martes, 15 de abril de 2014

Domingo de Pascua - Resurrección - 2014 - ciclo A - VOLVER A GALILEA - José Antonio Pagola

VOLVER A GALILEA - José Antonio Pagola

Los evangelios han recogido el recuerdo de tres mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Lo siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez escondidos.

El mensaje, que escuchan al llegar, es de una importancia excepcional. El evangelio más antiguo dice así: “¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.

No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no lo hemos de buscar en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, o en una fe apagada, que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús.

Entonces, ¿dónde lo podemos encontrar? Las mujeres reciben este encargo: “Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. ¿Por qué hay que volver a Galilea para ver al Resucitado? ¿Qué sentido profundo se encierra en esta invitación? ¿Qué se nos está diciendo a los cristianos de hoy?

En Galilea se escuchó, por vez primera y en toda su pureza, la Buena Noticia de Dios y el proyecto humanizador del Padre. Si no volvemos a escucharlos hoy con corazón sencillo y abierto, nos alimentaremos de doctrinas venerables, pero no conoceremos la alegría del Evangelio de Jesús, capaz de “resucitar” nuestra fe.

A orillas del lago de Galilea, empezó Jesús a llamar a sus primeros seguidores para enseñarles a vivir con su estilo de vida, y a colaborar con él en la gran tarea de hacer la vida más humana. Hoy Jesús sigue llamando. Si no escuchamos su llamada y él no “va delante de nosotros”, ¿hacia dónde se dirigirá el cristianismo?

Por los caminos de Galilea se fue gestando la primera comunidad de Jesús. Sus seguidores viven junto a él una experiencia única. Su presencia lo llena todo. Él es el centro. Con él aprenden a vivir acogiendo, perdonando, curando la vida y despertando la confianza en el amor insondable de Dios. Si no ponemos, cuanto antes, a Jesús en el centro de nuestras comunidades, nunca experimentaremos su presencia en medio de nosotros.

Si volvemos a Galilea, la “presencia invisible” de Jesús resucitado adquirirá rasgos humanos al leer los relatos evangélicos, y su “presencia silenciosa” recobrará voz concreta al escuchar sus palabras de aliento.

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Volvamos a Galilea a ver al Resucitado.
Pásalo. 20 de abril de 2014
Pascua de Resurrección (A)
Mateo 28, 1- 10

OJOS PASCUALES
Escrito por  Florentino Ulibarri

¿Quién me dará unos ojos
vivos,
despiertos,
profundos,
alegres,
limpios,
hondos,
claros
y transparentes?

¿Quién me dará unos ojos
abiertos,
sabios,
honestos,
atentos,
llorosos,
prudentes,
tiernos
y acogedores?

Porque los que ahora tengo
están ciegos,
sucios,
tristes,
heridos,
pitañosos,
enfermos,
solos
y sin horizonte.

¿Quién me dará unos ojos
nuevos,
evangélicos,
pascuales,
para verte
y ver lo que Tú nos ofreces
día y noche
a raudales
y gratis?

¡Dame, Señor, unos ojos nuevos
que te vean y te revelen!
¡Dame unos ojos pascuales!

Florentino Ulibarri



DOMINGO DE PASCUA
Fray Marcos
Jn 20,1-9

En este día de Pascua, debemos recordar aquellas palabras de Pablo: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, somos los más desgraciados de todos los hombres." Aunque hay que hacer una pequeña aclaración. La formulación condicional (si) nos puede despistar y entender que Jesús podía resucitar o no resucitar, lo cual no tiene sentido porque Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir. Y él fue consciente de ello.

Él era el agua viva, dice a la Samaritana, Él había nacido del Espíritu, como pidió a Nicodemo; él vive por el Padre; él es la resurrección y la Vida. Ya en ese momento cuando habla con sus interlocutores, está en posesión de la verdadera Vida. Eso explica que le traiga sin cuidado lo que pueda pasar con su vida biológica. Lo que verdaderamente le interesa es esa VIDA con mayúscula que él alcanzó durante su vida con minúscula.

No debemos entender la resurrección como la reanimación de un cadáver. Un instante después de la muerte, el cuerpo no es más que estiércol. Los sentimientos que nos unen al ser querido muerto, por muy profundos y humanos que sean, no son más que una relación sicológica. Esos despojos no mantienen ninguna relación con el ser que estuvo vivo. La muerte devuelve al cuerpo al universo de la materia de una manera irreversible. La posibilidad de reanimación es la misma que existe de hacer un ser humano partiendo de un montón de basura. Eso no tiene sentido ni para los hombres ni para Dios.

Jesús sigue vivo, pero de otra manera. Debo descubrir que yo estoy llamado a esa misma Vida.

A la Samaritana le dice Jesús: El que beba de esta agua nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida eterna.

A Nicodemo le dice: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es Espíritu. El Padre vive y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me asimile, vivirá por mí. Yo soy la resurrección y la Vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre.

Jesús no habla para un más allá, sino en presente. Si creemos esto, ¿qué nos importa todo lo demás?

Jesús había conseguido, como hombre, la plenitud de Vida del mismo Dios. Porque había muerto a todo lo terreno, a su egoísmo, y se había entregado por entero a los demás, llega a la más alta cota de ser posible como hombre mortal. Este admirable logro fue posible, después de haber descubierto que esa era la meta de todo ser humano, que ese era el único camino para llegar a hacer presente lo divino. Esta toma de conciencia fue posible, porque había experimentado a Dios como Don. Una vez que se llega a la meta, es inútil seguir preocupándose del vehículo que hemos utilizado para alcanzarla.

La liturgia de Pascua no está diciéndonos algo sobre Jesús que tenemos que recordar y celebrar. Está diciéndonos algo muy importante sobre nosotros mismos. Nos está diciendo que en cada uno de nosotros, hay zonas muertas que tenemos que resucitar. Nos está diciendo que debemos preocuparnos por la vida biológica, pero no hasta tal punto que olvidemos la verdadera Vida y así arruinemos la misma vida natural. Nos está diciendo que tenemos que estar muriendo todos los días y al mismo tiempo resucitando, es decir pasando de la muerte a la Vida. Si al celebrar la resurrección de Jesús no experimentamos nosotros una nueva Vida, es que nuestra celebración ha sido simple folclore.

Meditación-contemplación

Yo soy la resurrección y la Vida.
Resurrección y Vida expresan la misma realidad,
no son cosas distintas.
No hay Vida sin resurrección y tampoco resurrección sin Vida.
En la medida que haga mía la Vida,
Estoy garantizando la resurrección.
..................

No te preocupes de lo que va a ser de ti en el más allá.
Además de ser inútil, te llevará a una total desazón.
Lo importante es vivir aquí y ahora esa nueva VIDA.
Todo lo demás ni está en tus manos ni debe importarte.
...................

Deja que la VIDA que ya está en ti, se haga algo real en tu vida.
Deja que todo tu ser quede empapado de ella.
Deja que Dios Espíritu (fuerza) sea tu verdadero ser.
Entonces podrás decir como Jesús:
Yo y el Padre somos uno.

Fray Marcos



NI DIOS, NI CRISTO, NI RESURRECCIÓN
José Luís Sicre

Una elección extraña
Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: "Cristo ha resucitado" y "Dios ha resucitado a Jesús". Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.

Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

Los relatos de los próximos días de Pascua nos ayudarán a alcanzar la tercera postura. En ella se mueven las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) que afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Hay algo que une estas dos lecturas tan dispares:

a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);

b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?
Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que "es el Señor". Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

José Luís Sicre



LA PROFECÍA DE PASCUA
Escrito por  Eloy Roy

Ruido de cadenas rotas y de cárceles que se despanzurran. Faraón de Egipto se va a pique al fondo del mar. El pueblo esclavo irgue la cabeza y se abalanza sobre la libertad con alaridos de alegría. ¡Es la Pascua!

La Pascua de los cristianos retoma la antigua Pascua de los Judíos y la lleva a un extremo. En la tumba de Jesús todo sufrimiento y toda muerte se resorben en la nada mientras que de la raíz de la materia y de toda carne rota brota en silencio el frescor luminoso de otra Creación. Jesús ha resucitado, el mundo está salvado.

Y sin embargo, día tras día, Caifás, Herodes, Pilatos y Judas siguen reinando como amos de la Tierra. Lo que nos guía y nos hace vivir no es la luz de un mundo transfigurado por la Resurrección, sino el Mercado.

Dicen que su mano es invisible, pero en realidad el Mercado está en todas partes y no hay nada que se le escape. Da vida y mata. Nos espía hasta por debajo de las camas. Determina lo que hemos de comer. Dicta nuestras modas, nuestras prioridades, nuestras leyes. Es supremo. Decide de todo. Juzga lo que vale y lo que no. Extiende sus tentáculos al mundo entero. Posee nuestras mentes. Controla el cielo. Es nuestro salvador y nuestro dios. Lo inaudito, lo trascendente, la única Realidad es él. Él es el comienzo y el fin de la Historia. En su horizonte no pinta la menor profecía. Todo está acabado.

La profecía es un breve momento de luz que suspende el tiempo y el espacio para que en lo profundo de la conciencia se vislumbre la Realidad última de lo que somos y seremos. Un poco como si en unos segundos la Tierra se entreabriera y nos mostrara el fuego que oculta en su vientre para revelarnos nuestra asombrosa filiación con el Sol.

Así es la Resurrección. Es la gran Profecía de la Historia.
¿Quién hubiera dicho...?
La resurrección es la profecía puesta como un faro en las neblinas y los tumultos de nuestras vidas. Es la energía invisible que traspasa el universo e irrumpe en el ser humano para despertarlo y propulsarlo hacia su propia grandeza y así encaminarlo al encuentro de lo que es y de lo que será.

Pascua toca a retreta a nuestras somnolencias, y asesta un golpe duro a todos nuestros falsos dioses como el Mercado omnipotente, la Religión alienante y el encerramiento ciego del Ego.

Pascua es el hielo que se va y es la vida que vuelve, es el final del invierno y la llegada de la primavera.

En Pascua, bajo nuestros cielos cargados de tormentas, triunfan el Magníficat y las Bienaventuranzas. La punta de lanza de la Muerte se rompe y la Vida brota en gavillas de fuego de las manos que fueron clavadas a la cruz.
Por esa senda se asoma el futuro.

Eloy Roy