejamos llamar "señor" y "maestro",
pensamos que somos algo más que hermanos
y consideramos un insulto, a ti y a nosotros,
que nos llamen sepulcros blanqueados...

Por eso seguimos soñando
una Iglesia diferente.

Florentino Ulibarri





TODOS HERMANOS. EN LO ESENCIAL, NADIE ES MÁS QUE NADIE
Escrito por  Fray Marcos
Mt 23, 1-12

Sigue el mismo discurso. Después de las controversias, Mateo sigue hablando para su comunidad y poniendo en boca de Jesús lo que quiere decir él a aquellos cristianos. Su intención es hacer ver la diferencia entre el antiguo Israel y la nueva comunidad. En el relato de hoy, Jesús no habla a los fariseos, sino a la gente y a sus discípulos. Mateo pide a su comunidad que no caiga en los mismos errores que critica. Su preocupación está justificada, porque el cristianismo cayó muy pronto en un fariseísmo mayor que el judío.

Nos llevaría demasiado tiempo el explicar cada una de las frases que hemos leído. Vamos a revisar solo algunas. La verdad es que hoy no se necesita ninguna exégesis especializada. Se entiende todo perfectamente. Otra cosa es que nos interese, de verdad, seguir las directrices del evangelio. De muchos, que se encuentran hoy sentados en cátedras, se podría decir lo mismo que el evangelio dice a los fariseos. ¡Qué poco han cambiado las cosas! El texto sigue teniendo hoy una rabiosa actualidad.

El ambiente reflejado en este texto, no es el del tiempo de Jesús, sino el de la comunidad de Mateo. Los furibundos ataques contra los fariseos que aparecen en los evangelios, seguramente no corresponden a Jesús, sino a una situación que comienza a partir de la destrucción del Templo en el año 70. Fue entonces cuando, desaparecido el sacerdocio y el culto, los fariseos se hicieron con el absoluto control del judaísmo e impusieron a todos su manera de pensar. Solo entonces decidieron expulsar del judaísmo a los cristianos y declararles formalmente herejes.

Lo que reflejan los evangelios es la reacción de los cristianos contra esos fariseos, que se mantuvo a través de los siglos. En el texto de hoy encontramos dos pistas para descubrir que esas palabras no las dijo Jesús:

a) Nunca pudo decir que el único Señor era él mismo.

b) La denominación de "hermanos", que el evangelista pone en boca de Jesús, fue un distintivo de la primera comunidad cristiana.

El saber que no lo dijo Jesús no resta ni un ápice la importancia de la advertencia a aquellas primeras comunidades.

Ellos no hacen lo que dicen. No es exacto que los fariseos fueran por definición "fariseos". Eran cumplidores, pero su rigorismo en la interpretación de la Ley les obligó a disimular que eran incapaces de cumplirla, para poder seguir exigiendo a los demás lo que ellos no hacían. Pero el engaño mayor consistía en exigirles en nombre de Dios, unas prácticas que no les podían traer salvación, porque solo eran preceptos humanos.

Cargan a la gente con fardos pesados e insoportables. Eran 613 los preceptos que tenía que cumplir todo israelita para ser fiel a la Ley, según algunos, todos tenían la misma importancia. En ese fárrago de prescripciones, la vida humana quedaba aprisionada y las personas sumidas en una frustración alienante. Recordemos que Jesús había dicho: "Mi yugo es llevadero y mi carga ligera".

Todo lo que hacen es para que los vea la gente. Cuando se pone la perfección en el cumplimiento de normas externas, solo caben dos salidas: En la medida que la alcances, la soberbia. Soy más que los demás y puedo mirarlos por encima del hombro. En la medida que no la alcanzas, la simulación. Lo que los demás piensen de mí es más importante que lo que soy realmente. De ahí el afán por exagerar todos los signos externos de religiosidad. Muchos cristianos de hoy están en esa misma dinámica.

Vosotros, en cambio... Aquí tenemos la clave del texto. La nueva comunidad no debe comportarse como los fariseos, sino desde la autenticidad. Esto es lo que quiere dejar claro Mateo. El mensaje central del evangelio consiste en abandonar todo intento de superioridad y entrar en una dinámica de servicio incondicional a los demás. Cuando Juan habla del pecado del mundo, se refiere siempre al oprimir o al dejarse oprimir.

"No os dejéis llamar maestros, no llaméis a nadie padre, no os dejéis llamar jefes". ¡Qué poco dura lo auténtico! Seguramente ya se empezaba a estructurar la comunidad y ya había, en aquella época, quien quería ser más que los demás. Los seres humanos somos capaces de remover el cielo y la tierra, con tal de justificar el estar por encima de los demás y de alguna manera utilizarlos en beneficio propio.

El primero entre vosotros será vuestro servidor. Jesús exige lo que él vivió. El mismo Jesús comenta en otro lugar: "lo mismo que el Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos". Recordad que cuando Juan dice "dar su vida", no emplea "zoe" ni "bios", sino "psiques". No está hablando de la vida biológica o zoológica, que entregó en la cruz, sino de la vida sicológica (propiamente humana) que pone al servicio de los demás durante su vida.

Ciertamente, a primera vista el principal reproche se hace a los superiores. A ello nos empuja también la primera lectura. Sin duda ninguna la jerarquía debería hacer un serio examen de conciencia partiendo de estas palabras del evangelio y de otras que van en la misma dirección, pero los títulos se los damos nosotros: Muy  Reverendo Padre Superior, Eminencia Reverendísima, santísimo Padre. Una vez más debemos recordar que Jesús no lanza sus diatribas contra la autoridad, sino contra la autoridad que se ejerce como poder y opresión. El que quiera ser primero que sea el último y el servidor de todos.

La Iglesia empezó muy pronto a organizarse copiando en su estructura el organigrama del imperio. Poco a poco, le fue dando más importancia al poder, y terminó sacralizándolo, en contra del evangelio. Una vez que entró por esa dinámica, no ha visto la manera de salir de ella. Desde la Edad Media, se han alzado en todas las épocas voces en contra de la estructura de poder (jerarquía) de la Iglesia Romana. Nadie ha sido capaz de emprender con éxito esa renovación. Juan Pablo I lo anunció, pero no vivió para realizarla.

El domingo pasado hablábamos del peligro de las instituciones, porque no pueden dar lo que verdaderamente pidió Jesús: el amor. Las instituciones son imprescindibles, porque el ser humano es un ser social, y para vivir en sociedad hay que organizarse. Lo que no podemos consentir es que la institución se considere fin en sí misma. Todas tienen que estar al servicio del hombre. Una sola persona debe estar siempre por encima de cualquier institución, aunque sea la sacrosanta institución eclesial.

No toda la culpa la tienen los superiores. Un examen cuidadoso de la psicología humana, nos llevará a descubrir, que somos los inferiores los que tendemos a buscar el refugio de otras personas en las que depositamos la confianza para encontrar seguridad, a cambio de que nos liberen de las responsa­bilidades, aunque eso suponga un cierto grado de sumisión.  La carga de que me libero parece mayor de la que supone la sumisión. Esta es la trampa, porque actuando de esta manera renunciamos a la libertad responsable.

Obedecer órdenes no garantiza el cumplimiento de la voluntad de Dios. Ser fiel a Dios es ser fiel a sí mismo, a tu auténtico ser. Lo que Dios quiere de ti, te lo está diciendo Él desde dentro de ti mismo. Entre Dios y tú no puede haber intermediarios. Todo el que quiera doblegar tu voluntad en nombre de Dios, te está engañando. Es verdad que nunca podremos alcanzar la plenitud en soledad, pero los demás, todos los demás, tienen que ayudarme a descubrir el camino de esa plenitud, mostrándome la posibilidad de alcanzarla o los errores que me lo puedan impedir.

Meditación-contemplación

No llaméis a nadie... No os dejéis llamar...
En el orden espiritual, nadie es más que nadie.
Todo lo que somos se lo debemos a Dios
y Dios da a todos lo mismo porque se da Él mismo.
................

No quiere decir que no nos necesitemos unos a otros.
Sin ayuda yo no llegaría a ninguna parte.
La energía para caminar ya la tengo.
Falta saber en qué dirección tengo que orientar mis pasos.
................

Solo el que ha subido antes a la cumbre
estará en condiciones de mostrarme las dificultades del camino.
Siempre que el objetivo sea llegar a la cumbre
y no hacerte dar vueltas para provocar tu dependencia.
....................

Fray Marcos





DOS MALOS EJEMPLOS Y UNO BUENO
Escrito por  José Luís Sicre

Los protagonistas de las tres lecturas (hoy tendré también en cuenta la segunda) son las personas que deberían estar al servicio de la comunidad. Unos se portan mal con Dios y con el prójimo; Pablo se entrega por completo a sus cristianos.

El mal ejemplo de los sacerdotes (1ª lectura)
La primera lectura nos traslada a Judá en el siglo IV a.C. Por entonces, los judíos están sometidos al imperio persa. No tienen rey, sólo un gobernador, y los sacerdotes gozan cada vez de mayor poder y autoridad. Pero no lo ejercen como correspondería. Contra ellos se alza este profeta anónimo (Malaquías no es nombre propio sino título; significa "mi mensajero").

Las acusaciones que hace a los sacerdotes son muy duras, pero parecen muy genéricas: no dar gloria a Dios, no obedecerle, no guardar sus caminos, hacer tropezar a muchos. Si la liturgia no hubiese mutilado el texto, quedarían claras algunas de las cosas con las que los sacerdotes desprecian a Dios: ofreciendo sobre el altar pan manchado, animales ciegos, cojos, enfermos o incluso robados. En definitiva, no dan importancia al altar ni a lo que se ofrece a Dios.

El mal ejemplo de los escribas y fariseos (evangelio)
En los domingos anteriores leíamos diversos enfrentamientos de grupos religiosos judíos con Jesús. Ahora le toca a él contraatacar. Y lo hace con un discurso muy extenso, del que hoy sólo se lee la primera parte, dirigido contra los escribas y fariseos, los principales representantes religiosos de los judíos después del año 70 (cuando los romanos incendiaron el templo de Jerusalén, los sacerdotes pasaron a segundo plano porque no podían ejercer su función cultual). Los escribas eran los especialistas en la Ley de Moisés, algo así como nuestros canonistas y moralistas. Los fariseos eran los seglares piadosos, que se esforzaban sobre todo por cumplir las normas de pureza y por pagar el diezmo incluso de lo más pequeño.

Ni buen ejemplo ni buena enseñanza
El discurso comienza con una afirmación llena de ironía. Aparentemente distingue entre lo que dicen y lo que hacen. Lo que dicen es bueno, lo que hacen... es que no hacen nada. Sin embargo, esta afirmación hay que matizarla teniendo en cuenta el resto del evangelio. Entonces se advierte que Jesús no está de acuerdo con la enseñanza de escribas y fariseos, porque en otras ocasiones ha mostrado su desacuerdo con ellos, e incluso ha puesto en guardia a los discípulos contra su doctrina («la levadura de los escribas y fariseos»). Así lo demuestra la referencia a su enseñanza: toda ella se resume en agobiar a la gente con cargas pesadas, que ellos no se molestan en empujar ni con el dedo. Por consiguiente, la única forma adecuada de interpretar las palabras iniciales es la ironía. Jesús está en desacuerdo con la conducta de escribas y fariseos, y también con su enseñanza.

Filacterias y alzacuellos, borlas y colorines
El discurso sigue con el mismo enfoque irónico. Después de afirmar que «no hacen», dice que hacen muchas cosas, pero todas para llamar la atención. Y se detiene en algo a lo que Jesús daba mucha importancia: la forma de vestir.

Las filacterias eran pequeñas cajas forradas de pergamino o de piel negra de vaca que contienen tiras de pergamino en las que están escritos cuatro textos bíblicos (Dt 11,13-22; 6,4-9; Ex 13,11-16; Ex 13,2-10).

Desde los trece años, durante la oración de la mañana en los días laborables, el israelita varón se ponía una sobre la cabeza y otra en el brazo izquierdo, pronunciando estas palabras: «Bendito seas, Yahvé, Dios, Rey del Universo, que nos has santificado por tus mandamientos y que nos has ordenado llevar tus filacterias». Mateo alude a una costumbre de los judíos beatos, que llevaban las filacterias todo el día y agrandaban las borlas para hacerlas más visibles.

El origen de las borlas se remonta a Nm 15,38s: «Di a los israelitas: Haceos borlas y cosedlas con hilo violeta a la franja de vuestros vestidos. Cuando las veáis, os recordarán los mandamientos del Señor y os ayudarán a cumplirlos sin ceder a los caprichos del corazón y de los ojos, que os suelen seducir». Los judíos beatos agrandaban esas borlas para llamar la atención. Escribas y fariseos caen en estos defectos, a los que se añaden otros detalles de presunción.

Ni rabí, ni monseñor, ni padre
Mateo, que no quiere limitarse a ironizar, sino que desea evitar los mismos peligros en la comunidad cristiana, termina esta parte introductoria exhortando a evitar todo título honorí­fico: maes­tro, padre, consejero. En su opinión, no se trata de una cuestión secundaria: el uso de estos títulos equivale a introducir dife­rencias dentro de la comunidad, olvidando que todos somos igua­les: todos herma­nos, todos hijos del mismo Padre. Más aún, esos títulos signifi­can desposeer a Dios y al Mesías de la dignidad exclusiva que les pertenece, para atribuírsela a simples hombres. Por eso, frente al deseo de aparentar de escri­bas y fariseos, el principio que debe regir entre los cristianos es que «el más grande de vosotros será servidor vuestro». Y el que no esté dispuesto a aceptarlo, que se atenga a las consecuen­cias: «A quien se eleva, lo abajarán, y a quien se abaja, lo elevarán».

Una anécdota que viene a cuento
Me contaban hace poco que un compañero fue a visitar a un cardenal. Cometió el tremendo error de llamarle "Excelencia" (título de un obispo) en vez de "Eminencia". Al interesado se le mudó la cara ante tamaña ofensa. Y mi compañero no consiguió lo que pedía.

El buen ejemplo de Pablo (2ª lectura)
Por pura casualidad, y sin que sirva de precedente, la segunda lectura de hoy se puede relacionar con las otras dos. Frente al mal ejemplo de desinterés, autoritarismo, vanidad y presunción, Pablo ofrece un ejemplo de entrega absoluta a los cristianos de Tesalónica, como una madre, trabajando día y noche para no resultarles gravoso.

José Luís Sicre





TODOS SANTOS. CON MIS LIMITACIONES, PUEDO ALCANZAR LA PLENITUD
Escrito por  Fray Marcos
Mt 5, 1-12

Los matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es siempre infinita. Para Dios todos somos iguales, no hay posible distinción. ¿Qué sentido tiene entonces el marcar las diferencias entre unos y otros? La fiesta de "Todos los Santos", entendida como diferencia de perfección entre los seres humanos no tiene mucho sentido. Por eso le he cambiado el título y he puesto: "Todos santos"; aunque también podía haber puesto "Todos pecadores" y sería exactamente igual de cierto. Para Dios no hay diferencia ninguna, porque nos ama a todos por lo que Él es.

Sipor santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya ha llegado a su plenitud y por lo tanto se habrían acabado sus posibilidades de crecer. Pero su verdadero ser, y por lo tanto su perfección, nada tiene que ver con su biología o con su moralidad. A esa parte de nuestro ser no afectan las limitaciones, sean del orden que sean. Es una realidad que permanece siempre intacta. Descubrir, vivir y manifestar ese verdadero ser, es lo que podríamos llamar santidad.

Cuando creemos que para ser santo tenemos que anular los sentidos, reprimir los sentimientos, machacar la inteligencia y someter la voluntad, nos estamos exigiendo la más torpe inhumanidad. La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, que ya  está en nosotros. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la "santidad". Aspirad solo a ser cada día más humanos, desplegando el amor que Dios ha derramado en vuestro ser.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del ideal de  perfección griega, que durante siglos se nos ha vendido como cristiana. Cuando un joven le dice a Jesús: "Maestro bueno". Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno más que Dios. ¿Qué hubiera contestado si le hubiera llamado santo?

Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros;  aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía, y de ese modo, tampoco podemos manifestar lo que somos. Somos santos por lo que Dios es en nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia generalizada de que la santidad consiste en desplegar las virtudes morales, no tiene nada que ver con el evangelio. Recordemos: "Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios". Para Jesús, es santo el que descubre el amor que llega a él sin mérito ninguno por su parte. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa.

Debemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de los santos como "intercesores". Si lo entendemos pensando en un Dios que solo atiende las peticiones de sus amigos o de aquellos que son "recomendados", estamos ridiculizando a Dios. En Jn 16,26-27, dice Jesús: "no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama". Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos o por recomendación de uno que lo es, sino porque Él es amor.

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. Si descubrimos que esas personas que han tomando conciencia de su verdadero ser, son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, pueden ayudarnos a descubrirlo, y por lo tanto pueden acercarnos a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios a pesar de sus defectos, nos tiene que animar a confiar más nosotros. No solo valdría para los que conviven con ellos, sino para todos los que después de su muerte, tuvieran noticia de su vida y milagros. Sería el camino más fácil para que creciera el número de los "conscientes".

Debemos tener cuidado con la "comunión de los santos". No se trata de unos "dones" o unas "gracias" que ellos han merecido y que nos ceden a nosotros. Es ridículo cuantificar y almacenar los bienes espirituales. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito y nunca se puede merecer. "Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer". Ahora bien, en el momento que se tiene conciencia de la unidad, se comprende que todo lo que hace uno repercute en el todo. La doctrina de Pablo es esclarecedora: "Todos formamos un solo cuerpo".

En esta fiesta celebramos la bondad, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien. Hoy es el día de la alegría. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. Desde esta perspectiva, la vida merece siempre la pena. Porque esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como hay en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son, y se conforman con vegetar como las plantas o quedarse en lo sensorial como los animales.

Las bienaventuranzas nos descubren el verdadero rostro del "santo". ¿Quién es dichoso? ¿Quién es bienaventurado? Felicitar a uno porque es pobre, porque llora, porque pasa hambre, porque es perseguido, sería un sarcasmo para el común mortal. Sobre todo si le engañamos con la promesa de que lo serán más allá. Haber reservado la palabra "bienaventurado" para los que han muerto, es una manipulación del evangelio inaceptable.  Aquí abajo el dichoso es el rico, el poderoso, el que puede consumir de todo sin dar un palo al agua. Esa escala de valores queda trastocada por el evangelio.

Las bienaventuranzas no se pueden entender racionalmente, ni se pueden explicar con argumentos. Cuando Pedro se puso a increpar a Jesús, porque no entendía su muerte, Jesús le contestó: "Tú piensas como los hombres, no como Dios". Solo entrando en la dinámica de la trascendencia, podemos descubrir el sentido de las bienaventuranzas. Solo descubriendo lo que hay de Dios en mí, podré darme cuenta del verdadero  valor. Para que una persona sea dichosa le tenemos que dar aquello que considera el valor supremo para ella. Tenga lo que tenga, si no lo percibe como valor absoluto, no le hará feliz.

Las bienaventuranzas no son un sí de Dios a la pobreza y al sufrimiento, sino un rotundo no de Dios a las situaciones de injusticia, asegurando a los pobres lo más grande que pudieran esperar, el amor de Dios. En Él los pobres pueden esperar, tener confianza. No para un futuro lejano, sino ya, aquí y ahora. Puede ser bienaventurado el que llora, pero nunca el que hace llorar. Puede ser feliz el que pasa hambre, pero no el que tiene la culpa del hambre de los demás. Buscar la salvación en las seguridades terrenas, es la mejor prueba de que no se ha descubierto el amor de Dios. Aún en las peores circunstancias imaginables, las posibilidades de ser nadie puede quitártelas

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los "santos" canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, que les empuja a mayor humanidad. No se trata de celebrar los méritos de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El merito será siempre de Dios.

Fray Marcos





DIFUNTOS. LA VIDA DEL QUE YA NO ESTÁ, SIGUE SIENDO LO IMPORTANTE
Escrito por  Fray Marcos
Jn 11,17-27

En torno a la muerte, mantenemos intacta la visión mitológica del Neolítico.Tendríamos que hacer un esfuerzo titánico para superar las formulaciones que ya no pueden estar de acuerdo con nuestra visión del mundo y de Dios. Los conocimientos que hoy tenemos sobre la conciencia y la persona humana nos obligan a superar la visión mágica de un acontecimiento que seguimos sin comprender del todo. No debemos engañarnos manteniendo creencias trasnochadas, aunque alivien nuestro dolor.

La idea que manejamos los cristianos sobre la muerte y el más allá es consecuencia de una mezcla explosiva de culturas. La cultura judía ni siquiera tenía un concepto de cuerpo y de alma. Para ellos el ser humano era un todo único sin partes. Pero la filosofía griega si tenía conceptos muy definidos sobre la composición del hombre. Para Platón lo importante es el alma, que era anterior al cuerpo y permanecía después de él. El cuerpo es una cárcel. De ahí que la muerte se considerara como una liberación.

Los primeros Padres de la Iglesia y S. Agustín fueron platónicos e intentaron explicar el evangelio desde esa perspectiva. De ahí surgió la teología sobre los novísimos. En cambio, para Aristóteles, el alma y el cuerpo son realidades que componen el hombre pero la sustancia no puede andar por ahí danzando, separada de los accidentes. Estas ideas están mucho más cerca de la manera judía de entender al hombre. También hoy nosotros estamos más próximos a esta idea del ser humano.

El respeto que nos inspiran los muertos parece que es un sentimiento ancestral; incluso en algunos animales se puede descubrir esa zozobra. No es malo que sigamos tratándolos con todo respeto. El miedo que la mayoría de los mortales tenemos a la muerte es consecuencia de nuestras maquinaciones mentales. Pensamos que la muerte es lo contrario de la vida y esa lógica es falsa. La vida es como una moneda que tiene dos caras: una es el nacimiento, la otra es la muerte. Entre las dos caras está la moneda, que es lo importante. La vida que es lo que debemos valorar, no sus límites.

En el credo afirmamos creer en la resurrección de los muertos. ¿Qué queremos decir con esa afirmación? La comprensión de la resurrección de Jesús y la nuestra como volver a la vida biológica, nadie puede tomarla hoy en serio. Pero una cosa es que la entendamos mal y otra muy distinta que sea falsa.

Retrasar nuestra resurrección hasta el final de los tiempos es pura mitología. El mito es siempre un intento de explicar lo inexplicable. ¿Que pasará una vez que me muera? Nada, porque fuera del tiempo nada puede pasar. Sin materia no hay tiempo ni espacio. Pero fuera del tiempo y del espacio, nuestra capacidad de comprender queda anulada. Todo intento por comprender racionalmente lo que está más allá, es inútil.

Podemos entenderlo como paso a otro modo de ser, para el que no tenemos ningún punto de comparación y por lo tanto queda fuera de nuestra comprensión. Pero también podríamos imaginarlo como paso a otro modo de ser. En este caso estaríamos ante una realidad que está más allá del ser y del no ser. Esta podría ser una buena pista. Conocemos lo que es el ser, y por oposición podemos comprender lo que es el no ser. ¿Podemos también aceptar que existe algo fuera de esos contrarios?

Al tomar conciencia de nuestra individualidad, de nuestra separación radical de todo lo que existe a nuestro alrededor, incluidos los demás seres humanos, desplegamos el afán de persistencia más allá de esta vida biológica. Como la experiencia nos dice que eso es imposible, inventamos existencias sobrenaturales para acallar nuestros anhelos. No nos damos cuenta que estamos pretendiendo un imposible: una plenitud humana para cuando dejemos de ser humanos. El deseo de inmortalidad nos ciega.

Nuestra inteligencia nunca podrá dar sentido a la muerte, pero ese afán de explicarla nos hace olvidar que ninguna solución puede ayudarnos si es irracional. Hoy sabemos que la conciencia de sí, surge de la actividad cerebral y que basta que se rompa una vena más fina que un cabello para que desaparezca la conciencia. Sin la base neuronal, la conciencia es imposible y la permanencia personal también. El encuentro con un ser querido, imaginándolo como lo hemos visto aquí, es empeño imposible.

Pensar en una actividad mental como la que tenemos aquí para más allá, no tiene ni pies ni cabeza. Las incoherencias que se dicen en los funerales, con la mejor intención pero sin ningún rigor racional, deben de ser superadas. No podemos seguir engañando a la gente con promesas descabelladas, que además, no pueden convencer hoy a nadie. Tenemos que encontrar maneras de ayudar a la gente a superar el trauma de la muerte de un ser querido sin caer en la trampa de convertir los deseos en realidades.

Con frecuencia nos preguntamos qué va a ser de nosotros después de morir, pero muy pocas veces nos preguntamos que éramos antes de nacer. Damos por supuesto que no éramos nada, pero esa conclusión no es tan evidente. La realidad ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Bien pudiera ser que nuestro verdadero ser, lo que somos más allá de las apariencias, existiera antes de nacer y seguirá existiendo cuando mi apariencia biológica se desvanezca. Es una pena que estemos más preocupados de nuestra apariencia caduca, que de nuestro verdadero ser, que es lo permanente.

La necesidad innata de recordar a nuestros antepasados debemos aprovecharla para encontrar seguridad en nuestro propio mundo. La conciencia de que somos lo que somos, gracias a los seres humanos que nos han precedido es una realidad que no tiene vuelta de hoja. Recordar a nuestros familiares difuntos y agradecerles lo que han hecho por nosotros nos ayudará a hacer lo mismo por los que todavía estamos aquí.

El sentido de la vida tenemos que encontrarlo aquí y ahora. Debemos desplegar todas nuestras posibilidades de ser humanos mientras lo somos. Esa plenitud tiene que llegar por lo que tenemos de humanos. La gran trampa puede aparecer cuando nos limitamos a satisfacer nuestras necesidades biológicas, dándonos por satisfechos con estar sanos y disfrutando de los sentidos, apetitos y pasiones. Satisfacer nuestras necesidades biológicas es un medio para poder alcanzar cotas más altas de humanidad.

El único camino para llegar a un plenitud humana es desarrollar nuestra capacidad de amar, es decir, conocer de verdad al ser humano y desplegar la posibilidad de ir al otro para hacerle crecer, sabiendo que en ese empeño de darme al otro, soy yo el que crezco. Para ser más humano no hay que renunciar a nada. Si el darme al otro supone un sacrificio, estoy tergiversando la relación. Amar es elegir lo mejor para mí y para el otro. Si al darme al otro, me deterioro yo como ser humano ese amor es enfermizo.

Pensar en los seres queridos que han muerto, tiene que empujarnos a vivir con mayor intensidad la vida que aún tenemos entre las manos. Todo lo humano que ellos nos han trasmitido debemos potenciarlo en nosotros para que el mundo se vaya humanizando. Por los muertos ya no podemos hacer nada, pero su recuerdo nos tiene que empujar hacia los que aún viven junto a nosotros. Lo más grande que se puede decir de un ser humano es que cuando se ha ido, ha dejado al mundo un poquito mejor que cuando llegó a él. Eso se consigue no intentando cambiarlo sino cambiando nosotros.



Fray Marcos


Lo que te dirían tus muertos - (¿O no crees en la infinita Misericordia?)
30.10.14 | 08:00. Archivado en Religión
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(Este año he perdido a mi amigo Ignacio a sus jóvenes 63 años. Un infarto fulminante le puso en pocos segundos en los brazos de ese Padre al que buscaba, por eso se lo encontró de bruces al salir de un ascensor.

También he perdido a mi amigo Justo con sus 70 años bien trabajados. Una enfermedad sin retorno le fue haciendo crecer en aceptación y entrega. Ya no podré jugar con él a eso de tú el "justo" y yo el "pecador". Pero seguirá leyendo las meditaciones del "pecador" con avaricia...

Así que no puedo por menos que dedicar la corregida edición de esta meditación a sus familias que han heredado mi cercanía, mi amistad y mi cariño. Ellos, mis amigos, ya están en el lado de la Paz y del Amor).



¿Desacralizar el papado?
José Ignacio González Faus

Puedo garantizar la anécdota porque me la contó su protagonista: un obispo (de cuyo nombre no debo acordarme) a quien Francisco, el actual obispo de Roma, le dijo literalmente en conversación privada: “reza por mí; la derecha eclesial me está despellejando. Me acusan de desacralizar el papado”.

Permítaseme preguntar si lo que está haciendo Francisco es desacralizar el papado o más bien cristianizarlo. Hace unos diez siglos, san Bernardo escribió una carta al papa Eugenio III y lo que le pedía en ella viene a ser otra “desacralización” del papado: que se parezca a Pedro y no a Constantino (o al sumo sacerdote judío), y que recuerde que Pedro no necesitó grandes palacios, ni mantos de armiño, ni lujosos medios de transporte para anunciar a Cristo. Por si fuera poco, el nada sospechoso Benedicto XVI declaró poco antes de su renuncia que esa carta de san Bernardo debería ser libro de cabecera para todos los papas.

Pedro fue muy apreciado en la iglesia primera, pero el libro de los Hechos de los Apóstoles no da ningún testimonio de que ello se debiera a una sacralización de su persona o de su ministerio: se le quería porque era perseguido y encarcelado, porque tenía intuiciones de líder sobre los nuevos caminos que había de emprender la iglesia primera, quizá también porque era humano y se le podían pedir cuentas cuando daba un paso que algunos timoratos no entendían (como entrar en casa de un pagano), o incluso se le podía reprender públicamente como hizo Pablo…

Algo parecido a lo que pedía san Bernardo es lo que intenta Francisco. Pero eso es cristianizar al papado. ¿O acaso habrá que acusar al mismo Jesucristo de “desacralizar” a Dios, por haberse vaciado de su rango divino y haber asumido figura de siervo (Fil, 2,6 ss)? Pues no: más bien hay que decir que un ministerio de Pedro sacralizado no hace más fácil la evangelización, ni más auténtica la fe de los católicos. Sólo sirve para que la curia romana se autosacralice a sí misma bajo la sombra del papa.

Tratando de comprender esa desviación cabría decir que brota de lo que suele presentarse como lo más característico, la gran virtud y el gran peligro de lo “católico”. Kat-hólico significa universal, pero no en sentido cuantitativo sino cualitativo: significa que ninguna dimensión natural queda fuera de lo cristiano (salvo el pecado que, por muy metido que lo tengamos, es lo más antinatural). Católico deriva del mismo vocablo griego (“holon”, en lugar de “pan”) de donde procede nuestra palabra holístico puesta hoy tan de moda, y que se refiere a una totalidad, pero en sentido distinto al que pueden evocar palabras como ”pan-germanismo” o pan-sexualismo.
Por eso se decía antaño que la diferencia entre catolicismo y protestantismo estaba sólo en una “y” (fe y razón, Dios y hombre, Gracia y libertad, vertical y horizontal…). Ésta sería la gran virtud de lo católico. Su gran peligro, de ahí derivado, es que puede contribuir a que nos perdamos en detalles ensombreciendo lo esencial cristiano y creyendo que comulgar en la boca (por ejemplo) es más santo y más piadoso que hacerlo en la mano. Al querer afirmarlo todo, se da el mismo valor a todo y se difumina la tremenda radicalidad cristiana.

La reforma de Lutero buscó en realidad una concentración en eso esencial cristiano, que luego algunos tacharon de reducción. Pero también se ha podido tildar a algunas personas y posturas católicas de ser “muy católicas pero muy poco cristianas”, terrible aviso que ya lanzó Fernando de los Ríos en 1933. Los shows multitudinarios del papa Wojtila con los gritos de “totus tuus” o “santo súbito” podrían ser tachados de muy católicos pero quizá poco cristianos. Y en fin: no sé si cabe decir que el protestantismo es como el canto gregoriano y el catolicismo como la polifonía barroca (y esto lo escribe un católico admirador del gregoriano).

Todos esos entornos de vestimentas especiales (y con sastres especiales), residencias regias, genuflexiones, apelativos de “santo padre”, viajes especiales… son en realidad muy secundarios. Cuando se los exagera y se los absolutiza contribuyen a crear una aureola idolátrica en torno al sucesor de aquel pescador de Galilea, llamado Pedro. Jesús no se sirvió de esas auras sagradas para anunciar la paternidad de Dios y el reinado de Dios. Y con el cristianismo se ha abolido la distinción entre lo sagrado y lo profano: porque, según Jesús, lo único sagrado es el ser humano, que está por encima de todos los “sábados” de la historia. De modo que, seguramente, el Maestro repetiría hoy a todo esos monseñores preocupados, sus palabras de antaño: “deja a los muertos que entierren a sus muertos, y ve a anunciar el reinado de la libertad de los hijos de Dios y la fraternidad de los hermanos en Cristo” (Lc 9,60).

Así pues: ¿que Francisco está desacralizando el papado? Demos gracias a Dios por ello, porque contribuirá a purificar la fe de los católicos facilitando además el acercamiento de otras iglesias cristianas. Porque, aunque sea cierto que a Dios sólo llegamos a través de mediaciones, eso no significa que debamos sacralizarlas.