miércoles, 30 de abril de 2014

ACOGER LA FUERZA DEL EVANGELIO - José Antonio Pagola

ACOGER LA FUERZA DEL EVANGELIO - José Antonio Pagola

Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. En su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en Jesús, cuando lo han visto morir en la cruz. Sin embargo, continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?

Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado tal vez con pasión, les parece ahora un caminante extraño.

Jesús se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué. Más tarde dirán: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”

Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarlo marchar: “Quédate con nosotros”. Durante la cena, se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el primer mensaje del relato: Cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.

Durante estos años, muchas personas han perdido su confianza en Jesús. Poco a poco, se les ha convertido en un personaje extraño e irreconocible. Todo lo que saben de él es lo que pueden reconstruir, de manera parcial y fragmentaria, a partir de lo que han escuchado a predicadores y catequistas.

Sin duda, la homilía de los domingos cumple una tarea insustituible, pero resulta claramente insuficiente para que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio. Tal como se lleva a cabo, ante un pueblo que ha de permanecer mudo, sin exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús.

¿No ha llegado el momento de instaurar, fuera del contexto de la liturgia dominical, un espacio nuevo y diferente para escuchar juntos el Evangelio de Jesús? ¿Por qué no reunirnos laicos y presbíteros, mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?

Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con los problemas, crisis, miedos y esperanzas de la gente de hoy. Pronto será demasiado tarde para recuperar entre nosotros la frescura original del Evangelio.



José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la fuerza transformadora del Evangelio.
4 de mayo de 2014
3 Pascua (A)
Lucas 24, 13-35

PALABRAS DEL CORAZÓN
Escrito por  Florentino Ulibarri

Mientras caminábamos tristes,
te has acercado respetuoso
a nuestras dudas, temores y desánimos.

Has hecho el camino con nosotros
aceptando nuestro ritmo y paso,
conversando con lenguaje llano y claro.

Con tu palabra y presencia viva
nos has abierto la Escritura
y los caminos de Dios en la historia.

Has calentado nuestro corazón,
has abierto nuestros ojos cegados
y nos has devuelto alegría e ilusión.

¡Quédate con nosotros al declinar el día
y comparte nuestro pan y techo, sin prisa,
antes de enviarnos a ser personas nuevas!

¡Quédate con nosotros y haznos compañía,
vamos a conversar un poco más de tu utopía
y de los horizontes abiertos en nuestras vidas!

Florentino Ulibarri





VIVIR LO QUE VIVIÓ JESÚS ES LA PASCUA
Escrito por  Fray Marcos
Lc 24, 13-35

Por tercer domingo consecutivo se nos propone un relato enmarcado en el "primer día de la semana" (ya hemos dicho muchas veces que la experiencia pascual no es cuestión de días ni de semanas). Estos dos discípulos pasan, de creer en un Jesús profeta pero condenado a una muerte destructora, a descubrirlo vivo y dándoles Vida. De la desesperanza, pasan a vivir la presencia de Jesús. Se alejaban de Jerusalén tristes y decepcionados; vuelven a toda prisa, contentos e ilusionados. El pesimismo les hace abandonar el grupo, el optimismo les obliga a volver para contar la gran noticia.

El relato de los discípulos de Emaús, es un prodigio de teología narrativa. En ella podemos descubrir el verdadero sentido de los relatos de apariciones. El objetivo de todos ellos es llevarnos a participar de la experiencia pascual que los primeros cristianos tuvieron. En ningún caso intentan dar noticias de acontecimientos históricos. Los dos discípulos de Emaús no son personas concretas, sino personajes. No quiere informarnos de lo que pasó una vez, sino de lo que está pasando cada día a los seguidores de Jesús.

En primer lugar vemos que es Jesús quien toma la iniciativa, como siempre. Los dos discípulos se alejaban de Jerusalén. Solo querían apartar de su cabeza aquella pesadilla de un ser querido, que había acabado tan desastrosamente. Pero a pesar del desengaño sufrido por su muerte y muy a pesar suyo, van hablando de Jesús. Lo primero que hace Jesús es invitarles a desahogarse, les pide que manifiesten toda la decepción y amargura que acumulaban. La utopía que les había arrastrado a seguirlo, había dado paso a la más absoluta desesperanza. Pero su corazón todavía estaba con él, a pesar de su muerte.

En este sutil matiz, podemos descubrir una pista para explicar lo que sucedió a los primeros seguidores de Jesús. La muerte les destrozó, y pensaron que todo había terminado; pero a nivel subconsciente, permaneció un rescoldo que terminó siendo más fuerte que las evidencias tangibles y pudo ser avivado sin saber muy bien cómo.

En el relato de la conversión de Pablo, podemos descubrir algo parecido. Perseguía con ahínco a los cristianos, pero sin darse cuenta, estaba subyugado por la figura de ese mismo Jesús y en un momento determinado, cayó del burro.

La manera de reconocerlo (después de haber caminado y discutido durante tres kilómetros) y la instantánea desaparición, nos indican claramente que la presencia de Jesús, después de su muerte, no es la de una persona normal. Algo ha cambiado tan profundamente, que los sentidos ya no sirven para reconocer a Jesús. Estos detalles nos advierten contra la manera física de interpretar los relatos que nos hablan de Jesús después de su muerte.

Nosotros esperábamos... Esperaban que desde fuera, se cumplieran sus expectativas. No podían sospechar que aquello que esperaban, se había cumplido ya con creces. Fijaros bien, como refleja esa frase nuestra propia decepción. Esperábamos que la Iglesia... Esperábamos que el Obispo... esperábamos que el concilio... Esperábamos que el Papa... Esperamos lo que nadie puede darnos y surge la desilusión. Lo que Dios puede darnos ya lo tenemos, no hay que esperarlo. El desengaño es fruto de una falsa esperanza. Si lo que esperamos no coincide con lo que Jesús da, la desilusión estará asegurada.

No es Jesús el que cambia para que le reconozcan, son los ojos de los discípulos los que se abren y ahora están capacitados para reconocerle. No se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo que ya tenían delante. No es la realidad la que debe cambiar para que nosotros la aceptemos. No es Jesús el que tiene que hacer algún milagro para manifestarse de manera espectacular y evidente. Somos nosotros los que tenemos que descubrir la realidad de Jesús Vivo, que tenemos delante de los ojos, pero que no vemos.

En el relato que acabamos de leer, como en todos los que hacen referencia a apariciones, descubrimos la experiencia de la primera comunidad. Hay momentos y lugares donde se hace presente Jesús de manara especial, si de verdad sabemos mirar.

1) En el camino de la vida. Después de su muerte, Jesús va siempre con nosotros en nuestro caminar. Pero el episodio también nos advierte que es posible caminar junto a él y no reconocerlo. Después de su muerte, habrá que estar mucho más atento si, de verdad, queremos entrar en contacto con él.

Es también una crítica a nuestra religiosidad demasiado apoyada en lo externo. A Jesús vivo no lo vamos a encontrar en el templo ni en los rezos sino en la vida real, en el contacto con los demás que caminan junto a nosotros. Si no lo encontramos ahí, cualquier otra presencia será falsa.

La dificultad que se nos presenta a la hora de llevar a la práctica este punto, estriba en la concepción dualista que tenemos del mundo y de Dios. Con la idea de un Dios creador que se queda fuera y deja al mundo abandonado a su suerte, no hay manera de verle en la realidad material. Pero Dios no es lo contrario del mundo, ni el Espíritu es lo contrario de la materia. La realidad es una y única, pero en la misma realidad podemos distinguir dos aspectos. Desde el deísmo que considera a Dios como un ser separado y paralelo de los otros seres, será imposible descubrir en las criaturas la presencia de la divinidad.

2) En la Escritura. Si queremos encontrarnos con el Jesús que da Vida, tendremos en las Escrituras un eficaz instrumento de aproximación. Pero el mensaje de la Escritura no está en la letra sino en la vivencia espiritual que hizo posible el relato. La letra, los conceptos no son más que el soporte, en el que se ha querido expresar la experiencia de Dios de un ser humano.

Dios habla únicamente desde el interior de cada persona, porque el único Dios que existe, es el fundamento de cada ser. La experiencia interior es la única palabra que Dios puede pronunciar. Esa experiencia, expresada en conceptos, es palabra humana, pero volverá a ser palabra de Dios si nos lleva a la vivencia.

3) Al partir el pan: No se trata de una eucaristía, sino de una manera muy personal de partir y repartir el pan. Referencia a tantas comidas en común, a la multiplicación de los panes, etc. Sin duda el gesto narrado hace también referencia a la eucaristía. Cuando se escribió este relato ya había una larga tradición de su celebración. Los cristianos tenían ya ese sacramento como el rito fundamental de la fe.

Al ver los signos, se les abren los ojos y le reconocen. Fijaos, un gesto es más eficaz que toda una perorata sobre la Escritura. Jesús se hace presente al partir el pan, no al oír misa.

4) En la comunidad reunida. Cristo resucitado solo se hace presente en la experiencia de cada uno. Al compartir con los demás esa experiencia, él se hace presente en la comunidad. La comunidad (aunque sea de dos) es imprescindible para provocar la vivencia. La experiencia de uno compartida, empuja al otro en la misma dirección. El ser humano solo desarrolla sus posibilidades de ser, en la relación con los demás.

Jesús hizo presente a Dios amando, es decir, dándose a los demás. Esto es imposible si el ser humano se encuentra aislado y sin contacto alguno con el otro.

El mayor obstáculo para encontrar a Cristo hoy, es creer que ya lo tenemos. Los discípulos creían haber conocido a Jesús cuando vivieron con él; pero aquel Jesús que creían ver, no era el auténtico. Sólo cuando el falso Jesús desaparece, se ven obligados a buscar al verdadero. A nosotros nos pasa lo mismo. Conocemos a Jesús desde la primera comunión, por eso no necesitamos buscarle. El verdadero Jesús es nuestro compañero de viaje, aunque es muy difícil reconocerlo en todo aquel que se cruza en mi camino.

Meditación-contemplación

"Se les abrieron los ojos y lo reconocieron".
Caminó con ellos, discutió con ellos, pero no lo conocieron.
Ni teologías ni exégesis racionales, te llevarán al verdadero Jesús.
El único camino para encontrarlo es el que conduce al "corazón".
...................

Tenemos que abrir los ojos, pero no los del cuerpo.
Solo desde el corazón podemos descubrir su presencia.
Si los ojos de nuestro corazón están bien abiertos,
lo descubriremos presente en todos y en todo.
...................

A Dios no podemos encontrarlo en un lugar.
Su presencia no es localizable, porque está en todas partes.
En cualquier lugar, en cualquier momento lo puedes encontrar.
"Reconocerlo", esa es la tarea fundamental como cristianos.
..................

Fray Marcos



DEL DESENCANTO AL ENTUSIASMO
Escrito por  José Luís Sicre
26 de abril de 2014

La víspera de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, volviendo al Instituto Bíblico, encuentro a un compañero jesuita acompañado de un visitante que ha venido a la ceremonia. Me lo presenta, me pregunta qué enseño y le respondo: Antiguo Testamento. «¿No estamos ya en el Nuevo? Para qué sirve el Antiguo?» «Sin el Antiguo no se puede entender el Nuevo», le contesté. El evangelio de este domingo me da la razón.

Hay que olvidar lo que sabemos
Para comprender el relato de los discípulos de Emaús hay que olvidar todo lo leído en los días pasados, desde la Vigilia del Sábado Santo, a propósito de las apariciones de Jesús. Porque Lucas ofrece una versión peculiar de los acontecimientos. Al final de su evangelio cuenta sólo tres apariciones:

1) A todas las mujeres, no a dos ni tres, se aparecen dos ángeles cuando van al sepulcro a ungir el cuerpo de Jesús.
2) A dos discípulos que marchan a Emaús se les aparece Jesús, pero con tal aspecto que no pueden reconocerlo, y desaparece cuando van a comer.
3) A todos los discípulos, no sólo a los Once, se aparece Jesús en carne y hueso y come ante ellos pan y pescado.

Dos cosas llaman la atención comparadas con los otros evangelios:
1) las apariciones son para todas y para todos, no para un grupo selecto de mujeres ni para sólo los once.
2) La progresión creciente: ángeles – Jesús irreconocible – Jesús en carne y hueso.

Jesús, Moisés, los profetas y los salmos
Hay un detalle común a los tres relatos de Lucas: las catequesis.

Los ángeles hablan a las mujeres, Jesús habla a los de Emaús, y más tarde a todos los demás. En los tres casos el argumento es el mismo: el Mesías tenía que padecer y morir para entrar en su gloria. El mensaje más escandaloso y difícil de aceptar requiere que se trate con insistencia.

Pero, ¿cómo se demuestra que el Mesías tenía que padecer y morir? Los ángeles aducen que Jesús ya lo había anunciado. Jesús, a los de Emaús, se basa en lo dicho por Moisés y los profetas. Y el mismo Jesús, a todos los discípulos, les abre la mente para comprender lo que de él han dicho Moisés, los profetas y los salmos.

La palabra de Jesús y todo el Antiguo Testamento quedan al servicio del gran mensaje de la muerte y resurrección.

La trampa política que tiende Lucas
Para comprender a los discípulos de Emaús hay que recordar el comienzo del evangelio de Lucas, donde distintos personajes formulan las más grandes esperanzas políticas y sociales depositadas en la persona de Jesús.

Comienza Gabriel, que repite cinco veces a María que su hijo será rey de Israel.

Sigue la misma María, alabando a Dios porque ha depuesto del trono a los poderosos y ensalzado a los humildes, porque a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Los ángeles vuelven a hablar a los pastores del nacimiento del Mesías.

Zacarías, el padre de Juan Bautista, también alaba a Dios porque ha suscitado en la casa de David un personaje que librará al pueblo de Israel de la opresión de los enemigos.

Finalmente, Ana, la beata revolucionaria de ochenta y cuatro años, habla del niño Jesús a todos los que esperan la liberación de Jerusalén.

Parece como si Lucas alentase este tipo de esperanza político-social-económica.

Del desencanto al entusiasmo
El tema lo recoge en el capítulo final de su evangelio, encarnándolo en los dos de Emaús, que también esperaban que Jesús fuera el libertador de Israel.

No son galileos, no forman parte del grupo inicial, pero han alentado las mismas ilusiones que ellos con respecto a Jesús. Estaban convencidos de que el poder de sus obras y de su palabra iba a ponerlos al servicio de la gran causa religiosa y política: la liberación de Israel. Sin embargo, lo único que consiguió fue su propia condena a muerte. Ahora sólo quedan unas mujeres lunáticas y un grupo se seguidores indecisos y miedosos, que ni siquiera se atreven a salir a la calle o volver a Galilea.

A ellos no los domina la indecisión ni el miedo, sino el desencanto. Cortan su relación con los discípulos, se van de Jerusalén.

En este momento tan inadecuado es cuando les sale al encuentro Jesús y les tiene una catequesis que los transforma por completo. Lo curioso es que Jesús no se les revela como el resucitado, ni les dirige palabras de consuelo. Se limita a darles una clase de exégesis, a recorrer la Ley y los Profetas, espigando, explicando y comentando los textos adecuados. Pero no es una clase aburrida. Más tarde comentarán que, al escucharlo, les ardía el corazón.

El misterioso encuentro termina con un misterio más. Un gesto tan habitual como partir el pan les abre los ojos para reconocer a Jesús. Y en ese mismo momento desaparece. Pero su corazón y su vida han cambiado.

Los relatos de apariciones, tanto en Lucas como en los otros evangelios, pretenden confirmar en la fe de la resurrección de Jesús. Los argumentos que se usan son muy distintos. Lo típico de este relato es que a la certeza se llega por los dos elementos que terminarán siendo esenciales en las reuniones litúrgicas: la palabra y la eucaristía.

Del entusiasmo al aburrimiento
Por desgracia, la inmensa mayoría de los católicos ha decidido escapar a Emaús y casi ninguno ha vuelto.

«La misa no me dice nada». Es el argumento que utilizan muchos, jóvenes y no tan jóvenes, para justificar su ausencia de la celebración eucarística. «De las lecturas no me entero, la homilía es un rollo, y no puedo comulgar porque no me he confesado».

En gran parte, quien piensa y dice esto, lleva razón. Y es una pena. Porque lo que podríamos calificar de primera misa, con su dos partes principales (lectura de la palabra y comunión) fue una experiencia que entusiasmó y reavivó la fe de sus dos únicos participantes: los discípulos de Emaús.

Pero hay una gran diferencia: a ellos se les apareció Jesús. La palabra y el rito, sin el contacto personal con el Señor, nunca servirán para suscitar el entusiasmo y hacer que arda el corazón.

José Luís Sicre



CUANDO SE ABREN LOS OJOS
Escrito por  Enrique Martínez Lozano
Lc 24, 13-35

Parece que la clave para leer adecuadamente este relato se contiene en las últimas palabras del mismo: "Lo reconocieron al partir el pan".

Se trata, indudablemente, de una alusión a la "cena del Señor", "fracción del pan" o "eucaristía", que las comunidades empezaron a celebrar el primer día de la semana (domingo = dies dominica = día del Señor).

Tal reunión constituía el marco adecuado para celebrar la presencia del Resucitado en medio de la comunidad. Y ello explica por qué los relatos de apariciones se sitúan precisamente en ese contexto.

La comensalidad parece que ocupó un lugar destacado en la práctica de Jesús: con frecuencia, se le ve compartiendo la mesa con unos y otros: con "pecadores", pero también con fariseos, como Simón, o con jefes de recaudadores, como Zaqueo; así como con la multitud, en el llamado relato de la "multiplicación de los panes".

Todo ello quedó plasmado incluso en una fórmula estereotipada, que aparece también en el relato que nos ocupa: Jesús "tomó el pan, pronunció la bendición [en ambientes judíos; traducido por "dio gracias", si se trataba de grupos helenistas], lo partió y se lo dio".

La eucaristía es, simultáneamente, la celebración de la presencia de Jesús y la celebración de la Unidad. Ambos aspectos quedan magníficamente resaltados en el texto que comentamos.

Por un lado, Jesús se hace presente en un peregrino desconocido, al que los discípulos acogen e invitan a compartir la mesa. Por otro, en cuanto lo hacen, se les abren los ojos y se ven impulsados a regresar a Jerusalén y reintegrarse al grupo que habían abandonado.

Jesús es el peregrino –cualquier desconocido que pasa a nuestro lado- y Jesús es el pan, símbolo de todo lo real. Todo es (somos) Uno. Todo está ya ahí. Lo único que necesitamos es que se nos "abran los ojos" (caer en la cuenta, "despertar", poner consciencia en todo lo que hacemos, incluido lo más trivial y repetido), para saber reconocerlo; para reconocernos como células de un único organismo; para vivirnos –eso es la Pascua- en la certeza gozosa de estar compartiendo una misma identidad de fondo, la Consciencia una –sabia y amorosa- que se reconoce, como en Jesús, en el único "Yo Soy".

Enrique Martínez Lozano



CREO EN LA VIDA
Escrito por  José Arregi

¿Y qué otra cosa es la fe pascual sino eso: creer en la Vida?

Cuando digo creer, no digo profesar creencias. Digo vivir: digo confiar en sí mismo y en el otro a pesar de todo, digo rebelarse contra todos los poderes que asfixian, digo ponerse del lado del herido, digo ser humilde levadura que transforma y levanta la historia, digo respirar en paz cada noche y seguir caminando cada día a pesar del fracaso, de la cruz o de la muerte. Creer en la Pascua es una forma de vivir.

"Pascua" (pesah, "paso") llamaron los judíos a la liberación de la esclavitud bajo el faraón, a la travesía del desierto hacia la plena libertad, a la esperanza de la Tierra que mana leche y miel para todos. Pero miles de años antes que fiesta religiosa judía, la Pascua fue, sin ese nombre, la fiesta de la primavera de pastores y agricultores: fiesta de los corderos y de los campos de trigo. Fiesta de la vida y del pan.

Creo que Jesús de Nazaret –aunque no fue el único, ni era perfecto– vivió y anunció la gracia y la libertad, fue profeta de la Vida. Y por eso le condenaron los poderes establecidos: por haberse hecho solidario de todos los condenados. Le mataron, pero su vida no murió. Pues en nuestra vida fluye la plenitud de la Vida, y nuestra vida fluye hacia su plenitud, en paso o pascua permanente.

Creo que Jesús resucitó, pues la vida buena, la bondad que habita en el corazón de todo viviente es inmortal, como la belleza, en el Corazón que palpita en todo. La vida revive, cuanto es se transforma: la mariposa en huevo, el huevo en oruga, la oruga en crisálida, la crisálida en mariposa, la mariposa en huevo, en vuelo, en tierra, y la tierra en flor, la flor en abeja, la abeja en cera, la cera en llama, la llama en luz, la luz en sombra, la sombra en luz, aire, aliento, energía o espíritu... que aletea sobre las aguas de la vida, que vibra en el corazón de todos los seres, formas del Ser, del Aliento, del Alma, de la Comunión o del Todo inmortal. Pero ¿qué pasa cuando "morimos", cuando se desintegra el soporte "material" que sostiene nuestra conciencia, emociones y memoria? No sé qué decir, pero creo que no es el fin de nuestra vida, sino su pascua o paso a la Plenitud que somos, a la anchura de la Vida, del Corazón o de la Memoria Infinita que también llamamos "Dios".

Creo que Jesús resucitó no "después" de su muerte, sino en toda su vida, incluida su muerte. La vida buena de Jesús resucitaba en la plenitud eterna de "Dios" cuando curaba enfermos devolviéndoles la confianza vital, cuando compartía la mesa con los excluidos por la religión, cuando proclamaba dichosos a los pobres campesinos y pescadores de Galilea –dichosos porque iban a dejar de ser miserables–, cuando contaba parábolas que llamaban a la misericordia y provocaban sorpresa, cuando subvertía las jerarquías y consagraba la fraternidad. Jesús resucitó en su vida, y cuando por su vida le condenaron a morir en la cruz, entonces acabó de resucitar.

Creo que sus discípulos –sobre todo sus discípulas– volvieron a creer en él y a seguirle por la misma razón por la que habían creído en él y le habían seguido en vida: porque vieron en él al profeta de la vida liberada. Se les fueron abriendo los ojos de nuevo y al profeta de la vida le confesaron mártir viviente. Creo que para creer en el Viviente no hacen falta sepulcros vacíos, ni ángeles ni apariciones milagrosas pues todo está animado por el Ángel de la Vida, todo es milagro, todos los sepulcros están vacíos de ausencia, llenos de presencia buena, de la Gracia de ser que Jesús vivió. Solo es necesario que se abran el corazón y los ojos para palpar la Vida en todas las manos y pies heridos, en todo lo que es y palpita: el caminante anónimo, el inmigrante expulsado, la mujer maltratada, el anciano o el niño desgraciado, el parado de larga duración. Y en la humilde piedra del camino, o en el petirrojo que sigue cantando junto al Narrondo después de anochecer, y vuelve a cantar antes del amanecer.

Creo que la Presencia de la Compasión nos sale al paso en cada paso, nos llama por nuestro nombre y nos dice al corazón: "Amiga, amigo, no temas. Confía y vive".

José Arregi
(Publicado en DEIA y en los periódicos del Grupo NOTICIAS)

Para orar. POR QUÉ CANTAMOS

Si cada hora viene con su muerte,
si el tiempo es una cueva de ladrones,
los aires ya no son los buenos aires,
la vida es nada más que un blanco móvil...
usted preguntará por qué cantamos.
Si nuestros bravos se quedan sin abrazo,
la patria se nos muere de tristeza,
y el corazón del hombre se hace añicos,
antes aún que explote la vergüenza...
usted preguntará por qué cantamos.
Si estamos lejos como un horizonte,
si allá quedaron árboles y cielo,
si cada noche es siempre alguna ausencia,
y cada despertar un desencuentro...
usted preguntará por qué cantamos.
Cantamos porque el río está sonando,
y cuando suena el río, suena el río.
Cantamos porque el cruel no tiene nombre,
y en cambio tiene nombre su destino.
Cantamos porque el niño, y porque todo,
y porque algún futuro, y porque el pueblo.
Cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos, quieren que cantemos.
Cantamos porque el grito no es bastante,
y no es bastante el llanto ni la bronca.
Cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota.
Cantamos porque el sol nos reconoce,
y porque el campo huele a primavera,
y porque en este tallo, en aquel fruto,
cada pregunta tiene su respuesta.
Cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida,
y porque no podemos ni queremos,
dejar que la canción se haga ceniza.

(Mario Benedetti)



JESÚS, ¿EL MEJOR DE LOS HOMBRES?
Escrito por  Julián Mellado

Un buen amigo agnóstico me preguntaba si realmente yo pensaba que Jesús de Nazaret era el mejor de los hombres que hayan existido jamás. He intentado responder de la mejor manera, aunque de una forma breve. Comparto con vosotros mis razones.

Indudablemente no conozco a 'todos' los seres humanos que han existido. Pero frente a aquellos de los que tenemos "noticias", considero a Jesús realmente incomparable. Y tengo varias razones, que podrían ser válidas sólo para mí.

En primer lugar debemos situar a Jesús en la Palestina del siglo I. Conocer bien las condiciones sociales de aquella sociedad es imprescindible. Es una lástima que el hombre Jesús de Nazaret haya sido cubierto con todos los oropeles de la religión hasta quedar desfigurado.

Hoy las investigaciones del "Jesús histórico" han avanzado enormemente y podemos hacernos una idea aproximada de quién fue este Maestro de Vida. Y lo que descubrimos es asombroso, y explica por qué luego los cristianos acabaron atribuyendo todos esos títulos, en un intento de comprender el misterio que habitaba en él.

Jesús no dijo cosas totalmente nuevas, sino que las dijo de una manera nueva. Y se jugó la vida por ello. Lo que estaba arriba lo puso abajo y viceversa. Les dio dignidad a los llamados 'el pueblo de la tierra'. Eran aquellos que ignoraban la Ley de Moisés y eran despreciados por los sabios de Israel.

Llamó a una mujer enferma "hija de Abraham", título solo reservado para los hombres. Los niños no tenían derechos hasta los 12 años. Jesús dijo "de tales es el reino de los cielos". Derribó barreras étnicas. Se dejó enseñar por una mujer siro-fenicia. Mujer y pagana. Dijo de un centurión politeísta que nadie tenía más fe que él en todo Israel. Y todo porque amaba a su siervo para el que pidió confiado su curación. Dignificó a las prostitutas, diciendo que son las que van delante de los religiosos al reino de Dios.

Dijo que el Sábado no era sagrado sino que lo sagrado es el ser humano. Para él, todos eran dignos, sin importarle su religión, sexo o condición. Hizo de la compasión, la libertad y la justicia sus grandes principios. Los encarnó en un siglo lleno de violencias y desprecios. Se negó a emplear la violencia.

Se ocupó de los leprosos que eran considerados "malditos de Dios", y los tocó. (eso le convertía a él en impuro según La Ley).

Les habló de un Dios diferente, que no estaba en un lugar sagrado sino en el corazón de los hombres. Y les dijo que era "bueno" revelando la idea de que Dios no es amenaza para el hombre sino su gran aliado. Sea lo que sea Dios, con Jesús aprendemos a identificarlo con lo bueno.

Leyendo el episodio de la mujer adúltera (Juan 9) vemos la esencia de lo que fue este hombre.

Además fue fermento de una nueva manera de pensar. Los derechos de los pobres, de los sin voz, de las mujeres, de los niños se originan con él a nivel social. Buda era compasivo, sin duda (le admiro mucho) pero propugnaba más bien un retiro de la sociedad, una salvación muy personal. Jesús se enfrentó a lo que deshumanizaba a los seres humanos jugándose la vida. Pudo huir cuando las cosas se ponían mal pero se mantuvo fiel a la verdad que proclamaba. Y lo hizo hasta el final.

Con Jesús se inicia la idea de la muerte del inocente. Los judíos pensaban que el que era fijado a una cruz es que había sido maldecido por Dios. Pero con Jesús esto se derrumba. Cada vez iba creciendo la conciencia de que ese profeta, ese maestro era realmente bueno y no podía ser maldecido por Dios. Recordaron cómo hablaba de su "Abba", bondadoso. Jesús creó una nueva conciencia.

Estas y otras razones me hacen ver que realmente con Jesús de Nazaret algo nuevo comenzaba.

Los cristianos le hemos traicionado muchas veces. Aunque también algunos le fueron fieles. Ahora bien, si nos ponemos hoy "a su escucha" o comprendemos lo que revela su historia, algo puede resurgir otra vez con fuerza. Es lo que él denominaba el Reino de Dios.

Nos toca a nosotros re-suscitarlo en nuestro contexto histórico, comprendiendo que aquellos principios por los cuales vivió y murió, siguen siendo esenciales para nuestro mundo hoy.

Julián Mellado



Juan XXIII, en la mesa camilla
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Los taxistas de Roma lloraban como niños el 3  de junio 1963. Más que un papa ellos y el mundo entero habían perdido  un  padre o quizás al “abuelo universal”,  conocido como el “papa bueno” y hasta entonces sin duda “el papa más amado de la historia”. Un año antes le habían diagnosticado cáncer de estómago. Pero se negó a ser operado para no ralentizar el sueño de su vida, la puesta al día de la Iglesia  a través del concilio Vaticano II, firmando así su propia sentencia de muerte. Nunca había sido protagonista, sino servidor, compañero de camino abierto a todos. Beatificado por Juan Pablo II el 3 de septiembre del año 2000, muchos se han extrañado del retraso de su canonización, mientras otros procesos menos significativos han ido más rápidamente. Pero el papa Francisco ha hecho justicia y  este mes de abril será reconocida su santidad junto a Juan Pablo II, conduciendo así a los altares a un predecesor que es también un antecedente de su estilo. Pero ¿quién fue realmente este nuevo santo?

Sotto il Monte es un pueblecito del norte de Italia, a 16 kilómetros de Bérgamo, insignificante  hasta el momento en que el 28 de noviembre de 1881, nacía un niño, el cuarto de los trece hijos de la familia campesina compuesta por Battista Roncalli y Marianna Mazzola. El párroco Don Francesco Rebuzzini lo bautizó con el nombre de Ángelo en la iglesia de Santa María el mismo día de su nacimiento.  Los primeros años de vida el olor y la vista del campo,  la siembra y la siega ocuparon su vida junto al ejemplo profundo de fe de una familia muy religiosa. Diría más tarde en Venecia: “Vengo de una familia humilde y fui educado en una feliz pobreza  que protege de las más grandes y nobles virtudes y prepara para el ascenso en la vida”.

Se fue pronto al seminario de Bérgamo (1892), donde estudió hasta el segundo año de teología. Allí empezó a redactar sus apuntes espirituales, que al cabo de los años llegarían a convertirse en una obra deliciosa, íntima y profundamente espiritual bajo el título de Diario de un alma.  El muchacho valía y los superiores lo envían en  1901  al Seminario Romano dell’Apollinare. Allí pidió el servicio militar anticipado, sacrificándose en el lugar de su hermano  Zaverio, quien resultaba indispensable en casa para trabajar en el campo.

Todo un símbolo es que fuera ordenado sacerdote en la basílica de San Pedro el 10 de agosto de 1904  y que San Pío X le bendijera especialmente: “Yo rezaré al Señor para que bendiga de manera especial sus buenos propósitos y que sea un buen sacerdote”. Y vaya que lo fue. Los cargos que le encomendaron muestran el aprecio por aquel misacantano: secretario del obispo de Bérgamo, profesor del Seminario, capellán militar, (por ser llamado de nuevo a filas) y un cargo nacional,  presidente para Italia del Consejo Central de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe.

Tan brillante es Roncalli que es requerido para la carrera diplomática. Consagrado obispo en San Carlo al Corso, Roma, y nombrado Visitador Apostólico de Bulgaria, sufrió mucho a causa de la difícil situación social, política y religiosa de este país. Pero su sencillez y simpatía triunfaron: “No es suficiente alimentar sentimientos cordiales –decía de los ortodoxos- hacia nuestros hermanos separados: si realmente los amas, dales buen ejemplo y transforma tu amor en acción”.  Como los visitadores apostólicos no gozaban de ningún estatuto diplomático y las relaciones entre la minoría católica y la mayoría ortodoxa eran muy tensas,  supo suavizarlas poniendo los cimientos de la futura delegación apostólica, cargo que ocupó también en Estambul (1935). Allí durante la Segunda Guerra Mundial se destacó por socorrer a miles de judíos de la persecución nazi mediante el “visado de tránsito”.

En Francia, como nuncio apostólico, contribuyó a normalizar la organización eclesiástica del país, desestabilizada por los numerosos obispos que habían colaborado con los alemanes  y a afrontar con prudencia  el polémico tema de los curas obreros. Uno de sus principios era que “sin un poco de santa locura, la Iglesia no ensancha sus pabellones”. Por eso multiplica los contactos a base de calor humano. Por ejemplo durante una recepción diplomática, el nuncio Roncalli se da cuenta que el embajador soviético está arrinconado y con cierto enfado. Se le acerca y empieza a hablarle de una manera poco usual para un diplomático: “Excelencia”- le dijo- “nosotros pertenecemos a dos campos opuestos; pero tenemos en común algo importante: la barriga. Ambos estamos un poco redondos…”. Bolgomolov suelta una carcajada y el hielo se rompe. Por entonces Pío XII, satisfecho de su labor, lo crea  cardenal y le nombra para una de las diócesis más importante de Italia, Venecia (1953). El nuevo patriarca les dice los venecianos: “Quiero ser vuestro hermano, amable, cercano,  comprensivo”. No compró ninguna góndola  como era tradicional en el Patriarca de Venecia, pues utilizaba el transporte público. En Venecia decían: “Toda persona que se cruza con él tiene la sensación que el patriarca lo trata de manera especial.”

También sus curas. Había en la diócesis un sacerdote que llevaba una vida turbia y frecuentaba sitios poco recomendables. En vez de aplastarle con una reprimenda o castigo, Roncalli lo esperó un día en el lugar que solía frecuentar. El sacerdote palidece. El patriarca lo toma del brazo y con naturalidad le pide que le acompañe al palacio. Y una vez en su despacho se arrodilla ante el sacerdote caído y le pide: “Por favor, confiéseme”. Y lo hace con toda humildad y naturalidad. El sacerdote lo absuelve y el patriarca abrazándolo le dice: “Hijo mío, me gustaría que reflexionases acerca del don maravilloso que Dios te ha dado de perdonar los pecados a los hombres, incluso a tu mismo arzobispo. Que esto te anime a evitar lo más posible el pecado en tu misma vida y como gratitud a Cristo”. Otro día, hablando con uno de los hombres más ricos de la ciudad, le suelta: “Usted y yo tenemos algo en común: el dinero. Usted tiene muchísimo y yo no tengo ni cinco. La diferencia está en el hecho de que yo no me preocupo por eso”.

El patriarca Roncalli se marcha a Roma tranquilo para asistir al cónclave, lo que creía un “paréntesis” antes de volver a Venecia, donde piensa haber encontrado ya su sitio tras tanto peregrinar por el mundo. Pero Dios le reservaba el reto definitivo. El 28 de octubre de 1958, con 77  años, Roncalli fue elegido papa ante la sorpresa de todo el mundo a causa de su avanzada edad. Escogió el nombre de Juan, por  su padre, por el patrón de su pueblo natal y el evangelista de la caridad. En seguida empezó una nueva forma de ejercer el oficio de Papa, movido por su fe y por su temperamento alegre. Desde el principio se definía  como “un Papa aprendiz”, mientras añadía: “Dejadme que haga mi noviciado”. La misma noche de la bendición urbi et orbi, su secretario le preguntó cuáles eran los primeros problemas de importancia a los que se quería enfrentar, respondió: “Ahora voy a coger el breviario y rezar Vísperas y Completas”.

En los dos discursos iniciales del 29 de octubre, en su primer radio-mensaje al mundo y en el del día 4 de noviembre, día de la coronación, Juan XXIII trazaba el programa de su pontificado:” Queremos sobre todo subrayar con insistencia que nosotros cargamos en nuestro corazón de una manera muy especial la tarea de pastor de toda la grey. Todas las otras cualidades humanas – la ciencia, el interés y el tacto diplomático, los talentos organizativos y de liderazgo, – pueden ser como ornamentos, acabados y para completar un gobierno pontifical, pero de ninguna manera pueden tomar el lugar suyo. Mas el punto central de todo es el celo, la pasión del “Buen Pastor”, listo para cada ardua empresa sagrada, lineal, constante, hasta el sacrificio extremo”. Un programa entonces clara e inequívocamente pastoral. Pero también ecuménico y misional, guiado por la conquista de los alejados: “Queremos abrir el corazón y los brazos a todos aquellos que están separados de esta Sede Apostólica. Deseamos ardientemente su regreso a la casa del Padre común.” Mostraba su vivo interés por los problemas de la humanidad, de un modo particular en lo referente a la paz y a la justicia social.

Dos meses después  de elegido, por Navidad visitó los niños enfermos de los hospitales Espíritu Santo y Niño Jesús; al día siguiente fue a visitar los prisioneros de la cárcel Regina Coeli. En su primera medida de gobierno vaticano, que le enfrentó con el resto de la curia, redujo los altos estipendios (y la vida de lujo que, en ocasiones, llevaban los obispos y cardenales). Asimismo, dignificó las condiciones laborales de los trabajadores del Vaticano, que hasta ese momento carecían de muchos de los derechos de los obreros europeos. Por primera vez en la historia nombraba cardenales indios y africanos.

Tres meses después de su elección, el 25 de enero de 1959, en la Basílica de San Pablo Extramuros, ante la sorpresa  del mundo entero anunció  la convocatoria del Concilio Vaticano II, el I Sínodo de la Diócesis de Roma y la revisión del Código de Derecho Canónico. Porque aquel hombre gordo y cariñoso, aparentemente elemental, había llegado con una idea desde ante de ser Papa: convocar la magna asamblea. “La Esposa de Cristo debe recurrir hoy, mucho más que a las armas de la severidad, al remedio de la caridad”. Nunca hasta entonces se había presentado la Iglesia tan cercana, en su actitud de comprensión y diálogo. El 2 de diciembre de 1960 se reunió en el Vaticano durante una hora con el arzobispo de Canterbury, Geoffrey Francis Fisher. Era la primera vez en más de 400 años, desde la excomunión de Isabel I, que la máxima autoridad de la Iglesia de Inglaterra se reunía con el papa.

Y así serían los frutos del Vaticano II: reforma litúrgica, nueva imagen de Iglesia como comunidad de creyentes, colegialidad episcopal, reconocimiento del pluralismo teológico, diálogo cultural, intraeclesial, e interreligioso, libertad religiosa, solidaridad con las esperanzas y las angustias de los pobres y de cuantos sufren, etc. Su secretario Loris Capovilla, que acaba de ser nombrado cardenal en su ancianidad por el papa Francisco, recordaba que ante su perplejidad  y falta de entusiasmo cuando le comunicó la idea del Concilio, le dijo: “No hay que preocuparse de sí mismo y de quedar bien. En la concepción de las grandes empresas basta con el honor de haber sido providencialmente invitados. Hemos sido llamados a poner en marcha, no a concluir”. El 4 de octubre de 1962, una semana antes de su comienzo, el papa Juan peregrinó en tren a Loreto y a Asís para orar y hacer orar por el Concilio. Ésta fue la primera salida de un papa fuera de la región del Lazio desde la incorporación de Roma al Estado Italiano (1870). El 7 de marzo de 1963 recibió en su estudio privado Vaticano a Alexej Adjubei, yerno del líder soviético Nikita Kruscev, y su esposa Rada. Rada, emocionada y feliz, y dijo al Papa: “Usted tiene las manos grandes y fuertes como los campesinos, igual que mi padre”. En la Crisis de los Misiles de Cuba de octubre de 1962 medió entre John F. Kennedy y Nikita Kruschev. En 1963 recibió el primer premio de la paz de la Fundación Balzan, institución que tenía el objetivo de facilitar la convivencia entre los dos bloques.

Sus dos principales encíclicas fueron la Mater et Magristra (1961) y la Pacem in terris (1963). La Pacem in terris, publicada poco antes de morir, supuso un cambio en la Doctrina Social de la Iglesia al reconocer los derechos humanos como inalienables, la presencia de las mujeres en la vida pública y la toma de conciencia de su dignidad.” “La justicia –afirmaba-, la recta razón y el sentido de la dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos”. Fue el primer Papa, desde 1870, que ejerció su ministerio de obispo de Roma visitando personalmente las parroquias de su Diócesis.

Las anécdotas cotidianas o florecillas franciscanas de su vida corrieron por todo el mundo. Como el detalle de subir el sueldo a los portadores de la silla gestatoria, entonces en uso, “porque yo peso mucho más que Pío XII”, o el pedir un vaso de vino a unos obreros que trabajaban en los jardines vaticanos y moverlo un poco antes de beber: “Esperad, antes hay que  hay que preparar el vaso”.

Fue emocionante el día que en Sicilia dijo a las multitudes: “Cuando lleguéis a casa, acariciad a vuestros hijos y decidles: Esta es la caricia del Papa”. Su  rostro no era el de un famoso que dice cosas bonitas de cara a la galería. Transparentaba una enorme unidad interior, la del que habla de la abundancia del corazón, del que es uno por dentro, conectado al manantial de la luz y la sabiduría. En una palabra, no había en él ni un ápice de vanidad o “ego”. “Soy uno de vosotros”, decía. Y en realidad lo era.

Desencadenado el cáncer, el médico pontificio, Profesor Gasbarrini, que estuvo con él continuamente, cuenta así sus últimos días: “Varias veces en los días decisivos le escuché decir: Hágase la voluntad de Dios”. E igualmente: “Querido profesor, no se preocupe, tengo mis maletas siempre listas. Cuando sea el momento de mi partida no perderé el tiempo”. Perdió la conciencia solamente al final, pero durante muchos días, en los momentos de lucidez, pudo leer los periódicos, entretener a las visitas, ocuparse hasta del gobierno de la Iglesia. Al final, tuvo fuertes dolores que aguantó con mucha valentía-“. Sus últimas palabras fueron: Ut unum sint: “Que sean uno”. El médico aseguraba que en el momento de su muerte una gran luz inundó la estancia. Sus restos descansan en la basílica de San Pedro y su  fiesta litúrgica quedó fijada el 11 de octubre, día de la apertura del Concilio Vaticano II.

“Nacido pobre, -decía en su hermoso Testamento- pero de familia honrada y humilde, siento particular alegría de morir pobre, tras haber distribuido, según las diversas exigencias y circunstancias de mi vida sencilla y modesta al servicio de los pobres y de la santa Iglesia, que me ha alimentado, cuanto tuve entre manos —en medida bastante limitada— durante los años de mi sacerdocio y de mi episcopado. Apariencias de holgura velaron a menudo ocultas espinas de acongojante pobreza y me impidieron siempre dar con la largueza que hubiera deseado. Agradezco a Dios esta gracia de la pobreza, de la que hice voto en mi juventud: pobreza de espíritu, como sacerdote del Sagrado Corazón, y pobreza real, que me sostuvo para no pedir nunca nada, ni cargos, ni dinero, ni favores. Nunca, ni para mí, ni para mis parientes o amigos”. También a su familia invitaba “a conservar ese temor de Dios que me la hizo siempre tan querida y amada, aunque fuera sencilla y modesta, lo cual nunca me sonrojó. Porque ése es su verdadero título de nobleza”. Finalmente el “papa bueno” va ser oficialmente reconocido como “papa santo”.

Concluyo con el soneto en el que intento sintetizar su figura:

          A JUAN XXIII 

Con tono llano y faz de campesino,
como un abuelo que parte su ternura
en la mesa camilla y se apresura
a devolver humano todo lo divino,

y cual pastor sentado en el camino,
que observa desde lejos la premura
de un pueblo que desea la hermosura
que es escanciar un vaso de buen vino,

te sentaste en la plaza con la gente
y sin más ceremonia, como hermano,
abriste las ventanas de la mente,

devolviste a los pobres la alegría,
a este mundo la fe del buen cristiano
y a tu Iglesia un sabor a profecía.

Pedro Miguel Lamet




Juan Pablo II, un atleta con la cruz a cuestas


Pedro Miguel Lamet

Mañana será el día de los cuatro papas: dos en la tierra y dos en el cielo. Se ha confirmado que Ratzinger concelebrará con el papa Francisco, de quien ha partido la idea de la doble canonización. Ya he comentado lo que a mi entender pretende el papa con esta medida: reconciliar dos Iglesias que conviven divididas en nuestro mundo y que parecen tan distintas en sus propósitos como en sus formas de actuar. Algunos de mis lectores escriben indignados contra la canonización de Juan Pablo II. Siempre les digo que no se canoniza una forma de gobierno ni unas ideas teológicas, sino una vida y nadie puede dudar que la de Karol Wojtyla fue de entrega. Le seguí paso a paso todo su pontificado hasta el momento de su muerte y escribí una biografía, Juan Pablo II, hombre y papa (ed. Espasa), de más de 600 páginas sobre su increíble trayectoria humana. Así que conozco bien tanto sus virtudes como sus posibles defectos al frente de la Iglesia. Pero nadie puede negar que su vida personal estuvo entregada a Dios, los hombres y la Iglesia. 

Reproduzco aquí el artículo que sale publicado hoy  en el diario El mundo:

UN ATLETA CON LA CRUZ A CUESTAS
Cada santo, como cada hombre, es un mundo. Sus raíces, su carácter, sus experiencias marcan un perfil humano, sobre el que actúa la gracia de Dios, y pide una respuesta, que, si es heroica, coincide con lo que llamamos “santidad”. Así surgen modelos sencillos como el de Asís, místicos como Juan de la Cruz, o pragmáticos como Ignacio de Loyola. Si su compañero de altar, Juan XXIII, sublimó su pícnica bondad, Juan Pablo II lo hizo con un cuerpo atlético y fuerte que ocultaba una tragedia existencial que venía a coincidir con la del siglo XX.

No olvidaré su efigie retorcida por el dolor, cuando se asomó por última vez, a la ventana hasta convertir la propia muerte en espectáculo mediático, como había sido todo su pontificado. Un rostro que era el mapa de una vida.

Sobre un soporte humano de cualidades excelsas, el avispado y guapo Lolek, fue en su infancia y juventud literalmente perseguido por la muerte: la sucesiva de su madre, padre, hermano, y amigos fusilados o recluidos en campos de concentración. Formado en la ética del deber por su progenitor, vivirá siempre en lucha. Y cuando un hombre ha luchado toda una vida centrada en la cruz, difícilmente puede hacer ya otra cosa. Llega a vincular su nombramiento de obispo e incluso de Papa a tragedias vicarias de dos amigos suyos, y convertirse como pontífice en paladín de la Verdad –una verdad a medio camino entre santo Tomás y Max Scheller-, con la seguridad del que pisa fuerte con cuerpo de deportista, y del que grita sin miedo con la audacia de san Estanislao, el obispo mártir polaco.

Acerca del mundo interior que refleja su físico, recuerdo una anécdota del día de su elección. Acostumbrado a la lejanía que mantenían hasta entonces los papas, sólo enrosqué en mi cámara el teleobjetivo. En la audiencia, tras los discursos de rigor, Juan Pablo II rompió los protocolos y estrechó las manos de los informadores. Total, que para tomar mi primera instantánea del Papa, tuve que alejarme de él. De aquella foto escribí que “el rostro de Karol Wojtyla lleva dibujado como en un mapa casi toda la historia contemporánea de Occidente. Diría que sintetiza bien una confluencia de ternura y dureza, de soledad y compañía, de sufrimiento y esperanza. En sus ojos eslavos asoma el crío aquel de Wadowice que, todavía niño, recibe en la escuela la noticia de muerte de su madre y acaba por fijar por siempre su mirada en María. El muchacho que no pudo estar junto al lecho de muerte de su padre y su hermano. El joven sacerdoKarol niñote que vuelca su afectividad al servicio de la gente. El poeta solitario, amigo de los grandes horizontes”.

Añadí que en su frente “resbalan secuencias del horror nazi, las matanzas del ghetto de Varsovia, los largos días de duro trabajo en las minas o lo meses oscuros oculto en los sótanos del palacio arzobispal de Cracovia. Su frente podría ser a la vez la tierra acosada de Polonia y la página en blanco donde Karol dibujó su dialéctica entre Dios y el hombre. Su boca y mandíbula reflejan la firmeza de un hombre seguro de sí, curtido bajo un gobierno dictatorial. Y todo el rostro es próximo y lejano, fuerte y amable, el de un montañés que nunca abandonó su pueblo y el de un inflexible idealista”. Aquellas notas, tomadas a pie de Cónclave, y en base a la primera instantánea de mi cámara se confirmaron con el tiempo.

Luego prolongará su cruzada contra los que considera males actuales y para otros conquistas de la modernidad: el laicismo, el comunismo, el capitalismo salvaje, la secularización, la guerra, el aborto y en general el permisivismo contemporáneo, puesto que su modelo, su ideal de civilización, seguía siendo la cristiandad teocrática.
No es sitio este para analizar los más controvertidos temas de su pontificado, que algunos se atreven a remover ahora para cuestionar la conveniencia de su canonización. Subir a un ser humano a los altares no es canonizar sus ideas políticas, ni siquiera filosóficas o teológicas. Las de Karol Wojtyla eran conservadoras, teñidas de un baño muy mediático de modernidad. Ni se le propone como modelo por sus multitudinarias cifras como viajero, autor, comunicador o pontífice.

Canonizarlo es destacar que vivió en unión con Dios y servicio a los hombres, o lo que el santo de Fontiveros definía con una sola frase: “Al atardecer de la vida te examinarán del amor”. Y consta sin duda que él lo derrochó desde su juventud con una entrega sin límite. Por ejemplo, su médico, el doctor Proietti, acaba de revelar: “Cuando unos días antes de su muerte se asomó a la ventana del décimo piso del Gemelli para impartir la bendición, después de que le practicáramos una traqueotomía, debió de soportar un dolor y un sufrimiento enormes. Pero quería seguir comunicándose, aun a costa de arriesgar su salud”. Quizás su mejor retrato cristalice en los versos del poeta polaco Cyprian Norwid: “No detrás de sí mismo con la cruz del Salvador, sino detrás del Salvador con la propia cruz”. Seguía siendo aquel niño huérfano, que arrodillado en Wadowice ante la Virgen de su pueblo, musitaba: “Totus tuus”, un lema que colmó hasta el último instante.

Pedro Miguel Lamet