jueves, 24 de julio de 2014

LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE - José Antonio Pagola


LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE - José Antonio Pagola

El evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el reino de Dios.

Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.

¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún “tesoro”? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?

Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: ”Solo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo”. Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: “La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento”. El Papa Francisco nos viene repitiendo: “El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios”.

Si ésta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba “reino de Dios”? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el reino de Dios y su justicia?

La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el “tesoro” del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio

El Papa Francisco nos está diciendo que “el reino de Dios nos reclama”. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a descubrir el tesoro oculto del reino de Dios.  Pásalo.
27 de julio de 2014
17 tiempo ordinario (A)
Mateo 13, 44-52
ENCUENTRO SORPRENDENTE
Escrito por  Florentino Ulibarri

Te tengo y no te tengo
porque, creyendo en tu palabra,
renuncié a poseer cosas y personas
en mi casa, en mi corazón y en mis entrañas.

Y ahora que vivo así,
huérfano de propiedades,
yermo de posesiones,
sin redes, sin cadenas, sin ventosas,
sin paredes, cárceles y murallas,
sin presiones, sin estafas, sin trampas,
es cuando más rico me encuentro
y más libre me siento
para agarrarte y agarrarme,
para retenerte y retenerme
en este espacio vacío
que es mi casa, mi corazón y mis entrañas,
y que Tú habitas libremente
con ternura infinita, humana y divina,
desde que existe.

Y así, a la contra como quien dice,
la fe empieza a invadirme
por todos los poros, vías y heridas;
y yo me dejo llevar por tu brisa, huellas y melodía
a un encuentro sorprendente.

Gracias porque es posible tenerte y retenerte,
y por tenerme y retenerme
a tu manera, Señor.

¡Esto es un tesoro que merece la pena!

Florentino Ulibarri



EL VERDADERO TESORO ESTÁ YA EN TU CAMPO
Escrito por  Fray Marcos
Mt 13, 44-52   

El evangelio de este domingo nos propone las tres últimas parábolas del capítulo 13 de Mateo: comentaremos el tesoro y la perla, que tienen un mismo mensaje. Si descubrimos lo que más vale, aseguramos el primer objetivo de nuestra voluntad, porque la voluntad no puede ser movida más que por el bien, descubierto como tal y en el caso de dos bienes siempre será movida por el mayor. Lo que Dios es en mí,  es el tesoro. No se trata de un conocimiento discursivo o racional, sino de una experiencia en lo más hondo  de mi ser. Seguimos empeñados en descubrir a un Dios que está fuera, y que además nos da seguridades; ese es un camino equivocado que no nos puede conducir a la meta.

Menos mal que la comunidad de Mateo no se atrevió a alegorizarlas. No lo tenía fácil. El mensaje es idéntico en las dos pero tiene matices significativos. Una diferencia es que en un caso, el encuentro es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otra es que en la primera se identifica el tesoro con el tesoro, pero en la segunda se identifica con el comerciante que busca perlas. Puede ser una pista para descubrir que la comparación no es con uno ni con otro, sino que hay que buscarla en el conjunto del relato. Las dos opciones se hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan al dar el paso.

La parábola no juzga la moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que nosotros nos traslademos a otro ámbito. En efecto, tanto el campesino, como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta (aunque legal). Los dos se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar al vecino. No actúan por desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos bienes para conseguir más bienes. No es su objetivo vivir de otra manera, sino conseguir una vida material mejor, engañando al otro. En el orden espiritual las cosas no funcionan así.

En estas dos parábolas vemos claro cómo no todo lo que dicen es aprovechable. Jesús en el evangelio advierte una y mil veces del peligro de las riquezas; no puede aquí invitarnos a conseguirlas en sumo grado. El mensaje es muy concreto. El punto de inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”. Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical en el orden material, es precisamente lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es posible. Ahí está la clave del mensaje.

Hay dos matices, que nos tienen que hacer pensar. El primero es el abismo que existe entre lo que tienen y lo que descubren. El segundo es la alegría que les produce el hallazgo. Yo la haría todavía más simple: Un campesino pobre, que solo tiene un pequeño campo, en el que cava cada vez más hondo, un día encuentra un tesoro. O un comerciante de perlas que un día descubre entre las que tiene almacenadas, una de inmenso valor. Evitaríamos así poner el énfasis en la venta de lo que tiene, que solo pretende indicar el valor de lo encontrado. No se sugiere para nada el ascetismo. Todo lo contrario, se trata de un minucioso cálculo, que les lleva a la suprema ganancia.

No damos un paso en nuestra vida espiritual porque no hemos encontrado el tesoro entre los bienes que ya poseemos. Sin este descubrimiento, todo lo que hagamos por alcanzar una religiosidad auténtica, será pura programación y por lo tanto inútil. Nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos el tesoro. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de lo que somos. Si lo descubrimos, prácticamen­te está todo hecho. La parábola al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes, antes de descubrir el tesoro, que es lo que siempre se nos ha propuesto, no es garantía ninguna de éxito.

Un ancestral relato oriental nos ayudará a comprender las parábolas: “Cuando los dioses crearon al hombre, pusieron en él algo de su divinidad, pero el hombre hizo un mal uso de esa divinidad y decidieron quitársela. Se reunieron en gran asamblea para ver donde podían esconder ese tesoro que le habían dado. Uno dijo: pongámosla en la cima de la montaña más alta. Pero otro dijo: No, que terminará escalándola y dará con ella. Otro dijo: La pondremos en lo más hondo del océano. Pero alguien respondió: No, que terminará bajando a lo más hondo y la descubrirá. Por fin dijo uno: ¡Ya sé donde la esconderemos! La pondremos en lo más hondo de su corazón. Allí nunca la buscará”.

Tenemos que aclarar que el tesoro no es Jesús, como deja entender Pablo, y sobre todos los santos padres. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura puede considerarse el tesoro. En muchas homilías, he visto estas interpretaciones de las parábolas. La Escritura es el mapa, que nos puede conducir al tesoro, pero no es el tesoro. Tampoco podemos presentar a la Iglesia como tesoro o perla. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar (a veces muy hondo) para encontrar el tesoro.

Jesús no pide más perfección sino más confianza, más alegría, más felicidad. Es bueno todo lo que produce felicidad en ti y en los demás. Solamente es negativa la alegría que se consigue a costa de las lágrimas de los demás. Cualquier renuncia que produzca sufrimiento, en ti o en otro, no puede ser evangélica. Fijaos que he dicho sufrimiento, no esfuerzo. Sin esfuerzo no puede haber progreso en humanidad, pero ese esfuerzo tiene que sumirme en la alegría de ser más. Lo que el evangelio valora no es el hecho de renunciar. Lo que me tiene que hacer feliz, es el conseguir mi plenitud.

La diferencia entre el valor del Reino y los valores terrenos estriba en que el primero enriquece al que lo encuentra y a los demás; el segundo se consigue a costa de pobreza para los demás. El valor auténtico aporta una alegría continuada. Los valores terrenos aportan una alegría pasajera y que además se consigue con la tristeza de muchos.

El tesoro es el mismo Dios presente en cada uno de nosotros. Es la verdadera realidad que soy, y que son todas las demás criaturas. Lo que hay de Dios en mí es el fundamento de todos los valores. El Reino, que es Dios, está en mí. Esa presencia es el valor supremo. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla no representan grandes valores sino una realidad que está más allá de toda valoración. El que encuentra la perla preciosa, no desprecia las demás. Dios no se contrapone a ningún valor, sino que potencia el valor de todo lo bueno. Presentar a Dios como contrario a otros valores, es la manera de hacerle ídolo.

Vivimos en una sociedad que funciona a base de engaños. Si fuésemos capaces de llamar a las cosas por su nombre, la sociedad quedaría colapsada. Si los políticos nos dijeran simplemente la verdad, ¿a quién votaríamos? Si los jefes religiosos dejaran de meter miedo con un dios justiciero, ¿cuántos seguirían creyendo? Si de la noche a la mañana todos nos convenciéramos de que ni el dinero ni la salud ni el poder ni el sexo ni la religión eran los valores supremos, nuestra sociedad quedaría paralizada. Solo lo que me hace más humano, y en la medida en que me haga más humano, será positivo.

Tener la referencia del valor supremo, me permite valorar en su justa medida todo lo demás. No se trata de despreciar lo demás, sino de tener claro lo que vale de veras. El “tesoro” nunca será incompatible con todos los demás valores que nos ayudan a ser más humanos. Es una constante tentación de las religiones ponernos en el brete de tener que elegir entre el bien y el mal. Radicalmente equivocado. Lo que hay que tener muy claro es cuales son las prioridades, dentro de los valores, y qué valores son en realidad falsos.

Meditación-contemplación

En tu propio campo tienes el único tesoro.
Si aún no te has dado cuenta,
es que lo has buscado en otro campo
……………

Tu tarea más importante en esta vida,
es buscar ese valor incalculable.
No es objetivo fácil,
porque no se descubre por los sentidos ni por la razón.
…………………………

Una vez descubierto lo que hay de Dios en ti,
todo lo demás es coser y cantar.
Si no experimentas al Dios vivo en el fondo de tu ser,
todos los esfuerzos por llegar, serán inútiles.
………………

Fray Marcos



PARÁBOLAS PARA TIEMPO DE CRISIS (FINAL)
Escrito por  José Luís Sicre

En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:
1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).
2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).
3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)
Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.
¿Vale la pena?
La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los seguidores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:
a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
c) Compra el objeto deseado.
Sin embargo hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo
El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existen). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.
El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de "El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas", debería decir "a un comerciante en busca de perlas finas". No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante
Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.
Ni bonos basura ni timo de la estampita
No olvidemos que estas parábolas se dirigen a un comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita?
La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad no casualmente, sino tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.
Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?
Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importante: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrirlo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábolas parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».
¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?
A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. Difícil de interpretar, porque no queda claro si habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores.
Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero conviene completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo... Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.
Conclusión
Mateo termina las siete parábolas con una nueva enseñanza, expuesta también mediante una imagen: «Un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo». Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación.
En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje se ha dedicado a sacar cosas nuevas y viejas. Diríamos que del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati¬vo de los profetas. Pero la mayor parte es de enorme novedad, fruto de la experiencia de Jesús y de su capacidad de observación.
La vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirve para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.
Esta sabiduría es la que deberíamos pedir a Dios, igual que Salomón la pidió para gobernar a su pueblo (1ª lectura).

José Luís Sicre



LO QUE NO ES EL REINO DE DIOS
Escrito por  Enrique Martínez Lozano
Mt 13, 44-52

Jesús lo tiene claro: el "Reino de los cielos" es el tesoro por antonomasia, aquel que, al descubrirlo, llena de gozo desbordante y te capacita para desprenderte de todo lo demás.
El siguiente paso consiste en preguntarnos en qué consiste exactamente ese "Reino de los cielos".
Durante mucho tiempo, se pensó que se trataba del cielo posterior a la muerte, o de la fe que nos garantizaba la salvación, o incluso de la propia Iglesia. Sin embargo, estas lecturas nos resultan hoy insuficientes y, en último término, inadecuadas para comprender lo que Jesús quería transmitir.

El "Reino de Dios" no es el "cielo".
Uno de los motivos por el que se cayó en esa confusión se debió al hecho de que fuera el propio evangelio de Mateo –el más leído en toda la historia de la Iglesia- el que hablara de "Reino de los cielos". Sin embargo, es claro que tal denominación se debe únicamente al hecho de que, en el judaísmo, se evitaba pronunciar el nombre divino, sustituyéndolo por algún otro término equivalente: Señor, Altísimo, Gloria, Cielos... Pero parece claro que Jesús no hablaba de un reino que sería posible "post mortem", sino del "Reinado de Dios" en medio de nuestra vida, aquí y ahora.
Al identificarlo con el cielo, el proyecto de Jesús se espiritualizó y se pospuso, al tiempo que, en la práctica, fue adquiriendo un tono cada vez más doctrinal y más individualista, en una línea similar a como se entendía la "salvación del alma".
Pero a Jesús no le preocupaba el "más allá" de la muerte, sino el "más acá" de la vida de los humanos. Por eso, no habla del "tesoro" como de una realidad futura, sino como un acontecimiento presente, que solo necesita ser descubierto, acogido y vivido.
Para él, el "Reino de Dios" constituye el secreto último de lo real: por eso es fuente de gozo y, al mismo tiempo, de transformación personal en radicalidad. Se trata, en definitiva, de otro modo de ver y, en consecuencia, de otro modo de vivir.

El "Reino de Dios" no es equivalente a la fe.
A veces se ha identificado el Reino con una adhesión mental a determinadas creencias. El motivo es que, según se enseñaba, era precisamente la fe la que garantizaría nuestra salvación eterna. De ahí que se concluyera que se entraba en el Reino a través de la fe.
Sin embargo, el Reino no es objeto de fe, del mismo modo que un tesoro no es algo "creído", sino descubierto. Por eso, al reducirlo a un objeto de fe, el tesoro dejaba de ser tal, porque no se veía ni se experimentaba.

El "Reino de Dios" no es la Iglesia.
Durante siglos, en una eclesiología que no está del todo superada, se llegó a identificar, en la práctica, el Reino con la Iglesia, a veces incluso contraponiéndola con el "reino del mundo".
Esta confusión llevó a absolutizar la Iglesia –y el poder jerárquico dentro de ella- y a vivirla enfrentada al "mundo", que se consideraba pecador y adversario. Las consecuencias de tal postura se manifestaron pronto en forma de dualismo casi maniqueo, fundamentalismo, fanatismo y proselitismo.
Si tenemos en cuenta que Jesús ni siquiera fundó una iglesia, advertiremos fácilmente que tal "deslizamiento" –del Reino a la Iglesia- no solo carecía de cualquier fundamento, sino que fue origen de peligrosos malentendidos y de creencias sectarias.
El "Reino (reinado) de Dios" es una expresión que designa el proyecto de Jesús. Con él se apunta a un tipo de comunidad humana regida por la fraternidad, desde la consciencia de compartir el mismo origen y la misma fuente (Dios, "Abba").
Y dado que "el Padre y yo somos uno", y nuestro fondo es el mismo y único fondo de todo lo real, el "Reino de Dios" es otro nombre más para referirnos a él, a ese fondo que constituye nuestra verdadera identidad.
Desde esta perspectiva –y me parece que así es como lo vivía y lo anunciaba Jesús-, no cabe ningún dualismo ni tampoco ningún exclusivismo. El Reino de Dios no esta separado de nada ni deja nada fuera, sino que es el fondo común que todos compartimos.
Y no se trata, según el propio Jesús, de creer en él, sino de verlo. Cuando "tocamos" ese fondo que nos constituye –y constituye todo lo real- hemos descubierto y palpado el tesoro, nos llenamos de alegría y "vendemos" (nos despojamos de) lo que tenemos para hacernos con él y vivirnos desde él.

Enrique Martínez Lozano



DEL FUNERAL POR JOSÉ ENRIQUE GALARRETA
Escrito por  Javier Castillo

Después de tres semanas luchando con el desgaste de su cuerpo, la noche del jueves 30 de enero ha pasado a la casa del Padre nuestro buen amigo y compañero José Enrique rodeado del cariño de tantas personas que si las nombrara a todas la lista sería interminable. A todas las personas que nos habéis hecho llegar su afecto y su cercanía en esta última etapa de la vida de José Enrique y, de manera especial, a los que habéis dedicado largas horas para acompañarlo en su lecho de enfermo, nuestra gratitud y nuestro reconocimiento por todo el bien que le habéis hecho a nuestro hermano.

Querido amigo,
El sábado pasado, cuando pudimos hablar un rato a solas en la clínica me repetiste varias veces esta frase “Señor, te busco… hay que ponerse en camino”. Me decías que te la inspiraba Santa Teresa, no sé si sea de ella, pero a ti, en ese momento te daba paz y te ensanchaba tanto el corazón que a través de tus ojos brillantes podía ver el rostro de ese buen Dios que se preparaba para darte un abrazo lleno de amor. Precisamente de un Dios que es amor, ternura y compasión o, como te gustaba decirlo, del Abbá, estabas profundamente enamorado y nunca escatimaste palabras y gestos para ayudarnos a vivirlo y comprenderlo así. Puedes estar tranquilo, tus palabras han caído en tierra fértil y somos muchos los que queremos tomar tu testigo para gritar por todos los rincones del mundo que el Dios en quien creemos es amor.

Josefus, Galarreta, Gala, Bernardo, Giussepe… con esos nombres te llamaban tus amigos y, en nombre de ellos, quiero decirte gracias:

Gracias por tu escucha sabia y prudente y por tus acertados consejos. Son muchas las personas a las que les hiciste el bien acompañándolas y orientándolas con tu palabra y tu amistad.

Gracias por tu amor sincero y valiente a la Iglesia. Cuando hacías alguna denuncia sobre  aquellas cosas que veías en la Iglesia que no eran coherentes con el programa de Jesús lo hiciste desde un amor incondicional. Varias veces te oí decir “porque amo a la Iglesia lo digo”.

Gracias por tu pasión por Jesús, el que nos hablaba en parábolas y lenguajes sencillos para que nos quedara más fácil entender los entresijos de su mensaje y su misión. Gracias por tu pasión por ese hombre que es Dios.

Gracias por tu versatilidad. Sabías acompañar a jóvenes, no tan jóvenes y mayores. Tuviste una palabra oportuna siempre.

Gracias por los buenos momentos en los que al calor de unas migas o de un buen tinto nos ayudaste a vivir la alegría de ser amigos. Cómo no recordar las escapadas al Roncal o a recorrer valles y montes nevados. Cómo no recordar las tertulias de la noche con Isidoro, Xabi y los de la última hora de la cena en las que sin texto y sin protocolos disfrutábamos el hablar de Dios.

Gracias por estar… sí, por estar siempre ahí apoyando nuestras iniciativas y llamándonos a la prudencia y a la humildad. Gracias por tu preocupación por nuestra salud. Tú no te cuidabas pero siempre nos pedías que nos cuidáramos porque hay muchas cosas aún por hacer y Dios y los pobres nos necesitan fuertes.

Querido Giussepe, te nos has adelantado en el encuentro con el Padre, dale un abrazo de nuestra parte, tú ya lo has recibido, te lo mereces, te lo has ganado!

Hasta luego amigo, te echaremos de menos.

Javier Castillo, sj



Hacia una tercera etapa de postconcilio
Jesús Espeja, Fraile Dominico.

El papa Francisco está suscitando en muchos cristianos esperanza: una mirada de confianza en que sí es posible caminar hacia una Iglesia servidora y pobre.

Hemos vivido largo segundo periodo postconciliar, donde han prevalecido el desconcierto en las relaciones de la Iglesia con una situación cada vez más compleja del mundo, la obsesiva preocupación por la ortodoxia y la insistencia en la unidad de los católicos a veces entendida como uniformidad. La orientación del papa Francisco en este primer año como Sucesor de Pedro significa ya un cambio cualitativo. No sólo en la exhortación “El gozo del Evangelio”. Sus gestos tratando de sanar heridas y sus frecuentes intervenciones de palabra retoman aspectos fundamentales del Vaticano II bastante olvidados en dicho periodo: una Iglesia servidora del mundo que reconoce su lazo inseparable con los pobres y es invitada constantemente a vivir la pobreza evangélica. En otras palabras, una Iglesia que respire, viva y manifieste la certeza de que Dios nos ama infinitamente más allá de todo. Que sea madre donde caben todos cada uno con su vida a cuestas; donde tenga espacio la legítima y necesaria pluralidad.

No faltan quienes, con cierto aire de lúgubre sensatez, dicen que ya veremos cuando el nuevo papa tenga que decidir sobre tantas y tan serias cuestiones que hoy se plantean a la Iglesia. Sin duda el procesamiento de esas cuestiones no es fácil, pero los gestos y palabras del nuevo papa tienen ya por sí mismos calado bien significativo. Están dando respiro y abriendo paso a una fuerte línea de renovación postconciliar que, a veces silenciada o ignorada, viene siendo decisiva para la presencia pública y evangelizadora de la Iglesia en la compleja y cambiante situación española.

Como botón de muestra, en el fin de semana último, ha tenido lugar el curso de verano que organiza la Cátedra de Santo Tomás (dominicos) en Avila para leer el significado del papa Francisco dentro y fuera de la Iglesia. No sólo participaron lúcidos e influyentes pensadores de la línea postconciliar renovadora como Juan Martín Velasco, Joaquín García Roca, Reyes Mate, Felicísimo Martínez… Hubo también profundo y fraterno diálogo entre las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo. La nueva orientación del papa Francisco, al mismo tiempo abre paso a esta línea de renovación, cuenta con ella. E inicia una tercera etapa de postconcilio para procesar con serenidad la herencia del Vaticano II que debe ser brújula en nuestro siglo.

Jesús Espeja