jueves, 18 de septiembre de 2014

Ida a Loyola



Comparto algunas impresiones de mi ida a Azpeitia, es decir, a la casa donde nación Ignacio de Loyola. Hicimos casi cinco horas de camino, otras tantas a la vuelta, todo el mismo día. Abandonamos los secos campos de Madrid para internarnos por los verdes paisajes de la zona de los vascos. Nombres de Pueblos llenos de “Erres”, “Ges” y “Kas”. Verde, mucho verde, y grandes montes. En un santiamén apareció la Basílica de Loyola, grande, majestuosa, rodeada por cerros llenos de pinos. 

Aquella Casa-Torre de la Edad Media está rodeada de un complejo que incluye Santuario, Colegio, Casa de Ejercicios y Comunidad. Construcción imperial que recuerda el esplendor de cuando estos rumbos fueron un imperio.

La casa de Ignacio, que es museo, estaba lleno de gente. El templo-santuario también. 4 novicios hacían votos y estaba el lugar lleno de jesuitas, familias y amistades. Mucha gente. Yo quería estar, por ejemplo, en la capilla de la conversión teniendo un ratito de oración en silencio, no se podía, había un grupo de orientales a quienes un jesuita japonés daba misa. 

El Santuario tiene una cúpula alta, grande, hay escudos. El altar mayor es barroco, ahí está una estatua de Ignacio. Muchos signos y símbolos de la Compañía de Jesús. Fui a conocer la casa de la comunidad de jesuitas que ahí vive, el comedor que está lleno de cuadros de Cardenales que fueron SJ. En el antecomedor están famosos misioneros de China, India y el Paraguay. 

Terminamos nuestro pasear de turistas, se aproximaba la hora de la misa. Llegué a donde estaba el montón de albas, para revestirnos. Comienza a llegar un enjambre de los padres que se reconocen, se saludan con gusto, hay mucha boruca y alegría. Yo comienzo a revestirme con una sensación de fantasma, estoy en un espacio con más de 100 jesuitas y no conozco a nadie, bueno, a alguno que saludé en la universidad que está al final del pasillo, de otro sé que es el autor de un libro que leí. Creo que es aquí en donde me sentí más extranjero. Chistoso, me sentía foráneo y a la vez de la casa. Es verdad, los padres a mi lado se presentan, les da gusto que haya aquí un jesuita mexicano, me preguntan por paisanos que ellos conocen. Pero eso, me sentí extraño.

Comienza la procesión para entrar a la eucaristía. Adelante van los 4 novicios, atrás el provincial y el padre maestro de novicios. Ya sentado, contemplo. Es bonito estar en casa del santo fundador y ver que la mata sigue dando. Escucho los votos de los novicios: “Yo, aunque indigno de presentarme ante ti, confiado en tu amor infinito e impulsado por el deseo de servirte, en presencia de María la Virgen y de nuestros hermanos los Santos, te prometo…”. Recuerdo mis votos, recuerdo a mis compañeros, la mitad seguimos. Veo la cúpula, el órgano, escucho los cantos, recuerdo cuando dije: “y como me has ayudado a desearlo y ofrecértelo, ayúdame a cumplirlo con la abundancia de tu gracia”. Recuerdo lo que ha pasado en los siguientes 15 años a que repetí esa fórmula

Sigue la misa, hay un momento en que me pierdo, escucho que todos cantan, no ubico las palabras. ¿Será latín? No, estamos en Loyola, aquí el Padre Nuestro se canta en Euskera, en la lengua en que lo aprendió a rezar Ignacio. Oyendo esta oración en donde sobre salen las “Erres”, “Ges” y “Kas”, se me viene a la mente el recuerdo del Xavier Scheifler Amézaga. El Padre Sheifler fue el jesuita bastión del Iteso, por él el Iteso es lo que es. Recuerdo los jardines del iteso y recuerdo los paisajes próximos a llegar aquí y todo concuerda, claro, el Padre Sheifler era vasco. Recuerdo aquella plática que nos dio, cuando era estudiante y todavía no era jesuita, a los que vivíamos en esa casa que llamábamos La Procura. Xavier nos contó cómo salió huyendo de la España de Franco, cómo fue sus inicios en México, cómo sintió la invitación de entrar de jesuita cuando fue a visitar a la Virgen de Guadalupe y vio el fervor de los mexicanos. Luego el Padre Vargas me pidió que si lo ayudaba llevando al Padre Sheifler al médico, que me prestaba su carro. Así lo hice y varias veces. Recuerdo las pláticas en los trayectos. Alguna vez me quedé dormido en esos sillones confortables que están en la sala de espera de los consultorios, con una delicadeza me despertó y me preguntaba si había comido bien o si estaba enfermo, y le contaba que pues se me da eso de la siesta, je. Recuerdo cómo lo quiso la gente, tanto en Guadalajara como en Tijuana, donde murió. Qué ganas de saludarlo y platicarle que estuve en su tierra, qué ganas de decirle la única palabra que me sé en euskera: ¡eskerrik asko! (gracias).