miércoles, 4 de junio de 2014

VIVIR A DIOS DESDE DENTRO - José Antonio Pagola


VIVIR A DIOS DESDE DENTRO - José Antonio Pagola

Hace algunos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual”.

El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.

La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.

En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿ Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?

Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser.

Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia  interior del Misterio de Dios.
José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a difundir la experiencia interior de Dios. Pásalo.
8 de junio de 2014
Pentecostés(A)
Juan 20, 19-23
Escrito por  Florentino Ulibarri

Te bendecimos, Padre, por el don de la Santa Ruah
que, por tu Hijo, haces a la creación entera..

Lo hiciste al principio, en los orígenes de todo,
cuando incubabas el universo al calor del Espíritu
para que naciera un mundo de luz y de vida
que pudiera albergar al género humano.

Te damos gracias porque, mediante tu Espíritu,
lo sigues creando, conservando y embelleciendo,
para que nuestro caminar no sea triste y agorero
y podamos disfrutar de las primicias del Reino.

Te bendecimos por haber puesto tu Espíritu
en hombres y mujeres, niños y adultos;
y por el don continuo que de él has hecho
siempre en la historia humana:
Espíritu de fuerza en sus jueces y gobernantes;
Espíritu rector en sus líderes justos;
Espíritu creador en sus sabios investigadores;
Espíritu soñador en sus artistas y poetas;
Espíritu solidario en sus pobres pobres;
Espíritu de vida en el pueblo siempre.

Te bendecimos, sobre todo, por Jesucristo,
lo mejor de nuestro mundo,
el hombre "espiritual" por excelencia.
Vivió guiado por el Espíritu,
evangelizando a los pobres,
ayudando y fortaleciendo a todos...
hasta que, resucitado, comunicó a su Iglesia,
y a los que buscan con corazón sincero,
ese mismo Espíritu.

Te alabamos por la acción de tu Espíritu
en los profetas,
en los reformadores,
en los educadores,
en los revolucionarios,
en los mártires,
en los santos,
en todas las personas buenas...

Que el Espíritu nos dé fuerza para luchar
por la verdad, la justicia y el amor,
luz para comprender a todos,
ayuda para servir,
generosidad para amar,
solidaridad para vivir,
paciencia para esperar...

Padre, que tu Espíritu sople sobre la Iglesia,
dándole unidad y nueva savia evangélica;
que traiga la libertad, la igualdad y la fraternidad
a todos los pueblos, razas y naciones.

Y, finalmente, haznos sensibles
a la acción de tu Espíritu en el mundo y en la historia.
Ayúdanos a descubrirla en la ciencia,
en la cultura, en el trabajo, en la técnica,
en todo aquello en que el ser humano y el Espíritu
preparan conjuntamente el alumbramiento
de los nuevos cielos y la nueva tierra.

Te lo pedimos, Padre,
por Jesucristo, tu Hijo resucitado y hermano nuestro.
Amén.

Florentino Ulibarri



DIOS ES ESPÍRITU, FUERZA, ENERGÍA
Escrito por  Fray Marcos
Jn 20, 19-23

Los textos que leemos este domingo hacen referencia al Espíritu, pero de muy diversa manera. Ninguno se puede entender al pie de la letra. Son teología que debemos descubrir más allá de la literalidad del discurso. Las referencias al Espíritu, tanto en el AT (377 veces) como en el NT no podemos entenderlas de una manera unívoca. Apenas podremos encontrar dos pasajes en los que tengan el mismo significado. Algo está claro: en muy pocas ocasiones podemos entenderlo como una entidad personal.

Pablo aporta una idea genial al hablar de los distintos órganos al servicio del cuerpo. Hoy podemos apreciar mejor la profundidad del ejemplo porque sabemos que la vida mantiene organizadas y da unidad a billones de células que vibran con la misma vida. Todos formamos una unidad mayor y más fuerte aún que la que expresa cualquier forma de vida biológica. El evangelio de Juan escenifica también otra venida del Espíritu, pero mucho más sencilla que la de Lucas. Esas distintas "venidas" nos advierten de que en realidad, Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte.

No estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos tratando de descubrir y vivir una realidad que está tan presente hoy como hace dos mil años. La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra del Espíritu-Jesús-Dios. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, era cuando Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en cada uno de los fieles y en la comunidad.

El Espíritu es una realidad tan importante en nuestra vida espiritual, que nada podemos hacer ni decir si no es por él. Ni siquiera decir: "Jesús es el Señor" Ni decir "Abba", si no es movidos desde Él. Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos tenemos como fundamento de nuestro ser a Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello. El Espíritu no tiene dones que darme. Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser.

Cada uno de los fieles está impregnado de ese Espíritu-Dios que Jesús prometió a los discípulos. Solo la persona es sujeto de inhabitación. Los entes de razón como instituciones y comunidades, participan del Espíritu en la medida en que lo tienen los seres humanos que las forman. Por eso vamos a tratar de esa presencia del Espíritu en las personas. Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Somos conscientes de que, sin él, nada somos.

Ser cristiano consiste en alcanzar una vivencia personal de la realidad de Dios-Espíritu que nos empuja desde dentro a la plenitud de ser. Es lo que Jesús vivió. El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: fue una relación "personal"; Se atreve a llamarlo papá, cosa inusitada en su época y aún en la nuestra; hace su voluntad; le escucha siempre. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios, para que nosotros lleguemos a la misma experiencia.

El Espíritu nos hace libres. "No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos que os hace clamar Abba, Padre". El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone el no dejarnos atrapar por cualquier clase de esclavitud alienante. El Espíritu es la energía que tiene que luchar contra las fuerzas desintegradoras de la persona humana: "demonios", pecado, ley, ritos, teologías, intereses, miedos... El Espíritu es la energía integradora de cada persona y también la integradora de la comunidad.

A veces hemos pretendido que el Espíritu nos lleva en volandas desde fuera. Otras veces hemos entendido la acción del Espíritu como coacción externa que podría privarnos de libertad. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de Dios que obra desde lo hondo del ser y acomodán¬dose totalmente a la manera de ser de cada uno, por lo tanto esa acción no se puede equiparar ni sumar ni contraponer a nuestra acción, se trata de una moción que en ningún caso violenta ni el ser ni la voluntad del hombre.

Si Dios-Espíritu está en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros, no puede haber privilegiados en la donación del Espíritu. Dios no se parte. Si tenemos claro que todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios-Espíritu, ninguna estructura de poder o dominio puede justificarse apelando a Él. Por el contrario, Jesús dijo que la única autoridad que quedaba sancionada por él, era la de servicio. "El que quiera ser primero sea el servidor de todos." O, "no llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro Padre, Maestro y Señor."

El Espíritu es la fuerza de unión de la comunidad. En el relato de Pentecos¬tés, las personas de distinta lengua se entienden, porque la lengua del Espíritu es el amor, que todo el mundo puede comprender; lo contrario de lo que pasó en Babel. Este es el mensaje teológico. Dios-Jesús-Espíritu hace de todos los pueblos uno, "destruyendo el muro que los separaba, el odio". Durante los primeros siglos fue el Dios-Jesús-Espíritu el alma de la comunidad. Se sentían guiados por él y se daba por supuesto que todo el mundo tenía experiencia de su acción.

Jesús promueve una fraternidad cuyo lazo de unidad es el Espíritu-Dios. Para las primeras comunidades, Pentecostés es el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús, que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en estructura jurídica. Cuando faltó la cohesión interna, hubo necesidad de buscar la fuerza de la ley para subsistir como comunidad.

Es muy difícil armonizar esta presencia del Espíritu en cada miembro de la comunidad con la obediencia, tal como se ha interpretado con demasiada frecuencia. En nombre de esa falsa obediencia, se ha utilizado la autoridad para hacer personas dóciles a los caprichos del superior de turno. En estos casos, no es la voluntad de Dios la que se busca, sino someter a los demás a la propia voluntad. La verdadera autoridad no se justifica por el Espíritu, sino por una necesidad de la comunidad humana.

"Obediencia" fue la palabra escogida por la primera comunidad para caracterizar la vida y obra de Jesús en su totalidad. Pero cuando nos acercamos a la persona de Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados, porque descubrimos que no fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: "mi alimento es hacer la voluntad del Padre". La voluntad de Dios no viene de fuera, sino que es nuestro verdadero ser.

El camino para salir de una falsa obediencia es que entremos en la dinámica de la escucha del Dios-Espíritu que todos poseemos y nos posee por igual. Tanto los superiores como los inferiores, tenemos que abrirnos al Espíritu y dejarnos guiar por él. Conscientes de nuestras limitaciones, no solo debemos experimentar la presencia en nosotros de Dios-Espíritu, sino que tenemos que estar también atentos a las experiencias pasadas, presentes y pretéritas de los demás. Creernos privilegiados con relación a los demás, anulará una verdadera escucha del Espíritu.

Meditación-contemplación

Dios-Espíritu en nosotros, es la base de toda contemplación.
El místico lo único que hace es descubrir y vivir esa presencia.
No es un descubrimiento intelectual, sino existencial.
La única realidad es Dios-Espíritu en mí.
................

La experiencia mística es conciencia de unidad.
No porque se han sumado mi yo y Dios,
sino porque mi yo se ha fundido en el YO.
Todos los místicos llegan a la misma conclusión que Jesús:
"yo y el Padre somos uno"
......................

No te esfuerces en encontrar a Dios ni fuera ni dentro.
Deja que Él te encuentre a ti y te transforme en Él.
Es tan sencillo como beber un vaso de agua.
Es tan difícil como alcanzar la luna.
Todo depende de la actitud del yo.
.....................

Fray Marcos



EL ESPÍRITU SANTO
Escrito por  José Luís Sicre

1. En el Antiguo Testamento
Al hablar del Espíritu Santo es importante olvidarse de lo que nos han enseñado desde niños. Nosotros acostumbramos verlo como la tercera persona de la Santísima Trinidad, con lo cual lo elevamos al rango más sublime que existe. Pero, después, no sabemos qué hacer con él. Para la inmensa mayoría de los cristianos actuales, el Espíritu Santo cuenta poquísimo. Su mención incluso provoca en ciertas personas una sonrisa extraña, como de algo reservado a monjas muy piadosas o a grupos cristianos algo exóticos.

Por eso es preferible partir de lo que podían pensar aquellos judíos a propósito del Espíritu Santo. Y lo primero que debemos decir es que para ellos era una realidad misteriosa. Hay un detalle lingüístico importante. Tanto en hebreo como en griego, las dos lenguas fundamentales de los orígenes del cristianismo, la palabra es la misma para indicar "espíritu" y "viento" (ruaj, pneuma). El viento es una realidad misteriosa, que no se ve, pero cuyos efectos son indiscutibles. Lo mismo ocurre con el espíritu de Dios. Es algo que no se ve, pero cuyos efectos son innegables.

Recorriendo el Antiguo Testamento, que es la base para hablar del Espíritu Santo, se advierte que cumple funciones muy distintas en cuatro ámbitos principales: el militar, el profético, el de la sabiduría para gobernar y el de la renovación espiritual del pueblo.

El influjo del Espíritu en el ámbito militar lo encontramos sobre todo en el libro de los Jueces. La situación que se describe es siempre la de opresión del pueblo por parte de extranjeros (sirios, madianitas, amonitas o filisteos). En esos momentos hace falta una persona excepcionalmen¬te valiente para enfrentarse a los enemigos. Entonces, el Espíritu del Señor viene sobre personajes como Otniel, Gedeón, Jefté o Sansón, y salvan a su pueblo. El libro de los Hechos no es un relato militar, pero dejará claro el valor que el Espíritu infunde a los apóstoles y a los primeros cristianos para predicar el evangelio.

El segundo ámbito de actuación del Espíritu es la profecía. La situación es aquí mucho más compleja. Los primeros profetas mostraban a veces un comportamiento extraño, de tipo extático, que era atribuido al Espíritu de Dios (algo parecido a lo que ocurría entre los griegos con la epilepsia). Hay un relato a propósito de Saúl que resulta fundamental en esta línea. Cuando Samuel unge a Saúl como rey de Israel, le indica una serie de cosas que le ocurrirán, entre ellas la siguiente: "Al llegar al pueblo (Loma de Dios) te toparás con un grupo de profetas que baja del cerro en danza frenética, detrás de una banda de arpas y cítaras, panderos y flautas. Te invadirá el espíritu del Señor, te convertirás en otro hombre y te mezclarás en su danza" (1 Sm 10,5-6). Efectivamente, Saúl se encuentra con este grupo de profetas y entonces "el espíritu de Dios invadió a Saúl y se puso a danzar entre ellos" (v.10). Aquí advertimos que el espíritu provoca reacciones extrañas, de tipo extático, entre quienes lo poseen. En ciertos ambientes, estas manifestaciones no gustaban, y provocaron un opinión algo negativa sobre el Espíritu, llegándose a equiparar al "hombre del espíritu" con un loco. Quizá por eso, más tarde, la acción del Espíritu en los profetas se vio en la línea de la palabra. El Espíritu de Dios es el que habla a través de los profetas, el que les revela algo misterioso o futuro. Esta idea la tenemos muy bien formulada en 2 Sm 23, un oráculo de David: "El Espíritu del Señor habla por mí, su palabra está en mi lengua" (v.2). O en el famoso texto de Isaías que se aplicará Jesús en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren..." (Is 61,1). Esta acción del Espíritu en el profeta no se limita a la palabra, sino que recoge también el elemento anterior de la valentía. De hecho, en ciertas circunstancias hace falta mucho valor para hablar. Así lo reconoce el profeta Miqueas. Cuando todos callan o dicen cosas agradables, él se siente "lleno de valentía, de Espíritu del Señor, de justicia, de fortaleza, para anunciar sus crímenes a Jacob, sus pecados a Israel" (Miq 3,8).

El tercer ámbito de acción del Espíritu es el del gobierno, concediendo la sabiduría global que necesita el gobernante. Es un desarrollo de lo que se decía a propósito de los jueces. Ahora no se trata sólo de salvar al pueblo, sino de gobernarlo rectamente. Hablando del rey ideal, un texto del libro de Isaías nos dice que "sobre él se posará el espíritu del Señor, espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de conocimiento y respeto del Señor" (Is 11,2). Pero hay otro pasaje muy importante. Cuando Moisés se queja a Dios en el desierto de que él solo no puede gobernar al pueblo, Dios le dice que elija a setenta y dos ancianos de todas las tribus, y añade: "Apartaré una parte del espíritu que posees y se lo pasaré a ellos, para que se repartan contigo la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo" (Nm 11,17). Propiamente no se habla del Espíritu de Dios, pero se sobreentiende que el espíritu que tiene Moisés, y del que participarán esos hombres, es el espíritu de Dios. Este pasaje demuestra la convicción de que el Espíritu lo necesita no sólo el rey ideal sino también cualquier persona que ocupa un puesto de responsabilidad en el pueblo.

Por último, el Espíritu de Dios adquiere también un papel preponderante para todo el pueblo. Esta idea la encontramos especialmente después del destierro a Babilonia, a partir del siglo VI a.C. El sentimiento que entonces se difunde es que el pueblo ha sido castigado por sus pecados (idea común al mundo asirio-babilónico y a otras culturas). Y la única manera de dejar de ser un pueblo pecador es la transformación interior, simbolizada en un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Como dice Ezequiel: "Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que pongáis por obra mis mandamientos" (Ez 36,26-27). Esta promesa del espíritu la encontramos también en textos de Isaías: "Voy a derramar mi espíritu sobre tu estirpe y mi bendición sobre tus vástagos" (43,3). Esta promesa supone una "democratización" del don del Espíritu. Hasta ahora estaba reservado a grandes personajes: libertadores militares, reyes, profetas, jueces. Ahora se habla de un don para todo el pueblo. Según un relato del libro de los Números, se trata de una antigua aspiración. Ya Moisés le había dicho a Josué: "Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor" (Nm 11,29). Y esta aspiración es la que recoge el profeta Joel, desarrollándola al máximo: "Después derramaré mi espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. También sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu aquel día" (Jl 3,1-2). En este texto, el espíritu de Dios rompe todas las barreras: la del sexo (hijos e hijas), la de la edad (ancianos y jóvenes), la de las clases sociales (siervos y siervas). Es lógico que la promesa de Joel desempeñase un papel importantísimo para los primeros cristianos.

2. En los evangelios
Cuando se comparan las tradiciones de los tres evangelios sinópticos (Mc, Mt, Lc) se advierte cómo progresa la reflexión sobre el papel del Espíritu Santo.

La tradición más antigua, la de Marcos, sólo habla de él en seis ocasiones, subrayando dos aspectos: el espíritu como principio dinámico, de acción, y el espíritu como inspirador. En relación con Jesús se acentúa el aspecto dinámico: baja sobre él en el bautismo (1,10), lo impulsa al desierto (1,12) y le da poder para expulsar los demonios (ver 3,29). El aspecto de inspiración se menciona a propósito de David (12,36) y de los discípulos (13,11). Los cristianos, al recibir el espíritu en el bautismo (1,8), se benefician de su fuerza y de su inspiración.

Mateo amplía la perspectiva. Lo menciona once veces, casi el doble que Marcos. Aunque muchos temas coinciden (bautismo, desierto, expulsión de demonios, testimonio de los apóstoles), hay dos momentos capitales. Al comienzo mismo, se presenta a Jesús como engendrado por el Espíritu Santo (1,18). Y al final, Jesús ordena bautizar «en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» (28,19).

En este proceso, Lucas significa un gran paso adelante, con sus 17 referencias al Espíritu Santo. La acción del Espíritu no comienza en Jesús. El mismo Juan Bautista estará lleno de Espíri¬tu Santo desde el vientre de su madre (1,15). Isabel se llena del Espíritu Santo al oír el saludo de María (1,41). Zacarías profe¬tiza lleno de Espíritu Santo (1,67). El Espíritu Santo también está sobre Simeón y le asegura que no morirá antes de ver al Mesías (2,25-27). Y la acción del Espíritu sobre Jesús también es más patente. Jesús no sólo va al desierto impulsado por el Espíritu, sino que también marcha a Galilea por acción del mismo Espíritu (4,14). En la sinagoga de Nazaret elige el texto de Isaías que comienza: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (4,18). Y cuando vuelven de su misión los 72 discípulos, Jesús se llena de gozo del Espíritu Santo (10,21). Con respecto a los cristianos, el Espíritu no es sólo un don de Jesús que se recibe en el bautismo, sino algo que el Padre concede siempre que practicamos la oración de petición (11,13).

3. En el libro de los Hechos
Estos datos del evangelio anuncian la importancia capital que tendrá el Espíritu Santo en los Hechos, donde aparece 51 veces como motor de toda la actividad misionera de la iglesia. Lucas, igual que los otros evangelistas, se enfrenta con un misterio. ¿Cómo es posible que un grupo de personas sin gran formación, miedosas, de horizontes geográficos estrechos, se lanzase a una actividad tan intensa por todo el mundo? ¿Cómo pudieron arrostrar con alegría las mayores dificultades? Un historiador ateo diría: la fuerza del fanatismo. Los evangelis¬tas, lógicamente, no lo interpretan así. Para Mateo, la fuerza la reciben de Jesús, que les promete: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Y esto Lucas lo interpreta en el sentido: «Yo estaré con vosotros a través del Espíritu Santo». Dentro de esta concepción teológica, no tiene nada de extraño que Lucas haya querido subrayar de un modo especial el don del Espíritu. Por eso, no lo cuenta como un acto más de Jesús resuci¬tado (como hará Juan), sino como un acto especialísimo, que requiere incluso un serio período de preparación.

A lo largo del libro de los Hechos, las afirmaciones sobre el Espíritu Santo son de lo más variadas.
1. La primera que encontramos es capital. Cuando Jesús se despide de sus discípulos les dice: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra" (1,8). Por consiguiente, el don especial del Espíritu es la fuerza para ser testigos de Jesús. Hay un relación estricta entre el Espíritu y la actividad misionera. En esta línea se podrían orientar otras muchas afirmaciones del libro de los Hechos. Lleno de Espíritu Santo es como Pedro habla ante el Sanedrín (4,8) y Pablo se enfrenta al mago Elimas (13,9). Y el Espíritu desempeña un papel capital en los momentos principales: habla a Pedro para que acepte a los paganos en la comunidad (10,19-20; 11,12-16); manda elegir a Bernabé y Pablo para una tarea misionera (13,2), y este primer viaje es misión del Espíritu (13,4); durante el segundo viaje, les prohíbe predicar en Asia y dirigirse a Bitinia (16,6-7); fuerza a Pablo a dirigirse a Jerusalén, aunque allí le esperan cárceles y luchas (20,22-23). En síntesis, el Espíritu no es sólo fuerza para ser testigos de Jesús, sino que ilumina y orienta en las principales decisiones.

2. El Espíritu Santo es también el que guía la vida interna de la comunidad. En medio de las persecuciones, anima a predicar el mensaje con valentía (4,31). Cuando tiene lugar el concilio de Jerusalén, esas decisiones tan importantes las toman "el Espíritu Santo y nosotros" (15,28). Cualquier persona con un puesto de responsabilidad ha recibido esa misión del Espíritu Santo (20,28). El Espíritu es que alienta a toda la iglesia (9,31). Y es un don que reciben todos los que se bautizan (2,38), todos los que obedecen a Dios (5,32), aunque sean paganos (15,8). La identificación entre el Espíritu y la comunidad es tan grande que puede decirse que mentir a la comunidad es "mentir al Espíritu Santo" (4,31).

3. Aunque el Espíritu lo tienen todos, es típico de grandes personajes como Esteban (6,5) o Bernabé (11,24). Estos textos son muy interesantes, porque el Espíritu aparece como una cualidad más entre otras. De Esteban se dice que era "hombre dotado de fe y de Espíritu Santo" (6,5). De Bernabé, que era "hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe". En ambos casos, el Espíritu Santo está vinculado con la fe.

4. Esta acción del Espíritu en los apóstoles, en la comunidad y en los personajes importantes es un reflejo de lo que el Espíritu hizo en Jesús. De acuerdo con un discurso de Pedro, "Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (10,38).

5. En ciertos casos recoge la idea tradicional de que el Espíritu es el que habló a través de los profetas (Isaías: 28,25) o de David (1,16; 4,25), y el que sigue hablando a través de los profetas actuales, como Agabo (11,28; 21,11).

6. ¿Cómo y cuándo se recibe el Espíritu? Los Hechos recuerdan tres casos distintos: 1) Según Pedro, en su primer discurso, después de recibir el bautismo (2,38). 2) En la mayoría de los casos se recibe por la imposición de manos, bien después del bautismo, como ocurre en Samaria (8,16-17), bien antes del bautismo, como en los casos de Pablo (9,17) y de los discípulos de Éfeso (19,1-7). 3) Pero la familia de Cornelio, un pagano, recibe el Espíritu antes del bautismo y sin imposición de las manos (10,44). Parece que Lucas, con esta variedad de posibilidades, deja claro la libertad absoluta del Espíritu, que no se atiene a reglas de ningún tipo.

7. ¿Quién da el Espíritu? Casi siempre se afirma o se supone que lo da Dios. Sin embargo, en una ocasión encontramos la idea de que es Jesús glorificado quien ha recibido el Espíritu y lo derrama sobre la comunidad (2,33).

8. Finalmente, cuando un grupo recibe el Espíritu por vez primera, es frecuente que este don vaya acompañado de la capacidad de hablar en lenguas extrañas. Se cuenta en el famoso episodio del capítulo segundo, pero el hecho se repite en la familia de Cornelio 10,44-47) y en los discípulos de Éfeso (19,1-7).

Después de este largo recorrido, el Espíritu de Dios sigue siendo tan misterioso como al comienzo, tan misterioso como el viento. Pero también queda clara su importancia. Todo el relato del libro de los Hechos es inconcebible sin la actividad del Espíritu Santo. El es el gran motor que impulsa a la iglesia y a los apóstoles en todo momento, el que ilumina y da fuerzas en las más diversas circunstancias. Usando una imagen moderna, es como la energía eléctrica, que da luz y mueve todos los motores. Si falla, nuestra vida queda sumida en el desconcierto.

José Luís Sicre



MIRAR DESDE EL ESPÍRITU
Escrito por  Enrique Martínez Lozano
Jn 20, 19-23

Quizás aquellas primeras comunidades se reunieran "al anochecer del día primero de la semana" (domingo), para recordar la "cena del Señor", o vivir la "fracción del pan". Pero, teniendo eso en cuenta, me parece, no solo legítimo, sino enriquecedor, aproximarnos a una lectura simbólica del texto.

"Al anochecer": cuando todo se vuelve oscuro en nuestra vida. Quizás porque se ha removido algo emocional, que tiene que ver con necesidades muy antiguas –aunque sean inconscientes- o con miedos a los que somos particularmente sensibles. Por lo que sea, todo parece, de pronto, nublarse. Como si nuestras anteriores certezas o seguridades hubieran también desaparecido.

Sin embargo, es "el día primero de la semana", es decir, el día de la creación, cuanto todo se hace nuevo. No es extraño que ambas sensaciones contradictorias convivan: hay oscuridad y confusión, pero existe, de fondo, una certeza inamovible que, aunque sea quedamente, nos va diciendo: "todo está bien", "yo hago nuevas todas las cosas" (Ap 21,5).

Con todo, incluso a pesar de la certeza de fondo, no es raro que la oscuridad y el malestar emocional nos lleven a mantener "las puertas cerradas". En realidad, la "cerrazón" de las personas, así como su aparente dureza, no es sino un signo de vulnerabilidad. De manera que podría establecerse la siguiente ecuación: a mayor dureza manifiesta, mayor vulnerabilidad escondida.

El miedo es siempre mal consejero, porque fácilmente deforma nuestra visión de la realidad. Sin apenas darnos cuenta, constituye un filtro que nos impide ver las cosas tal como son. Hasta el punto de que, como dice una frase atribuida a Martin Heidegger, "hemos olvidado cómo aparecería el mundo a los ojos de una persona que no hubiera conocido el miedo".

Con todo, aunque necesitemos ayuda, también podemos tomar distancia de nuestros propios miedos. No para reprimirlos ni negarlos –lo cual siempre resulta contraproducente-, sino para, aceptándolos y aun abrazándolos, no reducirnos a ellos. Acallar la mente, observar los miedos sin dejarnos identificar con ellos, nos permite escuchar otra "voz" más profunda, aquella que nos asegura: "Paz contigo"; tu identidad más profunda es, y siempre será, Paz.

En realidad, "Jesús" es otro nombre de nuestra verdadera identidad. Desde la perspectiva no-dual, todos somos no-dos, el único "Yo Soy". Y la voz que escuchamos en esos niveles más profundos siempre viene de él, del único Fondo de lo Real, que las religiones han nombrado como Dios (y que, en el cristianismo, en particular, se ha nombrado como "Jesucristo").

Por eso, basta escuchar esa "voz" que nace de nuestro Fondo común y compartido para que notemos cómo nuestra vida se empieza a transformar. Y de pronto experimentamos como que el "aliento" vuelve a nosotros. Un aliento –nuestro mismo y compartido Espíritu- que disipa la oscuridad y nos capacita para convivir con nuestros miedos.

Es probable que sigamos percibiendo el "doble nivel": el de nuestro yo particular –con sus necesidades y sus miedos- y el de nuestra verdadera identidad o "Yo Soy", pero habremos descubierto que no se sitúan en pie de igualdad. Y que, al anclarnos en el "Yo Soy", en el Espíritu que somos –la Consciencia ilimitada-, todo empieza a ser percibido de modo diferente. La visión cambia radicalmente cuando, en lugar de mirar nuestra vida desde la perspectiva del yo atemorizado –no existe ningún yo que no se halle bajo el temor-, lo hacemos desde el Espíritu que somos, donde nos sabemos siempre a salvo.

Y ese Espíritu es, entre otras cosas, "perdón". Porque sabe que todo el mal que hacemos y nos hacemos es fruto únicamente de la ignorancia. Y sabe además que lo que llamamos "yo" es solo una ficción. Por tanto, no hay nadie herido, nada que perdonar ni alguien que deba ser perdonado.

Lo que ocurre es que esto nunca lo podremos ver mientras nos mantengamos en la mente, identificados con el yo. Esta visión únicamente es perceptible desde nuestra verdadera identidad; desde la "mirada" amplia que ha trascendido la miope visión egoica; desde el Espíritu que somos.

Enrique Martínez Lozano



Papa: "Con el don de la piedad el Señor nos calienta el corazón"
José Manuel Vidal

Multitudinaria audiencia papal cuatro días antes de la ucmbre de oración por la paz en Tierra Santa. Francisco, como siemprre, con su pueblo, difereciando en medio de la multitud. Y tras el baño de multitudes, el recogimiento para la oración y la escucha de la Palabra, centrada en el don de a Piedad, que "no es pietismo".

De la carta de San Pablo a los romanos: "Los guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios...Hijos adoptivos por el Espíritu por medio del cual gritamos 'Abba' Padre"

Algunas frases de la catequesis del Papa:
"Queremos detenernos en un don del Espíritu que suele etenderse mal y, sin embargo toca al corazón de nuestra identidad cristiana"
"Se trata del don de la piedad"
"No se identifica con la compasión, sino que indica nuestra pertenencia a Dios"
"Este vínculo con el Señor viene de dentro y no es una imposición"
"Es nuestra amistad con Dios. Una amistad que cambia nuestra vida y nos llena de entusiasmo y de alegría"
"El don de la piedad suscita la gratitud y la alabanza"
"El Señor nos calienta el corazón"
"Piedad es, pues, sinónimo de auténtico espíritu religioso y de confianza total con Dios"
"El don de la piedad nos lleva a vivir como hijos de Dios y, al mismo tiempo, nos lleva a reconocer a los demás como hermanos"
"Piedad no es pietismo"
"Algunos piensan que tener piedad es cerrar los ojos y hacer como si se fuese un santo...Este no es el don de la piedad"
"Reir con el que ríe y llorar con el que llora o corregir al que está en el error y acoger al que lo necesita"
"El don d  la piedad nos hace humildes, tranquilos, pacientes"
"Pidamos al Señor que el don de su Espíritu pueda vencer nuestro temor y nuestra inquietud"
"Adorar al Señor con el servicio de los demás con humildad y con la sonrisa"
"Que el Espíritu santo nos de a todos el don de la piedad"

Saludo del Papa en polaco
"Queridos jóvenes, sed valientes"
"Que San Juan Pablo II os guíe"

Saludo del Papa en italiano
"Saludo a los peregrinos de Bérgamo venidos a dar gracias a Dios por el don de San Juan XXIII"
"Estamos preparando Pentecostés. Queridos jóvenes os invito a dejar sitio a Dios en vuestras vidas"

Texto íntegro del saludo del Papa en español
Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis de hoy mencioné el don de la piedad. Esta palabra, "piedad", no tiene aquí el sentido superficial con que a veces la utilizamos: tener lástima de alguien. No, no tiene ese sentido.

La piedad, como don del Espíritu Santo, se refiere más bien a nuestra relación con Dios, al auténtico espíritu religioso de confianza filial, que nos permite rezar y darle culto con amor y sencillez, como un hijo que habla con su padre. Es sinónimo de amistad con Dios, esa amistad en la que nos introdujo Jesús, y que cambia nuestra vida y nos llena el alma de alegría y de paz.

Este don del Espíritu Santo nos hace vivir como verdaderos hijos de Dios, nos lleva también a amar al prójimo y a reconocer en él a un hermano. En este sentido, la piedad incluye la capacidad de alegrarnos con quien está alegre y de llorar con quien llora, de acercarnos a quien se encuentra solo o angustiado, de corregir al que yerra, de consolar al afligido, de atender y socorrer a quien pasa necesidad.
Pidamos al Señor que este don de su Espíritu venza nuestros miedos y nuestras dudas, y nos convierta en testigos valerosos del Evangelio. 
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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Argentina, México, Guatemala, República Dominicana y otros países latinoamericanos. Que el Corazón de Jesús, al que está dedicado especialmente el mes de junio, nos enseñe a amar a Dios como hijos y al prójimo como hermanos. Gracias.

Texto completo de la catequesis que el Papa Francisco
Los Dones del Espíritu: La Piedad
Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Hoy queremos examinar un don del Espíritu Santo que a menudo viene mal entendido o considerado de una manera superficial, y que en cambio toca el corazón de nuestra identidad y de nuestra vida cristiana: es el don de la piedad.

Hay que dejar claro que este don no se identifica con tener compasión por alguien, tener piedad del prójimo, sino que indica nuestra pertenencia a Dios y nuestro profundo vínculo con Él, un vínculo que da sentido a toda nuestra vida y nos mantiene unidos, en comunión con Él, incluso en los momentos más difíciles y atormentados.

1. Este vínculo con el Señor no debe interpretarse como un deber o una imposición: es un vínculo que viene desde dentro. Se trata, en cambio, de una relación vivida con el corazón: es nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de entusiasmo y alegría. Por esta razón, el don de la piedad suscita en nosotros, sobre todo, gratitud y alabanza. Es éste, en realidad, el motivo y el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra adoración. Cuando el Espíritu Santo nos hace sentir la presencia del Señor y de todo su amor por nosotros, nos reconforta el corazón y nos mueve de forma natural a la oración y la celebración. Piedad, por tanto, es sinónimo de auténtico espíritu religioso, de confianza filial con Dios, de aquella capacidad de rezarle con amor y sencillez que caracteriza a los humildes de corazón.

2. Si el don de la piedad nos hace crecer en la relación y en la comunión con Dios y nos lleva a vivir como sus hijos, al mismo tiempo nos ayuda a derramar este amor también sobre los otros y a reconocerlos como hermanos. Y entonces sí que seremos movidos por sentimientos de piedad - ¡no de pietismo! - hacia quien nos está cerca y por aquellos que encontramos cada día.¿Por qué digo no de pietismo? porque algunos piensan que tener piedad es cerrar los ojos, hacer cara de estampita, ¿así no? y también fingir el ser como un santo, ¿no? No, este no es el don de la piedad. En piamontés nosotros decimos: hacer la "mugna quacia", éste no es el don de piedad ¡eh! De verdad seremos capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir a quien está en error, de consolar a quien está afligido, de acoger y socorrer a quien está necesitado. Hay una relación, muy, muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles. Nos hace tranquilos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los otros con apacibilidad.

Queridos amigos, en la Carta a los Romanos, el apóstol Pablo afirma: "Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios: "¡Abba, Padre!" (Rm 8, 14-15). Pidamos al Señor que el don de su Espíritu pueda vencer nuestro temor, nuestras incertidumbres, incluso nuestro espíritu inquieto, impaciente y pueda hacernos testimonios gozosos de Dios y de su amor. Adorando al Señor en la verdad y también en el servicio a los próximos, con mansedumbre y también con la sonrisa, que siempre el Espíritu nos da en la alegría. Que el Espíritu Santo nos dé a todos nosotros este don de la piedad. Gracias.



Sínodo sobre la familia: ¿Un nuevo Pentecostés?
Jorge Costadoat, SJ.

La Iglesia vive un momento crucial bajo varios respectos. El Papa Francisco sabe que uno de estos concierne a la concepción cristiana de la familia y de la sexualidad. Resulta, por tanto, relevante conocer las respuestas públicas de algunas iglesias locales, redactadas bajo la responsabilidad de sus conferencias episcopales, a las 39 preguntas que el Papa ha planteado al Pueblo de Dios en estas materias, en orden a preparar el Sínodo extraordinario (2014) y el ordinario (2015) sobre estos temas. Así hemos conocido los documentos de las iglesias de Alemania, Japón, Austria, Suiza, Bélgica y Francia, y algunas otras declaraciones o informaciones fragmentarias. ¿Qué conclusiones es posible obtener de estas primeras, pocas, pero importantes iglesias?

Antes que nada, es indispensable tener en cuenta el acto inédito del Papa: el obispo de Roma convoca a la Iglesia a ejercer el sensus fidelium. El “sentido de la fe de los fieles” tiene una valencia teológica de primer orden, pues junto con la Palabra de Dios, la tradición, la liturgia y otros “lugares teológicos” más, es reconocido como fuente de conocimiento de Dios y de su voluntad. El dogma católico cuenta con que la infalibilidad en materia de fe reside en el Pueblo de Dios (fieles y pastores incluidos), aun cuando la explicitación de lo creído corresponde al Magisterio. En este sentido, el Papa, al pedir a la Iglesia respuesta a estas 39 preguntas, ejerce su responsabilidad pastoral universal buscando chequear si la doctrina es recibida (aceptada y practicada); y, segundo, indaga si el Espíritu no estará conduciendo a una reinterpretación o explicitación nueva del Amor de Dios en el plano de la sexualidad humana, a través de la práctica creyente de los bautizados.

Pues bien, si las respuestas de las demás iglesias son parecidas a estas que he revisado, los obispos del Sínodo de octubre de este año 2014 serán fuertemente impresionados y tendrán que ver manera de hacer ajustes en la doctrina u ofrecer criterios nuevos para su interpretación. El obispo de Manila recientemente ha dicho estar “choqueado… porque en casi todas partes del mundo, los cuestionarios han indicado que la enseñanza de la Iglesia a propósito de la vida de familia, no es claramente comprendida por la gente”.

La conclusión que emerge de un modo contundente de la lectura de las respuestas señaladas es la siguiente: lo que la Iglesia enseña, no es lo que la Iglesia practica. No en el sentido de que los católicos vivan inmoralmente. El problema es la enorme distancia entre lo que el Pueblo de Dios cree que debe ser la moral sexual católica y la enseñanza oficial de la Iglesia. Por ejemplo, según la iglesia francesa: “Un gran número de respuestas manifiesta el abismo existente entre la enseñanza de la Iglesia y la elección de las parejas que se declaran católicas”. En el informe de la iglesia belga se lee: “La distancia creciente entre la familia, en todas las formas en que las que la conocemos hoy día, y la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, constituye, según la encuesta, la principal preocupación de los que la responden”. Y, en el de la alemana: “Las respuestas llegadas de las diócesis permiten entrever cuán grande es la distancia entre los bautizados y la doctrina oficial…”. En las respuestas de los otros cuestionarios se advierte esto mismo.

Son muchos los aspectos en los cuales las respuestas reflejan esta inconsistencia. Tres temas captan la atención por las coincidencias. Uno, atañe a la paternidad responsable. Los católicos, en su inmensa mayoría, no siguen la Humanae vitae a propósito de su prohibición de la contracepción artificial. La redacción de los franceses es neta: “Una amplia mayoría de respuestas indica que la encíclica Humanae vitae (1968) condujo a muchas parejas a romper con la doctrina de la Iglesia. La insistencia de la Iglesia en este punto les parece incomprensible”. Los alemanes añaden que, en su iglesia, “una minoría inferior al 3% se empeña en favor de métodos anticonceptivos ‘naturales’ y los practica por convicción personal, a menudo también por motivos de salud”.

Si este primer tema ha dejado de ser exasperante, siendo hasta desconocido por los jóvenes, no así la exclusión de los sacramentos de las personas divorciadas y vueltas a casar. La prohibición eclesiástica es causa de un enorme sufrimiento para quienes se sienten excluidos, cuando no constituye de suyo un escándalo a la luz de la misericordia evangélica. Los alemanes afectados consideran que “la exclusión de los sacramentos como consecuencia de un nuevo matrimonio”, constituye una “discriminación injustificada y cruel”. Ninguna de las modalidades pastorales creadas para asistir a estas personas puede cambiar “la impresión general de que la Iglesia tenga un actitud despiadada hacia los divorciados vueltos a casar”.

El tercer asunto importante en el cual también se manifiesta una enorme fisura, es en la valoración que los católicos tienen de otras formas de vivir la sexualidad fuera del matrimonio. La inmensa mayoría no ve ningún problema, muchas veces todo lo contrario, en las relaciones prematrimoniales y, aunque no en la misma proporción, está de acuerdo con las uniones o los matrimonios homosexuales.

Según los obispos irlandeses: “La enseñanza de la Iglesia en estas áreas sensibles a menudo es experimentada como no realista, compasiva o ayudadora. Algunos la ven como desconectada con la experiencia de la vida real, haciéndoles sentir culpables y excluidos”. Cuando aquellos tres asuntos han sido planteados de un modo tajante por la institución eclesiástica, la enseñanza oficial en materia de sexualidad y de familia se ha desacreditado en su conjunto.

La situación es crítica y dolorosa, porque aquello que en estas circunstancias se ha vuelto invivible, es el Evangelio. Este, por los cauces oficiales planteados, se ha vuelto impracticable e imposible de transmitir.

¿Cómo salir de esta situación? Las respuestas son parcas en ofrecer soluciones. Abundan en la descripción del problema, ofrecen remedios pastorales menores, pero no plantean cambios importantes. Con todo, es posible amarrar algunos cabos.

Por de pronto, un nuevo planteamiento doctrinal-pastoral tendría que tener muy en cuenta que los católicos son muy diversos culturalmente hablando. Vivir la sexualidad en Japón donde ellos son apenas el 0,35% de la población, donde casi no hay familias completamente cristianas, no es lo mismo que hacerlo en Bélgica o Austria, donde los católicos se han nutrido del cristianismo por siglos, pero donde las nuevas generaciones pueden considerarse postcristianas. ¿Qué decir de América Latina? No he sabido de iglesias que hayan hecho públicas sus respuestas. En Latinoamérica, por ejemplo, habría que tomar muy en cuenta cómo llega a formarse la familia popular.

Las respuestas a las 39 preguntas desembocan en una décima cuarta pregunta: ¿Elaborará la Iglesia del Papa Francisco un planteamiento doctrinal-pastoral de la sexualidad y afectividad humana más evangélico, es decir, con la capacidad de llevar la buena nueva de Jesús hasta el último de los seres humanos, epocal y contextualmente considerado? ¿Asumirá, en cualquier caso, la opción de Dios por los pobres y las víctimas de la sexualidad y de las familias?

El Papa Francisco ha puesto en juego su pontificado. Los temas que ha expuesto al sensus fidelium son muy serios. Sería innoble pensar que las suyas sean preguntas retóricas. Sería lamentable, por otra parte, que el Sínodo de 2015 ofrezca salidas pueriles a problemas sobre los cuales las generaciones de jóvenes y de personas mayores piensan lo mismo.

Los dos sínodos en curso tienen máxima importancia. Deseamos que sean réplicas del Vaticano II. La generación del Concilio tuvo su “Pentecostés”. La nuestra espera el suyo.