miércoles, 6 de agosto de 2014

SUPRESIÓN Y RESTAURACIÓN DE LA COMPAÑÍA - Benjamín González Buelta SJ


SUPRESIÓN Y RESTAURACIÓN DE LA COMPAÑÍA
Lectura sapiencial en tiempos de poda
Benjamín González Buelta S.J.

1. Un signo de muerte y de vida.
Cuando avanzaba la disolución de la Compañía por Portugal, España y Francia, entre los más empeñados en esta tarea de exterminio, corría de mano en mano un dibujo llamado “árbol jesuítico”. Las ramas gruesas tenían el nombre de las naciones donde estaba enraizada la Compañía, las ramas pequeñas el de las provincias y las hojas el de las ciudades donde vivía alguna comunidad de jesuitas. El hacha se afilaba en las cortes borbónicas para ir cortando las ramas una tras otra. En el evangelio de Juan encontramos la parábola de la vid y los sarmientos (Jn 15,1-11), que nos acompañará como hilo conductor en esta reflexión sapiencial. En ella Jesús se comprende a sí mismo y se explica ante sus discípulos de todos los tiempos. Durante los cuarenta años en los que la Compañía estuvo suprimida los jesuitas vivieron un proceso pascual muy intenso. Leer estos años sólo con lenguaje de injusticia, de lamento y de pérdida, no respeta la obra de Dios ni la inspiración y novedad que él nos ofrece en toda poda, el Padre es el agricultor y puede convertir los hachazos dirigidos hacia la muerte en un futuro de vida de más calidad para tiempos nuevos.

2. Un lenguaje sapiencial.
Escojo, con cierta audacia, el género sapiencial porque me parece propio de nuestro tiempo. Dice el P. Adolfo Nicolás en una entrevista publicada en Vida Nueva (Vida Nueva, Nº 2.850, mayo, 2013): “La Iglesia tiene que hablar sapiencialmente…, a la sociedad hay que ofrecerle sabiduría, dándole mensajes que tengan sentido, que abran caminos, que ayuden a los jóvenes a ver que hay todo un camino de sabiduría que hay que seguir… La gente busca sabiduría”. Sabiduría y profecía son los dos términos de una polaridad bíblica. Los dos son necesarios, y tienen que estar siempre en diálogo como las dos alas de una paloma. Los verdaderos profetas llevan en sus entrañas la sabiduría para no quemarse en el fuego profético, y los verdaderos sabios incorporan la sensibilidad profética ante la injustica de la realidad para que su mística no sea una burbuja aséptica que flota sobre lo real. De manera muy diferente al siglo XVIII, también nosotros vivimos hoy tiempos de poda en la Compañía y en la Iglesia. Precisamente, mientras experimentamos disminución de números, de provincias, de comunidades, de influencia en la Iglesia y en la sociedad, nos preguntamos cómo enfrentar de manera creadora los grandes desafíos del servicio de la fe y la promoción de la justicia en una cultura que globaliza la seducción y la superficialidad, y cómo unirnos al Espíritu que trabaja escondido en esta misma cultura como la savia en la vid. Buscamos por dónde brota y crece hoy la novedad de Dios en las ramas podadas. No existe ninguna situación personal o social donde Dios no esté trabajando y donde no pueda ser encontrado para crear con Él su novedad en la historia.

Al ser enviados a las “fronteras existenciales” de nuestro tiempo, descubrimos que no sólo la Compañía y la Iglesia padecen la poda. Pueblos enteros declarados no viables, minorías étnicas, inmigrantes sin papeles, refugiados de guerra, de conflictos y del hambre, esclavos de redes del tráfico humano, innumerables personas sienten amputada la vida, despojados de los derechos fundamentales y viven mutilados. Este mundo que evoluciona con cambios profundos y vertiginosos nos desafía para dejarnos podar de todo lo que nos lastra el paso, de lo rancio, de lo que perdió su sabor y su sentido en nuestra misión. Como decía el Kolvenbach, somos invitados a tomar nosotros mismos las tijeras, cortando la “cosa adquirida” del segundo binario, para una refundación, “no ciertamente, en cuanto a nosotros toca, para repetir o copiar lo que Ignacio el fundador tuvo que hacer en su tiempo para la mayor gloria de Dios, sino para vivir con más radicalidad, más explícita y visiblemente, la razón de ser de la Compañía, a saber su misión”. (KOLVENBACH, Selección de escritos, 1991-2001; Sobre la reunión de Provinciales en Loyola 2000, p.68). Este proceso es algo muy distinto de “encerrarse en un orgulloso restauracionismo”. (p. 141). La expresión, “fidelidad creativa”, expresa bien esa doble fidelidad al origen de donde seguimos surgimos siempre, y al futuro que acogemos abiertos a la creatividad inagotable del Espíritu.

Con lenguaje sapiencial de poda, ya se expresaba el P. Arrupe en términos que siguen siendo actuales. Para el cambio que necesita la Compañía, hay que “cortar los lazos afectivos que nos atan a ciertas obras o instituciones o a cierto modo de gestionarlas que ya no son de actualidad en términos apostólicos, romper finalmente con todos los intereses creados que atentan contra la gratuidad de nuestra labor apostólica”. (Citado por KOLVENBACH, Selección de escritos, 1991-2001; A la Congregación de Procuradores. Discurso final. p. 122-123) Cortar y romper. Sin poda, hecha por otros o por nosotros mismos, no hay creatividad, ni futuro. 

3. La crueldad de la poda y el cuidado del agricultor.
Cuando se poda la vid, se la despoja de todas las ramas, los sarmientos. Sólo queda un tronco áspero y oscuro, sin la más mínima hoja verde. Cualquiera que no sepa de podas, dirá que la vid está absolutamente muerta en medio del invierno. Sólo quedan pegados al tronco unos centímetros de algunas ramas que dieron fruto en otro tiempo y que ahora parecen muñones sin futuro.

A mediados del siglo XVIII pertenecían a la Compañía cerca de veintitrés mil hombres y se extendían por el mundo con la universalidad de nuestro carisma. La presencia educativa y pastoral estaba muy consolidada. Había científicos jesuitas reconocidos y obras pioneras como las reducciones en América, de gran impacto religioso y sociopolítico. Los esfuerzos de inculturación de la fe en China y en la India, aunque los ritos chinos fueron prohibidos por Benedicto XIV en 1742 y los malabares en 1744, nacieron de una gran creatividad y todavía hoy nos siguen inspirando. La forma como se ejecutó la sentencia de expulsión en Portugal, Francia, España y sus colonias, fue de suma crueldad, un verdadero golpe de hacha inesperado. Reunían a la comunidad cuando estaban durmiendo, les daban unas horas para recoger algo de sus pertenencias y salían como si fuesen delincuentes, custodiados por soldados armados hasta los puertos para ser embarcados y deportados hacia el exilio. En algunos lugares de América Latina, tuvieron que recorrer cientos de kilómetros en situaciones tan precarias que muchos murieron por el camino.

Desde el momento en que comenzó la expulsión en Portugal, hasta el decreto papal de supresión de la Compañía, vivieron los jesuitas marcados por la deshonra, la indigencia hasta el hambre y en la incertidumbre sobre su futuro. En España incluso se trató de eliminar su memoria. En el año de 1768, un cronista anónimo de Valladolid escribía: «A principios del mes de agosto vino orden para borrar todos los escudos del Jesús, así de piedra, yeso, madera o pintura o en cualquier manera que se hallen, así en iglesias como en casas y demás haciendas, y en su lugar se pongan los escudos de armas reales». (TEÓFANES EGIDO (Coord.), JAVIER BURRIEZA SÁNCHEZ, MANUEL REVUELTA GONZÁLEZ. Los jesuitas en España y en el mundo hispano, Marcial Pons, Ediciones de Historia, S. A., Madrid 2004, p. 272)

Dice el historiador Enrique DUSSEL: “El hecho capital y decisivo en el siglo XVIII, para la historia de la Iglesia latinoamericana, fue la expulsión de los jesuitas… Partieron de América Latina más de 2.200 padres, lo más selecto del clero misionero y de la inteligencia latinoamericana. Sus reducciones fueron objeto de la rapiña de los colonos y simplemente del abandono de la obra por parte de los indios. ¡Nunca podrá lamentarse bastante la importancia que dicha expulsión tuvo para los destinos de América Latina!” (E. DUSSEL, Historia de la Iglesia de América Latina, p. 114)

Es impactante el testimonio del humanista P. Francisco Xavier Clavijero, mejicano desterrado en Bolonia, en un sermón pronunciado ante sus compañeros jesuitas en febrero de 1773, pocos meses antes del decreto de Clemente XIV. Describe el clima que respiraban en ese momento: (Francisco Xavier CLAVIJERO, Sermón ante los jesuitas desterrados en Bolonia, Artes de México, Nº 92, diciembre 2008). “Pues estos males gravísimos nos amenazan, el riesgo es inminente. Cinco reyes demandan nuestra ruina, varios príncipes eclesiásticos la aprueban y la solicitan, el mundo nos la anuncia y el vicario de Jesucristo, apurados ya todos los arbitrios de la prudencia, procura sosegar la tempestad, temeroso de un grave cisma en la Iglesia y deseoso de restituir la tranquilidad al cristianismo, y se ve precisado a dar el último fallo”.

El P. Clavijero lee la posible supresión de la Compañía por el Papa en la fe, en el espíritu del mayor servicio, de la mayor gloria de Dios:
“Reflexionemos atentamente en la presencia divina que si la Compañía se acaba es porque Dios, su autor y fin, ya no quiere usar della: acaso querrá excitar en su lugar otra religión más perfecta, que le sirva con mayor fervor, y promueva con más ventajas los intereses de su gloria. Si el amor que profesamos a la Compañía de Jesús es como debe ser, bien ordenado, debemos prontamente sacrificarlo a la voluntad del Señor adorando y respetando los inefables secretos de su Providencia”. El 21 de julio de 1773 el Papa Clemente XIV promulga el breve “Dominus ac Redemptor”, suprimiendo la Compañía. Seguiría la tarea de extirpar el jesuitismo, que parecía ser difícil, pues como dijo Moñino unos meses después del breve de supresión, los jesuitas “han sido, son y serán inquietos mientras existan sus cenizas” (Enrique GIMÉNEZ LÓPEZ, “Portugal y España contra Roma”, Artes de México, Nº 92, diciembre 2008, p. 79).

En la vid, no sólo se podan las ramas fértiles. También se cortan las que no dan fruto, las que crecen mucho, llaman la atención porque son brillantes y ostentosas, exhiben protagonismo, ocupan espacio al sol, absorben la savia que sube por el tronco, pero son estériles. Los campesinos dicen sabiamente de estas ramas que se “van en vicio”. En algunas partes las llaman de manera gráfica, “chupones”.

A la Compañía no sólo le cortaron obras de indudable calidad cultural, educativa y pastoral, sino también expresiones de orgullo y de superioridad, plasmadas a veces en prácticas pastorales y obras ostentosas, alejadas del pueblo sencillo, y desviadas del espíritu del Jesús pobre y humilde del evangelio, tantas veces contemplado en los Ejercicios. Jesús nos dice en la parábola que el Padre es el agricultor, que poda para tener más vida, pero Él no manejó el hacha ni las tijeras. Los que empuñaron el hacha con crueldad cortaron la Compañía para aniquilarla, lo mismo que hicieron las autoridades judías y romanas en tiempo de Jesús. Pero si Dios no puede atar el brazo del que corta ni detener el filo del hacha, sí puede transformar la destrucción en una poda en la que la vid dará mejores frutos. Él puede orientar hacia la vida un golpe dirigido hacia la muerte. Él es el agricultor que ama su viña y siempre trabaja en el fondo del humus de la realidad con creatividad infinita. La parábola de Jesús es completamente actual. La poda siempre será necesaria. Todo lo nuevo que emprendemos erosiona su coherencia inicial, porque lleva dentro una dosis de ambigüedad personal e institucional escondida en la brillantez de las motivaciones y de los proyectos, pero que sólo se manifiesta precisamente cuando las ramas crecen en toda su grandeza y muestran su fecundidad o su esterilidad.

4. El duelo necesario y la queja estéril.
Cuando se poda una rama, pueden seguir saliendo por los cortes pequeñas gotas de savia como si llorasen la perdida, buscando desorientadas el mismo camino de siempre que ya no existe. 

Lo importante es acoger la poda, hacer el duelo, despedirse de lo perdido, y no enquistarse en una queja obsesiva que gira sobre sí misma paralizando el futuro. Si no se hace duelo y se asume la pérdida, las heridas se prolongan en el tiempo y dejan una estela de dolor que nunca cicatriza, como decía el P. Francisco X. Clavijero a sus compañeros desterrados en Bolonia: “El dolor que padecemos es justo…, pero no son justificables los excesos de nuestro dolor. ¿Qué excesos? Una fatal tristeza que nos haga intolerable la vida y nos inhabilite hasta las funciones de la racionalidad y del espíritu…, una habitual amargura del corazón que nos haga morder los instrumentos de la Providencia, un temor congojoso de lo futuro que traiga nuestro ánimo en perpetua inquietud, representando una serie de males a que estamos expuestos”.

Los jesuitas lloraron el despojo, escondidos en las heridas del crucificado, “dentro de tus llagas escóndeme” (Alma de Cristo), en destierros, y en algunas situaciones en pobreza de auténticos mendigos. Algunos murieron o enloquecieron en cárceles de suma crueldad, como las mazmorras subterráneas del Rey de Portugal, o el castillo de Sant´Angelo donde expiró el General P. Ricci, encarcelado por el mismo Clemente XIV, afirmando hasta el final la inocencia de la Compañía, y abrumado por el misterio de tener que obedecer con amor, al mismo que los cortaba de raíz, pero también confiado pues moría ofreciendo su vida por la restauración de la Compañía, convencido de que “nada es imposible a Aquel que dispersata congregat, congregata restaurat, restaurata conservat” (congrega a los dispersos, restaura a los congregados y conserva a los restaurados). (Víctor CODINA, La restauración de la Compañía (1814). Reflexión y cuestionamientos). “Es admirable saber que comenzando por el Prepósito General de la Compañía de Jesús y la gran mayoría de los jesuitas, acataron con el corazón desgarrado, la decisión de Clemente XIV. No hubo resistencias organizadas de parte de los jesuitas, no se tramó absolutamente nada. En todos los lugares en donde la Compañía era suprimida, los jesuitas no manifestaban sino acatamiento. La “pasividad” jesuita a ojos de muchos fue sorprendente e ininteligible”. (Manuel HURTADO S.J. La supresión de la Compañía de Jesús. Historia y actualización. Belo Horizonte, 2012)

La mayoría de los jesuitas no se quedaron encerrados en la cárcel del propio lamento. La queja recurrente no espera resurrección de las heridas. Llorada la pérdida, siguieron trabajando en la viña del Señor, con el espíritu de los Ejercicios en los que habían sido formados y que constituía el centro de su persona. Ya San Ignacio había dicho: “Si el Papa deshiciese la Compañía del todo y aun así con esto yo pienso que si un cuarto de hora me recogiese en oración quedaría tan alegre y más que antes» (Memorial de G. da CÁMARA, n. 182).

Después de la visión de la Storta se preguntaba Ignacio si serían crucificados en Roma. Él preveía que una dimensión de conflictividad atravesaría siempre a la Compañía por su mismo carisma de crear vida nueva en las fronteras de la sociedad y de la iglesia. 

5. Vida nueva en el escondimiento de la interioridad y en la lejanía de las periferias.
Durante semanas en la vid podada no sucede nada por fuera, pero dentro, célula a célula, se va gestando la primavera con procesos diminutos e invisibles. El ritmo es lento y no responde a las impaciencias del agricultor ni a la hostilidad del clima que la rodea. Todo el trabajo es interior y silencioso. Lejos de las cortes borbónicas, en las periferias de la cristiandad, en la distancia sin protagonismos de primer plano en los escenarios donde se había movido con tanto reconocimiento, se mantuvo la Compañía mínima, alejada de los centros del poder, con resonancias bíblicas de “pequeño resto”, que en tantas ocasiones ha sido el comienzo de realidades radicalmente nuevas como sorpresa de Dios. Catalina II la Grande, una zarina ortodoxa, y Federico II de Prusia, un rey protestante, se negaron a promulgar en sus dominios el breve para suprimir la Compañía. En otras naciones, alejadas de Portugal, España, Francia y de sus colonias, varios centenares de jesuitas fieles a su identidad original, siguieron trabajando y viviendo en comunidad según distintas estrategias.

En Nápoles primero y después en Roma, el P. José Pignatelli representa a los jesuitas que siguieron creyendo en la Compañía, se mantuvieron fieles a su identidad y prepararon el futuro. La restauración de la Compañía se fue preparando en la fidelidad del silencio, en la confianza de que Dios sigue trabajando en la tierra de la realidad en la que había nacido, siendo fieles al carisma ignaciano. Indudablemente cada jesuita tuvo que volver a las meditaciones claves de los Ejercicios, como se siente en el texto paradigmático del P. Clavijero. Nunca pensaron que su ofrecimiento para seguir al Jesús pobre, humillado y crucificado del Evangelio tendría una concreción tan dura. En ese mismo volver a las “raíces” del propio carisma, se fue purificando el corazón de la Compañía, la comprensión de sí misma. Se fue preparando una nueva etapa en la que volvieron a sentir, como Ignacio en los inicios, que la Compañía, que no se instituyó “por medios humanos” (Co 812), sería restaurada y llevada adelante por el Señor de la misma manera que la fundó. 

6. La indetenible primavera de la debilidad.
Cuando llega la primavera, frágil pero indetenible, la corteza reseca y endurecida de la vid empieza a abrirse desde dentro por la fortaleza de la vida que ha crecido en su interior. El rigor del frío se va alejando de su entorno. Aparecen los brotes, las ramas, las hojas, y los racimos de uvas. Es tiempo de sorpresa, una toma de conciencia de una vitalidad asombrosa en su pequeñez y vulnerabilidad, que ya es imposible de esconder y detener bajo la cáscara. 

El Papa Pío VII el 7 de agosto de 1814, restauró la Compañía con la bula “Sollicitudo Omnium Ecclesiarum”. En la carta sobre el P. Pignatelli dice el P. Nicolás: “Frente a algunas voces que le apremiaban a reavivar una Compañía de Jesús gloriosa, su actitud fue rotunda y clara: dar continuidad a la “mínima Compañía”, estrechamente vinculada al Santo Padre, tal como la había entendido San Ignacio. Intuía, con certeza, la frecuente tentación que en nuestra historia habíamos sufrido, de un poder y un éxito que no siempre fueron necesariamente garantía de espíritu evangélico. Por eso hoy sigue siendo un reto para nosotros el redescubrir lo que “mínima Compañía” significó para San Ignacio”.

La Congregación General de 1820 fue muy importante pues supuso “la declaración solemne de la identidad de la antigua con la nueva Compañía” (M. REVUELTA GONZÁLEZ S.J. “El restablecimiento de la Compañía de Jesús”, ed. Mensajero, 2013, p. 201). La Compañía se fue reconstruyendo de manera oficial a partir de grupos de jesuitas con formación y trayectorias existenciales muy diferentes. Los primeros compañeros de Ignacio vivieron en primer lugar, el fuerte impacto inspirador recibido a través de los Ejercicios, y de ahí fue naciendo el Instituto. Ahora el proceso fue diferente. Ya estaban las constituciones y todos los documentos oficiales, pero para unificar e inspirar tantos grupos diferentes, en el espíritu original, el P. Roothaan el 27 de diciembre de 1834, urge a los jesuitas para tener una completa comprensión del texto autógrafo de los Ejercicios Espirituales, tanto para afinar la identidad personal y comunitaria, como para la misión apostólica.

La Compañía empezó a reorganizarse en una realidad nueva. La Revolución Francesa propagó las ideas que derribaron a las mismas monarquías que antes habían provocado la extinción de la Compañía. Las revoluciones en el resto de Europa, en Norte y Sudamérica, cambiaron la composición social y política del tiempo de la supresión. Hoy comprendemos que la Compañía no siempre acertó a dialogar con esta nueva realidad tan compleja y dura, con el mismo profetismo que vivió en sus inicios. Sin embargo, en la Compañía restaurada se formaron grandes hombres que prepararon el Vaticano II. Para algunos autores, sólo con el P. Arrupe la Compañía recuperó la dimensión más profética que tuvo en sus inicios. (Víctor CODINA, Diario de un teólogo del posconcilio, Ed. San Pablo, Colombia, 2013, p. 252). Este dinamismo profético ya apareció en el P. Juan B. Janssens con la propuesta de abrir en las Provincias de América Latina los “Centros de investigación y acción social” (CIAS).

7. Los frutos maduros y el vino nuevo.
Las uvas maduras son atractivas, pero no hay que abalanzarse con codicia compulsiva sobre el fruto. Jesús comparó el reino de Dios al vino nuevo, no a las uvas maduras, tan sabrosas al paladar, brillantes a la mirada y seductoras.

Jesús dice a los discípulos: “Yo los elegí y los destiné a ir y dar fruto, un fruto que permanezca (Jn 15,16). Pero las uvas maduras son perecederas, no resisten el paso del tiempo. A las uvas les falta la duración y la inspiración del vino que se hace más grato al paladar a medida que pasan los años. Las uvas tienen que convertirse en el vino de una nueva cosecha, en la fermentación ardiente, surgiendo por el centro de sus propias entrañas, y en el reposo escondido dentro de las barricas inmóviles de roble. El vino lleva dentro una historia de intimidad transformada en procesos escondidos de silencio. No hay vino nuevo de calidad, con color, cuerpo, sabor y aroma propios sin el paso por la pasividad de las bodegas. Los jesuitas y sus obras brillantes y reconocidas no alcanzan la calidad evangélica mientras no pasan por la pascua personal e institucional en seguimiento del Jesús humillado y tenido por loco (Co 101), que las purifican de la apropiación, de la autosuficiencia, de la pretensión de limitarlas al pobre control de calidad de lo que se considera exitoso en el contexto cultural en que nos movemos, e incluso de catalogarlas con demasiada facilidad, como “la mayor gloria de Dios”. La interioridad de las personas y de las actividades, tiene que abrirse al misterio de la pascua, que nos purifica y esclarece mucho más profundamente que nuestros discernimientos, propuestas y evaluaciones. La pascua no la elegimos, es ella la que nos escoge a nosotros.

La novedad del reino de Dios crea contradicción con lo establecido, tanto dentro de nuestras propias costumbres personales, comunitarias, institucionales y eclesiales, como con los poderes que configuran la dimensión estructural de la sociedad. El reino tiene una proa contracultural inevitable. ¿Cómo vivir el conflicto de manera pascual, creadora?

Ignacio fue sometido a ocho procesos de la Inquisición. “Fue acusado de alumbrado en Alcalá (1526 y 1527), de erasmista en Salamanca (1527), de “seductor de estudiantes” en París (1529 y 1535), de católico desviado en Venecia (1537), de “lobo luterano disfrazado de oveja romana” (1538), y de transgresor de las normas con las arrepentidas en Roma (1546)”. (IGNACIO CACHO NAZABAL, Íñigo de Loyola, el heterodoxo, Universidad de Deusto, 2006). La restauración y crecimiento de la Compañía estuvieron marcados por fuertes contradicciones. “Desde el año oficial de la supresión la Compañía ha sufrido al menos unas 30 supresiones y expulsiones” (Manuel HURTADO S.J. La supresión de la Compañía de Jesús. Historia y actualización). El P. Arrupe conectó la Compañía actual con el espíritu innovador de sus inicios y con el profetismo anterior a la supresión. Nosotros vivimos hoy en ese impulso asumiendo un gran desafío. Como dijo Kolvenbach en el traslado de los restos de Arrupe al Gesù: “S. José Pignatelli y el P. Arrupe, se adentran en el misterio de una voluntad de Dios que exige sacrificios por la vida de la Iglesia y que algunas veces impone el deber de sufrir con amorosa humildad, a manos de la Iglesia”. (GIANNI LA BELLA, (ed.); Manuel ALCALÁ, La dimisión de Arrupe, Ed. Sal Terrae - Mensajero, 2007, p. 953).

El vino no llega al final de su transformación cuando le pegan desde fuera en el lomo de la botella la etiqueta de una marca con prestigio en el mercado, sino cuando lleva dentro de sí mismo el sabor y el aroma. El vino nuevo del reino, lleva dentro el sabor de la consolación que sólo puede venir del resucitado al final de las pasividades pascuales. 8. En el centro de nuestra espiritualidad: permanecer en el Jesús podado.

Una palabra se repite once veces en una parábola tan breve: permanecer.
Es como una obsesión que teje todo el texto, la clave que todo lo explica. En las podas lo importante es permanecer pegados al tronco de donde nos llega la vida, aunque todo parece muerte.

Cuando caen los primeros golpes del hacha, el peligro es dispersarse como los discípulos al comienzo de la noche en el huerto de Getsemaní. La “nada” del sarmiento cortado destinado al fuego, se opone al “mucho fruto” duradero del que permanece en el amor creador que nunca deja de llegar desde Jesús al lado de las mismas cicatrices de la poda. La supresión y la restauración nos sitúan en el centro de nuestro carisma

que es al mismo tiempo, íntimo e histórico, creador y pascual, de obediencia al Papa y de fidelidad al futuro del reino. Si muchos jesuitas no hubiesen vivido la supresión y restauración en este espíritu evangélico, la Compañía se hubiese convertido en cenizas en el fuego de la persecución como los sarmientos quemados, y no hubiese emergido cuarenta años más tarde con tanta fortaleza. Resucitamos desde la misma profundidad en la que morimos.

En los Ejercicios Espirituales la meditación de las tres maneras de humildad constituye un punto de inflexión. Ahí se abre una puerta contemplativa que nos lleva a situar nuestra vida en el misterio de la locura del Dios vuelto hacia nosotros, encarnado en el Hijo. Es necesario escuchar las palabras de Ignacio en toda su fuerza y su desmesura: “Por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (EE 167). Al acercarnos al Diario Espiritual de Ignacio comprendemos mejor la relación con Dios que está implicada en esa forma de humildad. Es “la humildad amorosa” con Dios, “no temerosa”, (DE 178), que debe extenderse a nuestra relación con todas “las criaturas” (DE 179). Tal vez hoy la frase que mejor resume esta actitud no sea tanto “a mayor gloria de Dios”, muy marcada por la historia ambigua de nuestras grandezas, sino “en todo amar y servir” uniéndonos a la humildad de Dios en su relación con nosotros, pues Dios en la historia es nuestra servidor. Vivimos la humildad, no simplemente en el nombre de la Trinidad, ante su vista, siguiendo la dirección que nos señala desde una distancia infinita su índice extendido, sino sumergiéndonos en su misterio de humillación y de humildad, que es misterio de vida para nosotros, surgiendo desde el abajo más destruido de la realidad.

9. Cuando somos echados al basurero de la historia, somos arrojados al corazón de Dios.
Con la supresión, la Compañía no sólo fue sacada de circulación, sino que la ejecutaron con tanta exhibición de fuerza y crueldad, con tanta ignominia, que sus enemigos pretendían que su memoria quedase enlodada para siempre, que no pudiese resurgir nunca más, y que en las futuras relecturas de la historia no fuese posible rehabilitarla. Pero al ser humillada y arrastrada al basurero de la historia, la Compañía también fue arrojada al misterio de la humildad de Dios, al humus fecundo de la realidad donde el “Padre siempre trabaja” (Jn 5, 17), acogiendo el dolor de las víctimas, y asumiendo también la violencia de los victimarios. Al rodar por el lodo, al ser socialmente eliminada y religiosamente condenada, al bajar a la muerte, la Compañía se encontró con el Padre que acoge a todas las víctimas, de la misma manera que acogió a Jesús en el grito desamparado de la cruz y en el silencio de la sepultura clausurada con los sellos del poder imperial. Sin saberlo sus enemigos, al echar la Compañía a la fosa, la arrojaron al corazón de Dios, a su latido creador, a su vientre fecundo. El dolor de la Compañía se convirtió en el dolor de Dios, que es amor, y el Amor transforma el dolor en ternura y la muerte en vida nueva.

Además de la parábola de la poda, en el evangelio de Juan, Jesús ilumina su pasión con dos imágenes muy gráficas. La pascua se parece al grano de trigo echado a la tierra que cae sobre él y lo sepulta, pero da mucho fruto, (Jn 12,23-26), y a una mujer que sufre con la incertidumbre y la estrechez del parto, pero se alegra con la vida nueva que trae al mundo (Jn 16, 21). El tiempo de silencio de Dios en la historia, cuando el mal triunfa y parece que Dios no hace nada, los victimarios celebran y el servidor se muerde los labios, en realidad es tiempo de gestación de lo nuevo que se desarrolla protegido de los enemigos por la discreción de Dios, en el respeto a la libertad de las personas y al ritmo de los procesos de la historia (Is 42,14). Somos fecundos en la humildad de Dios, si tenemos nuestras raíces bien plantadas en la realidad donde Él está oculto y desde donde todo lo rehace porque su amor al mundo y su imaginación para abrir la historia a posibilidades nuevas siempre se actualiza en cada coyuntura. Nuestro futuro sólo es posible si está enraizado en la humildad de Dios, “que es el más profundo de sus misterios” (F. VARILLON, L´humilité de Dieu, Le Centurion, Paris 1974, 37) La humildad fecunda de Dios se oculta en la larga historia que va desde el dolor de la poda, hasta el sabor del vino de la nueva cosecha que compartimos. Dios no nos dice como si fuese un ídolo: “Humíllate ante mí”, sino “humíllate conmigo”, recorre de mi mano los escondidos procesos de la pascua que todo lo rehace. Lo realmente nuevo viene de la cruz. Sólo los que han muerto y resucitan pueden renovar la tierra, porque experimentan en su propia carne lo más bajo de la condición humana, lo más injusto y frágil, pero al mismo tiempo resucitan por una fuerza que les llega desde más allá de ellos mismos, que transforma lo muerto en una posibilidad sin estrenar. No resucitamos como un proceso de recuperación de lo antiguo, sino como la encarnación de un don inédito de Dios. Lo mismo que la supresión de la Compañía con la sanción de la autoridad religiosa y a bayoneta calada, también la crucifixión de Jesús fue un espectáculo estremecedor, público, bien visible, con exhibición de poder, con sentencias, uniformes, soldados, armas y rituales de muerte. Sin embargo la resurrección de Jesús fue humilde, silenciosa, sin ninguna imposición, ofrecida en la intimidad al “ver creyente” de sus amigos, y su misión sigue creciendo viva en la carne frágil de sus seguidores.

En resumen podemos afirmar, que el golpe de los enemigos no busca podar sino destruir, pero el Padre transforma ese hachazo de muerte en ramas humildes y tiernas. La supresión y restauración de la Compañía, la “mínima Compañía”, puede ser una gran parábola para asumir nuestros tiempos actuales de poda con “fidelidad creativa”, personal e institucional, en las “fronteras existenciales” de la realidad donde nos encontramos al lado del pueblo de Dios, podado más cruelmente que nosotros, que camina por la historia mutilado y resucitado al estilo de Jesús.

Benjamín González Buelta S.J.