jueves, 3 de abril de 2014

UN PROFETA QUE LLORA - José Antonio Pagola


UN PROFETA QUE LLORA - José Antonio Pagola

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que lo acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día Jesús recibe un recado: nuestro hermano Lázaro, “tu amigo”, está enfermo. Al poco tiempo, Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él “se echa a llorar” junto a ellos. La gente comenta: “¡Cómo lo quería!“.

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y “seguir tirando”. Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo a nuestro final hemos de acercarnos de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de nuestro destino no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida al que, en cierta ocasión, le escuché decir: “De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada”.

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la Bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y, sin verlo aún, le damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Sólo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?”. Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo veinte, cercano ya a su final, ha dicho que para él morirse es “descansar en el misterio de la misericordia de Dios”.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la esperanza cristiana en la resurrección.  Pásalo.
6 de abril  de 2014
5 Cuaresma (A)
Juan  11, 1- 45


¡LÁZARO, SAL FUERA!
Escrito por  Florentino Ulibarri


Desde que Tú lo dijiste
con voz potente y firme,
qué pocos se han atrevido
a repetirlo –a pesar de ser creyentes-
en las múltiples ocasiones
que la vida nos ofrece.
Por eso, esta sociedad
corrompe e hiede
y está llena de muerte.

¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.

Dejemos de envolvernos ya
en mortajas y falsedades.
Que la verdad resplandezca;
que la sensatez y la confianza
hagan su tarea en nuestra tierra..
Respiremos tranquilos
al ver que los fantasmas
ni pesan ni toman cuerpo
y que los nudos se desatan.

¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.

Lo nuestro es despertar
a quienes han sido dormidos
por sus hermanos y ciudadanos
y condenados a no ser nada
-a no tener historia ni lugar-
y dejarles andar en libertad
por donde andamos nosotros,
con la misma dignidad.
¡Lo nuestro es quitar losas y mortajas!

¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.

Florentino Ulibarri



LA VIDA AQUÍ Y AHORA Y SIN LÍMITES
Escrito por  Fray Marcos
Jn 11, 1-45

La Samaritana, el ciego y Lázaro son personajes simbólicos que nos representan a todos en nuestra condición de criaturas limitadas que somos invitados a superar los límites.

Con las mismas palabras se hace referencia a conceptos tan diferentes que es difícil interpretarlos bien. De hecho, se puede dar la muerte en una vida fisiológica sana. Y se puede dar la Vida con una salud deteriorada. No podemos tergiversar el texto hasta hacerle decir lo contrario de lo que quiere decir. Al final de la cuaresma tiene pleno sentido que tratemos de dilucidar qué es Vida y qué es muerte para Jesús.

En el relato de hoy, todo es simbólico. Los tres hermanos representan la nueva comunidad. Jesús está totalmente integrado en el grupo por su amor a cada uno. Unos miembros de la comunidad se preocupan por la salud de otro.

La falta de lógica del relato nos obliga a salir de la literalidad. Si Jesús hubiera pretendido salvar la vida biológica de Lázaro, hubiera ido inmediatamente a curarlo. Hubiera sido más fácil que resucitarlo. Pero su intención no es curar la enfermedad, sino manifestar la Vida. Por eso espera a que la muerte quede rotundamente confirmada (cuatro días, ya huele).

Si seguimos preguntando si Lázaro resucitó o no físicamente, es que seguimos en el lado de los muertos. La alternativa no es esta vida, solamente aquí abajo, u otra vida después pero continuación de esta. La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida y más allá de ella.


Que Lázaro resucite para volver a morir unos años después, no soluciona nada. Sería ridículo que ese fuese el objetivo de Jesús. Es realmente sorprendente, que ni los demás evangelistas, ni ningún otro escrito del NT, mencione un hecho tan espectacular como la resurrección de un cuerpo ya podrido. Recordad que los sinópticos narran hasta la curación de una gripe a la suegra de Pedro.
Jesús no viene a prolongar la vida física, viene a comunicar la Vida de Dios que él mismo posee y de la que puede disponer (5,26). Esa Vida anula el carácter catastrófico de la muerte biológica. Es la misma Vida de Dios que él posee por el Espíritu.

Para que esa Vida pueda llegar al hombre, se requiere como condición indispensable la adhesión a Jesús. A la adhesión responde él con el don del Espíritu-Vida, nacimiento a una nueva Vida que se sitúa más acá y más allá de la muerte física. Esto no quiere decir que solo la posean los que conocen y siguen a Jesús. Lo que nos quiere decir es que todo aquel que tenga una actitud como la que tuvo Jesús en su vida, participa de esa Vida, aunque no haya conocido a Jesús

Resurrección es un término relativo, supone un estado anterior de vida física. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina. Respecto a la Vida que comunica Jesús, es su continuidad; aunque, para entendernos, le llamemos resurrección. "Yo soy la resurrección" está indicando que es algo presente, no futuro y lejano. No hay que esperar a la muerte para conseguir Vida.

El término "resurrección" expresa solamente su relación con la vida biológica que ya ha terminado. Esto se decía en (5,24) "Quien escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida definitiva".



Jesús corrige la concepción tradicional de "resurrección del último día", que Marta compartía con los fariseos. Para Juan, el último día es el día de la muerte de Jesús, en el cual, con el don del Espíritu, la creación del hombre queda completada. Esta es la fe que Jesús espera de Marta. No se trata de creer que Jesús puede resucitar muertos. Se trata de aceptar la Vida definitiva que Jesús posee y puede comunicar al que se adhiere a él. Hoy seguimos con la fe para el más allá de Marta, que Jesús declara insuficiente. Seguimos esperando una vida biológica eterna, que es la que apreciamos.



¿Dónde le habéis puesto? Esta pregunta, hecha antes de llegar al sepulcro, parece insinuar la esperanza de encontrar a Lázaro con Vida. Indica que son ellos los que colocaron a Lázaro en el sepulcro, lugar de muerte sin esperanza. El sepulcro no es el lugar propio de los que han dado su adhesión a Jesús.

Al decirles: "Quitad la losa". Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia. Los muertos no tienen por qué estar separados de los vivos. Los muertos pueden estar vivos. Pero también los vivos pueden estar muertos.

Al quitar la losa, desaparece simbólicamente la frontera entre muertos y vivos. La losa no dejaba entrar ni salir. Era la señal del punto y final de la existencia. La pesada losa de piedra ocultaba la presencia de la Vida más allá de la muerte. Jesús sabe que Lázaro había aceptado la Vida antes de morir, por eso ahora está seguro de que sigue viviendo. Es más, solo ahora posee en plenitud la verdadera Vida. "El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá". La Vida es compatible con la muerte.

Ya huele mal. La trágica realidad de la muerte se impone. Marta sigue pensando que la muerte es el fin. Jesús quiere hacerle ver que no es el fin; pero también que sin la muerte del "ego" no se puede alcanzar la verdadera Vida. La muerte sólo deja de ser el horizonte último de la vida cuando se asume y se traspasa. "Si el grano de trigo no muere..." Nadie puede quedar dispensado de morir, ni el mismo Jesús. Jesús invita a Nicodemo a nacer de nuevo. Ese nacimiento es imposible sin morir antes a todo lo que creemos ser. Esta es la clave del mensaje de Jesús.



Es muy importante la oración de Jesús en ese momento clave. Al levantar los ojos a "lo alto" y "dar gracias al Padre", Jesús se coloca en la esfera del Padre. Jesús está en comunicación constante con Dios; su Vida es la misma Vida de Dios. No se dice que Jesús haya pedido nada. El sentido de la acción de gracias lo envuelve todo. Es consciente de que el Padre se lo ha dado todo, entregándose Él mismo. La acción de gracias se expresa en un gesto y en unas palabras, pero en Jesús no se trata de un acto, sino que el acto expresa una actitud permanente en él.

Al gritar: ¡Lázaro, ven fuera! está confirmando que el sepulcro donde le habían colocado, no era el lugar donde debía estar. Han sido ellos, los que le escuchan, los que le han colocado allí. El creyente no está destinado al sepulcro, porque aunque muere, sigue viviendo. Con su grito, Jesús quiere mostrar a Lázaro vivo en la muerte. Los destinatarios del grito son ellos, no Lázaro. Ellos son los que tienen que convencerse de que la muerte física no ha interrumpido la Vida. Entendido literalmente es un absurdo. ¡Ya podía gritar fuerte para que el muerto lo oyera!

Salió el muerto con las piernas y los brazos atados. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad, por lo tanto, sin posibilidad de desarrollar su humanidad (ciego de nacimiento). El ser humano, que no nace a la nueva Vida, permanece atado de pies y manos, imposibilitado para crecer como tal ser humano. Una vez más es imposible entender la frase literalmente. ¿Cómo pudo salir, si tenía los pies atados?

Lázaro ostenta todos los atributos de la muerte, pero sale él mismo porque está vivo. Todos tienen que tomar conciencia de su nueva situación. "Desatadlo y dejadlo que se marche". Son ellos los que lo han atado y ellos son los que deben soltarlo. No devuelve a Lázaro al ámbito de la comunidad, sino que le deja en libertad. También ellos tienen que desatarse del miedo a la muerte que paraliza. Ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrán entregar su vida como Jesús.

Meditación-contemplación

Yo soy la Vida más allá de lo biológico.
Se trata de la Vida que no termina, la definitiva.
Es más que la misma Vida de Dios, comunicada al hombre.
Es la ÚNICA VIDA que lo inunda todo.
.....................

No es algo que Dios nos da o deja de darnos.
Es el mismo Dios comunicando su mismo ser.
Su ser que es el centro de nuestro verdadero ser.
Jesús nos invita a descubrir y a vivir esa realidad.
...................

Esa Vida divina no interfiere con la vida biológica.
La biología sigue sus propias leyes.
Esas leyes no impiden la Vida, sino que la hacen posible.
Ni siquiera la muerte tiene repercusión alguna en la Vida.
.....................

Fray Marcos



LA FE EN JESÚS, SEGURO DE VIDA
Escrito por  José Luís Sicre

28 de abril 2014. Dominic, un niño de dos años, hijo de una familia gitana, encuentra un boquete en la alambrada que separa el campamento de la línea férrea Robigo-Verona. Un tren lo arrolla y muere poco después en el hospital de Legnano.


29 de abril 2014. Guglielmo di Maggio (44 años) ha conseguido un nuevo empleo en unos grandes almacenes. Con su mujer, Nunziatina (40) y sus dos hijos (7 y 5) decide ir a celebrarlo. En un túnel de la autopista Palermo–Messina se estrella contra un camión que ha derrapado e invadido la calzada contraria. Sólo se salva el niño de 5 años.


Son dos casos de los últimos días (italianos, porque me encuentro en Roma), a los que podrían añadirse muchos miles. Y vienen a la memoria las palabras de Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente. Y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.


En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida encuentra su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en mitad del evangelio (cap. 11 de 21).


La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entienden nada, y se preguntan qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere sólo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Nota: dice el relato que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, se estremeció (evnebrimh,sato), se conmovió (evta,raxen) y lloró (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido. Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

La primera lectura, tomada del libro de Ezequiel, ha sido elegida por la estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.


José Luís Sicre





LAS DOS ORILLAS DE LA VIDA
Escrito por  Faustino Vilabrille

1.-La muerte fue y sigue siendo el interrogante más evidente y radical del ser humano de todos los tiempos. Todas las religiones y culturas, unas más y otras menos, se plantearon y plantean este problema, porque el más allá de la muerte es algo que preocupa a todo ser humano, sobre todo porque la aspiración a vivir es muy profunda en todo ser vivo.

2.- Las preguntas sobre la muerte desencadenan en cascada otras muchas preguntas: ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿qué significado tiene la historia?, ¿a dónde vamos?, luchar por los llamados valores éticos y los derechos humanos, ¿tiene razón de ser?, la lucha por la justicia, la libertad, la igualdad, la dignidad del ser humano, si al final se estrellan con la muerte, ¿conducen a alguna parte?



Filósofos como Engels o Heidegger dicen que somos seres para la muerte. Así nuestra vida solo tendrá sentido en la medida en que lo tenga la muerte. Si encontramos sentido a la muerte, entonces nuestra vida tendrá sentido.



Pero lo importante no es la muerte sino la vida, porque hubo a lo largo de la historia y hay en nuestros días muchos millones de personas que fueron y son también hoy privadas de la vida de forma injusta y prematura, a causa del hambre, la sed, las injusticias, las guerras, el odio, la violencia, los abusos, la explotación, los abortos sin justificación posible...


Si no hay vida más allá, a todas esas personas, si murieron a lo largo de la historia y mueren también hoy para quedar muertas ¿quién les va a hacer justicia?, ¿quién les va a reparar tanto daño? ¿quién las va a compensar de tanto mal, de tanto sufrimiento? ¿Quién las va a compensar de morir de hambre en un mundo en que hay de sobra para todos? ¿Acaso los que mueren de hartos por no compartir lo que les sobra con los más pobres?


3.-Es también un hecho evidente que todo lo que vive quiere vivir: peces, animales, plantas, aves, árboles, y no digamos los seres humanos. A veces hasta arriesgamos el morir por vivir. Unamuno se agarraba a la vida gritando: "¡mi yo, que me arrebatan mi yo!".


Si hay tanta pasión en todos y en todo por la vida, resulta contradictorio y absurdo un destino definitivo de muerte. Resulta mucho más coherente que a tanta ansia de vivir responda una plenitud de vida. La aspiración a perpetuarse, a la vida y vida para siempre, es una aspiración universal desde los albores de la humanidad y en todos los espacios geográficos.


5.-El ansia de vivir y el compromiso con la vida, para Jesús de Nazaret eran también aspiraciones vitales. Es por lo que con sus amigas, Marta y María, hermanas de Lázaro, llora la muerte de este entrañable amigo.


Pero para Jesús esta pena no queda en un "lo siento", en un "hay que seguir", en un "así es la vida", en un "te acompaño en el sentimiento". Jesús ama la vida y con ella responde a la muerte, ya no solo para su amigo Lázaro, la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naín, sino para todos y para toda la creación. El nos descubre que la muerte es la apertura a la plenitud de la vida: "quien cree en mi aunque haya muerto vivirá". Para Jesús morir no es para quedar muerto, sino para pasar a la vida verdadera y plena para siempre.


Jesús pasó por la vida dando también vida aquí y ahora, en este mundo, porque vida inmanente y trascendente están indisolublemente vinculadas: dando vida a los hambrientos, enfermos, sordos, ciegos, mudos, marginados, despreciados, tristes, olvidados. Con el compromiso hasta la muerte por los valores de la justicia, la igualdad, la fraternidad, el amor, ratificó su compromiso con la vida de todo ser humano y toda la creación.


Él nos descubrió el valor trascendente, para más allá de la muerte, de todo valor inmanente practicado en este mundo: "venid a tomar posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y me atendisteis, porque cuando lo hicisteis con los más necesitados conmigo lo hicisteis". (Mateo 25,31-46).


6.-La necesidad de la reparación, ya imposible en esta vida, de las injusticias cometidas con los oprimidos de la tierra a lo largo de la historia, es lo que movía al marxista Garraudy, (así como también a los postmarxistas Adorno y Horkheimer), a plantear lo que él llamaba el postulado de la resurrección, que enciende una luz de esperanza en nuestra mente, para mi como persona, para mis hermanos y hermanas, los hombres y mujeres de este mundo, y toda la creación, que también muchas veces sufre injustamente.


7.-Pero qué montajes tan antiantropológicos, y más anticristianos, ha hecho la iglesia católica en torno a la muerte con las llamadas honras fúnebres, con textos, músicas, ritos y costumbres llenos de tristeza, de lutos, etc., con diferentes categorías según la clase o rango social del fallecido.


Todavía quedan restos de estos planteamientos, cuando los obispos presiden los funerales de determinadas personas, o los celebran en lugares destacados como las catedrales. Vale más no recordarlo. ¿No somos todos iguales ante Dios, y en todo caso los preferidos deben ser los pobres, como lo fueron para Jesús?


La respuesta de Jesús a Lázaro y sus hermanas fue la respuesta del amigo al amigo: así debe ser la respuesta de todos los seres humanos unos a otros.


Por tanto, como seguidores de Jesús, no hagamos funerales en las iglesias para celebrar la muerte, sino la vida. Vayamos a celebrar la vida, la vida verdadera, la plenitud del hermano que ya vive para siempre, que está en la felicidad de Dios, porque la vida, como un río, tiene dos orillas: una aquí y otra allí, la que dura para siempre, y ya no acaba nunca. El puente para cruzar de una orilla a la otra lo construimos a diario con el amor, la fraternidad, la justicia, la solidaridad, la esperanza..., que a lo largo de la vida vamos sembrando en nosotros, en los demás y en la creación para hacer la vida más digna a todo ser humano y a toda la creación.


¡Cuánto duele ver a muchos jóvenes despreciar y maltratar su propia vida y la de los demás con el alcohol, las drogas, la comida basura, las diversiones peligrosas, la delincuencia! ¿Falla la familia? ¿Falla la educación? ¿Falla la sociedad de consumo que solo piensa en el negocio sin más a costa del propio ser humano? Cuidemos la vida de todos y de toda la creación.

Faustino Vilabrille





El Papa, Obama y el confesionario



Javier Montes sj

Obama, el presidente del país más poderoso del mundo, está acostumbrado a recibir visitas, que le adulen, que le pidan favores y le hagan todo tipo de reverencias. Pero el jueves pasado era él quien iba a visitar al Papa Francisco al Vaticano, y era él quien se deshacía en elogios llegando a decir “que todo el mundo debe escuchar al Papa”.


Solo tres días después se hacía viral esta foto de Francisco arrodillado en un confesionario. Todos sabemos que los papas se confiesan, pero nunca habíamos visto a ninguno haciéndolo. Cuando en la famosa entrevista de La Civiltà Cattolica le preguntaban quién era Bergoglio, su respuesta, tan simple como directa, fue “soy un pecador”.


Armando Rubén Puente, uno de los biógrafos de Bergoglio, cuenta que tras ser provincial pasó por una fuerte crisis interior porque se veía incapaz de perdonar a quienes le habían herido. Y fue precisamente sentado confesando en la iglesia de los jesuitas en Córdoba, contemplando a Dios perdonando, como experimentó la misericordia de la que ahora no deja de hablar.


Tenemos un Papa que no vive aislado en un palacio, que se muestra cercano a la gente sencilla, que admite que peca y se equivoca. Hay quienes piensan que así pierde autoridad y traiciona su papel de Sumo Pontífice. Para otros todo lo contrario, y la verdad es que cada vez más gente está pendiente de lo que hace y su autoridad crece. Y no a pesar de que se muestre imperfecto y vulnerable, sino precisamente por eso.




 El Papa, Obama y el confesionario
Javier Montes sj





Carta para Francisco
José Ignacio González Faus,

fausJosé Ignacio González Faus vuelve a escribir una carta al papa. Pero esta vez me gusta más porque propone algo muy factible y que tendría un gran simbolismo cristiana: vender tesoro de los que acumula la Iglesia para aliviar el hambre de tantas personas en el mundo y en España. Cumplir con lo que se dice ya en el Antiguo Testamento: disponer o enajenar de los bienes dedicados al culto para el verdadero culto a Dios, atender a los más necesitados. Esto lo exigían los Santos Padres y hasta Juan Pablo II en la SRS-Solicitudo Rei Socialis.

Querido hermano Francisco, obispo de la iglesia que debe “presidir en el amor”: me digo que son demasiadas las cartas que se te escriben, que no puedes leerlas todas y que nuestra tarea hoy no debería ser dictarte lo que has de hacer, sino ayudarte en lo que has propuesto. Pero hay un punto que me parece muy importante, muy olvidado, urgente y relativamente fácil. Tiene además que ver con tu ilusión de “una iglesia pobre y para los pobres”. Y es el que me impulsa a ponerte estas líneas.

Todos hemos leído cómo David, ante el hambre ocasional de sus soldados consideró legítimo comer los panes de la proposición, y cómo Jesús aludió a ese episodio para justificar que sus discípulos quebrantasen el reposo del día santo. Ambos episodios vienen a decirnos que ante una verdadera necesidad humana, nada hay tan sagrado que resulte intocable, si puede remediarla. No sé si Juan Pablo II pensaba en esos episodios cuando escribió que “ante los casos de necesidad no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos de culto divino; al contrario, podría ser obligatorio enajenar esos bienes para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello” (SRS 31). Wojtila habla de obligación y, en las líneas anteriores, señalaba que esa es la enseñanza y la praxis de la iglesia primitiva.

Me pregunto si no hay un amplio sector eclesial que esgrime con furia determinados preceptos de la Iglesia, mientras que otros que no le gustan no los contradice ni los discute con argumentos, sino simplemente los olvida, los mete en el congelador o los envuelve con el plástico de un silencio absoluto. Temo que eso mismo hemos hecho con la enseñanza citada de la SRS: en momentos tan duros y tan trágicos como los actuales, para tantas gentes, no puedo menos de pensar en algunos “objetos preciosos de culto divino” de mi país: la custodia de la catedral de Toledo, las joyas de la corona de la Virgen del Pilar, la Sagrada Familia de Barcelona, el cáliz de la cena de Valencia (que además tiene mínimas posibilidades de ser auténtico) y otros que yo desconozco ¿no deberían haber sido “enajenados” hace tiempo, para ver cómo pueden remediar el hambre y las lágrimas de tanta gente sencilla que son los verdaderos paganos de nuestra crisis económica? Todas esas riquezas no le dan ningún culto a Dios; en cambio, ponerlas al servicio de las víctimas de nuestra crisis sería un gran acto de culto divino, con tal que no se haga alocada y precipitadamente, sino estudiando el modo de que resulten lo más eficaces posible.

Temo que los católicos de mi país seamos responsables de un pecado grave en este punto y me duele que ninguna voz autorizada de la iglesia española se haya levantado para evitarlo. Cuento con que decirte esto me puede costar más de dos bofetadas porque herirá sentimientos patrióticos. No deseo herirlos; pero pienso que el Reino de Dios es nuestra patria más verdadera, mucho más que todos nuestros localismos fatuos. Y esa enajenación de los objetos del culto divino pertenece al reino de Dios; mientras que negarse a ella sólo obedece a orgullos o miedos demasiado humanos.

Sé que hay mucha gente sincera dispuesta a seguirte y ayudarte por la autoridad que te has ganado en estos meses. Y que una palabra o indicación tuya en este sentido podría ser un gran acto de culto divino válido, para toda la Iglesia. Perdóname si por ello te doy la lata.

José Ignacio Glez. Faus





CREO EN EL DIOS DEL PAPA FRANCISCO
Escrito por  Marco Antonio Velásquez Uribe

La jerarquía de la Iglesia lleva en sus espaldas la gigantesca y necesaria tarea de mediar entre el cielo y la tierra para traer a Dios a los hombres y mujeres, así como llevarlos a Dios. Una tarea que se ha complejizado en medio de un cambio de época que sorprende al clero con seguidores menos fieles, más exigentes, más instruidos y más estrictos con la propia libertad.

Consecuentemente, mientras la cultura galopa a ritmo desenfrenado, la iglesia institucional multiplica temores y resistencias que acentúan la brecha de incomprensión con el mundo, abriendo un abismo de grandes proporciones. Ello configura la crisis de la iglesia y de otras iglesias, y explica el avance de la increencia, el abandono de la fe materna y la privatización de la fe. Paradojalmente, la sed y hambre de Dios crecen como nunca.

En medio de un panorama tan desolador como el descrito, y ante los ojos del universo entero, el mundo católico vive una primavera sin igual, gracias al ejemplo cautivador del papa Francisco, que con un testimonio genuinamente cristiano se ha convertido en un verdadero fenómeno mediático. Francisco, con su estilo de vida y con su paternidad, ha dejado al descubierto la catolicidad de la sencillez del Evangelio, donde la bondad, la misericordia, la acogida y la predilección por los pobres consiguen mostrar la universalidad de lo simple, lo sencillo y del servicio. Paralelamente, y sin buscarlo, desentraña por contraste el absurdo de la ostentación, del poder, de la severidad, de los privilegios, de la acumulación y de otras vanidades, que vistos en la vida de los pastores provocan la nausea del Pueblo de Dios.

Curiosamente el empeño histórico de la Iglesia ha sido la sacralización de la jerarquía, mientras el testimonio del papa Francisco revela que la humanización de los pastores es lo que conmueve al Pueblo Santo. Mientras lo primero es una cripto-herejía; lo segundo evidencia la confianza de Dios en la potencialidad transformadora de la acción humana de todos los hombres y mujeres.

Quienes quieran ver en los frutos de la acción del papa Francisco una reversión de la profundidad de la crisis eclesial equivocan sus anhelos. El testimonio del papa hoy muestra un camino, y las esperanzas que despierta son eso, esperanzas.

El mundo y las comunidades eclesiales observan con preocupación la soledad del papa en su afán transformador de la Iglesia. En muchas iglesias locales persiste la exhibición escandalosa de las vanidades de cierto clero, y qué decir de algunos obispos y cardenales, que rodeados de potestades medievales continúan haciendo uso de un poder, en algunos casos despótico, que se vuelca contra los pecadores y pecadoras empedernidos, así como también con inusitada inmisericordia contra su propio clero.

Y qué decir de esa oposición silenciosa que, no sólo en Roma, trabaja tras bambalinas para desactivar tanta misericordia con los "pobres, viudas y huérfanos" desamparados de la Iglesia. Son los "planes del soberbio corazón" (Lc 1, 51b) que se reagrupan a la espera de un nuevo cónclave; mientas el papa Francisco sigue multiplicando esperanza y consuelo por el mundo.

Mientras tanto, yo creo en el Dios del papa Francisco y reniego de ese dios mezquino y castigador que muestran aquellos otros.


Marco Antonio Velásquez Uribe
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