martes, 17 de junio de 2014

ESTANCADOS - José Antonio Pagola


ESTANCADOS - José Antonio Pagola

El Papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia... pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación “La alegría del Evangelio” llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en “espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”.

Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿ Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas, o seguimos instalados en ese “estancamiento infecundo” del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?

Una de las grandes aportaciones del Concilio fue impulsar el paso desde la “misa”, entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, hacia la “eucaristía” vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo.

Sin duda, a lo largo de estos años, hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote “decía” la misa y el pueblo cristiano venía a “oír” la misa o “asistir” a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?

Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.

Sin duda, todos, pastores y creyentes, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”. Pero, ¿basta la buena voluntad de las parroquias o la creatividad aislada de algunos, sin  más criterios de renovación?

La Cena del Señor es demasiado importante para que dejemos que se siga “perdiendo”, como “espectadores de un estancamiento infecundo” ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana”. ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?

El problema es grave. ¿Hemos de seguir “estancados” en un modo de celebración eucarística, tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra  de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a impulsar la renovación de la Iglesia.  Pásalo.
22 de junio de 2014
Cuerpo y Sangre de Cristo
Juan  6, 51-58

DAR CRÉDITO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Muchos anuncios,
muchas promesas,
muchas rebajas,
muchas oportunidades,
muchas gangas...

Muchas voces susurran
constantemente
sus ofertas.

Con sus llamativas,
vanas,
huecas,
lights palabras
cubren su pobreza
y cantan sus dudosas alabanzas.

Mas no me satisfacen,
pues ni me alimentan,
ni me quitan el hambre,
ni me liberan de los espíritus que traen males,
ni curan mis enfermedades,
ni alumbran mis rincones oscuros.
ni me traen buenas noticias,
ni riegan mis esperanzas sociales
ni satisfacen mis necesidades,
ni me defienden de sus intrigas,
ni me acogen como persona,
ni me dan buenas sensaciones...

En este mar de palabras,
de propaganda sofisticada,
de ilusiones engañosas,
de ofertas apetecibles,
de oportunidades al alcance,
de verdades sin misterio,
de doctrinas nuevas,
de productos con lábel,
de soluciones a la carta...
de predicadores sin conciencia...
yo sólo quiero dar crédito
a tu palabra buena y nueva,
valiosa y gratuita,
que me ofrece vida,
la dignidad y la alegría.
Yo sólo quiero darte crédito
a ti, que eres la palabra y la vida.

Creo, Señor, en ti,
y creo que eres la Palabra auténtica.

Florentino Ulibarri



LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO (SIGNO) INAGOTABLE
Escrito por  Fray Marcos

La eucaristía es una realidad muy profunda y compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tal vez sea la realidad cristiana más compleja y difícil de comprender y de explicar. Podríamos considerarla como acción de gracias (eucaristía), Sacrificio, Presencia, Recuerdo (anamnesis), alimento, fiesta, unidad.

Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos en una homilía. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su verdadera riqueza. Lo que vamos a hacer es intentar superar muchas visiones raquíticas o erróneas sobre este sacramento.

1º.- La eucaristía no es magia. Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía: Una persona revestida con ropajes especiales e investida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras "mágicas", obliga a Dios a producir un cambio sustancial en una realidad material como es el pan y el vino. Cuando se piensa y se dice, que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.

2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión. La comunión es solo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, sino buscando una religiosidad intimista, es un autoengaño. Esta distinción entre eucaristía y comunión explica la diferencia de lenguaje entre los sinópticos en la cena y Juan en el discurso del pan de vida que hemos leído. Juan hace referencia al alimento, pero fíjate bien, alimentarse lo identifica con, el que cree en mí, el que viene a mí.

3º.- En las palabras de la consagración, "cuerpo" no significa cuerpo; "sangre" no significa sangre. No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo. En la antropología judía, el hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu. Hombre-cuerpo era el ser humano en cuanto sujeto de relaciones. Cuando Jesús dice: "esto es mi cuerpo", está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona, estoy aquí para dejarme comer. Para los judíos la sangre era la vida. No era símbolo de la vida, como lo es para nosotros. No, era la vida misma. Cuando Jesús dice: "esto es mi sangre, que se derrama", está diciendo que toda su vida, no solo su muerte, está entregada a los demás.

4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó en la última cena y que es lo que significa el sacramento. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mateo: "donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". El clericalismo que otorga a los sacerdotes un poder divino para hacer un milagro, no tiene ningún apoyo en la Escritura.

5º.- La comunión no es un premio para los buenos "que están en gracia", sino un remedio para los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de celebrar el sacramento. Cuando más necesitamos el signo del amor de Dios es cuando nos sentimos separados de Él. Hemos llegado al absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesitábamos.

6º.- La realidad significada en el pan y el vino no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don. El don de sí mismo que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el verdadero significado que yo tengo que hacer mío. Queda claro que la eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades a cambio de nada. Podemos oír misa sin que eso nos obligue a nada, pero no se puede celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa lo mismo que se entró, es decir, como si no hubiera pasado nada. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que la he reducido a simple rito folclórico.

7º.- Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acababa de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Entregad la propia vida a los demás como he hecho yo.

8ª.- los signos de la eucaristía no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino derramado. Durante siglos, se llamó a la eucaristía "la fracción del pan". No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desaparecer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromiso es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo esto es mi vida que se está derramando, consumiendo, en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Tenéis que vivir la misma vida que yo vivo. Nuestra vida sólo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás.

Celebrar la Eucaristía es confesar que ser cristiano es ser para los demás. Todas las estructuras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena. Celebrar la eucaristía es comprometerse a ser fermento de unidad, de amor, de paz.

La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos ni son milagros ni son magia. El concilio de Trento dice: "Es común a la santísima Eucaristía con los demás Sacramentos, ser símbolo o significación de una cosa sagrada". Se produce un sacramento cuando el signo (una realidad que entra por los sentidos) está conectado con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar. La hacemos presente por medio del signo. No se puede hacer presente de otra manera. Pero las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.

La eucaristía concentra todo el mensaje de Jesús. El ser humano no tiene que liberar o salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad sino liberarse del "ego" que es precisamente lo contrarío. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo individual y egoísta que se cree independiente del resto de la creación. Estamos hablando del sacramento del amor, del sacramento de la unidad. Si la celebración de la eucaristía no nos lleva a esa unidad, es falsa.

Meditación-contemplación

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
No se trata sólo de comer, sino de asimilar lo comido.
Si como sin asimilar, se producirá indigestión.
Si comulgo y no me identifico con lo que ES Cristo, me engaño.
...................

Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.
Si me quedo en el signo, no hay contenido espiritual.
Realizado el signo, que entra por los sentidos,
queda por hacer lo importante: descubrir y vivir lo significado.
......................

Jesús dijo con toda claridad: "El que viene a mí, no pasará hambre,
el que me presta su adhesión nunca pasará sed".
La verdadera comunión no está en el signo
sino en vivir la unidad con Dios y con los demás, como hizo él.
.............................

Fray Marcos





ECOS DE LA PALABRA - La Mesa de la inclusión
Reflexiones sobre el evangelio de Juan 6,51-58
(El Cuerpo y la Sangre de Cristo - Ciclo A)

Cuando se admitió la crisis en el 2008 nadie se imaginaba que se fuese a prolongar por tanto tiempo y que sus efectos tuviesen el alcance que han tenido en tantos países. Cada día que pasa, la crisis expande con virulencia su sombra de exclusión sobre cientos de hogares que son privados de los mínimos éticos necesarios para vivir con dignidad: falta de acceso a la salud, a la educación, a las ayudas a la dependencia, a la vivienda, etc. Y esta sombra es mundial… ¡Esto no puede estar pasando! ¡Esto no debería seguir pasando! ¡Esto, si viviéramos con unos valores diferentes a los del afán de lucro, seguramente no pasaría!

Pero, ¿qué tiene que ver ese panorama de la pobreza con la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo? A simple vista alguien diría que nada, que son fijaciones y neurosis de los curas que se dedican a eso de “la justicia”, sin embargo, tiene mucho que ver con el evangelio y con la apuesta de Jesús por los últimos. 

El Cuerpo y la Sangre de Jesús, que se entrega a la comunidad, es un signo que nos remite a la esencia misma del modo de proceder del Señor. Una de las tareas fundamentales de Jesús -y esto es claro al seguir los evangelios-, fue la de conformar una comunidad de amigos y discípulos que fuera capaz de salir de sí misma dándose a los demás. Ese movimiento de salir y darse lo podemos llamar comunión. La Eucaristía es hacer memoria, es revivir la entrega de un Dios que, en Jesús, sale de sí mismo para darse a los demás y que nos invita a hacer lo mismo en su recuerdo. Si vivimos la Eucaristía con profundo sentido evangélico, cada vez que nos encontramos para hacer comunión celebramos…

La mesa de la inclusión… en esta comida todos cabemos, nadie queda fuera del pan partido y compartido. No hay puertas cerradas para que los diferentes nos reunamos en torno a la mesa que nos hace uno, no hay ni razas, ni lenguas, ni fronteras en la Mesa del Señor y, sobre todo, hay un lugar para todos aquellos que una sistema económico injusto ha dejado fuera generando la radiografía social que el mensaje de los Obispos para hoy define así:

• Tras más de seis años de crisis, las personas que no padecen ningún tipo de exclusión social se han convertido en una estricta minoría.
• La fractura social entre aquellos que se encuentran en la franja de integración y los que se encuentran en situación de exclusión se amplía, llegando un sector de la población a una situación insostenible.
• Entre ambos grupos, unas clases medias que decrecen y transitan, en buena parte, hacia espacios de exclusión.
• Los datos más recientes de algunos estudios sociales y la experiencia de nuestras Cáritas, nos hacen sentir una gran preocupación por el aumento progresivo de la desigualdad, por la reducción de los servicios sociales, por las dificultades para acceder a la vivienda, por la bajada en el nivel medio de la renta, por el índice creciente de la pobreza infantil.

La mesa de la solidaridad y del compromiso… nadie puede sentirse satisfecho al saciar su hambre sabiendo que quien tiene a su lado no tiene nada para comer. En la mesa del Señor se invita a compartir con gestos sencillos lo que somos y tenemos. El mismo documento nos dice que seremos semillas de esperanza… 

• Cuando respondemos con gestos sencillos y cotidianos de solidaridad ante las necesidades de los hermanos y cambiamos nuestros hábitos alimentarios evitando el desperdicio de alimentos.
• Cuando reconocemos la función social de la propiedad, el destino universal de los bienes y defendemos los derechos de los más pobres aún a costa de renunciar los más favorecidos a algunos de sus derechos.
• Cuando creamos una nueva mentalidad que nos lleva a pensar en términos de comunidad y a dar prioridad a la vida de todos sobre la apropiación indebida de los bienes por parte de algunos.
• Cuando contribuimos a una economía al servicio del ser humano, no del dinero y el mercado, y rechazamos y denunciamos la economía de la exclusión y del descarte que mata.
• Cuando apostamos por los más débiles, promovemos el desarrollo integral de los pobres y cooperamos para resolver las causas estructurales de la pobreza.

Celebrar así la Mesa del Señor es anunciar que puede haber un futuro mejor construido sobre la solidaridad y el compartir. ¿Cuánto podrían bajar las cifras de la pobreza que nos va dejando la crisis si acogemos en serio la llamada que el Señor nos ha hecho el día de hoy? 

Javier Castillo, sj
Director del Centro Loyola de Pamplona


DIOS ES NOSOTROS
Escrito por  Enrique Martínez Lozano
Jn 6, 51-58

Según los estudiosos del cuarto evangelio (para los datos que siguen, me baso en Senén VIDAL, Evangelio y cartas de Juan. Génesis de los textos juánicos, Mensajero, Bilbao 2013, pp.210ss), el capítulo 6 del mismo constituye un conglomerado de diversos motivos –con añadidos posteriores, obra de otro glosador tardío- en torno al tema del "pan" (alimento) auténtico, que simboliza el mensaje de Jesús, a quien en la comunidad de Juan reconocen como el "emisario divino".

En concreto, las frases que leemos hoy parecen pertenecer a un redactor tardío, que sería quien modificó el sentido originario de la palabra "pan" (alimento). En los versículos 26-51b, se refiere a la enseñanza de Jesús, que hay que acoger por medio de la fe. Sin embargo, en los versículos 51c-58, se refiere a la "carne" y a la "sangre" de Jesús, que hay que "comer" (el término griego también es ahora distinto: "masticar") y "beber". Por otra parte, este texto repite los motivos y la terminología del discurso anterior.

Todo apunta, pues, a que se trata de una añadidura colocada por un glosador posterior como suplemento a lo ya expresado antes. La razón habría sido el interés del glosador por introducir la tradición eucarística, que echaba en falta en el evangelio de la comunidad joánica. Y parece que el marco más adecuado para su añadidura se lo brindaba precisamente el discurso sobre el "pan".

Este añadido refleja una clara tendencia sacramentalista, semejante a la de los escritos cristianos del siglo II (por ejemplo, cartas de Ignacio de Antioquía y escritos de Justino): se realzan, por encima de la dimensión celebrativa, los elementos eucarísticos del pan (carne) y del vino (sangre) como "medicina" de vida y de inmortalidad (Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios 20,2). Probablemente, el glosador pensó que el discurso anterior precisaba una concreción sacramental.

Todo ello nos viene bien para puntualizar dos cosas:
• Sabemos que el "lenguaje" utilizado en el cuarto evangelio no es el que hablaría un judío de Galilea. Pero no solo eso: muchas de las afirmaciones que se ponen en sus labios, Jesús no las pronunció jamás. Esto no significa que los redactores buscaran engañar, ya que sus hábitos escriturísticos eran diferentes a los nuestros, pero nos viene bien recordarlo para relativizar demasiadas cosas que, debido a un literalismo ignorante, se habían absolutizado, llegando a constituir incluso fuente de fanatismos.

• Los discípulos de Jesús y, en concreto, los redactores de los evangelios –en el de Juan es posible reconocer varias manos, de diferentes épocas- se sintieron libres para "traducir" el mensaje original en función de la situación que atravesaban sus comunidades.

La invitación, una vez más, parece ser la de trascender cualquier tipo de literalismo, abriéndonos a una lectura "profunda", en la medida en que nuestro nivel de consciencia nos lo permita.

En el texto presente, las expresiones "comer la carne" y "beber la sangre" equivalen a la de "habitar en mí y yo en él". Y, probablemente, el contenido de todo el discurso elaborado por varios redactores podría sintetizarse en estas palabras: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí".

Nos situamos, de nuevo, en el horizonte de la Unidad más exquisita y sublime. En todos nosotros –más allá de las imágenes que utilicemos, incluido el simbolismo de la eucaristía- se está viviendo la misma y única Vida.

En la medida en que crezcamos en consciencia –comprensión- de ello, dejaremos de identificarnos con el yo, y viviremos en la luz y en el amor que de ahí se derivan. Somos Vida que se expresa en la forma concreta del "yo" que tenemos; es Dios viviéndose en forma humana. Por eso, aunque quizás no sea adecuado decir "yo soy Dios" –por la tendencia apropiadora del ego, y porque el sujeto de tal frase nunca sería el yo individual-, puede sonar ajustada la expresión –expresada por los místicos-: "Dios es yo".

"Tú [el ser humano] eres lo que no es. Yo –Dios- soy el que soy"; "mi yo es Dios: no me conozco otra identidad que Dios" (santa Catalina de Génova). "En mi ser esencial, Yo, por naturaleza, soy Dios" (Jan van Ruysbroeck). "¡Vedlo! Soy Dios. ¡Vedlo! Estoy en todas las cosas. ¡Vedlo! Hago todas las cosas" (Juliana de Norwich).

Enrique Martínez Lozano



Transcripción de la entrevista al Papa Francisco por TV 4 de España
"Los cristianos perseguidos son una preocupación que me toca de cerca como pastor. Sé muchas cosas de persecuciones que no me parece prudente contarlas aquí para no ofender a nadie. Pero en algún sitio está prohibido tener una Biblia o enseñar catecismo o llevar una cruz... Lo que sí quiero dejar claro una cosa: estoy convencido de que la persecución contra los cristianos hoy es más fuerte que en los primeros siglos de la Iglesia. Hoy hay más cristianos mártires que en aquella época. Y no es por fantasía, es por números".

El papa Francisco nos recibió el pasado lunes en el Vaticano –un día después de la oración por la paz con los presidentes de Israel y Palestina– para esta entrevista en exclusiva con "La Vanguardia". El Papa estaba contento de haber hecho todo lo posible por el entendimiento entre israelíes y palestinos.

La violencia en nombre de Dios domina Oriente Medio.

Es una contradicción. La violencia en nombre de Dios no se corresponde con nuestro tiempo. Es algo antiguo. Con perspectiva histórica hay que decir que los cristianos, a veces, la hemos practicado. Cuando pienso en la guerra de los Treinta Años, era violencia en nombre de Dios. Hoy es inimaginable, ¿verdad? Llegamos, a veces, por la religión a contradicciones muy serias, muy graves. El fundamentalismo, por ejemplo. Las tres religiones tenemos nuestros grupos fundamentalistas, pequeños en relación a todo el resto.

¿Y qué opina del fundamentalismo?
Un grupo fundamentalista, aunque no mate a nadie, aunque no le pegue a nadie, es violento. La estructura mental del fundamentalismo es violencia en nombre de Dios.

Algunos dicen de usted que es un revolucionario.
Deberíamos llamar a la gran Mina Mazzini, la cantante italiana, y decirle "prendi questa mano, zinga" y que me lea el pasado, a ver qué (risas). Para mí, la gran revolución es ir a las raíces, reconocerlas y ver lo que esas raíces tienen que decir el día de hoy. No hay contradicción entre revolucionario e ir a las raíces. Más aún, creo que la manera para hacer verdaderos cambios es la identidad. Nunca se puede dar un paso en la vida si no es desde atrás, sin saber de dónde vengo, qué apellido tengo, qué apellido cultural o religioso tengo.

Usted ha roto muchos protocolos de seguridad para acercarse a la gente.

Sé que me puede pasar algo, pero está en manos de Dios. Recuerdo que en Brasil me habían preparado un papamóvil cerrado, con vidrio, pero yo no puedo saludar a un pueblo y decirle que lo quiero dentro de una lata de sardinas, aunque sea de cristal. Para mí eso es un muro. Es verdad que algo puede pasarme, pero seamos realistas, a mi edad no tengo mucho que perder.

¿Por qué es importante que la Iglesia sea pobre y humilde?
La pobreza y la humildad están en el centro del Evangelio y lo digo en un sentido teológico, no sociológico. No se puede entender el Evangelio sin la pobreza, pero hay que distinguirla del pauperismo. Yo creo que Jesús quiere que los obispos no seamos príncipes, sino servidores.

¿Qué puede hacer la Iglesia para reducir la creciente desigualdad entre ricos y pobres?
Está probado que con la comida que sobra podríamos alimentar a la gente que tiene hambre. Cuando usted ve fotografías de chicos desnutridos en diversas partes del mundo se agarra la cabeza, no se entiende. Creo que estamos en un sistema mundial económico que no es bueno. En el centro de todo sistema económico debe estar el hombre, el hombre y la mujer, y todo lo demás debe estar al servicio de este hombre. Pero nosotros hemos puesto al dinero en el centro, al dios dinero. Hemos caído en un pecado de idolatría, la idolatría del dinero. La economía se mueve por el afán de tener más y, paradójicamente, se alimenta una cultura del descarte. Se descarta a los jóvenes cuando se limita la natalidad. También se descarta a los ancianos porque ya no sirven, no producen, es clase pasiva... Al descartar a los chicos y a los ancianos, se descarta el futuro de un pueblo porque los chicos van a tirar con fuerza hacia adelante y porque los ancianos nos dan la sabiduría, tienen la memoria de ese pueblo y deben pasarla a los jóvenes. Y ahora también está de moda descartar a los jóvenes con la desocupación. A mí me preocupa mucho el índice de paro de los jóvenes, que en algunos países supera el 50%. Alguien me dijo que 75 millones de jóvenes europeos menores de 25 años están en paro. Es una barbaridad. Pero descartamos toda una generación por mantener un sistema económico que ya no se aguanta, un sistema que para sobrevivir debe hacer la guerra, como han hecho siempre los grandes imperios. Pero como no se puede hacer la Tercera Guerra Mundial, entonces se hacen guerras zonales. ¿ Y esto qué significa? Que se fabrican y se venden armas, y con esto los balances de las economías idolátricas, las grandes economías mundiales que sacrifican al hombre a los pies del ídolo del dinero, obviamente se sanean. Este pensamiento único nos quita la riqueza de la diversidad de pensamiento y por lo tanto la riqueza de un diálogo entre personas. La globalización bien entendida es una riqueza. Una globalización mal entendida es aquella que anula las diferencias. Es como una esfera, con todos los puntos equidistantes del centro. Una globalización que enriquezca es como un poliedro, todos unidos pero cada cual conservando su particularidad, su riqueza, su identidad, y esto no se da.

¿Le preocupa el conflicto entre Catalunya y España?
Toda división me preocupa. Hay independencia por emancipación y hay independencia por secesión. Las independencias por emancipación, por ejemplo, son las americanas, que se emanciparon de los estados europeos. Las independencias de pueblos por secesión es un desmembramiento, a veces es muy obvio. Pensemos en la antigua Yugoslavia. Obviamente, hay pueblos con culturas tan diversas que ni con cola se podían pegar. El caso yugoslavo es muy claro, pero yo me pregunto si es tan claro en otros casos, en otros pueblos que hasta ahora han estado juntos. Hay que estudiar caso por caso. Escocia, la Padania, Catalunya... Habrán casos que serán justos y casos que no serán justos, pero la secesión de una nación sin un antecedente de unidad forzosa hay que tomarla con muchas pinzas y analizarla caso por caso.

La oración por la paz del domingo no fue fácil de organizar ni tenía precedentes en Oriente Medio ni en el mundo. ¿Cómo se sintió usted?
Sabe que no fue fácil porque usted estaba en el ajo y se le debe gran parte del logro. Yo sentía que era algo que se nos escapa a todos. Acá, en el Vaticano, un 99% decía que no se iba a hacer y después el 1% fue creciendo. Yo sentía que nos veíamos empujados a una cosa que no se nos había ocurrido y que, poco a poco, fue tomando cuerpo. No era para nada un acto político –eso lo sentí de entrada– sino que era un acto religioso: abrir una ventana al mundo.

¿Por qué eligió meterse en el ojo del huracán que es Oriente Medio?
El verdadero ojo del huracán, por el entusiasmo que había, fue la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro el año pasado. A Tierra Santa decidí ir porque el presidente Peres me invitó. Yo sabía que su mandato terminaba esta primavera, así que me vi obligado, de alguna manera, a ir antes. Su invitación precipitó el viaje. Yo no tenía pensando hacerlo.

¿Por qué es importante para todo cristiano visitar Jerusalén y Tierra Santa?
Por la revelación. Para nosotros, todo empezó ahí. Es como "el cielo en la tierra", un adelanto de lo que nos espera en el más allá, en la Jerusalén celestial.

Usted y su amigo el rabino Skorka se abrazaron frente al muro de las Lamentaciones. ¿Qué importancia ha tenido este gesto para la reconciliación entre cristianos y judíos?
Bueno, en el Muro también estaba mi buen amigo el profesor Omar Abu, presidente del Instituto del Diálogo Interreligioso de Buenos Aires. Quise invitarlo. Es un hombre muy religioso, padre de dos hijos. También es amigo del rabino Skorka y los quiero a los dos un montón, y quise que esta amistad entre los tres se viera como un testimonio.

Me dijo hace un año que "dentro de cada cristiano hay un judío".
Quizá lo más correcto sería decir que "usted no puede vivir su cristianismo, usted no puede ser un verdadero cristiano, si no reconoce su raíz judía". No hablo de judío en el sentido semítico de raza sino en sentido religioso. Creo que el diálogo interreligioso tiene que ahondar en esto, en la raíz judía del cristianismo y en el florecimiento cristiano del judaísmo. Entiendo que es un desafío, una papa caliente, pero se puede hacer como hermanos. Yo rezo todos los días el oficio divino con los salmos de David. Los 150 salmos los pasamos en una semana. Mi oración es judía, y luego tengo la eucaristía, que es cristiana.

¿Cómo ve el antisemitismo?
No sabría explicar por qué se da, pero creo que está muy unido, en general, y sin que sea una regla fija, a las derechas. El antisemitismo suele anidar mejor en las corrientes políticas de derecha que de izquierda, ¿no? Y aún continúa. Incluso tenemos quien niega el holocausto, una locura.

Uno de sus proyectos es abrir los archivos del Vaticano sobre el holocausto.
Traerán mucha luz.

¿Le preocupa alguna cosa que pueda descubrirse?
En este tema lo que me preocupa es la figura de Pío XII, el papa que lideró la Iglesia durante la Segunda Guerra Mundial. Al pobre Pío XII le han tirado encima de todo. Pero hay que recordar que antes se lo veía como el gran defensor de los judíos. Escondió a muchos en los conventos de Roma y de otras ciudades italianas, y también en la residencia estival de Castel Gandolfo. Allí, en la habitación del Papa, en su propia cama, nacieron 42 nenes, hijos de los judíos y otros perseguidos allí refugiados. No quiero decir que Pío XII no haya cometido errores –yo mismo cometo muchos–, pero su papel hay que leerlo según el contexto de la época. ¿Era mejor, por ejemplo, que no hablara para que no mataran más judíos, o que lo hiciera? También quiero decir que a veces me da un poco de urticaria existencial cuando veo que todos se la toman contra la Iglesia y Pío XII, y se olvidan de las grandes potencias. ¿Sabe usted que conocían perfectamente la red ferroviaria de los nazis para llevar a los judíos a los campos de concentración? Tenían las fotos. Pero no bombardearon esas vías de tren. ¿Por qué? Sería bueno que habláramos de todo un poquito.

¿Usted se siente aún como un párroco o asume su papel de cabeza de la Iglesia?
La dimensión de párroco es la que más muestra mi vocación. Servir a la gente me sale de dentro. Apago la luz para no gastar mucha plata, por ejemplo. Son cosas que tiene un párroco. Pero también me siento Papa. Me ayuda a hacer las cosas con seriedad. Mis colaboradores son muy serios y profesionales. Tengo ayuda para cumplir con mi deber. No hay que jugar al papa párroco. Sería inmaduro. Cuando viene un jefe de Estado, tengo que recibirlo con la dignidad y el protocolo que se merece. Es verdad que con el protocolo tengo mis problemas, pero hay que respetarlo.

Usted está cambiando muchas cosas. ¿Hacia qué futuro llevan estos cambios?
No soy ningún iluminado. No tengo ningún proyecto personal que me traje debajo del brazo, simplemente porque nunca pensé que me iban a dejar acá, en El Vaticano. Lo sabe todo el mundo. Me vine con una valija chiquita para volver enseguida a Buenos Aires. Lo que estoy haciendo es cumplir lo que los cardenales reflexionamos en las Congregaciones Generales, es decir, en las reuniones que, durante el cónclave, manteníamos todos los días para discutir los problemas de la Iglesia. De ahí salen reflexiones y recomendaciones. Una muy concreta fue que el próximo Papa debía contar con un consejo exterior, es decir, con un equipo de asesores que no viviera en el Vaticano.

Y usted creó el llamado consejo de los Ocho.
Son ocho cardenales de todos los continentes y un coordinador. Se reúnen cada dos o tres meses acá. Ahora, el primero de julio tenemos cuatro días de reunión, y vamos haciendo los cambios que los mismos cardenales nos piden. No es obligatorio que lo hagamos pero sería imprudente no escuchar a los que saben.

También ha hecho un gran esfuerzo para acercarse a la Iglesia ortodoxa.
La ida a Jerusalén de mi hermano Bartolomé I era para conmemorar el encuentro de 50 años atrás entre Pablo VI y Atenágoras I. Fue un encuentro después de más de mil años de separación. Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia católica hace los esfuerzos de acercarse y la Iglesia ortodoxa lo mismo. Con algunas iglesias ortodoxas hay más cercanía que otras. Quise que Bartolomé I tuviera conmigo en Jerusalén y allí surgió el plan de que viniera también a la oración del Vaticano. Para él fue un paso arriesgado porque se lo pueden echar en cara, pero había que estrechar este gesto de humildad, y para nosotros es necesario porque no se concibe que los cristianos estemos divididos, es un pecado histórico que tenemos que reparar.

Ante el avance del ateísmo, ¿qué opina de la gente que cree que la ciencia y la religión son excluyentes?
Hubo un avance del ateísmo en la época más existencial, quizás sartriana. Pero después vino un avance hacia búsquedas espirituales, de encuentro con Dios, en mil maneras, no necesariamente las religiosas tradicionales. El enfrentamiento entre ciencia y fe tuvo su auge en la Ilustración, pero que hoy no está tan de moda, gracias a Dios, porque nos hemos dado cuenta todos de la cercanía que hay entre una cosa y la otra. El papa Benedicto XVI tiene un buen magisterio sobre la relación entre ciencia y fe. En líneas generales, lo más actual es que los científicos sean muy respetuosos con la fe y el científico agnóstico o ateo diga "no me atrevo a entrar en ese campo".

Usted ha conocido a muchos jefes de Estado.
Han venido muchos y es interesante la variedad. Cada cual tiene su personalidad. Me ha llamado la atención un hecho transversal entre los políticos jóvenes, ya sean de centro, izquierda o derecha. Quizás hablen de los mismos problemas pero con una nueva música, y eso me gusta, me da esperanza porque la política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad. ¿Por qué? Porque lleva al bien común, y una persona que, pudiendo hacerlo, no se involucra en política por el bien común, es egoísmo; o que use la política para el bien propio, es corrupción. Hace unos quince años los obispos franceses escribieron una carta pastoral que es una reflexión con el título "Réhabiliter la politique". Es un texto precioso hace darte cuenta de todas estas cosas.

¿Qué opina de la renuncia de Benedicto XVI?
El papa Benedicto ha hecho un gesto muy grande. Ha abierto una puerta, ha creado una institución, la de los eventuales papas eméritos. Hace 70 años, no había obispos eméritos. ¿Hoy cuántos hay? Bueno, como vivimos más tiempo, llegamos a una edad donde no podemos seguir adelante con las cosas. Yo haré lo mismo que él, pedirle al Señor que me ilumine cuando llegue el momento y que me diga lo que tengo que hacer, y me lo va a decir seguro.

Tiene una habitación reservada en una casa de retiro en Buenos Aires.
Sí, en una casa de retiro de sacerdotes ancianos. Yo dejaba el arzobispado a finales del año pasado y ya había presentado la renuncia al papa Benedicto cuando cumplí 75 años. Elegí una pieza y dije "quiero venir a vivir acá". Trabajaré como cura, ayudando a las parroquias. Ése iba a ser mi futuro antes de ser Papa.

No le voy a preguntar a quién apoya en el Mundial...
Los brasileros me pidieron neutralidad (ríe) y cumplo con mi palabra porque siempre Brasil y Argentina son antagónicos.

¿Cómo le gustaría que le recordara la historia?
No lo he pensado, pero me gusta cuando uno recuerda a alguien y dice: "Era un buen tipo, hizo lo que pudo, no fue tan malo". Con eso me conformo.

HENRIQUE CYMERMAN | VATICANO
Publicada en La Vanguardia



DIOS PUEDE MÁS EN EL MUNDO QUE AL INTERIOR DE LA IGLESIA
Escrito por  Marco Antonio Velásquez Uribe

No hay duda que el Papa Francisco encuentra grandes dificultades al interior de la Iglesia para impulsar un programa de reformas que la conduzca al encuentro con un mundo anhelante de Dios.

Él, como insigne hijo de Iñigo de Loyola, sabe que la impronta ignaciana contiene en su sabia elementos decisivos para poner a la Iglesia en la senda del futuro.

Por ello se le ve disponiendo "todo su haber y poseer" a un ritmo frenético e infatigable, porque bien sabe que hay poco tiempo para dotar a la Iglesia universal de ese rasgo esencial del cristianismo, aquel que le fuera dado como carisma al fundador de la Compañía de Jesús: "en todo amar y servir, para la mayor gloria de Dios".

Francisco sabe que sin ese sello de espiritualidad servidora la Iglesia corre el grave riesgo de convertirse en un ghetto insignificante, sin repercusión social.

Como estricto "contemplativo en la acción", es un pastor modelado en su estilo por esa Iglesia-Pueblo de Dios, donde le ha cabido conducirla por los caminos de la esperanza, primero en su querido Buenos Aires y ahora desde la silla de Pedro.

En esa tarea se ha dejado impregnar por la vida de su Pueblo, donde ha descubierto que el primer servicio de la Iglesia se debe a los pobres y sencillos, a los explotados y a las víctimas de un modelo de sociedad esclavizante de multitudes.

Es ahí donde Francisco se estrella con los poderosos, que se constituyen en sus principales adversarios. Y claro, si los ha denunciado en público, dejándolos expuestos en sus vanidades y en sus pomposas ostentaciones. Sus lujosos palacios y sus majares han quedado a la vista de todos, mientras sus ocultas intensiones son reveladas.

Como pastores son prestos para condenar y lentos para el perdón y la misericordia, gobiernan con severidad y cargan las espaldas de los débiles con pesos agobiantes, abren las puertas del cielo a sus amigos y las del infierno a sus enemigos, someten a costa de miedo apagando el Espíritu; con su ejemplo ahuyentan a muchedumbres.

En este contexto, difícil es la tarea del insobornable Francisco con tantos trepas y carreristas  en su cercanía, también con la de no pocos dispersos en la amplia geografía de las Iglesias locales que, indiferentes a los consejos del papa, pastorean a sus rebaños ajenos a los vientos que soplan en Roma.

ara ellos, nada ha cambiado, sólo esperan con certeza y paciencia la llegada de un nuevo cónclave. Bien podría decirse que ya han jurado venganza por tanta ignonimia revelada.

Así, es comprensible la indiferencia eclesial al magisterio del papa Francisco, la resistencia para volver al Concilio Vaticano II, la rebeldía para multiplicar entre los pobres y afligidos la "dulce y confortadora alegría del Evangelio", en resumen, tanto silencio de la Evangelii Gaudium.

Ésta es la triste historia de la soledad que acompaña al papa Francisco, cuya voz profética y magisterial es despreciada por muchos de sus colaboradores y acogida con admiración por paganos, gobernantes y líderes religiosos.

Sin embargo, esa misma historia ya registra en sus anales que, así como un día el papa Francisco denunció la globalización de la indiferencia desde Lampedusa, en el día de Pentecostés de 2014 el mismo papa tendió un puente de plata para construir la paz mundial, reuniendo en Roma a los líderes políticos y religiosos de los judios, musulmanes y cristianos.

En el día del Espíritu Santo, ese gesto de grandeza humana tendrá los frutos de paz deseados en un abrazo inolvidable que, en la sede de Pedro, unió a Simon Peres y Mahmoud Abbas; todo acompañado de la oración silente del patriarca ortodoxo Bartolomé.

Es evidente que Dios puede más en el mundo que al interior de la Iglesia.

Marco A. Velásquez Uribe



EL ALMACÉN Y LA LUNA. Envejecer con la vida religiosa
Escrito por  Dolores Aleixandre

La Vida Religiosa en Europa ha experimentado un notable descenso a partir del post-concilio y afronta hoy la situación de un acusado envejecimiento de sus miembros. A partir de algunas de las recomendaciones, que se hacen hoy a los adultos mayores para envejecer saludablemente, se busca más allá de su referencia a lo físico, el sentido que pueden tener a la hora de envejecer de una manera espiritualmente fecunda.



Antes de decidirme por el subtítulo he tenido dudas con las preposiciones: ¿envejecimiento de la Vida Religiosa (VR) o en la VR? Finalmente he optado por "envejecer con la VR" que expresa mejor lo que vivo y lo que quiero decir aquí. El título se lo debo a este haiku:

Mi almacén arde.
Ya nada se interpone entre la luna
en lo alto y yo.

¿Está ardiendo el almacén de la VR en Europa? Sin darle un tono dramático al verbo arder ni peyorativo al sustantivo almacén, algo de verdad hay en la afirmación y podemos aventurar, al menos, que su techumbre está un poco chamuscada; en palabras del papa Francisco, su momento es "delicado y fatigoso" y Carlos Palacios SJ habla de "anemia evangélica" y de una determinada "figura histórica" que parece estar llegando a su fin.

A las generaciones tan numerosas que llenaron conventos y monasterios durante buena parte del siglo XX han seguido el descenso del post-concilio y los números mucho más escasos de las últimas décadas. Podríamos detenernos en el análisis de sus causas o en la descripción de tantos valientes y creativos esfuerzos de reestructuración que se están llevando a cabo en la mayoría de las Congregaciones. Pero mientras algunas se fusionan, las provincias se unen, las regiones se agrupan y las comunidades se reajustan ¿qué pasa con los sujetos reestructurados, reconfigurados, unidos, agrupados, fusionados o reajustados? Porque lo que de verdad importa es si estamos aprovechando el incendio como una oportunidad excepcional para que nada nos oculte la luna.

Para empezar la reflexión, vamos a situarnos en contexto: los religiosos mayores formamos parte de un gran colectivo de hombres y mujeres en una franja de edad que va en aumento: en los países del Norte el proceso de envejecimiento que se inicia en torno a los 60 años se prolonga cada vez más, hasta el punto de que al G8 se le han disparado las alarmas y reprochan a los "adultos mayores" estar poniendo en peligro el sistema europeo de pensiones.

De entre las reacciones que este fenómeno ha provocado (sociológicas, económicas, psicológicas...), me centro en una muy llamativa: el casi infinito número de recomendaciones y consejos que proliferan en la red sobre cómo envejecer saludablemente. Nunca habíamos estado los mayores tan aconsejados ni tan advertidos sobre qué habilidades y estrategias debemos desplegar si queremos vivir el envejecimiento de manera adecuada.

Animada por la actualidad y vigencia de este género literario de exhortación que, junto con el consejo sapiencial posee gran raigambre bíblica, he escogido algunas de las recomendaciones más repetidas, tratando de estirarlas más allá de su significado primero e imitando, en tono menor, aquellas trasposiciones "a lo divino" que les gustaba hacer a nuestros clásicos.

COMBATIR LOS HÁBITOS SEDENTARIOS

El acuerdo es unánime: la falta de ejercicio acarrea atrofia muscular, deterioro cartilaginoso y aumento del colesterol. Las advertencias se vuelven implacables: las más violentas hablan de "atacar" el reposo, otras se remiten al refranero: "De viejo, poca cama, poco plato y mucho zapato". Alertados ante tan inminentes peligros, nos lanzamos intrépidamente a caminar por calles, parques y senderos, sordos a las protestas de nuestras rodillas y decididos a batirnos en duelo con la vida sedentaria.

Es el mismo ímpetu que recomendaban los Padres para combatir la tentación de acedía (de a-kedos, des-cuidado, negligente...), esa mezcla de indiferencia, desaliento y apatía que tanto preocupaba a los antiguos maestros del espíritu.

Dice Enzo Bianchi: "Pertenezco a la última generación que ha conocido la enseñanza del arte de luchar contra las tentaciones, un arte que se nos transmitía junto con la fe cristiana. He asistido a la progresiva desaparición de esta pedagogía que he experimentado como una gracia, como una ayuda durante toda mi existencia. (...) Esta lucha y a veces ruda disciplina, requiere pronunciar algunos "síes" y algunos "noes", es una disciplina que humaniza y que es portadora también de felicidad. Verdaderamente, vale la pena luchar porque el combate espiritual es una lucha por la vida plena, una lucha cuyo fin es el amor: saber amar mejor y ser mejor amados. Equivale a afirmar la esencialidad humana y cristiana de una ascesis – palabra que, no lo olvidemos, significa "ejercicio"-, de una lucha por alcanzar una vida plena y realizada: la vida cristiana" vida «a la medida de la estatura de Cristo» (Ef 4,13).

Es así como describía Pablo su itinerario vital: «olvidando lo que queda atrás, lanzándome hacia delante...» (Fil 3,13). De la raíz verbal empleada procede lo que Gregorio de Nisa llama epéktasis, una actitud de tensión por alcanzar algo, una continua aspiración de la humanidad a la unión con Dios.

Más amenazadora que la que atañe a nuestro físico, es la atrofia de esa epéktasis lo que paraliza nuestro deseo de ir a más en el seguimiento de Cristo y en la configuración con él. Se instala en nuestro interior, junto con el desánimo, el tedio y el disgusto, esa banda sonora cacofónica del "eso son cosas de cuando eras joven...", "ya estoy demasiado mayor para...", "con mis años, como quieres que...", "qué se puede esperar a mi edad...", "ahora sólo busco tranquilidad y que me dejen en paz..."

Son pensamientos tóxicos que detienen el desplegarse de nuestra vida y anquilosan nuestros deseos: "No está aún el amor para salir de razón- decía Teresa de Jesús-; más querría yo que la tuviéramos para no contentarnos con esa manera de servir a Dios, siempre a un paso". "No contentarnos", no ponernos techo, no apoltronarnos en la instalada comodidad del "total ya para qué...", dejar de enarbolar nuestros muchos años como pretexto para no cambiar.

«¿Cómo puede un hombre viejo volver a nacer?» argumentaba Nicodemo (Jn 3,4), dando una lección de realismo antropológico a aquel galileo joven que aún no sabía de los límites que impone la edad. «Llevo 38 años intentando meterme en el agua...» alegaba el paralítico al que Jesús ofrecía la sanación, dando ya por imposible algo diferente a permanecer petrificado sobre una camilla (Cf Jn 5,1-17).

Los dos estaban contaminados por la convicción "mundana" de que la acumulación de los años es una barrera tan insalvable, que ni Dios mismo puede franquearla y por eso preferían quedarse del otro lado, sin atreverse a emprender la aventura de nacer de nuevo, ponerse en pie y volver a andar. Pero la respuesta que reciben es otra: "No es cosa vuestra esa transformación: es el Espíritu la partera de ese nuevo nacimiento, es mi palabra la que posee la fuerza que puede poneros en pie y hacer que soltéis vuestras camillas".

ESTIMULAR LA MEMORIA

Palabras cruzadas, sopas de letras, sudokus y crucigramas han reemplazado a los rabos de pasas, tan recomendados en nuestra infancia como remedio para la mala memoria. El gran desafío de la edad avanzada es lograr recordar el pasado inmediato ("¿dónde acabo de dejar las gafas?", "¿no había puesto aquí las llaves hace un momento?"); para el pasado remoto tenemos menos problemas y eso es una bendición porque podemos exponernos al poder fantástico que posee la memoria para transformar nuestro presente.

En tiempos de tanta insistencia en lo del mindfullness y el ahora, no podemos olvidar nuestra pertenencia a una comunidad de memoria, arraigada en la tradición de un pueblo familiarizado con el imperativo: ¡Recuerda! «Recuerda que fuiste esclavo en Egipto» (Dt 5, 15); «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer...» (Dt 8,2); «Recordad las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca » (Sal 104,5).

La misión de los orantes es mantener viva esa memoria: «Recuerda, Señor, que tu ternura y tu lealtad son eternas, acuérdate de mí con tu lealtad, por tu bondad, Señor» (Sal 24,6-7). La Pascua es el gran memorial: «Éste será un día de memorial para vosotros y lo celebraréis de generación en generación» (Ex 12,14). En la cena de la noche en que iba a ser entregado, Jesús participa de ese rito de memoria que se convierte en el «Haced esto en memoria mía».

El recuerdo, como una onda expansiva, envuelve nuestro presente y nos convierte en partícipes y coetáneos del acontecimiento. «Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos», recomendaba Pablo a Timoteo (2Tim 2,8).

En una escena del evangelio de Marcos, Jesús invita a sus discípulos a hacer un ejercicio de estimulación de memoria: estaban discutiendo entre ellos porque se habían olvidado de proveerse de panes, solo llevaban uno y esa escasez momentánea acapara tanto su atención que, cuando Jesús les previene contra la levadura de los fariseos y de Herodes, creen que también él participa de su preocupación por la falta de provisiones. Oyeron "levadura" y pensaron en "panes", pero Jesús les invita a recordar: « ¿No os acordáis de cuando partí cinco panes para cinco mil?...Y cuando partí siete panes entre cuatro mil ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?.. » (Mc 8,19-21).

El momento en que él había roto y repartido unos pocos panes para saciar el hambre de la multitud estaba reciente, pero los ojos, oídos y corazón de los que lo habían presenciado estaban aún embotados, incapaces de comprender hacia dónde apuntaba el signo realizado. La pregunta de Jesús les invita a caer en la cuenta del gesto asombroso de prodigalidad, esplendidez y exceso que habían vivido y, al pedirles que recordaran el número de canastos de sobras recogidas, intentaba liberarlos del hábito de calcular y de medir las cosas sólo por su utilidad. Y si les invitaba a hacer memoria de aquella desmesura, era porque solo el recuerdo de tanta abundancia podría desviar su atención de lo que ahora les faltaba.

Es ese el trabajo interior más necesario cuando las circunstancias fatigosas y limitantes del envejecimiento ("sólo tenemos un pan...") intentan acaparar toda nuestra atención y teñir el ahora que vivimos con los tonos sombríos de la queja y con la impresión de que es inevitable vivir esta etapa tardía bajo el signo de la escasez, la carencia y la penuria. Lo mismo que ante los israelitas en el desierto, dos caminos se abren ante nosotros en esta etapa: el de la murmuración y el de la bendición. Elegir éste supone la decisión de practicar una memoria selectiva para recordar los doce canastos de dones con los que hemos sido colmados. Cuando ponemos ahí nuestros ojos, brota inevitablemente el agradecimiento por tanto bien recibido, tanta misericordia y tanta gracia acogidas:

Cuando te encuentre,
nunca podré cubrir con mi agradecimiento
el vasto abismo que llenaste
con tu misericordia.
(A.Núñez SJ)

MANTENER UNA DIETA EQUILIBRADA

Como de la importancia de la ingesta de fibra y de la urgencia de beber ingentes litros de agua ya se encargan con afán los médicos, paso directamente al Génesis que es donde aparece por primera vez el tema del comer. En el segundo relato de la creación, Dios modela del polvo de la tierra un ´adam «soplando en sus narices un aliento de vida» (Gen 2,7). Eso supone que el ´adam no estaba "rematado", ni resultaba perfecto sino incompleto y "agujereado", portador de ese hueco vacío que forman los orificios nasales, la boca, la garganta y la tráquea que el hebreo llama nefes y que traducimos etéreamente como alma. Por ahí respiramos, comemos y bebemos y sólo por ahí puede llegar a nosotros el aliento de la vida de Dios. Sin lo que nos llega "de fuera" no hay vida posible y esta necesidad absoluta que nos constituye, descarta cualquier pretensión de autosuficiencia por nuestra parte.

Al haceros mayores, sin embargo, nos acecha el peligro de "cerrar la boca" creyendo que lo ya vivido nos ha nutrido suficientemente y que no necesitamos más novedades, ni más experiencias, ni más palabras. Es la postura escéptica de quien piensa que ya lo ha visto todo, lo ha oído todo y se lo sabe todo y, como no hay nada nuevo bajo el sol, para qué necesito interesarme por lo que pasa, abrirme a nuevas ideas, contactar con otras realidades o estar dispuesto a cambiar de casa, o de cuarto, o de ciudad, o de clima, o de médico.

A partir de cierta edad, ninguna dolencia nos hace tanto daño como la costumbritis que nos fija y aprisiona con tenazas de hierro y desemboca en la "herejía emocional", esa forma peligrosa y real de ateísmo por nuestra parte, "ese sentimiento extendido y difuso de que Dios y la fe en él no tienen ya ningún poder sobre este mundo; de que no lo tiene tampoco sobre nuestras Congregaciones religiosas; de que tampoco lo tiene ya en nosotros" (J.A. García).

Todo lo contrario de esa actitud hospitalaria que a veces nos deslumbra en gente mayor en nuestras comunidades que se han hecho "como niños", según la recomendación de Jesús, y por eso aprenden, escuchan, acogen, se interesan por todo, se duelen y se alegran con el dolor y la alegría del mundo, mantienen la capacidad de admiración y de asombro.

«Abre toda tu boca y yo la llenaré», pide el Señor a Israel en un salmo (80,11): déjame seguir soplando en ti mi aliento, déjame continuar alimentándote y re-creándote y ensanchando tu corazón y haciéndote crecer «hasta que alcances en plenitud la talla de Cristo» (Ef 4,13).

VIGILAR LA AUDICIÓN Y LA VISTA.

Ambos sentidos amenazan pérdidas de fastidiosas consecuencias, de ahí la necesidad de vigilar las cataratas, ponernos audífonos o situarnos cerca de los altavoces. Voy a detenerme en otros altavoces por los que nos llegan constantemente muy provechosas y realistas informaciones sobre la edad que tenemos. Porque adolecemos con frecuencia de unas cataratas que nos impiden visualizar correctamente los datos de nuestro DNI, y suelen ser los demás quienes se encargan de recordárnoslos.

Cantamos con fervor el comienzo del salmo 121 que traducido literalmente dice: «¡Qué alegría con los que me dijeron (´omerim es en hebreo el participio de la raíz ´mr, decir): Vamos a la casa del Señor!». Pero esa alegría que proclamamos cantando, suele empañarse cuando llegan los ´omerim y nos recuerdan, de mil maneras, que estamos ya a un paso de la casa del Señor, anuncio que suele hacernos poca gracia.

La visión es otro sentido a vigilar. Dice Chesterton hablando de San Francisco: "Si hubiera visto, en uno de sus sueños extraños, la ciudad de Asís puesta del revés, podría ver y amar cada una de las tejas de los empinados tejados, o a cada uno de los pájaros de las almenas, pero a todos los vería bajo una luz nueva y divina de eterno peligro y dependencia. En vez de enorgullecerse de su fuerte ciudad por verla inamovible, agradecería al Todopoderoso que no la hubiera dejado caer; agradecería a Dios que no hubiera dejado caer el cosmos entero, como un vasto cristal que se haría añicos en una lluvia de estrellas. Quizá San Pedro viera el mundo así, cuando le crucificaron cabeza abajo. (...). El que ha visto la jerarquía humana cabeza abajo, siempre tendrá una leve sonrisa para sus superioridades".

Podemos creer ingenuamente que es la edad la que concede esa "leve sonrisa" ante la realidad, pero es el Evangelio y no los años el que puede hacernos ese gran regalo. Pero para eso hay que vivir pegados a lo que Jesús llamaba «pensar según Dios» (Mc 8,33): solo desde ahí cambia nuestra mirada y podemos llegar a contemplar las situaciones de creciente fragilidad, disminución y pérdidas como "mensajeras" encargadas de anunciarnos la novedad que ha llegado a nuestras vidas y a la de nuestras congregaciones. Nunca las hubiéramos elegido y más bien seguimos añoramos ser muchos, fuertes, jóvenes e influyentes, pero en muchos lugares estamos siendo llevados a lo contrario y nuestra resistencia al empobrecimiento se está convirtiendo en una fuente de depresión espiritual corporativa que nos bloquea los proyectos y nos impide vivir felices y ser creativos.

¿No está ante nosotros el kairós de descubrir en nuestra precariedad el «camino nuevo y vivo» del que habla Heb 10,20 en el que la fuerza se manifiesta en la debilidad y la vida en la muerte? ¿No está siendo la hora de fiarnos perdidamente del Dios que está trabajando algo nuevo con nuestra pobreza e incluso con nuestra pérdida, y de aceptar ser en la Iglesia "portadores de las marcas de Jesús", una realidad débil, siempre frágil y nunca acabada?

Pero si no nos decidimos a apurar hasta el fondo las muertes a las que vamos siendo conducidos, si no llegamos a "gustarlas", no seremos capaces de dejar emerger la vida que está queriendo nacer a través de ellas: una llamada a centrarnos en lo esencial, una manera distinta de relacionarnos, de apoyarnos a nivel intercongregacional, de dejar espacio a los laicos, de aprender mejor lo que son la reciprocidad y la colaboración.

Imaginemos la liberación de energías que supondría dejar de agobiarnos por asegurar a toda costa la propia supervivencia y de culpabilizarnos o afligirnos ante la disminución y la precariedad. Porque entonces ellas nos mostrarían su rostro luminoso y se nos revelarían, no como una desgracia o un drama, sino como una ocasión, a la vez dolorosa y preñada de posibilidades, de fiarnos de esa sabiduría del Evangelio que habla de perder y dejar.

¿No estamos hoy en la mejor de las ocasiones para vivir todo eso a pleno pulmón? Una consecuencia inmediata sería que, en los lugares en que experimentamos el envejecimiento de la VR, nos ayudáramos unos a otros a ensanchar nuestra mirada y nuestra mente y llegáramos a alegrarnos de que otras Congregaciones y en otros países vivan momentos de crecimiento y expansión. Y esta "consolación vicaria", este gesto de gratuidad y de desprendimiento estaría seguramente en la mejor tradición de nuestros fundadores y constituiría uno de eso signos de novedad que andamos buscando: ¡nada menos que abandonar la estrechez de nuestras miras y dejar latir nuestro corazón al ritmo de la universalidad de la Iglesia!

¿Qué es difícil mirar la situación con este "descaro teologal"? Pues claro. ¿O es que cuando nos decidimos a seguir radicalmente a Jesucristo nos garantizaron que el futuro iba a resultarnos fácil?

DESCANSAR AL SOL

Una imagen del profeta Zacarías evoca un tiempo futuro en el que las plazas de Jerusalén estarán llenas de niños que juegan y de ancianos y ancianas que se apoyan en sus cachavas (Cf.Za 8,4). No precisa que estén sentados al sol ni que den de comer a las palomas, pero podemos imaginarlo sin esfuerzo.

Hay un descanso que nos llega con la jubilación y otro, más interior, que no tiene que ver necesariamente con esa etapa pero que se da más fácilmente en ella. Se trata de la invitación a sosegar búsquedas, pausar trabajos, disminuir esfuerzos y encontrar "casa y techo". Al comienzo de la escena del encuentro de Jesús con Zaqueo (Lc 19, 1-10), ambos están en movimiento: Jesús entra en Jericó, la atraviesa, pasa bajo el sicómoro donde está Zaqueo; y éste que buscaba ver a Jesús, corre, se sube, pasa, baja, le recibe...Al final, su búsqueda coincide con el del Hijo del hombre que andaba buscando lo perdido y que quiere hospedarse y permanecer junto a él. Por fin los dos se han encontrado y ahora ya no buscan más y descansan el uno en el otro.

En ese tiempo de descanso y hospitalidad, Zaqueo deja de ser productivo: no negocia, no cobra impuestos, no se ocupa de acrecentar su fortuna, no ejerce como jefe de nadie. Ha escapado del circuito de la utilidad y ha entrado en el de la significación. Se ha situado en clave de decrecimiento y de pérdida de lo que antes era la finalidad de su existencia y ha entrado en ese ámbito al que su Huésped llama ganancia y salvación.

La historia de Zaqueo puede ser la nuestra y no ya de manera ocasional, sino permanente. Llega un tiempo en que la edad y sus consecuencias nos sacan de la rueda de lo útil y lo productivo, y nos sitúan, no sin resistencias por nuestra parte, en otro paisaje que alguien ha calificado como "desconocido existencial". Podemos entonces empeñarnos en seguir aferrados al árbol ya conocido de antiguos hábitos, ritmos y costumbres y abrazados a esa rama de nuestro personaje a la que llevamos tanto tiempo encaramados. Nos rebelamos ante la desagradable constatación de que ahora somos "laboralmente prescindibles" ( "-¡Con todo lo que yo he trabajado en este colegio...!, ¡Con las horas que me he pasado guisando en esta cocina...!" ) y nos pilla a contramano el que se cuente poco con nosotros y encima sean laicos los que nos reemplacen.

Pero por debajo de esa algarabía, podemos oír también otra voz que nos llama por nuestro nombre: «Baja enseguida, necesito hospedarme hoy en tu casa». Una alegría honda y desconocida puede acompañarnos si nos decidimos a emprender ese "descenso" (menos mal que se trata de bajar, que ya no estamos para muchas subidas...), y ponernos en camino hacia nuestra verdadera casa. Al atravesar su umbral, la reconocemos ahora como habitada y nos sorprende una nueva percepción sobre esas "posesiones" que habíamos ido cuidadosamente almacenando y que dejan de pronto de resultarnos esenciales.

«Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres...». A lo largo de nuestra vida hemos ido seguramente entregando esa mitad de lo que somos y tenemos, pero quizá albergamos la secreta nostalgia de no haber sido lo bastante generosos como para entregar también la otra mitad. Aún estamos a tiempo: la presencia del Huésped hace posible saludar confiadamente a esos "agentes de disminución" que llaman a nuestra puerta o se cuelan por nuestro tejado: a poco que consintamos a su trabajo, ellos solos se encargan de despojarnos de esa otra mitad que tan ávidamente tratábamos de retener.

El tejado de nuestro almacén arde.
En lo alto, en medio de la noche, resplandece la luna.

Dolores Aleixandre
Sal Terrae, Junio 2014