jueves, 3 de julio de 2014

TRES LLAMADAS DE JESÚS - José Antonio Pagola


TRES LLAMADAS DE JESÚS - José Antonio Pagola

El evangelio de Mateo ha recogido tres llamadas de Jesús que hemos de escuchar con atención sus seguidores, pues pueden transformar el clima de desaliento, cansancio y aburrimiento que a veces se respira en alguno sectores de nuestras comunidades.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados. Yo os aliviaré”. Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que viven su religión como una carga pesada. No son pocos los cristianos que viven agobiados por su conciencia. No son grandes pecadores. Sencillamente, han sido educados para tener siempre presente su pecado y no conocen la alegría del perdón contínuo de Dios. Si se encuentran con Jesús, se sentirán aliviados.

Hay también cristianos cansados de vivir su religión como una tradición gastada. Si se encuentran con Jesús, aprenderán a vivir a gusto con Dios. Descubrirán una alegría interior que hoy no conocen. Seguirán a Jesús, no por obligación sino por atracción.

“Cargad con mi yugo porque es llevadero y mi carga ligera”. Es la segunda llamada. Jesús no agobia a nadie. Al contrario, libera lo mejor que hay en nosotros pues nos propone vivir haciendo la vida más humana, digna y sana. No es fácil encontrar un modo más apasionante de vivir.

Jesús libera de miedos y presiones, no los introduce; hace crecer nuestra libertad, no nuestras servidumbres; despierta en nosotros la confianza, nunca la tristeza; nos atrae hacia el amor, no hacia las leyes y preceptos. Nos invita a vivir haciendo el bien.

“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso”.
Es la tercera llamada. Hemos de aprender de Jesús a vivir como él. Jesús no complica nuestra vida. La hace más clara y más sencilla, más humilde y más sana. Ofrece descanso. No propone nunca a sus seguidores algo que él no haya vivido. Nos invita a seguirlo por el mismo camino que él ha recorrido. Por eso puede entender nuestras dificultades y nuestros esfuerzos, puede perdonar nuestras torpezas y errores, animándonos siempre a levantarnos.

Hemos de centrar nuestros esfuerzos en promover un contacto más vital con Jesús en tantos hombres y mujeres necesitados de aliento, descanso y paz. Me entristece ver que es precisamente su modo de entender y de vivir la religión lo que conduce a no pocos, casi inevitablemente, a no conocer la experiencia de confiar en Jesús. Pienso en tantas personas que, dentro y fuera de la Iglesia, viven “perdidos”, sin saber a qué puerta llamar. Sé que Jesús podría ser para ellos la gran noticia. 

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a promover un contacto más vital con Jesús. Pásalo.
6 de julio de 2014
14 Tiempo ordinario (A)
Mateo 11, 25-30
DESCANSAR EN TI
Escrito por  Florentino Ulibarri

Descansar en Ti,
a la sombra,
junto al arroyo,
sintiendo la brisa
y con la cabeza en tu hombro.

Descansar en Ti,
sin temores,
sin nostalgias,
sin sucedáneos,
sin ansias, enamorado.

Descansar en Ti,
gozando el momento,
libre de atillos y cargas,
sin prisas para nada
y soñando esperanzas.

Descansar en Ti,
serenamente,
ahora y a cualquier hora,
hasta habituarme
al gozo y a la gracia que me donas.

¡Descansar en Ti
después del éxito
o del fracaso
y compartir gratuitamente
tus más íntimas emociones!

Descansar en Ti,
y darte gracias,
con palabras o sin ellas,
por tu presencia solidaria
en la gente sencilla y llana.

¡Descansar en Ti!

Florentino Ulibarri



LA SIMPLICIDAD DE DIOS NOS ASUSTA
Escrito por  Fray Marcos

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto del éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. Aunque no sean palabras del mismo Jesús, se trata de una tradición muy antigua que refleja un conocimiento muy profundo de su persona. En la primera comunidad cristiana todos eran sencillos. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

"Te doy gracias, Padre, porque..." Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Los radicales contrastes del lenguaje semítico nos despistan. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los "sabios y entendidos" eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender, pero eran los únicos que podían enseñar. Con prepotencia imponían toda clase de normas y preceptos insoportables para la gente normal.

¿Quiénes eran los sencillos? "El "nepios" griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los "sin voz", "la gente de la tierra" a quienes los rabinos despreciaban. En tiempo de Jesús, solo los dirigentes podían opinar, los demás tenían la obligación de escuchar.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. "Todo me lo ha entregado mi Padre..." Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. La imagen del yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: "El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado". La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas; de las que sufrían los judíos de su tiempo y de las que sufren hoy los cristianos.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; eso sería engañar al ser humano que tiene experiencia de lo difícil que es la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. Si desaparecieran todas las dificultades, no podríamos avanzar hacia ninguna meta. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un "yugo" pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar en el camino hacia una meta que está más allá de lo que somos como simples animales.

Lo que acabamos de leer es, sin duda, evangelio (buena noticia). No hemos hecho mucho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó "el sentido común". Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que no nos lo hemos creído nunca. ¡Qué sabe Jesús de lo que significa ser cristiano! Sin embargo, Dios no comparte con el hombre los secretos del conocimiento, sino su misma Vida. La revelación no consiste en más conocimiento, sino en más Vida.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los "sabios y entendidos" que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: "doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder".

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: "solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer". Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Ahora solo nos queda revisar nuestra religión y ver en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, y así sucesivamente. Los predicadores seguimos imponiendo pesadas fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta, la "Ley" de Dios, no la Vida de Dios.

Hace décadas que se está hablando de la crisis de nuestras instituciones. Pero la crisis de la Iglesia no es una crisis doctrinal. Es una crisis de vivencia. La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutidas. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad necesaria para ser nosotros mismos.

Meditación-contemplación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
.........

Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.
...........

Ese Dios de Jesús, sencillo y cercano
solo puede ser aceptado desde la sencillez.
Dios solo se puede dar como simplicidad.
Dios solo cabe en un corazón simple y sencillo.
..........

Fray Marcos



FRANCISCO, GRANDE JUNTO A OTROS GRANDES
Escrito por  Edgard R. Beltrán

Qué grande es nuestro Papa Francisco. Es un regalo especial del Padre. Es un aire fresco. Es una esperanza para creyentes y no creyentes. Encarna en sí mismo una alternativa bellísima de otra forma de existencia, ejemplo para la humanidad.

Todo porque de él emana su sentido de compasión y de misericordia. Los pobres le duelen y se juega por ellos. Los enfermos son imanes que atraen su corazón, y si son deformes atraen sus besos sin escrúpulo. A los niños indefensos les abre sus brazos defensores.

Carlitos, un niño, públicamente se sentó en su asiento, la silla de Pedro, y Francisco quedó encantado. Los palacios vaticanos le fastidian. Los títulos le estorban. Los colores artificiales y anacrónicos de vestimentas eclesiásticas le dejan con cara de tristeza, como lo vimos en una célebre foto.

El triunfalismo de un modelo constantiniano de Iglesia le duele. Prefiere hacerse esclavo para lavar los pies de una mujer, y de una mujer mahometana y prisionera. Los liturgistas romanos escandalizados rasgan sus vestiduras, pero la humanidad, creyente y no creyente, respira aliviada porque otra forma de vivir es posible y es linda.

Su vestidura es blanca, porque es su uniforme ordinario, pero no tiene adornos ni sus zapatos son distintos a los usados por el pueblo pobre. En su pobreza ofrece la compasión a todos, y a todos pobremente les pide que compasivamente lo acompañen rezando por él.

En su compasión abraza a todos como hermanos. A todos. A Bartolomé I, el Papa de oriente, separados desde 1052, lo invita y lo abraza y le pide perdón. A los judíos los siente como hermanos mayores, juntos en el mismo caminar. A los seguidores del profeta Mahoma los abraza con amor.

No le fastidia que lo llamen comunista, pues aclara que no cree en el comunismo, pero tiene amigos comunistas a quienes quiere. A agnósticos que luchan por el pobre, los anima a que lo hagan con amor. Quiere transformar una Iglesia piramidal en un episcopado colegial y en un pueblo comunitario.

Todo esto hace del Papa Francisco un personaje distinto a los demás y un ejemplo atrayente. Así fue Francisco de Asís a finales del siglo doce y principios del trece. Francisco de Asís fue un iniciador de un nuevo modelo de Iglesia. Su modelo fue Jesús de Galilea, muy lejano en el tiempo. En su época no había otros que la ayudaran como ejemplos cercanos.

El Papa Francisco, en cambio, en su grandeza eclesial, viene desde antes acompañado por un conjunto de obispos gigantescos. Como Francisco de Asís, también sigue el ejemplo de Jesús de Galilea. Pero el Papa Francisco sí ha tenido compañía de otros grandes y muy grandes, que fueron cercanos a él, de quienes él ha aprendido y sigue aprendiendo y por quienes se siente acompañado.

Casi todos ya marcharon a la casa del Padre. Unos pocos aún viven y Francisco conoce a estos y conoció a aquellos. Muchos también los hemos conocido y damos testimonio del parecido de Francisco con ellos. Son aquellos obispos, algunos de ellos, de la generación inmediatamente posterior al Concilio Vaticano II. Los hubo en todos los continentes, pero en especial fue un grupo de obispos de América Latina.

Jorge Bergoglio hizo sus estudios con los jesuitas entre 1957 y 1970 y fue ordenado en 1969. El Concilio Vaticano II se desarrolló de 1962 a 1965. Medellín fue preparado desde 1966 y se realizó en 1968. Pedro Arrupe era el general de la Compañía.

Jorge Bergoglio vivió esta época de inquietante novedad eclesial, una nueva primavera. Veía, oía, leía, respiraba esta nueva manera de ser Iglesia. Se rompía el modelo constantiniano vigente desde el siglo cuarto, 16 siglos, y se recuperaba para hoy el modelo de comunidad del artesano galileo, Jesús de Nazaret.

Como ejemplo caminaba un buen número de obispos que se esforzaban en ir logrando su "conversión eclesial". Buscaban cómo pasar de un modelo de Iglesia de poder dominante y triunfalismo a un modelo más conforme con el de Jesús de Galilea, una comunidad de amor fermento del reino, en la realidad de hoy, en un "aggiornamento".

Su modelo atrayente y desafiante era Jesús, pero a la luz del Concilio Vaticano II. Un modelo cercano y visible era Juan XXIII, quien en su vida encarnó el modelo de Iglesia que soñaba al convocar el Concilio. Francisco contó que el primer nombre que pensó para él fue el de Juan XXIV.

Modelo también era ese buen número de obispos convertidos a este nuevo modelo de Iglesia, verdaderos padres de la Iglesia Universal. Muchos de ellos se ganaron la enemistad de los poderes políticos, fueron perseguidos y algunos terminaron martirizados. No les faltó persecución dentro de la misma Iglesia. Todos ellos sufrieron, pero iluminaron el nuevo caminar de la Iglesia.

Nosotros los conocimos y algunos caminamos con ellos. Yo puedo dar el nombre de muchos de ellos. Como obra del CELAM hicimos dos veces un mes completo de reflexión conciliar, una vez en Medellín con 52 obispos de América Latina y otro en Antigua Guatemala con 38 obispos de América Central.

Jorge Bergoglio conoció esta generación de obispos durante sus estudios y luego como joven sacerdote. Después fue parte de esa generación como obispo auxiliar de Buenos Aires, 1992, y luego como arzobispo en 1998. Su sencillez, su modestia, su pobreza, su estilo de Iglesia era el seguimiento ejemplar y luminoso de un modelo que providencialmente supo hacer suyo. La Providencia lo fue preparando para que así ahora Francisco encarne en su persona ese modelo que ilumina desde la diócesis de Roma a toda la Iglesia y a toda la humanidad, enmarcado en esa alegría constante que hace saborear la Buena Noticia, que es Jesús y el reino.

Unos cuarenta obispos fueron a celebrar la Eucaristía en las catacumbas romanas de Santa Domitila, en noviembre de 1965, dos semanas antes de terminar el Concilio Vaticano II. Estos obispos habían tomado muy en serio el nuevo modelo de Iglesia que el Concilio había logrado presentar. En esa catacumba firmaron un compromiso de 13 puntos que iban a cumplir y que les cambiaría la vida. Leyendo cada uno de esos compromisos uno ve la figura de Francisco, tanto en su convencimiento interior como en sus múltiples, constantes y admirables ejemplos.

Al recuperar la memoria de esa generación de obispos tan grandes, vemos más grande la figura de Francisco y nos sentimos invitados a orar y a orar mucho, como él nos lo pide, para construir de nuevo esa primavera eclesial posconciliar, tan cercana a Jesús y su reino. Primavera que no se redujo al ámbito episcopal, sino que fue el renacer del Pueblo de Dios, un pueblo de bautizados que iba transformando todo el continente de América Latina, ejemplo para el resto del mundo.

Con Francisco, obispo de Roma ahora, acompañémoslo y vivamos ese modelo de Iglesia Universal, pueblo y obispos, al servicio de todos los continentes y del planeta tierra.

Edgard R. Beltrán
Exsecretario de Pastoral del CELAM



Adolfo Nicolás: Afinar el instrumento para la sinfonía del presente
Pedro Miguel Lamet, SJ.

El pasado  21 de junio se unieron los jesuitas españoles en una sola provincia. En ese acto, celebrado en Madrid, el superior general, Adolfo Nicolás, tuvo un par de intervenciones. Pero quiero destacar una, la homilía, porque me parece un programa no solo para jesuitas y religiosos, sino para cualquier ser humano. Su diagnóstico del momento angustiado que vivimos y la síntesis que hace de Oriente y Occidente, entre el camino, la verdad y la vida, y su invitación a afinar el instrumento para lograr la armonía en la sinfonía universal, me parecen antológicos. Os dejo el texto completo:

La lectura que hemos escuchado de Romanos nos da el programa, que no es otro que el programa común de vivir plenamente el Evangelio. De Jesús. Estamos en un mundo nuevo, distinto al de San Ignacio y necesitamos crear. Estamos en una disposición nueva. Termina el capítulo diciendo “Venced el mal con el bien”. Todos sabemos que la victoria del bien es un artículo de fe, porque no se ve por ninguna parte. Todos sabemos que por mucho tiempo vencerá el mal, interés mezquinos, estrechez de miras, egoísmo o dinero, como el gran ídolo, ocmo dice el Papa Francisco. Este es el precio del reino de Dios, este es el precio que nos pone la carta a los Romanos. Va a ser difícil responder hoy, igual que en tiempos de San Ignacio también era difícil. No somos un mundo especial, pero muchas cosas se nos han hecho un poco más complejas, un poco más difíciles. Hoy sabemos más de psicología esto hace difícil tratar algunos problemas. Sabemos más del sufrimiento humano, sabemos más de presiones sociales, tenemos periodistas y políticos menos lúcidos, por decirlo, sin decir nombres. 

Vivimos más deprisa, con más presiones y con menos tiempo, como decía aquel africano a un europeos “vosotros tenéis planes, nosotros tenemos tiempo”, que es un poco lo que está pasando en nuestro mundo. Y, sin embargo, seguimos necesitando la aportación de todos. Es un tiempo en el que no podemos permitirnos prescindir de la sabiduría de nadie. Un obispo japonés decía, “Jesús dice ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’, las espiritualidades de Asia, son casi todas del camino, pero los misioneros han venido hablando de la verdad, y no nos hemos encontrado”.

San Ignacio es un hombre del camino, se considera un peregrino y nos deja a nosotros métodos, procesos, no nos dice qué tenemos qué hacer, eso lo deja a los superiores que tienen que discernir.

Se nos ha hecho la situación muy difícil. Asia es cómo, cómo concentrarse, cómo encontrar equilibrio y tenemos el yoga, el zen y todas esos estudios sobre el cuerpo y el alma, etc. Es la gran preocupación, el cómo.

Europa y Norteamérica, quizá la gran preocupación es la verdad, cómo definir, sobre todo franceses y alemanes, que te escriben un libro de 800 páginas como introducción al concepto de alma. Es la gran preocupación por definir, por encontrar la verdad.
Africa y Latinoamérica es la vida, todavía conservan una apreciación por la amistad, por la familia, por los niños, por todo lo que supone valores tradicionales que existían en un tiempo en Europa pero que poco a poco se van perdiendo bastante.
Necesitamos todo, por eso el tiempo actual es un tiempo que nos da una nueva oportunidad, la oportunidad de encontrar al Cristo total, por fin, no solamente el camino, sino el camino, la verdad y la vida, todo junto, pero para eso necesitamos abrirnos y contribuir a esta nueva oportunidad.

Nos sentimos algo intimidados ante la realidad de la nueva provincia, ¡es tan grande! Vamos a necesitar mucha creatividad para poder responder a los antiguos y a los nuevos retos, vamos a necesitar mucha creatividad. A veces nos va a parecer que no merece la pena, o que es demasiado tarde, o que ya estamos pasados y hay que desistir, hay que dejar que la historia tome su curso. Esto es algo que San Ignacio nunca pensó porque sabía que toda la vida es una batalla, es una guerra, que no tiene descanso. Y esto nos pone en comunión con otras tradiciones. En el hinduismo, el libro de espiritualidad hindú el Bhágavad-guitá, empieza en un campo de batalla, y el protagonista siente que le tiemblan las piernas porque a medida que se acerca el enemigo empieza a reconocer las caras, son sus amigos, sus vecinos, sus parientes y entonces dice, ¿cómo voy a luchar contra mí mismo? Y es que la batalla real es contra uno mismo.

San Ignacio vio esto. También en el Islam, el más profundo Yihad, no es contra otros, es contra uno mismo, se da en el corazón de la persona, del verdadero creyente. Y esto es lo que nos dice el Evangelio de hoy. San Ignacio nos dejó métodos para afinar nuestros instrumentos, como para un concierto. Siempre empieza el concierto, con los violines y las violas afinándose, con un poco de ruido, pero esto es muy importante para que el concierto suene bien.

Se entra en una nueva aventura, lo importante no es ser viejo o joven, ni tener éxito o no tenerlo, lo importante es saber cómo vivir plenamente en cada momento. Y eso nos lo dice el espíritu. Pero para oír el espíritu hay que afinar el instrumento y dar importancia al silencio.

Hace poco leí que un crítico de música hablando de Japón dice “la calidad de silencio que se oye en un concierto es extraordinaria. Yo estaba sentado junto a un vecino y en cuanto empezó el concierto la única señal de que estaba vivo era que un dedo se le movía, lo demás, no se sabía si estaba vivo o muerto”. Dice “el problema es si Japón va a ser capaz de sostener ese silencio, ese es el problema de hoy”. Y nosotros vamos a afinar el instrumento para poder oír al espíritu y el espíritu habla muy bajito, muy bajito. Hay que estar en silencio, hay que aquietar el espíritu, son vibraciones, no voces, y las vibraciones las pueden oír sólo corazones afinados, adiestrados en el arte de escuchar.
De manera que hoy pedimos al Señor unos por otros, que la nueva provincia sea un auténtico concierto. A un poeta, japonés también, hace poco le pidieron que tradujera la oración de San Francisco de Asís, “hazme un instrumento de su paz”. Y tradujo no por la palabra “dogu” que significa un instrumento de trabajo, sino por la palabra “gakki“ que es un instrumento musical y llamó al librito donde ponía la traducción “la sinfonía del universo”.

Yo quisiera pedir hoy que esta nueva provincia sea parte de esta sinfonía del universo.

Pedro Miguel Lamet, SJ.



ENTREVISTA CON EL P. GENERAL, ADOLFO NICOLÁS PACHÓN

¿Quién le enseñó a rezar?
Muchos, porque se reza de pequeño, de joven, de mayor, de laico y de jesuita. Aprendí en casa, teníamos juntos el mes de San José, era una devoción de mis padres. Nos pasábamos grandes juergas los hijos, buscando una equivocación para reírnos. Pero así aprendimos, por lo menos creo que es lo que queda siempre, que hay un recurso más allá de lo que pasa día a día. Eso queda en la mente del niño. Luego se aprende a rezar con la vida, con el Evangelio, con los acontecimientos, con la vida de Compañía, la vida de la compañía es la oración de ahora.

¿Hay tiempo para orar en la vida de la curia?
Por supuesto, hay que hacerlo por la mañana, porque luego durante el día no queda tiempo para nada.

¿Se encuentra a menudo con el Papa Francisco?
No, tanto él como yo evitamos una frecuencia que sea demasiado visible. Yo, en cuanto puedo, trato asuntos con él a través de otras fuentes. Es un hombre muy abierto a todos los canales, oficiales y no oficiales; procuro usar diferentes canales para no hacerme demasiado visible y que empiece una especulación sobre la relación del papa con la Compañía, que no nos haría bien a ninguno.
Tenemos un voto de obediencia y queremos saber que nos pide el papa Francisco 

¿sabemos qué nos pide?
Esa fue la primera preocupación que tenía yo como General. El papa Benedicto XVI nos dijo claramente qué esperaba de la Compañía: intensidad en el estudio, profundidad en el pensamiento y espiritualidad. He podido confirmar con el papa Francisco que quiere lo mismo de la Compañía. Además de las prioridades que él tiene: contacto con la gente, servicio a los pobres, etc. Pero creo que nuestra función ahora en la iglesia es procurar que haya profundidad, que no nos vayamos por lo que nos vamos todos: por lo periodístico, por lo inmediato, sino estudiar las cosas a fondo y tratar de responder a lo que la Iglesia necesita ahora.

¿Le sorprende el papa Francisco?
No me sorprende. Un periodista italiano ha dicho que la revolución de Francisco es la revolución de la normalidad. Y no me sorprende que en la iglesia podamos ser normales. Él es muy normal, muy natural, muy espontáneo y eso hace bien a la iglesia y gusta a la gente.
Me he encontrado en mis viajes por todo el mundo con el agrado de la gente, de todos, africanos, asiáticos, latinoamericanos… por este estilo informal, cercano, de diálogo, que tiene con todos y esto corresponde también a su canonización del beato Fabro. Le hizo santo porque  le tenía gran devoción desde joven, antes de ser jesuita, y en el beato Fabro él encuentra apoyo, inspiración para lo que busca: diálogo, cercanía, apertura a todos, lleno de cariño, porque no es un hombre frío.

Como saber lo que un papa quiere. Qué mecanismo hay para llegar al papa.
Lo mejor es preguntar directamente. Es muy accesible y dialogante. Le gusta que las cosas se le digan. El me ha alabado a su secretario porque cuando no está de acuerdo se lo dice. Y a él le gusta esto, un lenguaje directo, espontáneo, sincero. Él es muy sincero. Lo que hemos ganado en cercanía lo hemos ganado en conocimiento de la persona, no hay nada oculto, es un hombre transparente.

Y para saber lo que el papa pide a la Compañía y lo que pide Dios a la Compañía, ¿cómo lo hace P. Nicolás?
El mejor camino para saberlo es el discernimiento. San Ignacio nos dejó no solo el método sino las actitudes fundamentales, porque la realidad es uno de los mejores puntos de partida. San Ignacio es un hombre que no es abstracto, que camina sobre la realidad, se considera peregrino no solo porque físicamente caminó mucho, sino porque es un hombre en búsqueda, que va descubriendo nuevos campos y la realidad es siempre un punto de partida muy serio para él. Tanto, que cuando envía gente a la India o a otros sitios, siempre en sus instrucciones les deja total libertad para que disciernan sobre el terreno. El cambio de estructuras es normal en San Ignacio, porque no hay nada absoluto si no es la voluntad de Dios y el bien de los demás.

¿Llega bien la realidad a Borgo S. Spirito? ¿Cómo hace para acercarse a la realidad?
Llega muy bien. La Compañía tiene 500 años de experiencia, y siempre se ha ido puliendo, precisamente, el acceso a la realidad, a través de cartas, a través de una doble red. Me hizo pensar cuando estudié en Roma en los años 68-69; me pidió el secretario de la embajada japonesa que organizara un encuentro con tres profesores de la gregoriana, y le preguntaron a él por qué la embajada japonesa en el Vaticano, qué interés tenía Japón en dos embajadas en Roma si Japón no es un país católico. Él respondió claramente: por información, porque lo que decide el Vaticano afecta a los países latinoamericanos, y Japón tiene interés en saber eso. Y porque el Vaticano tiene dos redes de información, una oficial a través de los nuncios, y otra  informal a través de sacerdotes, religiosos, laicos, que están continuamente enviando información a Roma.

Entonces ¿lee todo lo que le mandan?
Mucho de mi trabajo es leer y escuchar. Las orejas se me han hecho un poco grandes. Tengo un equipo para eso muy bueno. El secreto del gobierno de la Compañía está en el equipo. Estoy muy agradecido a la Congregación General, no por elegirme sino, para perdonar eso, por el equipo que me dio. Tengo 9 asistentes regionales, que tienen distintas partes del mundo bajo su preocupación y luego 2 asistentes para las casas de Roma -que son casi 400 jesuitas- y otro para formación, que es la prioridad en la Compañía siempre. Entre todos, sé que podemos encontrar caminos para responder a distintos retos y eso me permite dormir en paz. Duermo bien gracias a saber que no tengo que solucionar yo todos los problemas.

Estamos en la creación de la nueva provincia de España, ¿es porque somos menos?
Sería mentiroso si dijera que no ha influido. Es evidente que la cuestión de número nos ha hecho pensar, porque la reducción de número afecta inmediatamente al apostolado, nuestras instituciones, el gobierno de la Compañía, la misma formación. Nos estamos dando cuenta de que a medida que las provincias tienen menos gente, hay menos posibilidad de mantener un servicio de calidad. Aunque empezó la reflexión a partir de los números sin embargo el acento está en lo apostólico, el servicio apostólico que damos a la iglesia y a la gente, no se puede mantener en calidad sin recursos y estos recursos tienen mucho que ver con los números. De manera que tenemos ahora en la Compañía provincias muy grandes que no quieren dividirse porque se dan cuenta de que siendo grandes pueden mantener un apostolado vivo, con recursos, con especialistas, cosa que no pasaría si se dividen, entonces la preocupación por mantener las estructuras básicas, formación, superiores, requieren tantos recursos que no quedan para compartir, intercambiar con otros…
Somos menos porque… tenemos menos vocaciones y tenemos menos porque lo estamos haciendo mal y Dios dice: “ya no les mando vocaciones”.
Es mucho más complejo que esto. Y sobre todo en el mundo moderno. Estamos tratando de dar sentido al hecho de que en el Vaticano II descubrimos la vocación del laico como tal, dentro de la familia, de las instituciones, la política, la empresa, y esto ciertamente afecta. Luego la natalidad ha bajado muchísimo en países que tradicionalmente nos han dado muchas vocaciones. Es difícil que la familia fomente vocaciones cuando tiene dos hijos en vez de cinco como antes. 
A mí me preocupa más el hecho de que está disminuyendo el número de profesiones vocacionales: médicos disponibles 24 horas, enfermeras preocupadas por sus pacientes, maestros que están más preocupados por el salario que por los estudiantes… está disminuyendo lo que es vocación, y esto nos afecta a nosotros, porque no todo el mundo mira la vocación de forma positiva.
Nos decía un hermano cisterciense, que antes, en Italia, todas las familias tenían un pariente religioso, y todos lo decían con orgullo. “Hoy si voy a una familia y me encuentro a un muchacho bien plantado y le digo que si se ha planteado ser sacerdote, toda la familia se me echa encima. ¡Padre, no le meta ideas extrañas en la cabeza!”. No es solo problema nuestro, hay toda una cultura que no favorece este tipo de vocaciones. Se favorece lo que es más relacionado con el marketing, la producción, un buen salario, y esto nos afecta naturalmente a nosotros.

Para la provincia de España, esto es una oportunidad, ¿tenemos fortaleza?
No tenemos que pensar que España es diferente. Esto es un eslogan que no sirve. A mí me gusta decir que hay jesuitas para todo, pues también hay españoles para todo, pero hay fortalezas evidentemente. Por lo que he visto hay mucha dedicación, hay pasión por lo que se hace, entrega, generosidad e imaginación. Y esto es un valor que hay que cultivar más que nunca. La Iglesia necesita dedicación al estudio y esto no es muy español: un estudio árido, que se hace solo, o en una biblioteca, esto no es el punto fuerte del español. Al alemán sí le gusta estar en una biblioteca, pero al español le gusta el aire libre. Pero es parte de una idiosincrasia, y hay mucha inteligencia, dedicación y pasión en lo que se hace, por lo tanto la capacidad para ser creativos, para hacer diferencia en la vida es muy alta. Lo que espero que los superiores puedan hacer es motivar y canalizar esa energía, esa fuerza, en algo productivo pastoral y religiosamente.

Cada vez hay más instituciones vinculadas a la Compañía en las que hay una persona laica y no un jesuita. ¿Nos convertimos en una marca y dejamos de ser una congregación religiosa?
No, en absoluto, es un proceso normal. Es normal que en una institución se busque al mejor, y el mejor puede ser jesuita o no, puede ser un laico o una laica. Y entonces hay que escoger al mejor para que la institución vaya bien y el jesuita se tiene que ir acostumbrando a funcionar normalmente. Estamos acostumbrados a canalizar todo religiosamente y a mí me hacen preguntas en algunos sitios de si el director de una obra es laico ¿tenemos que obedecerle? No es cuestión de obediencia. ¿Qué hace un profesor ordinario? obedece porque hay que trabajar de una manera colaborativa y ordenada. El jesuita se tiene que acostumbrar a eso, a funcionar como una persona normal.
Pero corremos el riesgo de ser más que una orden con una espiritualidad, con una tarea evangelizadora, una prestadora de servicios sociales.
Creo que sí podría ser, es un peligro, pero ahora mismo hay en la Compañía un interés enorme por mantener la identidad de nuestras obras. Si llevamos una obra, un colegio, una universidad, una parroquia, hay una preocupación muy alta por mantener la identidad, y no solo en los jesuitas sino también en los laicos, porque ellos colaboran precisamente porque esa obra está ofreciendo algo distinto, particular, y los laicos son los primeros que quieren mantener esa identidad, y saben que no puede suceder sin un proceso de formación, programas, etc. En España hay programas, tanto en Loyola como en Andalucía muy bien estructurados de formación de nuestros colaboradores que forman equipo y quieren trabajar como comunidad.

¿Somos más capaces de trabajar con otras, con otros?
 Nos vamos haciendo más capaces. Es un proceso y vamos aprendiendo. Al principio pensábamos en laicos colaborando con nosotros, en nuestras obras. Kolvenbach ya habló en la CG34 de que tenemos que hablar de lo contrario: jesuitas colaborando con laicos en sus obras. Ahora ya esa diferencia va disminuyendo y ya se habla de colaboración en la misión de Dios. Ya no se habla de la misión de los franciscanos, de los carmelitas, de los jesuitas, sino de la misión de Dios. Es Dios el que llama a los colaboradores y por tanto nuestro discernimiento será quien tiene el mismo corazón que nosotros para trabajar juntos, no quién tiene vocación o no para trabajar, eso Dios lo decide. Pero nosotros tenemos que discernir con quién podemos trabajar bien, en paz y en la misma dirección.

En 2016 vamos a tener Congregación General los jesuitas ¿para qué?
Primero para elegir General. Creo que los 80 años es una buena fecha para pensar en el relevo porque después de los 80 ya no hay ninguna garantía ni médica ni psicológica ni del sistema nervioso para que la mente funcione bien, y ciertamente no puedo someter a la Compañía a años de decadencia personal. Después de los 80 ya entra uno en ese proceso de decadencia. Yo prefiero moverme fuera del trabajo, cuando todavía tengo capacidad de pensar y no esperar a que los jesuitas pregunten “ese viejito de Roma sigue allí” que no es muy positivo. Hay que hacer las cosas con cierta lucidez y es mejor empezar ya a prepararlo.
La Congregación General no es solamente para elegir General
Aunque la prioridad sea elegir General hay todo un proceso y en ese proceso entran las Congregaciones Provinciales , que habrá que tener una en España también, y en esas Congregaciones Provinciales piensan qué tipo de problemática hay que ajustar, cómo entendemos la misión. En el futuro las CG sean de elección o no, lo único importante que tienen que hacer es ajustar la misión. Porque la sociedad va cambiando, y también nuestras estructuras tienen que cambiar. San Ignacio sería el primero en hablar de cambio. San Ignacio dio libertad a los que iban a la India, a Japón… para discernir sobre el terreno porque no todo se ve desde Roma, él sería el primero en decir, han pasado 500 años, las estructuras que tenemos ahora son de 500 años antes, ya es hora de cambiar porque el mundo ha cambiado muchísimo. El cambio no es porque algo no funcione, sino por ir ajustándose a las necesidades nuevas y a los tiempos nuevos.

¿Cuántos años lleva de General? ¿Ha cambiado mucho su visión de la Compañía estando en Roma?
Llevo seis años. Sí ha cambiado. Primero se juzgan muchas cosas desde fuera como amateur. El aficionado que ve las cosas sin información. Llega uno a Roma y se encuentra un alud de información  y cuando se conocen los problemas en detalle, y las personas, y por qué ha surgido un problema y su proceso, se ven las cosas ligeramente distintas. Hay apreciaciones que no cambian pero hay otras que sí. Y las que tocan a personas o instituciones concretas tienen que cambiar necesariamente con la información más completa que llega a Roma.

Y le cambia a uno también ser el P. General
No cambia uno en el carácter, el temperamento, como el Papa, sigue siendo él, pero ha cambiado su estilo, era más bien una persona adusta, ahora se ha hecho una persona muy cercana a la gente. Él lo atribuye a que así trabaja la Gracia. Él dice, yo no era así antes, era distante, serio… pero ahora me encuentro a gusto en esto, y él lo atribuye a la Gracia. Algo de eso pasa al ir a Roma. El carácter fundamental sigue pero tiene uno más información, tiene uno entrevistas como ésta, que antes no tenía, y uno es más consciente de que es una persona pública,  no hay tanto espacio para lo personal, para el gusto concreto.

La visita de Benedicto XVI y su discurso en la Congregación General fue emocionante. Nos habló de ir a las fronteras ¿Estamos los jesuitas en las fronteras?  
Creo que sí, que una de las razones por las que tenemos tantos y muy buenos colaboradores laicos y laicas es por estar en las fronteras. Se encuentran que ahí hay que estar, donde están los jesuitas. Lo que pasa es que las fronteras no son unívocas. Una de las cosas que hemos hecho recientemente en Roma es rehacer el mapamundi. Hacer un mapa de fronteras porque cada continente tiene fronteras distintas. África no tiene las mismas fronteras que Oriente Medio o Europa. Los provinciales de Europa han decidido que una de esas fronteras es la secularidad, que ciertamente es muy fuerte en Europa, y otra es el encuentro con otras religiones, sobre todo el Islam. La secularidad no ha entrado tan fuerte en África. Tienen el problema de la reconciliación, la guerra, la justicia, la paz, cómo trabajar por la paz, aunque el islam sigue siendo fuerte. En Asia tienen otras fronteras. En USA tienen el problema de la inmigración que es enorme. Cada continente tiene que decidir cuáles son sus fronteras y según eso organizar su apostolado y sus prioridades. Eso es lo que estamos haciendo en Roma, dos mapamundis, uno de fronteras y otro de puntos fuertes, porque cada continente tiene también puntos fuertes. Por ejemplo, USA, educación superior, es el único país donde tenemos 28 universidades. Tienen un saber hacer en la educación superior que no lo tenemos en otros sitios. El tercer mapa que queremos hacer es que nos den cinco o seis nombres de especialistas en esos puntos fuertes, para comunicarlos a toda la Compañía y que se les pueda pedir ayuda, de Asia, de Latinoamérica...  y esto está tardando en venir, porque los Provinciales hacen una lista larga, pero es más difícil una lista corta.

Hace poco firmó el prólogo de la nueva edición de la biografía de Arrupe escrita por Pedro M. Lamet SJ. ¿Debemos seguir mirando hacia Arrupe?
Arrupe ocupó un puesto teológicamente providencial, clave en una transición muy importante en la Compañía. Arrupe nos enseña cómo hacer transiciones, porque de ahora en adelante vamos a tener varias. No solo es el Vaticano II y una nueva mentalidad que tiene que ver con situaciones sociales, etc. Arrupe nos enseñó cómo discernir en un momento difícil, clave, cómo encontrar la profundidad en lo nuevo que está emergiendo y eso nos va a ayudar mucho. Creo que tenemos que seguir mirando a Arrupe. 
Lo que me preguntan siempre en todas partes es qué hay de su canonización. Hay que tener paciencia, no tenemos prisa en canonizar jesuitas porque tenemos muchos santos jesuitas y hay que dejar sitio a otros. Pero Arrupe seguirá inspirando, porque vivió en un momento clave y de una manera muy ignaciana, con todos los riesgos que tenía y con los que sufrió mucho.

Dios nos regala mucha santidad en la Compañía. Nos acaban de canonizar a dos compañeros, del siglo XVI, San Pedro Fabro y San José de Anchieta. Pero esa santidad ¿sigue vigente en la Compañía?
Sí, creo que sigue vigente. Una de las cosas que más me anima son las visitas a las Provincias. Viajo por todo el mundo y me encuentro jesuitas de primera. También hay de segunda…, no hay que glorificar todo lo que se ve, pero me encuentro jesuitas muy entregados. Por ejemplo, el P. Frank Van der Lugt, que acaban de matar en Siria. Es un hombre que conscientemente sabía que iba al martirio y cuando tuvo oportunidad e incluso con presión para salir, dijo que se quedaba, que mientras su gente estuviera sufriendo, se quedaba con ellos, y le han matado por eso. Era un testimonio tremendo, y su muerte ha sido un testimonio en todo el mundo, porque toda la prensa internacional lo ha tratado, y muy bien. 

Hay dos compañeros más secuestrados en Siria y en Afganistán.
En Afganistan está el P. Prem y en Siria el P. Dall'Oglio, que lo más probable es que haya muerto ya, aunque no sabemos nada.

Padre, ¿le va a dar instrucciones al nuevo Provincial de España de lo que tiene que hacer?
Yo creo que sabe más que yo y no es porque esté presente... Sabe más de todo el proceso, de cómo ha ido la unión y de cómo incluso se ha adelantado porque ya estaba maduro el proceso y lo que queda por hacer. Creo que los próximos tres años van a ser de apuntalar cosas que están a medias o que la experiencia tiene que darnos nuevos datos, pero esto lo sabe él de sobra.

¿Hay procesos similares en otros lugares de la Compañía?
Sí, en noviembre tengo que ir a Brasil, porque son tres provincias y una región, una región enorme, en la que cabe prácticamente toda Europa Occidental y parte de la Oriental, que es Amazonia y van a formar también una provincia. Después convocaremos la Congregación General, porque esto afecta a la participación.

El último santo jesuita español canonizado vivió precisamente en Brasil, nos escribió una carta P. General. ¿Qué es la itinerancia para un jesuita?
Anchieta es un santo que nos dice mucho de lo que es la vida jesuítica, que es no estar apegado a nada, vivir respondiendo a distintos retos. Anchieta fue a Brasil enfermo, porque tenía problemas de columna, y montado en una mula fue por toda América, porque llegó hasta Perú, extraordinario. La itinerancia sigue siendo un modo de ser jesuita muy eficaz. No solo las instituciones que son necesarias, que tienen sus problemas, sino la itinerancia misma, que es una forma de ser jesuita, totalmente desapegado, el peregrino eterno, pero al servicio de los demás. Anchieta nos da un ejemplo. 

El actual P. General también es itinerante. 
Nos puede bendecir, Padre, a toda la Compañía española.
Que tenga capacidad de ir en profundidad a las cuestiones. Este mismo lunes vino a saludarme el arzobispo de Canterbury y me dijo que sus relaciones con la Compañía son muy positivas y que admira dos cosas, -y esa es mi bendición, que sigamos en esa línea- la capacidad de servir a los pobres, -desde San Pablo es una prioridad que no podemos olvidar- y la capacidad de tratar los problemas con rigor, incluso rigor académico. Poder ir profundo en las cuestiones. No quedarse en la hojarasca, en la opinión periodística, sino estudiar los problemas e ir a fondo para poder ayudar a la Iglesia en profundidad. Mi bendición sería una oración por que eso sea una realidad en España. 

21 de junio de 2014
Por: Lucas López SJ. Lugar: curia SJ de Madrid



Discurso del P. David Fernández, SJ.
al inicio de su rectorado en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México

Con mucho agradecimiento y con entusiasmo asumo la responsabilidad que se deposita ahora en mí como nuevo rector de esta casa de estudios. Soy consciente de la importancia de esta determinación y del compromiso que encierra. Mi fuerza y sostén está en el Señor de la historia, presente en la realidad que nos ha tocado en suerte y en cada uno y cada una de ustedes.

Quiero expresar, en primer lugar, mi gratitud a la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús que ha puesto su confianza en mí y me propuso como candidato para afrontar este estimulante desafío. También a las autoridades de nuestra Universidad, por la designación de mi persona para este cargo. A toda la comunidad universitaria porque me ha recibido como a un hermano: con generosidad y confianza.

La Iberoamericana Ciudad de México, como institución de educación superior de la Compañía de Jesús, asume el proyecto educativo ignaciano, expresado en América Latina en el Proyecto Educativo Común. Según su Filosofía y su Misión, esta universidad quiere contribuir, en un ambiente de participación, apertura, libertad, respeto y crítica propositiva, al desarrollo y difusión del conocimiento, y a la formación de profesionales e investigadores con calidad humana y académica, que se comprometan al servicio de los demás para el logro de una sociedad más justa y humanamente solidaria. Esto es así porque, en palabras del que fuera nuestro Padre General, el objetivo último de toda educación jesuita es el crecimiento global de la persona, que lleva a la acción inspirada por el Espíritu, por la presencia de Jesucristo, el hijo de Dios, el "Hombre para los demás". Este objetivo orientado a la acción -continúa el Padre Kolvenbach- está basado en una comprensión reflexiva, vivificada por la contemplación, e insta a los alumnos al dominio de sí y a la iniciativa, integridad y exactitud. Dicho de otro modo, la pretensión de nuestra labor educativa es, pues, formar líderes en el servicio, hombres y mujeres competentes, conscientes y comprometidos en la compasión, al servicio de los demás, para la edificación de un mundo generoso, alegre, libre, sustentable y equitativo.

En esta oportunidad en que me dirijo por primera vez a la comunidad de la Iberoamericana, no puedo dejar de exponer, aunque sea en trazo grueso, algunas de las ideas básicas que constituyen el andamiaje de mis sueños acerca de lo que ha de ser una universidad jesuita en nuestro país, en este turbulento momento de la historia, y con las que afronto el reto educativo que se me ha encomendado.

Toda educación universitaria es, en primer lugar, trasmisión de saberes. Esto es obvio. La conservación de los saberes de una sociedad es la esencia misma de la educación. Sin embargo, la universidad no puede constituirse sin más en custodia de lo viejo y endosar aquello novedoso que puede descubrir a los mecanismos automáticos del sistema. Al entregar en la universidad a las generaciones futuras el mundo tal cual pensamos que es, les hemos de entregar también sus múltiples posibilidades: abarcar, aunque sea por contraste, su reverso y sus alternativas. Los grandes educadores de la historia, como Sócrates o Platón, Erasmo, Tomás Moro, Rousseau o Marx, nunca se limitaron a confirmar lo establecido ni pretendieron aniquilarlo sin antes comprenderlo o ligarse a ello: su genio consistió precisamente en fomentar la insatisfacción creadora desde una responsabilidad fundamental frente a lo dado.

Savater lo dice bien: hacerse responsable del mundo no es aprobarlo tal como es, sino asumirlo conscientemente porque es y porque sólo a partir de lo que es puede ser enmendado. Para que haya futuro, alguien debe aceptar la tarea de reconocer el pasado como propio y ofrecerlo a quienes vienen tras de nosotros. Esa, y no otra, es la tarea universitaria.

Pero, además, toda sociedad, para ser tal, necesita contar con un lugar libre en donde discípulos y maestros se reúnan a compartir su saber, a discutir y a vivir, ameno y vital. Un lugar para forjar intelectuales, hombres y mujeres que piensen, hablen y trabajen en diálogo con otros hombres y mujeres que piensen, hablen y trabajen en la búsqueda y la construcción de la verdad. Bien mirado, una universidad no es otra cosa que un diálogo organizado entre diversas perspectivas. Edificar un lugar así toma tiempo, mucho tiempo, mucho más de los setenta años que tiene de vida esta Universidad. Continuar construyéndolo desde la Ibero Ciudad de México es una tarea a la que nos convoca nuestra responsabilidad frente al país.

Pero, así de necesario como es, este lugar que pretendemos no se justifica en sí mismo, sino por el papel y por la tarea que puede desempeñar en la sociedad. No se trata, por cierto, de hacer del pensamiento y de la ciencia humanos objetos meramente utilitarios, pero sí tener conciencia de la hipoteca social que pesa sobre ellos.

La universidad es una construcción social. Su responsabilidad no es con ella misma, sino con quienes le dieron vida y sentido, con quienes la sostienen y creen en ella, con el entorno histórico que la configura y con quienes padecen la realidad. Es desde este punto de arranque que tenemos que pensar nuestra labor como universitarios. Como dice Rabelais, ciencia sin conciencia es la ruina del alma. Muchas veces, por ejemplo, por quedarnos con lo establecido de antemano en las metrópolis, se nos escapa la vida del México de hoy, de la América Latina pobre en la que seguimos viviendo, con sus explicaciones y generalizaciones.

Muchas de las palabras novedosas y certeras sobre la realidad del mundo están partiendo hoy de la vida de los pueblos latinoamericanos, de las organizaciones de base y de los movimientos sociales globales del mundo; y hoy menos que nunca el pensamiento renovado está surgiendo de las universidades e instituciones académicas, de los círculos de poder o de las metrópolis. Rafael Argullol, en un reciente artículo en El País, habla de que la universidad se ha replegado sobre sí misma. “Es llamativo, a este respecto –dice él- la escasa aportación universitaria a los conflictos civiles actuales, incluidas las crisis sociales o las guerras”. Por el contrario, son los movimientos de los excluidos, los integrados por el 99 % de la población, las organizaciones cívicas, las ONG, las instancias intermedias de la sociedad, las culturas indígenas, quienes vienen aportando las ideas motrices de un pensamiento nuevo que nos puede salvar del colonialismo y de la perpetuación del atraso. Como nos lo recordó el reciente fallecimiento de Gabriel García Márquez y la entrega del premio Cervantes a Elena Poniatowska, el nuestro sigue siendo uno de los continentes en donde más y mejor se piensa. En Centroamérica, en el Cono Sur, en Haití y en México está la inteligencia del mundo. Aquí se ha hecho vida el concepto de la liberación, el del pluralismo y la tolerancia política y social, el de la difícil transición, el de la democracia, el de las tecnologías aplicadas y el desarrollo sustentable, el de la descentralización del poder, el de la no intervención y la paz. Si miráramos hacia el sur geográfico y político, nuestras universidades tendrían mucho más qué decir que los teóricos del "fin de la historia", que los funcionarios del Banco Mundial, los tecnócratas o que los filósofos neoutilitarios. Por lo menos tendríamos algo mucho más pertinente y más noble que proponer.

De esta manera, el punto de partida para la investigación y la docencia con el que los jesuitas hemos querido soñar no es otro que el de la realidad misma, nuestra concreta realidad periférica y subdesarrollada. Más profundamente, la perspectiva en la cual la realidad se manifiesta con mayor hondura, con mayor radicalidad, honestidad y transparencia: el punto de vista de los excluidos. Ellos y ellas, los pobres y los excluidos, son las víctimas concretas de la realidad real. La verdad de la realidad se encuentra en ellos. Desvelarla, aprehenderla, transformarla es el reto mayor que quiero proponer para nuestra Universidad. ésta, por cierto, no es una postura política, sino epistemológica. En ella -decía el padre Ellacuría- se juega la justeza y la razón del saber universitario.

Digámoslo ahora de otro modo: ninguna educación es neutral. La educación universitaria, en particular, favorece un tipo de ser humano frente a otro, un modelo de ciudadanía, de maduración psicológica y hasta de salud, que no es el único posible pero que se considera preferible a los demás. Ninguna educación puede ser neutral, mucho menos imparcial. Como decía el propio Ignacio Ellacuría: la universidad aspira a ser objetiva, pero no imparcial, porque para ser objetiva tiene que tomar partido. La cuestión educativa no trata de cómo permanecer neutrales frente a los distintos partidos o caminos, sino acerca de qué partido hemos de tomar para alcanzar esa verdad que nos libera.

Al respecto, existen hoy ideales educativos que parecen francamente indeseables, por ejemplo: el servicio a los propios apetitos personales, a la acumulación de bienes, a la religión del éxito; el servicio a una divinidad autoritaria y patriarcal que compite con la historia humana y aniquila el libre albedrío de que fuimos dotados; la adopción de un método sociopolítico único que pretenda responder a todos los interrogantes humanos; la postulación de que toda verdad es relativa, salvo aquella verdad pragmática de que lo que es útil es bueno.

Para nosotros no tiene sentido producir “profesionales exitosos en sociedades fracasadas”, como decía nuestro viejo amigo Xabier Gorostiaga. Pretendemos ser no únicamente una universidad profesionalizante que se mueve en el feroz mercado de los títulos y de las certificaciones. No queremos dedicarnos a la reproducción de lo existente, ni alejar los intereses del alumno de lo público, o convertir el título y la profesión en una inversión que hay que recuperar como se recuperan las inversiones mercantiles. 

Lo que la Universidad Iberoamericana y la Compañía de Jesús han querido y quieren aún es, en cambio, formar individuos autónomos, capaces de participar en comunidades que sepan transformarse sin renegar de sí mismas, que se abran y se ensanchen sin perecer; que se ocupen del desvalimiento común de los humanos y atiendan a la diversidad de marginalidades que nos separan de la fraternidad común. Gente, en fin, convencida de que el principal bien que hemos de producir y aumentar es la humanidad compartida, la filiación sin distingos, según la voluntad del Padre. Nietzsche lo decía de otra manera: “de nada sirve un libro que no te lleva más allá de los libros”. Y así es, en efecto.

Una reflexión más: durante mucho tiempo, la enseñanza ha servido para discriminar a unos grupos humanos frente a otros: a los ignorantes frente a los instruidos, a las mujeres frente a los hombres, a los trabajadores frente a los patrones. Si una universidad no intenta corregir universitariamente los efectos de las escandalosas diferencias sociales, económicas o de género, su esfuerzo educativo se traicionará a sí mismo y se convertirá en una perpetuación de la fatal jerarquía social y fracasará, por tanto, en la búsqueda del "bien más universal" -al que llama el padre Ignacio-, y en el servicio de la fe y la promoción de la justicia –a los que invita la Compañía.

Cito de nuevo a Fernando Savater: “El objetivo final de la educación -dice él- es desarrollar la disposición a reconocer y respetar la semejanza esencial de los humanos más allá de nuestras diferencias de sexos, etnias o determinaciones naturales (…) a comprender que compartimos algo más profundo que lo que nos hace diversos. Para ello, el aula escolar debe parecerse lo más posible a la sociedad en la que debemos convivir juntos los diferentes sexos, etnias, creencias tradicionales, capacidades psíquicas o físicas, etc. Puesto que vamos juntos a ser ciudadanos, debemos formarnos y prepararnos juntos para ese destino común”. La educación es, pues, una necesidad social y democrática, no un proyecto meramente familiar. Por eso toda educación es pública. También la nuestra.

Martha Nussbaum, doctora honoris causa por nuestra casa de estudios, defiende centralmente una educación basada en el humanismo y orientada a la formación cívica y no sólo a la adquisición de destrezas laborales. Precisamente el objetivo que siempre se ha propuesto la Compañía de Jesús en sus instituciones educativas. Pero, dice ella, la presión por lograr el crecimiento económico ha llevado a muchos líderes a reformular la totalidad de la educación universitaria en términos orientados hacia el crecimiento, indagando acerca de cuál es la contribución que hacen a la economía cada una de las disciplinas y cada uno de los investigadores. Hoy se forma para conseguir un buen empleo. Y el concepto de que las personas deben aprender cosas que las preparen para ejercer su ciudadanía de manera activa y reflexiva, para hacer de este mundo un mundo más solidario y común, es una idea que pocas veces aparece hoy en el camino.

La rentabilidad económica del aprendizaje y la formación laboral que trasmite no son desdeñables, sin duda. Pero educar no es sólo preparar empleados, sino ante todo ciudadanos, personas plena y conscientemente humanas. Educar es “cultivar la humanidad” y no sólo preparar para triunfar en el mercado laboral. ésa es la verdadera rentabilidad democrática de la formación educativa.

Hoy existe el peligro de que el mercado organice y determine a nuestra Universidad. El mercado tiene una enorme fuerza. Pero dejarnos arrastrar por ese mecanismo ciego de la maximización de la ganancia hará que traicionemos las razones por las cuales existimos. El mercado no brilla por su conciencia social ni por el establecimiento de regulaciones necesarias para proteger a las personas contra posibles abusos. No es el mercado, entonces, la razón por la que creamos ofertas diversas de estudio, o por la que investigamos o nos vinculamos con otros actores, entre ellos la empresa. Lo tomamos en cuenta, sí, pero lo que realmente nos anima para ello es identificar el camino que conduzca al desarrollo equitativo, al reparto de los bienes, a la generación de actitudes abiertas a las necesidades de los más pobres y a la justicia. No, pues, para reproducir esa “economía que mata”, como dice el Papa Francisco, sino para hacerle un lugar a la esperanza.

Para la Compañía de Jesús no basta esperar que todo irá bien si maestros y funcionarios universitarios nos portamos con sensatez y buen equilibrio, y si formamos hombres y mujeres jóvenes bien equilibrados, libres de desórdenes emotivos obvios. ¿Serían capaces los jóvenes bien equilibrados de dar su vida por los amigos? ¿Dejaríamos nosotros las noventa y nueve ovejas para ir en busca de la que está perdida? ¿Comerían y beberían estos jóvenes bien equilibrados con prostitutas y pecadores? Me temo que habría demasiada sensatez para ello.

Tanto en lo personal como en lo institucional el gran enemigo de la claridad es la insinceridad. Como decía Orwell: para tener una voz clara y vigorosa hay que pensar sin miedo, sin ataduras, y si se piensa sin miedo no se puede ser políticamente ortodoxo.

El reto está, pues, en liberar y ofrecer cauces para el caudal de generosidad que cargan consigo los jóvenes que acuden a nosotros; en ser nosotros mismos hombres y mujeres apasionados por la verdad, la justicia y la libertad; en alimentar la capacidad de compasión y solidaridad humanas; en formar hombres y mujeres apasionados por los demás, que, como dice San Agustín, amen profunda, verazmente, y hagan lo que quieran.

Lo he dicho ya varias veces en mis conversaciones informales con ustedes: entiendo que el servicio que se me pide como rector es ayudar a toda la comunidad universitaria a cumplir con la Misión, la Visión y el Ideario de la Iberoamericana y del Sistema Universitario Jesuita. Esto significa alentar a quienes participamos de estos ideales -maestros,  estudiantes, administrativos y personal de servicios de apoyo-, a vivir nuestra particular filosofía educativa con calidad académica y con pertinencia social; realizar de esta manera nuestra vocación humanista y concretar así nuestra inspiración cristiana.

Desde mi acompañamiento a esta comunidad universitaria como Asistente de Educación de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, y en estos días recientes que he pasado con ustedes, he constatado que llego en un momento muy positivo para la Ibero Ciudad de México. Hay solidez académica, educativa y financiera. Constato que el rumbo seguido es fundamentalmente correcto. Que aunque resta aún camino por andar, mucho se ha avanzado ya. Que los esfuerzos por elevar nuestra calidad académica, según estándares internacionales desarrollados durante este rectorado, eran necesarios y acertados. Que por esto mismo han de ser continuados y ampliados en el futuro.

Me propongo, entonces, como rector de esta casa de estudios realizar un esfuerzo particular de atención a las siguientes líneas motrices:

  • La continua elevación del nivel académico de toda la universidad, con procesos de mejoramiento continuo de su calidad, la acreditación internacional y la pertinencia social de nuestras funciones sustantivas;

  • el respeto a la actual planeación estratégica al 2020, pero también el diseño de nuestro futuro como universidad al 2030, mediante un ejercicio de conversación estratégica del conjunto de la comunidad universitaria;

  • la revisión y clarificación de la estructura organizativa, financiera y fiscal que permitan la equidad, la justicia y la correcta administración del personal, la racionalidad y la productividad de la universidad;

  • la ampliación del peso cualitativo y cuantitativo del posgrado dentro de la Universidad, y el fortalecimiento de la investigación como un aspecto central del quehacer universitario que, además, oriente la incidencia social de la institución;

  • la construcción de un clima organizacional basado en el respeto, la transparencia, la cooperación, el trabajo en equipo, el profesionalismo y la ética de la responsabilidad. A este efecto, en las próximas semanas crearemos para nuestra institución, la Procuraduría de Derechos Universitarios, cuyo primer titular será el Dr. José Luis Caballero;

  • la consolidación del compromiso social de la universidad mediante la articulación de sus esfuerzos con actores gubernamentales, sociales, empresariales y ciudadanos, siempre desde el servicio de la fe y la promoción de la justicia;

  • el favorecimiento de la internacionalización de la Iberoamericana, y finalmente,

  • la colaboración entusiasta de la Ibero Ciudad de México en la construcción del Sistema Universitario Jesuita en México.

Todo esto pretendo realizarlo en contacto cercano y permanente con mis hermanos jesuitas, con los miembros de UIAC y de nuestro patronato económico, con el Senado Universitario, con los estudiantes, los académicos y otros miembros de nuestra comunidad. La tarea es colectiva. De todos pido su ayuda y su paciencia.

El caminar de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México desde su fundación, hace poco más de setenta años, no ha sido otro que el de la aventura del saber humano en la búsqueda de la verdad en el Espíritu. Les invito a continuar con la aventura. 

Esta es, pues, una convocación también a la confianza.

No puedo concluir esta primera presentación sin hacer un reconocimiento explícito a la labor realizada por el doctor José Morales Orozco, S. J. durante su gestión como rector de esta Universidad. Recibo de él una institución en pleno proceso de consolidación y mejora permanente, con grandes logros en lo académico y lo financiero. Le agradezco, en particular, su consejo y su ejemplo como buen ser humano y como jesuita.

Concluyo ya haciendo remembranza de aquel grupo fundador de la Compañía de Jesús -Fabro, Laínez, Francisco Xavier, Ignacio- cuyos miembros, como universitarios en París, soñaron un día con seguir a Jesús y servir al Evangelio. El mismo sueño que les motivó y sostuvo es el que ahora nos sostiene y alienta. Sabemos que somos sólo servidores, y nada más.

Muchas gracias.
Ciudad de México, D. F., a 30 de junio de 2014.