domingo, 31 de agosto de 2014

PRIMERAS IMPRESIONES DE MADRID


No había andado en estos rumbos. Madrid es hermosa, apenas comienzo a recorrerla, a ratos me siento caminando en Zacatecas, en Guanajuato o en el Centro de la Ciudad de México, pero a diferencia de nuestras ciudades en donde las casas antiguas rondan dos o tres pisos, acá son de cinco o seis. Quizá esto sea porque el DF, Puebla y Oaxaca están construidas en zonas sísmicas. Para mi buena suerte me traje el libro de Octavio Paz sobre Sor Juana y en el primer capítulo habla de cuando fuimos la Nueva España, en efecto, tanto por mexicano como jesuita me siento en casa de los abuelos… o de aquella bisabuela. Me cuenta mi madre que el abuelo de mi padre, Don Agapito Ríos, era haz de cuenta Jerónimo, un apache, quien por cierto peleó en las fuerzas de mi General Pánfilo Natera, en la Toma de Zacatecas que acabamos de cumplir 100 años de tal batalla, bueno, pues este bisabuelo que fue premiado con unas tierras allá por Gutiérrez, Zacatecas, tomó también como motín a la hija de una maestra de antepasados peninsulares, es decir, mi bisabuela. Me cuentan que mi Lolita, es decir, se llamaba Dolores –y vaya que los tuvo en la vida- era güera y de ojo azul como mis sobrinos. Por esto le platicaba a mis hermanos jesuitas de estas latitudes que soy el típico mestizo manito mexicano. Mi parte indígena la agradezco y conozco, como buen mexicano orgulloso de su raíz azteca, pero como la mayoría de mis paisanos, la parte española quedaba un tanto como entre tinieblas de la historia oficial. Decía Miguel León Portilla, historiador y exjesuita, que en sus clases de antropología exalta no nomás un brazo, el indígena, sino también el español, y ambos brazos son necesarios para entendernos. Ahora que camino por acá ando conociendo y reconociendo este otro brazo.
La casa de los jesuitas me recordó a la casa de los jesuitas de Nueva York (calle 83) o a la comunidad de Marquette en Milwaukee. Casas donde viven 40 o 50 jesuitas y que el comedor parece muestrario de Naciones Unidas. Acá somos 36, la mayoría profesores de la Universidad de Comillas. De los estudiantes hay 6 africanos (Angola, Chad, Congo), 3 de la India, otros de Indonesia y Malasia; latinoamericanos somos 3, un colombiano, un brasileiro y yo. La casa está bien equipada, bien pensada en espacios para comedor, capilla, salas para televisión o para el periódico, espacios de esparcimiento, me recuerda la logística utilizada en la construcción del Noviciado de Tepotzotlán, casa hecha para que vivieran jesuitas en formación. Mi cuarto es pequeño y bonito, cómodo, ventana que da al jardín e ilumina bien para leer. La casa es silenciosa, se respira un aire sereno, bueno, se me escapa decir que a cada rato se oyen disparos, yo pensé que era mi paranoia de venir de Torreón, pero no, me sacaron de la duda y ya me explicaron que a lado hay un campo de tiro. Menos mal.
Antier fuimos varios jesuitas a las fiestas San Sebastián de los Reyes, fue como andar en la feria de Fresnillo. Los mismos merolicos, allá rifan tinas o bolsas llenas de productos de Bimbo, acá piernas de jamón serrano. Los mismos carros chocones, casas de espantos, juegos luminosos y ruidosos que dan vueltas, igual, en eso no distingo diferencia. Me gustó caminar por las calles del pueblo, toparme con la gente, ver, estar, entender. Había rostros y modos que me hacían sentir en Casa Iñigo o las festividades de la Covadonga en el Parque España de Torreón, tanto allá como acá predominan alemanes, árabes y claro, españoles, je, olé. También, me sentía caminando en las fiestas de San Juan de los Lagos o en esas zonas de Jalisco donde la población es güera. Es verdad, tanto en metro como en las calles he notado nutridos grupos de población proveniente de Bolivia, Ecuador y Perú, también rasgos asiáticos, africanos, indios y magrebíes. También en el metro de aquí pasa como en el de Nueva York que en pocos metros escuchas muchos idiomas y acentos.
En lo personal estoy contento, con mucho ánimo y deliberalidad, como diría nuestro Padre Maestro Ignacio de Loyola, que por cierto, próxima semana iré a visitar su tierra natal, allá serán los votos de 4 novicios españoles, invitaron y para pronto me apunté.
Poco a poco regreso a ser persona. El Jet Lag me dio con todo. Es como andar crudo. El otro día quise hacer oración al nuevo modo que me gusta hacer, al estilo Franz Jalics. Me senté y serené, quise dejarme fluir en respiraciones y percibiendo el calor en las palmas de mis manos. En estas estaba y casi-casi mi cuerpo me habla diciendo: “Buey, qué no ves que tengo sueño”. Después de varios cabeceos opte por salir a caminar, me estaba durmiendo. Mi cuerpo estuvo perdido en el tiempo y en el espacio, ya una noche dormí de un tirón, ya hoy me desperté con hambre de desayunar, pero que caray, acá se acostumbra más bien las comidas fuertes en la comida y en la cena, yo operaba desayunando fuerte, comiendo bien y casi no cenando. En fin, ahí voy agarrando ritmos biológicos,  conociendo rumbo, ha hecho calor pero después de Torreón nada es calor. Ya mañana inicio clases. Estaré estudiando un master en filosofía, el título rimbombante es Humanismo y Trascendencia. Qué bueno que ya va pasando el Jet Lag pues con esa sensación de que me habían dado un zape bien dado, no tenía cabeza ni para leer o escribir, ahí va pasando, hoy amanecí con ganas de compartir algo de lo vivido. Mis primeras impresiones, como me recomendó mi Tío Sergio. Aquí las comparto.
Bueno, pues le sigo. Por acá todo bien. Saludos a México. Por favor, que nadie me hable de guacamole, chilaquiles o caguama porque lloro, je. Salud y Olé.
Mayo, SJ.