jueves, 10 de abril de 2014

NADA LO PUDO DETENER - José Antonio Pagola

NADA LO PUDO DETENER - José Antonio Pagola

La ejecución del Bautista no fue algo casual. Según una idea muy extendida en el pueblo judío, el destino que espera al profeta es la incomprensión, el rechazo y, en muchos casos, la muerte. Probablemente, Jesús contó desde muy pronto con la posibilidad de un final violento.

Jesús no fue un suicida ni buscaba el martirio. Nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a combatirlo en la enfermedad, las injusticias, la marginación o la desesperanza. Vivió entregado a “buscar el reino de Dios y su justicia”: ese mundo más digno y dichoso para todos, que busca su Padre.

Si acepta la persecución y el martirio es por fidelidad a ese proyecto de Dios que no quiere ver sufrir a sus hijos e hijas. Por eso, no corre hacia la muerte, pero tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas, tampoco modifica ni suaviza su mensaje.

Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre.

Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió anunciando con claridad su mensaje. Se atrevió a difundirlo no solo en las aldeas retiradas de Galilea, sino en el entorno peligroso del templo. Nada lo detuvo.

Morirá fiel al Dios en el que ha confiado siempre. Seguirá acogiendo a todos, incluso a pecadores e indeseables. Si terminan rechazándolo, morirá como un “excluido” pero con su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye a nadie de su perdón.

Seguirá buscando el reino de Dios y su justicia, identificándose con los más pobres y despreciados. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá como el más pobre y despreciado, pero con su muerte sellará para siempre su fe en un Dios que quiere la salvación del ser humano de todo lo que lo esclaviza.

Los seguidores de Jesús descubrimos el Misterio último de la realidad, encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero no es posible burlarse de él. En él confiamos los cristianos. Nada lo detendrá en su empeño de salvar a sus hijos.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde el amor del Crucificado.  Pásalo.
13 de abril de 2014
Domingo de Ramos (A)
Mateo 26,14-27,66


SIN ESO QUE SE ESTILA
Escrito por  Florentino Ulibarri

Sin trompetas ni tambores;
solo con el grito de los pobres
despertarán nuestros corazones.

Sin ritos ni disfraces;
solo si atraen y sirven a la gente
te agradarán nuestras celebraciones.

Sin rúbricas ni sacerdotes;
solo reconociéndonos hijos del mismo Padre
la eucaristía será signo inconfundible.

Sin apoyos ni medios materiales;
solo poniendo en común nuestra mochila
superaremos las dificultades.

Sin poder ni ostentación;
solo acompañados por el pueblo pobre
cantaremos en tu honor.

Sin promesas ni penitencias
solo yendo a la colina de enfrente
participaremos en tu banquete.

Sin marcas ni disfraces:
solo con ramos de olivo
nos quieres en tu séquito.

Sin triunfalismos ni quejas;
solo siguiendo tus huellas
llegaremos a tu Pascua y meta.

Sin normas ni leyes que nos lo recuerden;
solo viviendo la Pascua como encuentro
sanaremos, con tu roce, espíritu y cuerpo

Florentino Ulibarri



LA VIDA DE JESÚS SE MANIFIESTA EN EL DON TOTAL
Escrito por  Fray Marcos
Mt 21, 1-11

Es muy difícil precisar el sentido exacto que pudo dar Jesús a la entrada en Jerusalén de ese modo tan peculiar. Seguramente no coincidió con la interpretación que le dieron sus discípulos y la gente que le seguía. Cuando se fijaron por escrito estos relatos, ya habían pasado cuarenta o cincuenta años, y sus seguidores habían cambiado radicalmente la comprensión de Jesús. En estos textos se han mezclado datos históricos, prejuicios sobre el Mesías y tradiciones del AT sobre otra clase de mesianismo que no era el oficial.

Con los datos que hoy tenemos no podemos pensar en una entrada "triunfal". Si era política, no lo hubiera permitido el poder romano. Si era religiosa, no lo hubiera permitido el poder religioso. Ambos tenían medios más que suficientes para actuar contra una manifestación masiva. Mucho más en Pascua, que era momento de máxima alerta policial. No cabe duda de que algo pasó históricamente, pero no debemos imaginarlo como una manifestación espectacular, sino como un acto profético.

Seguramente se trató de una muestra de adhesión por parte del pequeño grupo que venía a la fiesta acompañando a Jesús, a los que posiblemente se unieron otros que venían de Judea y Galilea. Recordemos que la subida a la fiesta de Pascua se hacía siempre en grupos numerosos y festivos, en los que se manifestaba el júbilo por acercarse a la ciudad santa y al Templo. Los gritos son intentos de dar una explicación a lo que estaba ocurriendo. Lo mismo los mantos y ramos expresan la actitud de los que seguían a Jesús.

La inmensa mayoría del pueblo estuvo siempre del lado de los jefes religiosos y políticos. Estos son los que piden la muerte de Jesús. No tiene mucho sentido insistir en que el mismo pueblo que lo aclama hoy como Rey, pida el viernes su crucifixión.

Tampoco podemos minimizar el número de los seguidores de Jesús. Los evangelios nos dicen que en varias ocasiones los dirigentes no se atrevieron a detenerle en público, precisamente por el gran número de los seguidores. También el hecho de que lo detuvieran de noche, en despoblado y con la ayuda de un traidor, indica que los dirigentes tenían miedo.

La Pasión y muerte de Jesús
Mt 26,14-27,66

Pocos aspectos de la vida de Jesús han sido tan manipulados como su muerte. Llegar a pensar que a Dios le encanta el sufrimiento humano y que por lo tanto no solo hay que aceptarlo, sino buscarlo voluntariamente, ha sido tal vez la mayor tergiversación del Dios de Jesús.

Desde esta perspectiva, es lógico que se pensara en un Dios que exige la muerte de su propio hijo para poder perdonar los pecados de los seres humanos. Esta idea es lo más contrario a la predicación de Jesús sobre Dios que pudiéramos imaginar.

1º La muerte de Jesús no fue ni exigida, ni programada, ni permitida por Dios. El Dios de Jesús no necesita sangre para poder perdonarnos. Seguir hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos libre de nuestros pecados, es la negación más rotunda del Dios de Jesús. Esa manera de explicar el sentido de la muerte de Jesús no nos sirve hoy de nada, es más, nos mete en un callejón sin salida. La muerte de Jesús, desvinculada de su predicación y de su vida no tiene el más mínimo valor o significado.

2º La muerte en la cruz no fue el paso obligado para llegar a la gloria. El domingo pasado veíamos que la muerte biológica no quita ni añade nada a la verdadera Vida. Con vida plena puede uno estar muerto, y en la misma muerte biológica puede haber plenitud de Vida.

Jesús murió por ser fiel a la idea de Dios como Padre, como amor incondicional a los hombres. Jesús quiso dejar claro, que seguir amando como Dios ama, es más importante que conservar la vida biológica.

No murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que ya nos ama, con un amor incondicional.

A Jesús le mataron porque estorbaba a todos aquellos que habían hecho de Dios y de la religión un instrumento de dominio y opresión de los más débiles. La muerte de Jesús no se puede separar de su profetismo, es decir, de su denuncia de la injusticia, sobre todo la que se ejercía en nombre de la Ley y el templo. Su opción por los pobres y excluidos fue su mensaje fundamental. Esta actitud, defendida en nombre de Dios, resultó inaguantable para los que sólo buscaban su interés y mantener sus privilegios.

Al demostrar que para él el amor era más importante que la vida, Jesús nos enseña el camino hacia la Vida definitiva, que no es afectada por la muerte biológica. Ese camino nos lleva a la plenitud humana, que no está en asegurar nuestro "ego", ni aquí ni en un más allá, sino en alcanzar la plenitud del amor que nos identifica con Dios. Amando como Dios ama potenciamos nuestro verdadero ser y lo llevamos al máximo de sus posibilidades.

La muerte de Jesús nos obliga a dar un paso de gigante en la verdadera comprensión de Dios y del hombre. Tenemos que descubrir la presencia de ese Dios en nuestras limitaciones, en nuestro sufrimiento, en nuestra misma muerte.

Con el evangelio en la mano, no podemos seguir buscando nuestra plenitud en el triunfo y en la gloria personal. Ese es el paso que, después de veinte siglos, nos cuesta tanto dar. La mejor prueba de esta incomprensión es que nos seguimos preguntando: ¿Por qué tanto sufrimiento, tanto dolor y tanta muerte inútil en el mundo? ¿Dónde está el Dios Padre?

Seguimos pensando que el dolor y la muerte son incompatibles con la presencia de Dios. Un Dios que no dé seguridades a nuestro yo, no nos interesa. Un Dios que no nos garantice la permanencia del yo individual y egoísta no satisface nuestras apetencias.

La muerte de Jesús nos parte en dos. Una parte de nosotros está con los dirigentes y no quiere saber nada del sufrimiento, del dolor y de la muerte, porque nuestro primer objetivo es asegurar nuestra individualidad egoísta. "No quiero cantar ni puedo..."

Otra parte de nosotros se siente atraída por ese hombre que viene a manifestar la verdadera Vida y que en ese camino hacia la plenitud, no da ninguna importancia a la vida terrena, y por tanto a la misma muerte. En el fondo de nosotros mismos, algo nos dice que Jesús tiene razón, que el único camino hacia la Vida es aceptar la muerte. Pero despegarnos de nuestro "yo" sigue siendo una meta inalcanzable para la mayoría de los mortales.

Sin embargo, entender la muerte de Jesús es el primer paso para entender nuestro propio dolor y nuestra propia muerte. Si descubrimos que Jesús llegó al grado máximo de humanidad cuando fue capaz de amar por encima de la muerte, descubriremos dónde está para nosotros también la verdadera Vida.

El secreto está en descubrir que no puede haber Vida si no se acepta la muerte. También la muerte física, pero sobre todo la muerte a nuestro "ego" individualista y excluyente. Jesús nos enseña que estamos aquí para deshacernos de todo lo que hay en nosotros de terreno, de caduco, de material, para que lo que hay de Divino se manifieste en Unidad-Amor.

A través de discursos racionales, por muy brillantes que estos sean, nunca podremos entender el mensaje de Jesús. Solamente profundizando en lo más hondo de mí mismo, llegaré a comprender el sentido profundamente humano de mi existencia.

Lo paradójico es que cuando descubra mi verdadera humanidad, entenderé lo que tengo de divino y se producirá la unidad de todo mi ser. En la recuperación de la unidad de lo que creía un dualismo maniqueo, encontraré la verdadera armonía y felicidad.

Meditación-contemplación

Escucha la Pasión, pero ve más allá del relato.
Intenta descubrir el sentido profundo del mensaje.
Deja que te empape el misterio de la VIDA, manifestado en Jesús.
Su muerte es el signo inequívoco del amor absoluto.
..................

El valor de esa VIDA se manifiesta en que la muerte no puede con ella.
La VIDA es más fuerte que la muerte en Jesús y en todo el que la viva.
La VIDA está ya en ti, pero puede que no la hayas descubierto.
Aprovecha estos días para ahondar en tu propio pozo y descubrirla.
..................

La VIDA de la que hablamos, es una realidad absoluta.
Es Dios mismo desplegándose desde tu mismo CENTRO.
No está en ti como algo añadido, material y estático,
sino como ESPÍRITU, fuerza que todo lo transforma.
................................

Fray Marcos




LA PASIÓN SEGÚN EL EVANGELIO DE MATEO
Escrito por  José Luís Sicre

Lo que ofrezco a continuación:
No es un comentario piadoso, al estilo de la Pasión según san Mateo de Juan Sebastián Bach, donde el coro y los solistas van intercalando sus afectos y sentimientos en el texto evangélico. Los evangelios no están escritos con ese espíritu, sino con enorme sobriedad. Aunque es exagerada la idea de que el relato de la Pasión parece escrito por un enemigo de Jesús, en ningún momento pretenden los evangelios fomentar el sentimentalismo.

Tampoco es un comentario exclusivamente histórico, que intenta reconstruir lo ocurrido a partir de los cuatro evangelistas. Como ocurre en otros momentos de la vida pública, los evangelios no coinciden en todos los detalles de la pasión.

Concretamente, el evangelio de Mateo no cuenta tres episodios conocidos por Lucas:
Jesús ante Herodes (Lc 23,6-12);
Jesús y las mujeres de Jerusalén (Lc 23,27-31);
la actitud de los dos ladrones (Lc 23,39-43).
Por su parte, Mateo contiene tres episodios que no aparecen en Marcos y Lucas:
anuncio previo de la crucifixión (26,1-2);
final de Judas (27,3-10);
los guardias en la tumba (27,62-66).
Además, incluso cuando coinciden, se advierten también notables diferencias entre los evangelios.
Por ejemplo, ninguno de los evangelios contiene las "siete palabras" de Jesús en la cruz.
• Marcos y Mateo sólo refieren una:
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15,34; Mt 27,46).
• Lucas recoge tres:
"Padre, perdónalos..." (Lc 23,34);
"Hoy estarás conmigo en el paraíso" (23,43);
"Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46).
• Juan, otras tres:
"Mujer, ése es tu hijo... ésa es tu madre" (Jn 19,26);
"Tengo sed" (19,28);
"Todo está terminado" (19,30).

Esto demuestra que los evangelistas no han querido reproducir fielmente lo ocurrido en la cruz, sino presentar cada uno su punto de vista y su manera de interpretar el sentido de la muerte de Jesús y su actitud última.

Finalmente, no es un comentario exhaustivo. Me detendré sólo en las escenas principales, omitiendo algunas.

El relato de Mateo podemos dividirlo en siete secciones, tomando básicamente como punto de partida los lugares donde se sitúan las diversas escenas.
1) Preámbulos.
2) La Pascua.
3) En el monte de los Olivos.
4) En casa de Caifás.
5) Ante Pilato.
6) En el Gólgota.
7) El sepulcro.

I. LOS PREÁMBULOS (26,1-16)
Este primer apartado lo forman cuatro breves episodios:
Jesús anuncia su crucifixión (26,1-2);
complot de las autoridades para matarlo (26,3-5);
la unción de Betania (26,6-13);
Judas trata con las autoridades (26,14-16).
Mateo sigue básicamente a Marcos, pero con dos cambios importantes. Añade el primer episodio y enfoca de modo especial el último.

Conciencia de Jesús de que va a la pasión
En Marcos, el relato comienza con la confabulación de las autoridades para matar a Jesús. Sin embargo, Mateo introduce unas palabras del Señor que demuestran su conocimiento de lo que va a ocurrir. Este detalle es fundamental para comprender el sentido de la pasión y muerte de Jesús. No se trata de algo que a Jesús le ocurre sin darse cuenta. Es consciente de lo que va a pasar. Ya lo había anunciado a lo largo de su vida. Ahora lo afirma una vez más, cuando están cerca los acontecimientos.

Al mismo tiempo, estas palabras suponen en Jesús una decisión de aceptar su destino. En casos normales, cualquier persona que sabe que le va a ocurrir una desgracia hace lo posible por evitarla. Jesús, no. Se limita a constatarla. Curiosamente, las palabras que Mateo le pone en la boca no hablan de resurrección ni descienden a detalles. Se centran en lo esencial: la muerte de cruz.

Traición de Judas
El cuarto episodio, Judas vende a Jesús (26,14-16), adquiere matices muy importantes en Mateo. Según Marcos, Judas acude a los sumos sacerdotes para entregarlo, pero no pide una recompensa por ello; son los sacerdotes quienes se ofrecen a darle dinero. En Mateo, Judas busca desde el comienzo una recompensa, que los sacerdotes fijan en treinta monedas.

¿Por qué ofrece Mateo estos matices? Creo que por dos motivos. El primero, muy de acuerdo con la mentalidad profética que advertimos en su evangelio, para denunciar la corrupción que provoca el afán de riqueza. Numerosos textos proféticos dejan clara la validez de la frase de Quevedo: "poderoso caballero es don Dinero". Toda la gente se vende a su poder. Y son muchas las víctimas de la ambición. A esa larga lista se añade ahora Jesús. La parábola del sembrador decía que "el afán de dinero ahoga la palabra de Dios y queda estéril". Ahora nos encontramos con que no sólo ahoga la palabra de Dios, sino que la mata.

Pero, junto a esto, Mateo ha querido ver en este episodio un nuevo cumplimiento de algo anunciado en el Antiguo Testamento. Este detalla está muy relacionado con el episodio de la muerte de Judas.

II. CELEBRACIÓN DE LA PASCUA (26,17-29)
La segunda sección consta de tres episodios:
los preparativos de la Pascua (26,17-19),
el anuncio de la traición de Judas (26,20-25)
y la institución de la Eucaristía (26,26-29).

III. EN EL MONTE DE LOS OLIVOS (26,30-56)
Tres episodios principales constituyen esta sección:
el anuncio de la traición de los discípulos y la negación de Pedro (vv.31-35),
la oración del huerto (vv.36-46),
el arresto de Jesús (vv.47-56).

En el segundo episodio (la oración del huerto), Mateo sigue a Marcos con cambios muy pequeños. En ninguno de estos dos relatos aparece el sudor de sangre ni el ángel consolándolo, que son exclusivos de Lucas. El relato no pretende sólo contar lo ocurrido, sino que es también de gran valor pedagógico para los cristianos.

En el conjunto del evangelio, donde raras veces se habla de los sentimientos de Jesús, llama la atención la insistencia del relato en este aspecto. Es el único momento en que se dice que Jesús se llena de tristeza y angustia, y que él mismo lo reconoce.

En este momento, no huye física ni psicológicamente, sino que se refugia en la oración. Marcos dice que oró en tres ocasiones, interrumpidas por el diálogo con Pedro, pero sólo en el primer caso pone palabras en boca de Jesús. Mateo nos indica el contenido de los dos primeros momentos.

En el primer rato de oración, las palabras de Jesús son: "Padre, si es posible, que se aleje de mí este trago. Sin embargo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú".

En el segundo, las palabras son: "Padre mío, si no es posible que yo deje de pasarlo, hágase tu voluntad".

Hay una diferencia importante de matiz. En el primer caso, parece que Jesús todavía entrevé la posibilidad de verse libre de la muerte: "si es posible". En el segundo, parece más consciente de que no cabe otra solución: "Si no es posible..."

Y, en ambos momentos, lo que domina todo es la aceptación de la voluntad de Dios: "no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú", "hágase tu voluntad". Esta actitud de Jesús empalma perfectamente con lo que enseña en la tercera petición del Padrenuestro, no en un contexto genérico, sino en unas circunstancias concretas y muy difíciles.

Indudablemente, los evangelistas han querido reflejar en esta oración de Jesús la actitud que debemos tener en los momentos difíciles de nuestra vida y ayudan a comprender las palabras del Sermón del Monte sobre la oración.

Allí se dice: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y os abrirán ... Pues si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros niños, cuanto más vuestro Padre del cielo se las dará a los que se las pidas".

Estas palabras, mal interpretadas, pueden llevar a pensar que Dios tiene que darnos todo lo bueno que le pidamos, y nosotros decidimos lo que es bueno. La oración de Jesús en el huerto nos enseña a descubrir algo bueno detrás de algo aparentemente absurdo como el sufrimiento y la muerte.

En el fondo de todo esto queda un misterio incomprensible: el de la voluntad de Dios, que no encaja fácilmente con nuestros gustos, ni siquiera con los de Jesús. Esto puede llevarnos a la idea de un Dios cruel, que se complace en el sufrimiento y la muerte de Jesús. La verdad es muy distinta. No se trata de que a Dios le complazca el sufrimiento y la muerte de Jesús, sino que Jesús debe identificarse plenamente con nuestro destino.

El sufrimiento y la muerte son hechos inevitables en nuestra vida. Todos, en mayor o menor medida, sufrimos. Y todos tenemos que pasar por el trago de la muerte. En estas circunstancias, si Jesús no hubiese pasado la misma experiencia, nunca podría habernos comprendido plenamente, y nunca nos sentiríamos identificados con él. En este sentido es necesaria la muerte de Jesús, y sólo en este sentido la quiere Dios.

Palabras contra la violencia
El tercer episodio (arresto de Jesús) también sigue de cerca a Marcos, excepto en los versos 52-54, que son exclusivos de Mateo. La escena es conocida. Se presenta Judas con los guardias enviados por los sacerdotes y senadores, da la contraseña, el beso (al que Jesús responde en Mateo con unas palabras ambiguas; nada en Marcos; claro reproche en Lucas: "con un beso entregas al Hijo del Hombre), lo prenden, y uno de los que están con Jesús hiere con su espada al siervo del sumo sacerdote cortándole la oreja.

Aquí es donde Mateo introduce sus versos propios, que son una instrucción a los discípulos sobre la violencia, pero de una violencia muy peculiar, la que se ejerce para defender a Jesús. En primer lugar, la denuncia como muy peligrosa humanamente: "el que a espada mata, a espada muere". Además, en este caso, el recurso a la violencia impediría el cumplimiento de las Escrituras.

Es curioso que esta instrucción sólo se encuentre en el evangelio de Mateo; probablemente indica que era un problema candente en su comunidad. Frente a los ataques y críticas de los judíos, algunos podían sentirse animados a usar la violencia para defender "los derechos" de Jesús. Ni siquiera en este caso, que puede parecer tan justificado, es lícito el uso de la violencia.

IV. EN CASA DE CAIFÁS (26,57-75)
Dos episodios forman esta sección: el juicio ante el Sanedrín y las negaciones de Pedro.

El Sanedrín
Antes de entrar en el juicio diré algo a propósito del Sanedrín. En tiempos de Jesús estaba formado por tres grupos:
• los ancianos (que representaban la aristocracia laica),
• los sumos sacerdotes (antiguos sumos sacerdotes y sus familias) y
• los escribas (pertenecientes la mayoría de las veces al partido fariseo).

Su número de miembros era 71. Su autoridad en tiempos de Jesús estaba limitada a los once distritos de Judea propiamente dicha.

Competencias.
El Sanedrín era el foro competente para tomar decisiones judiciales y medidas administrativas de todo orden, excepto lo que fuera competencia de los tribunales inferiores o estuviera reservado al gobernador romano. El Sanedrín era ante todo el tribunal competente para decidir en última instancia sobre cuestiones relacionadas con la ley judía. En los casos en los que los tribunales inferiores no llegaban a un acuerdo, las personas afectadas podían acudir al Sanedrín de Jerusalén.

A pesar del dominio romano, el Sanedrín conservaba un grado notable de independencia. No sólo ejercía la jurisprudencia civil conforme a la ley judía, sino que participaba también en grado notable en la administración de la justicia criminal. Contaba con una fuerza independiente de policía y consecuentemente con el derecho a practicar detenciones. Podía juzgar así mismo casos no capitales.

Es objeto de debate si era competente para ordenar la ejecución de sentencias capitales prescritas por la ley judía sin que fueran confirmadas sus sentencias por el gobernador romano. La más seria restricción que sobre él pesaba consistía en que en determinados momentos podían tomar la iniciativa las autoridades romanas y actuar independientemente.

Las sesiones.
Los días festivos no había sesión, y mucho menos en sábado. Dado que en los casos criminales no podía dictarse sentencia hasta el día siguiente al del juicio, tales casos no se juzgaban en víspera de sábado o de día festivo. No es posible determinar que todos estos detalles de la Misná se remonten a tiempos de Jesús. Los juicios sólo podían celebrarse durante las horas del día (por consiguiente, la de Jesús debió de ser una investigación preliminar).

Los miembros se sentaban en semicírculo. Delante de ellos se situaban los dos secretarios del tribunal, uno a la derecha y otro a la izquierda. Frente a los jueces había tres filas de estudiantes. El acusado debía adoptar una postura humilde, llevar el cabello suelto y vestir ropas de color negro.

En casos que pudieran implicar la pena de muerte estaban prescritas formas especiales. Se debía iniciar la vista con el argumento de la defensa, al que seguía el alegato de la acusación. Nadie que hubiera hablado a favor del acusado podía pronunciarse luego en su contra, pero lo contrario estaba permitido. Los estudiantes podían hablar a favor, pero no en contra del acusado.

Las sentencias absolutorias debían pronunciarse el mismo día en que se celebraba el juicio, pero las condenatorias tenían que diferirse hasta el día siguiente. Los votos empezaban por el miembro más joven del tribunal, mientras que en algunos casos que no implicaban la pena de muerte, la norma era que la votación empezara por el miembro más experimentado.

La mayoría simple era suficiente para una sentencia absolutoria; para una sentencia condenatoria se requería una mayoría de dos por lo menos. Cuando doce votaban en favor y once en contra, el acusado quedaba libre. Doce en contra y once a favor, había que aumentar el número de jueces en dos más, hasta que se llegaba al número de votos necesarios para la absolución o la condena. El máximo de jueces al que podía llegarse era de 71.

Juicio de Jesús
El primer episodio comienza con dos noticias muy breves. La primera sobre Jesús, que es llevado a casa de Caifás (v.57), y la segunda sobre Pedro, que lo sigue (v.58). Luego se pasa directamente al juicio.

El relato del juicio podemos dividirlo en dos partes. En la primera, se presentan numerosos testigos falsos cuyo testimonio no sirve para nada y deja el problema sin resolver. En la segunda, toma la palabra el sumo sacerdote y es él quien interroga y acusa, llegándose a la condena a muerte de todo el Sanedrín.

La primera parte supone un esfuerzo descarado por condenar a Jesús a base de acusaciones falsas que no se concretan, hasta que dos testigos declaran: "Este ha dicho que puede derribar el santuario de Dios y reconstruirlo en tres días".

Es posible que estas palabras u otras parecidas fuesen pronunciadas por Jesús en algún momento de su vida; curiosamente, reaparecen en la cruz (Mt 27,39-40), y Juan también las trae, aunque en sentido alegórico (Jn 2,19).

Para una persona normal, estas palabras sólo servirían para acusar a Jesús de loco. Sin embargo, el tribunal "espiritual" podía ver aquí algo más grave que la locura: la pretensión de atribuirse una autoridad y un poder divinos, como de hecho hará Caifás (en la formulación de Marcos, la acusación resulta más clara y grave: "Puedo destruir este santuario construido por manos humanas y en tres días edificar otro no hecho por manos humanas").

En medio de estas acusaciones, Mateo pone de relieve el silencio de Jesús, incluso cuando Caifás le invita a defenderse. De nuevo se hace presente la imagen del Siervo de Yahvé que, "como oveja llevada al matadero, enmudecía y no abría la boca" (Is 53).

Entonces toma las riendas del juicio Caifás. Su pregunta está cargada de matices políticos, y para comprenderla a fondo debemos recordar algo de este personaje. Un judío de este siglo, Josef Klausner, dice así:

"El hecho de que fuera sumo sacerdote durante cerca de dieciocho años, mientras que sus predecesores, en tiempos de Grato, no habían estado en funciones más de un año, prueba que era un hábil diplomático y conocía bien la manera de manejar tanto al pueblo como al gobernador romano. Un hombre así temía sin duda a un nuevo "Mesías", pues los saduceos en general no tenían simpatía por las ideas mesiánicas a causa de su influencia perturbadora y del peligro que entrañaban para el orden público".

La pregunta de Caifás la introduce Mateo de forma muy solemne: "Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".

Nosotros podemos darle especial importancia al segundo título: "Hijo de Dios", pero éste no es más que una simple explicitación del primero: "el Mesías", igual que en tiempos antiguos se aplicaba al rey el título de "hijo de Dios".

La respuesta de Jesús es más ambigua de lo que puede parecer en la traducción de la Nueva Biblia Española. Mientras Marcos pone en boca de Jesús las palabras: "Yo soy", Mateo escribe: "Tú lo has dicho". Y cuando Jesús sigue hablando sobre el Hijo del Hombre, lo hace en tercera persona, sin identificarse expresamente con este personaje.

Sin embargo, Caifás capta o quiere captar la intención profunda de las palabras de Jesús y lo acusa de blasfemo. Según Bonnard, "hay que reconocer que, en el fondo, las pretensiones de Jesús eran blasfemas para los oídos judíos ortodoxos, tanto más que nada atestiguaba en su persona insignificante la dignidad mesiánica tal como se concebía entonces" (o.c., 582).

A la condena a muerte siguen las burlas. Es la primera de tres escenas centradas en este tema. Mientras Mateo no se detiene en describir los mayores sufrimientos físicos de Jesús (flagelación, crucifixión), si presta mucho interés a estas escenas burlescas: la primera después de la condena del Sanedrín, la segunda cuando Pilato lo condena a muerte, la tercera en la cruz.

Es posible que esta insistencia en el sufrimiento moral más que en el físico corresponda a la situación de los primeros cristianos, donde las persecuciones, insultos y burlas podían constituir un problema más real que el de los sufrimientos físicos.

Mateo, modificando a Marcos, da a entender que todos los miembros del Sanedrín participan en la burla, escupiéndole en la cara y golpeándolo. Y la burla está de acuerdo con el contexto. Si Jesús ha sido condenado por sus pretensiones mesiánicas, que haga de Mesías y adivine ahora quién le ha pegado.

Conviene hacer un alto para tratar brevemente tres cuestiones:
las irregularidades del proceso desde el punto de vista judicial,
las causas de la condena de Jesús y
el enfoque personal de Mateo.
1) Teniendo en cuenta lo dicho anteriormente sobre los procesos del Sanedrín se advierten numerosas irregularidades:
a) la sesión se celebra de noche;
b) no existe un abogado defensor;
c) la condena a muerte está decidida de antemano;
d) se dice que intervienen muchos falsos testigos;
e) la condena a muerte se emite sin esperar al día siguiente.

Algunos de estos problemas se resolverían considerando esta sesión nocturna como mera vista previa de la causa. La auténtica reunión habría tenido lugar por la mañana.

Y, si aceptamos que Jesús celebró su última cena el martes o miércoles, habría tiempo para un proceso regular, por lo que respecta al tiempo. Sin embargo, esto no resuelve el problema de los testigos falsos ni el de la justicia de la condena.
2) Las causas de la condena de Jesús.
Para una persona con afición a la historia es una pena que los evangelistas no hayan consignado esas muchas acusaciones que se formulaban contra Jesús. Aunque fuesen falsas, serían de enorme interés.

Tal como las presentan Marcos y Mateo parecen exclusivamente religiosas, mientras en Juan adquiere mucho relieve el matiz político (ver Jn 11,47-48: "Ese hombre realiza muchas señales; si dejamos que siga, todos van a creer en él y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación").

Sin embargo, el matiz político no está ausente en Marcos y Mateo, sino que adquiere un relieve especial en la pregunta de Caifás a Jesús sobre si él es el Mesías.

Probablemente, las autoridades judías veían en Jesús un individuo peligroso desde el punto de vista religioso y político al mismo tiempo, sin que podamos deslindar claramente ambos aspectos. De hecho, política y religión estaban más estrechamente unidas en Israel que en la actualidad.

3) El enfoque personal de Mateo.
Comparando el relato de Mateo con el de Marcos, se advierte que Mateo acentúa la culpabilidad de las autoridades judías en diversos momentos de la pasión. Indico esos detalles, anticipando algunos episodios:
1) Marcos dice que en el Sanedrín buscaba un "testimonio" contra Jesús; Mateo añade que buscaba "un testimonio falso"; en Mateo, el tribunal está desde el comienzo en contra de Jesús.
2) Cuando llevan a Jesús ante Pilato, Marcos dice que las autoridades "prepararon su plan", y lo llevaron al prefecto romano; Mateo dice que "hicieron un plan para condenar a muerte a Jesús".
3) El episodio del suicidio de Judas, exclusivo de Mateo, también subraya el cinismo y culpabilidad de las autoridades judías, como veremos.
4) En el juicio ante Pilato, Mateo insiste en el deseo de los sacerdotes y senadores de matar a Jesús.
5) Al final de este mismo episodio, Mateo añade los vv.24-25, que acentúan la culpabilidad de los judíos en la muerte de Jesús.

Todos estos detalles confirman algo que hemos venido notando en el evangelio de Mateo: la tremenda polémica con los judíos. Al mismo tiempo, nos hace caer en la cuenta de que Mateo no es el testigo más imparcial a la hora de reconstruir la realidad histórica del proceso de Jesús.

Sin embargo, sin caer en la injusticia de condenar a los judíos como deicidas, tampoco debemos ser tan ingenuos como para considerar a Caifás y sus compañeros unos santos. Procesos injustos los ha habido en todos los países y épocas, saltándose las normas más elementales del derecho. Sería muy raro que no hubiese ocurrido algo semejante en el de Jesús, cuando la acusación que estaba por medio comprometía a toda la nación.

En cualquier caso, lo que los evangelistas pretenden subrayar es que la condena a muerte de Jesús fue absolutamente injusta. Y en esto debemos darles la razón, a no ser que pensemos que siempre, en cualquier momento, es preferible que muera uno por todo el pueblo.

V. JESÚS ANTE PILATO (27,1-31)
Esta larga sección está compuesta por cinco episodios:
1) Jesús llevado ante Pilato (27,1-2);
2) muerte de Judas (27,3-10);
3) interrogatorio ante Pilato (27,11-14);
4) Jesús y Barrabás (27,15-26);
5) burlas de los soldados (27,27-31).

De ellos, el de la muerte de Judas es exclusivo de Mateo.

Suicidio de Judas
La segunda escena (suicidio de Judas) es exclusiva de Mateo. El evangelista quiere subrayar cuatro cosas:
la inocencia de Jesús, reconocida por el mismo que lo traicionó (v.4);
la tragedia de Judas, que termina ahorcándose;
el cinismo de los sacerdotes, que no se andan con escrúpulos de condenar a un inocente y sí sobre la forma de emplear el dinero;

el cumplimiento de una profecía.
Desde un punto de vista histórico, resulta muy difícil admitir que esto ocurriese en el momento en que lo sitúa Mateo, cuando los sumos sacerdotes y senadores han llevado a Jesús ante Pilato. Sin embargo, desde un punto de vista literario, el episodio está muy bien situado: antes de que Pilato emita su veredicto, el testimonio de Judas podría haber bastado para salvar a Jesús. Pero las autoridades han tomado ya su decisión.

Por otra parte, la versión que ofrece Hechos 1,16-20 sobre la muerte de Judas difiere mucho de la de Mateo.

Interrogatorio ante Pilato
La escena ante Pilato (11-14) es muy breve. Una pregunta sencilla y directa, con una respuesta clara. Luego el silencio de Jesús, subrayado por dos veces (sólo una en Marcos), cuando lo acusan las autoridades y cuando lo interroga reiteradamente Pilato.

La escena resulta algo extraña, por el aparente deseo de Pilato de actuar con justicia y su paciencia con un reo que no ayuda nada a su absolución. Mateo ofrece más adelante la explicación de que Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia (v.18). Incluso en esta hipótesis, su actitud, en una persona como él, famosa por su injusticia, sólo se explicaría por el deseo de llevar la contraria a las autoridades, cosa nada extraña.

De todos modos, la perspectiva de Mateo será la de culpar a las autoridades judías haciendo caer sobre ellas toda la responsabilidad de lo sucedido.

Jesús o Barrabás
En esta misma perspectiva se mueve la escena cuarta, cuando hay que elegir entre Barrabás y Jesús. Mateo construye una escena más coherente.

Según Marcos, mientras se está tratando el juicio de Jesús aparece un grupo distinto pidiendo la liberación de un preso, y Pilato aprovecha la ocasión para intentar salvar a Jesús.

En Mateo, es el mismo Pilato quien se basa en esta costumbre para plantear la alternativa entre Barrabás y Jesús.

Como detalle propio de Mateo tenemos la misiva de la mujer de Pilato, que pone de manifiesto la revelación que tiene esta mujer pagana de la inocencia de Jesús, pero que no tendrá repercusión alguna en los sucesos posteriores.

Inmediatamente luego tenemos otros de esos detalles típicos de Mateo para culpar a las autoridades judías. Mientras en Marcos "los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que les entregara mejor a Barrabás", Mateo es mucho más duro: "los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente de que pidieran a Barrabás y que muriese Jesús".

Los famosos vv. 24-25, (Pilato se lava las manos, exclusivo de Mateo) vuelven a acentuar la culpabilidad de los judíos y son como una manera de firmar su condena para el año 70.

VI. EN EL CALVARIO (27,32-61)
Más que distintas escenas, que serían muy breves, tenemos aquí pinceladas rápidas que forman un cuadro. En el conjunto, son fundamentales las tres referencias a Jesús como Hijo de Dios.

Los que pasaban primero (39-40), las autoridades después (41-43) utilizan este título para burlarse de Jesús. Al final, el capitán romano y los soldados reconocen que "verdaderamente, este era el Hijo de Dios" (v.54).

Las burlas en la cruz
Y llegamos a un episodio fundamental, el de las burlas en la cruz. Mateo y Marcos quieren dejarnos la impresión de que todos, la gente que presencia el espectáculo, las autoridades, incluso los dos ladrones, se burlan de Jesús.

Pero el episodio de Mateo, con un brevísimo añadido ("si eres hijo de Dios"), podemos leerlo también como las últimas tentaciones de Jesús, paralelas a las del comienzo de su vida. Aquí no será Satanás quien lo tiente, sino gente normal y corriente.

La primera tentación procede de toda la gente que pasa por allí. Se basa en la pretensión de Jesús de destruir el templo y reconstruirlo en tres días, algo que toman a burla. Y concluyen: "Si eres Hijo de Dios, sálvate y baja de la cruz". Que se deje de palabras, y demuestre su poder con las obras.

La segunda procede de las autoridades judías: sumos sacerdotes, escribas y senadores. Supone un nuevo paso, porque parecen reconocer el poder de Jesús para salvar a otros. Pero se lo niegan para salvarse a sí mismo. "Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él".

La tercera tentación (exclusiva de Mateo) proviene de este mismo grupo y llega a lo más profundo: "¡Había puesto en Dios su confianza! Si de verdad lo quiere Dios, que lo salve ahora, ya que decía que es Hijo de Dios". Lo que se pone aquí en crisis no es el poder de Jesús, sino la simple pretensión de que Dios lo quiera. Esta tentación es la que puede llegar más honda y resultar más difícil de superar.

Ante estas nuevas tentaciones, Jesús no responde nada. No hay citas bíblicas, como al comienzo, con las que refutar las sugerencias del diablo.

La palabra de Jesús en la cruz
Parece como si en su alma ocurriese lo mismo que en el exterior. Una tiniebla profunda desde la hora sexta hasta la nona (desde la doce del mediodía hasta las tres de la tarde).

Y Jesús pronuncia entonces las palabras iniciales del Salmo 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" ¿Qué sentido tienen en su boca? Unos las mantienen como simple reflejo de la tragedia que Jesús experimenta en ese momento: la soledad y el abandono de Dios. Otros prefieren interpretar las cosas de forma menos dramática. Para ellos, Jesús no expresa su desconcierto, sino que comienza a rezar el Salmo 22, un salmo que habla de los más terribles sufrimientos, pero que termina en un canto de victoria.

Marcos y Mateo, los únicos que recogen estas palabras de Jesús, no dan pistas de solución. Pasan a contar la reacción de los presentes, de forma mucho más lógica Mateo que Marcos.

Lo último que cuentan los dos primeros evangelistas es que Jesús dio un gran grito y exhaló el espíritu. Lucas, con su: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", y Juan con sus palabras: "Todo está consumado", parecen quitar cierta dureza al terrible dramatismo de Marcos y Mateo.

Sin embargo, en el relato de Marcos, el grito de Jesús al momento de morir es un prueba de su poder. Una persona que lleva horas colgada en una cruz, respirando dificultosamente, no puede pegar un grito. Por eso, el centurión, al ver que Jesús muere de esa forma, dice: "Verdaderamente, este hombre era hijo de Dios". Mateo cambia el conjunto, y en él el grito de Jesús parece un simple recuerdo de lo dicho por Marcos.

Según Marcos, al morir Jesús tiene lugar un portento: "la cortina del santuario se rasgó en dos de arriba abajo". Es el símbolo de un mundo que termina, de que lo invisible se hace visible.

A este detalle, Mateo añade otros que pueden parecernos extraños, pero de gran valor simbólico. La muerte de Jesús supone el culmen de su debilidad. No ha podido salvarse a sí mismo. Y parece también el culmen del abandono de Dios: no lo ha salvado. Sin embargo, la muerte de Jesús va a ser una auténtica teofanía, una manifestación tremenda de poder en dos ámbitos: en la naturaleza, con el terremoto y las rocas que se rajan; en el ámbito de los muertos, donde muchos cuerpos resucitan y se aparecen más tarde en la ciudad santa. Estos prodigios resultan desconcertantes al lector moderno. Pero entran en la lógica de los antiguos judíos. Véase el texto siguiente, tomado del Talmud de Jerusalén:

«Al morir Rabí Aha, se vieron estrellas en pleno mediodía. Al morir rabí Hanan, las estatuas se doblaron. Al morir rabí Yohanan, las imágenes pintadas se doblaron... Al morir rabí Janini de Berato Horón, el lago de Tiberíades se dividió... Al morir rabí Isaac ben Eliasib, se derrumbaron setenta dinteles de casas que se bamboleaban en Galilea; se dice que habían resistido hasta entonces por el mérito de aquel rabino. Al morir rabí Samuel ben Isaac, fueron arrancados los cedros de la Tierra santa... durante tres horas, truenos y relámpagos surcaron la tierra, en testimonio de la buena conducta del anciano... Al morir rabí Yassa ben Halafta, los arroyos de Laodicea se llenaron de sangre; se dice que era una alusión a que aquel rabino había arriesgado su vida por cumplir el precepto de la circuncisión. Al morir rabí Abahu, lloraron las columnas de Cesarea» (Tratado Abodá Zará 3,1).

La idea de fondo es clara. Cuando muere un personaje importante, que ha tenido especial relación con Dios, siempre ocurre algún portento. En este contexto cultural, resulta evidente que los evangelistas no pueden contar la muerte de Jesús sin añadir algún detalle prodigioso que signifique la importancia de su persona y simbolice la transcendencia de su obra. En todos estos casos, lo importante no es lo que se cuenta (pura ficción), sino lo que se quiere dar a entender (la especial relación de ese hombre con Dios).
Ante esta teofanía, los únicos que perciben su sentido son el centurión "y los que estaban con él".

Las última noticia se refiere a las mujeres que estaban presentes "mirando desde lejos", y a la sepultura de Jesús. La noticia tiene algo de consolador y de trágico al mismo tiempo. Consolador, por la presencia; trágico, por la lejanía. Por otra parte, las mujeres comienzan a adquirir una importancia capital en el relato: ellas serán las únicas testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús.

VII. EN EL SEPULCRO (27,62-66)

La última sección está compuesta por dos breves episodios, uno basado en Marcos (la sepultura de Jesús) y otro exclusivo de Mateo (los guardias).

Los guardias en la tumba, exclusivo de Mateo, se basa en la polémica antijudía, para demostrar la realidad de la resurrección de Jesús. Sólo aquí aparecen los fariseos en el relato de la Pasión.

RESUMEN FINAL
1. El enfoque cristológico: Jesús es consciente de que va a la pasión.
2. El enfoque jurídico: injusticia del proceso y culpabilidad de las autoridades judías.
3. Otras ideas teológicas: los paganos son los que perciben mejor la inocencia y dignidad de Jesús: la mujer de Pilato, el centurión en la cruz...

José Luís Sicre





LA CRUZ Y EL SILENCIO DE JESÚS
Escrito por  Enrique Martínez Lozano
Mt 27, 11-54

Son varios los elementos llamativos de este relato de la pasión que hace Mateo:
• El interés por "culpabilizar" a las autoridades judías –y, paralelamente, "desculpabilizar" a las romanas- de la muerte de Jesús. Parece hallarse una doble intención de fondo: expresar el enfrentamiento con el judaísmo, ya frontal en los años 80, y no "molestar" a los romanos, bajo cuyo imperio se iban extendiendo las comunidades. A ello habría que unir, probablemente, la intencionalidad de dejar clara la inocencia de Jesús.

• La incoherencia del poder que, a pesar de tener clara la inocencia del reo, decide igualmente su condena.

• Las torturas padecidas por el condenado, que nos traen ante nuestra mirada a tantos hombres y mujeres torturados de tantas maneras a lo largo de toda nuestra historia humana.

• Las burlas de la autoridad religiosa, que recuerdan, por otro lado, las tentaciones que acompañaron la vida de Jesús.

• Las palabras que pone en boca de Jesús moribundo ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"), que no habrían sido pronunciadas por él mismo, sino que recogerían el sentir del primer evangelista (Marcos), y que están tomadas del Salmo 22.

• Los signos apocalípticos que utiliza el autor para subrayar la trascendencia de esa muerte, vista desde su propia fe...

Sin embargo, en esta ocasión, lo que más ha "tocado" mi corazón ha sido el silencio de Jesús. Si exceptuamos aquellas con las que se inicia el Salmo 22, y que parecen ser una atribución del autor, de los labios de Jesús no sale una sola palabra. Incluso, en el interrogatorio a que lo somete Pilato, y ante la extrañeza de este, Jesús calla.

Existen, ciertamente, diferentes tipos de silencio: el impuesto, el mutismo elegido, el que expresa indiferencia, o cobardía, o incluso desprecio y descalificación del otro... No parece que el silencio de Jesús encaje en ninguna de estas categorías.

Personalmente, alcanzo a ver tres niveles en ese silencio: por un lado, es expresión de dignidad, propia de quien ha sido y es fiel a sí mismo; por otro, de confianza, característica de quien se sabe sostenido y fundamentado, más allá de las circunstancias cambiantes; y, finalmente, en una dimensión todavía más profunda, de sabiduría, es decir, de conexión con su identidad más honda.

Tanto la dignidad como la confianza no son difíciles de comprender, sobre todo, teniendo en cuenta que habían sido signos distintivos de la práctica y del mensaje del maestro de Nazaret.

Pero, ¿qué significa que ese silencio sea expresión de sabiduría? Los sabios y los místicos tienen algo que decirnos al respecto: para ellos, el silencio no es mutismo, sino condición necesaria para percibir en profundidad, es decir, para acceder a aquella verdad a la que el razonamiento no puede acceder. De hecho, todos ellos han hablado del vacío, de la oscuridad, del no-saber, del no-pensamiento..., como requisito previo al conocimiento más profundo.

No solo eso. El silencio, así entendido, no es únicamente ausencia de ruido, ausencia de pensamiento y ausencia de ego, aunque incluya todo ello. Es, básica y fundamentalmente, un estado de consciencia, Aquello que somos en profundidad, Eso que constituye nuestra verdadera identidad.

En este sentido, lo opuesto a "silencio" es identificación con la mente, y con la identidad que ella piensa: el ego. Desde aquí, vivimos necesariamente reaccionando a lo que ocurre, a lo que nos dicen o nos hacen, desde la perspectiva y los mecanismos propios del ego.

"Silencio" es otro nombre de nuestra identidad verdadera, aquella que no puede ser pensada, porque no es objetivable. Nos evoca la "Nada", de Juan de la Cruz o de Miguel de Molinos, el Vacío del zen, o el sunyata del budismo.

Molinos se refería a ello con estas palabras: "Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te inquietarás... Oh, ¡qué tesoro descubrirás si haces de la nada tu morada!... Si estás encerrado en la nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque solo en la nada reina el perfecto y verdadero dominio".

Al conectar con nuestra verdadera identidad, tomamos distancia de la mente y de todos sus movimientos (mentales y emocionales), y se nos regala acceder a esa "Espaciosidad" sin fronteras que somos –pura consciencia de ser- y que muy bien se puede designar como "Silencio".

Silencio es la morada del sabio: desde él se vive, o mejor dicho, permite que la Vida viva, se exprese y fluya a través de su persona. Por eso, no hay reacciones, sino sencillamente respuestas.

En todo el proceso judicial que habría de acabar en la tortura y el ajusticiamiento, Jesús vive en conexión con su verdadera identidad, en el Silencio, donde se siente a salvo y desde donde puede vivir incluso la mayor injusticia con ojos de confianza y de perdón hacia sus verdugos.

Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com





¿CUANDO SE CELEBRÓ LA ÚLTIMA CENA?
Escrito por  Ariel Álvarez Valdés
La postura del evangelista Juan

El jueves santo, todos los católicos del mundo celebran la última cena de Jesús, durante la cual instituyó la eucaristía, lavó los pies a sus discípulos, y nos dejó el mandamiento del amor al prójimo. Al día siguiente, a las 3 de la tarde, moría clavado en una cruz.

¿Pero esa cena realmente tuvo lugar un jueves? Para poder plantear el problema, conviene tener presente una característica de la cultura judía. Mientras para nosotros, el día comienza a la medianoche, es decir, a la hora cero, para los judíos el día comienza la tarde anterior, alrededor de las 5. Es decir, el lunes comienza el domingo a la tarde, el martes comienza el lunes a la tarde, y así sucesivamente.

Ahora bien, según el Evangelio de Juan, el año en que murió Jesús la Pascua cayó en sábado (Jn 19,31); por lo tanto, había que comer el cordero pascual la tarde anterior, es decir, el viernes. Pero como Jesús iba a estar muerto ese viernes a las 3 de la tarde, y no llegaría a cenar con sus discípulos, la adelantó para el jueves. Por eso Juan dice que Jesús celebró la última cena "antes de la fiesta de la Pascua" (Jn 13,1), es decir, el jueves por la noche. De ahí que también los cristianos celebremos el jueves como día de la última cena.

El disenso de los otros tres
Pero el problema se plantea cuando vemos que los otros tres evangelios, aunque coinciden con Juan en que Jesús murió un viernes a las 3 de la tarde (Mt 27,62; Mc 15,42; Lc 23,54), afirman que Jesús no adelantó la cena, sino que cenó el mismo día de Pascua.

Así, Mateo y Marcos dicen que cenaron "el primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual" (Mt 26,17; Mc 14,12). Los "ázimos" era el primero de los siete días que duraba la pascua, y por lo tanto, el viernes a la noche. Lucas, más explícito, aclara que Jesús se sentó a cenar en "la fiesta de los ázimos, llamada Pascua" (Lc 22,1.7.14).

O sea que mientras para Juan, la última cena fue antes de la Pascua (el jueves), para los sinópticos fue el mismo día de Pascua (el viernes). ¿Cuál de las dos versiones sería la verdadera?

La solución: Qumrán
A lo largo de los siglos se han propuesto distintas soluciones, sin que llegara a convencer ninguna. Pero en 1947 fueron descubiertos los manuscritos del Mar Muerto, en Qumrán, y con ellos apareció una nueva solución, que parece arrojar nuevas luces a este acertijo.

¿Qué son los manuscritos del Mar Muerto? Formaban parte de una vieja biblioteca del s.I a. C, perteneciente a una secta judía llamada de los esenios. Entre los numerosos libros allí encontrados, se hallaron dos (el Libro de los Jubileos, y el Libro de Henoc), que revelaron que en tiempos de Jesús no había uno sino dos calendarios distintos en uso. El primero, llamado "solar" (porque se basaba en el curso del sol), estaba dividido en 12 meses, 8 de 30 días y 4 de 31, con un total de 364 días. Como este calendario tenía 52 semanas justas, todos los años eran iguales, es decir, siempre comenzaba el mismo día de la semana (el miércoles), y todas las fiestas importantes también caían el mismo día (miércoles).

¿Por qué el calendario solar daba tanta importancia al miércoles? Porque según el Génesis cuando Dios creó el mundo, fue el cuarto día, es decir, el miércoles, cuando hizo al sol, la luna y las estrellas, que son los astros que rigen el calendario. Por ello, es a partir del miércoles que se debe comenzar a contar el curso del tiempo.

Este calendario parece haber sido utilizado por los judíos en los primeros tiempos. En efecto, algunos libros del Antiguo Testamento, como el Pentateuco o Ezequiel, muestran que ciertas fechas, ciertos datos cronológicos, la fiesta de Pascua (que siempre caía en miércoles), y otras celebraciones, se regían según este calendario solar.

El cambio de calendario
En el siglo II a.C., se produjo un cambio en el calendario. Por influencia de la cultura griega, los dirigentes israelitas adoptaron el llamado calendario "lunar", basado justamente en las fases de la luna. Éste tenía la ventaja de que todos los meses comenzaban con la luna nueva, lo cual permitía que las fiestas religiosas pudieran celebrarse según las fases de la luna. Así, por ejemplo, la Pascua coincidía con la luna llena. Pero tenía una desventaja: las fiestas ya no caían siempre en miércoles, sino que podían caer en cualquier día de la semana.

Debido a la practicidad de esta nueva manera de contar el tiempo, y a que era el calendario que estaba en uso internacionalmente, poco a poco se fue imponiendo en Palestina. Pero no todos lo aceptaron. Los círculos sacerdotales (que escribieron las tradiciones antiguas de los Patriarcas en el Pentateuco) prefirieron seguir con el solar, sobre todo en la liturgia. También algunos grupos judíos más conservadores, y los estratos más populares, mantuvieron el antiguo calendario.

Sabemos por ejemplo que un sector de los judíos (los esenios de Qumrán) se negó a aceptar el nuevo cómputo, considerándolo una alteración a la Ley de Moisés. Por eso los libros mencionados (el Libro de los Jubileos y el Libro de Henoc) ordenaban preservar el calendario primitivo. Lo mismo se lee en otra obra, llamada el Manual de Disciplina, también hallada en Qumrán, que dice: "Que no se salga ni un paso fuera de lo que la Palabra de Dios dice de sus tiempos. Que no se avancen sus fechas ni se retrase ninguna de sus fiestas".

Los dos tenían razón
Al parecer, pues, en tiempos de Jesús estaban en vigencia los dos calendarios. El solar (más antiguo) en los estratos más populares, y en el que la fiesta de Pascua caía siempre en miércoles (es decir, el martes a la noche). Y el lunar, utilizado por el sacerdocio oficial y las clases más elevadas, en el que la fiesta de Pascua podía caer cualquier día de la semana. El año de la muerte de Jesús cayó en sábado, no en miércoles.

Ahora bien, si suponemos que Jesús con sus discípulos celebró la última cena según el calendario más antiguo (es decir, el martes por la noche), día en que lo hacía también el pueblo más simple, entonces desaparecen las contradicciones de los Evangelios. En efecto, cuando los sinópticos afirman que Jesús celebró la cena "el mismo día de Pascua", se refieren al calendario antiguo, mientras que cuando san Juan dice que cenó "antes de la Pascua", alude el calendario oficial.

Imposible que entrara todo
Si suponemos, pues, que Jesús celebró la última cena el martes por la noche, y que esa misma noche fue apresado por las autoridades, se solucionan también otras dificultades, admitidas por los estudiosos. Una de ellas es la cantidad de episodios vividos por Jesús en tan pocas horas. Porque si, como tradicionalmente pensamos, la última cena fue el jueves y la crucifixión el viernes, tenemos apenas 15 horas para colocar todos los acontecimientos de la pasión de Jesús, que son muchos.

En efecto, después de su arresto en el huerto de Getsemaní, Jesús fue llevado a casa de Anás, el ex sumo Sacerdote, donde tuvo lugar el primer interrogatorio (Jn 18,12).

Luego lo condujeron a la casa de Caifás, sumo sacerdote de turno (Jn 18,14). Allí esperaron a que reuniera el Sanedrín, tribunal supremo de justicia de los judíos, integrado por los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas (Mc 14,53).

Durante la sesión intentaron conseguir testigos falsos para acusar a Jesús, lo cual les resultó trabajoso porque los que encontraban no se ponían de acuerdo (Mc 14,55-59).

A continuación lo humillaron con golpes, escupitajos y burlas (Mc 14,65). Al amanecer se reunió por segunda vez el Sanedrín con sus 71 miembros (Mc 15,1) y decidieron condenarlo a muerte.

El largo proceso romano
Pero las cosas no terminaron ahí. Después del proceso religioso llevaron a Jesús ante Pilato, el gobernador civil (Lc 23,1). La sesión debió de durar bastante. Hubo primero una reunión de los judíos con el Prefecto romano, donde le presentaron las acusaciones. Siguió un interrogatorio privado a Jesús, con la posterior declaración de inocencia de Pilato, y nuevas y repetidas acusaciones por parte de los judíos.

Pilato, para desentenderse del acusado, al que juzgaba inocente, decidió remitirlo a Herodes Antipas, gobernante de la Galilea, ya que Jesús por ser galileo pertenecía a su jurisdicción (Lc 23,7). También este encuentro debió de llevar tiempo, pues el Evangelio afirma que Herodes le hizo muchas preguntas (Lc 23,9). Finalmente lo devolvió otra vez a Pilato (Lc 23,11).

El gobernador, entonces, volvió a reunir a los sumos sacerdotes, magistrados y todo el pueblo. Luego de conversar otra vez con Jesús, decide someter a la opinión popular la liberación de Barrabás o de Jesús. Ante la insistencia de la gente, Pilato acepta soltar a Barrabás (Mt 27,11-25). Siguió el rito de la flagelación, la coronación de espinas, los últimos intentos de Pilato de liberar a Jesús, y finalmente la sentencia y la lenta caminata hasta el calvario (Mt 27,27-31).

Y todo ello, entre la noche del jueves y el mediodía del viernes.

La nueva distribución
Resulta imposible colocar en tan breve tiempo todos estos sucesos. En cambio con la nueva fecha de la última cena todo se distribuye mucho mejor, de la siguiente manera:

Martes: por la noche Jesús celebra la Pascua. Luego va al monte de los Olivos a orar, donde es apresado y llevado ante el sumo sacerdote.

Miércoles: por la mañana, tiene lugar la primera sesión del Sanedrín, que escucha a los testigos. Por la noche, Jesús la pasa en la cárcel de los judíos.

Jueves: por la mañana, delibera por segunda vez el Sanedrín y condena a muerte a Jesús. Inmediatamente es llevado ante Pilato, quien lo interroga y lo envía a Herodes. Esa noche, Jesús la pasa en la cárcel de los romanos.

Viernes: por la mañana Pilato recibe por segunda vez a Jesús. Lo hace flagelar, lo corona de espinas, pronuncia la sentencia, y lo manda a crucificar. A las 3 de la tarde, muere en la cruz.

Un juicio según la Ley
Hay una tercera ventaja que favorece la nueva hipótesis de la última cena de Jesús en martes. Basándonos en la Mishná, (el libro sagrado de los judíos, que recoge la legislación complementaria del Antiguo Testamento), se habría violado una serie de leyes durante el juicio a Jesús, si es que nos atenemos a la fecha tradicional de la cena.

Efectivamente, la legislación judía ordenaba que todo juicio debía llevarse a cabo durante el día. Si la cena de Jesús fue el jueves, debemos suponer que el Sanedrín sesionó inmediatamente después, y por lo tanto durante la noche, lo cual habría sido ilegal. Por otra parte, resulta improbable que los sanedritas y los testigos estuvieran reunidos a esa hora para deliberar, sin tener la certeza de que Jesús sería apresado. En cambio si la cena fue el martes por la noche, podemos suponer que las sesiones tuvieron lugar en la mañana del miércoles y jueves.

Sabemos además por la Mishná que estaba prohibido condenar a muerte a un reo en víspera del sábado o de fiesta. Si seguimos el cómputo tradicional, Jesús habría sido condenado a muerte por el Sanedrín el viernes por la mañana, víspera de sábado y de fiesta de Pascua. En cambio con la nueva teoría, Jesús sería condenado a muerte el jueves por la mañana, cuando aún faltaba un día y medio para la Pascua y el sábado.

También ordenaba la Ley judía que no se condenara a muerte a nadie dentro de las 24 horas de su arresto, para evitar que en la decisión pesaran aún los ánimos caldeados. Según la cronología breve, Jesús fue condenado a muerte a las pocas horas de ser apresado. En cambio con la cronología larga, sería arrestado el martes por la noche y condenado el jueves por la mañana, en el plazo estipulado por la ley.

Dado el respeto reverencial que los judíos tenían por sus normas, es improbable que, en el juicio a Jesús, se transgrediera de un modo tan grosero las leyes, que por otra parte ellos mismos procuraban defender.

El silencio de los días
Otros detalles menores también quedan más claros si sostenemos que la última cena tuvo lugar el martes, y que Jesús murió el viernes.

Por ejemplo, los Evangelios narran paso a paso los últimos días de Jesús hasta el martes por la noche. Pero del miércoles y jueves no dicen una palabra. Este misterioso silencio llevó a pensar que Jesús habría pasado esos días en privado con sus discípulos. Ahora sabemos que estuvo en la cárcel, como parte de su larga pasión.

Lo apoya la tradición
Finalmente, una buena confirmación de esta hipótesis de la última cena la encontramos en el testimonio de la Iglesia primitiva. Así, una obra antigua del siglo III, llamado Didascalia de los Apóstoles, nos informa: "Después de haber comido la Pascua el martes por la tarde, nosotros (los apóstoles) fuimos al monte de los Olivos, y por la noche apresaron al Señor. Al día siguiente, que es el miércoles, permaneció El custodiado en la casa del sumo sacerdote" (5,14).

También Victorino de Pettau, Obispo de Estiria, fallecido hacia el 304, dejó un escrito donde dice: "Cristo fue apresado el cuarto día (martes por la tarde, miércoles para los judíos). Por su cautividad ayunamos el miércoles. Por su Pasión ayunamos el viernes"

Otro Obispo, Epifanio de Salamina, en Chipre, que murió en el 403, escribió: "Cuando comenzaba el miércoles (martes por la noche) el Señor fue apresado, y el viernes crucificado".

Ya la Didajé, un libro del siglo I, conocía esta tradición, y recomendaba: "Vosotros ayunad el miércoles y el viernes" (VIII 1).

Hay, pues una antiquísima costumbre, desde el siglo I, que parece apoyar la hipótesis de la Cena pascual el martes por la tarde.

Fiel hasta el final
La Iglesia, siguiendo al Evangelio de Juan, siempre recordó como día de la última cena el Jueves Santo. Con la nueva hipótesis del martes, ¿habrá que cambiar la liturgia de la Semana Santa? Claro que no. La liturgia, en la Iglesia, tiene una finalidad pedagógica, no histórica. Y así como celebramos el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, aun cuando sabemos que esa fecha no es históricamente cierta, podemos seguir celebrando la última cena el jueves, pues de lo que se trata es de obtener un provecho espiritual.

Pero lo que si conviene tener en cuenta, es que la pasión de Cristo fue mucho más larga de lo que comúnmente pensamos. No duró unas pocas horas sino varios días, lo cual confirma que su muerte no fue el desenlace abrupto de una turba exaltada e irracional que en un breve lapso decidió su fin, sino la resolución premeditada y consentida de las autoridades judías, romanas y el pueblo todo.

Aparece, así, la pasión de Cristo con contornos mucho más dramáticos y pavorosos de lo que estábamos habituados a meditar. Pero aparece también con mayor claridad su inexorable voluntad de seguir hasta el fin, no obstante los penosos cuatro días de tormento en los que buscaron quebrantar su resistencia. Jesús no fue fiel por unas pocas horas, sino todo el tiempo que duró su pasión. Nosotros, sus discípulos, no debemos contentarnos con ser fieles un corto tiempo. Debemos serlo todo el tiempo que dure la lucha que la vida nos impone.

Ariel Álvarez Valdés





SEMANA SANTA: OTRA LECTURA
Escrito por  José Sánchez Luque

Tenemos el peligro de detenernos en lo secundario y olvidar lo esencial. Me gustaría que estas líneas nos sirvieran para fijarnos en lo que debe ser más importante y fundamental en la celebración de la Semana Santa para una persona creyente.

Pienso que lo más esencial será que las diversas celebraciones: procesiones, vía crucis, liturgias, encuentros familiares, etc., nos acerquen al protagonista principal de esta semana: Jesús de Nazaret. Pero, tanto se ha hablado sobre Jesús, tantas cosas se han dicho de él que nos podemos sentir como aturdidos e incluso desorientados. Por eso hemos de volver constantemente al Evangelio para comprender lo más esencial sobre Jesús. Recuperemos, como nos dice el papa Francisco, la frescura original del Evangelio (EG 11).

Lo primero que nos dice el Evangelio es que Jesús fue un buscador de alternativas. Y nosotros, si queremos continuar el camino que él abrió, tenemos que ser también buscadores de alternativas. Vivimos en una sociedad en la que parece que ya no es posible otra economía ni otra política, que tenemos que resignarnos con lo que tenemos, que no hay alternativas, que solo son posibles pequeños retoques al sistema socioeconómico que nos rodea.

Hoy, los seguidores del Nazareno, igual que otras muchas personas, tenemos que creer firmemente que es posible un mundo distinto, una sociedad distinta donde la fraternidad, la igualdad y la verdadera democracia se hagan realidad. Un mundo, en definitiva, en que se respeten los derechos de todas las personas y los derechos de la madre Tierra. Donde el compartir sea lo más normal y natural.

Jesús nos propone una nueva imagen de Dios, de la persona humana y de la sociedad. La Semana Santa nos escenifica la nueva imagen de Dios que Jesús nos trae.

Estamos llamados a buscar ese Dios alternativo que Jesús nos revela que, aunque nos parezca extraño, es distinto al Dios de las religiones y de las filosofías, incluso al Dios del AT. La inculturación del cristianismo en el mundo grecorromano hizo que se pensara que el Dios comunicado por Jesús era aquel Ser supremo caracterizado como Acto puro, Motor inmóvil, Divinidad inmutable, Poder impasible y Todopoderoso de la filosofía griega. Incluso así pasó a la teología oficial.

Pero la cruz nos revela un concepto de Dios completamente nuevo. Dios se ha deshecho de las máscaras con que pretendíamos encubrir su rostro. Dios irrumpe en la historia humana en la persona del obrero Jesús. El misterio de Dios encontró cuna, hogar, asiento, camino y mortaja en el judío Jesús de Nazaret. Y en la cruz, en esa cruz que con tanta solemnidad vamos a procesionar por nuestras calles en estos días, es donde Dios aparece en su verdadero ser. Un Dios que llora, suda y sangra, haciendo suyo el dolor, el miedo, la desesperación de quienes comparten con él la condición de victimas de la tierra.

Nos dice el profesor alemán y teólogo mártir D. Bonheoeffer que fue ahorcado a los 43 años en un campo de concentración nazi:

"En Jesús crucificado se rompen todas las ideas que sobre Dios se han hecho las personas a través de la historia. En él aparece la debilidad y el sufrimiento de Dios. Solo un Dios que sufre puede ayudarnos".

Y es desde la cruz, donde Dios nos dice que lo más divino que hay en nosotros es la lucha solidaria por hacer un mundo más justo y más humano. Nuestra tarea será bajar de la cruz a los crucificados de la historia, y unirnos, indignados, a los millones de personas que se manifiestan a favor de una sociedad más justa y menos desigual

¡Buen compromiso para esta Semana Santa!

José Sánchez Luque





Dios con Noé y contra Noé
Jorge Costadoat SJ

Preciosa película. Teológicamente, impecable

Ha podido ser difícil el cometido. El film cumple con creces la tarea de transmitirnos una de las grandes epopeyas de la humanidad. Lo hace con grandeza.

¿Hubo  diluvio o no? ¿No es este otro invento más de la biblia? Hace poco se nos ha dicho que el relato de Adán y Eva es simplemente un  relato ficticio, un mito, desmentido por los millones de años del ser humano sobre el planeta. ¿Quién habría podido estar allí para contarlo? Ni el relato de la creación ni este del diluvio universal han tenido otro propósito que explicar, simbólicamente, el origen del mal. Este es el asunto con Noé, y los demás asuntos conexos: la bondad de Dios, la paciencia de Dios, las consecuencias del pecado, el amor, la esperanza y la libertad humana.

La película cumple una función ecológica. En el relato originario no la tenía, obvio. La biblia, cuando no se lee en relación a un contexto –en este caso el nuestro: un planeta en peligro-, se vuelve irrelevante. El pecado de la humanidad ha devastado la tierra. Noé entiende que Dios castigará a la humanidad haciéndola desaparecer. El hecho del diluvio confirma lo que ha podido ser solo un delirio del patriarca. Las fuerzas del mal resisten. Las fuerzas del bien cooperan con Noé.  Las fuerzas del mal quieren seguir predominando con violencia. Las fuerzas de bien resisten a la violencia con violencia. El cuadro épico general es apocalíptico. Y cuando todo parece decidirse  mediante el castigo de Dios a la humanidad –la cual ha debido ser destruida y extinguida-, Dios, pero a través del juego de las libertades humanas, apuesta por la vida, por un nuevo comienzo, por la descendencia de Noé.

La vida prevalece. La vida, insinuada de diversas maneras como un brote germinal inmarcesible, termina predominando porque el amor es imbatible; porque el amor de Dios por la humanidad es más fuerte que su ira contra su desobediencia. Dios que puede destruirlo todo, en Noé, “es vencido” por su propio amor a su creación. En Dios la piedad es más grande. Pero todo pasa por Noé. Pues el Dios de la película es mudo. No interfiere. Deja hacer. Late, pero respeta el quehacer histórico  de las personas. Deja que la brutalidad, en su expresión bíblica característica, lleve las cosas al límite: el pecado mata; el desastre y la muerte pueden perfectamente ser interpretados como castigo de un Dios al cual no le da lo mismo el bien o el mal. Pero Dios derrota al heraldo de su venganza. La vida inerme de las mellizas que continuarán la descendencia del patriarca, le estremece.

Noé no puede acabar con ellas. El amor rompe su coraza mental de fanático religioso y le obliga a tomar una decisión. En el momento crucial Dios no se impone. Lo deja todo en manos de quien, en el instante de la prueba, debe discernir y discierne bien, pues entiende que Dios no puede negarse a sí mismo. La violencia y el fracaso de la humanidad jamás tendrán la última palabra. Dios vence con Noè, cuenta con él. Pero Dios vence sobre Noé: en el corazón del patriarca palpita la intención más honda del Creador.

Gran película. Esto sin contar la enorme ternura de varios personajes y otros numerosos logros.

Jorge Costadoat SJ