martes, 15 de abril de 2014

Jueves Santo - 2014 - ciclo A

DOS MANOS

Ahorradme las palabras, habría dicho.
¿Puede el fuego guardarse en una arqueta?
Despojad de artificio este milagro
de Hombre en despedida.
Y quedaron sus manos en un gesto
de cascadas y mar en precipicio,
un cosmos encerrado en una hogaza
que se parte en silencio.
Dos manos que aún estaban casi intactas.

Pedro Miguel Lamet



CON TU PAN Y COPA EN MIS MANOS...
Escrito por  Florentino Ulibarri

Con tu pan y copa en mis manos
quiero recorrer los caminos y sendas
menos frecuentados de nuestra tierra.

Con tu pan y copa en mis manos
me siento invitado a ser buena noticia
entre mis hermanos y ciudadanos.

Con tu pan y copa en mis manos
comparto lo que tengo y soy
con alegría y sin pedir nada a cambio.

Con tu pan y copa en mis manos
salgo del cenáculo en el que estamos
a proclamar tu entrega y la Pascua que llega.

Con tu pan y copa en mis manos
quiero seguir horneando la vida entera
y compartirla antes que anochezca.

Con tu pan y copa en mis manos
levanto mesas para que nadie quede fuera
del banquete y fiesta que esperamos.

Con tu pan y copa en mis manos
quiero acercarme a los hambrientos de siempre
y saciar un poco sus necesidades más urgentes.

Con tu pan y copa en mis manos
no me importa el escándalo de compartir
y hacerme pobre siguiendo tus pasos.

Con tu pan y copa en mis manos
lavo y abrazo cuerpos desechos por nuestra avaricia
para ungirlos con tu perfume de resurrección y vida.

Con tu pan y copa en mis manos
las fronteras se vuelven tienda de encuentro
y el grito de los excluidos tu evangelio más claro.

Con tu pan y copa en mis manos
buscamos cenáculos a quienes andan perdidos
y revivimos tu vida y mensaje casi olvidados.

Con tu pan y copa en mis manos
anunciamos y denunciamos lo que hemos visto y oído
y nos sentimos dichosos de ser discípulos y hermanos.

Con tu pan y copa en mis manos
sentimos la presencia de tu reino que viene
como primicia gratuita y tarea urgente.

Con tu pan y copa en mis manos
no queremos perderte de vista aunque te vayas
y anhelamos comulgarte en todo hermano.

Florentino Ulibarri



NO SOLO COMER SINO ASIMILAR A JESÚS
Escrito por  Fray Marcos
Jn 13, 1-15

La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena: el lavatorio de los pies y las palabras y gestos que dieron lugar a la eucaristía. Ni los evangelistas, ni los exegetas se ponen de acuerdo si fue o no fue una cena pascual. No tiene mayor importancia, porque para nosotros lo esencial está en lo que va más allá del rito judío de la cena pascual. Esta Pascua no es ya la pascua de los judíos.

Es curioso que los tres evangelistas que narran la institución de la eucaristía, no hablen del lavatorio de los pies, y Juan que narra el lavatorio de los pies, no dice nada de la institución de la eucaristía. La verdad es que los dos signos expresan exactamente la misma realidad: la entrega absoluta y total.

Tampoco sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. La protesta de Pedro deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada.

Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. Por eso, la liturgia de hoy es de las más densas de todo el año.

Debemos comenzar por tomar conciencia de la importancia de los que celebramos, como la toma el evangelista Jn cuando ha hecho esa grandiosa obertura:

"Consciente Jesús de que había llegado su "hora", la de pasar de este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor en el más alto grado."

Pero no es menos sorprendente el final del relato:

"¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el "Maestro" y el "Señor"; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros".

En estas dos frases tenemos la clave de la celebración.

Vamos a comenzar por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor. En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que solo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como el señor. Lo importante no es el hecho físico, sino el simbolismo que en él se encierra. La plenitud de Jesús como ser humano, está en el servir a los demás. Fijaros que ese profundo simbolismo es lo que se quiere manifestar en el evangelio de Juan.

El más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundiza en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Sospecho que la eucaristía se había convertido ya en un rito mágico y formal, vacío de contenido, y Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega.

Jesús denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder o en el dominio de los demás, pero proclama que la verdadera plenitud humana está en parecerse a Dios que se da sin condiciones ni reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: "Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado". Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaros!

No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amar a los demás, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó. Una eucaristía celebrada como una devoción más, que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato del pan partido y del vino derramado; pero en la eucaristía corremos el riesgo de quedarnos en una visión espiritualista y abstracta que no afecta a mi vida concreta. La presencia real de Cristo en el pan y en el vino, entendida de una manera estática y física, nos puede impedir descubrir el aspecto vivencial del sacramento y dejarnos al margen del la verdadera intención de Jesús al compartir esos gestos con sus discípulos.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi¬cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Recordemos que "cuerpo" en la antropología judía del tiempo de Jesús, quería decir persona, no carne. Como si dijera: meteos bien en la cabeza que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dando mi propio ser a los demás. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos, es decir, que da Vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me bebe. Eso soy yo. Eso tenéis que ser vosotros.

Por haber insistido exclusivamente en la presencia real de Cristo en la eucaristía, nos acercamos al sacramento como a una realidad misteriosa, pero que no tiene valor de persuasión, no me lleva a ningún compromiso con los demás. La presencia real, por el contrario, debería potenciar el verdadero significado del gesto. Nos debería recordar en todo momento lo que Jesús fue y lo que nosotros, como cristianos, debemos ser. El haber cambiado este sentido dinámico por una adoración, ha empobrecido el sacramento hasta convertirlo en algo aséptico, que nada me exige y no me motiva.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir, manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana solo la alcanzaría cuando llegara a la donación total en la muerte asumida y aceptada. Solo un Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Descubrir que destrozarnos para que nos puedan comer, es también la meta para nosotros, es el primer objetivo de un seguidor de Jesús. Pero de esto hablaremos mañana, Viernes Santo.

Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, pero no se olvidó de un sacramento que tuvo tanta importancia para la primera comunidad. En el c. 6 de su evangelio, encontramos la explicación de lo que es la eucaristía. "Yo soy el pan de Vida"; y a continuación: "Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que me presta su adhesión, nunca pasará sed".

Está muy claro que comer materialmente el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre al servicio a los demás hasta deshacerse por ellos. El mayor peligro que tenemos hoy los cristianos es acercarnos al sacramento como medio de unirnos a Dios, olvidándonos de los hombres.

En el mismo c. 6, dice un poco más adelante: "El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me "come" vivirá por mí". No hay en todo el NT una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también esa misma Vida, la definitiva, la trascendente, la que no se verá alterada por la muerte biológica.

Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la "muerte", no la física, aunque también, sino la muerte a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber Vida. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo. Todo lo que no es esa Vida, antes o después, se desvanecerá.

Fray Marcos


LA CENA DEL SEÑOR JESÚS
Escrito por  Vicky Irigaray

No hay duda: Jesús nos invita a vivir en actitud de servicio permanente y a que encontremos los caminos que hagan posible la solidaridad y fraternidad entre todos. Oremos.

Padre, que sepamos vivir para los demás

• En este día que celebramos la fiesta del amor fraterno que los creyentes nos sintamos hermanos de todos los hombres y mujeres, en especial de aquellos que más nos necesitan.

Padre, que sepamos vivir para los demás

• Jesús va por delante de nosotros mostrándonos el camino, que la actitud de servicio nos vaya configurando con el estilo de ser y hacer de Jesús.

Padre, que sepamos vivir para los demás

• Sólo uno es el "Señor" y "Maestro", que no nos sintamos ni más ni por encima de nadie, que nuestras palabras y gestos recuerden la cercanía y ternura de Jesús.

Padre, que sepamos vivir para los demás

• La autoridad de Jesús es servicio, que los responsables de nuestras instituciones no se olviden que su tarea es favorecer una sociedad más justa y fraterna.

Padre, que sepamos vivir para los demás

• Jesús se entrega con su cuerpo y sangre, recordamos muy especialmente a todos los que se juegan la vida siendo Buena Noticia para los más pobres, que nuestro buen Dios les cuide y mime por dentro.

Padre, que sepamos vivir para los demás

Escucha, Padre, nuestro deseo profundo de vivir con y para los demás. Recuérdanos cada día que sólo nos basta con seguir los pasos de Jesús. Contamos con el aliento de tu Espíritu y la cercanía de tu Hijo Jesús.

Vicky Irigaray



”Casi sin darnos cuenta, estás introduciendo en el mundo la Buena Noticia de Jesús. Estás creando en la Iglesia un clima nuevo, más evangélico y más humano. Nos estás aportando el Espíritu de Cristo…”. 
Jose Antonio Pagola

Carta de Pagola al papa Francisco
Querido hermano Francisco:

Desde que fuiste elegido para ser la humilde ”Roca” sobre la que Jesús quiere seguir construyendo hoy su Iglesia, he seguido con atención tus palabras. Ahora, acabo de llegar de Roma, donde te he podido ver abrazando a los niños, bendiciendo a enfermos y desvalidos y saludando a la muchedumbre.

Dicen que eres cercano, sencillo, humilde, simpático… y no sé cuántas cosas más. Pienso que hay en ti algo más, mucho más. Pude ver la Plaza de San Pedro y la Via della Conciliazione llena de gentes entusiasmadas. No creo que esa muchedumbre se sienta atraída sólo por tu sencillez y simpatía. En pocos meses te has convertido en una ”buena noticia” para la Iglesia e, incluso, más allá de la Iglesia. ¿Por qué?

Casi sin darnos cuenta, estás introduciendo en el mundo la Buena Noticia de Jesús. Estás creando en la Iglesia un clima nuevo, más evangélico y más humano. Nos estás aportando el Espíritu de Cristo. Personas alejadas de la fe cristiana me dicen que les ayudas a confiar más en la vida y en la bondad del ser humano. Algunos que viven sin caminos hacia Dios me confiesan que se ha despertado en su interior una pequeña luz que les invita a revisar su actitud ante el Misterio último de la existencia.

Yo sé que en la Iglesia necesitamos reformas muy profundas para corregir desviaciones alimentadas durante muchos siglos, pero estos últimos años ha ido creciendo en mí una convicción. Para que esas reformas se puedan llevar a cabo, necesitamos previamente una conversión a un nivel más profundo y radical. Necesitamos, sencillamente, volver a Jesús, enraizar nuestro cristianismo con más verdad y más fidelidad en su persona, su mensaje y su proyecto del Reino de Dios. Por eso, quiero expresarte qué es lo que más me atrae de tu servicio como Obispo de Roma en estos inicios de tu tarea.

Yo te agradezco que abraces a los niños y los estreches contra tu pecho. Nos estás ayudando a recuperar aquel gesto profético de Jesús, tan olvidado en la Iglesia, pero tan importante para entender lo que esperaba de sus seguidores. Según el relato evangélico, Jesús llamó a los Doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: ”El que acoge a un niño como este en mi nombre, me está acogiendo a mí”.

Se nos había olvidado que en el centro de la Iglesia, atrayendo la atención de todos, han de estar siempre los pequeños, los más frágiles y vulnerables. Es importante que estés entre nosotros como ”Roca” sobre la que Jesús construye su Iglesia, pero es tan importante o más que estés en medio de nosotros abrazando a los pequeños y bendiciendo a los enfermos y desvalidos, para recordarnos cómo acoger a Jesús. Este gesto profético me parece decisivo en estos momentos en que el mundo corre el riesgo de deshumanizarse desentendiéndose de los últimos.

Yo te agradezco que nos llames de forma tan reiterada a salir de la Iglesia para entrar en la vida donde la gente sufre y goza, lucha y trabaja: ese mundo donde Dios quiere construir una convivencia más humana, justa y solidaria. Creo que la herejía más grave y sutil que ha penetrado en el cristianismo es haber hecho de la Iglesia el centro de todo, desplazando del horizonte el proyecto del Reino de Dios.

Juan Pablo II nos recordó que la Iglesia no es el fin de sí misma, sino solamente ”germen, signo e instrumento del Reino de Dios”, pero sus palabras se perdieron entre otros muchos discursos. Ahora se despierta en mí una alegría grande cuando nos llamas a salir de la ”auto referencialidad” para caminar hacia las ”periferias existenciales”, donde nos encontramos con los pobres, las víctimas, los enfermos, los desgraciados…

Disfruto subrayando tus palabras: ”Hemos de construir puentes, no muros para defender la fe”; necesitamos ”una Iglesia de puertas abiertas, no de controladores de la fe”; ”la Iglesia no crece con el proselitismo, sino por la atracción, el testimonio y la predicación”. Me parece escuchar la voz de Jesús que, desde el Vaticano, nos urge: ”Id y anunciar que el Reino de Dios está cerca”, ”id y curad a los enfermos”, ”lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.

Te agradezco también tus llamadas constantes a convertirnos al Evangelio. Qué bien conoces a la Iglesia. Me sorprende tu libertad para poner nombre a nuestros pecados. No lo haces con lenguaje de moralista, sino con fuerza evangélica: las envidias, el afán de hacer carrera y el deseo de dinero; ”la desinformación, la difamación y la calumnia”; la arrogancia y la hipocresía clerical; la ”mundanidad espiritual” y la ”burguesía del espíritu”; los ”cristianos de salón”, los ”creyentes de museo”, los cristianos con ”cara de funeral”. Te preocupa mucho ”una sal sin sabor”, ”una sal que no sabe a nada”, y nos llamas a ser discípulos que aprenden a vivir con el estilo de Jesús.

No nos llamas solo a una conversión individual. Nos urges a una renovación eclesial, estructural. No estamos acostumbrados a escuchar ese lenguaje. Sordos a la llamada renovadora del Vaticano II, se nos ha olvidado que Jesús invitaba a sus seguidores a ”poner el vino nuevo en odres nuevos”. Por eso, me llena de esperanza tu homilía de la fiesta de Pentecostés: ”La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades y gustos… Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes, con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos”.

Por eso nos pides que nos preguntemos sinceramente: ”¿Estamos abiertos a las sorpresas de Dios o nos encerramos con miedo a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?”. Tu mensaje y tu espíritu están anunciando un futuro nuevo para la Iglesia.

Quiero acabar estas líneas expresándote humildemente un deseo. Tal vez no podrás hacer grandes reformas, pero puedes impulsar la renovación evangélica en toda la Iglesia. Seguramente, puedes tomar las medidas oportunas para que los futuros obispos de las diócesis del mundo entero tengan un perfil y un estilo pastoral capaz de promover esa conversión a Jesús que tú tratas de alentar desde Roma.

Francisco, eres un regalo de Dios. ¡Gracias!

Jose Antonio Pagola



El Papa de overol
JORGE COSTADOAT SJ

Me imagino al Papa Francisco de overol. Esta Semana Santa o la próxima, me gustaría ver al Vicario de Cristo cargar la cruz con overol, la vestimenta de los obreros y de los municipales que durante la noche se llevan la basura de nuestras casas. ¿Es mucho pedir?

Sé que Francisco me entiende. Sé que todavía no puede hacerlo. Lo entiendo.
Lo que este Papa ha puesto en juego es el significado del cristianismo. Él ha dado potentes señales en favor del Jesús humilde que opta por los que la sociedad de hace 2000 años y de todos los tiempos, desprecia. Si Francisco de Asís reformó la Iglesia recordándole a ella misma el nacimiento de Jesús en un pesebre, el obispo de Roma que ha adoptado su nombre está haciendo exactamente lo mismo. El cristianismo, especialmente la versión principesca de la Iglesia tan bien ilustrada por la Basílica de San Pedro, se va haciendo insignificante. Por esto Francisco Papa no quiso habitar las dependencias lujosas de esas edificaciones y se fue a vivir a la casa de Santa Marta, con más personas y más modestamente. No quiso dormir aislado del mundo y suntuosamente. No solo porque le daba depresión hacerlo. Sobre todo, porque él sabe que el anti-signo de un Papa rico se ha vuelto insoportable.
Sé que me entiende. Otros no me entienden. Es comprensible. Creer en el crucificado ha sido durante dos milenios una especie de contrasentido.

Esta Semana Santa o la próxima, me gustaría ver al Papa Francisco recordándonos al Cristo que saca la basura del mundo como un obrero municipal que carga sobre sus hombros sacos plásticos de porquería. Así entenderíamos mejor esa convicción teológica tan profunda de San Pablo que reza: “Dios se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9). Se dice que se ha visto al pontífice sacar los desperdicios de la casa de Santa Marta. ¿Será verdad? Calza con él.

Voy todavía más lejos. Quisiera ver que para la próxima Navidad el obispo de Roma instale en medio de la Plaza de San Pedro una chabola y comience a vivir en ella. Al trasfondo de la cual, las columnas de Bernini producirían un inequívoco contraste. De esta manera todos entenderían que la Iglesia de Cristo es “la Iglesia de los pobres” (Juan XXIII, Oscar Romero, Manuel Larraín). Una chabola, en ese contexto, despertaría en nosotros el interés por saber dónde vive un hombre de overol. Probablemente llegaríamos a entender que la sociedad lo ha puesto a sacar basura porque su casa, al igual que tantas en cualquiera ciudad latinoamericana, no tiene número. Si se incendia, nadie más que ese hombre sabrá que existió. Una vivienda como esta es tan indeterminada como la existencia de su dueño: a él se lo integra cuando conviene; pero si se sabe que su chabola no tiene número puede perder el trabajo. A un hombre así se lo aprovecha y se lo desecha. Un Papa con overol, viviendo en una chabola en medio de la Plaza de San Pedro sería más eficaz que los meritorios esfuerzos por la paz del cuerpo diplomático vaticano; más aún, quién sabe, que la educación católica de las élites de América latina. Cuando Jesús murió en la cruz se rasgó el velo del Templo. Los primeros cristianos lo recordaron con eucaristías celebradas en casas comunes y corrientes. Terminaron creyendo en un hombre conflictivo e irreverente.
Sé que el Papa Francisco me entiende. Otros no. No faltará quien vaya a acusarme.

Semana Santa: si el Papa todavía no puede realizar un gesto semejante, no excusa a los cristianos de significar al Dios que opta por los pobres porque conoce la pobreza en primera persona.

JORGE COSTADOAT SJ



La solidaridad es mucho más que generosidad esporádica
Víctor Codina, SJ

El Papa Francisco, antes de pronunciar muchos discursos y de escribir encíclicas, ha ido realizado una serie de gestos simbólicos de gran carga significativa que han sido fácilmente captados por todo el mundo y ampliamente difundidos por los medios de comunicación social.

Estos gestos han ido cambiando el ambiente eclesial dominante hasta ahora: besar a un niño discapacitado y abrazar a un hombre con la cara totalmente deformada, lavar los pies a una joven musulmana, comer en Asís con niños con síndrome de Down, ir a la isla de Lampedusa en su primer viaje fuera de Roma, y lanzar una corona de flores amarillas y blancas en memoria de los emigrantes fallecidos, convocar una jornada mundial de oración de ayuno para la paz en Siria porque le interpelan fuertemente los rostros de los niños muertos por armas químicas, usar sus zapatos viejos de antes en vez de los zapatos rojos de su antecesor, no vivir en los Palacios Apostólicos Vaticanos sino en la residencia de Santa Marta, viajar por Roma en un sencillo y pequeño coche utilitario para no escandalizar a la gente de los barrios periféricos populares, contestar a las preguntas de un periodista no creyente, invitar a Santa Marta a  rabinos de Argentina, regalar unos zapatitos al nieto de Cristina Fernández de Kirschner, recibir a Gustavo Gutiérrez el padre de la teología de la liberación, llevar un ramo de flores a la tumba del P. Pedro Arrupe, invitar para su cumpleaños a cuatro mendigos...Estas "florecillas del Papa Francisco", como las "florecillas de Juan XXIII" han sido fácilmente inteligibles por el pueblo.

Pero poco a poco ha ido lanzando mensajes de gran contenido pastoral y su Exhortación apostólica Evangelii gaudium, Sobre el anuncio del evangelio en el mundo actual, presenta todo el programa de su pontificado, su hoja de ruta pastoral. De esta exhortación vamos a señalar lo que Francisco afirma en torno a los pobres y a la pobreza.

La realidad es superior a la idea (231-233)

Esta afirmación, sorprendente en escritos del Magisterio que muchas veces parecían anteponer la idea a la realidad, afirma la prioridad de la realidad antes que la elaboración de la idea; de lo contrario la realidad queda oculta 
en angelismos, totalitarismos de lo relativo, nominalismos, proyectos más formales que reales, fundamentalismos ahistóricos, eticismos sin bondad, intelectualismos sin sabiduría. La idea ha de estar conectada con la realidad, La encarnación de la Palabra es el criterio, que nos lleva a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturaron el evangelio en la vida de nuestros pueblos, no pretender elaborar un pensamiento desconectado de la realidad. Por otro lado, esta prioridad de la realidad nos lleva a llevar la Palabra a la práctica, a no edificar sobre arena.

¿No estamos ante el método latinoamericano de partir de la realidad, de articular el ver, el juzgar y el actuar? Esta metodología defendida y empleada es la que condicionará positivamente todo el tema de la pobreza y los pobres.

Denuncia profética de un sistema injusto (53-59)

De acuerdo a lo anterior no nos puede sorprender que la Exhortación comience denunciando los grandes males de la sociedad actual y lance duras críticas al modelo de sociedad que prevalece: no a una economía de exclusión e inequidad, que es una economía que mata, que valora más una caída de dos puntos en la bolsa que la muerte de frío de un anciano; no a la nueva idolatría del dinero; no a la dictadura de una economía sin rostro basada en un afán de poder y de tener que no conoce límites; no a un dinero que gobierna en lugar de servir y que amenaza con degradar a las personas que están fuera de la categoría del mercado y que quedan reducidas a desechos y sobrantes; no a la inequidad que genera violencia, porque brota de un sistema económico injusto de raíz; no a la exacerbación del consumo, no al cáncer social de la corrupción, a la cultura de la anestesia social que nos impide compadecernos de los que sufren.

Frente a esta situación se exhorta a la solidaridad desinteresada, a crear un orden social más humano, a una vuelta de la economía y de las finanzas a una ética en favor del ser humano, recordar que no compartir con los pobres nuestros bienes es robarles y quitarles la vida. En nombre de Cristo se recuerda la obligación que los ricos tienen de ayudar, respetar y promocionar a los pobres.

Nuevos rostros de pobres (210-216).

Se señalan nuevas formas de pobreza y de fragilidad, nuevos rostros de pobres en los que estamos llamados a reconocer a Cristo: los sin techo, los tóxico-dependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, los migrantes, las víctimas de la trata de personas, las mujeres doblemente pobres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, los niños por nacer.

En todos estos casos se trata de defender la vida y los derechos humanos.

A esto se añade la fragilidad de la creación a merced de intereses económicos o de un uso indiscriminado, que llevan a la desertificación de los suelos, a una enfermedad ecológica, convirtiendo incluso el maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color.

Los cristianos, como San Francisco, estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo que vivimos.

Seguramente esta sensibilidad del Papa Francisco ante los pobres y nuevos rostros de pobreza, no es algo reciente, no es improvisación, es fruto de sus largos años de contacto y contemplación de los pobres, de las villas miseria y del apoyo pastoral a los curas villeros de Buenos Aires. Esta actitud es consecuencia de tomar en serio la dimensión social de la fe.

Dimensión social de la fe (175-186).

Lo social forma parte esencial de la fe y del kerigma cristiano, en el corazón mismo del evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. La aceptación del amor de Dios implica desear, buscar y cuidar el bien de los demás. Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente, el hermano prolonga la Encarnación de Jesús (Mt 25,40). La lectura de las Escrituras nos cerciora de que la fe no es solo una relación puramente personal con Dios y que nuestra respuesta al amor no puede reducirse a pequeños gestos personales para con los necesitados, una especie de "caridad a la carta".

La propuesta de Jesús es el Reino de Dios, que Dios reine en nosotros y en la vida social a través de la justicia, la fraternidad, la paz y la dignidad para todos, para todo el hombre y para todos los hombres. El mandato de la caridad abraza a todas las dimensiones de la existencia, a todas las personas, a todos lo ambientes de la convivencia y a todos los pueblos. Nada humano le puede resultar extraño.

La religión no puede recluirse en el ámbito privado, solo para preparar almas al cielo. Dios quiere la felicidad de sus hijos también aquí en la tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna. Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia en la vida social y nacional, sin preocuparnos por las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos.

Una fe auténtica siempre implica el compromiso por cambiar el mundo, trasformar valores, dejar algo mejor detrás de nuestro paso por esta tierra.
Incumbe a las comunidades cristianas el analizar con objetividad la situación de su país y sacar las consecuencias prácticas de los principios sociales.

Escuchar el clamor de los pobres (186-191).

Una consecuencia de lo anterior es que los cristianos somos invitados a escuchar el clamor de los pobres, como Dios escuchó el clamor de los israelitas en Egipto (Ex 3, 7-8.10), como el Nuevo Testamento nos exhorta a escuchar el grito de los obreros a quienes se les ha negado el salario (Sant 5,4). El que cierra sus entrañas al hermano necesitado, ¿cómo puede permanecer en el amor de Dios? (1 Jn 3, 17). La Iglesia, guiada por el evangelio, escucha el clamor por de la justicia, lo cual implica resolver las causas estructurales de la pobreza, promover el desarrollo integral de los pobres, ofrecer los gestos más cotidianos de solidaridad y ayuda.

Pero la solidaridad es mucho más que una generosidad esporádica, es crear una nueva mentalidad que oriente en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos, es reconocer la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades primeras anteriores a la propiedad privada. Esta solidaridad ha de generar actitudes nuevas, sin las cuales incluso los cambios estructurales no resultan a la larga viables.

Esta doctrina de Francisco, pura actualización y reflejo de la Doctrina social de la tradición eclesial, puede resultar a muchos nueva e incluso escandalosa. ¿No será que hemos olvidado los datos más esenciales del evangelio de Jesús como el amor fraterno y la comunión de bienes?

Una Iglesia pobre y para los pobres (192-209).

El escuchar el clamor de los pobres se nos hace carne propia cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Toda la Escritura es un llamado a la compasión y a la misericordia, al amor fraterno, a la justicia, al servicio humilde al pobre. No nos preocupemos solo de no caer en errores doctrinales, preocupémonos también de si nuestra defensa de la ortodoxia doctrinal se vuelve pasiva, insensible y cómplice de situaciones intolerables de injusticia y de regímenes políticos que las mantienen.

El corazón de Dios tiene un lugar preferencial para los pobres, la salvación vino a través de pobres como María y Jesús de Nazaret, el evangelio se anuncia a los pobres y Jesús se identifica con ellos (Mt 25,35). Por esto la opción por los pobres de la Iglesia es una categoría teológica más que sociológica, filosófica, cultural o política. Los cristianos somos llamados a tener los mismos sentimientos de Cristo (Fl 2 5). La opción por los pobres está implícita en nuestra fe cristológica en aquel Dios que se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (Benedicto XVI en Aparecida). Por esto el Papa Francisco quiere "una Iglesia pobre y para los pobres"( 198).

Los pobres además tienen mucho que enseñarnos y su sentido de la fe nos evangeliza, hemos de dejarnos evangelizar por ellos. Hemos de tener una mirada contemplativa hacia el pobre, lo hemos de valorar en su cultura, en su forma de ser, en su bondad, en su fe, no como un instrumento de ideología política. Los hemos de acompañar desde la cercanía en su camino de liberación, así será posible que los pobres se sientan en la Iglesia como en su casa. Esta opción por los pobres debe traducirse sobre todo en una atención religiosa privilegiada y prioritaria hacia ellos.

Sin la opción preferencial por los pobres el anuncio del evangelio puede ser incomprendido y convertirse en simple palabrería, como a la que la sociedad de la comunicación nos tiene acostumbrados. Nadie, ningún cristiano, debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida le ocupan en otros asuntos, empresariales, profesionales, académicos o incluso eclesiales: nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social. El amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de la pobreza y de los pobres son requeridos a todos.

Al llegar a este punto Francisco teme que estas palabras solo sean objeto de algunos comentarios, sin incidencia práctica. Pero confía en la apertura y buenas disposiciones de los cristianos para comunitariamente acoger esta nueva propuesta.

La piedad popular como lugar teológico

Cuando un pueblo ha inculturado el evangelio en su cultura, transmite la fe siempre de forma nueva y dinámica. De este modo el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo y por esto la piedad popular tiene gran importancia como expresión de la acción misionera del Pueblo de Dios, siempre bajo la acción del Espíritu.

La piedad popular, en algún tiempo mirada con desconfianza, en realidad refleja la sed de Dios de los pobres y pequeños, es capaz de manifestar la fe con generosidad y sacrificio, y en América Latina es un precioso tesoro donde se manifiesta el alma de los pueblos latinoamericanos, una espiritualidad y una mística popular encarnada en la cultura de los sencillos: expresa la fe de forma más simbólica que intelectual, acentúa más el modo de creer en Dios (credere in Deum) que los contenidos de la fe (credere Deum), pero es una forma legítima de vivir la fe y de sentirse parte de la Iglesia.

Para entender esta realidad de la piedad popular hay que acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, con una connaturalidad afectiva. Así podremos comprender la fe de los pobres: de la madre que reza el rosario junto al hijo enfermo, de una humilde vela encendida en el hogar para pedir la protección de María, de la mirada amorosa al Cristo crucificado. No son sólo una búsqueda natural de la divinidad, son expresión de una fe teologal animada por el Espíritu Santo. Las expresiones de la fe popular tienen mucho que enseñarnos, son un verdadero lugar teológico al que debemos prestar atención en la hora de pensar en una nueva evangelización.

La pobreza no puede esperar (202-208).

Hay que resolver las causas estructurales de la pobreza, no basta la asistencia en situaciones urgentes. La inequidad es la raíz de los males sociales y no se resuelven los problemas del mundo sin atacar la autonomía de los mercados y la especulación financiera. La actividad económica debe orientarse a la dignidad de las personas y al bien común y no hay que sentirse molesto si se habla de ética, de solidaridad mundial, de la dignidad de los débiles, de un Dios que exige el compromiso con la justicia.

No podemos confiar en las fuerzas ciegas ni en la mano invisible del mercado, se requiere algo más que el crecimiento económico, aunque se suponga: se requieren decisiones, programas, mecanismos y procesos orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción social de los pobres.

Necesitamos empresarios que se dejen interpelar por un sentido más amplio de la vida, necesitamos políticos capaces de sanar las raíces profundas de los males de nuestro mundo, políticos a los que les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres. Los gobernantes y poderes financieros han de elevar la mirada y ampliar sus perspectivas, procurar que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Por qué no acudir a Dios para que les inspire sus planes y les abra no solo a la caridad de las micro- relaciones (amistades, familia, pequeños grupos) sino también a las macro- relaciones sociales, económicas y políticas, a la altísima vocación política de buscar el bien común?

Las comunidades de la Iglesia que quieran vivir tranquilas sin cooperar a que los pobres vivan con dignidad, acabarán sumidas en la mundanidad espiritual, aunque se disimule con prácticas religiosas, reuniones infecundas o discursos vacíos aunque hablen de temas sociales o critiquen al gobierno...

El Papa no quiere ofender a nadie, sino ayudar a los que están esclavizados por una mentalidad egoísta, individualista e indiferente para que puedan liberarse de estas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por la tierra.

Bajo la acción del Resucitado y de su Espíritu (275-280).

La falta de espiritualidad profunda produce pesimismo, desconfianza y fatalismo en muchos. Muchos creen que nada puede cambiar, que es inútil esforzarse. Pero si pensamos que las cosas no van a cambiar, recordemos que Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte. Jesucristo vive y tiene poder, Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, no nos faltará su ayuda.

Su resurrección entraña una fuerza que ha penetrado el mundo, hay brotes de resurrección donde todo parecía muerto; hay cosas negras pero el bien y los valores tienden a volver a brotar y a difundirse, cada día renace la belleza en el mundo, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia.

Ciertamente hay dificultades y experiencias de fracaso, no todo sucede como desearíamos en la evangelización, pero no hay que bajar los brazos dominados por una desconfianza crónica y por una acedia espiritual; no hemos de buscar nuestros éxitos ni el carrerismo, pues entonces el evangelio, que es lo más hermoso que tiene el mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas.

Por la fe hemos de creer que Él marcha victorioso por la historia en unión con los suyos, el Reino está presente en la historia como pequeña semilla, como levadura, como trigo que crece en medio de la cizaña y que siempre puede sorprendernos gratamente. Y todo ello porque el Señor ha penetrado ya la trama oculta de la historia y Jesús no ha resucitado en vano.

Ningún esfuerzo se pierde, ningún acto de amor a Dios se pierde. Nuestra misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, ni una organización humanitaria, ni un espectáculo exitoso, fruto de nuestra propaganda. El Espíritu obra cuando, donde y como quiere. Hemos de confiar en el Espíritu que viene en ayuda nuestra, hemos de invocarlo, Él puede sanar todo lo que nos debilita, nos sumerge en un mar donde a veces incluso sentimos vértigo porque no sabemos lo que nos vamos a encontrar. Pero hay que dejarse llevar por Él, dejar de calcular y querer controlarlo todo, permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe lo que hace falta en cada época y en cada momento. Esto es ser misteriosamente fecundos.

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En síntesis, tanto la denuncia de la injusta pobreza como la opción por los pobres y por una Iglesia pobre y para los pobres, brotan necesariamente de nuestra fe alegre en Cristo y en su Espíritu que llena el universo y renueva la faz de la tierra. 

Víctor Codina, sj