jueves, 12 de junio de 2014

CONFIAR EN DIOS - José Antonio Pagola


CONFIAR EN DIOS - José Antonio Pagola

El esfuerzo realizado por los teólogos a lo largo de los siglos para exponer con conceptos humanos el misterio de la Trinidad apenas ayuda hoy a los cristianos a reavivar su confianza en Dios Padre, a reafirmar su adhesión a Jesús, el Hijo encarnado de Dios, y a acoger con fe viva la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.

Por eso puede ser bueno hacer un esfuerzo por acercarnos al misterio de Dios con palabras sencillas y corazón humilde siguiendo de cerca el mensaje, los gestos y la vida entera de Jesús: misterio del Hijo de Dios encarnado.

El misterio del Padre es amor entrañable y perdón contÍnuo. Nadie está excluido de su amor, a nadie le niega su perdón. El Padre nos ama y nos busca a cada uno de sus hijos e hijas por caminos que sólo él conoce. Mira a todo ser humano con ternura infinita y profunda compasión. Por eso, Jesús lo invoca siempre con una palabra: “Padre”.

Nuestra primera actitud ante ese Padre ha de ser la confianza. El misterio último de la realidad, que los creyentes llamamos “Dios”, no nos ha de causar nunca miedo o angustia: Dios solo puede amarnos. Él entiende nuestra fe pequeña y vacilante. No hemos de sentirnos tristes por nuestra vida, casi siempre tan mediocre, ni desalentarnos al descubrir que hemos vivido durante años alejados de ese Padre. Podemos abandonarnos a él con sencillez. Nuestra poca fe basta.

También Jesús nos invita a la confianza. Estas son sus palabras: “No viváis con el corazón turbado. Creéis en Dios. Creed también en mí”. Jesús es el vivo retrato del Padre. En sus palabras estamos escuchando lo que nos dice el Padre. En sus gestos y su modo de actuar, entregado totalmente a hacer la vida más humana, se nos descubre cómo nos quiere Dios.

Por eso, en Jesús podemos encontrarnos en cualquier situación con un Dios concreto,amigo y cercano. Él pone paz en nuestra vida. Nos hace pasar del miedo a la confianza, del recelo a la fe sencilla en el misterio último de la vida que es solo Amor.

Acoger el Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús, es acoger dentro de nosotros la presencia invisible, callada, pero real del misterio de Dios. Cuando nos hacemos conscientes de esta presencia contÍnua, comienza a despertarse en nosotros una confianza nueva en Dios.

Nuestra vida es frágil, llena de contradicciones e incertidumbre: creyentes y no creyentes, vivimos rodeados de misterio. Pero la presencia, también misteriosa del Espíritu en nosotros, aunque débil, es suficiente para sostener nuestra confianza en el Misterio último de la vida que es solo Amor. 


José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la confianza en Dios. Pásalo.
15 de junio de 2014
Santísima Trinidad (A)
Juan  3, 16-18
LO CREO, LO SIENTO, LO SÉ
Escrito por  Florentino Ulibarri

Sé que las imágenes pueden confundirme
y hasta engañarme.
Sé que los nombres no alcanzan a decirte
por mucho que los ajuste.
Sé que los sueños más hermosos
son proyecciones.
Sé que las palabras se quedan cortas
en todas sus expresiones.

Y, a pesar de ello,
te imagino,
te nombro,
te sueño,
y te hago palabra e imagen
para conocerte,
porque Tú eres el que quiere revelarse
en esas pobres mediaciones.

Como Padre,
tu querer es siempre amor
y da la vida
–el espacio, el aire, el cuerpo–
a todo lo creado,
a nosotros también,
aunque no lo sepamos,
desde el principio de los tiempos,
pasando por nuestros días,
hasta la eternidad.

Como Hijo
viniste a nuestro encuentro
y te hiciste como nosotros;
tu palabra es vida
que ayuda y consuela al hermano;
te haces carne para el hambriento
y bebida para el sediento;
santificas y alegras nuestros pasos
y eres viático en nuestro vagar
hacia la eternidad.

Como Espíritu,
tu presencia nos acompaña
y es luz y sombra,
fuego y brisa
que empuja la historia,
y a todos nosotros,
hacia la plenitud,
dándonos paz, justicia, verdad y amor
día a día;
de ella surge la eternidad.

Tanto nos amas
que eres Trinidad,
Dios abierto y entregado
sin reservas.
Lo creo,
lo siento,
lo sé.

Florentino Ulibarri



LO ÚNICO CIERTO SOBRE DIOS ES LO QUE NO SE DICE
Escrito por  Fray Marcos
Jn 3, 16-18

Tampoco hoy celebramos una fiesta dedicada a Dios, celebramos que Dios es una fiesta todos los días, que es algo muy distinto. La fiesta es siempre alegría, relación, vida, amor. El creyente es aquel que se ha sentido invitado a esa fiesta y está dispuesto a participar en ella. La Trinidad tiene que liberarnos del Dios Poder y empaparnos del Dios Amor. El Dios todopoderoso es lo contrario del Dios trino. Dios es amor y solo amor. Solamente en la medida que amemos, podremos conocer a Dios.

Se nos dice que es el dogma más importante de nuestra fe católica, y sin embargo, la inmensa mayoría de los cristianos no pueden comprender lo que quiere decir. La Trinidad nos enseña que sólo vivimos, si convivimos. Nuestra vida debería ser un espejo que en todo momento reflejara el misterio de la Trinidad. Pero para llegar al Dios de Jesús, tenemos que superar el falso dios. Sí, el falso dios en quien todos hemos creído y en gran medida, seguimos creyendo los cristianos:

• El dios interesado por su gloria, incluso cuando hace algo para sacarnos de la miseria.

• El dios todopoderoso que si no elimina el mal es porque no le da la gana.

• El dios que salva a uno de una enfermedad o peligro si alguien reza por él, pero que deja hundido en la miseria al que no tiene valedor alguno.

• El dios ofendido que exige la muerte de su hijo para poder perdonar al ser humano.

• El dios que premia a los que hacen lo que él quiere, pero condena a los que no.

• El dios celoso de la moral sexual, pero que no le preocupa mucho la injusticia.

• El dios que nos exige amar al enemigo pero que a los suyos los manda al infierno.

Debemos estar muy alerta, porque tanto en el AT como en el nuevo podemos encontrar trazos de este falso dios. Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. Muy pronto se olvidaron esos chispazos y el cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que le daba las seguridades que anhelaba.

La Trinidad no es una verdad para creer sino la base de nuestra experiencia cristiana. Una profunda vivencia del mensaje cristiano será siempre una aproximación del misterio Trinitario. Solo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar errores en las formulaciones formales, pero lo verdaderamente importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano.

Lo más urgente en este momento para el cristianismo, no es explicar mejor el dogma de la Trinidad, y menos aún, una nueva doctrina sobre Dios Trino. Tal vez nunca ha estado el mundo cristiano mejor preparado para intentar una nueva manera de entender el Dios de Jesús o mejor, una nueva espiritualidad que ponga en el centro al Espíritu-Dios, que impregna el cosmos, irrumpe como Vida, aflora decididamente en la conciencia de cada persona y se vive en comunidad. Sería, en definitiva, la búsqueda de un encuentro vivo con Dios. No se trata de demostrar la existencia de la luz, sino de abrir los ojos para ver.

No debemos pensar en tres entidades haciendo y deshaciendo, separada cada una de las otras dos. Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el Dios UNO. Es urgente tomar conciencia de que cuando hablamos de cualquiera de las tres personas relacionándose con nosotros, estamos hablando de Dios. En teología, se llama "apropiación", (¿indebida?) esta manera impropia de asignar acciones distintas a las tres personas. Ni el Padre solo crea ni el Hijo solo salva ni el Espíritu Santo santifica por su cuenta; Todo es "obra" de Dios.

Nada de lo que podemos pensar o decir sobre Dios es adecuado a su ser. Cualquier definición o cualquier calificativo que atribuyamos a Dios son incorrectos. Todo lo que sabemos racionalmente de Dios es un estorbo para vivir su presencia vivificadora en nosotros. Con frecuencia, los ateos están más cerca del verdadero Dios que los creyentes. Ellos por lo menos rechazan la creencia en todos los ídolos.

Los creyentes no solemos ir más allá de unas ideas (ídolos) que hemos fabricado a nuestra medida. Callar sobre Dios, es siempre más exacto que hablar. Dicen los orientales: "Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate". Las primeras líneas del "Tao" rezan: El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao; el nombre que se le puede dar, no es su verdadero nombre.

De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de "ama", "perdonó", "salvará", nos equivocamos, porque en Dios los verbos no se conjugan; no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene "acciones". Dios todo lo que hace los es. Si ama, es amor. Pero al decir que es amor, nos equivocamos también, porque le aplicamos el concepto de amor humano y en Dios el AMOR, es algo muy distinto.

Es un amor que no podemos comprender, aunque sí experimentar. Este experimentar que Dios es amor, sería lo esencial de nuestro acercamiento a Él. Los primeros cristianos emplearon siete palabras diferentes para hablar del amor. Al amor que es Dios lo llamaron ágape. Nuestro amor es una cualidad, que podemos tener o no tener. En Dios es su esencia, es decir, no puede no tenerlo, porque dejaría de ser.

Vivir la experiencia de Dios Trino, sería convivir. Estamos hechos para el encuentro y la comunicación. Sería experimentarlo:

1) Como Dios, ser absoluto.
2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro.
3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de mi ser.

Acercarse a Dios es descubrir la Trinidad. La experiencia del Dios cristiano nos empujaría a ser como Él, Padre, Hijo y Espíritu a la vez. En cada uno de nosotros se tiene que estar reflejando siempre la Trinidad. Debemos empezar por descubrir a Dios en nosotros, como parte de nuestro ser. Pero no se agota ahí. Descubrimos a Dios con nosotros en los demás. Pero no se agota ahí. Descubrimos también a Dios que nos trasciende y en esa trascendencia completamos la imagen de Dios.

Hoy no tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios o dioses. Hoy la disyuntiva para los que se dicen creyentes y los que se proclaman ateos es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Lo que rechazan los ateos, es nuestra idea de Dios que no supera nuestro teísmo interesado.

Después de darle muchas vueltas a tema, he llegado a la conclusión que es más perjudicial para el ser humano el teísmo que el ateismo.

El Dios revelado por Jesús, es amor. Pero ¡ojo! No es un ser que ama sino el amor mismo. En Dios el amor no es una cualidad como en nosotros, sino su esencia. Si dejara de amar un solo instante a un solo ser, dejaría de existir. Esto es la esencia del evangelio. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la verdadera salvación que tenemos que apropiarnos. Es también el fundamento de nuestra confianza en Dios. Confianza absoluta y total porque, aunque quisiera, no puede fallarnos. En esa confianza consiste la fe. Porque Dios ES amor, está incapacitado para condenar. Sólo puede salvar. No confiar en esa salvación de Dios, es estar ya condenado.

Meditación-contemplación

Dios es amor, pero ese amor no responde a nuestra idea del amor.
Dios es: El que ama, el amado y el amor. Los tres a la vez.
Este modo de hablar es incomprensible para nosotros.
La mente solo entiende un sujeto que ama, un objeto amado y el amor mismo.
..........................

La creación no es más que la manifestación de ese Dios.
En toda criatura queda reflejada su manera de ser.
En todo ser creado está el amante, el amado y el amor.
El hombre tiene la capacidad de entrar intuitivamente en esa dinámica.
.................

No puede haber meta más alta, que dejarse arrastrar por ese torbellino.
Es Vida en el sentido más profundo de lo que podemos entender.
Vida que me lleva más allá de mí mismo y colmaría mi ser.
Vida que colmaría mi ansia de felicidad.
..................

Fray Marcos



EL AMOR DE DIOS CON AMOR SE PAGA
Escrito por  José Luís Sicre

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios
La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia, como de costumbre, ha mutilado el texto. Pero conviene conocerlo entero.

Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando:

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7).

Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados.

Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT:

«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,
paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15).

«El Señor es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso;
no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas;
como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos;
como un padre siente cariño por sus hijos,
siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

«El Señor es clemente y compasivo,
paciente y misericordioso;
El Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

«Sé que eres un dios compasivo y clemente,
paciente y misericordioso,
que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

El evangelio insiste en este tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata sólo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna.

La segunda lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.

Nuestra respuesta: amor con amor se paga
Aunque lo esencial de la fiesta y de las lecturas es inculcarnos la confianza en el amor de Dios, también se sugiere de pasada la respuesta que merece de nuestra parte.

En la primera lectura, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.

En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

El evangelio anima a agradecer a Dios Padre la entrega de su Hijo y a aceptarlo con fe.
José Luís Sicre



EN BUSCA DE TU MAR
Pedro Miguel Lamet

Nací junto al mar, está unido a mi vocación, a mi tuberculosis ósea infantil, a mi vida, y lo llevo dentro doquiera voy.

EN BUSCA DE TU MAR

Con el adiós de aquella vela mía
que desde el mar jugaba con la espuma
para hundirse después entre la bruma
y colmar de añoranzas mi poesía;

con el rumor del mar en que nacía
a sueños imposibles esta pluma
por escribir el poema que rezuma
la nostalgia de amor en que vivía,

mis dedos te buscaron en la arena
de esas playas besadas por la luna
que seducen atrapan y dan pena,

sin saber que en ti ya todo lo tenía
pues soy barco y ribera, tumba y cuna
marino de tu mar y tu poesía.

Pedro Miguel Lamet



Sobre Dios/Trinidad. Cuatro primeras tesis
Xabier Pikaza Ibarrondo

Se acerca la fiesta de Dios, que es "trinidad", es decir, despliegue de vida y comunión, principio de responsabilidad y de justicia.

Sobre el sentido de Dios, en en gesto de fe, quiero trazar algunas tesis. Empezaré hoy por las cuatro primeras.

Me han planteado unas preguntas. ¿Qué significa creer en Dios para un cristiano en este tiempo, a principios del siglo XXI? A fin de responderlas he esbozado un pequeño panorama destacando los momentos primordiales de la fe.

Responderé como cristiano, en línea creyente. Mi discurso no se mueve en un nivel teórico, en un plano de principios generales, sino como un hombre ha encontrado en Jesucristo la verdad y plenitud de su existencia; mi discurso es, por lo tanto, confesional, es discurso de creyente.

Hablaré como un cristiano que está determinado por su tiempo y por su espacio. No será necesario que presente mis credenciales y concrete el lugar en que me encuentro. Bastará con afirmar que mi trayectoria de intelectual y creyente está determinada por varios factores:
dolmen
-- la vida: el don de la tierra y familia en que he nacido, con su arraigo en una historia de fidelidad y libertad,
-- la Merced donde he vivido más de 40 años, con su ideal concreto de liberación de cautivos y oprimidos,
-- la universidad donde he enseñado más de 30 años, con su exigencia de radicalidad intelectual,
-- mi nueva familia con Mabel, con una nueva visión de la familia, dentro de una Iglesia en trance de futuro
-- la conflictividad social y religiosa de este principio del siglo XXI, con todo lo que ha significado de ruptura con el pasado, descubrimiento de la injusticia estructural del mundo, búsqueda de cauces de humanización y libertad.

Hablaré como intelectual sorprendido y comprometido por la vida. Quizá a primera vista pueda parecer que mi discurso sobrevuela por encima de los grandes temas de la filosofía.Pero en el fondo de las ocho tesis que planteo late aquello que a mi juicio es el gran reto no sólo de la fe, sino de toda la modernidad: el paso desde la seguridad cósmica a la búsqueda de una utopía-esperanza, a través del descubrimiento de la vida, la subjetividad, la alteridad, la comunión y la historia.

Quiero precisar lo que supone ser creyente. Lo diré por medio de ocho tesis o fórmulas significativas, provocadoras, capaces de hacernos pensar y repensar el gran problema de nuestra identidad como cristianos.

TESIS I
Creer en Dios supone descubrir el mundo como realidad cargada de sentido y de misterio que, en vez de cerrarnos sobre sí, nos abre hacia un camino de realización personal, en libertad y trascendimiento.

Voy a explicar estas palabras. Los antiguos parecían inclinados a entender el mundo como radicalmente sagrado. Lo divino era la naturaleza, sin más añadiduras, como afirmará en tiempos del racionalismo el gran ESPINOZA.

Por eso, asumir la religión no es otra cosa que adentrarse vitalmente en el secreto de este cosmos: latir con su latido, nacer desde su vida, morir desde su muerte. En esta línea se han movido los más grandes filósofos y artistas de la antigua Grecia. En esta línea interpretaban el mundo los paganos de la antigua Euskadi, por poner sólo un ejemplo.

Con la irrupción del cristianismo el panorama cambia. El cosmos sigue siendo misterioso, pero no aparece ya como divino: es signo que interroga, luz que orienta y nos dirige a un Dios que ahora llamamos trascendente, un Dios que existe por sí mismo y no se confunde con ninguno de los rasgos de la vieja tierra. En esta perspectiva se movían los famosos argumentos de SANTO TOMÁS: aquellas vías o caminos que podían conducirnos desde el movimiento, la causalidad y el orden del mundo hasta el primer motor, la causa originaria, la gran mente que establece y guía el orden de las cosas.

Esta solución continúa siendo parcialmente valiosa: las cosas del mundo parecen abrirnos a Dios. Sin embargo, en los últimos tres siglos, a partir de GALILEO y NEWTON, de KANT y los modernos positivistas, es preciso andar con más cuidado: estudiado con métodos científicos, el mundo se nos cierra; se ha vuelto más complejo, más difícil y más rico en su interior, pero carece ya de profundidad en plano de misterio, no conduce a lo divino.

El cosmos de la ciencia se vuelve autosuficiente; cuanto más complicado lo encontramos y más capacitados nos hallamos para dominarlo con métodos de técnica, menos nos permite subir hacia el misterio radical de lo divino. Todo sucede en línea de este mundo como si Dios no existiera; ya no lo necesitamos en la física ni en la matemática, en la biología ni en sociología, en la psicología ni en la medicina.

Esto es evidente y, sin embargo, después de haber seguido los caminos de la ciencia, los antiguos problemas permanecen planteados. Hay algo en el hombre que desborda los niveles del progreso material y que no puede reducirse a métodos o leyes manejables por la técnica. El mundo sigue siendo lugar de una pregunta que se puede plantear, al menos en nivel ecológico, filosófico y religioso.

Hay un planteamiento ecológico del mundo. Hasta ahora parecía que el camino es evidente: necesitamos progreso y desarrollo; sólo así seremos hombres y podremos realizarnos. En vez del Dios del cielo habíamos optado por el Dios de la riqueza y plenitud en el futuro. Pues bien, en un proceso que resulta rapidísimo, en menos de un siglo, advertimos que ese desarrollo puede convertirse en destructivo: puede conducirnos a la bomba atómica, pone en riesgo elementos de nuestro equilibrio personal, poluciona la naturaleza.

Lógicamente, están surgiendo, deberán surgir con mayor fuerza, movimientos humanos de carácter ecologista. No se trata de renunciar a la ciencia ni de condenarla por antidivina. Pero ella no nos basta. También la naturaleza forma parte de nuestro ser. Por eso la buscamos con intensidad. Pues bien, en el fondo de los movimientos ecologistas, a veces veladamente, a veces con mucha fuerza, descubrimos elementos religiosos: hay en la hondura de la naturaleza una verdad sagrada que nosotros no podemos ensuciar, romper y pervertir con nuestras manos. Ciertamente, corremos el riesgo de un neopaganismo: volvemos a divinizar las fuerzas cósmicas, quizá para acabar hundiéndonos en ellas. Pero ese riesgo ha de asumirse: no existe fe cristiana si no somos capaces de entender el mundo como creatura y palabra de un Dios que sigue siendo trascendente.

Puede haber un planteamiento filosófico. Por evitar alusiones que pudieran ser mal interpretadas, prescindiré de autores como J. GARCÍA CALVO y F. SAVATER y diré que en el mismo HEIDEGGER último existe un momento de cuasi-divinización cósmica: los cuatro grandes elementos de la realidad, que nos recuerdan a las cuatro esencias o principios de este cosmos, forman algo así como la casa que el hombre ha de cuidar y construir para habitarla: agua y fuego, la tierra de los muertos y el aire-cielo de los espíritus constituyen el espacio en que se expresa lo sagrado, el campo de la vida de los hombres; por eso tenemos que cuidarlos, con cariño, con respeto, con misterio. Sólo quien sepa redescubrir estos elementos, dejando que le llenen desde dentro, podrá ser un hombre religioso.

También HEIDEGGER parece recuperar matices de antiguo paganismo: el mundo y lo divino se interfieren, llegando hasta a fundirse.Pues bien, a pesar de ello y desde un planteamiento religioso debemos afirmar que nuestra fe supone un tipo de vivencia cósmica. Todos nosotros sabemos de un momento de silencio interior frente al bramido del mar o en la montaña; hemos temblado ante una luz que llega desde las más remotas estrellas. Por eso, en el fondo de la fe se nos transmite una especie de redescubrimiento del mundo; el cosmos viene a presentarse como un signo que nos interroga, una casa que nos hospeda y que, al mismo tiempo, nos conduce siempre más allá. Dando un paso más y fundados en el Nuevo Testamento debemos añadir que el mundo es una especie de palabra, como voz que resuena unida a la voz de Jesucristo, como expresión de una transcendencia siempre cercana y siempre inalcanzable. Sólo si, en un primer momento,nos hallamos implantados, cimentados, en el mundo, podemos realizar después nuestro camino como seres libres, vivientes personales, abiertos a la comunión, en una historia.

Por eso, redescubrir a Dios implica hallarnos más o menos cerca del movimiento ecológico: Dios se manifiesta desde el fondo de este mundo, haciéndonos transcender al mismo tiempo su clausura. Con esto podemos formular ya nuestra primera conclusión: llámanos Dios a aquel poder originarlo y originante que se expresa en el fondo de la realidad, llenándola de misterio y conduciéndola por un camino de realización personal, en plano humanó .

TESIS II
Creer en Dios supone descubrir el sentido de la propia vida y asumirla como proceso de realización que, estando lleno de sentido, nos capacita para abrirnos hacia la libertad y el desarrollo estrictamente personales.

Hay en la vida un elemento que desborda el equilibrio meramente cósmico: un proceso, un movimiento que conduce hacia unidades de sentido cada vez más complicado. En un determinado momento ese camino se complica y enriquece cuando surge la diferenciación sexual manifestada como ámbito de enriquecimiento y camino de realización de los hombres.

Pues bien, una gran parte de los antiguos concibieron también el proceso de la vida como algo originalmente divino. Se trata de la vida interpretada a partir del dualismo de los sexos y entendida como realidad fundamentante de este cosmos. Así asumieron los antiguos cananeos y orientales el despliegue de la realidad como un inmenso matrimonio: el cielo, divino y de carácter masculino, fecunda cada año a la gran madre, que es la tierra, femenina, suscitando de esa forma el camino de la vida. La religión se interpreta a partir de este transfondo, de tal forma que en ella se destacan dos aspectos. El primero es de carácter mistérico, y se entiende en forma de descubrimiento y veneración de la sacralidad de la vida. El segundo es de carácter cúltico: el hombre religioso se introduce en el torrente sagrado de esa vida a partir de su propia experiencia sexual, dentro de un conjunto de iniciaciones y ritos.

Pues bien, nosotros, como herederos de una larga ilustración filosófica, religiosa y científica, parece que hemos superado ese punto de vista o perspectiva. Nos sentimos continuadores de los israelitas que, en un momento determinado de su historia, descubrieron que Dios no es el proceso sexuado de la vida: Dios es trascendente y la dialéctica sexual es sólo una expresión del ser del mundo. Filosóficamente, a partir del idealismo griego y del subjetivismo moderno, hemos dejado lo sexual en un segundo plano, considerándolo como elemento de la base material que no penetra hasta la entraña primigenia del sentido y del hacerse de los hombres. Finalmente, a ciencia biológica, ha fijado con enorme precisión las leyes que conforman el proceso de la vida en plano de sexualidad y genética; cesa la apertura religiosa, todo se define en términos de ciencia. A partir de eso corremos el riesgo de poner a Dios sobre una esfera diferente, como ser que nada tiene en común con el proceso de vida de la tierra.

Pues bien, en estos últimos decenios empezamos a revisar esas posturas. Nos dicen que es preciso mirar hacia la vida con un nuevo tipo de respeto. Inciden en el cambio nuevas experiencias de carácter sexual, los movimientos vitalistas y el mismo cristianismo. Veamos. Evidentemente, existe un nuevo acercamiento hacia la vida ligado a la búsqueda del placer, la ruptura de tabúes sexuales y el mismo ecologismo. Esta nueva orientación resulta significativa y necesaria: quiebra un tipo de legalismo en el que Dios aparecía como simple prohibición, el placer como perverso. Para alcanzar a Dios es necesario penetrar hasta el abismo más profundo de la vida, experimentándola con pasión, asumiéndola con respeto.

Este acercamiento se puede transformar en un simple dionisismo, recreando nuevas formas de idolatría pansexualista, legadas al recuerdo de Siva en la India o de Diónisos en Grecia. De esa forma, introducido en el proceso ciego de la vida, el hombre acabaría perdiendo su propia libertad, negando su propia trascendencia en relación a las pulsiones de su eros. Al identificar a Dios con lo vital sin más no elevamos al hombre, lo perdemos, reintroduciéndole en un proceso de generación y comunicación que son todavía impersonales.

De todas formas, esto que llamamos dionisismo constituye una advertencia y un camino. Es advertencia, pues indica que a Dios no se le puede convertir jamás en simple antagonista de la vida. Es un camino: nos obliga a plantear lo específico del hombre. No basta el sexo para hacer a la persona, como sabe el mismo NiETZSCHE desde el mismo momento en el que pone a Apolo (ley, belleza, orden) como Dios al lado de Diónisos. Lo que importa es asumir la vida, pero asumirla de tal forma que ella sea más que un simple proceso de realización pulsional, convirtiéndose en espacio de apertura hacia niveles personales de libertad y realización, de comunión y encuentro.

Por eso, creer en Dios significa desplegar la sacralidad de la vida, pero asumiéndola desde su principio originario y llevándola hasta el final, con pasión, con dignidad, con entereza.

La vida es sagrada no sólo como totalidad y en sus momentos de carga pulsional más fuerte. Es sagrada en cada uno de sus individuos personales, es decir, en cada uno de los hombres. Por eso, en terminología paradójica, podemos afirmar que el proceso de la vida es más que simple hecho vital: es ámbito de realización humana, apertura hacia el principio de aquello que nos hace ser, garantía del valor de cada uno. Consiguientemente, no podemos divinizar la vida en sí, desligándola del carácter absoluto de cada una de las personas; tampoco podemos sacralizar sin más la fuerza originaria de los sexos ni la dialéctica de nacimiento y muerte de este cosmos.

Indicábamos antes que el cosmos sólo es cosmos si es que está fundamentado en aquello que le trasciende. Pues bien, ahora añadimos que la vida sólo es vida (y sólo puede defenderse hasta el final en su parcela más alta que es el hombre) si es que al fondo de ella hay algo más que un simple proceso impersonal. Sólo en la medida en que la vida pueda ser considerada como espacio del surgimiento de personas libres puede presentarse como signo radical de lo divino.

Pues bien, en perspectiva cristiana podemos indicar que el mundo es un proceso vital porque ios mismo es el proceso primigenio de la vida. En otras palabras, este cosmos tiene fecundidad, amor y vida porque existe un fundamento originario, el Dios de vida; un Dios que es movimiento de fecundidad y amor que desde el Padre culmina por el Hijo en el Espíritu. Dios es vida que se expresa y realiza como fecundidad y encuentro entre personas (Trinidad). Esta es mi segunda conclusión. Por eso, creer en Dios supone descubrir y amar la vida que ese Dios ha suscitado desde el fondo de su entraña, asumiéndola como espacio de realización en un camino de fecundidad, entrega y comunión personales que desbordan el puro vitalismo dionisíaco, pagano, de carácter sólo sexualista .

TESIS III
Creer en Dios supone descubrir mi propia responsabilidad como sujeto, asumiendo la tarea de realizarme en libertad y sabiendo que Dios mismo es quien alienta y sostiene mi existencia.

Desde ese fondo de estructura cósmica, desbordando el simple proceso de la vida, emerge mi existencia personal: me descubro como individualización que me permite enfrentarme con el mundo y realizarme de manera consciente, estrictamente individualizada. A mi juicio, sólo la existencia de un Dios personal hace posible y puede fundar ese proceso. En otros términos, Dios se me desvela como aquel que me permite realizarme como independiente, ser «yo mismo». Por eso la fe se encuentra implicada en el proceso de descubrimiento y valoración de mi propia existencia.

Cuatro son los elementos que descubro en mi existencia personal:

1. Soy en cuanto pienso y pensando me distingo del mundo al que organizo y dirijo por mi mente; siendo pensamiento tengo autonomía ante las cosas, soy sujeto.
2. Soy en cuanto puedo pensarme a mí mismo, convirtiéndome en objeto de mi propio cuidado; soy autoconsciente, capaz de enfrentarme con mi propio ser, diciendo «soy yo mismo».
3. Soy en cuanto puedo realizarme: la vida está en mis manos y la voy trazando, dirigido por mis propios ideales, sostenido por mi esfuerzo creativo.
4. Finalmente, a la luz de lo anterior, descubro que mi ser es radicalmente valioso. No soy un elemento intercambiable del gran cosmos, ni tampoco un engranaje de la vida. Soy para mí mismo un absoluto. ¿Dónde se cimenta mi valor, dónde se funda mi acción y autonomía?

Precisemos mejor el tema. El cosmos como vemos no consigue fundar mi realidad como persona responsable. Tampoco es causa suficiente el gran camino de la vida. ¿Quién me fundamenta, quién me avala? Quizá pudiera responder diciendo que mi yo ha emergido partiendo de sí mismo, construyendo él mismo sus raíces. Pero tampoco esto resulta suficiente: no soy causa de mí mismo, no puedo concebirme como absolutamente absoluto.

Pues bien, aquí se ha explicitado, desde tiempos muy antiguos, la experiencia de la fe que ha culminado en los cristianos: conforme a una experiencia que DESCARTES ha tipificado filosóficamente, mi valor como persona implica un fundamento y garantía trascendentes: Sólo Dios, con su misterio, su absoluta lejanía y su absoluta presencia, me permite ser yo mismo, desbordando los límites del mundo, desplegándome del ciego proceso de la vida, en un camino de vida diferente.
La fe consiste en descubrir y confesar/asumir el fundamento y tarea de la vida. En términos cercanos a ZUBIRI, puedo definirme como un absoluto: me realizo, siendo libre, construyendo mi propio espacio personal sobre la tierra. Pero debo añadir que sólo soy relativamente absoluto: puedo construir mi vida y ser «yo mismo» en la medida en que estoy fundamentado y potenciado por Dios, estando al mismo tiempo sobre el mundo. Dios se define como aquel que es capaz de sustentarme de tal forma que yo venga a realizarme como libre.

Dios es, según esto, base, garantía y meta de mi propia realidad como persona: es aquel que me permite ser yo mismo en el proceso de mi vida, aquel que me ha llamado y me sostiene en la tarea de ser como persona.

Quiero precisar bien los matices: alguien puede suponer que Dios es todo, un yo de tal manera absoluto, omniabarcante, que no deja que a su lado emerja vida alguna; por eso el ser de Dios impediría la existencia libre de los hombres; no permitiría espacio ni camino de existencia, como afirma SARTRE. Pues bien, en la experiencia del creyente Dios realiza funciones muy distintas: cuanto más vive en sí mismo, más espacio suscita para el hombre; cuanto más grande se muestra, más permite que los otros sean, haciéndose pequeño, creador y servidor en favor de ellos.
La fe es, por tanto, la experiencia de hallarme en comunión con alguien que siendo radicalmente absoluto es, a la vez, perfectamente relativo en cuanto quiere cimentar nuestra existencia. Por eso somos y tenemos realidad como personas, de manera autoconsciente, creadora. Pero somos al estar fundamentados sobre un fondo y realidad que es gracia. Consiguientemente, Dios se afirma en su propia realidad y dice su propio «yo» haciendo posible que nosotros existamos.

En otras palabras, Dios se nos presenta como el ser misteriosamente vivo que, estando en sí mismo, conociéndose y realizándose (es persona), conoce y fundamenta a otros vivientes, ofreciéndoles espacio en libertad, creatividad, autonomía. Esta es nuestra tercera conclusión.
Al llegar aquí encontramos que las leyes que dirigen el espacio personal humano son distintas de las leyes de la pura ciencia de la tierra y de la vida: no soy persona en la medida en que domine y me sitúo por encima de los otros; soy persona en cuanto puedo dirigirme, realizarme, como libre suscitando un campo de existencia para aquellos que se encuentran a mi lado. Puedo hacerlo porque estoy fundamentado sobre el mismo ser de lo divino. Puedo hacerlo porque el mismo Dios se viene a desvelar como persona y es autónomo al hacer que existan otros seres a su lado.
Quiero situar esta experiencia en otro campo.

Existe un yo burgués que sólo sabe afirmarse dominando el mundo y pretendiendo imponerse sobre todos los restantes hombres; es un yo en conflicto, un yo perdido, en pretensión de poder, internamente enfermo.

Hay, al contrario, un yo que es verdadero: el yo del que resiste al mal y se mantiene firme en la persecución o prueba (el yo testigo de la verdad y trascendencia); es el yo de quien entrega la vida por los otros, abriendo así un campo de existencia. Precisamente aquí donde emerge mi valor radical (no medejo doblegar por nada) en apertura generosa hacia los otros (les ofrezco mi propia realidad para que sean) se plantea y cobra todo su sentido el misterio radical de lo divino

TESIS IV
Creer en Dios significa descubrir al otro como absoluto, reconociendo su derecho a la existencia y abriendo un espacio para vida (es decir, compartiéndola con él). Dios mismo reconoce y garantiza su existencia

Cuando he visto que mi yo culmina en referencia a Dios, su fundamento, vengo a descubrir que el mismo Dios me lleva hacia los otros. Es Dios quien me ilumina y, en palabra del Antiguo Testamento, señala hacia los hombres y me dice: no matarás. Es Dios quien me conduce por Jesús hasta los más necesitados, añadiendo: amarás a tu prójimo como a ti mismo, le amarás como si fuera el mismo ser divino (cf. Mt 25, 31-46). Dios aparece, de esta forma, como garantía de la inviolabilidad del tú, como principio de amor hacia los otros. Precisemos lo que esto significa.

El tú no nace de un yo constituido. No puedo comenzar diciendo «soy» y lamentar después la falta de un «tú» que me acompañe. Yo soy y me conozco en la medida en que encuentro a otro a mi lado, formando parte de mi propio entramado vital, sosteniéndome, acompañándome, limitándome y potenciándome. Tampoco puedo comenzar diciendo «pienso», para analizar después los elementos y principios de mi propio pensamiento. Soy y pienso en la medida en la que asumo una determinada situación, viviendo con personas concretas a mi lado, personas que me han hecho ser (padres, educadores), personas con las que comparto y realizo lo que soy.

Pues bien, el gran problema surge cuando quiero descubrir la garantía del tú que me acompaña. ¿Por qué estoy obligado a respetarle?, ¿en virtud de qué principio debo amarle?

Ciertamente, puedo argumentar desde principios meramente naturales: el otro me acompaña y, más literalmente, me enriquece y me potencia en el camino. Pero hay momentos en que quiebra ese argumento: ¿qué hacer cuando hay personas que me estorban?, ¿cómo responder cundo parece que me cierran los caminos, me limitan?, ¿cómo puedo realizarme plenamente cuando hay otros que me impiden ser del todo independiente? Al fondo de estas preguntas sólo existe una respuesta religiosa: sabemos ya que Dios no es competencia para el hombre; tampoco los demás hombres se pueden entender como enemigos. Todos nosotros existimos estando en relación y cada uno aparece, al mismo tiempo, como relativamente absoluto; es capaz de realizarse, tiene su propia autonomía y su camino. Dios mismo le avala y garantiza su valor inviolable.

Situado en esta perspectiva, el otro es siempre más que un elemento del proceso de la vida y ser del cosmos. El otro es por sí mismo un infinito, pues se encuentra vinculado a lo divino; el mismo Dios le avala, garantiza su existencia y le sostiene con amor en el camino. Por eso nos invita, desde el centro de la fe, a reconocerle y respetarle.

Estas reflexiones nos obligan a entrar con más profundidad en el despliegue y ser de lo divino. Hemos dicho ya que Dios es vida. Hemos añadido que es sujeto y que, diciendo yo, permite que nosotros seamos a su lado, arraigándonos sobre su misma entraña de amor. Ahora sabemos ya que Dios avala y garantiza la existencia de los otros, fundando desde sí la multiplicidad de los hombres. ¿Cómo puede hacerlo? ¿es que Dios tiene experiencia de un tú interno, experiencia de un encuentro? Al llegar aquí debemos responder de una manera afirmativa.

Hablamos ya del Dios cristiano, de aquel Dios que sólo dice «yo» en forma de Padre, al engendrar desde sí mismo al Hijo.

Estamos en eso que podríamos llamar el paso al límite: en el nivel en el que Dios es vida y es amor al entregarse desde dentro. Por eso Dios es Padre, generando un Hijo. Por eso es Hijo, en cuanto ha sido generado distinto, aunque recibe la misma realidad y esencia del Padre. De esa forma, porque dentro de sí mismo se nos muestra como don y alteridad, yo y tú, Dios garantiza la existencia de los otros (de los nombres que existen a mi lado), invitándome a vivir con ellos en gesto de amistad, de donación y encuentro. Esta es la cuarta conclusión. Partiendo de ella quiero indicar tres consecuencias.

‒ La primera se refiere a la exigencia de superar todo colectivismo. Llamo colectivista aquel sistema antropológico, social o religioso que de tal modo destaca la importancia de un conjunto, clase o grupo que diluye la existencia concreta de los otros: el tú interesa sólo en ámbito privado, lo que cuenta es lo genérico, el destino del pueblo, el todo de una iglesia, el colectivo. Pues bien, en contra de esa perspectiva, la fe de los cristianos ha defendido siempre y defiende la existencia concreta de los otros, especialmente de los más desamparados y cercanos, de los más importantes y pequeños. Sólo puede ser creyente quien descubre y valora el carácter insustituible, inviolable y sagrado de cada uno de los hombres.

‒ La segunda es la exigencia de superar todos los trascendentalismos, sean de carácter religioso o filosófico. Llamo trascendentalismo a la tendencia que destaca el valor del absoluto, como ser o divinidad, por encima de los hombres que existen a mi lado. Lo primero no sería el yo, tampoco el tú. Lo primero sería una especie de Ser o Dios separado, impositivo, que hallaríamos fuera (por encima) de nosotros, como meta o plenitud que nos trasciende. En función de ese Principio o Dios, a partir de ese trasfondo o ser que juzgamos trascendente, olvidamos la importancia de los hombres concretos y pequeños que se encuentran cada día a nuestro lado. Pues bien, en contra de eso y expresándome de forma paradójica, yo digo: no me importa el Ser, tampoco me preocupa un Dios que sobrevuela por encima de los pobres y pequeños que se encuentran a mi lado. Al verdadero Dios de Jesucristo yo lo encuentro vinculado a cada humano, es aval y garantía de los hombres que discurren a mi lado.

‒ Finalmente, esta visión de Dios me obliga a superar todo intimismo total. Lo que importa no es llegar hasta la hondura de mi ser, con métodos de yoga o nuevas formas de meditación trascendental. Desde la entraña de mi fe, la realidad de Dios y mi existencia se hallan vinculadas a la vida concreta de los otros. Por eso, cuando creo me estoy comprometiendo a la defensa concreta de los hombres. La fe supone que me he vuelto capaz de descubrir y valorar el rostro de mi hermano, el valor y la exigencia de mi prójimo


Xabier Pikaza Ibarrondo



Encuentro en el Vaticano con los presidentes palestino e israelí
(Resúmenes de prensa)

Les pide, durante la oración por la paz celebrada en el Vaticano, que «tomen el camino del diálogo»
«Señor, ayúdanos tú. Danos la valentía para decir: ¡Nunca más la guerra!».

En 66 años que dura el conflicto entre palestinos e israelíes ha habido numerosos intentos de pacificación. Pero todas las negociaciones siempre han dejado de lado la religión, uno de los factores fundamentales del problema. Francisco ahora ha decidido explorar ese camino. La prueba es la «invocación por la paz» que ayer celebró en los jardines vaticanos, una iniciativa en la que también participó el patriarca ecuménico Bartolomeo I y que arrancó con esta declaración de intenciones: «Estamos en este lugar, israelíes y palestinos, judíos, cristianos y musulmanes, para ofrecer nuestra oración por la paz, por Tierra Santa y por todos sus habitantes».

Ya antes, y en un buen ejemplo del clima que se pretendía crear con este experimento impulsado por Francisco durante su reciente viaje a Tierra Santa, Simon Peres y Abu Mazen se saludaron con abrazos y besos al encontrarse en Santa Marta, la residencia donde vive el Papa y donde tuvieron un encuentro privado con él.

Pero el Pontífice no es ningún ingenuo. Con la iniciativa de ayer, a lo que aspira es a crear una atmósfera distinta entre las partes en conflicto que pueda allanar el camino hacia la paz. Al fin y al cabo, Peres concluye en breve su mandato como presidente israelí y es evidente que el primer ministro, Benjamin Netanyahu, tiene una visión bastante distinta de la suya, por lo que las razones para el escepticismo son muchas.

El calor ayer en Roma era sofocante. Pero cuando comenzó la oración conjunta, a las 19.00 horas, la temperatura era agradable. Y más en los jardines vaticanos, entre el frescor de los árboles y el olor a hierba. Un rabino comenzó las oraciones judías por la paz, que fueron seguidas de los rezos católicos y que concluyeron con las plegarias musulmanas, entre el silencio más absoluto y el recogimiento de los presentes. Cada invocación duró aproximadamente unos 20 minutos. El Papa, Peres y Abu Mazen siguieron las oraciones con gesto circunspecto.

Concluidos los rezos, Francisco tomó la palabra. «Gracias desde el fondo de mi corazón por haber aceptado mi invitación a venir aquí para implorar a Dios, juntos, el don de la paz. Espero que este encuentro sea el comienzo de un camino nuevo en busca de lo que une para superar lo que divide», empezó diciendo el Pontífice en italiano, para a continuación recordar que el encuentro de ayer respondía al «deseo ardiente» de cuantos anhelan la paz y sueñan con un mundo donde hombres y mujeres «puedan vivir como hermanos y no como adversarios o enemigos».

El de Francisco fue un discurso potente, claro y repleto de fuerza, en el que destacó que tan importante es cuidar del legado que se recibe de los antepasados como pensar en el mundo que dejamos a nuestros hijos. «Hijos que están cansados y agotados por los conflictos y con ganas de llegar a los albores de la paz; hijos que nos piden derribar los muros de la enemistad y tomar el camino del diálogo y de la paz para que triunfen el amor y la amistad», subrayó.

El Pontífice señaló que son muchas, demasiadas, las víctimas inocentes de la guerra y de la violencia. «Es deber nuestro lograr que su sacrificio no sea en vano. Que su memoria nos infunda el valor de la paz y la fuerza de perseverar en el diálogo». Y sentenció: «Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra».

Francisco también explicó el motivo de su invocación a la paz: «La Historia nos enseña que nuestras fuerzas por sí solas no son suficientes. Más de una vez hemos estado cerca de la paz, pero el maligno, por diversos medios, ha conseguido impedirla. Por eso, estamos aquí, porque sabemos y creemos que necesitamos la ayuda de Dios».

Y a Dios dirigió a partir de ese momento sus súplicas... «Señor, Dios de paz. Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas... Pero nuestros esfuerzos han sido en vano. Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: '¡Nunca más la guerra!'».

Fue la suya una oración muy emotiva, en la que pidió a Dios que destierre del corazón de todo hombre las palabras división, odio, guerra y las sustituya para siempre por la palabra hermano. «Shalom, paz, salam. Amén».

A continuación fue Peres el que hablo, en lengua hebrea. «Debemos poner fin a estas lágrimas, a la violencia, al conflicto. Todos necesitamos la paz. Paz entre iguales», dijo, revelando su receta particular para lograrla: estar dispuesto a concesiones. «La paz no se consigue fácilmente. Debemos trabajar con todas nuestras fuerzas para conseguirla. Para conseguirla pronto. Incluso si requiere sacrificios o compromisos».

También Abu Mazen habló de paz, en árabe, e incidió, sobre todo, en la situación palestina. «Oh, señor, en nombre de mi pueblo, del pueblo palestino que está ansioso de paz, de una vida digna y de libertad, te pido, oh señor, que hagas próspero y prometedor nuestro futuro en un Estado libre, soberano e independiente».

Irene Hdez. Velasco
El Mundo