jueves, 10 de julio de 2014

SEMBRAR - José Antonio Pagola


SEMBRAR - José Antonio Pagola

Al terminar el relato de la parábola del sembrador, Jesús hace esta llamada: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Se nos pide que prestemos mucha atención a la parábola. Pero, ¿en qué hemos de reflexionar? ¿En el sembrador? ¿En la semilla? ¿En los diferentes terrenos?

Tradicionalmente, los cristianos nos hemos fijado casi exclusivamente en los terrenos en que cae la semilla, para revisar cuál es nuestra actitud al escuchar el Evangelio. Sin embargo es importante prestar atención al sembrador y a su modo de sembrar.

Es lo primero que dice el relato: “Salió el sembrador a sembrar”. Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que la semilla pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos.

A la gente no le es difícil identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla que lo acoge, y también entre los escribas y fariseos que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su siembra no será estéril. 

Desbordados por una fuerte crisis religiosa, podemos pensar que el Evangelio ha perdido su fuerza original y que el mensaje de Jesús ya no tiene garra para atraer la atención del hombre o la mujer de hoy. Ciertamente, no es el momento de “cosechar” éxitos llamativos, sino de aprender a sembrar sin desalentarnos, con más humildad y verdad.

No es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora, somos nosotros los que lo estamos anunciando con una fe débil y vacilante. No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones.

El Papa Francisco dice que, cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, “pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

Evangelizar no es propagar una doctrina, sino hacer presente en medio de la sociedad y en el corazón de las personas la fuerza humanizadora y salvadora de Jesús. Y esto no se puede hacer de cualquier manera. Lo más decisivo no es el número de predicadores, catequistas y enseñantes de religión, sino la calidad evangélica que podamos irradiar los cristianos. ¿Qué contagiamos? ¿Indiferencia o fe convencida? ¿Mediocridad o pasión por una vida más humana?

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Siembra con la fe y la confianza de Jesús.  Pásalo. 13 de julio de 2014
15 Tiempo ordinario (A)
Mateo 13,1-23
SEMILLAS DEL REINO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Sois semillas del Reino
plantadas en la historia.
Sois buenas
y tiernas,
llenas de vida.

Os tengo en mi mano,
os acuno y quiero,
y por eso os lanzo al mundo:
Salid, acoged, proponed.
¡Perdeos!

No tengáis miedo
a tormentas ni sequías,
a pisadas ni espinos.
Bebed de los pobres
y empapaos de mi rocío.

Fecundaos,
reventad,
no os quedéis enterradas.
Floreced
y dad fruto.
Dejaos mecer por el viento.

Que todo viajero
que ande por sendas y caminos,
buscando o perdido,
al veros,
sienta un vuelco
y pueda amaros.

¡Sois semillas de mi Reino!
¡Somos semillas de tu Reino!

Florentino Ulibarri



DIOS ES LA SEMILLA, QUE YA ESTÁ EN MÍ
Escrito por  Fray Marcos
Mt 13, 1-23

Hoy no hay un contexto especial, porque Mt agrupa siete parábolas en un solo capítulo, el 13, que hoy comenzamos a leer. Es muy poco probable que Jesús haya dicho todas estas parábolas de una sentada. Seguramente tienen razón Mc y Lc al colocarlas en distintas circunstancias. Lo cierto es que la parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir del conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de proyectar nuestra conciencia hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas.

El relato en sí no es significativo. A mí poco me importa cómo nace y da fruto la semilla. Pero ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. Esta propuesta solo se puede hacer con un relato. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En esta parábola, la ruptura se produce al final. En la Palestina del tiempo de Jesús, el diez por uno, se consideraba una excelente cosecha. Tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno. ¡Una locura!

El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope, por otra abierta a una nueva realidad llene da sentido. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y a descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y a decir más de lo que se puede decir con palabras, al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye, debe hacer realidad la utopía del relato y empezar a vivir de acuerdo con lo narrado.

La explicación que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas no admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. La alegorización de la parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta extraer consecuencias morales. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal no retórica, sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma una decisión, es que ya se ha definido la postura: continuar con la propia manera de ver y vivir la realidad.

Los exegetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. En línea con la primera lectura, pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesita unas mínimas condiciones para desarrollarse.

No debemos dar ninguna importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Tenemos que comprender que el Reino puede estar creciendo cuando el número de los cristianos está disminuyendo. Su plena manifestación depende solo de mí.

Más tarde se dio a la parábola un cariz distinto, insistiendo en la disposición de los receptores, y dando toda la importancia a las condiciones de la tierra. Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar. En la misma parcela hay tierra buena, piedras y zarzas.

No debemos identificar la "semilla" con la Escritura. Lo que llamamos "Palabra de Dios", es ya un fruto de la semilla. Es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera "semilla", es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva millones de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, pero su manera de actuar es paciente. La evolución ha sido posible gracias a infinitos fracasos.

Podemos recordar el prólogo de Jn. "En el principio ya existía La Palabra"; "y la palabra era Dios"; "En la Palabra había Vida". La semilla es el mismo Dios-Vida germinando en cada uno de nosotros. Dios está sus criaturas y se manifiesta en todas ellas como algo tan íntimo que constituye la semilla de todo lo que es. No debemos dar a entender que nosotros los cristianos somos los privilegiados que hemos recibido la semilla (Escritura). Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera (a boleo). Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla, que cada uno tiene que dejar fructificar.

Generalmente caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. "Dar fruto" sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta, gracias a mi presencia en ella. Esa meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación; se trataría de que por mi culpa no pierda el sentido que ya tiene. En el fondo, mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia la consecución de su objetivo final.

Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me hago menos humano. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis mejores posibilidades de ser. Hemos llegado a lo que es la esencia de lo humano.

"El que tenga oídos que oiga". Esa advertencia vale para nosotros hoy igual que para los que la oyeron de labios de Jesús. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos, los que nos mantienen atados a falsas seguridades, que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. El aferrarnos a esas seguridades es lo que sigue impidiendo una respuesta al mensaje, adecuada a nuestra situación actual. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.

Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Se trata de situarse en la vida con un sentido nuevo de pertenencia, una vez superada la tentación del individualismo egocéntrico. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mimos, con los demás y con las cosas.

Cada uno debe hacer un cuidadoso análisis para descubrir lo que impide que la semilla dé fruto en mí. La dureza del camino, las piedras, las zarzas son ejemplos que nos deben guiar en la búsqueda de nuestros propios impedimentos. A mí el ansia de riquezas o poder no me dice nada; pero el afán de tener siempre razón puede arruinar mi vida espiritual. Debemos tener claro que si la semilla no da fruto, es porque algo se lo impide. La tierra es siempre buena si no se interponen obstáculos para que la semilla germine.

Meditación-contemplación

"El resto cayó en tierra buena y dio grano".
"Dios no da el Espíritu con medida" (Jn 3, 34)
Dios se da totalmente, absolutamente, siempre y a todos.
Experimenta esta verdad y cambiará tu vida.
...............

Descubrir a Dios como amor dinámico,
Es la base de toda experiencia religiosa.
Todo lo que Dios es, lo tienes a tu alcance.
Todo lo que tú eres y puedes ser, depende de ese don.
................

Recibe la semilla y deja que se desarrolle en ti.
No intentes tirar de ella para que crezca más deprisa.
Todo crecimiento tiene su propio ritmo.
Ten confianza, en la semilla ya está el árbol completo.
................

Fray Marcos



RESPUESTAS PARA UNA CRISIS
Escrito por  José Luís Sicre

Noticia de los últimos días: el número de matrimonios por la iglesia ha bajado en España al 34%. El de bautismos, no será mucho más elevado. Las Primeras Comuniones son Últimas en la inmensa mayoría de los casos. La España católica ha dejado de serlo hace tiempo. Si alguno se siente desconcertado, le ayudarán las lecturas de este domingo y de los dos siguientes: las parábolas del Reino.

Una crisis con cinco interrogantes y siete parábolas
Al llegar a este momento del evangelio de Mateo (capítulo 13), el horizonte ha comenzado a oscurecerse. Lo que comenzó tan bien, con el seguimiento de cuatro discípulos, el entusiasmo de la gente ante el Sermón del Monte, los diez milagros posteriores, ha cambiado poco a poco de signo. Es cierto que en torno a Jesús se ha formado un pequeño grupo de gente sencilla, agobiada por el peso de la ley, que busca descanso en la persona y el mensaje de Jesús y se convierten en "mis hermanos, mis hermanas y mi madre". Pero esto no impide que surjan dudas sobre él, incluso por parte de Juan Bautista; que gran parte de la gente no muestre el menor interés, como los habitantes de Corozaín y Betsaida; y, sobre todo, que el grupo religioso de más prestigio, los fariseos, se oponga radicalmente a él y a su doctrina, hasta el punto de pensar en matarlo.

Mateo está reflejando en su evangelio las circunstancias de su época, hacia el año 80, cuando los seguidores de Jesús viven en un ambiente hostil. Los rechazan, parece que no tienen futuro, se sienten desconcertados ante sus oponentes, no comprenden por qué muchos judíos no aceptan el mensaje de Jesús, al que ellos reconocen como Mesías. Las cosas no son tan maravillosas como pensaban al principio. ¿Cómo actuar ante todo esto? ¿Qué pensar? Mateo, basándose en el discurso en parábolas de Marcos, pone en boca de Jesús, a través de siete parábolas, las respuestas a cinco preguntas que siguen siendo válidas para nosotros:

¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? ― Parábola del sembrador.
¿Qué actitud debemos adoptar con los que rechazan ese mensaje? ― El trigo y la cizaña.
¿Tiene algún futuro este mensaje aceptado por tan pocas personas? ― El grano de mostaza y la levadura.
¿Vale la pena comprometerse con él? ― El tesoro y la piedra preciosa.
¿Qué ocurrirá a los que aceptan el mensaje, pero no viven de acuerdo con los ideales del Reino? ― La pesca.

Este domingo se lee la primera; el 16, las tres siguientes; el 17, las otras tres.
¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?

La primera parábola, la del sembrador, responde al problema de por qué la palabra de Jesús no produce fruto en algunas personas. Parte de una experiencia conocida por un público campesino. Para nosotros, basta recordar dos detalles elementa-les: Galilea es una región muy montañosa, y en tiempos de Jesús no había tractores. El sembrador se veía enfrentado a una difícil tarea, y sabía de antemano que toda la simiente no daría fruto.

El ideal sería contar o leer esta parábola a personas que no la hayan escuchado nunca. Al final se mirarían extrañados y dirían: ¿y qué? A lo sumo, las últimas palabras de Jesús "¡Quien tenga oídos, que oiga!", les indicarían que la historieta tiene un sentido más profundo, pero no saben cuál. Estamos ante un caso de parábola enigmática, que pretende provocar la curiosidad del lector.

Por eso, inmediatamente después, surge la pregunta de los discípulos: ¿Por qué les hablas en parábolas? Y esto sirve para introducir el pasaje más difícil de todo el capítulo. La liturgia permite suprimir la lectura de esta parte y aconsejo seguir su sugerencia, pasando directamente a la explicación de la parábola.

¿Por qué la palabra de Jesús no da fruto en todos sus oyentes? Se distinguen cuatro casos.
1) En unos, porque esa palabra no les dice nada, no va de acuerdo con sus necesi-dades o sus deseos. Para ellos no significa nada la formación de una comunidad de hombres libres, iguales, hermanos.

2) Otros lo aceptan con alegría, pero les falta coraje y capacidad de aguante para soportar las persecuciones.

3) Otros dan más importancia a las necesidades primarias que a los objetivos a largo plazo. Dos situaciones extremas y opuestas, el agobio de la vida y la seducción de la riqueza, producen el mismo efecto, ahogar la palabra de Dios.

4) Finalmente, en otros la semilla da fruto. La parábola es optimista y realista. Optimista, porque gran parte de la semilla se supone que cae en campo bueno. Realista, porque admite diversos grados de producción y de respuesta en la tierra buena: 100, 60, 30. En esto, como en tantas cosas, Jesús es mucho más comprensivo que nosotros, que sólo admitimos como válida la tierra que da el ciento por uno. Incluso el que da treinta es tierra buena (idea que podría aplicarse a todos los niveles: morales, dogmáticos, de compromiso cristiano...).

La parábola podría leerse también como una llamada a la responsabilidad y a estar vigilantes: incluso la tierra buena que está dando fruto debe recordar qué cosas dejan estéril la palabra de Dios: el pasotismo, la inconstancia cuando vienen las dificulta-des, el agobio de la vida, la seducción de la riqueza. Pero este sentido no es el fundamental de la parábola. La llamada a la responsabilidad y la vigilancia la trata Jesús con otras parábolas y en otros casos.

Llamada a la fe y al optimismo
La crisis ante la situación actual puede venir en muchos casos de que centramos todo en la acción humana. Cuando nosotros fallamos y, sobre todo, cuando fallan los demás, creemos que todo va mal. Sólo advertimos aspectos negativos. En cambio, la primera lectura de hoy, que usa también la metáfora de la semilla y el sembrador, nos anima a tener fe en la acción misteriosa de la palabra de Dios, fecunda con la lluvia, que no dejará de producir fruto.

José Luís Sicre



UN AÑO DEL PAPA FRANCISCO
Victor Codina, SJ.

Un viaje en helicóptero que cambió la historia
El 28 de febrero de 2013, Benedicto XVI abandonaba el Vaticano en helicóptero para dirigirse a Castelgandolfo. Comenzaba así en la Iglesia católica el tiempo llamado Sede vacante que concluyó el 13 de marzo de 2013 con la elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa Francisco.

Pero este viaje de Benedicto XVI a Castelgandolfo no solo cerraba su pontificado, ni significaba solo un relevo en el Vaticano, sino que iba a suponer un profundo cambio eclesial.

Para comprender esta afirmación nos hemos de remontar al tiempo de Juan XXIII y a la convocatoria del concilio Vaticano II en 1959. El Vaticano II (1962-1965) significó el "réquiem del Constantinismo", es decir la superación del estilo de Iglesia de Cristiandad vigente desde el siglo IV y que se reforzó y consolidó en tiempo de Gregorio VII: una Iglesia convertida en una gran institución clerical, centralizada desde Roma, cerrada al mundo, única áncora de salvación, una especie de gran pirámide monárquica y vertical, triunfalista y dominadora.

El Vaticano II ofrece otra imagen de Iglesia, Pueblo de Dios, que camina con toda la humanidad hacia el Reino de Dios, que respeta la libertad religiosa y reconoce que el Espíritu del Señor guía no solo a la Iglesia católica sino a todas las Iglesias cristianas y a todas las religiones y a todos los pueblos hacia la salvación. De ahí nació el talante misericordioso, esperanzador y dialogante del Vaticano II, frente al dogmatismo intransigente e inquisitorial de la Iglesia Cristiandad. Fue un verdadero Pentecostés, como Juan XXIII había deseado y pedido.

Pero este concilio inaugurado por Juan XXIII y clausurado por Pablo VI pronto suscitó sospechas, reacciones contrarias y miedos. Se criticaron los abusos y exageraciones cometidos en nombre del concilio, se temía una pérdida de la identidad eclesial, preocupaba que se pudiese llegar a una ruptura y división eclesial, se añoraba la vieja y tradicional Iglesia de Cristiandad, la Iglesia de las catedrales y de las Sumas teológicas...

Esto explica que los últimos años del pontificado de Pablo VI (algunos creen que ya desde la publicación de la encíclica Humanae vitae sobre "la píldora" en 1968) y sobre todo en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, se realizara una lectura y una hermenéutica del Vaticano II más en continuidad con la tradición anterior que con la novedad y aggiornamento que había impulsado el buen Papa Juan.

Desde entonces el impulso conciliar se diluyó y se frenó en todas sus direcciones (liturgia, ecumenismo, colegialidad episcopal, autonomía de las Iglesias locales, responsabilidad laical, profetismo de la vida religiosa, nuevos signos de los tiempos, nuevas teologías, inculturación...) y se pasó de la primavera conciliar al invierno eclesial.

Sin duda Juan Pablo II tuvo un gran dinamismo geopolítico y quería reformar la Iglesia e implantar el concilio, pero manteniendo inalterada la doctrina y la estructura eclesial existente. No es casual que el Papa polaco formase parte del grupo minoritario del Vaticano II que disentía de muchas de las propuestas conciliares y defendía la llamada "línea cracoviense". Ratzinger por su parte, respaldó teológicamente el pontificado de Juan Pablo II y una vez elegido pontífice como Benedicto XVI buscó sin duda una renovación eclesial pero desde una filosofía y una teología tan ortodoxas y racionales que cerraban el camino a una real innovación en la Iglesia.

Sería falso deducir de lo anterior que el Vaticano II no produjo frutos positivos, aun en medio del invierno eclesial. Como sería falso creer que en época de Cristiandad no hubo grandes elementos de vida y santidad. El Espíritu no deja de vivificar siempre la Iglesia y suscita continuamente movimientos de reforma y de vuelta al evangelio: nunca en la Iglesia han faltado santos y santas, profetas y místicos, reformadores y renovadores. Pero no se puede ocultar que las consecuencias eclesiales de la postura neoconservadora del posconcilio han sido funestas. Benedicto XVI, comentando el episodio evangélico de la tempestad calmada, confesaba:

"También hoy la barca de la Iglesia con el viento contrario de la historia, navega por el océano agitado del tiempo. Se tiene con frecuencia la impresión de que está para hundirse. Pero el Señor está presente".

En realidad no era solo el viento adverso de la historia el que zarandeaba la barca eclesial, sino la misma estructura de la barca, muy pesada y con muchas hendiduras. Si a esto se añaden los abusos sexuales del clero y los escándalos económicos de la Banca Vaticana, se comprenderá el descrédito a que había llegado la Iglesia y el éxodo creciente de fieles que abandonaron la Iglesia. No es extraño que Benedicto XVI con gran humildad, realismo y valentía renunciase y afirmase: "Ya no tengo más fuerzas".

Los gestos simbólicos del Papa Francisco
El nuevo Papa Francisco, antes de pronunciar discursos y de escribir encíclicas ha ido realizado una serie de gestos simbólicos de gran carga significativa que han sido fácilmente captados por todo el mundo y han sido ampliamente difundidos por los MCS.

Estos gestos han ido cambiando el ambiente eclesial dominante, han acercado la Iglesia al mundo de hoy y han suscitado la esperanza de una nueva primavera eclesial: se proclama simplemente Obispo de Roma, asume el nombre de Francisco el poverello de Asís que quería reparar la Iglesia, pide oraciones por él al pueblo, besa a un niño discapacitado y abraza a un hombre con la cara totalmente deformada, el jueves santo lava los pies a una joven musulmana de una prisión, come en Asís con niños con síndrome de Down, va a la isla de Lampedusa en su primer viaje fuera de Roma, y lanza una corona de flores amarillas y blancas en memoria de los emigrantes fallecidos, convoca una jornada mundial de oración y ayuno para la paz en Siria interpelado fuertemente por los rostros de los niños muertos por armas químicas, usa sus viejos zapatos en vez de los zapatos rojos de su antecesor, no vive en los Palacios Apostólicos Vaticanos sino en la residencia de Santa Marta, viaja por Roma en un sencillo y pequeño coche utilitario para no escandalizar a la gente de los barrios periféricos populares, contesta a las preguntas de un periodista no creyente, invita a Santa Marta a rabinos de Argentina, regala unos zapatitos al nieto de Cristina Fernández de Kirschner, recibe a Gustavo Gutiérrez el padre de la teología de la liberación, lleva un ramo de flores a la tumba del P. Pedro Arrupe, invita para su cumpleaños a cuatro mendigos, visita favelas en Río y hogares de migrantes africanos en Roma... Estas "florecillas del Papa Francisco", como las "florecillas de Juan XXIII", han sido fácilmente entendidas por el pueblo.

Los expertos en semiótica resaltan el valor significativo de los gestos simbólicos, que van más allá de las palabras pues los símbolos siempre dan qué pensar. Esto es cierto, pero al margen de esta explicación semiótica, hay otra razón más profunda que explica este cambio de receptividad eclesial y mundial: estos gestos simbólicos de Francisco tienen un profundo sabor evangélico, huelen a evangelio, a Jesús de Nazaret. Por esto, no solo sus gestos sino sus mismas palabras son acogidas ahora de una forma nueva.

Lo que Francisco dice y hace no es otra cosa que traducir el evangelio al mundo de hoy: está más preocupado del hambre del mundo que de los problemas intraeclesiales, afirma que más que centrarse obsesivamente en problemas morales hay que anunciar la gran alegría de la salvación que viene de Jesús, sueña que la Iglesia sea una Iglesia pobre y de los pobres.

Poco a poco ha ido añadiendo a los gestos simbólicos mensajes de gran contenido pastoral desde sus homilías cotidianas en la capilla de Santa Marta hasta la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, Sobre el anuncio del evangelio en el mundo actual. Si Juan Pablo II y Benedicto XVI eran profesores de universidad, Francisco es ante todo pastor, como Juan XXIII.

Ha cambiado totalmente el clima pastoral, hay un aire nuevo venido esta vez del Sur, "del fin del mundo", del mundo de los pobres. Los gestos y palabras de Francisco no son fruto de una improvisación sino consecuencia de su trabajo pastoral en Buenos Aires, de su contacto con el pueblo, con las villas miserias, con los curas "villeros". Ha cambiado también el clima eclesial, hay alegría y entusiasmo entre los fieles, hay expectativa y sorpresa en los ambientes sociales y políticos que le han nombrado el hombre del año, 2013 ha sido el año del Papa Francisco.

La Iglesia del Papa Francisco
Después de un año ¿cuál es el balance del pontificado de Francisco, cuál es la imagen de Iglesia de Francisco que se va dibujando? ¿Cuáles son los rasgos de la Iglesia según Francisco? Presentemos un pequeño decálogo.

· De una Iglesia poderosa, distante, fría, acartonada, miedosa, reaccionaria, de la cual la gente se aleja y se va...

a una Iglesia pobre, sencilla, cercana, acogedora, sincera, realista, que promueve la cultura del encuentro y de la ternura. El nuevo obispo de Roma, Francisco se reconoce pecador y pide oraciones; recuerda que la Iglesia necesita una conversión y una continua reforma evangélica, una reforma a lo Francisco de Asís.

· De una Iglesia moralista obsesionada por el aborto, el control de natalidad, el matrimonio homosexual...

a una Iglesia que va a lo esencial, que se centra en Jesucristo contemplado y adorado, recupera el evangelio, anuncia la gran buena noticia de la salvación en Cristo, pues Jesús es lo único que atrae; quiere difundir el olor del evangelio de Jesús, pide a los jóvenes que no se avergüencen de ser cristianos, que pongan a Jesucristo en el centro de su vida, la fe en Jesucristo es cosa seria, no una fe descafeinada. No puede ser un cristianismo de meras devociones sin Jesús. El Papa, como Pedro, no tiene oro ni plata pero trae lo más valioso: Jesucristo, él es la única riqueza. Pero un Jesucristo muerto y resucitado, no hay que quedarse en el sepulcro, no ser cristianos de cuaresma sin Pascua... La alegría del evangelio llena el corazón de todos los que se encuentran con Jesús.

· De una Iglesia centrada en el pecado y que ha hecho una tortura del sacramento de la confesión y ha convertido la petición de sacramentos en una aduana inquisitorial...

a una Iglesia de la misericordia de Dios, de la ternura, de la compasión, con entrañas maternales, que refleje la misericordia del Padre, una Iglesia ante todo hospital de campaña que cure heridas de emergencia, que cuide la creación, en la que los sacramentos son para todos, no solo para los perfectos. La convocatoria de un Sínodo sobre la familia y la encuesta que ha enviado sobre temas pastorales acuciantes como la situación de los divorciados vueltos a casar, la unión de homosexuales, las relaciones prematrimoniales, el matrimonio a prueba, el control de natalidad y el magisterio sobre moral sexual... indica que hay un deseo de ampliar el campo de la misericordia y extenderlo a todas las situaciones conflictivas.

· De una Iglesia centrada en ella misma, autorreferencial, preocupada por el proselitismo...

a una Iglesia de los pobres preocupada ante todo del dolor y del sufrimiento humano, de la guerra, del hambre, del paro juvenil, de los ancianos, donde los últimos sean los primeros, donde no se pueda servir a Dios y al dinero; una Iglesia profética, libre ante los poderes de este mundo; en Evangelii gaudium afirma que el actual sistema económico basado en la idolatría del dinero es injusto, pues enriquece a unos pocos y convierte a una gran mayoría en masas sobrantes, es un sistema excluyente que mata; por esto lanza un "no" a una economía de exclusión, un "no" a la nueva idolatría del dinero, un "no" al dinero que gobierna en lugar de servir, un "no" a la inequidad que genera violencia.

En Lampedusa critica la actitud de los países ricos ante los emigrantes africanos y asiáticos, muchos de los cuales mueren en el intento de llegar a las costas europeas: es una vergüenza, vivimos en la burbuja del consumo y con el corazón anestesiado ante el sufrimiento ajeno; en Brasil les dice a los jóvenes que hagan lío y sean revolucionarios en busca de un mundo mejor y más justo; afirma que las confesiones religiosas del mundo deben aunarse para resolver el problema del hambre y de la falta de educación...

· De una Iglesia encerrada en sí misma, reliquia del pasado, con tendencia a mirarse el ombligo, con sabor a invernadero, que espera que vengan los otros...

a una Iglesia que sale a la calle, "callejea la fe", va los márgenes sociales y existenciales, a las fronteras, a los que están lejos, aun con riesgo de tener accidentes; no teme una Iglesia minoritaria y pequeña, con tal que sea semilla y levadura, que abra caminos nuevos, que vaya sin miedo a servir, una Iglesia a la intemperie, que sale a las cunetas del mundo, una Iglesia en estado de misión.

· De una Iglesia que discrimina a los que piensan diferente, a los diversos, a los otros...

a una Iglesia que respeta a los que siguen su propia conciencia, a las otras religiones, a los ateos, a los homosexuales, dialoga con no creyentes, con judíos, nuestros hermanos mayores, una Iglesia de puertas abiertas, atenta a los nuevos signos de los tiempos.

· De una Iglesia con tendencia restauracionista y de vuelta atrás que añora el pasado...

a una Iglesia que considera que el Vaticano II es irreversible, que hay que implementar sus intuiciones sobre la colegialidad, evitar el centralismo y el autoritarismo en el gobierno, caminar en medio de las diferencias. El mismo título de Obispo de Roma es un refrendo a la colegialidad episcopal, a la colegialidad con sus hermanos obispos. El Papa reconoce que no tiene la respuesta a todas las cuestiones, que hay que reformar el Papado, que hay que dar responsabilidad a los laicos, dar mayor protagonismo a la mujer, desclericalizar la Iglesia, pues el clericalismo no es cristiano.

· De una Iglesia con pastores encerrados en sus parroquias, clérigos de despacho, que buscan hacer carrera, que están en el laboratorio y a veces acaban siendo coleccionistas de antigüedades, con obispos siempre en aeropuertos...

a pastores que huelan a oveja, que caminen delante, detrás y en medio del pueblo; el carrerismo es la lepra del Papado, la curia es vaticano-céntrica y fácilmente traslada su visión al mundo.

· De una Iglesia envejecida, triste, con gente con cara de cadáver o con sonrisas de azafata...

a una Iglesia joven y alegre, levadura y fermento en la sociedad, con la alegría y la libertad del Espíritu, con luz y transparencia, sin nada que ocultar, con flores en la ventana y olor de hogar, donde los jóvenes sean protagonistas, pues son como las niñas de los ojos de la Iglesia.

· De una Iglesia ONG piadosa, clerical, machista, monolítica, narcisista...

a una Iglesia Casa y Pueblo de Dios, mesa más que estrado, que respete la diversidad, donde jueguen un papel relevante los laicos, las mujeres, las familias. Es la Iglesia de Aparecida, de discípulos y misioneros para que nuestros pueblos en Cristo tengan vida, una casa eclesial donde reina la alegría.

En realidad, después de un año de su gestión pastoral como Obispo de Roma podemos afirmar que con Francisco se ha retomado el Vaticano II que había quedado de algún modo silenciado y aparcado. No inventa nada nuevo, reasume el impulso pentecostal del Vaticano II. La Iglesia del Papa Francisco en el fondo es la Iglesia del Vaticano II, la misma Iglesia que soñó Juan XXIII y que hasta ahora había sido fuertemente frenada y diluida. Vuelve a renacer una primavera eclesial.

No es casual que Bergoglio provenga de América Latina, una Iglesia que recibió el Vaticano II con gran creatividad y profundidad: la Iglesia de Medellín y Aparecida, la Iglesia con algunos obispos verdaderos Santos Padres de la Iglesia de los pobres -como Helder Cámara y Romero-, la Iglesia de las comunidades de base, de la Biblia devuelta al pueblo, la Iglesia de la profunda religiosidad popular de los pobres, la Iglesia de laicos comprometidos con la justicia y con la pastoral, la Iglesia de una vida religiosa inserta entre los pobres, la Iglesia de numerosos mártires asesinados por defender la fe y la justicia.

Cuestionamientos e interrogantes.
Es mucho lo que ha realizado el Papa Francisco en su primer año de pontificado, pero es mucho lo que queda por hacer todavía. Le toca a Francisco llevar a término cuestiones que el concilio inició pero no llegó a concretar, como el modo de elección de los obispos, hacer que los sínodos sean no solo consultivos sino deliberativos, favorecer la autonomía y responsabilidad de las Iglesias locales...

Y afrontar lo que el Vaticano II no trató pero que son tareas y desafíos urgentes: reforma del papado y de la curia, abandono de la jefatura del Estado Vaticano, cambiar el modo de elección del Papa, revisión de la estructura de cardenales y nuncios, abandonar el episcopado honorífico y sin diócesis real de los dirigentes de los dicasterios de la curia, repensar el papel de la mujer en la Iglesia, promover la ordenación de hombres casados, revisar la moral sexual y matrimonial, la pastoral con los divorciados vueltos a casar, el problema de la homosexualidad, la relación con los teólogos, asumir el gran desafío ecológico...

Añadamos a lo anterior la necesidad de responder a la problemática religiosa y espiritual que surge del nuevo contexto socio-cultural, científico y técnico del mundo de hoy, del nuevo tiempo axial que está apareciendo con paradigmas que rompen los esquemas religiosos provenientes del neolítico- centrados en el sacerdote, el altar y el sacrificio-, reaccionar ante las nuevas formas de espiritualidad y de agnosticismo, etc. Hoy el problema ya no es, como en el Vaticano II, preguntar "Iglesia ¿qué dices de ti misma", sino "Iglesia, ¿qué dices acerca del misterio de Dios?"

¿Podrá un solo hombre llevar a cabo estas reformas tan necesarias y urgentes? ¿No es excesiva carga para el primado de Pedro? ¿No debería ser una tarea colegial de todos los obispos, más aún de toda la Iglesia? ¿No es el mismo Francisco el que nos pide que todos seamos "audaces y creativos"?

Hay que afirmar que es una ilusión el pensar que las reformas y cambios eclesiales solo vienen de arriba. La historia nos enseña que las grandes transformaciones de la Iglesia (como también de la sociedad...) han surgido desde abajo, desde donde ordinariamente actúa el Espíritu: desde los laicos, desde los pobres, desde las mujeres, desde la gente marginada. A todos nos toca renovar y reformar la Iglesia desde el evangelio, convirtiéndonos a Jesús de Nazaret y a su Reino. Sin la cooperación e iniciativa de la base, la Iglesia no podrá cambiar nunca.

Mientras agradecemos al Señor por el gran don del Papa Francisco que devolvió la alegría a la Iglesia, estemos dispuestos a colaborar en la renovación de la Iglesia. El Papa Francisco ya nos ha abierto el camino.

Acabemos con una poesía de Rafael Alberti en la que simula un diálogo entre la estatua de bronce de Pedro del Vaticano y el Señor:
Di, Jesucristo
¿Por qué me besan tanto los pies?
Soy San Pedro aquí sentado,
en bronce inmovilizado,
no puedo mirar de lado ni pegar un puntapié,
pues tengo los pies gastados, como ves.
Haz un milagro, Señor.
Déjame bajar al río
volver a ser pescador
que es lo mío".

Víctor Codina sj



El funambululista de Dios
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Francisco miraLiu Ming, el médico chino del Papa que le atendió y devolvió la salud cuando éste era arzobispo de Buenos Aires, anda preocupado. Y es para estarlo. Pero no sólo por la inhumana agenda del pontífice, que rebasa con mucho las fuerzas de un hombre de setenta y ocho años, sino porque Francisco, además de su carisma sacerdotal, tiene vocación de funambulista. Sus saltos, piruetas verbales y últimas denuncias confirman los altos riesgos que asume y acabarían con los nervios de cualquiera.

Los mafiosos de Calabria ya han respondido a su pública excomunión, manipulando una imagen de la Madonna –¡pobre aldeana de Nazaret!- que hicieron reclinar ante el domicilio de un famoso capo de la Ndrangheta en un pequeño pueblo de Reggio Calabria, escenario de una sangrienta guerra de clanes. O el boicot a la misa en la cárcel Mamertina de 200 presos de la Mafia. Y es que, ya se sabe, en Italia hasta el crimen organizado pretende el agua bendita de la Iglesia. Con todo parece, ojalá, que de momento los mafiosos no se atreverán a más, aunque solo sea por la popularidad mundial del papa Bergoglio. 

Lo que muchos ignoran es que en esta cruzada hacia fuera y dentro de la Iglesia, los disparos más peligrosos proceden de casa. Comienzan cuando Francisco se sienta en la sede de Pedro con una bomba de relojería debajo: el desprestigio mundial que supone la plaga de la pederastia, una de las razones que influyeron en la renuncia de Benedicto XVI. La reciente petición de perdón a las víctimas de estos abusos, uno de los que más vivamente condenó, con “piedra de molino”, Jesús Nazaret, se une a varias destituciones y medidas contra los pecados de omisión, aunque queda mucho por andar.

¿Y qué decir de los “cuervos” de la corrupción, de los prelados adinerados, de los lobbies homosexuales, de las presiones de la caverna? Desde siempre un papa fue un solitario en su jaula de oro de los palacios vaticanos. Pese a que ahora vive con más gente en Santa Marta, el papa Francisco ha de sufrir seguramente en silencio y soledad el acoso de sus enemigos. Quizás los peores sean los más fieles, los rigoristas y ultraconservadores de dentro. Me consta que muchos de estos, que aún se confiesan con frecuencia, declaran ante la rejilla: “Padre, me acuso de criticar al Papa”. Paradójicamente, a pesar de leer y releer el Evangelio, no aceptan la misericordia del buen pastor en busca de la oveja pedida y los más alejados. Porque, como hacía decir el genial Mingote a dos beatas a la puerta de la iglesia: “Convéncete, hija, lo que se dice al cielo, iremos los de siempre”.

Eso, a pesar de que el papa argentino, ejerce de equilibrista también entre las “dos Iglesias” con las que le ha tocado vivir, repartiendo canonizaciones a los dos bandos –pues la santidad no es ni de izquierdas ni de derechas- y andando con pies de plomo, por ejemplo en temas de moral familiar. Los “Lineamenta” o documento preparatorio del Sínodo es el que más materia incluye de los que he conocido en largos años de informador y el único fruto de consulta con la base. Pero, ante el escándalo de algunos, ya ha anunciado que este sínodo es tan importante, que lo va a dividir en dos sesiones.

Algo reporta confianza en tal comportamiento. Y es que en mi opinión, Bergoglio ha experimentado una profunda vivencia interior. Los orientales lo llaman “iluminación”, los occidentales “ilustración”. Como Ignacio de Loyola, en su visión del Cardoner, ha visto claro. Basta comparar las fotos del cardenal bonaerense, casi siempre serio y preocupado, y las del actual Papa, revestido de un gozo, una valentía e inteligente prudencia que rompe moldes.

Francisco puede estar cansado, porque si no, a su edad, no sería un ser humano. Pero su espíritu es libre. Por dentro no teme a nadie, ni a las metralletas de los mafiosos, ni a los manejos de los corruptos, ni los inmovilismos de los “católicos de toda la vida”. No quiere cristales antibalas en su papamóvil, ni parapetarse en el prestigio del lujo o del protocolo. Muestra aquello de Pablo de que el espíritu está por encima de la ley. Sus únicas armas son una autenticidad espontánea y creíble y una alineación con los más pobres y pequeños de este mundo. A partir de ahí, puede pasarle cualquier cosa. No parece importarle. Se diría que vive el ahora como fuera del tiempo. Quizás como quien no quiere nada para sí y ya lo tiene todo.

Pedro Miguel Lamet, SJ.
Publicado hoy en el diario EL MUNDO